Influenciado por el romanticismo de Espronceda, Heine o Bécquer, Emilio Carrere publicó en 1902 un primer libro, todavía juvenil (en palabras del propio autor) que llevó por título un explícito Románticas. Ya en este primer poemario, lo medieval aparece encarnado en la figura del Cid y el siempre presente Romancero, que hilvanan una composición con perpetuas referencias a un pasado de corte romántico, pero ya salpicado por elementos modernistas tomados de su maestro Rubén Darío. Con El caballero de la muerte, en 1909, Carrere se afianzó finalmente en una estética modernista de detalles parnasianos que ya habían sido trabajados por Manuel Machado. El poema homónimo, a pesar de no referenciar directamente ningún elemento del medievo, sí se deja embriagar por un imaginario medievalizante (el caballero, la dama que lo espera, etc.), muy propio de la poesía romántica y modernista (como elemento de evasión exótica), que el escritor tan bien había asimilado gracias a las numerosas lecturas de sus contemporáneos, como demuestra la coordinación de la antología La corte de los poetas. Florilegio de rimas modernas (1906). Es, sin embargo, Dietario sentimental (1916) el libro en el que más elementos medievales encontramos. Los poemas «Castillos en España» y «El viejo caballo», sobrevuelan la árida tierra castellana del Cid, Doña Jimena y Babieca. Traslada el foco hacia Francia, por su parte, «Viejo París», en cuyos versos aparecen el poeta François Villon (1431-1463) y el rey Luis XI (1423-1483), justo antes de un giro, de nuevo, hacia el Romanticismo, representado por la figura de Claudio Frollo, personaje de una de las más relevantes obras en francés del siglo XIX: Nuestra señora de París, de Víctor Hugo. Las composiciones de Nocturno de otoño (1920) deambulan, como lo hicieran tantos otros poemas modernistas, por sendas orientalistas, introduciendo, así, elementos del mundo árabe en poemas como «La morisca de Valencia» o «Zahara».

 

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