/72/ DISCVRSO SEGVNDO

 

Otros cuidados differentes desvelavan a Damón que, agradecido a los favores de Menandro, ocupava su imaginación un vivo deseo de agradarle, rebolviendo en su fantasía los modos que para ello avía de tener. Assí, dexó el lecho quando apuntava el día y, abriendo una ventana, estuvo atento a los actos del amanecer y al tenor que sucedían fue traçando el soneto siguiente:

Ya la madre d'Amor, luziente estrella,
se muestra más alegre, viva y pura;
ya, siguiendo su rastro, se apresura
en su cándido trono el alva bella. 

Sale despacio el ruvio Fevo a vella
y el ayre limpia de la sombra oscura;
la tierra, descubriendo su hermosura,
de que tarden sus rayos se querella. 

Al süave espirar d'auras vitales
alégrase la flor, la yerva y planta,
muestran los arroyuelos sus cristales, /73/

pace el cordero, el silguerillo canta,
sus cuevas dexan varios animales
y el hombre, rey de todo, se levanta.

Después, reconociendo causar estos efetos los puros resplandores de la luz, lustre y vida de las cosas, movió la lengua en su alabança con semejantes acentos:

-¡O celestial y viva lumbre, que apartas de los umanos las molestias y temores de las tinieblas! Madre de la verdad, gozo del mundo, espanto de malhechores, espejo de belleza, hija mayor y la más querida de Dios, quán buena, quán pura y hermosa eres, pues tu mismo Criador, siendo, como es, fuente de modestia, apenas acaba de encarecer tu gran merecimiento.

Bolvió los ojos diziendo esto y a un lado de la casa descubrió un vistoso jardín y, desseando ver de cerca algunas curiosidades que desde lo alto divisava tener, buscó la puerta y, hallándola abierta, mientras recordavan los garçones de Menandro, començó a mirar su maravillosa belleza. Por medio y alrededor tenía espaciosas sendas a semejança de caminos derechos con curiosos quadros compuestos y texidos de variedad de olorosas yervas; guarnecían y hermoseauan sus márgenes cipreses, mirtos y laureles, que causavan sombra deleitosa. Vestían las vides /74/ a sus desnudos arrimos tan estrechamente que no davan lugar al sol a que en su distrito tuviesse alguna jurisdición. Esparcíase por todas sus partes abundante y gratíssimo olor nacido de las violetas, cuyo morado color campeava entre el verdor de sus ojas, y de las rosas, que entre sus espinas afrentavan los alhelíes, claveles, iazmines, iunquillos y mosquetas. Era gusto ver sus differencias. Despuntavan algunas y, assidas al materno seno, se avergonçavan de mostrarse al sol que las requebrava, teniendo por mejor estar incultas y desconocidas que dar ocasión de ser cortadas por la mano de algún amante atrevido; otras estavan floridas del todo y no pocas descaecidas y débiles que, desojadas, honravan los troncos de sus mismas ramas. Las açuzenas, con su pompa cándida y suave fragancia, servían de singular ornamento. Suspendía la competencia de las flores, sin reconocer qualquiera dellas superior, y, en fin, admirava el orden y curiosidad con que todo se hallava dispuesto. Tal devía ser el celebrado huerto de Alcínoo(1) y tal el que fue breve morada de nuestros primeros padres. Movía blandamente Favonio(2) las ojas y ramillos de las cultivadas plantas y con sus soplos revivía toda la república frondosa. En medio, como reina de quanto encerravan los muros, te- /75/ nía su trono una relevada fuente de blanquíssimo mármol nacido en las entrañas de Tesalia; rematava su cima un águila dorada, de cuya boca caía presuroso licor recibido en la concavidad de la taza que, por ospedar al rezién llegado, desperdiciava por sus orlas el antiguo que tenía en su centro. Estava el águila labrada con tan raro artificio que, abriendo las alas, casi parecía se quisiesse lavar en las frescas aguas. Cerca de la corona de la fuente avía un pavón, una golondrina, una tórtola y una paloma hechas por Vulcano tan ingeniosamente que no pudieran quedar más perfetas de la mano de Dédalo, por cuya causa salía el agua de sus bocas con tal sonido que, imitando las vozes de los páxaros vivos, les combidava a cantar en su compañía; su ruido apazible incitava el murmurar de los ayrecillos y el continuo movimiento de los árboles acompañava el ondear de los cristales transparentes. En torno la ceñían assientos de fino jaspe,(3) que con justas proporciones servían de ornamento accessorio a la belleza principal. Mostrávase a una parte del jardín un cenador bien espacioso de nevadas paredes, en quien a trechos se miravan colocados lienços de perfetas pinturas, donde el arte parecía vencer a la naturaleza.

El primer quadro contenía quatro donzellas hermosas, /76/ de quien la primera tenía puesta en la cabeça vna corona quajada de preciosas piedras que, pintadas, despedían resplandor, en cuya excelencia puso el maestro todo cuidado. Pendían sus peinadas hebras por las espaldas con cierto descuido cuidadoso. Estavan sus manos tan bien hechas que, sin duda, parecían torneadas, venciendo en blancura al ampo de la nieve; tenía la derecha algo doblada, alçándola hazia la cabeça, donde con los dedos tocava un luziente carbunco,(4) que desde la corona se arrimava a la frente; con la siniestra sustentava una pequeña esfera, que por estar tan bien acomodada juzgaran que dava bueltas alrededor. Assimismo, tenía desnudo el pie derecho y el otro cubierto con la vasquiña, que con maestría notable hazía verdaderas sombras y dobleces.

La segunda donzella se descubría toda armada, sino es el rostro, cuya vista se mostrava algo más feroz de lo que prometía la mansedumbre virginal. El morrión que servía de adornar su cabeça resplandecía como rayo. Guarnecía fuerte escudo su pecho. Las manos cubiertas de armas al modo militar parecían exceder al roble en dureza. En todas sus partes descubría ser belicosa y, en particular, por tener en la mano izquierda un escudo y en la derecha un hasta. /77/

La tercera manifestava severa gravedad, no sólo en la vista, sino en todos sus vestidos. Adornava su cabeça corona, no de piedras preciosas como la primera, sino de yervas y flores, salvo que entre su variedad no se hallavan rosas, o porque no se acordasse el pintor de ponerlas, o porque los colores de las otras se hallassen más ufanos sin aquel competidor.(5) Tenía ésta no muy largos cabellos y embueltos en la misma corona. Era blanca su vestidura y como de menuda red, de tal largueza que le cubría los pies. Con la mano derecha, que con particular gracia arrimava al pecho, parecía ocultar sus relevadas pomas, y con la otra ajustava y componía el vestido de medio abaxo, respeto de juzgarse ser herida del viento, por cuya ocasión, puesto como por salvaguardia el un pie sobre el otro, a efeto que por la sutileza del vestido no se descubriessen los miembros, dava muestra de reposar.

La quarta y última parecía baxar de una nube que, hendida al improviso, dexava copioso el cielo de serenidad agradable. Denotava singular gravedad la disposición désta. Su vestido, aunque se mirava pintado de purpúreo color, tenía con todo en sí alguna cantidad de blanco. La parte del hermoso cuerpo que, siendo blanquíssima por natural con- /78/ dición, se suele mostrar a los ojos, aquí el embidioso vestido o la excelente industria del artífice la tenía cubierta. Dilatávanse sus cabellos por las espaldas, mas lo que causava no poca maravilla era ver del modo que tenía fixa la vista en la alteza del cielo. Ocupava su diestra una llama, tenía una balança la otra y ambos pies se miravan desnudos.

Vistas las formas déstas por Damón, se halló con desseo de inquirir lo que quisiessen representar, mas luego le vio cumplido, respeto de ver escritos sus nombres sobre sus cabeças y ser los de Prudencia, Fortaleza, Templança y Iusticia, con que fácilmente vino en conocimiento de lo que significavan en aquellos trajes y semblantes.(6)

La resplandeciente corona de la primera, guarnecida de preciosas piedras y carbunco, y la llaneza de su vestidura, con los pies sin adorno, manifestava que la Prudencia no cuida mucho de la delicadeza y sumptuosidad del cuerpo, mas sólo desea la riqueza del ánimo y sabiduría, que como tiene por silla la capacidad de la cabeça, la procurava tener adornada tan ricamente, despreciando los averes del cuerpo en nada perfetos; de quien, como advertía el diestro pie desnudo, al último quedava despojado y procurando hermosear la parte más noble de nuestra naturaleza, que es el saber, cuya /79/ calidad tiene la esfera en la mano, predominando en todos sus astros.

El hábito de la que seguía, a semejança de persona armada, dezía el vigor de la Fortaleza, dándole aspecto de donzella para mostrar que siempre lo ha de ser de cuerpo y ánimo, cuyo sólido ímpetu en las ocasiones jamás ha de permitir declinación.

La guirnalda de yervas y flores, ornamento de los rizos de la tercera, que ni por invierno se secavan ni por verano se descaecían, dava a entender la igualdad en que la Templança permanece, no siendo bastante el viento de los afectos para descomponer una mínima parte de su ropa. El carecer la guirnalda de rosa demuestra no le convenir tal lugar, por ser incitadora y casi lasciva.(7)

La decendencia y gravedad del sereno rostro de la quarta, con el peso y llama en las manos, muestra que la Justicia, juez de passiones y hechos umanos, deve, teniendo los ojos en el cielo, proceder con igualdad y sin respeto, symbolizado por el fuego y balança.

El segundo quadro, por su orden, offrecía un cielo enojado y trasladado tan al natural que casi obligava a que quien le mirava se escondiesse, por el horror de su ceño y el temor que infundían sus imaginadas flechas. Estava en medio un pequeño árbol, cuyas /80/ cortas rayzes sujetavan las inmensas fuerças de uno que, por la parte de la gran cabeça que tenía fuera, prometía ser ferocíssimo gigante. Leíanse unas letras escritas en una tarjeta que colgando de la rama última dezía esto:(8)

Viste el tronco de exemplo y de fiereza
éste que ves, Centímano(9) arrogante;
aun muerto, vive en él feroz semblante
con que igualar propuso tanta alteza.

Parias da en umildad a la grandeza
del siempre vencedor Iove tonante;
tal el árbol, umilde, el blasfemante
rostro oprime, umillando su cabeza.

Señales ay en él del rayo ardiente.
El paso ten, respeta los despojos,
o tú, que, triste, admiras tal memoria. 

Aún frescas duran en la altiva frente,
toma en ellas(10) consejo, abre los ojos
y verás quánto deves a su historia.

El tercero comprehendía un árbol derribado en tierra, orilla de un río. Dava indicios de aver sido hermosíssimo y hasta caer muy válido, mas ya en su caída desamparado de todos. Pareciole a Damón argüía privança perdida y, poniendo los ojos en un letrero, vio dezía assí: /81/

Fve un tiempo enojo su copete alçado
a la patria del Euro proceloso;(11)
su tronco siempre verde y cuello ojoso
dosel al Tajo fue, fue sombra al prado.

Mas ya en su edad loçana derribado
gime del viento agravios; ya lloroso
pide favor al río caudaloso,
piedad al suelo en quien está postrado.

Las tórtolas amantes, qu'en su cima
dulces besos y arrullos duplicaron,
en otra parte gozan sus amores. 

A su tronco infelice no se arrima
ninguno ya de quantos le buscaron:
peces, páxaros, ninfas y pastores.

El quarto figurava un cauallo que, al parecer, era ya muy viejo. Descubría su enflaquecida proporción aver sido bellíssimo en sus primeros años y, como tal, estimado y regalado. Al presente, con afrentosos despojos era guiado de un labrador que le ocupava en el ministerio de arar. Iuzgó el pastor ser su alegoría la velocidad con que se pasa la vida y quán consumido viene a quedar quien fue más brioso en ella. Lo escrito dezía:

El imperioso braço y dueño airado
quien fue Pegaso(12) ya sufre paciente;
tiembla a la voz medroso y obediente, /82/
sayal viste su cuello ya umillado.

El fuerte pecho, y de la edad arado,
qu'altivo al oro en poco tuvo, siente,
umilde ya, qu'el cáñamo le afrente,
umilde ya, le afrente el tosco arado.

Quando ardiente passava la carrera
sólo su largo aliento le seguía,
ya el flaco braço al suelo apenas clava. 

Su gran ferocidad, ¿qué no emprendiera?
Su edad primera, ¿qué verdad temía?
Mas la fuerça del tiempo, ¿qué no acava?

En la tabla quinta se mirava pintada una losa de mármol blanco, cuyas orlas tenían por guarnición llamas, arcos y flechas, trofeos amorosos en quien estavan esculpidas estas letras: Fidelidad y firmeza. A un lado se descubría un lugar sobre cuya puerta en letras grandes se leía Teruel, y en el campo de la piedra el epitafio que se sigue:

Ten, no la pises, ten.(13) De losa fría
de piedra, ¡o caminante!, más que elada,
es centella en ardor ya tan mudada
qu'es cera la que mármol ser solía.

Tiernas cenizas guarda qu'en un día
juntó el amor. En hora desdichada
ageno dessear quebró lazada
qu'el tiempo y el olvido no temía. /83/

Llenas de gloria, la Fortuna y Muerte
con sumo sentimiento procuraron
dar eterno renombre a su firmeza. 

Gozaron muertos de felice suerte
y viven almas d'immortal belleza,
donde embidiosos hados no llegaron.

El lienço sexto y último de aquella pared mostrava un varón robusto buelto los braços atrás(14) y atados con fortíssimos cordeles. Ceñíale un esquadrón de gente armada y parecía estava respondiendo a la sentencia que un riguroso juez le avía fulminado contra.(15) Dezía lo escrito:(16)

Sansón se mira y duda, y duda el lazo
lo mismo que Sansón, qu'al fin procura
feroz hurtarse en vano al'atadura,
en vano muestra su vigor el brazo.

Aquel valiente, aquél por cuyo abrazo
puertas cobró del monte la espesura,
halla su afrenta en fácil ligadura,
contra su libertad firme embarazo. 

Llega el fiero jüez, condena a muerte
los ojos, y él, risueño y sosegado,
dixo con voz heroica y pecho fuerte: 

"Si tres vezes de Dálida(17) burlado
sus engaños no vi, iüez, advierte
que ya dellos estava despojado."/84/

Pareció a Damón diferir el fixar la vista en los demás quadros contrapuestos, por ser ya hora de acudir a la presencia de su mayoral. Dexó, pues, el jardín y, entrando en la estancia de Menandro, le halló ya vestido y ocupado en hazer a Dios devotos ruegos, pidiendo reduziesse a próspero y breve suceso el començado de sus amores y bien fundada afición, supuesto inspira bien el cielo al coraçón que espera en su piedad, siendo frágil todo edificio que no se funda en afectuosas plegarias, blanco en que deven poner los ojos los hombres en sus mayores menesteres. Saludó Damón a su mayoral, pasando los dos en varios discursos lo más de la mañana. Llegó la hora de la comida y, tras ella, mandó Menandro a Ismenio cantase alguna cosa, y él, requiriendo el templado instrumento, rompió los ayres con los regalados acentos deste romance:

Ismenio (18)

Qvando los campos desnudos
la vez que salía el alva
con guarniciones de yelo
sacavan sayos de escarcha;
y quando los arroyuelos
en el centro de sus aguas
techos de cristal hazían /85/
a las guijuelas de plata,
la hermosíssima Amarilis
monte y llano visitava,
dando a la tierra y al ayre
fertilidad y templança.
Tendiendo sus bellas luzes
cobravan vida las plantas,
las clavellinas nacían,
las açuzenas brotavan.
Mas oy qu'está encerrada
perece el campo, de quien ella es alma.

En cristalinos umores
bolvía las turbias aguas,
en coral las ramas secas,
los riscos en esmeraldas.
Las aves, a quien deziembre
las lenguas tenía eladas,
con vella las encendían
cantando sus alabanças.
En las tinieblas tesoros
de resplandor derramava
por los soles de su cielo,
sin hazer Apolo falta.
Dava, en fin, a todo lustre,
nuevo ser a todo dava,
efeto de su belleza,
del ciego tirano llama.
Mas oy que está encerrada
perece el campo, de quien ella es alma.
/86/

Cesó Ismenio, y Menandro, con un profundo suspiro, buelto a Damón dixo:

-¿Qué te parece quán digna es la causa por quien padezco? ¡O! ¿Quién no juzgará por vida feliz la más infausta muerte que por su respeto pudiera venir? Si como el cielo me hizo conocedor de sus partes, assí ablandara el rigor de mi estrella, no tuviera más que desear. Mas juegue la fortuna conmigo, combata la malicia, ladre quanto quisiere la embidia, que por tan bella ocasión tendré por bienes los males, las penas por gustos y por regalo el padecer. Conformes y concordes estamos los dos. ¿Quién podrá estorvar nuestro intento? Sábese ser la concordia (19) en la tierra causa de abundancia, en el agua de tranquilidad, en los vientos de bonança, en el ayre de serenidad, en los elementos de generación, en los tiempos de templança, en los planetas de benignos influxos, en el paraíso de aumento de gloria, en los cuerpos umanos de salud, en los colores de hermosura, en las medidas de Geometría, en las letras de razones, en las vozes de armonía, en los argumentos de conclusiones, en las opiniones de grandes empresas, entre los príncipes de conquistas, entre los ciudadanos del bien de la ciudad, en los ánimos de la felicidad y en los casados de la sucessión. Y assí espero de su mano estas dos últimas circuns-/87/ tancias, sin que pueda estorvarlo fuerça umana, por ser divino don la concordia.

-Mayoral -respondió Damón-, escusados son consuelos donde la razón halla tan buen lugar. Tú sí que los puedes dar a los que sentimos tus desabrimientos. La fabulosa Antigüedad dezía nacer la verdadera deidad de largo sufrir y padecer; por tanto, fingieron averse visto los dioses en calamidades antes de venir a serlo. Ambos sembráis lágrimas y cogeréys risas,(20) suaves efetos produzirán estos desabridos afectos.(21) Presto tendrá fin la aspereza con que soys tratados. Rómpese en sí mismo largo rigor. En su govierno imitan los grandes rabadanes la suavidad con que el soberano Autor dispone las cosas. Permite, ¡o Menandro!, que, haziendo sobre esta verdad una breve digresión,(22) esprese lo que la noche pasada se representó en mi fantasía.

»Considerava que aunque Dios con infinito poder en un instante puede dar toda perfeción a las cosas, gusta, con todo, proceder suavemente y por convenientes medios dar fin a sus empresas, no usando de violencia, sino conduziendo las cosas a su perfeto fin con maravillosa blandura. Lleva el año del estío al invierno, mas con la suavidad y templança de la primavera y del otoño. Si se mira la disposición de la naturaleza, se halla sube de la tierra al cielo por /88/ los cuerpos medianos del ayre, agua y fuego, que se van poco a poco adelgaçando, hasta llegar a lo sumo de lo más delicado; entre los elementos y las plantas, mete los mármoles y metales, que quanto al crecer tienen alguna sombra y aparencia de vida; entre los animales y espíritus puso al hombre, compuesto de cuerpo y espíritu. Quanto a los animales en el mar, algunos están assidos a las piedras y, por esso, immovibles; déstos, por mil medios de movimientos varios, llega al delfín y al tiburón, peces de notable velocidad. En la tierra, algunos brutos son de tardíssimos movimientos, de donde, por la variedad de otros medianos, llega a la ligereza de los pardos y tigres; otros se mueven sin levantarse del suelo, como los caracoles; otros se levantan, mas poco, como las culebras; poco más los de quatro pies, y más que éstos los de dos, parte sin alas, como el hombre, parte con ellas, como los páxaros, y algunos se sirven de las alas no para bolar, sino para correr, como los abestruzes; otros buelan, mas poco espacio; otros tienen por su habitación la tierra; otros, el aire; otros, una y otro. Entre los animales de tierra y agua, ay de aquéllos que viven ya en agua, ya en tierra; entre los de agua y aire, algunos que passan su vida ya en uno, ya en otro elemento y, en particu- /89/ lar, como el pez llamado bolador. Quanto a las vozes de los animales, algunos no las tienen, como los gusanos y ormigas; otros tienen çumbidos y chillidos y no vozes; otros tienen voz más indistinta y uniforme, como los bueyes; otros no sólo forman voz, mas canto, como los páxaros; algunos imitan las palabras del hombre, de quien es proprio [hablar], como el papagayo, tordo, rendajo y picaza. Mas no ay cosa en que también (23) se conozca la suavidad de la divina disposición como en el curso del sol y movimiento de las esferas: haze correr el sol (24) de levante a poniente, mas, a efeto no consuma con la violencia de su ardor la naturaleza, le haze seguir un viaje obliquo; haze correr el primer móbil (25) con ímpetu tan veloz que apenas lo podrá explicar ingenio umano y, a fin de que no buelva y se lleve tras sí todas las cosas, lo templa primero con el contrario movimiento del cielo estrellado (26) y después con el de la trepidación propio de la otava esfera.(27)

»Con no menor blandura govierna y conduze el linaje umano a la perfeción y aumento suyo, haziéndonos tiernos amantes. Dio capacidad y eminencia a nuestras almas para que amassen y fuessen amadas, infundiendo en los semblantes femeniles natural gra- /90/ cia, donaire y hermosura(28) más atractiva y más agradable a los hombres que todas las demás bellezas. Y dexando los alvedríos libres, sólo para la gran máquina del procrear los quiso tener atados, ordenando obligassen dos letras a passar la vida en apazible yugo. Sólo en tal punto no permitió padeciessen violencia los umanos, dexándolos para sólo esto essentos de toda jurisdición. Confía, pues llevará el cielo, contra los pareceres de tus contrarios, tu causa al desseado fin.

-No quisiera yo en ella -respondió Menandro- avogado más eloquente que tú. Desigual mucho de tu professión es tu lenguaje.(29) ¿Quién hizo elegante y cortesana la rudeza y rustiquez de los campos? ¿De qué maestro, en qué escuela aprendiste esse género de proponer, persuadir y defender? Títiro en las selvas hazía resonar el dulce nombre de su Amarilis,(30) menos bella que la mía; Coridón se lamentava de Alexis, por quien se abrasava;(31) cantava Dameta y, en competencia, respondía su amigo Menalca,(32) mas no llegaron a la profundidad de tus discursos. Aquéllos imprimían en mil troncos los nombres de sus pastoras, donde juntamente con la corteza crecían los versos,(33) mas tú con diferente gloria declaras las ideas del entendimiento, adivinas las imaginaciones y penetras lo más interior de las almas. /91/ Quita, pues, esta suspensión de la mía. Dime en qué te ocupaste, qué ciencias aprendiste, qué Liceo, qué Atenas, qué Apolo te haze discurrir tan altamente sobre puntos tan sutiles.

-Sabrás -dixo Damón- que desde que pude tener acuerdo tuvo principio en mí un ardentíssimo desseo de saber y aun puedo afirmar nació en mí primero que yo naciesse. Conmigo se faxó en las primeras mantillas, conmigo creció y siempre se a ido envejeciendo conmigo por los bienes que de su tesoro se consiguen. Mas atravesavan y detenían su veloz curso todos los inconvenientes que suelen estorvar la carrera derecha a ligeríssimo cavallo: el freno de la pobreza, las cuestas de la incapacidad, las ramas de la sujeción, el río de los desabrimientos y las sombras de las desconfianças. Con todo, llenando el pecho de generoso espíritu, le opuse a todas estas dudas y, sabiendo que el discreto Montano (34) acudía a menudo desde nuestra aldea al lugar fundado en fuego,(35) centro de grandes cosas, le pedí me llevase consigo. Tenía yo noticia que florecían allí templos, sacerdotes y sacrificios, que deleitava la división de grados y distinción de sangre, que allí se aventajava la forma de justicia y razón y la manera de leyes y estatutos. Oía no pocas vezes que semejantes villas componían las costumbres, /92/ adelgaçavan las artes, despertavan los ingenios, maduravan y perficionavan los entendimientos y que la variedad de sus conversaciones afinava la prudencia y enrriquecía el ánimo de infinitos nobles amaestramientos. Condecendió el cortés Montano a mi ruego, llevándome consigo la primera vez que fue. Admiráronme desde lexos las sobervias torres del cortesano assiento y, llegado a él, doblaron mi admiración la pompa y aparato de los moradores de más dignidad y la magestad de sus palacios sumptuosos. Andava yo, que hasta aquel punto avía sido morador de bosques, por las calles lleno de turbación y encogimiento y sobre aviso de no acercarme mucho a las sedas y al oro, nuevos traxes para mí y no poco sospechosos. Quiso Montano aquel día llevarme consigo a cierto albergue, de donde salían tan dulces y sonoras vozes que, atónito y embevecido, me paré un rato a gozar de tal suavidad. Mas, al fin, advertido del compañero, passé más adelante hasta quedarme a la puerta de una espaciosa sala, donde se juntavan y recogían los más agudos ingenios a ocuparse con virtuoso concurso en loables exercicios.

«Advierte -dixo Montano-(36) que como los elementos se unen a formar los cuerpos terrenos, los cielos a hazer la armonía celestial, las /93/ cuerdas a concertar un arpa, assí las Ciencias y las Musas se han aunado aquí para componer su hermoso colegio y repartir sus tesoros entre los que ves sentados. Los primeros que cercaron las ciudades de muros y congregaron las repúblicas lo hizieron porque los hombres, más fuertes con el número, se assegurassen del ímpetu de las fieras que los tragavan hallándolos esparcidos por los campos. Y éstos, por esta misma causa, han instituido esta pequeña república para pelear contra los leones de la sobervia, contra los linzes de la embidia, contra los sátiros de la lascivia, contra los erizos de la pereza y contra los lobos de la avaricia. Aquí es desterrado o espantado qualquiera vicio por valor, o desechado por aborrecimiento, o vencido por discreción, o menospreciado por magnanimidad, o olvidado por falta de tiempo. El que no puede llegar con una escalera a la cumbre de alguna parte alta ata unas a otras. No puede la breve vida de un hombre aprender todas las ciencias y, por esso, se unen en las Academias (37) las vidas de muchos hombres sabios que hazen un cuerpo perfeto en todas letras. Primero que en el mundo fuesse conocido el uso de la moneda, se trocavan entre sí las cosas, trigo por vino, lino por lana, madera por hierro, joyas por frutos, ovejas por vacas, y por /94/ este dichoso trueque es déstos ordenada esta junta, para que cada uno dé aquello que tiene y reciva lo que no tiene, dé para recivir y reciva para dar, enseñe aprendiendo y aprenda enseñando. Sea uno discípulo en una ciencia, que en otra será maestro; siéntese oy en cátreda (38) leyendo una facultad el que ayer estava en el banco oyendo otra, de manera que todos queden ricos y las ciencias, a lo menos las principales, divididas por la floxedad de los hombres, se junten en una sola.(39) Y con ser los pareceres tan diferentes como los rostros, en este cuerpo se contempla una proporcionada disposición de todos quatro elementos: la tierra de la estabilidad, el agua de la fatiga, el aire de la concordia y el fuego del desseo. Aquí son todos conformes en un pensamiento, los altos por dignidad se abaxan por umanidad y los baxos por mérito son honrados por cortesía. Aquí nadie se pica por no ser igual al otro, por considerar que en las casas de moneda se bate dinero de oro, de plata y de cobre, y todo se gasta, todo vale y todo es muy necessario. En estas amigas disputas y virtuosas competencias, un ingenio adelgaça a otro y un entendimiento levanta centellas por el ageno. En este recogimiento posseen los principales libros de todas las provincias con toda su gracia y belle- /95/ za y aun con más propiedad que en sus mismas tierras. Aquí hablan con quantos doctos son muertos (40) desde que el sol començó a alumbrar la tierra rezién criada. Aquí, sin moverse desta admirable estancia, en pocos meses tienen delante de los ojos el hilo de las historias de todas las provincias y de todos los siglos, desde que nuestros padres fueron puestos en la possesión del paraíso hasta la edad presente, como si uviessen nacido y vivido en todas edades sin caminar llanuras, o subir montañas, o pasar ríos, o navegar mares, o pagar posadas, o portazgos, o temer ladrones, o passar molestia de sol, de polvo o llubia. Sentados y reposados passean y miran a su voluntad, llevados por la mano de la Cosmografía, toda Asia, toda Europa y toda África, con el resto del mundo nuevamente hallado, con sus gentes y costumbres. Sin levantarse a media noche de la cama o subirse en parte alta, aunque el aire esté vestido de tinieblas o nubes, con la esfera en la mano contemplan y conocen los nombres, las figuras, la grandeza, los caminos, los influxos, las inclinaciones de quantas luzes adornan el estrellado carro de la noche. Sin andar por jardines, a pesar del invierno, miran la forma de cada yerva y de cada planta y penetran todas sus propiedades. Sentados aquí, peregrinan la tierra, na- /96/ vegan el agua, levántanse sobre el aire a entender la naturaleza de las fieras, de los peces y de las aves, o, como secretarios de la misma naturaleza, saben todo lo más secreto: quál sea la simiente del oro y del hierro, quál no conocida potencia levante y qué basas no vistas sostengan las columnas de la tierra, qué boca de poco en poco beva y aumente el agua del mar, qué lapidario da pulimento a las piedras preciosas, qué llave abre los tesoros de Dios y suelta el espíritu de los vientos, con qué tinta la mano de la primavera colora las flores y las ojas de las plantas y de las yervas y con qué ingenio las borda y matiza, qué maestro forma las nubes, qué licor las carga, de qué seno sale y cómo cesa la llubia, qué artífice junta en copos la nieve y en cristal el agua, qué alambique destila el don celestial del rozío, qué lumbre enciende los relámpagos, en qué herrería son hechos los rayos y truenos, de qué fuego arden los cometas, qué azeyte sustenta la lámpara de la noche y qué cera ceba el blandón del día. Aquí el pobre se haze rico y el rico toma posesión de todos los bienes, aquí el feo se haze hermoso y el hermoso dobla su belleza, aquí el baxo se haze noble y el noble dexa su nobleza acrecentada. A ésta acuden como a maestra, y el ignorante se haze sabio y el sa- /97/ bio pone el diamante sobre el oro; a ésta se avezinan como a señora de la Fortuna, y el desdichado se haze dichoso y el dichoso se haze digno de la felicidad; a ésta se presentan como a fuente y el sediento beve y el inmundo se lava; como a luz, donde el ciego ve y el triste se alegra; como a fuego, donde el frío se calienta y el tibio se inflama; como a médico, donde el enfermo recive salud, el anciano la juventud y el hombre mortal la immortalidad».

»En estos angostos y cortos privilegios recogió Montano los dilatados de la ciencia, quedándole yo estremamente aficionado y con doblado desseo de seguirla; mas las dificultades referidas impedían mi determinación. Bolvime, pues, a mi casería y, sin perder sus bríos mi voluntad, torné más de una vez a visitar y besar los umbrales de aquella felicíssima sala sin osar entrar dentro, participando de las doctas vozes que se oían donde yo estava, de quien quisiera se me uviera pegado algún grano de conocimiento.

Tu modestia -dixo Menandro- realça los quilates de tu saber. De aquí adelante abundarás del tiempo que entonces te faltó. Apacienten otros mis ganados, ahuyenten otros los ladrones y lobos dellos, cultiven otros mis fértiles campañas, aquél reparta premios y penas a mis ministros, otro conserve la lana /98/ y leche y otro la distribuya. Atiende tú solamente a seguir la ciencia, a cuyo dominio tan de buena gana te desseas sujetar.

-¡O ínclito mancebo -dixo Damón-, cómo gustas de que el pequeño batel de mi mérito sulque el profundo mar de tus favores! Sospecho no le dexarán navegar el peso de tantas obligaciones. Prospere el cielo tu vida, y a la mía conceda tanto aliento que pueda conocer el mundo no ser menos pródiga de desseos que la tuya de obras. Desdize silvestre musa a merecimiento real, mas confío no la despreciarás porque suene ronca. Y quando el sujeto exceda al canto por no poderse dignamente honrar si no es con silencio y reverencia, no faltarán jamás en los altares de tus dotes las flores de mi mano ni los fuegos de inciensos olorosos.

Y diziendo esto, puesta con atención la vista en Menandro, formó las palabras siguientes:

Damón a Menandro

Qvien os ve no rezela qu'el olvido
vuestro ser y valor jamás consuma,
que ya teme a los dos (41) la osada pluma
del cano volador nunca vencido.

Menandro, con renombre merecido
ufano olláis la venenosa espuma /99/
del'amarilla embidia,(42) aunque presuma
más su amargo ladrar su cuello erguido.

Mientras el Tajo, rico (43) y arrogante,
y el Betis, caudaloso, al mar de España
émulos arrimaren sus corrientes, 

en nombre creceréys; y en quanto baña
Tetis y alcança con su frente Atlante,(44)
norte seréys de venideras gentes. 

Llegaron casi al fin del postrer verso Cintio, Meliseo, Manilio, Partenio, Aurelio,(45) Coriolano y Arsindo, acompañando las respetadas canas de Clarisio. Traíalos común intención de visitar y entretener a Menandro, que, agradecido a su cuidado, recivió cortésmente a todos. Tratose de varias cosas, haziendo mención al último de una canción que Meliseo avía compuesto a la muestra de mudança que avía dado su pastora en cierta ausencia. Desseava oírla Menandro y assí pidió la refiriesse, a que condecendió Meliseo diziendo:

Meliseo

Si en tan desesperada despedida
y en ocasión de tanto sentimiento
mi fin no ve tu combatir constante,
amor, no avrá dolor, no avrá tormento
que poner pueda en condición mi vida. /100/
¡O sucesso infeliz! ¡O triste amante!
Mas, ¡o fuego arrogante!,
tú que tienes mi pecho
abrasado y desecho,
¿de qué sirve furor tan encendido?
Ya apellida piedad, ya está rendido.
Con tu rigor faltó su fortaleza,
ya le ves consumido.
Fuego crüel, mitiga tu braveza. 

Osó bolar mi pensamiento donde
sus alas temerarias no pudieron
hallarse de firmeza sustentadas;
sus plumas en dos luzes se encendieron
(que la pena a la culpa al fin responde),
cayeron a pedaços abrasadas.
Por tierra derribadas
ya su daño contemplo
y quedo por exemplo
desde oy para libres y atrevidos.
Al punto me dexaron mis sentidos,
huyó la libertad por otra parte
y, tras roncos gemidos,
también el alma dize que se parte.

Ved qué rigor: con ásperas cadenas
en un risco desierto me ligaron
contrarios de mi bien y mi desseo.
Tiempo y ausencia son que se juntaron /101/
contra mí, y en memoria de mis penas
pusiéronme por nombre Prometeo.(46)
Ya no soy Meliseo,(47)
qu'este infeliz amante
feneció en un instante.
El tiempo que vivió vivió contento
con vivir perseguido de tormento
y éste no le acabó. Su fin advierte
un duro apartamiento,
que fue rabioso golpe de la muerte. 

¿Quién al curso vital más suelto alcança?
Dio (48) término de vida a un venturoso
en tanto que su dueño le quisiesse,
y con ausencia y tiempo poderoso
mudose Elpina, dando su mudança
a su pena lugar que se atreviesse,
para que le dixesse:
"Ninfa, pues desdeñaste
a quien un tiempo amaste,
pues en vez de piedad brotas desvíos,
bien es que tras bolver sus ojos ríos
muera y con él se entierre su tormento,
con que de pechos píos
saque llanto profundo el sentimiento. 

Centella buelta ya la losa fría,
harán obsequias sobre el cuerpo muerto,
la piedra bañarán con tierno llanto, /102/
llenarán de suspiros el desierto
y, en memoria del ioven, a porfía,
tristes entonarán fúnebre canto.
Las ninfas, entre tanto,
offrecerán piadosas
guirnaldas olorosas,
adornarán con ellas los altares
y en partiendo d'allí se oirán cantares,
endechas tristes d'aves diferentes.
Si acaso te llegares,
leerás las letras que verás presentes: 

Huésped,(49) cubre este mármol un lloroso
amante de prisiones desatado.
Sabrás que fue la causa de su muerte
la que fue de su gloria y su cuidado.
Aquí sus huesos gozan del reposo
qu'en vida les negó su triste suerte.
Si quieres detenerte,
mira la sepoltura
a quien dan sombra oscura
estos laureles, cuyo movimiento
a tristeza provoca al más contento.(50)
Las galas de los árboles despoja
enrronquecido viento
y sécase en cayendo aquí la oja." 

Agradó la canción lastimosa, y mientras con cuidado se examinavan sus partes reco- /103/ noció el mayoral la sospecha y desabrimiento con que Partenio mirava a Manilio, no obstante acrecentassen ambos en las juntas el número de pastores. Procuró, pues, saber quál fuesse la ocasión y, entendida de [Menandro], con rostro risueño, habló a Partenio assí:

-La sinceridad pastoril no permite público ni oculto aborrecimiento. Descúlpase fácilmente el primer ímpetu de un juvenil coraçón, mas passado su arrojamiento, arguye poca hidalguía no quedar libre del acidente que le encendió. Bien sé, Partenio, no incurriréis vos en semejante nota, supuesto prometen vuestros nobles pensamientos inculpables acciones. Limpíssimo juzgo vuestro pecho de todo rancor, que iguala vuestro valor a la llaneza de vuestras costumbres. Mas desseo, con todo, quedar desengañado del inconveniente que ay entre vos y Manilio, pues dexáys de miraros con apazible semblante, y caso que aya alguno pretendo aplicarle remedio y dexaros enlazados en estrecho vínculo de amistad, que para determinar cosas de igual calidad avéys gustado concederme cumplida autoridad y jurisdición.

Sintió Partenio que en público le obligasse Menandro a descubrir la razón que tenía para mostrar poca voluntad a Manilio. Assí quiso escusarse, alegando tenérsela; mas, instando de nuevo Menandro, /104/ alargando el freno de su passión, dixo:

-Sabéys cómo avrá dos años que llegando a mi noticia la felicidad de que abunda la fértil Arcadia, aviendo yo perdido entonces, o por enfermedad o por fríos, que los hizo grandes, las mejores cabeças de mi rebaño, y conociendo ser patria toda tierra a quien profesa seguir la virtud, determiné viessen los ojos lo que la fama de aquella provincia traía a los oídos. Traté, pues, de partir, y lo que más fuerça me hazía para no ponerlo por obra, excluidos tantos parientes y amigos, era averme de apartar de quien bien quería, en cuyo trance sentía se me arrancava el alma. Mas, aviéndose publicado mi partida y pudiendo padecer mi honrra si no se executava, atropellé con los respetos de amor y, después de averme prometido Antandra igualaría en firmeza al peñasco más duro, no sin umedecer sus ojos al darle ciertos versos que avía compuesto al propósito de mi partida, dexé los amados confines de mi patria y busqué con diligencia los de la estrangera desseada. Al cabo de largos infortunios sufridos en mar y en tierra, pisé la provincia tan celebrada de aquel que, siendo Sincero y elegante en nombre y obras,(51) quiso acompañar con sus cenizas los doctos huesos del venerable Títiro.(52) Por cierto, fertilíssima comarca es Arcadia y sus pas- /105/ tores verdadero honor de las selvas, a quien (53) concede el cielo vivir para sí y hazer vida regida con su gusto. Miran allí prados vestidos de flores y fomentados de arroyuelos, aquí collados ricos de yerva, sabroso pasto de ganados. Las burlas, bayles y regozijos, sentados orillas de ríos y fuentes, son los prevenidos medianeros de su amor. Traen escritos en la frente sus secretos y ninguna cosa escondida. Haze Imeneo más subidos sus bienes y, siendo uno sólo querido, no se conocen sospechas. Con todo, es cosa suave, para quien no carece de sentimiento, el albergue natural. Parece dio naturaleza con misterio al nacimiento un no sé qué (54) de no entendida afición que siempre vive y jamás se envejece. Ésta, pues, me bolvió a mi tierra más deleitosa a mis ojos que todas las del mundo. Apenas la tocó el pie quando, reverenciándola el alma, sentí esparcirse por mis venas una alegre virtud. No sanó la ausencia mi herida, que mal se pierde lo que se lleva en el alma. Vi, en llegando, a mi dueño y, tratándome con no acostumbradas cortesías, me pareció escuchava con tibias entrañas mi peregrinación; y admirado de semejante novedad causada en menos de un año, supe cómo Manilio, que vino al valle quando yo le dexé, avía procurado escurecer el cielo de su lealtad, embiándole, en /106/ compañía de sabrosa leche, un papel amargo para mí, que vino a mi poder y aún le tengo conmigo aora.

Pidiole Menandro y, dándole a Cintio para que le leyesse, dezía:

Manilio a Antandra

Bella zagaleja (55)
del color moreno
blanco milagroso
de mi pensamiento;(56

gallarda trigueña
de belleza estremo,
ardor de las almas
y d'amor trofeo; 

süave sirena,
que con tus acentos
detienes el curso
de los passajeros, 

desde que te vi,
tal estoy que siento
preso el alvedrío
y abrasado el pecho. 

Hasta donde estás
buelan mis desseos
llenos d'afición
y de miedo llenos, 

viendo que te ama
más digno sujeto, /107/
dueño de tus ojos,
de tu gusto cielo.

Mas ya que se fue
dando al agua remos,
sienta de mudança
el antiguo fuero. 

Al presente olvidan,
y quien fuere cuerdo,
en estando ausente,
téngase por muerto. 

Y pues vive el tuyo
en estraño reyno,
por ventura esclavo
de rubios cabellos,

antes que los tuyos
se cubran de yelo,
con piedad acoje
suspiros y ruegos. 

Permite a mis braços
que se miren hechos
yedras amorosas
de tu airoso cuerpo,

qu'a tu fresca boca
robaré el aliento,
y en ti transformado
moriré viviendo. 

Imeneo haga
nuestro amor eterno,
nazcan de nosotros /108/
hermosos renuevos.

Tu beldad celebren
mis sonoros versos,
por quien no te ofendan
olvido ni tiempo. 

Bordó Manilio al fin del papel su frente de púrpura, corrido de que semejantes niñerías, escritas sólo para mugeres, offendiesen los oídos de los varones. Mas por diferente respeto tiñó Partenio su rostro de amarillo,(57) viendo solicitasse otro con requiebros a la que adorava él con el alma. Mas advertido a que prosiguiesse, concluyó diziendo ignorava lo que Antandra uviesse respondido a esta letra y si uviesse recivido otras continuando Manilio su pretensión, si bien sabía aver hallado resfriado su sol y armado de rigores y desdenes. Parecíale aver nacido esta mudança de la primera solicitud de Manilio; culpava su inconsiderada determinación y ponía mengua en su proceder, fuente de donde nacía la poca blandura con que le mirava Antandra.

Quisiera Manilio bolver por sí, mas pareciendo a Clarisio les podría la frescura de la edad hazer romper los límites de modestia y compostura, doró el yerro con dezir no professava Manilio amistad con Partenio ni devía a su conocimiento el enfrenar su vo- /109/ luntad. Bastava la uviesse retirado en su buelta, de suerte que con ella no le diesse ocasión de presentes celos; que fiase más de la entereza y valor de Antandra, a quien no considerase de tan fácil mudança, si no quería agraviar sus partes. Con tales razones aplacava Clarisio la alterada intención de Partenio y, por sello de todo, pidió Menandro a los dos competidores se abraçassen y por su amor no descubriessen de allí adelante acción que no fuesse de firme amistad. Hiziéronlo assí, prometiéndose el uno al otro toda buena correspondencia. Y porque se solenizase esta unión, quiso Menandro dixesse cada uno de los circunstantes un soneto y que fuesse el que tuviesse mejor lugar en su gusto, siendo primero a començar con el siguiente:

Menandro

Dédalo al hijo incauto con rezelo
buelve a mirar, ya de su fin presago;
y él, sin temor, rompiendo el ayre vago,
levanta más el temerario buelo.

Al fuego llega y se convierte en yelo,
porque, haziendo en sus alas fiero estrago,
precipita y se anega. Justo pago
de quien se atreve al resplandor del cielo. 

Desto ¿qué me dezís, o pensamiento? /110/
¿Y osáis tocar en la mayor altura?
¿Adónde vais? No echéys por donde os guío. 

Mas no, mejor hazéis, subid sin tiento,
que si os perdéis por corto de ventura,
por falto no de generoso brío. 

Fácil fue de entender la intención del pasado soneto, pues en él publicava Menandro la dicha de su empleo, que aludía hasta allí a la historia del atrevido Ícaro, dando a entender del esfuerço que ponía a su pensamiento quánto menospreciava el desasosiego que le nacía o podía nacer de tan venturosa pretensión.

Clarisio, a cuya prudente ancianidad se concedía el segundo puesto, habló después de Menandro en esta forma:

Clarisio (58)

¡O bien feliz el que la vida pasa
sin ver del que govierna el aposento,
y más quien dexa el cortesano assiento
por la umildad de la pagiza casa! 

Que nunca teme una fortuna escasa
d'agena embidia el ponçoñoso aliento.
A la planta mayor persigue el viento,
a la torre más alta el rayo abrasa. 

Contento estoy con mi mediana suerte,
el poderoso en su deidad resida, /111/
mayor felicidad yo no procuro,

pues la quietud sagrada al hombre advierte
ser, para el corto espacio de la vida,
el más umilde estado más seguro.

Escapó Clarisio milagrosamente de las borrascas cortesanas, por esso encarecía su estado seguro por su umildad y proponía el peligro del encumbrado, de quien son alimentos embidias y rancores, por dessear todos entronizarse y, huyendo el cuello al yugo de servidumbre, poner en las nubes sus cabeças. Bien quisiera Menandro refiriera Clarisio su passada vida, mas, reservándolo a tiempo más oportuno,(59) prestó atención a Cintio, que se aparejava a dezir esto:

Cintio

Renombre de bellíssima merece
ésta por quien padezco, a quien adoro,
ésta que con valor y con decoro
el ser de las zagalas engrandece.

Ésta qu'el día trae quando anochece
mostrando de sus luzes el tesoro,
qual blanca aurora que con frente d'oro
y rosadas mexillas amanece.

Ésta que con las huellas de sus plantas
del tiempo frío el ímpetu detiene /112/
y en su lugar la primavera embía.

Pues, dezid, ¿la que tiene partes tantas,
con legítimo título no tiene
el cetro y possessión del alma mía?

Agradó el rodeo con que Cintio, encareciendo las partes de su pastora, publicava su afición.

Provocando Meliseo a que le oyessen con blando requerir de ojos, cuya lengua desatándose, dixo:

Meliseo

Entre agravios d'amor estoy suspenso.
¿Cómo hallaré quien su rigor impida?
La virtud interior está rendida,
déxame un rato en paz, dolor intenso.

No sé si en el lugar del fuego inmenso
alma se puede hallar tan afligida.
Ciego Amor, ¿qué pretendes d'una vida
de quien pago a la muerte triste censo? 

¡Ay, quántas vezes, ay, al roble, al pino,
ay, quántas a los riscos y a las fieras,
falto d'acuerdo a lástima provoco! 

Mas quando torno en mí qu'es imagino
ni mucho el mal ni mi sentir de veras,
pues no me muero o no me buelvo loco. /113/

Era Meliseo terníssimo y siempre movía con el afecto de sus versos, a quien sucedieron los de Partenio en esta forma:

Partenio 

Sopléis, Céfiro manso, en feliz hora,
cantéis dichosamente, ruiseñores,
sin rezelo d'escarcha vertáis flores,
bella madre del mundo, fértil Flora.

En buen punto lleguéis, rosada Aurora,
y a pesar de nublados turbadores
comunique con vos sus resplandores
el rey de luzes que las cumbres dora.

Fuentes mudas en risa desatadas,
verdes campos vestidos d'alegría,
y vos, honras y galas del verano, 

¡ay!, no seáis d'ardores maltratadas.
¡Ay!, no como lo es el alma mía
de las llamas d'amor, amor tirano.

Descubrió no pequeño artificio el florido y piadoso soneto de Partenio, cuya aplicación pareció tener novedad, y mientras se tratava de su disposición, se oyó la voz de Coriolano, que con bien formadas notas dezía:

Coriolano 

Persigue por montaña inacessible
valiente caçador tigre atrevida;(60) /114/
dobla su natural, huye corrida,
da muestras de vencida la invencible. 

Mas viendo que librarse no es possible,
feroz rebuelve a defender la vida,
y a su contrario mira enbravecida
con eriçado cerro y ceño orrible.

Tal yo, mientras su luz Fevo mantiene,
ninfa sigo tan bella y arrogante
qu'el Amor a sus pies rendido tiene. 

Huye siempre de mí, mas si un instante
forçosa causa acaso la detiene,
¡ay del qu'espera su crüel semblante! 

Pareció bien la semejança del soneto (61) y el modo de encarecer el rigor con que le tratava Matilda. Mas, valiéndose de la ocasión, dio principio Damón al suyo desta suerte:

Damón

"No partas y me dexes repetía
la tierna Venus al garçón esquivo.
¿Ves que por ti de mi deidad me privo
y turbas con ausencia mi alegría?

Estima, Adonis, la belleza mía,
que si a la tuya tan rendida vivo,
también pude vencer a Marte altivo,
también pude abatir su gallardía."

Huía, en tanto, el ioven, despreciando /115/
ruegos, quexas y amor d'aquel luzero,
con desdenes hurtándose a sus braços. 

Y apenas començó la caça quando
le mata un iavalí. Qu'es justo fuero
perezca quien no ama hecho pedaços.(62)

Escarmentado Damón de lo que en puntos amorosos le avía sucedido el día antes con Menandro, quiso dar a entender con este soneto quán mudado estava de opinión, pues no perdía de la memoria el infelice caso de Adonis, que por huir de los bellos braços de Venus dio en los feroces colmillos del iavalí, declarando ser digno de tal muerte quien niega vassallaje al común tirano de las gentes. Tras Damón prosiguió Arsindo, diziendo:

Arsindo 

La pompa y osadía del verano,(63)
blasón con que cobró nobleza el suelo
dando con su belleza embidia al cielo,
cortó el estío con ardiente mano. 

Los despojos del árbol más loçano,
que libre amenazó desprecio al yelo,
derribados dexó d'octubre el buelo,
de escarcha los cubrió deziembre cano. 

El soplo d'Euro,(64) altivo y arrogante, /116/
las altas cumbres yere, el mar eriza;
mas Céfiro tras él matizes vierte.

Si en forma tal el año se desliza
cobrando vario ser, vario semblante,
¿por qué no se podrá mudar mi suerte? 

Hallávase Arsindo con falta de ganado y sobra de calidad; consolávase con la mudança de las cosas, pareciéndole cessaría también algún día la ventisca de su necessidad. Faltava solamente Manilio y ya todos pendían de su boca, quando él, fixa la vista en Menandro, dixo:

-En vez del soneto que me toca dezir, permitiréis retrate un sueño o, más presto, visión, que la noche passada se offreció a mis cansados ojos, que entiendo no dexará de dar gusto a estos pastores por ser una de las cosas más nuevas que jamás se han oído.(65)

Conocían todos la condición alegre y gracioso fingir de Manilio y, aguardando desta prevención algún parto ridiculoso, otorgaron su petición, por lo que contentíssimo, con notable donaire, dixo:

-Cogiome la noche ayer buscando en el bosque una traviesa novilla que, viciosa, se avía apartado de la vacada. Bolví los pasos a cien partes de fresca pastura, reconociendo quantas espesuras tiene el monte, y todo en vano. Halleme fatigado y dévil y pareciome acertado restaurar, antes de bol- /117/ ver a casa, los descaecidos miembros con algún breve sueño. Combidava a ello el ruido de un arroyuelo que passava cerca de donde me avía parado y obligava el jugar de las ramas de quatro álamos casi juntos, a quien hería un apazible ventecillo. En fin, apenas me quedé dormido en aquel lugar quando se me puso delante una bellíssima ninfa, cuyo resplandor dava a entender ser verdadera deidad. Mirávala yo con notable assombro por ver en su frente un luminoso luzero y conocerme indigno de hallarme delante de tan celestial pintura; mas ella, que casi penetrava mis pensamientos, reconociendo turbado mi semblante, risueña, me infundía ánimo y, permitiendo assiesse una parte de su vestidura, me subía consigo en riquíssimo carro, que tirado de dos blancas palomas (66) usurpava su región a las nubes. Llegamos en un instante, a mi parecer, cerca de la esfera del Sol,(67) parando al último escalón de un trono formado de precioso diamante. Sobre él estava sentado pomposamente un garçón de aspecto cruelíssimo, mas en extremo hermoso. Tenía desnudas todas las partes del cuerpo. En su mano derecha se vía una llama ardiente y en la otra un arco dorado. De los lados le colgavan una aljava de saetas y una espada de dos agudos filos. Vestían alas sus pies, adornavan su /118/ cabeça rizos de oro. Estava ceñido de un exército de personas que de contino assistían en su presencia con mezcla de hombres viejos y moços y de mugeres de fresca y de madura edad. Acompañávanle reyes, tiranos, magistrados y señores, como si fueran siervos, y el emperador. Asían sus manos dos mugeres de antiquíssima edad, una extremamente blanca y otra negra por extremo, ambas de lisos rostros, de vista aguda y, al parecer, de condición desigual. No se apartavan de allí los páxaros que con libres alas vagan por los vientos, ocupados todos en su servicio. Toda la generación de los peces que rompen los campos del océano yazía sujeta a su imperio. El león, que se llama rey de las fieras, en compañía de todas estava obediente a sus leyes. «¡O soberana guía! -dixe buelto a quien era causa de que viesse tantas maravillas-, dame a entender, te ruego, quién es el poderoso niño que, siendo gozo desta esfera, muestra tener universal señorío sobre todo lo que estoy viendo, qué gente es ésta, qué cosas y prodigios tan sobrenaturales miro, qué nueva quietud es la que se professa en este reino, cómo no se mueven aquí páxaros ni peces. El león, que naturalmente se sustenta de carnes silvestres, siendo señor de las campañas, ¿cómo se halla aquí esclavo de un muchacho /119/ desnudo? ¿De qué le sirven las corvas uñas, los ojos fieros, las guedexas de cuello y pecho, la agudeza de los dientes y los bramidos horrendos? ¿Cómo mudan aquí costumbre los reyes, príncipes y tiranos? Y ¿cómo se cambia la sobervia en umildad? ¿No basta a este niño que fieras, peces, páxaros y hombres tengan temor de su fuego, sino que también quiera posseer todos los elementos?» La cortés que me acompañava, satisfaziendo a mi pregunta, començó a herir los labios de rubíes con esto: «Bien te podrá declarar esta enigma quien tuvo en sus entrañas a quien la causa. Yo soy la que nació en la húmeda jurisdición de Neptuno de aquella misteriosa espuma.(68) Éste es Amor, mi hijo, monarca de los vivientes. Tiene, como ves, alas, arco, fuego y armas, cosas que tienen en sí grande eficacia. Lleva las armas contra los hombres, el fuego contra las mugeres, alas para alcançar los páxaros, y va desnudo para que, cortando las ondas, no se le escapen los peces. Las dos mugeres que tiene a los lados son el Día y la Noche,(69) que de contino le están sirviendo. Yo, con ser su madre, le obedezco sin vivir essenta de sus órdenes, aviendo probado más de una vez su inmenso poder. Mandome fuesse donde dormías y te truxesse conmigo, para que en opor- /120/ tuna ocasión puedas relatar lo que vieres oy.» Diziendo esto me dexó en la mitad de las gradas del trono y, juntándose con las dos que tan provocadas fueron del juizio de la mançana,(70) ohí me dezía Amor: «Tienen tus selvas vn zagal fiel,(71) vivo trasunto mío, gloria de mi imperio, cifra de mis llamas, exemplo de firmeza y dechado de mis devotos siervos. Abrí en su tierno pecho, no a mucho, profundíssima herida con el instrumento de unos divinos ojos; padece por su causa no pocas ansias de que presto recogerá soberanos deleites, supuesto le tengo ya prevenido el premio y descanso que piden tantas amorosas fatigas. En tanto, gusto le mires ocupado en los sangrientos exercicios de Marte, mi vassallo, en la parte que viene a estar contrapuesta a la tuya.(72) Ay en ella una indómita gente, que muchas vezes con temerarios intentos han procurado hurtarse a las invictas armas que los sujetan. Temblaron los araucanos montes, que ésta es la belicosa provincia de quien trato, al estruendo de los instrumentos marciales, resonaron en las concavidades de sus peñas los gemidos de los despedaçados mortales, peleó la obstinación robusta contra el justo valor, crecieron las raudas de los ríos con las corrientes del sangriento umor y viose en varios y lastimosos aspectos triunfar la /121/ cruel que, como yo, a ninguno perdona. Acudieron a estos alborotos los nobles antecessores de Menandro,(73) mi caro súbdito y vuestro gallardo mayoral. Fueron, vieron y vencieron,(74) alcançando en diferentes batallas gloriosos trofeos, fixando el estandarte de Austria en los encumbrados cerros jamás domados y poniendo con heroica virtud las invencibles plantas sobre las essentas cervices. Bolvieron ricos de bárbaros despojos, dexando por el tiempo que allá residieron sosegados los tumultos. El furor es fuego y, como tal, es fuerça rebiente por ojos, narizes, bocas y manos. Levantaron, pues, estos arrogantes nuevas máquinas de motines y contrastes. Han sido en ellos, a vezes, vencidos y, a vezes, vitoriosos, mostrando, hasta en las adversas fortunas, vivamente su ira y coraje. Mas los cielos tienen reservadas para Menandro las finales y últimas vitorias destos sobervios. Y para que puedas llenar el mundo de sus glorias, he querido prevengan tus oídos sus venideras hazañas. Será Menandro lustre de su decendencia, admiración de siglos presentes y passados y, sobre todo, tan insigne en armas como glorioso en amores.» Assí dixo, mandando a Clío, una de las nueve hermanas(75) que eternizan los héroes, cantase alguna de las vitorias que, para renombre y eter- /122/ nidad de Menandro, estavan decretadas en los abismos. Obedeció la soberana donzella y con voz de perpetuo metal alborotó los cielos en esta forma:

Aquel sacro mancebo,(76)
a cuyo imperio nacen varios mundos,
el glorioso renuebo
de abuelos y de padres sin segundos,(77)
de cuya diestra invita
tiembla el flamenco, el otomano, el cita;(78)

aquél a quien estrecho
viene el inmenso globo de la tierra,
de cuyo heroico pecho
brota la dulce paz, l'ardiente guerra,
de quien libre sosiego
devoto espera el afligido griego;(79

aquél a quien la Parca
la gran ministra de su fuerça ofrece;
el ínclito monarca,
a quien no dexa el sol quando anochece,
de cuyo zelo pío
aguarda libertad el sacro río,(80)

viendo que de sus fueros
huyen los coraçones araucanos
y con intentos fieros /123/
remiten al esfuerço de sus manos
casi oprimir el orbe,
qual hondo mar que las corrientes sorbe, 

al sucesor valiente (81)
de claros y sin par antecessores,
que con valor prudente
domar supieron bárbaros furores,
la sujeción concede,
porque'el vencer, como el estado, herede. 

Recive el respetado
bastón con que sus glorias apercive,
y Tetis en su estado
las águilas marítimas recive,
de quien los anchos senos
se ven d'armados y pertrechos llenos. 

En su buelo las naves
vencen los más veloces pensamientos,
llevan sus gruesos traves,
aguas despedaçando, rezios vientos,
mostrándose oportuno
en sus campañas el feroz Neptuno.

Ya favorable puerto
en su albergue los huéspedes encierra,
ya con pompa y concierto
pisan, dexando el mar, la altiva tierra, /124/
reconociendo en partes
la prevención de los contrarios Martes.(82)

Descubren en un llano,
quando en poniente el sol su luz emplea,
al belicoso indiano
qu'amenazando en su poder campea,
imitando arrogante
al fulminado intrépido gigante.(83

Los desembueltos trajes,
donde el chino publica sus primores;
los vistosos plumajes,
a quien crecen beldad varios colores,
dan braveza al semblante,
como la sangre al líbico elefante. 

Ya(84) el bárbaro impaciente
en tanta dilación tormento halla,
ya reparte su gente,
ya, para dar efeto a la batalla,
furor y lança apresta
con horrenda deidad Palas funesta. 

Las picas enarbolan
los fuertes héroes, los estoques vibran,
las vanderas tremolan
y del temor los coraçones libran,
mostrando entero brío /125/
contra el furor y opuesto desvarío. 

Ya el esquadrón se mueve,
ya combatir el español dessea,
ya por el viento leve
el estandarte de su rey ondea,
ya batallan las caxas,
ya los bravos las picas tienen baxas. 

Ya el heroico Menandro
anima sus valientes españoles,
y qual nuevo Alexandro,
viendo que son de la milicia soles,
le incitan a qu'envista
del uno y otro polo la conquista. 

Ya batalla apellida
la gente al son del rayo belicoso,
ya la trompa combida,
ya el cavallo loçano y generoso(85)
dobla el rüido y trueno
con pies y manos, con relincho y freno. 

Ya dan diversas muertes
los que d'un vando y otro escaramuçan,
ya cierran, ya los fuertes
destroçan, parten, yenden, desmenuçan,
ya se ven hechos pieças
piernas y muslos, braços y cabeças. /126/

Ya por el campo quedan
petos, mallas y golas esparcidas,
ya las celadas ruedan,
ya las cuchillas miden, ya en las vidas
cometen varios robos,
entr'umos pardos acerados globos. 

Ya se retiran éstos,
ya los siguen aquéllos, ya rebuelven
y ya con pasos prestos
los qu'adelante fueron atrás buelven,
ya el quinto dios,(86) ufano,
junta montes de cuerpos en el llano.

Forman los no domados
roncos suspiros, lamentables vozes.
De cuerpos destroncados
ya libres los espíritus velozes
crecen el terco vando,
las negras aguas con Carón(87) sulcando.

Ya dexa el fuerte hibero
con castigo las almas atrevidas,
ya recoge el azero
cansado de cortar feroces vidas,
y ya con suma gloria
por sí canta Menandro la vitoria.

Vanderas enemigas /127/
en fe de su umildad offrece al cielo,
y entre esquadras amigas
triunfando da la buelta al patrio suelo,
llenos los hierros rojos
de bárbaros trofeos y despojos. 

Esto refirió Manilio con admiración de los oyentes y algún aplauso de Menandro por ver artificiosamente referidas algunas de las grandezas de sus antepasados y, quanto a la parte que le tocava en lo por venir, con generoso semblante prometía conseguir en diferentes partes del mundo mayores y más señalados hechos que avía cantado Clío, de cuyos acentos tuvieron a mucho se uviesse acordado puntualmente Manilio, si bien al referirlos conocieron estava lleno de furor celestial, siendo fuerça que para tal efeto uviesse el cielo comunicado a su pecho y lengua aliento y brío sobrenatural.(88)

Llegó en esto voz de cómo Rosela, rendida al combate de un contino acidente, avía entregado a la tierra la parte mortal y al cielo el hermoso espíritu, con tanto sentimiento de Danteo, cuyo coraçón, si bien se mostrava elado con el passado enojo, se hallava, con todo, desecho en la llama de su amor, que si algunos pastores no acudieran a estorvar su determinación, diera fin con muerte violenta(89) al fiero dolor que estava pa- /128/ deciendo. Causó esta nueva casi general tristeza en los pastores comarcanos por el singular agrado de que estava dotada la difunta Rosela y ver en quán tiernos años avía fenecido su estimada vida.

La noche dividió la junta de los que avían concurrido a visitar y entretener a Menandro, el qual apenas avía entrado en el jardín por divertirse del esquadrón de pensamientos tristes que le combatían, quando recivió una carta de su amada Amarilis, poderoso medio para rendirlos del todo y desterrarlos de sí, admitiendo en su lugar toda imaginación alegre. El consuelo más eficaz que Menandro tenía en tan larga y molesta prisión era la copia de discretas razones escritas por la que predominava en su alma. Assí, abriendo el papel y venerando la firma y letras del nombre adorado, vio que dezía:

Amarilis a Menandro

«Menandro, al paso que amor recive fuerça de las almas se va haziendo poderoso en sus efetos y desde pequeño crece hasta cobrar aspecto de altíssimo gigante, tan fuerte que nadie le puede vencer, antes no ay contrario a quien él no dexe vencido. Éste, pues, por tu causa reina en mi pecho, hallándose por el curso de tiempo y fuerça de incli- /129/ nación ya tan crecido y tan apoderado de mí que desprecia todo umano poder y toda injusta contradición. Tal seré siempre qual he sido hasta aquí, mostrándome fortíssima al tropel de contrarias persuasiones. Mi resistencia está fundada en razón, que, como desde el día que te vi te hize dueño de mi libertad, no puede disponer de sí quien no la tiene, assegurándote que para lo que es no ser tuya, aunque pudiesse no querría ni quiriendo podría determinarme. Antes las corrientes de los ríos, mudando costumbre, bolverán a las fuentes de donde nacieron(90) y antes se verán cesar los efetos de naturaleza que falte o cesse en mí aquella voluntad pura y honesta(91) que te tengo offrecida.»

Quedó de tales palabras con tanta alegría el constante Menandro que casi carecía de movimiento, porque muchas vezes un plazer excessivo engendra estorvo en los sentidos. Mas, al fin, sosegando el alborotado coraçón, que no cabía en las cortas márgenes del pecho, con amorosos encarecimientos ensalçava la fe y constancia de la sin igual Amarilis, sacando por remate un retrato suyo que por preciosa y cara prenda traía siempre consigo; y contemplando con inmenso gozo como al pie de lazos de oro encrespado descubría frente lisa y espaciosa, alegres ojos, bellíssimos luzeros vestidos de lar- /130/ gas pestañas y adornados de niveladas cejas bastantemente arqueadas, nariz en todo perfeta, mexillas de fresca leche mezclada en partes con vistosa púrpura, boca de milagrosa proporción, cuyos labios encendidos casi de embidia mostravan encubrir la cándida belleza de los dientes con extremo iguales, blanquíssima garganta bien formada y matizada a trechos con sutiles hilos de cárdeno color y, entre dos retratos del mismo Menandro, mano de no vista perfeción y blancura arrimada al relevado y firme pecho, con vestido cuyo color publicava alegre y cierta esperança.(92)

-¡O perfetíssimo traslado -dixo- de aquel serafín que, siendo cifra de peregrina hermosura, es exemplo de contrastada firmeza! ¿Qué resplandor tan suave y ardiente está derramando la serenidad de essos ojos? ¿Qué gravedad tan apazible descubre esse divino semblante? Si vos, aparente pintura, encendéis a quien os mira, ¿qué se podrá esperar del milagroso original vuestro? Oíd, pues, lugarteniente suyo, las razones que forma el alma por el instrumento de la lengua, admitid blandamente mis afectuosas ternezas y suplid la presencia de quien jamás me apartó con la imaginación.

Tras esto, puestos los ojos en una trença de cabellos que acompañava al retrato, començó a dezir: /131/

Menandro 

¡O vos, prendas preciosas,(93)
bellas hebras doradas
que despedís sagrados resplandores!
Vos que con luminosas
colores varïadas
los ojos varïáis en mil colores.
¡O rizos!, vos qu'ardores
brotáis, aunque cortados,
y si os tienen delante
os cambiáis al instante,
dexando a los que os miran deslumbrados.
Vos mi consuelo y día
seréis en esta ausencia y noche mía. 

En esta tenebrosa
noche os veréis bañados
con lágrimas ardientes de mis ojos
y por mi voz quexosa,
creciendo mis cuidados,
irán cobrando fuerças mis enojos.
Teniendo los despojos
e de ser el vencido,
y con sonoro canto
celebraré mi llanto,
no sea de la edad escurecido,
porqu'al fin vuestro fuego
mis lágrimas podrá consumir luego. /132/ 

Puesto el lazo amoroso
al miserable cuello,
me preciaré del nombre de cautivo.
¡O preso venturoso!,
pues qualquiera por ello
tiene embidia al tormento con que vivo,
y aunqu'es dolor exquivo,
por la mano que viene
el mundo le dessea
y no ay alma qu'os vea
que no diga: "Dichosa la que tiene
pena por tal respeto,
aunqu'el premio d'amor no tenga efeto." 

Hermoso autor del día,
cuya melena ardiente
de resplandor adorna tu semblante,
y los rayos qu'embía
su diadema luziente
prestan a cielo y tierra luz bastante.
Capitán arrogante,
tú que con rizos d'oro
ilustras nuestro suelo,
escóndete en el cielo,
a los orbes descubre tu tesoro,
que nosotros tenemos
tan claro resplandor como en ti vemos. 

¡O Tajo, ilustre río!, /133/
qu'estás en grutas hondas
sobr'arenas doradas(94) reclinado,
si atento al canto mío
del centro de tus ondas
oyeres mi dolor y mi cuydado;
si vieres añudado
con lazo d'oro fino
mi lastimado pecho,
no pienses que fue hecho
del puro de tu fondo cristalino,
que mal pensarse puede
si el mío al tuyo en calidad excede.(95

El día siguiente, saliendo Rosanio al campo quando la aurora a encaminar sus garçones con el ganado alcançó a Clórida, que iva con una zagaleja a señalarle puesto donde hasta la noche guardasse una esquadra de ánades. Saludáronse cortésmente y después de varios discursos se offreció tratar de Dinarda, de quien Rosanio era tío. Y desseando verla reduzida de aquella áspera obstinación en que vivía y ya sujeta a las leyes de Imeneo, por carecer de hijos y procurar verse rodeado de tiernos sobrinos para quien destinava su hazienda, començó a dezir a Clórida:

-¿Es possible que no te atreves a vencer el rigor dessa rapaza? ¿Que ha de poder su senzillez resistir tus discretas persuasiones? ¿Qué /134/ muger ay tan simple que, en saliendo casi de las mantillas, no aprenda el arte de contentar y parecer hermosa y de matar agradando? ¿Quién ignora quáles armas puedan herir y dar muerte y quáles resucitar y dar salud?

-Rosanio -respondió Clórida-, yo he pretendido muchas vezes con todas mis fuerças atraer essa exquiva a la opinión amorosa y anoche, en particular, gasté en vano en tal propósito gran copia de razones, y pienso de aquí adelante hazer semejante oficio con más gusto por intervenir tus ruegos, mas te prometo me atreviera antes a domar un novillo, oso o tigre, que una moçuela simple y boba que no advierte quán ardientes y agudas sean las armas de su belleza y cómo con descuido y risa mate a muchos sin entender que yere.

-Yo no sé -replicó Rosanio- cómo naturaleza, que enseña el canto y buelo a las aves, el nadar a los peces, el encuentro a los carneros y al pavón sobervio tender la pompa de sus plumas pintadas, no la enseña a ser amorosa.

-Por cierto, tienes razón -dixo Clórida-, aunque no sabría resolver si Dinarda sea tan boba como muestra en sus palabras y costumbres. Ayer vi una señal que me puso en mucha duda. Hallela camino de la gran villa, donde aquellos anchos prados tienen una isleta entre lagunas y la misma un charco lim- /135/ pio y transparente. Tenía, pues, sobre él pendiente el cuerpo de tal manera que mostrava recivir deleyte en mirarse, pidiendo consejo al agua cómo dispondría el cabello sobre la frente, sobre la crespa madexa el velo y junto al velo diversas flores que tenía en la falda. Tomava muchas vezes ya una rosa, ya un jazmín, y lo llegava al rostro purpúreo y al blanco cuello, cotejando las colores, y parecía luego que, casi ufana de la vitoria, se reía, como diziendo: «En fin, os venço yo, y aquí no os traigo por ornamento mío, sino por vergüença vuestra y sólo por mostrar la ventaja que os llevo.» Mas, en tanto que se adornava y componía, bolvió los ojos bien acaso y, viendo cómo yo la mirava, se alçó al momento y derramó de vergüença las flores, y quanto más me reía yo de verla, tanto más ella se encendía de mi risa, y, porque estava suelta la una parte del cabello y la otra recogida, bolvió dos o tres vezes a hurto los ojos a la fuente, su consejera, como por no ser entendida de mí. Mirose, al fin, descompuesta, mas, con todo, se satisfizo porque, aunque descompuesta, se vio muy hermosa. Yo, no obstante lo entendiese todo, callé por no darle entonces disgusto, aunque, como te referí, el mismo día al anochecer, sin apuntar nada de lo visto, la persuadí a que amasse, siendo de ningu- /136/ na consideración todas mis palabras. Y si fuesse verdad que sintiesse algún átomo de amor, no se puede negar encubrirle con raríssimo artificio. Oigo dezir a todos no ser antes las pastoras tan entendidas, ni yo tuve tal juventud. Al paso que el mundo se envejece, va creciendo su malicia.(96)

-Por ventura -dixo Rosanio-, entonces no usavan los ciudadanos ver tantas vezes el campo y las selvas ni tantas vezes nuestras zagalejas entrar en la villa. Ya se han mezclado linajes y costumbres y todo lo veo perturbado y pervertido. ¡O Clórida, cómo va feneciendo la pastoril pureza y quán diferente era alcançaron estas canas! Claros fueron estos contornos en otra edad y creo se retiró a sola esta comarca aquel Siglo de Oro tan celebrado.(97) Amávase castíssimamente en aquella sazón y aun te certifico es notable la historia de los amores que tuve entonces.

-Gustaré -dixo Clórida- grandemente oírla y assí te ruego por la dulce memoria de tus años juveniles me la quieras referir.

-Gentil conjuro buscaste -prosiguió Rosanio-. ¿A la memoria me traes la juventud? El passado bien es presente enojo,(98) porque quando se carece del contento convendría también perder la memoria de lo que pasó. Mas te quiero complazer en lo que pides. Por tanto, sabrás que, siendo yo zagalejo,(99) en forma que /137/ apenas con la tierna mano podía alcançar el fruto de las primeras ramas que tenían los árboles más pequeños, tuve pura amistad con una aldeana, la más amable y hermosa que jamás dio al viento hebras de oro.(100) Era su nombre Ardenia y era correspondiente al nombre el ardor con que abrasava las almas. Viví, pues, un tiempo tan unido con ésta que no se ha visto entre dos tortolillas más conforme fidelidad. Eran nuestros albergues muy juntos, pero más los coraçones, conformes las edades y mucho más conformes los pensamientos. Tendía muchas vezes con ella la red a los páxaros y a los peces, con ella seguía los ligeros pasos del ciervo, siendo la caça y el contento común. Mas en tanto que hazía presa de animales, fui yo mismo preso sin saber cómo. Nació poco a poco en mi pecho y no sé de qué raíz, como la yerva que por sí misma suele nacer, un no conocido afecto que movía mi desseo para ver siempre delante a mi querida compañera, gustando de sus ojos cierta dulçura que dexava al fin un no sé qué(101) de amargo. Mil vezes suspirava sin saber quál fuesse la ocasión de mis suspiros, de manera que primero que conociesse al amor fui amante. Al cabo lo vine a entender con notable modo.

»Estávamos un día los dos con Filis, cierta amiga suya, a la sombra de un ála- /138/ mo, quando una aveja, que ingeniosa andava cogiendo la miel por los prados, fue bolando y, a nuestros ojos atrevida, picó a Filis en la mexilla rosada, engañada por ventura con la semejança, entendiendo fuesse flor.(102) Començó impaciente a quexarse de la molesta picadura, mas Ardenia le dixo: «Calla, Filis mía, no te lamentes, que yo sé palabras con que te quitaré el dolor. Este secreto supe de la maga Alania, y le di en trueco mi baso de marfil ricamente engastado.» Tras esto, avezinó los labios de su boca a la mexilla lastimada y murmurando blandamente dixo no sé qué versos y, al momento, ¡o efeto maravilloso!, faltó el dolor en Filis, siendo causa o la fuerça y virtud de las palabras o, como presumo, la virtud de la boca que dava salud a lo que tocava. Yo, pues, que no desseava hasta aquel punto otra cosa que el agradable resplandor de sus ojos y dulçura de sus palabras, sentí entonces encenderme de nuevo desseo de arrimar mis labios a los suyos y, con mayor astucia y aviso que nunca avía tenido (mira quánto sutiliza el amor nuestro ingenio), se me offreció un engaño con que poder en breve llegar a conseguir mi intento, y fue que, fingiendo me avía picado otra aveja en el labio de abaxo, comencé a quexarme, de suerte que pedía el rostro la salud que la lengua no osa- /139/ va pedir. La simplicilla Ardenia, piadosa de mi mal, se offreció luego con el remedio a la herida engañosa, haziendo más crecida y mortal la verdadera quando llegó sus labios a los venturosos míos. No suelen coger las avejas tan dulce miel de qualquiera de las flores como yo cogí en aquel instante de sus frescas rosas, aunque el ardiente desseo que me incitava a humedecerlas quedó enfrenado del temor y de la vergüença, haziéndome más remiso y menos atrevido. Mas en tanto que decendía al coraçón aquella extrema dulçura mezclada de un secreto veneno, sentía tanto deleite que, fingiendo no avérseme passado del todo aquel dolor, hize de manera que ella, con sinceridad, repitió el ensalmo una y más vezes. De allí adelante, de tal suerte anduvo creciendo mi desseo y aumentándose mi impaciencia que, como ya no cupiessen en el pecho, por fuerça uvieron de salir, y un día que se sentavan en cerco muchas pastoras y zagales, haziendo un juego que cada uno por su orden dixesse un secreto al oído de su vezino,(103) yo, que lo era de Ardenia, le dixe: «Por ti me abraso y si no me remedias moriré.» Inclinó su rostro a estas palabras, dexándole al improviso teñido de púrpura, y, mostrando alteración, tuve por respuesta un silencio mudo, turbado y lleno de amenazas. Luego se /140/ quitó de allí y nunca quiso hablarme más ni más verme.

»Avía ya el segador cortado las espigas tres vezes y otras tantas despojado el invierno los bosques de sus ojas, y en su espacio intenté quantos medios se pueden imaginar para aplacarla, siendo todos vanos. Sólo me faltava morir y, assí, traté de ponerlo en execución delante de sus ojos,(104) que no pretendía yo mayor recompensa de mi muerte, porque, aunque la piedad fuera el devido premio a mi fe, no devía dessear cosa que le pudiesse dar molestia. Al fin, un día venturoso para mí, hallándola descuidada, la así fuertemente con la mano izquierda de una manga de su sayuelo, y con la priesa y turbación que requería su furia y alboroto le comencé a dezir estas palabras enbueltas en suspiros: «Oye, ingratíssima Ardenia, si no por piedad, por tu gusto, los últimos acentos de quien por tu causa quiere morir. Yo te adoro, tú me aborreces. Ya estoy puesto en el confín de la vida. Si mis palabras no merecieren tu crédito, no le podrás negar a las obras que verás. Este trance dirá lo que te quiero y quánto padezco por ti. Este golpe hará fe de tu rigor y de mi desesperada constancia.» Apenas dixe esto quando llegué y apreté al pecho un dardo que tenía mi mano derecha. Pasó la punta el vestido hasta la piel, dexándola teñida /141/ de mi sangre, y llegara más adentro el hierro penetrando sin duda hasta el coraçón, si la causa de aquel espectáculo no me detuviera el braço, estorvando que no me hiriesse más profundamente. Quedó desta determinación mía, aunque fingiendo ánimo, Ardenia casi sin sentido; mas cobrando vigor, con improvisa mudança me dixo: «¡O Rosanio! ¡O amante fiel, desfavorecido injustamente tanto tiempo! ¡O tú, que quiriendo morir me has dado vida! Vesme pronta para unir mientras viviere mi alma con la tuya. Viva conmigo quien por mí quería morir, enlaze nuestras almas y cuerpos estrecho nudo de Imeneo, no aparte exquivo rigor a quien junta amor suave.» Enmudeció mi lengua al encanto de tan regaladas razones y de contento casi me faltó el espíritu; mas Ardenia, sin más dilación, apretó la herida con su velo y quiso fuéssemos ambos a mi casa, donde aquel día se celebraron nuestras bodas con general aplauso y alegría de parientes y amigos. Tal fin tuvo mi largo padecer y tal la aspereza de quien le causava.

-Dichoso, por cierto -dixo Clórida-, mas no le merecía menos tu constante fe. ¿Es possible que si Dinarda oyera tan piadosa historia pudiera dexar de enternecerse? Mas advierte en quán poco estuvo hallarse a su relación. Vesla venir en compañía de Tarsia. Por /142/ tu vida que salgamos a su encuentro y, offreciéndose ocasión y aunque no se offrezca, tratemos de ablandarla, procurando adquiera título de esposa, pues la pretenden tantos y tan dignos pastores.

-Vamos -respondió Rosanio-, que te certifico es la cosa que más deseo en esta vida. En mil obligaciones me pone tu cuidado. Oxalá por tu industria se viese mi casa rica de successión, ya que me ha faltado la de mi querida compañera.

A esto se juntaron con las dos zagalas, y después de aver tratado varias cosas, vino a caer la conversación en lo que desseavan Clórida y Rosanio, que con destreza tratavan de convencer la natural rebeldía de Dinarda, la qual, no pudiendo ya sufrir la persuasión del tío y la de Clórida, dixo:

-Querría condecender con vuestros pareceres y no contradezir los discursos que hazéis. En fin, quiero amar. Sé que pretendéis esto y confío me concederéys elija amante a mi voluntad. La mía es de entregarme a Dios,(105) en Él pongo todo mi amor, para Él aúno y junto quanto puedo tener de apazible. Dios ama amado y no siendo amado; Él da ocasión y da causa de que le amen, siendo mérito y premio el averle amado. Este amor es suma virtud, ser amado déste es suma felicidad, y es quien nos amó primero que nosotros le amássemos y aún antes que nos /143/ amássemos a nosotros mismos y muy antes que fuéssemos, que si no nos uviera amado, no nos uviera criado. Si el amor se paga con otro amor, ¿a quién se ha de amar sino a Dios, que tanto nos ama, no por su interés, sino por el nuestro? Si la semejança engendra amor en las gentes, ¿a quién se ha de amar sino a Dios, a cuya imagen somos hechos? Si las dádivas obligan a amar, ¿a quién se ha de amar sino a Dios, que nos dio todo quanto tenemos? ¿A quién se ha de amar sino a quien da la virtud para amar? ¿Qué se ha de amar sino lo amable? ¿Qué es lo amable sino lo hermoso y bueno? ¿Quién es perfetamente hermoso y bueno sino Dios? ¿Qué se ha de amar sino el sumo amor? ¿De quién mejor que de Dios se puede enamorar el alma? ¿A quién se ha de dar el fruto sino a quien plantó el árbol? En suma, cumplidos son vuestros desseos: yo amo y amo al soberano Autor. Según esto, ya los dos no me tenéys qué dezir. Tarsia, prosigamos nuestro viaje y quedad vosotros con Dios, de quien soy amante.

Dicho esto, sin aguardar respuesta, se fue con la compañera hazia el común puesto de la fuente. Quedaron atónitos Rosanio y Clórida oyendo la profundidad de sus razones y viendo el suceso tan diferente de lo que avían entendido; que, quando uno determina acometer algún hecho y /144/ con resolución imagina la forma cómo lo ha de efetuar, si al tiempo de la execución le fallece el principio en que viene fundado, todo juizio y entendimiento, por reportado que sea, se confunde y ofusca. Tal les sucedió a los dos, viéndose atajados y convencidos de Dinarda, que, sin aguardar réplica, los dexó.

Llegaron, en esto, al sitio las dos amigas, hallando en él a Sileno y a Flori, a quien antes de su venida quería dezir cierta elegía compuesta a la muerte de un papagayo muy querido y muy llorado de la misma Flori. Deteníase Sileno con la venida de las pastoras, mas preguntando y sabiendo ellas lo que tratavan le rogaron quisiesse permitir participasen de los partos de su ingenio. Assí, tras corta resistencia, dixo:

Sileno (106

Perded el buelo y desechad la vida,
vos, qu'el aire habitáis, viendo el semblante
y oyendo el suspirar de mi querida.

Oy el fénix se abrase, el cisne cante
del modo que acostumbra en sus riberas
al punto que su fin tiene delante.

Las uñas, desde oy ministras fieras, /145/
vuestros blandos despojos arrancando,
exemplo den de que sentís de veras. 

Vn ave indiana id a buscar y quando
os veáis donde yaze, el caso fuerte
cantad su sepoltura acompañando. 

Mas, quando tristes lamentéis su suerte,
baxad la voz, no renovéys el llanto
del bello sol qu'es causa de mi muerte. 

Con vuestros picos apartad el manto
texido con ciprés, con mirto y flores,
rosa, iazmín, mosqueta y amaranto.(107)

Vn páxaro veréis con resplandores
de finas esmeraldas retocado,
tal que Fevo se rinde a sus colores. 

El oro por las plumas salteado
de cándido matiz está vestido
y de celoso azul(108) acompañado.

Con nueva gala el carmesí encendido,
admirable tusón, el cuello ciñe
por calidad y por belleza erguido.

Mas ya su esmalte de tristeza tiñe
quien al viviente de temor rodea, /146/
quien a perder el respirar constriñe.

¡Ay! ¿Qué hará mi Flori quando sea
llegada ya la noche tenebrosa
y sola y sin el páxaro se vea? 

¡Ay! ¿Qué si se levanta desseosa
de regalar al ave lisonjera
con el blanco marfil, mano amorosa? 

Echada menos ya la voz parlera,
de su pecho se alexe el dolor fiero
y los cielos permitan que no muera. 

Al milano soez, cuervo grosero,
que con estruendo ronco a mal combida
y offrece con su vista infausto aguero; 

al búo, a la corneja aborrecida,
que con molesto luto está presente,
concederá la Muerte larga vida.

Mas al ave que vino de Orïente,
a la que excede en lustre y en verdura
al lauro eterno, al oro más luziente, 

nos quiso arrebatar la Parca dura,
dexando un claro cielo escurecido
y eclipsada tan única hermosura. /147/ 

No turbes más, ¡o Flori!, mi sentido.
¡Ay, cesse tu lamento! ¡Ay, cesse el triste
llanto de tanta perla enrriquecido!

Murió d'amor el ave, tú la heriste,
su muerte publicó su sentimiento,
mas tú su pena en burlas reciviste,
como en burlas recives mi tormento.

Apenas dixo Sileno quando se descubrió Felicio, que venía derecho a la misma fuente. Dio Tarsia muestras de que le pesava, haziendo ademán de quererse ir, mas Dinarda la detuvo, advirtiendo la nota que daría tal novedad. Con esto se estuvo, dando tiempo a que llegasse Felicio, el qual, preguntado por Dinarda de dónde nacía la palidez que mostrava su rostro, formó en vez de respuesta un tierno suspiro; mas requerido de nuevo por la misma, pareciéndole convenía manifestar su ansia antes que el puesto estuviesse más ocupado, dixo:

-Dinarda, la causa de mi amarillez(109) y casi de mi cercana muerte está bien cerca de ti. Siéntome morir y no me pesa dello; sólo quisiera saber la ocasión que mueve a essa desdeñosa a serlo de mi muerte o, ya que gusta verme despojado de la vida, para que yo la desamparase satisfecho querría oyesse de mi boca el tormento que me causa su injusto des- /148/ dén.

-Por cierto -respondió Dinarda-, ésse es justo querer de amante y pequeño galardón de quien está, según dize, casi muerto. Razón es se ayude este desvalido. Tarsia, socorramos con piedad a este difunto, óyele por tu vida, pues dello no te puede venir daño.

-¿Tú -dixo Tarsia- eres la brava? ¿Tú la amante de celeste deidad? Gentil consejo me das. Entiendo que me burlas, por esso no me quiero enojar. Pastor, ¿por qué te cansas? ¿Qué pretendes de mí?

-No más -respondió Felicio- de que me escuches.

A esto, intercediendo Dinarda de nuevo, dixo Tarsia. 

-Por quedar yo libre de igual embaraço y tú de semejante cuidado, determino oírte. Di poco y no me trates más desto.

-Áspera circunstancia -dixo Felicio- es éssa, mas procuraré obedecerte. Digo, pues, que amándote yo quanto se puede amar, no me miran tus ojos ha quinze días, en cuyo tiempo no han visto los míos cosa alegre. En el último bayle te apreté una mano,(110) juzgolo tu rigor por grave culpa. No fue tan grande quanto la encareciste ni por esso con tanto exceso me devía castigar tu ira. ¡Ay, con quán diferente apremio lastimas tú mi alma! No fue dolor el que sentiste ni yo te pude offender, pues si un poco no más apretara tu mano, siendo como es de tierna leche, quedara al momento desecha; quanto más que, si la /149/ apreté, hize como quien se ahoga, que pudiendo arrimarse a alguna cosa, la tiene fuertemente asida hasta escapar del peligro. Tal yo, temeroso de perderme en el mar de mis lágrimas, valime de aquel alabastro en quien avía puesto la esperança de mi vida.

Sobrevinieron en esto Clarisio, Cintio, Meliseo, Olimpio y Coriolano, acompañando a Elisa, Matilda, Antandra, Elpina, Amaranta y Armila. Y assí quedó interrumpido el proseguir de Felicio, mas tuvo dicha en que Dinarda, antes que del todo llegassen los pastores, dexó casi aplacada del enojo a Tarsia, con que Felicio bolvió al estado primero de sus amores.