No hay en la poesía de Pedro Salinas una recurrente, ni tampoco habitual, referencia al universo medieval. Para Ricardo Gullón, los títulos de los poemarios de Salinas permiten ya percibir que hay en ellos alusiones «a una interpretación de los fenómenos y no a los fenómenos mismos. Están puestos subjetiva y no objetivamente, en atención a los reflejos suscitados por la realidad en el poeta y no a las realidades en su esencia. Son títulos con raíz en la existencia y en la imaginación. Los Presagios son representaciones de los acontecimientos que no pueden ni nacer siquiera sin intervención del alma intérprete» (Gullón, 1952: 32). Los dos poemas recopilados son, precisamente, de este primer libro del autor madrileño publicado en 1923; un volumen en el que es patente la huella de la poesía pura juanramoniana (de ahí, quizás, el alejamiento de la realidad material). En este sentido, «Murallas intactas» nos remite a un espacio de ecos medievales, que es descrito como un lugar tranquilizador que, repentina y repetidamente, es atravesado por una cuestión: «¿y los enemigos?». He ahí el reflejo del que hablaba Gullón que, en el fondo, nunca se materializa. El siguiente y último poema, «Lágrima…», es una composición de negaciones, en la que se alude, ya en el tercer verso, a la imagen manriqueña de la vida como río que desemboca en el mar de la muerte.

 

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