DEDICATORIA

Camaradas de la F.A.I..- escribí esta obra pensando en vosotros; en ella puse toda mi ilusión, toda mi fe; siempre creí que un día llegaría a verla sobre el proscenio, con el fin de demostrar al Proletariado Ibérico vuestro sacrificio, para libertar a España y al mundo del yugo de la esclavitud. Recibidla, pues, con el mismo cariño [con] que este modesto autor os la dedica.

Ernesto Ordaz

T E M P L E

Y

R E B E L D I A

de

Ernesto Ordaz Juan

 

drama social en tres actos y en prosa, divididos en nueve cuadros

 

 

 

 

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REPARTO

Personajes / Intérpretes

AURORA.- Sra. Vicentita Pastor

MARTINA.- Srta. Modestita Calandín

TRINIDAD.- Srta. Elvira Calandín

ROMÁN.- Sr. T. Belmonte

FIDEL.- Sr. J. Oñata

SALUSTIANO.- Sr S. Calandín

FERNANDO.- Sr. T. Ballester

PENOCHO.- Sr. D. Montañana

D. LORENZO.- Sr. A. Bordes

SABIO.- Sr. D. Lázaro

TIMOTEO.- Sr. J. Navarro

CABO GABRIEL.- Sr. G. Miró

UN POLICÍA.- Sr. R. Martínez

OTRO.- Sr. J. Gómez

GUARDIA.- Sr. P. Soucase

PEDRO.- Sr. M. Perdiguer

OBRERO 1º.- Sr. S. Mir

OBRERO 2º.-Sr. P. Valero

VENDEDOR.- Sr. A. Medallón

UNO.- Sr. J. Ortigues

Esquiroles, huelguistas y transeúntes.

ÉPOCA CONTEMPORÁNEA

 

Esta obra fue estrenada en el

TEATRO IDEAL ROSALES de MONCADA

 

ACTO PRIMERO

CUADRO PRIMERO

La escena representa un tercer piso de una casa pobre; puerta al foro que se halla cerrada; puerta lateral izquierda segundo término dos lateral derecha. Único mobiliario, una silla de Viena, una percha ordinaria en la cual hay colgados un sombrero gris y un bastón con empuñadura de oro. Donde más convenga, un modesto almanaque. En las paredes se observa que se ha quitado recientemente algún cuadro.

 

ESCENA I
Don Lorenzo, por la izquierda, seguido de Martina
MARTINA.- ¿Cómo sigue, don Lorenzo?

LORENZO.- La encuentro un poco mejor. Su mamá sufre un estado de debilidad con algo de amaurosis; los sufrimientos traen, por consiguiente, consecuencias que si en su tiempo no pueden con la fortaleza de la persona, surgen, en cambio, cuando ésta llega a cierta edad en que la vitalidad se va agotando.

MARTINA.- ¡Ay, Dios mío!

LORENZO.- Pero yo, ante el estado de su madre, soy optimista, porque tiene una naturaleza muy fuerte. De forma que, evitando choques que le puedan ocasionar trastornos, creo que conseguiremos su restablecimiento, que es lo que usted anhela y yo deseo.

MARTINA.- Ah, sí, sí, don Lorenzo; que se ponga bien.

LORENZO.- (Sacando un lápiz para recetar) Siga dándole las mismas cucharadas… y estos papelitos (terminando de escribir) disueltos en un poco de agua hervida, media hora antes del puré. Y usted tranquilícese. Hasta mañana.

MARTINA.- (Entregándole el sombrero y el bastón de la percha) Adiós, don Lorenzo.

Vase don Lorenzo.

ESCENA II
Martina, a poco, Román.
MARTINA.- (Después de una pausa) ¡Pobre madre mía!… Mucho sufres, pero mucho es también lo que sufren tus hijos. Grande debe ser tu pena al verte postrada. ¡Pero si supieras la nuestra, buscando siempre la forma de encontrar recursos para atender a tu salud, y sin poderlos hallar!… ¡Ah, si supieras!… Pero no; no conviene… Una impresión, como dice don Lorenzo, te podría producir mucho daño.

Aparece Román por el foro, con algunos libros.

ROMÁN.- (Con ansiedad) ¡Martina!…

MARTINA.-¡Román!

ROMÁN.- Acabo de encontrarme con don Lorenzo y me ha dicho que está mejor. ¿Será posible?

MARTINA.- Eso dice, hermano mío; pero ella sigue tan decaída. No has encontrado nada, ¿verdad?

ROMÁN.- Nada, Martina; soy uno de los tantos que buscan inútilmente. Lo único, esto (entregando unas monedas) de unos libros que he podido vender. Toma. Voy a verla.

MARTINA.- Pero no entres con los libros; ya sabes que no toma a bien que leas. (Román le entrega los libros que lleva en el bolsillo y hace mutis por la izquierda, para volver a poco) ¡Qué bueno es! A prueba pondría yo a mi Román con el mejor hombre de la tierra. Sin embargo, parece que estos libros en nada le favorecen. Madre siempre se lo dice, pero él se conoce que satisface un placer con su lectura. (Mirando el título de un libro) La conquista del pan. Hermano mío, bien se que ve buscas lo que nos hace falta.

ROMÁN.- (Reapareciendo) Está durmiendo.

MARTINA.- ¿Duerme?

ROMÁN.- Sí; la dicha está con ella por unos momentos. Es cuando se goza, cuando el cerebro inmóvil acalla nuestros sentidos; no pensando, no se sufre y no sintiendo, no se delira. Duerme, madre mía; tus hijos, velan tu sueño.

MARTINA.- Nos persigue la desgracia, Román.

ROMÁN.- No es a nosotros solos, Martina. No es este el único hogar donde la penuria se alberga en unión de la miseria; otros hay. Y en ellos hay seres que idolatran la esperanza, mientras el hambre, lentamente, acaba con ellos.

MARTINA.- Sí, es verdad; pero cuando se tiene un remedio y nos desprendemos de él…

ROMÁN.- ¿Qué quieres decir?

MARTINA.- Perdona, hermano mío, pero creo que, aunque fuiste fuerte para imponerte a una injusticia, no meditaste lo que podría sobrevenir de aquel rasgo de valor, que trajo como consecuencia el despido de donde ganabas el jornal, que era el que resolvía las cuestiones de nuestra pobreza.

ROMÁN.- ¡Pero Martina!… ¡Tú que siempre dices que soy tan bueno!… ¿Crees que podía tolerar que el pobre Fide fuese tratado desconsideradamente? Consulta tu corazón y verás cómo te dice que procedí bien. Si aquellos miserables hubiesen hecho lo que yo, no andaría Fidel mendigando la caridad pública ni nosotros lamentaríamos esta triste situación.

MARTINA.- Ahí está el caso. Tú fuiste bueno, como tenías que ser, generoso como siempre fuiste, saliendo en defensa del débil; pero ahora, que estás en la adversidad, no hay nadie que te defienda.

ROMÁN.- Tienes razón, hermana mía; pero mi deber era amparar al débil y así lo hice. La voz del deber no podía estar presa dentro de mí y fue el corazón quien le abrió las puertas para que se dejase oír. Eso es todo lo que hice; lo que nunca hice por mí. Ahora, hermana, perdóname.

MARTINA.- ¡Ah!… No, no; eres tú quien ha de perdonarme. La angustia me hizo ser imprudente contigo. Pero hiciste bien. Diste una prueba de filantropía; la providencia puede que venga en nuestro auxilio.

ROMÁN.- ¿Providencia para los pobres?… Vana esperanza. Nosotros no la merecemos. ¡Providencia, Providencia!… ¡Inundas de ansias los espíritus y destrozas nuestros corazones!

MARTINA.- Dejémonos de estas cosas que amargan más nuestra existencia y optemos por resolver lo que afecta a los críticos momentos de nuestra miseria.

ROMÁN.- Dices bien, Tina. Pero un presentimiento obscuro me transtorna; pienso que os va faltando el alimento; imagino que un trance fatal se avecina. La madre necesita recursos que acorten su mal y… ¡Ah, torpe cerebro!… ¿Qué me dices?… ¿Qué me propones? No, no… ¡Sería anticipar su muerte!

MARTINA.- ¡Román, hermano mío! (Angustiada) Serénate. Hay que vencer la dificultad. Oye, puesto que la madre descansa, me valdré de este momento para ir a la farmacia a traer lo que ha recetado hoy don Lorenzo.

ROMÁN.- ¿Pero llevas?

MARTINA.- Las doce pesetas que cobré ayer por el espejo y que he conservado como doce estrellas que hoy me alumbran para encontrar un remedio. ¿Para qué lo quería? Mi espejo es la madre en la que he de mirarme. Vuelvo en seguida.

Mutis foro.

ESCENA III
Román; a poco, Fidel por el foro.
ROMÁN.- ¡Pobre hermana mía!… Hasta el testigo de tu hermosura vendes. Pero aún te queda otro, éste, que además de atestiguar tu belleza, descubre la bondad de tu corazón. Siempre optimista, siempre dispuesta al sacrificio, su resignación frena mi ímpetu, apaga mi excitación, coarta el impulso violento, el ansia que siento de acabar con tanta miseria.

FIDEL.- (Saliendo) ¡Román!…

ROMÁN.- ¡Fidel!… (Se abrazan) Tres días sin verte.

FIDEL.- No es culpa mía; es por causa del mucho trabajo que tengo.

ROMÁN.- ¿Trabajas?

FIDEL.- Sí.

ROMÁN.- ¿Y de qué trabajas?

FIDEL.- De un oficio muy curioso; de estercolero. Es decir, de químico estercolero.

ROMÁN.- ¿Y le llamas curioso?

FIDEL.- Porque hay que emplear la curiosidad, que es la química que yo utilizo.

ROMÁN.- No te comprendo.

FIDEL.- Verás. Pero deja que me acerque más hacia ti, si no te fastidia el olor de violeta que traigo. (Acercándosele cariñosamente) Así, porque tú eres mi padre, m protector, el único hombre que supo salir en mi defensa.

ROMÁN.- No, Fidel; yo no hice más que ponerte al nivel que te correspondía.

FIDEL.- ¿Y te parece poco?… Perdiste el trabajo por mí.

ROMÁN.- Pero no quiero que me lo agradezcas. Dime en qué te ocupas.

FIDEL.- Verás. Como me daba mucha vergüenza ir por esas calles pidiendo y como lo que recogía no bastaba para construirme un palacio ni reventar por la grasa, resolví, en unión de un amigo, dedicarme a la busca de objetos, que si bien son de poco valor me prestan mucho más que el pedir. ¡Son tantos los que piden!

ROMÁN.- ¡Y tan pocos los que dan!

FIDEL.- Me levanto por las mañanas sobre las seis, enciendo el fuego, pongo el puchero a la lumbre. Le arreglo el desayuno a la abuela, le ayudo también a levantarse, que la pobre no puede con sus huesos. Ella se va con sus rosarios a la puerta de la parroquia de San Andrés, y yo a zarpear los basureros, a la caza de objetos, como trapos, hierro y alguna alhaja que no la encuentras ni con telescopio.

ROMÁN.- ¿Y qué sacas con ello?

FIDEL.-Pchs… Algunos días un bistec de bacalao de la abuela y el sandwich de sardina para mí. Lo suficiente para no morirse de hambre.

ROMÁN.- ¿Y tu abuela qué recoge?

FIDEL.- ¿Mi abuela? Algún resfriado que otro. Hasta el día que se encuentre con una pulmonía que se la lleva al otro mundo.

ROMÁN.- ¿Todo el día empleas en esa ruta?

FIDEL.- Todo el día, Román. Al anochecer, que podría salir, no lo hago, porque me quedo al cuidado de la vieja, me entretengo leyendo el libro que tú me dejaste:Sembrando flores. Pro cierto que me gusta mucho, Román. Yo quisiera ser como Floreal.

ROMÁN.- Eso, de ti depende.

FIDEL.- Y de ti. Pues ya sabes que lo poco que sé a ti te lo debo. Por eso te quiero tanto.

ROMÁN.- Fidel, tú ya eres inteligente por naturaleza; pero debes saber cómo has de emplear la inteligencia.

FIDEL.- Como Floreal: en bien de todos. Bueno, y ahora, dime tú. Deja que me tome la libertad de preguntarte. ¿No has encontrado trabajo todavía?

ROMÁN.- No lo hallo por ninguna parte. La fuente productora tiene su manivela aprisionada por la mano capitalista y sus chorros de riqueza graduados están para que produzcan limitadamente.- sólo lo que necesitan aquellos que con manifiesto interés pugnan para que el hambre extermine a los trabajadores. Son cláusulas de esta indigna sociedad. Es el afán de los ricos mantenerse en el poderío que el oro les da, y por consiguiente, el orgullo y la superstición forman amorosa pareja. Mientras unos ríen, otros lloran; unos gozan, y otros padecen. Hay quien se harta en la abundancia, mientras a otros les falta lo más indispensable. A la insignificante jaqueca del rico se le presta la más solícita asistencia, mientras que al pobre se le deja en el mayor abandono, a merced de la muerte. El hombre es original de la naturaleza y la sociedad se encarga de parodiar sus derechos.

FIDEL.- ¡Román!

ROMÁN.- Ven, Fidel, escucha. Tú, que vienes a la vida como libre pajarito. Tú, que no has recibido del aire más que los primeros besos; tú, que eres todo pureza, sabrás comprenderme. Mis palabras no tienen otro fin que el de personificarte. Por eso, antes de que te llegues a embrutecer en el vicio, en el estado que esta sociedad te brinda, quiero que observes el mal que se cierne sobre la tierra; esta tierra triturada por los brazos del campesino, que riega con el sudor, que eleva la espiga, para que después llegue el parásito deteniéndose en ella, a extraerle aquel pan que debió entrar primeramente en la boca del que lo produjo. Y, sin embargo, el hombre que del erial hizo extensión productiva, se alimenta de las sobras, de las migajas, de las cortezas que no puede digerir el señorito. Tú brincas, corres; tu reposo lo hallas después del continuo batallar del día, que empleas, como has dicho antes, zarpeando los basureros y la sublime inteligencia que posees sólo te sirve para clavar tus cándidos ojos en el cieno, por ver si encuentras allí el alimento. ¡Ya ves lo que te ofrece el mundo! Unos harapos que cubran tus carnes y cieno para que te mantengas.

FIDEL.- Román, cuanto más te oigo más te quiero. Yo te prometo que, cuando sea mayor, sabré despreciar todo eso.

ROMÁN.- Sí, Fidel, sí; que seas tú el hombre del mañana, el hombre bueno, el hombre que con nobleza espiritual sepa rebelarse ante lo que sea opresión y tiranía. ¿Sabes cómo? Leyendo. Pero no libros de los que destruyen el cerebro con fantásticas aventuras; sino libros que estructuren tu aspiración, que, por lo que expresan tus sentimientos, es la de hacer bien a la humanidad.

FIDEL.- Román, sabré seguir tus consejos.

ROMÁN.- (Como creyendo oír a su madre) ¿Eh?

FIDEL.- ¿Qué es?

ROMÁN.- Nada, sigue durmiendo. Descansa, madre mía, ahora que no oyes, ahora que no me ves. No sabe nada de lo que ocurre. Sigue creyendo que estoy en el taller; ignora que no trabajo, que vamos vendiendo poco a poco lo que poseemos.

FIDEL.- Toma, Román.

Sacando unas monedas.

ROMÁN.- ¿Qué es eso?

FIDEL.- El producto de mi industria. Ayer me encontré una sortija de oro entre la basura. La vendí y saqué ocho pesetas; y, suponiendo que no andarías muy sobrado de dinero, te traigo estas para que con ellas te remedies un poco.

ROMÁN.- Gracias, gracias, Fidel. Qué bueno eres; lo agradezco con toda el alma; pero guárdalas, porque tienes una vieja que mantener.

FIDEL.- También tú tienes una madre que, además de pobre, está enferma.

ROMÁN.- Sí, es verdad, pero…

FIDEL.- Anda, tómalas.

ROMÁN.- Guárdalas; por el momento no me hacen fata.

Fidel queda triste.

ESCENA IV
Dichos; Martina por el foro.
MARTINA.- ¡Ah, Fidel!

Corre a abrazale.

FIDEL.- ¡Martina!

Algo apesadumbrado.

MARTINA.- ¿Cómo es que ya no vienes por aquí? Estás triste y veo que lloras.

ROMÁN.- ¿Por qué lloras?

FIDEL.- Por que no has querido tomarme las cuatro pesetas. Oye, Martina, dice que no le hacen falta.

ROMÁN.- Pero Fidel…

FIDEL.- Tómalas tú, Martina.

MARTINA.- Yo…

ROMÁN.- Vaya, cógelas…

Las toma Martina.

MARTINA.- Precisamente son las que me hacían falta para traer el medicamento… Por no llevar bastante dinero me he venido sin él.

FIDEL.- ¿Lo ves?

ROMÁN.- ¡Oh, Fidel! Tienes un noble corazón.

MARTINA.- Fidel…, yo quiero besarte mucho. Mucho… Así, así…

Besando insistentemente.

FIDEL.- Bueno, ya no lloro. Ahora lo que quiero es que traigáis el medicamento enseguida.

MARTINA.- Sí, sí; enseguida. ¡Madre mía! Un tiernecito corazón se apiada de ti y tus hijos; con los mismos besos que en ellos depositaste, le transmiten tu agradecimento.

Hace mutis Martina por el foro.

ESCENA V
Román y Fidel.
ROMÁN.- Fidel, eres una joya humana. ¿Cómo pagarte este rasgo de generosidad?

FIDEL.- Tú ya me pagaste para siempre. Bueno, Román…

ROMÁN.- ¿Te marchas?

FIDEL.- (Al ver aparecer a Fernando por el foro) No, me quedo.

ESCENA VI
Dichos; Fernando.
FERNANDO.- ¿Se puede?

ROMÁN.- Hola, ¿eres tú, Fernando? Pasa. ¿Qué te trae por aquí?

FERNANDO.- Hola, Fidel.

FIDEL.- (Con brusquedad) ¡Hola!

FERNANDO.- Pues vengo a traeros una buena noticia.

FIDEL.- (No me lo creo.)

ROMÁN.- Explícate.

FERNANDO.- Espera, que no sé por dónde empezar.

ROMÁN.- ¿Tan interesante es?

FERNANDO.- Tú verás. El amo quiere que vuelvas a taller.

ROMÁN.- ¿Yo?

FERNANDO.- En unión de Fidel.

ROMÁN.- ¿Pero será posible?

FERNANDO.- Como lo oyes.

FIDEL.- ¡Quiá, hombre; yo no vuelvo!

FERNANDO.- Él dice que fue un momento de arrebato lo que tuvo por el tono de tus palabras.

ROMÁN.- ¡Te advierto que le hablé mesuradamente!

FERNANDO.- Pero, mira, como es el amo, tiene que buscar algún pretexto para excusarse. Sin embargo, lamenta lo que sucedió, porque reconoce que tú siempre cumpliste en su casa. Yo puedo hacer fe de ello. Esta mañana me llamó a su despacho y me dijo: "Oye, Fernando, ¿tú sabes dónde vive Román?" "Sí, señor", le contesté. "Pues bien, ve y dile que, si quiere volver a mi casa, está perdonado".

ROMÁN.- ¿Y qué delito he cometido yo para que él me perdone?

FERNANDO.- Qué sé yo… Los amos siempre quieren quedarse como tales. La verdad es que si él te llama es porque le harás falta; dichoso tú, que puedes precisarle.- otros quisieran tener ese don…

ROMÁN.- El don de esclavo.

FERNANDO.- ¡Bah, bah!…

FIDEL.- (A mí me parece que no; o por lo menos yo.)

FERNANDO.- Me dio estas cien pesetas para que te cobres los ocho días que no quiso pagarte entonces. Y me dijo también que en lo sucesivo, tú y Fidel haréis en su casa lo que os plazca.

ROMÁN.- ¡Cuánta generosidad!

FERNANDO.- Aprovéchate y no seas tonto, ahora que puedes y lo tienes de cara… Se conoce que le haces mucha falta.

ROMÁN.- ¡Tantos que tiene!

FERNANDO.- Ocho o diez.

ROMÁN.- ¿Cómo, si había más de cien?

FERNANDO.- Sí, pero ayer se declararon en huelga y no han quedado más que los pocos que no han querido secundar el paro.

ROMÁN.- ¿Pero están en huelga?… Por fin aquellos compañeros que no supieron defender un caso de dignidad, hoy se rebelan. ¡Fidel! No son tan malos; también saben rebelarse. ¿Y por qué?

FERNANDO.- Desde que tú te fuiste que no hay paz en el taller.

ROMÁN.- ¿Luego es por mí y por Fidel?. Gracias, gracias, compañeros; perdonad si en algún momento afeé vuestra conducta.

FERNANDO.- Además de pedir vuestra readmisión, quieren también aumento de salarios. Y por lo que yo he podido comprender el amo parece que está conforme con vuestra readmisión; pero a lo de aumentar los jornales dice que no; que primero cierra.

ROMÁN.- Pues que cierre.

FERNANDO.- Entonces, ¿qué le digo?

ROMÁN.- Que ni Román ni Fidel entrarán en su casa mientras no entren antes sus compañeros. Que nuestra personalidad es pobre, pero que en nuestro ser existe una dignidad que vale más que todo el dinero que él pueda tener. Contando con esas cien pesetas, que aunque parte de ellas me corresponde, no las acepto para no mancharme las manos con el lucro de la traición.

FERNANDO.- Vaya, hombre, no hay que proceder con tanta pulcritud. El amo no es tan malo.

ROMÁN.- ¿Aún le defiendes?

FERNANDO.- Conmigo no se porta mal.

ROMÁN.- ¿Y con este, y conmigo y con los demás trabajadores que ha arrojado a la miseria por no quererles aumentar un poco más los jornales?

FERNANDO.- Puede ser que su negocio no se lo permita.

ROMÁN.- ¿Y busca trabajadores para que hagan en su casa lo que les dé la gana?

FERNANDO.- Eso será a vosotros por el afecto que pueda teneros…

ROMÁN.- ¿Desde cuándo tanto afecto?… ¡Se comprende!… Desde que sus operarios, cansados ya de tantas humillación, se le declaran en huelga. Será ahora cuando es bueno tu amo. Antes no lo fue nunca, porque si hubiese tenido algo de bueno no hubiese tratado con la mayor desconsideración a esta criatura.

FERNANDO.- Sin embargo ahora se arrepiente.

ROMÁN.- No, no se arrepiente. Tú mismo has dicho que si volviésemos a su casa nos perdonaría, y eso no es arrepentirse. Él no se puede arrepentir porque su posición y su orgullo se lo impiden. Somos nosotros, los pobres, los que tenemos exclusiva del arrepentimiento.

FERNANDO.- Román, tienes unas frases…

ROMÁN.- Escúchame un momento y luego ya me dirás si tengo o no razón. Entré en esa casa más joven que Fidel. Entonces el amo… como tú dices, no era tan rico. Yo soportaba la excesiva carga del trabajo y el despótico genio que aún conserva. Abrasándome el rostro al calor de la fragua pasaron los días de mi niñez, confundidos con mis sacrificios. Yo iba gastando todo el vigor de mi juventud para que se enriqueciera. Vi muchas cosas, Fernando, muchas. Hoy entraba un operario, mañana otro; y así sucesivamente; demostración evidente que el negocio progresaba. A veces el que entraba hoy lo despedía al día siguiente. Créeme, vi cosas injustas, que por eso no puedo creer que ese hombre sea bueno. Yo sufría, callaba porque tenía una madre y una hermana que mantener; pero cuando no pude contenerme, cuando la indignación se desbordó en mí, fue cuando trató de ultrajar a Fidel. Olvidé en aquel momento que me daba el jornal y salí en defensa de un semejante, contra la tiranía inhumana del amo.

FERNANDO.- Hay hombres que no tienen corazón.

FIDEL.- Y ese es uno de ellos.

ROMÁN.- Mira, Fernando; aquí había una mesa, unas sillas, un espejo… ropa nos queda la que llevamos encima. ¡Todo lo hemos vendido en las seis semanas que no trabajo! Mi madre, enferma y sin poder darle alivio por falta de medios, y todo por su culpa. Por culpa del amo, que por creer que lo es de todos quiere también comprar mi dignidad. Y eso, no; antes la muerte. Ahora juzga si debo volver a su casa de la forma que me lo propone.

FERNANDO.- No, Román; no debes volver, ni tú, ni yo ni nadie que sepa lo que es de indigno ese hombre… Es decir, yo, sí para decirle que me uno a mis hermanos, los trabajadores, y que mientras no entren todos, con vosotros delante, no entraré yo tampoco. Román, aquí tienes a un amigo, a un compañero; manda lo que quieras de mí y dispón desde este momento de mis ahorros para atender a tu vieja.

ROMÁN.- Gracias, Fernando, gracias.

FIDEL.- La verdad; yo creía que usted también era mal. (¡Me he llevado un chasco!)

ROMÁN.- (A Fernando) ¡Venga, un abrazo!

FERNANDO.- Sí.

ROMÁN.- Que sea este el que una a los trabajadores.

FERNANDO.- Sí, un abrazo. Firmemos el armisticio para acabar con la guerra que sostienen diferencias.

ROMÁN.- Sí, luchemos todos los explotados para alcanzar el bien, el amor y la libertad.

Telón rápido.

FIN DEL CUADRO I

 

CUADRO SEGUNDO

Despacho lujosamente amueblado. Puertas laterales y al foro.

 

 ESCENA I
Salustiano, sentado detrás de la mesa escritorio, rodeado de un grupo de obreros que están de pie.
SALUSTIANO.- Pues, como os decía, no hay que tener miedo.

PEDRO.- Pero es que los guardias siempre no estarán con nosotros.

OBRERO 1º.- Eso digo yo también.

SALUSTIANO.- Hasta que se termine el conflicto.

PEDRO.- Sí, pero entonces puede que venga el conflicto para nosotros.

SALUSTIANO.- No temáis, que no os ocurrirá nada.

PEDRO.- Pero…

OBRERO 2º.- Vaya, hombre, no seas necio; cuando lo dice el amo, razón tendrá. Además, después de todo, nosotros no hacemos más que ganarnos el jornal honradamente.

OBRERO 1º.- (Por Pedro) Es que éste, porque le llaman esquirol… Tira, hombre, tira, que no te falte el jornal y que te llamen como quieran. ¿Esquirol? Pues esquirol… La cuestión es comer, que el ayunar no es gloria; yo sé lo que es pasar hambre y por eso lo digo; y, si no, que lo diga el amo.

OBRERO 2º.- Animal, mira lo que hablas.

SALUSTIANO.- Tranquilizaos; yo os digo que nada malo ha de pasaros. Esta semana os daré un real más de jornal.

OBRERO 2º.- ¿Has oído? ¡Si es tan bueno!… (Esto a Pedro) ¡Gracias, señor amo!

SALUSTIANO.- A trabajar sin temor, y tú, Pedro, no te asustes, que no llegará la sangre al río.

OBRERO 2º.- Ea, pues con Dios, señor amo.

SALUSTIANO.- Hasta luego, muchachos.

TODOS.- (Como si obedecieran a una misma voz, y haciendo mutis, dicen) Que usted lo pase bien.

Vanse.

ESCENA II
Salustiano, solo.
SALUSTIANO.- Mansos como siervos. Sólo me falta atraer a Román, que lo veo un poco más difícil. Lo traté con mucha dureza, y aunque su pecho no es para albergar rencores, su idea es distinta a la de estos necios. El caso es que me precisa él, porque es la llave de este conflicto. La huelga toma incremento y la unión de esos malvados se fortifica. No, no. Es preciso que venga Román, cueste lo que cueste. Él no debe estar en relaciones con ellos. El día en que se marchó, me acuerdo que les dijo.- "¿No protestáis ante esta injusticia? El tiempo os juzgará a todos". Y eso era una frase de condenación. Pero cuanto tarda este Fernando… Se conoce que la entrevista será larga.
ESCENA III
Dichos; Trinidad, por la derecha; después, Fernando.
TRINIDAD.- ¿Llamaba el señor?

SALUSTIANO.- Sí.

TRINIDAD.- Mande.

SALUSTIANO.- ¿Sabes tú dónde vive Román?

TRINIDAD.- Sí, señor.

SALUSTIANO.- Llégate, observa y si ves a Fernando dile que…(En este momento aparece Fernandopor el foro.) Aquí está. Retírate.

TRINIDAD.- Con su permiso.

Mutis derecha.

ESCENA IV
Salustiano y Fernando.
SALUSTIANO.- Pasa, Fernando. ¿Como habéis quedado?

FERNANDO.- Perfectamente.

SALUSTIANO.- ¿Luego bien?

FERNANDO.- Él y yo, sí.

SALUSTIANO.- Ah, ¿lo convenciste?

FERNANDO.- ¡Me convenció él a mí!

SALUSTIANO.- ¿Qué?

FERNANDO.- Román no es hombre que se deja engañar tan fácilmente.

SALUSTIANO.- ¿Pero qué dices?

FERNANDO.- Lo que oye. Fui a desempeñar una misión indigna y mis palabras encontraron su merecido.

SALUSTIANO.- No te comprendo.

FERNANDO.- Fácil es comprenderme. (Pausa) Usted se aprovechó de mí y, valiéndose de lo que yo ignoraba, me mandó, como he dicho, a representar el papel que a usted le interesaba, ocultándose en mi sombra, por no tener la suficiente gallardía de ir a hablar con un hombre que es más digno que usted.

SALUSTIANO.- ¡Ah! ¡Esto es demasiado!

FERNANDO.- Usted se enriqueció con el sudor de Román. Lo tuvo a su disposición desde que era niño, lo arrojó de su casa por defender una causa justa; y ahora, como usted se ve envuelto en un conflicto, del cual quiere a toda costa salir triunfante para que siga imperando su tiranía, intenta atraerle, ahora precisamente que Román se encuentra en la miseria que usted le ocasionó, para que, acosado por ésta, venga a los pies de un hombre que por corazón lleva un pedazo de cobre.

SALUSTIANO.- Estás jugando con mi paciencia.

FERNANDO.- No grite, que yo también sé gritar. Román tenía sobrados motivos para escupir mi rostro, por haber sido tan necio de cumplir su mandato. Pero como los hombres, para conocerse se han de examinar por dentro y yo he visto en Román unos sentimientos que han sabido llegar a mi sensibilidad, no puedo creer en lo que usted me diga. Y hablará con más elocuencia la decisión de unirme a los huelguistas, por lo que no entraré más en su casa mientras no acceda a las justas peticiones que le formulan todos esos desgraciados, víctimas de su egoísmo, de su crueldad.

SALUSTIANO.- Entonces, ¿tú también?…

FERNANDO.- ¡También!

SALUSTIANO.- Clavó en ti sus ideas.

FERNANDO.- No he tenido yo tal suerte.

SALUSTIANO.- Piensa lo que vas a hacer… Mira que luego te puede pesar…

FERNANDO.- No es usted quién para aconsejarme.

SALUSTIANO.- Tú te arrepentirás.

FERNANDO.- Eso depende de mí.

SALUSTIANO.- ¿Y qué vas a sacar de ponerte de parte de ellos?

FERNANDO.- No es a usted a quien le interesa.

SALUSTIANO.- ¡No consentiré que me trates con esa brusquedad!

FERNANDO.- Ni yo, que me pida explicaciones.

SALUSTIANO.- Entonces…

FERNANDO.- Hemos terminado. Tome el dinero que me dio para que le reclutara esquiroles. Que el tiempo que lo he llevado encima me ha envilecido.

Como Salustiano no admite el dinero se lo arroja encima de la mesa.

SALUSTIANO.- Puesto que tú te decides a ir en contra mía, te advierto que ni tú ni Román ni todos juntos me venceréis. Antes me juego en esta lucha todo lo que poseo que cedo a las exigencias de esos miserables. Tengo dinero, autoridad, una ley que me protege y una fuerza que me defiende. Por lo tanto, veremos quién vence: si vosotros que no contáis con nada, o yo, que lo tengo todo.

FERNANDO.- Aplique a todo eso que dice que posee la poca razón que le asiste. Empiece por lo primero.- el dinero se le agotará, no cabe duda. La ley estará con usted, hasta que tenga dinero. La fuerza le faltará cuando le deje la ley, y su triunfo quedará reducido a un desastre y, por consiguiente, se hallará en peor situación que nosotros: sin fuerza, sin dinero y, lo que es peor, sin dignidad.

SALUSTIANO.- Tengo también trabajadores que están de mi parte.

FERNANDO.- Cuatro inocentes movidos por el vigor de la ignorancia. Pero el día que se ilumine su cerebro, serán los primeros en abandonarle.

SALUSTIANO.- Están bien sujetos a mí.

ESCENA V
Dichos; Pedro.
PEDRO.- Señor amo, arregle la cuenta que me marcho.

SALUSTIANO.- ¿Por qué te marchas?

PEDRO.- Tengo un no sé qué… Que me ahoga y… Que no puedo trabajar en esta casa.

FERNANDO.- Dice usted verdad. ¡Lo está viendo!… Que le remuerde la conciencia…

PEDRO.- ¡Eso, eso creo que es!

SALUSTIANO.- ¡Basta ya!… Tratáis de mortificarme, pero no lo conseguiréis. (Llamando) ¡Trinidad, Trinidad!

ESCENA VI
Dichos; Trinidad por la derecha.
TRINIDAD.- Señor…

SALUSTIANO.- Llama a dos guardias.

TRINIDAD.- ¿Qué ocurre?

SALUSTIANO.- (Algo tembloroso) ¡Obedéceme!

FERNANDO.- Pero…

SALUSTIANO.- ¿Vacilas? Yo los llamaré.

Intenta salir, pero en este instante aparece un Policía por el foro.

ESCENA ÚLTIMA
Dichos; un Policía.
FERNANDO.- ¡Villano, así te defiendes!…

SALUSTIANO.- Como puedo.

PEDRO.- (¿Dónde me he metido yo?)

POLICÍA.- (A Salustiano) ¿Qué pasa?

SALUSTIANO.- Estos hombres me amenazan.

El Policía coge por el brazo a Fernando.

FERNANDO.- Suélteme. ¿Es suficiente la infame calumnia de este hombre para que usted me trate así?

SALUSTIANO.- Yo acabaré con vosotros.

TRINIDAD.- Este hombre no le amenazó.

SALUSTIANO.- ¿Tú le defiendes? ¡A la calle!

TRINIDAD.- ¡Sí señor, a la calle! ¡A la calle! (A Salustiano, como queriendo marcharse) ¿Yo también?

POLICÍA.- Tú, a la cárcel; y usted, también.

SALUSTIANO.- ¡Los dos!

FERNANDO.- ¡A la cárcel!… ¿Por qué razón?… ¿Con qué derecho?

POLICÍA.- Ya lo sabrás.

FERNANDO.- Bien… Los monstruos, los tiranos, los verdugos de los obreros como tú, quedan en sus casas tranquilamente… mientras los inocentes como nosotros, a la cárcel. Así es la vida… ¡Vamos, vamos a la cárcel!

 

Telón

Fin del Acto I

 

 

ACTO SEGUNDO

CUADRO TERCERO

La escena en casa de Román.

 

ESCENA I

Martina, seguida de Román, por la derecha, muy abatidos.

 

MARTINA.- Ya has oído a la madre, Román. ¡Oh! Qué infortunio nos persigue, Román… ¿Qué delito habremos cometido para que así nos juzgue Dios?

ROMÁN.- Sí, Martina; es un delito pertenecer a la plebe, es un daño que cometemos al nacer sin la gracia de ser ricos. Llegamos al mundo cuando ya están las particiones hechas; nada nos toca y nada nos dan. Las Sagradas Escrituras fueron renovadas por las que hoy rigen. La humanidad está dividida en dos castas, que datan de una sola. Son… dos núcleos de una misma especie, divididos por el dogma de la ambición.

MARTINA.- ¡Ay, Dios mío!

ROMÁN.- Creo, hermana mía, que no llegará tu voz a sus oídos. Él dejó sus representantes en la tierra y éstos no quieren oírte. Quieren llevar a la corte celestial gritos de alegría y no ayes de dolor. No quieren que la miseria embrutezca el manto celeste. Ellos representan la gloria que nosotros no merecemos: no intentes, pues, con súplicas, pedir misericordia, que en vano suplicarás. No es suplicando como hemos de conseguir lo que nos pertenece.

MARTINA.- ¿Y qué hacer, hermano mío?… Esto es horrible. La desolación toma incremento.

ROMÁN.- ¿Qué hacer?… ¡Exigir nuestro derecho!

MARTINA.- ¿Pero, cómo?

ROMÁN.- Luchando, rompiendo todas las cadenas que se opongan al paso de la razón, aunque para ello tengamos que dejar la tierra teñida en sangre. Se conquista con el valor y no con la cobardía.

MARTINA.- (Al oír unos golpes que suenen en la puerta) ¿Llaman?

ROMÁN.- ¿Quién puede ser a estas horas?… ¿Acaso Fernando?

MARTINA.- Oigo también pasos en la escalera y no han tocado el picaporte.

ROMÁN.- Veamos.

Abre la puerta y aparece Salustiano.

 

ESCENA II
Dichos; Salustiano.
ROMÁN.- ¡Eh!… ¿Usted en mi casa?

MARTINA.- ¡Don Salustiano!

SALUSTIANO.- El mismo.

ROMÁN.- ¿Qué desea?

SALUSTIANO.- Hablar contigo.

ROMÁN.- Diga lo que quiere. Pero le ruego lo haga en voz baja, porque hay una enferma.

SALUSTIANO.- Así lo haré.

ROMÁN.- Usted dirá.

SALUSTIANO.- Pues creyendo que Fernando no ha sabido interpretar mi mandato, yo, impulsado por mi caballerosidad, vengo dispuesto a parlamentar contigo, con el fin de romper todas las diferencias que existen entre los dos. (Dirigiéndose a Martina) Porque, créalo usted, yo pecaría de impuro si no reconociera en su hermano un hombre de valía, un hombre…

ROMÁN.- Supongo que no habrá venido usted a elogiarme…

SALUSTIANO.- Quiero decir…

ROMÁN.- Eso, diga de una vez lo que pretende.

SALUSTIANO.- Pues sencillamente que vuelvas a mi casa y nos dejemos ya de antagonismos.

ROMÁN.- ¡Ah!… ¿Que vuelva a su casa?

MARTINA.- ¿Que admite usted a mi hermano?… ¡Oh, señor!…

ROMÁN.- ¡Martina! (Reconviniéndola) Puesto que es usted quien me lo proponer directamente, acepto, pero con una condición.

SALUSTIANO.- No prosigas: ¿qué admita también a Fidel?

ROMÁN.- No; es otra cosa.

SALUSTIANO.- ¿Cuál?

ROMÁN.- Que atienda a sus trabajadores. Que parlamente con ellos como lo hace conmigo y que todos, sin distinción, entren de nuevo en su casa.

SALUSTIANO.- ¡Ah, eso es imposible! Además, no comprendo cómo tú pretendes defenderlos, siendo así que ellos no hicieron lo mismo cuando tú te fuiste.

ROMÁN.- ¡Diga cuando usted me echó!

SALUSTIANO.- Esa es cuestión que tengo que resolverla yo, y es imprudente que nadie me imponga…

ROMÁN.- Yo no le impongo nada. No hago más que defender a mis hermanos de trabajo.

SALUSTIANO.- Ellos no te defendieron a ti.

ROMÁN.- Y usted se valió de ello, olvidando por lo visto, en aquellos momentos, esos honrosos calificativos con que ahora me quiere revestir. Pero olvidemos. Mas si es usted un caballero, si posee una sensibilidad, si quiere dar crédito a que en sí lleva un corazón con fuerza suficiente para contener los desafueros de su… temperamento, comprenderá que es factible lo que le propongo.

SALUSTIANO.- No, no, jamás; eso no puede ser… ¿Cometer yo tal desatino? ¿Qué se diría luego?

ROMÁN.- Que es usted un hombre que reconoce sus errores.

SALUSTIANO.- No, no, eso es impropio de un dueño, de un caballero.

ROMÁN.- ¡Qué usted se atreva a decir semejante desatino!… ¡Vamos, señor, piense lo que habla!

MARTINA.- Román…

ROMÁN.- Observe que se halla ante un hombre que sabe cómo adquirió usted su categoría.

SALUSTIANO.- ¡En!… ¿Con qué derecho me hablas así?

MARTINA.- Mi hermano es que quiere el bien para todos. Se conduele de la situación de sus compañeros.

SALUSTIANO.- ¡Usted también!

ROMÁN.- ¡Inútil, Martina!

SALUSTIANO.- Pero es que ustedes no me comprenden.

ROMÁN.- Sí, señor; sí que le comprendo. Usted quiere atraerme de nuevo a su casa, no por el afecto que me pueda tener, sino para dar la impresión de que puede con todo. Yo, si usted quiere, vuelvo a su casa, pero con mis compañeros; solo, nunca; antes consentiré que el hambre me consuma.

MARTINA.- Román, hermano mío.

ROMÁN.- Ven a mis brazos. (Se abrazan) Une tus sentimientos a los míos; nuestros corazones juntos podrán resistir los ataques de la impureza.

SALUSTIANO.- ¿Me rechazas?

ROMÁN.- No, a usted no. Rechazo lo que me propone; que el pan que se gana con la traición es veneno que emponzoña las entrañas.

SALUSTIANO.- Eres un desagradecido.

ROMÁN.- ¿Me llama desagradecido?… ¿Qué ha hecho usted por mí que yo pueda agradecerle?

SALUSTIANO.- Darte siempre un jornal para que pudieras vivir.

ROMÁN.- ¿Y a cambio de qué? Dígalo también. A cambio de mi esfuerzo, de mi sudor; a cambio de dejar mi juventud truncada para que usted se enriqueciera. Su posición, su opulencia; es por mi vida, por la sangre que usted me ha extraído. ¿Y aún tiene el cinismo de llamarme desagradecido?… Detenga usted la lengua y no haga frases para destruir vidas. Márchese, márchese de esta casa y no vuelva a ella hasta que regenere su corazón.

SALUSTIANO.- Antes quiero saber definitivamente si aceptas lo que propongo.

ROMÁN.- Antes diga usted si acepta lo que le he propuesto yo.

SALUSTIANO.- Ya he dicho que es imposible.

ROMÁN.- Pues más imposible es que arroje yo mi dignidad al suelo para que usted la pisotee.

SALUSTIANO.- Basta ya; tus huesos, como los de tu amigo Fernando, van a dar en la cárcel.

ROMÁN.- ¿Fernando preso? ¿Y por quién?

SALUSTIANO.- Por mí.

ROMÁN.- ¡Miserable!

Como queriendo arrojarse sobre él.

 ESCENA III
Dichos; tres Policías empuñando sendas pistolas.
POLICÍA.- ¡Alto ahí!

Apuntando con el arma a Román.

ROMÁN.- ¡Ah!…

MARTINA.- ¡Díos mío!

POLICÍA.- ¡Arriba los brazos!

SALUSTIANO.- ¡Caíste!

ROMÁN.- ¿Pero qué pretendéis?

POLICÍA.- Dese preso.

MARTINA.- (Interponiéndose) ¡Antes me partiréis a mí el corazón!

POLICÍA.- Esposadle.

ROMÁN.- ¡No lo conseguiréis!

POLICÍA.- Registren la casa.

ROMÁN.- No, no; eso no, prendedme.

Le prenden.

MARTINA.- ¡Madre mía!

POLICÍA.- Registrad ahora.

Los demás Policías intentan entrar en el compartimento de la derecha.

MARTINA.- ¡No, no; por ahí no!

AURORA.- (Bajando de la cama envuelta en una sábana) ¡Martina, Román!… ¡Socorro! ¡Martina!

MARTINA.- ¡Madre!

Los Policías registran y al ver que no encuentran nada, salen.

AURORA.- ¡Ah, Román, hijo de mi corazón! ¡Soltadle! Mi hijo es bueno… ¡Por piedad!

MARTINA.- ¡Madre!…

Cogiéndola al ver que se tambalea.

AURORA.- ¡Oh, luz de mis ojos, no me faltes!

ROMÁN.- Ser despreciable y maldito… Graba en tu memoria este cuadro como yo lo grabo en la mía. Mi inocencia pronto estará demostrada. En cambio tú, por todas tus infamias, por todos tus crímenes, grande será tu castigo.

Telón rápido.

FIN DEL CUADRO III

 

CUADRO CUARTO

Telón corto que aparenta muralla.

ESCENA ÚNICA.

Por la derecha aparecen Fidel y Penocho pobremente vestidos, particularmente Penocho, que llevará algunas rasgaduras en la ropa.
PENOCHO.- Vaya, hombre, no llores más, que nada vas a sacar llorando.

FIDEL.- No digas que no llore, Penocho, que voy a creer que no tienes corazón.

PENOCHO.- Puede ser que no, ¿y qué?

FIDEL.- Calla, calla.

PENOCHO.- Bueno, chico, llora hasta que te canses; pero lo que es yo no lloro, aunque mis ojos se empeñen.

FIDEL.- Parece que no sientes por nadie.

PENACHO.- Como que nadie siente por mí. ¡Mira este!

FIDEL.- (Sollozando) ¡Incomunicado y sin poderle ver, pobre Román!… Sin poder hablar con él, que me diga qué debo hacer por su madre y hermana. ¡Pobres mujeres!

PENOCHO.- Parece que les quieres.

FIDEL.- Como cosa propia; y más ahora que las veo tan desamparadas. ¡Incomunicado!… ¡Sin un delito le encierran y encima le impiden que hable con nadie!… ¡Si yo fuera mayor!

PENOCHO.- ¿Te puedo ayudar en algo?

FIDEL.- Sí, Penocho, si quieres sí que me puedes ayudar.

PENOCHO.- Pues manda como gustes, que yo dispongo de mi persona y no tengo que dar cuentas a nadie.

FIDEL.- ¿Pero tú crees que estás solo en el mundo?

PENOCHO.- La única compañía que tengo la llevo encima y es para desangrame.

Rascándose.

FIDEL.- Oye, Penocho, ¿tú sabes para qué vivimos?

PÈNOCHO.- Claro que sí. Vivimos… para vivir.

FIDEL.- ¿Y sabes tú qué es vivir?

PENOCHO.- Comer y beber de lo que uno pueda recoger. Menos llorar, todo.

FIDEL.- No basta. Tú debes saber para qué has venido al mundo.

PENOCHO.- Si lo supiera, ya le hubiese dado las gracias con un garrote a quien me trajo.

FIDEL.- No blasfemes. Has dicho antes que no sentías, y ahora te contradices… Pero, en fin, puesto que dices que quieres ayudarme, acepto tu ayuda y te digo que no te ha de pesar. Primero trataré, si puedo, de hacerte comprender por qué vinimos al mundo y cuál es nuestro derecho. Mira, yo soy más joven que tú, pero mi afición a los libros hace que descubra muchas cosas.

PENOCHO.- Es que yo no sé leer.

FIDEL.- No importa; por el momento, lo que interesa es que sepas comprenderme.

PENOCHO.- ¿A ti, quién te ha enseñado?

FIDEL.- Ese por quien lloro.

PENOCHO.- Ya voy comprendiendo.

FIDEL.- Oye, tú dices que estás solo en el mundo, y eso no es cierto.

PENOCHO.- No, ahora estoy contigo.

FIDEL.- ¿Y tú sabes quién soy yo para ti?

PENOCHO.- Un amigo…

FIDEL.- Y un hermano. Oye lo que dice aquí. (Sacando un pequeño libro que lleva en el bolsillo) "Tu patria es el mundo, y tu familia la humanidad". Ya has oído lo que dice. Nuestra patria es el mundo y nuestra familia la humanidad. La humanidad la componemos todos los seres humanos, todos los que somos de la misma especie, de la misma sangre.

PENOCHO.- ¿Y ese que ha encerrado a tu amigo, también?

FIDEL.- También, Penocho, también es hermano, pero está al servicio de la ley.

PENOCHO.- ¿Y qué es la ley?

FIDEL.- ¿La ley? Lo que nos divide unos a otros.

PENOCHO.- ¡Tú sabes mucho, Fidel!

FIDEL.- Eso me falta.- saber.

PENOCHO.- Pues si tú no sabes, acércate a mí que soy más animal…

FIDEL.- Lo que sé, a Román se lo debo.

PENOCHO.- Sí que lo puedes querer.

FIDEL.- Mucho; tú no lo sabes.

PENOCHO.- Yo no sé nada.

FIDEL.- Pues bien: yo te enseñaré lo poco que sepa. ¿Prometes seguirme?

PENOCHO.- Sí.

FIDEL.- ¿Serás fiel a nuestro compromiso?

PENOCHO.- Sí.

FIDEL.- Oye: Román está preso por ser bueno, por ser honrado y por no querer vender su dignidad. Como él, hay otros que luchan por el bien de todos. Nosotros vamos a luchar por el bien de la humanidad. ¿Sabes cómo?

PENOCHO.- Tú dirás.

FIDEL.- (Resuelto) ¡Sígueme!

Hacen mutis por la izquieda y cae el

 Telón.

FIN DEL CUADRO IV

 

CUADRO QUINTO

El recinto de una prisión. Es al amanecer.

ESCENA ÚLTIMA.

ROMÁN.- ¡Larga noche!… ¡Con qué lentitud te despides!… Herida, parece que te ausentas al verte sorprendida por el amanecer de la aurora… Poco a poco reaparecerás de nuevo para hacerte cargo de lo que yo voy gimiendo. Ya los primeros rayos de luz atraviesan esa reja de hierros malditos que desafían mi hombría, como queriendo mostrarme el aposento que esta indigna sociedad me destina. (Levantándose) ¡Oh, prensa de carne humana!… ¡Mansión siniestra de los desgraciados! ¡Cuántos crímenes se habrán cometido en tu seno! ¡Cuántas lágrimas habrás tragado para humedecer tus paredes! ¡Cuántos ayes, cuánto dolor, cuánta amargura encierras!… ¿Qué cara le cuesta a la humanidad el placer de sus hijos!… El mal persigue al bien; el bien es el todo; el todo es la humanidad. Entonces, ¿qué haces humanidad que no te redimes?… ¿Qué esperas?… ¿Qué te detiene?… ¡Comprendo!… ¡El dolor, la superstición, el dogma! Pero si todo esto es el mal, ¿por qué en el mal te estacionas? No, no; no quiero pedir explicaciones vanas; no quiero pensar. El cerebro golpea en mis sienes, como queriendo acallar mis palabras, pero no puedo, no puedo… Tiene más fuerza la idea que la voluntad. Viví muchos años en el silencio, callé siempre, no por insensible, sino por obediencia… Por complacer el deseo de mi madre… Contuve mi idea; pero hoy no puedo, no… Madre mía, ya sabes quién soy. ¡Perdóname!… La fe en mis ideales de amor a la humanidad fue la causa de haberte desobedecido, Madre querida, yo me dejé prender sin ser culpable para que tú no supieras… Pero aquellos malvados no sabían el mal que te ocasionaban. ¡Qué golpe más horrible recibirías al ver a tu hijo esposado como un delincuente!… ¡Poco sería ofrecer mi vida a cambio de poder estar contigo unos momentos para aliviar tu amargura!… Nada sé de ti, ni de mi querida Martina. ¿Qué será de vosotras?… ¿Acaso el hambre y la pena os habrá muerto a alguna de las dos?… (Con desesperación) ¡Derrumbaos, opresoras paredes!… ¡Dejadme paso!… ¡Quiero ver a mis seres queridos! ¡Derrumbaos, derrumbaos, que no sois tan duras como el corazón de los hombres!… ¡Caigan rayos que os agrieten, para que pueda salir mi espíritu! (Se oye el clarín que toca diana) Ah, ¿es esto un sueño?… No, no; es el clarín que moviliza el pueblo penal. Es el despertar de un nuevo día. Los pájaros dejan sus nidos para gozar libremente de la vida, mientras que los hombres han de permanecer esclavos, ansiando la libertad. A mí se me priva de comunicarme con nadie. ¿A qué obedecerá esta incomunicación? ¿Querrán presentarme ante la sociedad como un perverso asesino? ¿Intentarán hacer ver que soy cómplice de cualquier infamia? ¿Qué harán de mí? Nada sé. Vacilo, temo… Pero no es por mi vida, sino por la tuya, madre mía. Voy perdiendo la esperanza de que pueda soportar tanto dolor. (Se oye otra vez el clarín, como llamada, y al terminar, la voz del Carcelero que grita.- "Doscientos noventa y seis, con todo"). ¿Qué significará esto?… No sé… Desconozco las leyes, y más las de este pueblo. ¿Acaso alguno de mis vecinos habrá recobrado la libertad? (Pausa. Se oye ruido de cerrojos) Parece que una mano quiere llegar hasta aquí… (Prestando atención desde la puerta) ¡Pasó de largo! ¿Será que se habrá olvidado?… ¿Será que no habrá llegado la hora de que distraiga mi vista con la contemplación de otras paredes?… ¡Cuánta duda!… ¡Cuánto martirio!… Tirano que me explotaste, vil aventurero que quisiste comprar mi dignidad, villano que por no conseguirlo me entregaste a las huestes de la maldad, ya tendrás tu merecido cuando llegue la hora de la redención y de la Justicia.
Telón

Fin del Acto II

 

 

ACTO TERCERO

CUADRO SEXTO

La escena representa el puerto. En primer término, derecha e izquierda, tinglados. [En] el de la derecha y en primer término, mercancias que sirven de refugio a Martina y Aurora. El fondo representa el mar.
 

ESCENA I

Aurora y Martina, pobremente vestidas. Aurora con un mantón sobre la cabeza y apoyada en Martina.
MARTINA.- Por aquí, madre, por aquí. Por fin encontramos la soledad.

AURORA.- Tengo frío, hija mía; no te apartes de mí.

MARTINA.- Ven, ven; resiste un poco más…

Dirigiéndose al centro de la escena.

AURORA.- Sí, este silencio parece que me da ánimo. ¡Qué noche más cruda!

MARTINA.- La niebla nos azota y es preciso que, por lo menos, tú te libres de ella. Yo te cubriré con mi cuerpo.

AURORA.- ¿Dónde estamos?

MARTINA.- En el puerto, a orillas del mar. Aquí tendremos que pasar la noche hasta que la luz del día nos alumbre de nuevo.

AURORA.- ¡Luz, luz!… Se apagó en mí para siempre… ¡Luz de mis ojos, te marchaste al faltar la luz de mi corazón! Nada distingue mi vista. Nada sabría si tú no me dijeses, si tú no me orientaras, si tú no fueses el fiel lazarillo que en esta ruta de dolor me guía. Tú, sólo tú, eres el único ángel que me protege, el único bien que me queda en esta vida, el único sostén sin el cual hubiese perecido por el hambre y la amargura. Ven, ven a mí, hija mía; deja que tu cuerpo se confunda con el mío, como antes de darte el ser.

MARTINA.- ¡Oh, cómo sufres, madre mía!

AURORA.- No, hija no… Ya no sufro. Es tanto lo que he sufrido que el dolor no hace mella en mí. Soy un cadáver que anda, pero que no ve. Mis pies, guiados por ti, pisan el sólido suelo en busca de las fuerzas que perdieron al ser extraída mi sangre, al serme arrebatado mi hijo, el hijo de mis entrañas. El hijo que suponía para mí, como tu, el interés de vivir. Mi vista no pudo soportar aquel trance cruel y me abandonó.. Él era mi luz… Era mi vida. ¡Hijo mío!… ¿Dónde estás?… ¿Dónde te encuentras? ¿Acaso aquellos asesinos te habrán apartado del mundo como te apartaron de tu madre?

MARTINA.- No, madre, no.… Tú le verás. ¡Cuenta con Dios; ten confianza!

AURORA.- ¡Confianza!… ¡En Dios siempre confié, pero Él consintió que la ley de los hombres me robase mi hijo… y no supo imponer la suya! No, no, hija mía, no… No confío más que en ti. Para mí eres el único Dios que existe sobre la tierra. Pero, ¿qué hablo?… ¿Perdón, perdón, Dios mío!… ¡Perdón, aunque solo sea para mis hijos, si yo no lo merezco!

MARTINA.- ¡Madre, madre!

AURORA.- ¡Tengo frío, hija!… (Pausa) Llévame donde no nos arrojen.

MARTINA.- ¡Calla!… Alguien se acerca. ¡Ven, ven, escondámonos aquí!… (Se esconden detrás de las mercancías) ¡Son dos guardias!

AURORA.- ¡Siempre los guardias!

Aparecen por la derecha, segundo término, el Cabo Gabriel y Timoeto, vestidos en traje de Carabineros con machete y esclavina.

ESCENA II
Dichas.- Cabo Gabriel y Timoteo, vestidos en traje de servicio.
GABRIEL.- ¡Qué tranquilo está el puerto cuando no hay gente maleante en él!

TIMOTEO.- Verdad, Cabo Gabriel. Bien ha hecho nuestro jefe en ahuyentar a cierta gentuza.

GABRIEL.- Es la epidemia que ataca la tranquilidad.

TIMOTEO.- Como que no podíamos estar un momento tranquilos. ¡Esto es vida, hombre, esto es vida!

GABRIEL.- Estaba esto infestado de ladrones y contrabandistas… ¡Ya se encargará este gobernador de ponerlos araya!…

TIMOTEO.- ¿Fuma usted?

Sacando del bolsillo un pitillo para el Cabo y después otro para él.

GABRIEL.- (Después de prenderle fuego) ¡Buen tabaco, amigo!… Esto no es cajetilla. ¿Contrabando, eh?

TIMOTEO.- (Algo turbado) No… Digo sí, señor… Tuve una ocasión y me quedé una libra.

GABRIEL.- Parece que se haya turbado usted… ¡Vaya, hombre, yo también lo fumo!… (Impidiendo que Timoteo encienda el pitillo) Espere, pruebe el mío, que me parece que aún es mejor.

Saca una pitillera de plata y le da un pitillo.

TIMOTEO.- Rica pitillera, cabo. ¿Algún regalo?

GABRIEL.- Sí, me la dio un amigo. Se la cogió a un gachó que la había pintado,y como él no fuma, me la regaló a mí. ¿Qué le parece el tabaquillo?

TIMOTEO.- (Que echa una bocanada de humo) ¡Buen género!

GABRIEL.- Amistades que tiene uno… (Pausa) Bueno, Timoteo, voy a ver si hay algo por ahí. Quédese por estos lugares, y maleante que vea, ¡duro con él!

Vase.

 

ESCENA III

Dichos; menos Gabriel.
TIMOTEO.- (Paseándose de una parte a otra de la escena) ¡Es una bellísima persona!… Yo no sé cómo dicen que este cabo es malo. (Fijándose en el lugar donde está Martina y Aurora) ¡Calla!, aquello parece… (Dirigiéndose hacia allí) ¿Eh?… ¿Quién vive?

Dándole con el pie a Martina, la cual se levanta poco a poco, y Aurora intenta hacerlo, pero no puede.

MARTINA.- Señor, tenga compasión; somos dos desgraciadas.

AURORA.- Buen hombre, piedad. ¡Piedad para una ciega y su hija!

MARTINA.- ¡Es mi madre!

TIMOTEO.- (Con brusquedad) ¿Y qué hacen ustedes aquí?

MARTINA.- Hemos venido solamente para pasar la noche. Estábamos bajo la marquesina de un teatro y al salir la gente, los guardias nos han echado de allí.

TIMOTEO.- ¡Aquí tampoco se puede estar!

MARTINA.- ¡Por favor!… Aunque sea por esta pobre vieja…

TIMOTEO.- Tengo órdenes superiores y he de cumplir con mi deber.

MARTINA.- Mire usted que somos dos pobres mujeres.

TIMOTEO.- (Haciéndose intencionadamente hacia atrás; Martina, sin darse cuenta, le sigue) ¿Y quiénes son ustedes?

Aurora intenta levantarse de nuevo.

MARTINA.- No, madre, no te levantes. El señor sabrá ser comprensivo. Yo le explicaré: tengo un hermano que, por una equivocación de la justicia, está preso, pero es inocente y muy bueno.

AURORA.- ¡Muy bueno, señor, créalo usted!

TIMOTEO.- ¿Y de eso hace mucho tiempo?

MARTINA.- Nueve años. ¡Nueve años preguntando inútilmente y mendigando para poder vivir!

TIMOTEO.- ¿Cómo te llamas?

MARTINA.- Martina.

TIMOTEO.- (En voz baja a Martina procurando no ser oído por Aurora) Tienes una voz de ángel… ¡Y eres bonita!

MARTINA.- ¡Señor, déjenos estar aquí!

TIMOTEO.- (Comiéndosela con los ojos) ¡Ven, ven conmigo!… ¡Allí hay mejor aposento!

Martina, equivocadamente, por la otra parte de las mercancias, va retrocediendo.

AURORA.- ¡Martina!

MARTINA.- ¡Madre! (Viéndose acorralada entre bastidores) ¡No, no!… ¿Madre!

TIMOTEO.- Ven aquí, preciosa.

Se abalanza sobre ella, entablándose una lucha entre los dos, desapareciendo de la escena.

MARTINA.- (Dentro) ¡Madre, madre!…

TIMOTEO.- (Dentro) ¡Calla!

AURORA.- ¡Ah, mi hija!… ¡Martina, Martina!…

Levantándose penosamente y con los brazos abiertos, sin rumbo, se dirige hacia el lado de donde parten las voces, llegando al borde del mar, y al momento de caer al agua, sale su hija, Martina, con los cabellos en desorden y en la mano el machete ensangrentado. Esta situación se recomienda encarecidamente a ambas actrices.

MARTINA.- ¡Madre, madre!… ¡Ah!

Viéndola caer. Instintivamente va a salvarla, pero el Cabo Gabriel la detiene por el brazo.

 

ESCENA IV

Martina, Cabo Gabriel; a poco, Timoteo arrastrándose por el suelo.
MARTINA.- ¡Dejadme, es mi madre!

GABRIEL.- ¿Qué es esto?

MARTINA.- ¡Madre, madre!

GABRIEL.- ¿La has muerto?

MARTINA.- ¡No, no!

GABRIEL.- ¿Y esa arma ensangrentada?

TIMOTEO.- (Arrastrándose por el suelo) ¡Socorro, socorro!

GABRIEL.- ¿Eh!… ¿Has sido tú?

MARTINA.- (En su ofuscación) ¡Mi madre!… ¡Madre mía!

 Telón.

FIN DEL CUADRO VI

 

CUADRO SÉPTIMO

Representa la escena un calabozo de Gobierno Civil. Única puerta a la derecha, segundo término. La puerta tendrá una pequeña reja a la altura de la cabeza. En las paredes se observan algunas grotescas figuras a lápiz, algunas de ellas rasgadas. Un banco de madera, sin respaldo, de dos metros, y un botijo, de madera también, donde convenga.
ESCENA I
Martina con el pelo en desorden, cayendo en tierra al levantarse el telón, por lo que se supone que es arrojada por al Policía.
MARTINA.- ¡Madre, madre! (Cae al suelo, se cierra la puerta bruscamente) ¡Dónde estás?… ¡No!… No es este el sitio… ¡No! (Levantándose) ¡Que se ahoga, que se ahoga!… ¡Dejadme!… ¡Ah!… ¿Esto qué es?… ¡Dónde estoy?… ¡Madre, madre!

Golpeando la puerta.

GUARDIA.- (Dentro) ¡Silencio, muchacha!

MARTINA.- ¡Oh, esto es la cárcel!… ¿Presa yo? No, no… Dejadme salir… Quiero ver a mi madre…

GUARDIA.- ¡Cállese!

MARTINA.- ¡Madre mía!… ¿Por qué me has dejado? ¿Dónde estás?… Ah, sí… En el mar. ¡Muerta, muerta!… Pero, ¿esta sangre? ¡Sí, he sido yo, yo!… ¡Qué horror!… Quería robar mi honra, mi vida… ¡Ay, madre de mi corazón, que sola me de has dejado!… ¡Qué sino más horrible me espera! No, no. ¡Yo quiero morir como tú!… ¡Quiero estar contigo!… ¡Madre, madre!… Al acudir a mi voz encontraste la muerte. ¡Oh, cuán horrible sería tu agonía!… ¡Moriste llamándome a mí: "Martina, Martina"!… Pero aquella fiera me tenía entre sus garras… para despedazar mis carnes. Cruel habrá sido para ti la muerte, pero aun es peor para mí la vida.

Cae desfallecida en tierra, pero su cuerpo sobre el banquillo. Después de una pausa se abre la puerta y aparece Trinidad, convertida en una mujer de vida airada, en estado de embriaguez. Viene conducida por un policía que no llega a entrar, pero que la piropea desde el exterior.

ESCENA II
Dicha; Trinidad.
TRINIDAD.- ¡Valiente silletazo que le he tirado! ¡Ya se acordará de mí!… ¡De la Trini no hay nadie que se chunguee!… Si no es por la poli… Bueno, ya estoy aquí otra vez. ¡Pero qué turca ha cogido la Sana! ¡Vaya juerguecita!… (Reparando en Martina) ¡Ah, creí que te habías quedado!… Levántate, chica, que no has bebido tanto para emborracharte…

Cogiendo por el hombro a Martina, que se incorpora muy abatida.

MARTINA.- ¡Madre, madre!

TRINIDAD.- ¡Calla, borracha! ¡Deja estar a tu madre en paz!

MARTINA.- ¿Qué dice?… ¿Usted sabe?

TRINIDAD.- Sí, mujer, sí. Que estamos enchiquerás. ¿Qué te ha parecido el golpe?… ¿Para que venga con bromitas!

MARTINA.- Pero, Dios mío, ¿qué es esto?

TRINIDAD.- Ja, ja, ja… ¡Nuestro domicilio social!

MARTINA.- ¿Quién es usted, señora?

TRINIDAD.- ¡No vengas con etiquetas, que te doy un tortazo!

MARTINA.- (Llena de pavor) ¡Madre!… ¡Madre!… ¡Román!…

TRINIDAD.- ¿Eh? ¿Qué has dicho, gran perra?… (Amenazándola) ¡Di, di ese nombre!

MARTINA.- ¡Ah, téngame compasión!

TRINIDAD.- ¿Has dicho Román?… ¿Y qué, y qué? ¡Habla, habla!… Tu no eres la Sana, no… (Pasándose la mano por la frente) ¡Maldita cocaína!… ¡Perdona, perdona!… Soy una mujer mala. ¡Has pronunciado un nombre que me hace recordar mis días de mujer honrada.

MARTINA.- Sí… Román es mi hermano. Pero mi madre…

TRINIDAD.- Tu madre… ¿Qué?

MARTINA.- ¡Muerta!

TRINIDAD.- ¿Esa sangre?

MARTINA.- No, no… No es de ella. ¡Está en el mar!

TRINIDAD.- ¿Y tu hermano?

MARTINA.- No sé, no sé.

TRINIDAD.- Sí, sí… Eres Martina; no cabe duda.

MARTINA.- ¿Me conoce usted?

TRINIDAD.- Sí, Martina, pero tú a mí, seguramente que no. Estos vestidos y estos colores hacen que me desconozcas. Soy Trinidad, la antigua criada de Salustiano Serpes.

MARTINA.- El causante de mi desgracia.

TRINIDAD.- Y el de la mía. Pero cuenta, dime. ¿Por qué estás aquí?

MARTINA.- ¡No puedo!… ¡No puedo!… (Llorando) ¡Mi madre!

TRINIDAD.- Tranquilízate, ya la encontrarás.

MARTINA.- No, no; habrá muerto. Estábamos en el puerto y un hombre quiso robarme. Yo grité. Ella salió en busca mía, y como estaba ciega, la pobre cayó.

TRINIDAD.- ¿Dónde?

MARTINA.- En el mar.

TRINIDAD.- ¿Tú lo viste?

MARTINA.- Sí, sí; cayó para siempre… No respondía a mis gritos.

TRINIDAD.- ¿Y esa sangre?…

MARTINA.- ¡De aquel hombre! De aquel malvado que me cogió y yo, presa en sus brazos de hierro, para defenderme le quité el machete que llevaba al cinto y se lo hundí en su carne. Cayó al suelo; libre ya de él, corrí y otro hombre me sujetó y aquí me han traído.

TRINIDAD.- ¿Y qué os trajo a esta capital?

Un poco más serena.

MARTINA.- El afán de encontrar a mi hermano.

TRINIDAD.- ¡Pobre Martina! No llores.

MARTINA.- Quiero salir de aquí.

TRINIDAD.- (¡Ah, una idea!) ¿Tendrías valor de escaparte si yo te facilitara la fuga?

MARTINA.- Sí, sí.

TRINIDAD.- Mira: yo trataré de seducir al policía que está de guardia. A mis halagadores requerimientos él puede que acceda, y una vez dentro, en el momento en que yo le colme de caricias, tú huyes. ¿Me comprendes?… Tu te echas detrás de la puerta fingiendo que duermes. Aprovechas el momento y escapas.

MARTINA. Pero ¿y tú?

TRINIDAD.- No te preocupes. Yo no valgo la pena. Soy una mujer cualquiera. Además, ya me las compondré como pueda. La cuestión es que salgas tú de aquí cuanto antes. Si no, te procesarán y entonces no verás a tu madre ni a tu hermano.

MARTINA.- ¡Ah, no, no!…

TRINIDAD.- Pues entonces, manos a la obra… No temas por mí, que nada me ha de suceder. Si acaso, a éste que está ahí fuera, si pica… Estos, cuando ven carme humana, pican. Yo me encargaré de que pique. Anda, échate ahí en el suelo.

Indicando el sitio.

MARTINA.- ¿Y qué debo hacer cuando salga de esta puerta?

TRINIDAD.- Echas por el pasillo de la izquierda; encontrarás una escalerilla estrecha, bajas con precaución; una vez bajo, andas diez o doce pasos y verás una puerta muy grande; está cerrada, pero el postigo está abierto. No es la primera vez que yo me he escapado por allí. Toma. (Sacando un monedero del pecho), con este dinero te cambias un poco de ropa y con este beso podrás acordarte de Trinidad. ¡La mujer para todos mala!… (Se besan) Que la suerte te acompañe, pobre criatura.

MARTINA.- Gracias, gracias… (Pausa) ¿Dónde podré encontrate, por si pudiera pagarte el favor?

TRINIDAD.- No, Martina. Adonde me has de encontrar no es conveniente que vayas. Porque mi paradero es… la charca del mal. ¡Anda, échate! (Martina se deja caer a un lado de la puerta, ayudada por Trinidad, y esta se ordena el pelo, saca un pitillo del bolsillo del delantal, se dirige con coquetería a la puerta, da dos golpecitos a la ventanilla y esta se abre) Oye, rico, ¿me quieres dar lumbre?

GUARDIA.- (Por la ventanilla) ¡A ti te alumbraba yo hasta la gloria!

TRINIDAD.- (Saca su desnudo brazo por la ventanilla y el Guardia se apodera de él y se lo besa insistentemente) ¡Suelta, simpático, que me descompones!… (Retirando el brazo) ¡Qué impresión más agradable!… ¿Qué escalofrío, mi madre!… ¡Entra, gracioso!…

Haciéndole un ademán y guiñándole el ojo.

GUARDIA.- No puedo, hay una presa.

TRINIDAD.- Está durmiendo. No temas. Ven, no me martirices, entra pronto, que te voy a comer a besos con uniforme y todo.

GUARDIA.- ¿Duerme de veras?

TRINIDAD.- ¡Como si estuviese muerta!

GUARDIA.- Allá voy.

Entra por la puerta e intenta cerrar una vez dentro. Trinidad, con zalamería, le pasa el brazo por el cuello y se lo impide.

TRINIDAD.- No esperes, no… (Atrayéndole hacia el banco y sentándose los dos) Ahora sí que me tienes presa de veras.

GUARDIA.- Y yo quisiera la perpetua si fuese para estar contigo.

TRINIDAD.- Así, rico. Cíñete más a mí. (Martina se levanta con precaución y sale) ¿Ves qué bien estás?… ¡Esto es gloria, hombre!

 Telón.

FIN DEL CUADRO VII

 

CUADRO OCTAVO

La escena representa una plazoleta. el fondo simula ser una obra en construcción, cuya puerta está cerrada con tablas. Al lado izquierdo, segundo término, una pila de ladrillos, en la que se puede ocultar Fidel.
ESCENA I
Dos grupos de huelguistas; en el primero se encuentra Fidel; en el segundo, el Sabio. Penocho se encuentra al lado de Fidel. En este grupo hay más huelguistas que en el otro.
SABIO.- Yo no digo que los gobiernos lo hagan bien, pero es que el pueblo quiere ir más aprisa de lo que debe. Y hay que reconocer que el gobierno no puede complacer a todos y es un inconveniente para todo gobierno, por democrático que este sea. Entiendo que el pueblo debe deponer su actitud en estos momentos y tener mayor espera, porque de precipitarse, puede surgir una lucha con derramamiento de sangre que a nadie puede favorecer.

Pequeña pausa.

FIDEL.- ¿Has terminado ya?

SABIO.- Sí, mis palabras sólo se fundan en que el pueblo no está para lo que quiere. Por eso creo que este conflicto, aun estando la razón de su parte, se perderá; cosa que a mí me pesaría. Nada más.

Se nota cierta expectación en el grupo de Fidel porque éste va a hablar.

FIDEL.- Veo que no has puesto nada en claro. Vamos a ver, ¿por qué dispone el gobierno? Me dirás que por la facultad que el pueblo le otorga.

SABIO.- Hombre, claro que sí.

FIDEL.- ¿Y quién ha facultado al gobierno para que ametralle al pueblo? ¿No es este el soberano?

SABIO.- Sí.

FIDEL.- ¿Dónde está el respeto a su soberanía? Si es el pueblo, como tú dices, quien quiere ir a prisa, ¿quién y con qué derecho se ha imponer ante su avance? ¿Qué hace, pues, el gobierno, ahora que el pueblo le pide sus hijos? Hay una razón perseguida y el clamor popular es la voz del pueblo, que sufre y que trabaja, del pueblo que, oprimido y tiranizado, quiere su libertad, del pueblo que, desde tiempos remotos viene amordazado, perseguido y atropellado; del pueblo, en fin, que, sangrando por todas partes, quiere cicatrizar sus heridas; y este pueblo… no quiere, no puede, esperar más. (Poco a poco se acercan todos a Fidel) ¿A qué esperar?… ¿A que siga la orgía, mofándose de la miseria?… ¡El hambre no tiene espera y el dolor no la recomienda!

Signo de aprobación en los reunidos.

SABIO.- Me has dejado atónito, pero cada uno piensa como mejor le parece.

PENOCHO.- (Enfurecido) ¡Idiota!

FIDEL.- Déjale estar que es un desgraciado.

SABIO.- Ea, perdonad.

FIDEL.- Perdono tu ignorancia, pero condeno tu indiferencia. Ve, sigue por donde vas y espera a que el gobierno te saque de tu pobreza. Pero acuérdate que tienes una misión que cumplir.

SABIO.- Bueno, pues adiós.

Nadie le contesta, solamente Penocho le dice.-

PENOCHO.- ¡Salud, inteligencia!

Vase el Sabio por la derecha y todos los demás rodean a Fidel.

ESCENA II
Dichos, menos el Sabio.
FIDEL.- Compañeros, ya veis el pensar de ciertos mentecatos. ¿Son estos momentos propicios para esperar y persuadir?

TODOS.- ¡No!

FIDEL.- Bien decís. La ignorancia no puede ser dique para contenernos. Además, el pueblo quiere a sus hijos… A nuestros hermanos. De esta huelga depende nuestro porvenir. ¡Viva la huelga!

TODOS.- ¡Viva!

FIDEL.- ¡Vivan los presos!

TODOS.- ¡Vivan!

Los obreros se separan de Fidel, formando pequeños grupos que comentan los incidentes.

FIDEL.- (A Penocho) ¿Sabes a qué hora saldrá el manifiesto?

PENOCHO.- Ya debía de estar. Fernando me dijo que le esperásemos aquí. Oye, ¿no corremos peligro? Es que no me fío de ése con quien discutías.

FIDEL.- No temas. Es aquí donde se reúne la mayor cantidad de compañeros y hay que orientar continuamente. Además, hemos de esperar a Fernando.

ESCENA III
Dichos; Vendedor de periódicos por la derecha.
VENDEDOR.- ¡El "Diario de la Noche"!… ¡"El Diario de la Noche!"… ¡El misterioso atentado de esta madrugada en el puerto!…

Penocho y algunos obreros compran ejemplares, y el Vendedor hace mutis.

FIDEL.- (A Penocho) A ver. (Los huelguistas vuelven a rodear a Fidel mientras éste lee) "A primeras horas de la madrugada empezó a circular el rumor de que en el puerto había sido asesinado un guardia del Cuerpo de Carabineros. Y, con el fin de poder informar a nuestros lectores de lo que hubiese de cierto, nos lanzamos a la busca de datos, que del hecho se desprenden los siguientes.- serían sobre las dos de la madrugada, según hemos podido comprobar, ha sido traidoramente asesinado en el momento de estar cumpliendo con su deber, Timoteo Rubio Gordon, guardia del Cuerpo de Carabineros, que fue asistido en la Casa de Socorro del Puerto, por el médico don Francisco Paláu Soriano. Pronóstico grave. La agresión partió de una mendiga llamada Martina Claramont Roger…" (Dejando de leer) ¿Cómo es posible?… ¿Martina aquí!

Pausa.

PENOCHO.- ¿Pero cómo?… Sigue, sigue.

FIDEL.- "Que fue detenida empuñando aún el arma ensangrentada, por el cabo Gabriel Pérez Santonja, al acudir éste a los gritos de socorro de su compañero. La citada mendiga fue trasladada a los calabozos del Gobierno Civil, de donde pudo fugarse momentos después". ¿Cómo!… "Se guarda gran reserva sobre el asunto. Sólo podemos decir, según nos ha manifestado el Jefe Superior de Policía, que la agresora parece ser hermana del anarquista Román Claramont, preso por amenazas de muerte. Mañana informaremos más sobre el asunto". Pero, ¿cómo puede ser?… ¿Y su madre?… ¡Ah, no, no! ¡Que no llegue este maldito papel a las manos de Román!

PENOCHO.- ¿Cómo puede encontrarse Martina en esta capital?

FIDEL.- Puede ser, Penocho, puede ser.

UNO.- ¿La conocéis?

FIDEL.- Sí, compañeros. Es la hermana de Román. El hombre que sin causa está en la cárcel y contra el cual llueven tantos procesos. No, no; es preciso que este conflicto no se pierda.

OBREROS.- ¡Los presos, los presos!

FIDEL.- Los hogares proletarios están deshechos y es un mal que se ha de reparar.

PENOCHO.- Fidel, tu contrincante está cumpliendo su misión.

FIDEL.- Compañeros, no temáis. ¡Viva la huelga!

Disparos.

TODOS.- ¡Viva!

Se oyen unos disparos y los obreros huyen despavoridos por la izquierda, y Fidel se oculta detrás de la pila de ladrillos. Algunos transeúntes cruzan huyendo. Y aparecen por la derecha el Sabio y Salustiano, los dos escondiéndose las armas en los bolsillos.

 

ESCENAIV

Fidel; Salustiano y el Sabio.
SABIO.- Me parece que he hecho un blanco.

SALUSTIANO.- Yo creo que no he hecho ninguno.

SABIO.- Mala puntería tienes, amigo.

SALUSTIANO.- El no estar acostumbrado… Con la escopeta, sí. Con la escopeta, liebre que se me ponía delante, liebre que tumbaba.

SABIO.- Ah, pero esto no son liebres. Esto es otra clase de bichos, que corren menos y esquivan más. Eso, cuando no te salen por la espalda y eres tú el que ha de correr.

SALUSTIANO.- ¿También eso?

SABIO.- Ya lo creo. Hay que ir con cuidado.

SALUSTIANO.- Y pensar que un hombre como yo haya venido a parar en esto.

SABIO.- ¿Te pesa?

SALUSTIANO.- No es que me pese, porque yo con tal de acabar con todos los revolucionarios… Pero es que no tenía necesidad de hacer este servicio. ¡Si hubiese conservado los bienes que tenía!

SABIO.- ¿Qué hiciste de ellos? ¿El juego?… ¿La bebida?…

SALUSTIANO.- Ca, no, no… Perdí todo lo que poseía en un conflicto parecido a este.

SABIO.- ¿Luego tú has sido rico?

SALUSTIANO.- No digamos mucho, pero sí lo he sido.Perdí mi caudal en una huelga que me plantearon los operarios que tenía. No quise transigir a sus demanda, y ahora pago con creces mi equivocación.

SABIO.- Te compadezco.

SALUSTIANO.- Pero yo me salí con la mía.

SABIO.- Entonces, no te compadezco, Tú lo quisiste… Pues allá tú.

SALUSTIANO.- Claro, es verdad.

SABIO.- Yo también tengo mi historia, pero me asquea relatarla. La vida hay que tratarla con desdén; es como mejor se vive. ¿Para qué recordar?… Yo era bueno y me moría de hambre. Pues a ser malo, me dije, Y aquí me tienes, contento y satisfecho de lo que soy. Sé que un día una bala me tiene que felicitar; pero mientras tanto yo voy felicitando con esta tarjeta, (Por la pistola) que lleva buena recomendación para el que me brinde el pecho o espalda.

SALUSTIANO.- Yo también quisiera ser como tú; no es que mi corazón sea más blando.

SABIO.- Duro se conoce que lo tienes.

SALUSTIANO.- Pero es que me falta una diestra de acero como la tuya para acabar con esos perros malditos que fueron la causa de mi ruina.

SABIO.- Vaya, hombre, no recuerdes. Deja el pasado y mira el presente. Oye, ahora que se han disuelto los grupos, vamos a echarnos un medio.

SALUSTIANO.- Vamos.

Mutis derecha.

ESCENA V
Fidel, que sale de su escondite.
FIDEL.- Sí… Es él… Al oír sonar su voz retumbó en mí un recuerdo que desde la infancia llevo clavado como un flechazo en mi corazón. Sí, sí. Sus palabras revelan que es él. El tirano que hundió en mis carnes sus dedos de puñal. ¡Cuántas cosas se descubren en esta capital!… Feudo del placer y cuna del dolor. Aquí, donde unos ríen y otros gimen, donde unos viven satisfechos de su suerte y otros perecen torturados por reclamar el derecho a la vida. ¿Cuándo llegará el día de acabar con la desigualdad social? Ese día, esa hora de dicha para los parias, no ha de tardar. ¡No! Somos muchos los que la ansiamos… Su tardanza sería agonía, muerte. Y antes que la muerte, ¡hay que hacer sonar esta hora!
ESCENA VI
Fidel; Penocho, por la izquierda.
PENOCHO.- ¡Fidel, Fidel!

FIDEL.- ¿Qué sucede?

PENOCHO.- ¡Otro muerto!

FIDEL.- ¿De los nuestros?

PENOCHO.- Sí.

FIDEL.- ¡Sí que era blanco lo que habías hecho, criminal! (Por el Sabio) Dos hubiese hecho yo, de haber tenido un arma.

PENOCHO.- ¿Tú sabes?

FIDEL.- Sí, Penocho. Cuando huiste, me escondí detrás de esos ladrillos, desde donde pude ver a los asesinos. Uno de ellos, ¡no podrás imaginarte quién era!

PENOCHO.- ¿Quién?

FIDEL.- Salustiano Serpes.

PENOCHO.- ¿Le viste?

FIDEL.- Le oí, que basta para reconocerle.

PENOCHO.- ¿A qué habrá venido esta hiena por aquí?

FIDEL.- A saciarse con la sangre de los trabajadores, a satisfacer el odio que nos tiene. Seguramente, sin bienes que disfrutar, ha sentado plaza en las bandas de pistoleros para comer del jornal de verdugo.

PENOCHO.- Lo que es.

FIDEL.- ¿Dónde está el compañero caído?

PENOCHO.- Al volver la tercera bocacalle. Está tendido en un charco de su propia sangre. No pudimos darle auxilio… Cuando a sus gritos volvimos atrás para hacerlo… era ya cadáver. La policía lo rodeó y no dejó que nadie se acercase.

FIDEL.- Mientras tanto, los asesinos, satisfechos de su criminal acción, están copeando en el bar inmediato.

PENOCHO.- ¡La prisa que se dan en descubrir a los autores!

FIDEL.- ¿No ves que se trata de un trabajador?

PENOCHO.- ¡Ya!

FIDEL.- Oye, Penocho: esta quietud, este silencio, es el presagio de lo que ha de acontecer esta noche. Se acerca la hora de cumplir nuestro compromiso, nuestra misión, nuestro deber. Hay que abrir, por encima de todo, las cárceles. Román ha de salir como todos. Su pobre hermana, truncada por el dolor, irá en su busca… Hay que hacer todo lo posible para que se encuentren. ¿Estamos?

PENOCHO.- Sí, ¿pero Fernando no viene?

FIDEL.- Él vendrá ya que dio su palabra. Los tres, en distintos grupos, desafiando el peligro, dando el pecho como ejemplo. Demos el golpe y, como de costumbre, todos a reunirnos aquí. (Aparece Martina por la derecha, como si huyera de alguien) ¡En la terraza!… ¡En la terraza!

PENOCHO.- Bien, Fidel.

 ESCENA VII
Dichos; Martina; después, Fernando.
MARTINA.- ¿Eh?… ¿Qué oigo?… ¡Fidel!

FIDEL.- (Volviéndose) ¿Quién me llama? ¡Ah!, ¡Martina!

MARTINA.- ¡Fidel, Fidel!

Se abrazan.

PENOCHO.- (¡Vaya un trance!…)

MARTINA.- Escóndeme, un hombre me sigue.

Aparece Fernando por la derecha.

PENOCHO.- ¡Ah, es Fernando!

MARTINA.- ¡Fernando!

FERNANDO.- ¡Martina!

PENOCHO.- Vamos a llamar aquí la atención.

FIDEL.- Sí, sí; Fernando, hazte cargo de Martina. Escondeos en la obra, en el sitio de siempre. Allí nos reuniremos.

MARTINA.- ¿Y Román?

FIDEL.- ¡Pronto lo verás!… Venga, no hay que perder tiempo.

Penocho quita una de las tablas de la puerta de la obra.

FERNANDO.- (A Fidel) Toma; esto me han dado para ti.

Le entrega una pistola y cápsulas.

FIDEL.- ¿Y el manifiesto?

FERNANDO.- No se ha podido imprimir.

PENOCHO.- Venga, venga.

FERNANDO.- Ven, Martina.

Hacen mutis por la obra, cerrando la puerta Fernando.

FIDEL.- El imán de la lucha atrae sus elementos. Ya tengo lo que quería.

Por el arma.

PENOCHO.- Yo también.

FIDEL.- ¿La has conseguido?

PENOCHO.- Sí.

FIDEL.- Pues no hay que esperar. A movilizar nuestros grupos; ¡a por la libertad de nuestros hermanos!

  Telón.

FIN DEL CUADRO VIII

 

CUADRO NOVENO

[En el refugio en el interior de la obra]

[ESCENA I]

[Martina, Fernando] 

MARTINA.- Era nuestro solo afán encontrarlo. Tan solas estábamos que resolvimos ir en su busca. Nos dijeron que se encontraba en ésta, y aquí vinimos pasando un calvario… No, no puedes imaginarte lo que sufrimos para llegar donde tenía que encontrar la muerte mi pobre madre… ¡Oh, madre mía! ¡Después de tanto padecer, qué final el tuyo!… ¡Cómo te ha recompensado Dios tu bondad! Por si era poco apartarte de tu hijo, te apartó de la vida, para apartarte de mí.

FERNANDO.- (Consolándola) ¡Pobre azucena arrancada del ramo del amor! Llora, llora… Tus lágrimas son la brisa, la esencia espiritual que despide tu pureza.

MARTINA.- Mis llantos ya no dan lágrimas; es tan fuerte mi pena que ha llegado a secar mi corazón. En el mar se quedaron todas mis lágrimas. Es lo primero que hice cuando salí de la prisión. Ir a depositarlas allí donde yace mi madre; donde está mi ciega. Allí donde ha de ser mi morada.

FERNANDO.- No, Martina, no. Piensa que tienes un hermano que está igual que tú. No olvides que pronto lo has de ver, y entonces…

MARTINA.- Ah, ¿tú crees, Fernando?… ¿No lo dices por consolarme?

FERNANDO.- No, Martina. Te hablo con sinceridad. Se está haciendo todo lo posible para que tú le veas.

MARTINA.- ¿Está muy lejos la cárcel? ¿Podrá llegar hasta aquí?

FERNANDO.- Sí, no temas. Fidel es el encargado de salvarle, y él sabe lo que se hace.

MARTINA.- Vamos, Fernando, nosotros también.

FERNANDO.- No, Martina. Sería cometer una imprudencia. (Se apagan las luces y Fernando, en un arranque de alegría y de asombro, exclama) ¡Ah!

Levantándose.

MARTINA.- ¿Y las luces?

FERNANDO.- Han desaparecido. ¡Por fin!

MARTINA.- ¡Fernando!

FERNANDO.- Calla, calla, Martina… No te muevas. Estate ahí.

En este momento se oye un nutrido tiroteo. Fernando saca la pistola y empieza a disparar algún tiro entre los balaustres, viéndose el reflejo de algunas llamas, única luz con que contará la escena. Martina se levanta.

MARTINA.- ¡Fernando!… ¡Fernando!

FERNANDO.- Retírate, calla…

Martina observa temblorosa, y Fernando sigue disparando.

MARTINA.- ¡Dios mío!… ¡Román, Román!

FERNANDO.- ¡Huyen despavoridos!… ¡La fuerza está desorientada!… No saben donde esconderse… ¡Martina, Martina, la victoria es nuestra! (En este momento entra Salustiano por la derecha, pero de espaldas, llevando la mano izquierda en el bajo vientre, lo que demuestra que está herido, y en la derecha una pistola, que dejará caer para llevarse la mano sobre la herida. Fernando se vuelve) ¿Eh? ¿Quién?… ¿Quién va? Un paisano.

ESCENA II
Dichos, Salustiano.
SALUSTIANO.- ¡Socorro, socorro!…

Angustiosamente.

FERNANDO.- (Que al intentar ayudarle le reconoce) ¿Eh?… ¡Salustiano!

MARTINA.- ¡Oh!

SALUSTIANO.- Sí, sí… ¡Socorro, socorro!

MARTINA.- ¡Fernando!

FERNANDO.- ¡Martina!

SALUSTIANO.- ¿Eh?

Se le doblan las rodillas y cae al suelo.

FERNANDO.- ¡El verdugo!… ¡Salustiano Serpes!

SALUSTIANO.- ¡Me muero, me muero!…

 

ESCENA ÚLTIMA
Dichos, Román, Fidel y Penocho.
ROMÁN.- ¡Martina!

MARTINA.- ¡Román, hermano mío!

ROMÁN.- ¿La madre?

MARTINA.- ¡Muerta!

ROMÁN.- ¿Muerta?… ¡Oh!…

Se abrazan los dos hermanos.

SALUSTIANO.- (Con voz apagada) ¡Me muero… me mue… ro!

FIDEL.- ¿Un compañero?

FERNANDO.- Salustiano Serpes.

ROMÁN.- (Volviéndose) ¿Dónde?

FERNANDO.- Ahí lo tenéis.

TODOS.- ¿Eh?

SALUSTIANO.- Me… mue… ro… je… je…

FIDEL.- ¿Muere, víbora maldita!

ROMÁN.- Acaba con tu existencia…

A la vez que va amaneciendo, va cesando el tiroteo. Penocho vigila por todas partes.

SALUSTIANO.- Me… aig… aig…

Hace un movimiento para erguirse y cae pesadamente, muerto. Penocho que no ha cesado de vigilar, se dirige hacia Salustiano para disparar sobre su cuerpo, pero Fidel le detiene.

FIDEL.- ¿Dónde vas?

PENOCHO.- A darle el tiro de gracia.

FIDEL.- No, Penocho, eso no cabe en nosotros.

ROMÁN.- ¡Hermana mía!

MARTINA.- ¡Román!

ROMÁN.- ¡Fidel, Fernando!… No tengo con qué agradeceros… Pero mi madre, mi madre…

FERNANDO.- Compartamos todos el mismo dolor.

ROMÁN.- Una víctima de las tantas del fuero de la maldad… Glorifiquemos en esta hora en que el pueblo ha roto la cadena y el látigo de la esclavitud; fijemos nuestra vista en el porvenir, llevando en nuestros corazones el recuerdo de los caídos, y así honraremos la sangre vertida por los que han caído por la conquista de la libertad. Pongamos sobre ellas las flores rojas de este amanecer que indica un futuro de paz y de amor.

TODOS.- ¡Román, Román!

Fidel indica por la azotea [y] todos van hacia él, menos Penocho que se queda al lado del cadáver, sin apartar su pistola de él. Sigue apuntando.

ROMÁN.- ¡Mirad! Las llamas purificadoras han transformado en cenizas el barniz que simbolizaba la sociedad de ayer. Esto significa el fin del mal y el principio del bien. (Aparece por el horizonte el disco rojo del sol) ¡Ved!… el sol radiante que sale majestuoso y alegre para rendir homenaje a nuestra gesta gloriosa. Es el fausto albor de un nuevo día.
TELÓN

FIN DEL DRAMA

 

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