Existe poca información sobre muchos de los poetas anarquistas de la Guerra Civil, como sucede con Antonio Agraz. Ello es debido a que muchos de ellos se revelaron durante la guerra, consiguieron (en el mejor de los casos) alguna fama en su época gracias a las publicaciones de sus poemas en diversos medios propagandísticos o romanceros y cayeron, después, en el olvido de la cárcel, del destierro o de la muerte, mientras que sus composiciones quedaron sepultadas en la espesura de los archivos o, simplemente, desaparecieron. Serge Salaün ha recopilado parte de esta producción en su Romancero libertario, que hoy nos permite destacar aquí tres poemas de Antonio Agraz que incluyen algunos elementos medievales. Estos romances, dice Salaün, son «el reino absoluto de la binaridad porque obedecen a la tentativa más elemental (y más combativa), la del sí o del no, la del bien o del mal» (1973: 26) y lo hacen con la revolución como «el fondo ideológico de toda la participación poética anarquista. El proletariado que dirige la España republicana, desde las trincheras y también desde la retaguardia, tiene la misión de forjar la España que nace» (1973: 28-29). Es curioso y sintomático que esta descripción de la España que nace (del hombre que nace, en definitiva) se defina en ocasiones a través de sus raíces y de su pasado, esto es, a partir de unos referentes hasta cierto punto compartidos con la poesía del bando franquista, pero resemantizados ahora desde la ideología libertaria: «Existe (poéticamente por lo menos) una filiación directa entre los combatientes libertarios de 1936-1939 y el Cid, los comuneros, don Quijote, el Gran Capitán, los conquistadores, los defensores de Sagunto y de Numancia, los de 1808, etc.» (Salaün, 1973: 29). Tales referentes son visibles en el primer poema de Agraz que antologamos y que se abre con unos versos cidianos (no del Cantar, sino del romancero) que como un leitmotiv se repiten en tres ocasiones: «Cosas veredes, ¡oh, Cid!, / que farán fablar las piedras». Aquellas dualidades del medievo  (los de la Media Luna y los de la Cruz, siguiendo la terminología de la composición) se repiten, pero encarnadas ahora en otras expresiones: los alemanes o los japoneses, mientras «Buda se acerca a Jesús, /el Rabí de Galilea, / Lutero busca a Mahoma, / predicador de la Meca, / y todos los cuatro juntos, / borrando sus diferencias, / seguidos de la morralla / cruel de la España negra, / bajo palio de metralla, / siéntanse a la misma mesa». Por su parte, «Mater nostra» es un canto a España, que sobrevuela, también, algunos hitos del pasado destacados por Salaün en la cita anterior, y que se dirige a la patria para decirle «no temas, madre España, a los que hieren» mientras queden «esos, que son los que te quieren». Finalmente, «Cantar de gesta» es una loa a la 43ª división y a su líder, Antonio Beltrán Casaña, conocido como El Esquinazau, que es puesto en relación Bernardo del Carpio adquiriendo, lo que le otorga una dimensión hasta cierto punto épica: «La voz del Esquinazau, /pregón de guerra en el aire, / resuena como una trompa /de Bernardo en Roncesvalles».

 

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