1.- Este romance, recogido en el llamado Cancionero de 1550, recrea el tema de las quejas de doña Jimena, tema que aparece tratado también en otros tres romances viejos: Cada día que amanece (publicado en el Cancionero de romances s.a. de Martín Nucio), En Burgos está el buen rey (incluido por Timoneda en su Rosa española) y Rey que non fase justiçia (recogido en el Ms. II-1520 de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, ms. de principios del siglo XVI que contiene la llamada Celestina de Palacio). El tema ha pervivido en la tradición oral moderna. (Para las distintas versiones del mismo en la tradición oral de Marruecos pueden verse Bénichou [1968b, págs.32-34] y Armistead y Silverman [1977, págs.29-32]. Estos últimos incluyen un texto facticio elaborado a partir de las distintas versiones modernas conocidas). Día era de los reyes presenta la recreación antigua del tema más acabada. Por esto, y porque es el romance recogido en la mayoría de las antologías recientes (Díaz Roig [1984, págs. 136-137], Débax [1982, págs.195-198], Di Stefano [1993, págs.344-347 -incluye también Rey que non fase justiçia], Díaz-Mas [1994, págs.94-96 y 422]), lo tomo aquí como paradigma. Hay una edición sinóptica de distintos romances sobre las quejas de Jimena en Montaner Frutos [1992, págs.491-494].

2.-. Este romance tuvo un amplio y dilatado (se siguó editando hasta bien entrado el siglo XVIII)éxito editorial. Cito por la versión del Cancionero de romances s.a., que es la ofrecida por Débax [1982, págs.192-195], Di Stefano [1993, págs.347-350] y Díaz-Mas [1994, págs.97-99 y 422]. Algunos de sus versos han pervivido en la tradición oral moderna, incluidos en otros romances del Cid (sobre este particular pueden verse Mariscal de Rhett [1989] y, sobre todo, Bénichou [1968a]).

3.-. LLamo MR al poema épico de la segunda mitad del siglo XIV tal y como ha llegado hasta nosotros.

4.- A pesar de la opinión de Díaz-Mas [1994, pág.94], para quien los dos romances derivan directamente de las MR, la mayoría de estudiosos consideran que éstos proceden bien de la perdida *Gesta de las mocedades de Rodrigo (*Gesta), bien de un «texto intermedio» entre ésta y las MR. Así, por ejemplo, Menéndez Pidal [1953, pág.220] afirma que «ambos romances derivan (...) de una versión del Rodrigo distinta de la conservada y distinta de la prosificada en la Crónica de 1344 y en la Particular del Cid (...). La versión conservada, aunque no es fuente de los romances, sino colateral de ellos, pues anda fuera de la línea directa de la tradición, contiene (...) muchos versos tradicionales». De parecida opinión es Deyermond [1969, pág.15], para quien la fuente de los romances es «a lost version of the epic, later than that prosified in the CrC [Crónica de Castilla] and Cr1344 [Crónica de 1344], but earlier than the extant MR». Sostienen una postura similar McMullan [1979], Victorio [1982 -con matices, pues considera que MR y los romances derivan directamente de la *Gesta]; Carlos y Manuel Alvar [1991, págs 102-103 -Carlos Alvar opina que del/de los texto(s) intermedio(s) derivarían también las prosificaciones cronísticas]; y Montaner Frutos [1988 y 1992]. Se aparta de esta postura Montgomery [1984], que defiende: a)la poligénesis de MR a partir de textos de índole diversa y de muy distintas épocas (lo que explicaría la heterogeneidad del poema épico en el estado en que ha llegado hasta nosotros); b)la compleja y diversa índole de la relación entre MR, romances sobre la juventud del Cid y crónicas, que imposibilita el establecimiento de una sola trayectoria y de un único texto original en la transmisión literaria de las mocedades de Rodrigo; y c)la dependencia mutua entre romances y MR, en un constante ir y venir de fragmentos desgajados de la gesta, reelaborados y vueltos a insertar en ella o transmitidos de forma independiente.

Resumiendo (generalizando y simplificando, pues) la postura mayoritaria sobre el particular, la transmisión literaria de las mocedades del Cid se podría plasmar en el siguiente esquema:

>

1.*Gesta (formada ya en la última década del siglo XIII o en la primera del siglo XIV, aunque algunos autores (Armistead [1978, págs.318-319 y 324-325] y Victorio [1982, pág.XVII]) consideran que el material recogido en la Primera Crónica General implica la existencia de una versión primitiva de la gesta que estaría ya en circulación hacia 1250-1260), de la que derivarían por separado:

1.1. Crónica de Castilla y Crónica de 1344; y

1.2. Texto(s) intermedio(s) perdido(s), de los que surgirían como ramas independientes:

1.2.1. MR (h.1360)

1.2.2. Romances; y

1.2.3. Las versiones de Lope García de Salazar (Libro de bienandanzas y fortunas -h.1471) y de la ampliación anónima del Compendio historial de Diego Rodríguez de Almela (1504-1516)

Para una descripción más detallada y matizada de la tradición literaria de la juventud del Cid en la Edad Media puede verse Armistead [1978], con una exhaustiva, aunque abierta y marcadamente neotradicionalista, aproximación al tema, y Clavero [1994, págs. 135-140]. Armistead propone una transmisión más sutil y detallada que la aquí expuesta.

Por otra parte, los romances épicos plantean el mismo problema que aquellos que relatan un suceso histórico. En nuestro caso, como se ve, los poemas parecen proceder de un texto épico y no de versiones cronísticas, a pesar de que, según señala Clavero [1994, págs.357 -364], no sea fácil determinar si, en su conjunto, los romances sobre las mocedades de Rodrigo se sirven como base de un relato en verso o en prosa, y a pesar de que tampoco sea posible desdeñar la importancia de la tradición contenida en los manuscritos cronísticos a la hora de estudiar los romances épicos. El éxito y la razón de ser a lo largo del tiempo de los romances cidianos podrían deberse, de un lado, al atractivo que ejercía la figura del Cid y, de otro, a la reelaboración y adaptación que de ella se hace en los romances «hasta producirse (...) el hecho (...) de que un héroe medieval puede ser héroe visible de todas las épocas» (Maldonado [1966, pág.10]).

5.- De la ed. de Carlos Alvar y Manuel Alvar [1991]. Cito siempre por esta edición.

6.- Hay también un parecido notable entre MR, v.379 («datme a Rodrigo por marido, aquel que mató a mi padre») y la verbalización de la petición de Jimena en Rey que non fase justiçia (v.11): «Diésesmelo por marido, aquel que mató a mi padre». La versión de Día era... se aparta más del modelo épico: «al Cid que mató a mi padre dámelo tú por igual» (v.24). Esto podría hacernos pensar bien que Cabalga... y Día era... proceden de ramas distintas de una misma tradición, bien que ambos derivan de una misma rama que mantendría, en el plano formal, más puntos de contacto con MR en el relato del encuentro entre Rodrigo y el rey que en el de las quejas de Jimena.

7.- Pueden verse Menéndez Pidal [1953, págs.219-220]; Victorio [1982, págs. XXXIII-XXXIX]; Montaner Frutos [1992, esp. pág.490, en la que edita el fragmento de la CrC correspondiente a las quejas de Jimena] y Clavero [1994, págs.185-186].

8.- Menéndez Pidal [1953, pág.220] cree que la separación de ambos romances se debe al «gusto fragmentarista del siglo XVI». A las razones estilísticas y de transmisión de los textos, algunos han añadido otras de índole histórico-social para explicar el carácter fragmentario del género romancístico. Así, según Rodríguez Puértolas [1992, pág.56], «la forma truncada de tantos romances, su fragmentación (...) corresponde a una cosmovisión»: la procedente de la descomposición del feudalismo y de la crisis de valores religiosos, políticos y sociales que acarreó. El individuo, según esta teoría, habría dejado de sentirse seguro como parte integrante de un orden social y cósmico, y ello habría dado paso al surgimiento de un sentimiento de inseguridad, soledad e incomunicación que tendría su correlato en el plano formal de la creación literaria. El romancero se convierte así en «la historia de una frustración. La del ser humano en un momento de crisis religiosa, política y social, histórica» (ibidem, pág.61).

9.- Montgomery [1984] opina que los episodios que nos ocupan tienen un muy remoto origen mítico en un rito de iniciación para el joven guerrero practicado en las primitivas sociedades indoeuropeas. Tal rito aparecería ya en un relato legendario sobre el dios Indra en las Vedas hindúes, y posteriormente sería recogido por Tito Livio en la leyenda de los tres Horacios y en un fragmento de una saga medieval irlandesa sobre las mocedades de Cú Chulainn. Este origen mítico, apenas perceptible en los romances en casos como el que acabamos de citar, sí que sería aún bastante evidente, según Montgomery, en MR.

10.- Estos rasgos extremos tradicionalmente atribuidos al héroe de las MR han sido matizados por diversos autores, como Victorio [1982, págs. XIV-XV] o, más recientemente, Serrano Asenjo [1996]. Este último rechaza convincentemente la imagen de un Rodrigo insensato, insolente y diametralmente opuesto al Cid maduro, a la luz de la transformación experimentada por el personaje a lo largo de las MR, que le llevará de negarse a rendir vasallaje a Fernando I a convertirse de hecho en su mejor vasallo. Estamos de acuerdo con la opinión de Serrano Asenjo. Sin embargo, los textos épicos y romancísticos que nos ocupan aquí corresponden a una primera etapa en la evolución del personaje, caracterizada sin duda por una radical insumisión a la autoridad real.

11.- Algunos estudiosos explican estos rasgos del héroe por el carácter de épica decadente de MR (así Deyermond [1969, págs.21-22 y passim], quien, sin embargo, añade los gustos personales del autor, el hecho de que Rodrigo sea joven y la necesidad de sorprender al receptor como otros factores que contribuyen a producir el cambio en el comportamiento literario de Rodrigo, sin desetimar tampoco la influencia del contexto histórico en esta transformación). Otros (Montaner Frutos [1992], por ejemplo) prefieren acudir a explicaciones de tipo histórico-social, y niegan que MR sea una muestra de la decadencia de la épica.

12.- No obstante, MR también presenta a un Rodrigo con un comportamiento desmesurado en el plano sexual, por ejemplo cuando, en el v.992, propone al rey que afrente a Francia deshonrando a la hija del conde de Saboya.

13.- Clavero [1994, pág.153]; ver también de Chasca [1972, págs.22-23] y Martin [1978].

14.- Ver Bénichou [1968a] y Mariscal de Rhett [1989]. Bénichou, que rastrea en el romancero viejo las diversas fuentes del romance de la tradición oral moderna, pone de relieve cómo esos versos se encuentran también en En Santa Gadea de Burgos (vv.26-27). Para él, aunque no se puede saber de dónde los ha tomado la tradición oral moderna, «que esos dos versos pertenezcan primitivamente a Cabalga Diego Laínez lo demuestra tanto su presencia en la Crónica Rimada como su relación lógica con todo el pasaje, cuyo tema es precisamente la repugnancia de Rodrigo a besar la mano del rey como acaba de hacerlo su padre. En cambio, en el romance de la Jura (...) la presencia de esos versos se justifica mediocremente (...). En el Destiero del Cid marroquí aparece [el dístico] todavía menos necesario que en la Jura (...). Desligados de toda conexión textual, esos dos versos no tienen lugar fijo en el romance (...). De las seis versiones que conozco, cuatro los tienen [los versos], pero cada una en un sitio» (Bénichou [1968a, págs.25-27]).

Por su parte, Mariscal de Rhett [1989] considera que la supervivencia en la tradición oral moderna de romances como el Destierro del Cid sólo se explica porque la exaltación del individualismo de Rodrigo permite que la composición se acomode a un nuevo sistema de valores que hace hincapié en el esfuerzo personal del hombre que se vale por sí mismo como camino para alcanzar una posición de superioridad frente a los que detentan el poder y la riqueza heredada.

15.- Castro (García Lorenzo [1984, págs.24-26]) construye su obra sobre más de una docena de romances del ciclo cidiano, incluso incluye algunos en su «comedia», como veremos en el caso de Día era... Sin embargo, no toma en absoluto en consideración Cabalga... El héroe rebelde de este romance (y también de las MR) es sustituido por otro que acata por encima de todo las voluntades de su padre y del rey. Así, por ejemplo, deja que Diego Laínez le muerda un dedo (para probar su valentía) sin apenas rechistar (vv.462-471). Y no sólo no se niega a besarle la mano al rey, sino que lo hace repetidas veces en la obra y no se cansa de decir, en público y en privado, cosas como «¡Besaré lo que ha pisado/quien tanta merced me ha hecho [el rey]»(vv.30-31); «En mi tendrá vuestra Alteza/para todo un fiel vasallo» (vv.120-121); o «Tu mano [del Rey]/honre al que a tus pies se humilla»(vv.2461-2462). Para Rodiek [1995, págs. 130 y ss.] es evidente que esta transformación en el carácter del héroe viene determinada por los cambios históricos. La monarquía autoritaria del siglo XVII no habría permitido que se paseara sobre las tablas un vasallo como el Rodrigo del romancero. Lo mismo se puede decir en el caso de la obra de Corneille (pueden verse Rodiek [1995, págs. 183 y ss.] y Seguela [1986]).

16.- Menéndez Pidal [1953, II, pág.74] califica esta contaminación de «muy impertinente», aunque «muy propia de la tradición oral». No parece, sin embargo, tan impertinente.

17.- Para MR y Día era... pueden verse Paludan [1926], Bénichou [1953], Montgomery [1984], Montaner [1992], Clavero [1994] y Rodiek [1995, págs.79-94 -sólo para MR]. Para el tratamiento de este tema en la tradición oral moderna: Bénichou [1968b] y Armistead y Silverman [1977]. Para la revisión que del tema hacen Guillén de Castro y Corneille: Bénichou [1953] y Rodiek [1995]; McMullan [1979] y García Lorenzo [1984] (Guillén de Castro); y Seguela [1986] (Corneille).

18.- Cito por la edición del pasaje de la CrC en Montaner [1992, pág.490].

19.- Los antecedentes y consecuentes literarios de este motivo, así como su posible relación con la realidad histórica, han sido estudiados por diversos críticos. Paludan [1926] cita una canción popular danesa en la que aparece el motivo (La hija de Torben) y, aunque no encuentra un fundamento jurídico que explique el caso de Jimena en las antiguas leyes españolas, sí señala un uso judiciario del derecho consuetudinario de distintos países según el cual un condenado a muerte podía conseguir su libertad a petición de una joven que aceptara tomarlo por marido (Jimena hará su propuesta cuando el rey está a punto de (verse obligado a) impartir justicia). Los dos temas (casamiento con el asesino del padre y salvación del condenado a muerte mediante la petición de matrimonio) aparecen en la canción popular piamontesa La Brunetta. Por otro lado, Paludan señala situaciones análogas a la de las MR y Día era... en obras posteriores (Afectos de odio y amor, de Calderón; Ricardo III, de Shakespeare) y también en Le chevalier au lion, de Chrétien de Troyes. Bénichou [1953, págs.322 y ss.], que niega cualquier relación del motivo del casamiento con el asesino del padre con ninguna costumbre o norma jurídica real, señala el parecido entre el episodio que nos ocupa y el de la liberación de Fernán González por doña Sancha en la leyenda del conde castellano. Montaner [1992] ve también paralelismos con Li contes del Graal y el Yvain, de Chrétien de Troyes y con el Tractado de amores de Arnalte y Lucenda, de Diego de San Pedro. Dolores Clavero [1994, págs. 166-167], tras señalar concomitancias (ya apuntadas por Paludan) con la leyenda de Judas o la «chanson» Depart des enfants Aimeri, aporta una nueva referencia literaria: la leyenda del nacimiento de Hércules, que, para esta autora, influye en la creación de Día era..., lo que supondría una ingerencia cronística culta en la reelaboración del material épico en este romance (ibidem, págs. 360-362). Por supuesto, el motivo se mantuvo, aunque en continuo proceso de modificación, en obras posteriores sobre el Cid (Rodiek [1995]). Entre ellas, Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, que depende directamente de los romances, y El Cid, de Corneille, que desciende indirectamente de ellos a través de la «comedia» del dramaturgo valenciano.

20.- Ed. de García Lorenzo [1984], vv.1973-2012. Guillén de Castro (y, tras él, Corneille) introduce en su comedia los temas típicos del teatro barroco del amor y de la honra, lo que le permite escenificar el conflicto entre deber/ámbito de lo público y deseo /ámbito de lo privado: Jimena y Rodrigo están enamorados antes de que éste se vea obligado a matar al Conde Lozano para lavar con sangre una afrenta a la honra. A partir de aquí es Jimena la que se debatirá entre el deber (vengar la muerte de su padre) y el deseo (amor por Rodrigo). Bénichou [1953, págs.329 y ss. y 335] hace ver cómo esta solución típicamente barroca respeta lo esencial de la tradición, que es a la vez lo más irracional y lo que la hace más atractiva (el matrimonio con el asesino del padre), a la vez que supone un desarrollo lógico de la leyenda, sólo en embrión en los romances, que, si bien alivia la conciencia (el amor justifica que Jimena se case con el asesino de su padre), en el fondo degrada moralmente al personaje femenino, pues éste quebrantará la ley moral no ya por su situación de desamparo o por razones políticas (como, según se ha visto, ocurre en crónicas, romances y MR), sino para satisfacer su pasión amorosa.

El dramaturgo valenciano pone en boca de su protagonista femenina, glosándola (los vv.1977-1984 son una clara reelaboración barroca culta), la parte de Día era... que recoge las quejas de Jimena y su petición de justicia:

Cada día que amanece,
veo quien mató a mi padre,
cavallero en un cavallo,
y en su mano un gavilán.
A mi casa de plazer,
donde alivio mi pesar,
curioso, libre y ligero,
mira, escucha, viene y va,
y por hazerme despecho
dispara a mi palomar
flechas, que a los vientos tira,
y en el corazón me dan;
mátame mis palomicas,
criadas y por criar;
la sangre que sale de ellas
me ha salpicado el brial.
Embiéselo a dezir,
embióme a amenazar
con que ha de dexar sin vida
cuerpo que sin alma está.
Rey que no haze justicia
no devría de reynar,
ni pasear en cavallo,
ni con la Reyna folgar. (Las mocedades del Cid, vv.1973-1996)

Esta inclusión del romance (un tanto «acortesado») en la obra provoca serios desajustes, si se ha de interpretar literalmente. En primer lugar, Rodrigo no puede entrar cada día en casa de Jimena porque está desterrado (vv.1785-1790). En segundo lugar, la advertencia al rey de que no debería «con la Reyna folgar» si no imparte justicia no se sostiene literalmente, puesto que la reina ha muerto (vv.1827-1829). De ahí que Diego Laínez explique estas palabras de Jimena como un sueño: «que lo que agora dixiste/sospecho que lo soñáys (...)./Lo havréis soñado esta noche/y se os figura verdad»(vv.2001-2002 y 2005-2006). Jimena mantiene en público la veracidad de sus quejas, pero en un aparte (v.2014) confiesa al espectador que todo es simulado.

21.- No sería la primera vez, ni la última, en la tradición literaria de las mocedades del Cid que el personaje de Jimena no dice (toda) la verdad. Como hace notar Serrano Asenjo [1996, pág.166], en MR las acusaciones de Jimena ante el rey son sólo verdades a medias: es cierto que Rodrigo mató a don Gómez de Gormaz, pero fue en justa lid; y es cierto que el joven héroe ordenó encarcelar a los hermanos de Jimena, pero también lo es que posteriormente pidió a Diego Laínez que los liberara. Por otro lado, Bénichou [1953, pág.331, n.36] y, matizando la opinión de este último, McMullan [1979, pág.142, n.18] han señalado cómo en Las mocedades del Cid las acusaciones de la protagonista femenina también resultan falsas, por más que puedan ser «the result of a fantasy which, for the girl herself, has a very real significance» (McMullan [1979, pág.142, n.18]).