Los inicios de Pilar de Valderrama en la poesía se remontan a 1923, con Las piedras de Horeb y continúan, en 1925, con Huerto cerrado, libro del que hemos extraído los poemas antologados. Es este un volumen cargado de referencias e intertextualidades con la tradición poética española: en él rezuman Bécquer, Jorge Manrique, Fray Luis, San Juan o Santa Teresa. Sobre su obra poética, dijo Margarita Nelken: «Pilar de Valderrama, tan recoleta, tan replegada sobre sus sueños y dentro de su intimidad, lanza de cuando en cuando, como una saeta, el grito de sus penas o de sus alegrías. Grito que se basta a sí mismo, que no aspira sino a exhalarse: Las notas de mi lira son apagadas, dice ella misma» (en Ramírez Ponferrada, 2018: 83). Este intimismo, que recuerda en gran medida al Machado de Campos de Castilla (recordemos que Pilar de Valderrama es Guiomar [para un análisis detallado, Ramírez Ponferrada, 2018]) por las vinculaciones entre realidad exterior e interior, es claramente constatable en «Poema cuarto». En sus versos, es relatada la historia de un viejo castillo sobre el que se edificó un palacio, lo cual permite una primera reflexión nostálgica del hablante lírico que, más adelante, se inserta en ese espacio donde, repentinamente, sucede lo sobrenatural cuando «envuelto en tenue luz se alzó a mi vista / la mole oscura de un castillo austero». La segunda y última composición que guarda vinculaciones con lo medieval es «Poema sexto», que parte de una descripción de la magna Basílica de San Marcos de Venecia y de su Pala d’Oro, a partir de la cual el sujeto lírico puede reflexionar sobre el sentimiento religioso: la suntuosidad veneciana, dice, «no ha conseguido conmoverme el alma», como sí lo hace el recuerdo de la imagen de Jesús en una pequeña y austera ermita castellana.

 

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