4.- A pesar de la opinión de Díaz-Mas [1994, pág.94], para quien los
dos romances derivan directamente de las MR, la mayoría de estudiosos
consideran que éstos proceden bien de la perdida *Gesta de las mocedades
de Rodrigo (*Gesta), bien de un «texto intermedio» entre
ésta y las MR. Así, por ejemplo, Menéndez Pidal
[1953, pág.220] afirma que «ambos romances derivan (...) de una
versión del Rodrigo distinta de la conservada y distinta de la
prosificada en la
Crónica de 1344 y en la Particular del Cid
(...). La versión conservada, aunque no es fuente de los romances, sino colateral de
ellos, pues anda fuera de la línea directa de la tradición, contiene
(...) muchos versos tradicionales». De parecida opinión es
Deyermond [1969, pág.15], para quien la fuente de los romances es
«a lost version of the epic, later than that prosified in the CrC
[Crónica de Castilla] and Cr1344 [Crónica de 1344], but earlier
than the extant MR». Sostienen una postura similar McMullan [1979],
Victorio [1982 -con matices, pues considera que MR y los romances derivan
directamente de la *Gesta]; Carlos y Manuel Alvar [1991,
págs 102-103 -Carlos Alvar opina que del/de los texto(s) intermedio(s)
derivarían también las prosificaciones cronísticas]; y Montaner
Frutos [1988 y 1992]. Se aparta de esta postura Montgomery [1984],
que defiende: a)la poligénesis de MR
a partir de textos de índole diversa y de muy distintas épocas (lo que explicaría
la heterogeneidad del poema épico en el estado en que ha llegado hasta
nosotros); b)la compleja y diversa índole de la relación entre
MR, romances sobre la juventud del Cid y crónicas, que imposibilita el
establecimiento de una sola trayectoria y de un único texto original en
la transmisión literaria de las mocedades de Rodrigo; y
c)la dependencia mutua entre romances y MR, en un constante ir y
venir de fragmentos desgajados de la gesta, reelaborados y vueltos
a insertar en ella o transmitidos de forma independiente.
Resumiendo (generalizando y simplificando, pues) la postura
mayoritaria sobre el particular, la transmisión literaria de las
mocedades del Cid se podría plasmar en el siguiente esquema:
>
1.*Gesta (formada ya en la última década del siglo XIII o en la primera del siglo XIV, aunque algunos autores (Armistead
[1978, págs.318-319 y 324-325] y Victorio [1982, pág.XVII]) consideran que el material recogido en la
Primera Crónica General implica la existencia de una versión primitiva de la gesta que estaría ya en circulación hacia
1250-1260), de la que derivarían por separado:
1.1. Crónica de Castilla y Crónica de 1344; y
1.2. Texto(s) intermedio(s) perdido(s), de los que surgirían como ramas independientes:
1.2.1. MR (h.1360)
1.2.2. Romances; y
1.2.3. Las versiones de Lope García de Salazar (Libro de bienandanzas
y fortunas -h.1471) y de la ampliación anónima del Compendio
historial de Diego Rodríguez de Almela (1504-1516)
Para una descripción más detallada y matizada de la tradición
literaria de la juventud del Cid en la Edad Media puede verse
Armistead [1978], con una exhaustiva, aunque abierta y marcadamente
neotradicionalista, aproximación al tema, y Clavero [1994, págs.
135-140]. Armistead propone una transmisión más sutil y detallada
que la aquí expuesta.
Por otra parte, los romances épicos plantean el mismo problema que
aquellos que relatan un suceso histórico. En nuestro caso, como se
ve, los poemas parecen proceder de un texto épico y no de versiones
cronísticas, a pesar de que, según señala Clavero [1994, págs.357
-364], no sea fácil determinar si, en su conjunto, los romances
sobre las mocedades de Rodrigo se sirven como base de un relato en
verso o en prosa, y a pesar de que tampoco sea posible desdeñar la
importancia de la tradición contenida en los manuscritos cronísticos
a la hora de estudiar los romances épicos. El éxito y la razón de
ser a lo largo del tiempo de los romances cidianos podrían deberse,
de un lado, al atractivo que ejercía la figura del Cid y, de otro,
a la reelaboración y adaptación que de ella se hace en los romances
«hasta producirse (...) el hecho (...) de que un héroe medieval
puede ser héroe visible de todas las épocas» (Maldonado [1966,
pág.10]).
5.- De la ed. de Carlos Alvar y Manuel Alvar [1991]. Cito siempre por esta edición.
6.- Hay también un parecido notable entre
MR, v.379 («datme a Rodrigo por marido, aquel que mató a mi padre») y la verbalización
de la petición de Jimena en Rey que non fase justiçia
(v.11): «Diésesmelo por marido, aquel que mató a mi padre». La versión de
Día era... se aparta más del modelo épico: «al Cid que mató a mi
padre dámelo tú por igual» (v.24). Esto podría hacernos pensar
bien que Cabalga... y Día era...
proceden de ramas distintas de una misma tradición, bien que ambos derivan de una misma rama que
mantendría, en el plano formal, más puntos de contacto con
MR en el relato del encuentro entre Rodrigo y el rey que en el de las quejas
de Jimena.
7.- Pueden verse Menéndez Pidal [1953, págs.219-220]; Victorio
[1982, págs. XXXIII-XXXIX]; Montaner Frutos [1992, esp. pág.490,
en la que edita el fragmento de la CrC correspondiente a las quejas
de Jimena] y Clavero [1994, págs.185-186].
8.- Menéndez Pidal [1953, pág.220] cree que la separación de ambos
romances se debe al «gusto fragmentarista del siglo XVI». A las
razones estilísticas y de transmisión de los textos, algunos han
añadido otras de índole histórico-social para explicar el carácter
fragmentario del género romancístico. Así, según Rodríguez Puértolas
[1992, pág.56], «la forma truncada de tantos romances, su
fragmentación (...) corresponde a una cosmovisión»: la procedente de la
descomposición del feudalismo y de la crisis de valores religiosos,
políticos y sociales que acarreó. El individuo, según esta teoría,
habría dejado de sentirse seguro como parte integrante de un orden
social y cósmico, y ello habría dado paso al surgimiento de un
sentimiento de inseguridad, soledad e incomunicación que tendría
su correlato en el plano formal de la creación literaria. El
romancero se convierte así en «la historia de una frustración. La
del ser humano en un momento de crisis religiosa, política y
social, histórica» (ibidem, pág.61).
9.- Montgomery [1984] opina que los episodios que nos ocupan tienen
un muy remoto origen mítico en un rito de iniciación para el joven
guerrero practicado en las primitivas sociedades indoeuropeas.
Tal rito aparecería ya en un relato legendario sobre el dios Indra
en las Vedas hindúes, y posteriormente sería recogido por Tito
Livio en la leyenda de los tres Horacios y en un fragmento de una
saga medieval irlandesa sobre las mocedades de Cú Chulainn. Este
origen mítico, apenas perceptible en los romances en casos como el
que acabamos de citar, sí que sería aún bastante evidente, según
Montgomery, en MR.
10.- Estos rasgos extremos tradicionalmente atribuidos al héroe de
las MR han sido matizados por diversos autores, como Victorio
[1982, págs. XIV-XV] o, más recientemente, Serrano Asenjo [1996].
Este último rechaza convincentemente la imagen de un Rodrigo insensato,
insolente y diametralmente opuesto al Cid maduro, a la luz de
la transformación experimentada por el personaje a lo largo de las
MR, que le llevará de negarse a rendir vasallaje a Fernando I a
convertirse de hecho en su mejor vasallo. Estamos de acuerdo con
la opinión de Serrano Asenjo. Sin embargo, los textos épicos y
romancísticos que nos ocupan aquí corresponden a una primera etapa
en la evolución del personaje, caracterizada sin duda por una
radical insumisión a la autoridad real.
11.- Algunos estudiosos explican estos rasgos del héroe por el
carácter de épica decadente de MR
(así Deyermond [1969, págs.21-22 y passim], quien, sin embargo, añade los gustos personales del
autor, el hecho de que Rodrigo sea joven y la necesidad de sorprender al receptor
como otros factores que contribuyen a producir el
cambio en el comportamiento literario de Rodrigo, sin desetimar
tampoco la influencia del contexto histórico en esta transformación).
Otros (Montaner Frutos [1992], por ejemplo) prefieren
acudir a explicaciones de tipo histórico-social, y niegan que MR sea
una muestra de la decadencia de la épica.
12.- No obstante, MR también presenta a un
Rodrigo con un comportamiento desmesurado en el plano sexual, por ejemplo cuando, en
el v.992, propone al rey que afrente a Francia deshonrando a la hija
del conde de Saboya.
13.- Clavero [1994, pág.153]; ver también de Chasca [1972,
págs.22-23] y Martin [1978].
14.- Ver Bénichou [1968a] y Mariscal de Rhett [1989]. Bénichou, que
rastrea en el romancero viejo las diversas fuentes del romance de
la tradición oral moderna, pone de relieve cómo esos versos se
encuentran también en En Santa Gadea de Burgos
(vv.26-27). Para él, aunque no se puede saber de dónde los ha tomado la tradición
oral moderna, «que esos dos versos pertenezcan primitivamente a
Cabalga Diego Laínez lo demuestra tanto su presencia en la
Crónica Rimada como su relación lógica con todo el pasaje, cuyo tema es
precisamente la repugnancia de Rodrigo a besar la mano del rey como
acaba de hacerlo su padre. En cambio, en el romance de la Jura (...)
la presencia de esos versos se justifica mediocremente (...).
En el Destiero del Cid marroquí aparece [el dístico] todavía menos
necesario que en la Jura (...). Desligados de toda conexión
textual, esos dos versos no tienen lugar fijo en el romance (...).
De las seis versiones que conozco, cuatro los tienen [los versos],
pero cada una en un sitio» (Bénichou [1968a, págs.25-27]).
Por su parte, Mariscal de Rhett [1989] considera que la supervivencia en la
tradición oral moderna de romances como el Destierro del Cid sólo se explica porque la exaltación del individualismo de
Rodrigo permite que la composición se acomode a un nuevo sistema de
valores que hace hincapié en el esfuerzo personal del hombre que se vale por sí mismo como camino para alcanzar una posición
de superioridad frente a los que detentan el poder y la riqueza heredada.
15.- Castro (García Lorenzo [1984, págs.24-26]) construye su obra
sobre más de una docena de romances del ciclo cidiano, incluso
incluye algunos en su «comedia», como veremos en el caso de
Día era... Sin embargo, no toma en absoluto en consideración
Cabalga... El héroe rebelde de este romance (y también de
las MR) es sustituido por otro que acata por encima de todo las voluntades de
su padre y del rey. Así, por ejemplo, deja que Diego Laínez le
muerda un dedo (para probar su valentía) sin apenas rechistar
(vv.462-471). Y no sólo no se niega a besarle la mano al rey, sino
que lo hace repetidas veces en la obra y no se cansa de decir, en
público y en privado, cosas como «¡Besaré lo que ha pisado/quien
tanta merced me ha hecho [el rey]»(vv.30-31); «En mi tendrá
vuestra Alteza/para todo un fiel vasallo» (vv.120-121); o «Tu mano
[del Rey]/honre al que a tus pies se humilla»(vv.2461-2462). Para
Rodiek [1995, págs. 130 y ss.] es evidente que esta transformación
en el carácter del héroe viene determinada por los cambios
históricos. La monarquía autoritaria del siglo XVII no habría permitido
que se paseara sobre las tablas un vasallo como el Rodrigo del
romancero. Lo mismo se puede decir en el caso de la obra de
Corneille (pueden verse Rodiek [1995, págs. 183 y ss.] y Seguela
[1986]).
16.- Menéndez Pidal [1953, II, pág.74] califica esta contaminación
de «muy impertinente», aunque «muy propia de la tradición oral».
No parece, sin embargo, tan impertinente.
17.- Para MR y Día era... pueden verse Paludan [1926], Bénichou
[1953], Montgomery [1984], Montaner [1992], Clavero [1994] y
Rodiek [1995, págs.79-94 -sólo para MR]. Para el tratamiento
de este tema en la tradición oral moderna: Bénichou [1968b] y Armistead
y Silverman [1977]. Para la revisión que del tema hacen Guillén de
Castro y Corneille: Bénichou [1953] y Rodiek [1995]; McMullan
[1979] y García Lorenzo [1984] (Guillén de Castro); y Seguela
[1986] (Corneille).
18.- Cito por la edición del pasaje de la CrC
en Montaner [1992, pág.490].
19.- Los antecedentes y consecuentes literarios de este motivo, así
como su posible relación con la realidad histórica, han sido estudiados
por diversos críticos. Paludan [1926] cita una canción
popular danesa en la que aparece el motivo (La hija de Torben) y, aunque no
encuentra un fundamento jurídico que explique el caso de
Jimena en las antiguas leyes españolas, sí señala un uso judiciario
del derecho consuetudinario de distintos países según el cual un
condenado a muerte podía conseguir su libertad a petición de una
joven que aceptara tomarlo por marido (Jimena hará su propuesta cuando el rey está a punto de (verse obligado a) impartir
justicia). Los dos temas (casamiento con el asesino del padre y salvación
del condenado a muerte mediante la petición de matrimonio)
aparecen en la canción popular piamontesa La Brunetta. Por otro lado,
Paludan señala situaciones análogas a la de las MR y
Día era... en obras posteriores (Afectos de odio y amor, de
Calderón; Ricardo III, de Shakespeare) y también en Le
chevalier au lion, de Chrétien de Troyes. Bénichou [1953, págs.322 y ss.], que niega
cualquier relación del motivo del casamiento con el asesino del
padre con ninguna costumbre o norma jurídica real, señala el parecido
entre el episodio que nos ocupa y el de la liberación de Fernán
González por doña Sancha en la leyenda del conde castellano. Montaner
[1992] ve también paralelismos con Li contes del Graal
y el Yvain, de Chrétien de Troyes y con el Tractado de amores de
Arnalte y Lucenda, de Diego de San Pedro. Dolores Clavero [1994, págs.
166-167], tras señalar concomitancias (ya apuntadas por Paludan) con la
leyenda de Judas o la «chanson» Depart des enfants Aimeri, aporta
una nueva referencia literaria: la leyenda del nacimiento de
Hércules, que, para esta autora, influye en la creación de
Día era..., lo que supondría una ingerencia cronística culta en la
reelaboración del material épico en este romance (ibidem,
págs. 360-362). Por supuesto, el motivo se mantuvo, aunque en continuo
proceso de modificación, en obras posteriores sobre el Cid (Rodiek
[1995]). Entre ellas, Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro,
que depende directamente de los romances, y El Cid, de Corneille, que
desciende indirectamente de ellos a través de la «comedia» del
dramaturgo valenciano.
20.- Ed. de García Lorenzo [1984], vv.1973-2012. Guillén de Castro
(y, tras él, Corneille) introduce en su comedia los temas típicos
del teatro barroco del amor y de la honra, lo que le permite
escenificar el conflicto entre deber/ámbito de lo público y deseo
/ámbito de lo privado: Jimena y Rodrigo están enamorados antes de
que éste se vea obligado a matar al Conde Lozano para lavar con
sangre una afrenta a la honra. A partir de aquí es Jimena la que
se debatirá entre el deber (vengar la muerte de su padre) y el deseo
(amor por Rodrigo). Bénichou [1953, págs.329 y ss. y 335] hace ver
cómo esta solución típicamente barroca respeta lo esencial de la
tradición, que es a la vez lo más irracional y lo que la hace más
atractiva (el matrimonio con el asesino del padre), a la vez que
supone un desarrollo lógico de la leyenda, sólo en embrión en los
romances, que, si bien alivia la conciencia (el amor justifica que
Jimena se case con el asesino de su padre), en el fondo degrada
moralmente al personaje femenino, pues éste quebrantará la ley
moral no ya por su situación de desamparo o por razones políticas
(como, según se ha visto, ocurre en crónicas, romances y MR),
sino para satisfacer su pasión amorosa.
El dramaturgo valenciano pone en boca de su protagonista femenina,
glosándola (los vv.1977-1984 son una clara reelaboración barroca
culta), la parte de Día era... que recoge las quejas de Jimena y su petición de justicia:
Cada día que amanece,
veo quien mató a mi padre,
cavallero en un cavallo,
y en su mano un gavilán.
A mi casa de plazer,
donde alivio mi pesar,
curioso, libre y ligero,
mira, escucha, viene y va,
y por hazerme despecho
dispara a mi palomar
flechas, que a los vientos tira,
y en el corazón me dan;
mátame mis palomicas,
criadas y por criar;
la sangre que sale de ellas
me ha salpicado el brial.
Embiéselo a dezir,
embióme a amenazar
con que ha de dexar sin vida
cuerpo que sin alma está.
Rey que no haze justicia
no devría de reynar,
ni pasear en cavallo,
ni con la Reyna folgar. (Las mocedades del Cid, vv.1973-1996)
Esta inclusión del romance (un tanto «acortesado») en la obra
provoca serios desajustes, si se ha de interpretar literalmente.
En primer lugar, Rodrigo no puede entrar cada día en casa de Jimena
porque está desterrado (vv.1785-1790). En segundo lugar, la advertencia al
rey de que no debería «con la Reyna folgar» si no imparte
justicia no se sostiene literalmente, puesto que la reina ha muerto
(vv.1827-1829). De ahí que Diego Laínez explique estas palabras de
Jimena como un sueño: «que lo que agora dixiste/sospecho que lo
soñáys (...)./Lo havréis soñado esta noche/y se os figura
verdad»(vv.2001-2002 y 2005-2006). Jimena mantiene en público la
veracidad de sus quejas, pero en un aparte (v.2014) confiesa al
espectador que todo es simulado.
21.- No sería la primera vez, ni la última, en
la tradición literaria de las mocedades del Cid que el personaje de Jimena no dice
(toda) la verdad. Como hace notar Serrano Asenjo [1996, pág.166],
en MR las acusaciones de Jimena ante el rey son sólo verdades a
medias: es cierto que Rodrigo mató a don Gómez de Gormaz, pero fue
en justa lid; y es cierto que el joven héroe ordenó encarcelar a
los hermanos de Jimena, pero también lo es que posteriormente pidió
a Diego Laínez que los liberara. Por otro lado, Bénichou [1953,
pág.331, n.36] y, matizando la opinión de este último, McMullan
[1979, pág.142, n.18] han señalado cómo en Las mocedades del
Cid las acusaciones de la protagonista femenina también resultan falsas,
por más que puedan ser «the result of a fantasy which, for the
girl herself, has a very real significance» (McMullan [1979, pág.142,
n.18]).