Silvestre Vilaplana, Les cendres del cavaller, Alzira, Bromera, 2004 (Premi Novel·la Ciutat d’Alzira); trad. castellana, El último caballero, Maeva, 2005

 

Emilio Sales Dasí

 

            En los últimos años resulta indiscutible el prestigio y la popularidad que ha alcanzado la novela histórica. Tanto a nivel nacional como internacional parece existir una predilección por resucitar episodios del pasado, preferentemente medievales, que, envueltos en un halo de misterio o traspasados por un enigmático simbolismo, atraen al lector actual. Eso sí, mientras algunos títulos alcanzan un inusitado número de ventas y son catalogados bajo la etiqueta de best seller, otros relatos no lograr ir más allá de una reconstrucción arqueológica o sensacionalista. No es éste el caso de la “biografía novelada” de Joanot Martorell que Silvestre Vilaplana bautiza con el título de El último caballero. Más allá del valor documental del libro (para el que el autor contaba con los referentes muy válidos como el estudio de J. Villalmanzo y J. J. Chiner, La pluma y la espada, y el del mismo J. J. Chiner, El viure novel·lesc), el escritor alcoyano consigue enlazar un discurso ficcional que rebasa la imagen pintoresca que muchos hace sólo unas décadas nos habíamos creado de Martorell a partir de sus Lletres de batalla,  para trasladarnos a un universo donde, a pesar de los asuntos inventados, se respira a cada paso el hálito de una época, el siglo xv valenciano, vivida con suma intensidad.

            Claro que, al empezar la lectura de El último caballero, alguien puede llegar a preguntarse maliciosamente cómo el propio escritor gandiense, ¿o tal vez, valenciano?, dejó inacabado su Tirant lo Blanch y, sin embargo, tuvo tiempo para recrearse en una confesión biográfica tan completa dirigida a Martí Joan de Galba. ¿Realmente necesitaba el Joanot Martorell real e histórico justificar su experiencia personal? De no ser así, la elección de esta perspectiva narrativa concreta le confiere al relato una apariencia de proximidad que estrecha el contacto con el lector. Por momentos, detrás de cada una de las aventuras y desventuras de Martorell sentimos el pulso que alienta en la trayectoria literaria del caballero Tirant y la biografía novelesca se transforma en atrevida recreación de los afanes, quimeras y desvelos de ese caballero que encontró en la corte de Constantinopla el horizonte más atractivo para sus expectativas militares y amorosas. En ocasiones, los paralelismos entre la vida de Martorell y aquella de su vástago imaginario llegan a cobrar un aspecto de remedo intencionado. Aun así, la presencia destacada de personajes como Varoic, la importancia de la atmósfera sexual o la obsesión por subrayar el influjo de esa inclemente fortuna que marcará tanto el destino del personaje histórico como el de caballero ficcional, son sólo aspectos que moldean una textura sutil en la que la literatura se entremezcla con la realidad más inmediata de la Valencia del cuatrocientos. Poco importan entonces las posibles similitudes entre la biografía novelada martorelliana y las vicisitudes de un caballero inventado, porque en ambos casos se ha logrado perfilar un retrato tremendamente vivo de un tiempo donde los sueños del heroísmo se hallaban en peligro de extinción. Sin duda alguna, este último aspecto es uno de los que Vilaplana consigue apresar con singular maestría, captando ese espíritu de cambio que experimenta la sociedad valenciana, y más concretamente la nobleza, en unos años en que la Corona de Aragón vive sus momentos de luz, pero también de tremenda oscuridad.

Desde que el joven Martorell se embarca con su padre para batallar a las órdenes del rey Alfonso en tierras italianas hasta que el propio escritor se ve imposibilitado para conservar la herencia familiar que le ha dejado en testamento su padre, los infortunios del gandiense se imbrican en un recorrido histórico que explica y condiciona su destino personal, pero también el de su propio estamento. Durante este viaje accederán al relato una serie de figuras históricas, desde el propio Alfonso el Magnánimo, pasando por su esposa o el príncipe Carlos de Viana, y otros personajes del mundo de las letras como Ausiàs March o Joan Roís de Corella, que de modos diversos interfieren en la experiencia vital o artística de Martorell y por oposición a los cuales cobran forma múltiples tonos que fluctúan desde la esperanza a la desilusión.

Determinado, y a veces asfixiado, por el peso y el deber familiar que ha recaído sobre él, el Martorell que se lamenta de los infortunios en que se ven envueltos los suyos y que originan la merma de la herencia de sus antepasados hace confesión de sus actos a Martí de Galba transido de una profunda melancolía. Un sentimiento que surge cuando los monarcas no agradecen los servicios prestados antaño, cuando la hacienda queda en manos de unos ricos comerciantes, los Íxer, cuando el sueño del heroísmo se ve cuestionado por las conductas egoístas, mientras la amenaza turca se extiende por un mar Mediterráneo donde el papel de los caballeros catalanes se enfrenta con demasiados obstáculos imposibles de superar. Efectivamente, el Martorell de Vilaplana nos ofrece un retrato de su época donde el lector todavía puede reconocer las aspiraciones de los caballeros de carne y hueso, bastante más humanos que los héroes del celuloide, sin que ello repercuta en un menor apasionamiento. Porque tampoco este sentimiento encendido se echa en falta en las páginas de El último caballero. A través de la autobiografía del viejo y cansado narrador en que se ha convertido Martorell compartimos su tristeza ante la imposibilidad de consumar plenamente sus amores con una hermosa dama inglesa, lady Elisabeth, a la que acompaña incluso en su lecho de muerte. Aunque no resulta tan grandilocuente, también la relación de Martorell con su madre despierta la ternura de los sentimientos correspondidos. Relaciones filiales y amorosas siempre intensas que fecundan la vida del personaje de unos momentos de satisfacción y alternan con episodios más grises donde tiene que afrontar las trabas políticas, los litigios legales o la cárcel,  impulsándole a la búsqueda de soluciones inesperadas que dan pie al nacimiento de una “leyenda negra” sobre su persona. Búsqueda la suya, no obstante, que no olvida la importancia fundamental de un código ideológico, el del honor, que actúa como distintivo personal y de clase.

Frente a la novela histórica perfilada por una intriga detectivesca o resuelta como un itinerario donde hay que resolver sucesivos enigmas, el relato de Vilaplana opta por un esquema más clásico. Reconstruye en primera persona la vida del autor del Tirant lo Blanch. Al final de la novela nos sentimos agradecidos por el gesto magnánimo de Martí de Galba al no ocultar los legajos manuscritos que supuestamente le facilitó un triste caballero e improvisado escritor en el ocaso de sus días. Gracias a él poseemos una interpretación interesante de las claves ideológicas que contribuyeron a diseñar la peripecia literaria del caballero Tirant, las mismas claves que hicieron también de Joanot Martorell un personaje de novela, con una existencia plena capaz de atraer a los lectores que buscan en la ficción aventuras intensas, no por el camino de los oropeles efectistas y las maravillas simbólicas, sino por la senda de la experiencia humana, viva e intransferible con la que todos podemos identificarnos. Si el Tirant lo Blanch despertó los juicios elogiosos de un ávido lector de libros caballerescos que era don Quijote de la Mancha, seguro que la ficticia confesión del Martorell de Vilaplana puede merecer nuestras simpatías. Su memoria retrospectiva, plasmada en un estilo ágil que nada tiene que ver con los usos retóricos del pasado, recupera en un tono melancólico, entreverado de una silenciosa modestia (“mi alma ahora vibra con las pequeñeces”, confiesa el narrador) y en ocasiones de lirismo, el sueño de todos aquellos caballeros que se sentían arrastrados por el poder omnímodo de los nuevos tiempos y vieron malograda su intención de regresar a esa mítica Edad de Oro que se iba esfumando de su mundo, al menos para que fuera posible cumplir con un legado, el de sus ancestros, al que se debía corresponder con honor y apasionamiento.