Lope de Vega (1596). Dirección de César Barló.

Sala García Lorca. Real Escuela de Arte Dramático, Madrid.

14-16 Noviembre 2007.

En el número 15 de la revista Expresión, órgano de la Real Escuela de Arte Dramático, se anunciaba la puesta en escena de la tragedia de Lope Los comendadores de Córdoba. Se necesita una buena dosis de valor para poner en escena un texto tan ingrato. Y no precisamente por carecer de la insobornable belleza del texto teatral áureo o por su contumaz vitalidad dramática, sino por las dificultades de contemporizar en escena la desgarradora denuncia implícita de la violencia de una tragedia de honra y observar este género, precisamente, en su etapa de gestación experimental más básica. La obra se data, en efecto, en torno a 1596, cuando las contaminaciones de la tragedia clasicista de rango senequiano (y su secuela de iconos de horror escenificados) eran todavía patentes y quedan lejos de ese canon de perfección que supondría para el mismo Lope, ya en su etapa de senectute, obras como El castigo sin venganza (1631). Sobre la pieza puesta en escena, siguiendo la saludable escuela de formación en el teatro clásico que ha impuesto la RESAD en los últimos años, penden, en efecto, el peligro del tremendismo más excesivo, el paradigma de la venganza de sangre como formulación ideológica de una intolerancia (que el teatro exponía pero que no promovía). Las tragedias de honra (verdadera celebración del rencor) son un ambiguo pero eficaz mensaje de grito angustiado ante la violencia (todo tipo de violencia, y no sólo de la de género que es la publicitación actual más políticamente correcta de este tipo de drama). En todo caso, nos parece sumamente saludable que se acometan estos montajes de obras, repetimos, poco agradecidas, en las que se ha cimentado, desde una lectura alimentada de prejuicios, la idea de un teatro español clásico feroz y envenedado. No en vano, en los años finales del siglo XVI, la tragedia senequista de tintes virulentamente sangrientos consagró en la Inglaterra isabelina el marbete genérico a partir de la pieza de Thomas Kyd The Spanish Tragedy (ca. 1588-1594). Y en la afortunada edición de la obra lopesca a cargo de Manuel Abad y Rafael Bonilla (Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 2003) se la califica así de “posible teatro de horror en la producción temprana de Lope”. Pero también aducen las muchas dudas de la crítica acerca de su sentido exclusivamente sombrío: hay demasiados elementos (entre ellos el enmarañamiento argumental extraída de leyendas tremendistas) que ofrecen un trasfondo paródico de ese tenebroso ritual de la venganza sangrienta de honra. Cierto es que comentan la crónicas el espeluznante crimen del Comendador de Calatrava Fernán Alfonso (ocurrido históricamente a principios del siglo XV) pero el hecho trascendió rápidamente al amarillismo de coplas y romances de ciego. Con todo este material hemos de imaginar la reacción del público de los corrales al ver al energúmeno protagonista, cegado por el posible adulterio de su esposa, asesinar a ésta y a otra mujer, a otros tantos galanes, a un número indeterminado de criados; pero, además, a perros, gatos, monos y hasta un papagayo que pasaba por allí. Esto es literal, claro (e inspiraría seguramente la genial y espeluznante novela de María de Zayas Estragos que causa el vicio, incluida en sus Desengaños amorosos de 1637). Y es demasiado relevante para tomar en serio el aura épica del héroe-víctima de aquella férrea ley del honor que se ponía en escena, claro que sí; pero no tan burdamente como para que los más geniales dramaturgos del Siglo de Oro la corearan sin más sobre las tablas. Más bien, presintiendo aquella mofa valleinclanesca de Los cuernos de don Friolera, para repudiarla con una sonrisa cáustica y malevolente. Por eso no esta mal que se ponga en escena (independientemente del sentido trascendente y realista -de denuncia- que se supone al citado mensaje). Y no estaría mal que esta obra se uniera al canon del género trágico (léase El médico de su honra o el castigo sin venganza, por ejemplo) que habitualmente explicamos en el aula.

E. R. C.

 

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