Allá por 1986 Adolfo Marsillach conseguía dar cuerpo a una idea que venía persiguiendo el teatro español desde principios de siglo: la creación de una Compañía Nacional de Teatro Clásico,  cuyos antecedentes habían saltado por los aires con el estallido de la Guerra Civil. Lejos sonaban ya las voces de los actores de La Barraca, el proyecto con el que Lorca llevó el teatro clásico no sólo hasta los límites de la geografía española sino hasta los de la modernidad, rescatando así un patrimonio vivo, por más que agonizante, con el que paradójicamente pretendía formar un público que le permitiera revitalizar la escena contemporánea.

Para celebrar el primer cuarto de siglo de ese proyecto nacido en los albores de un nuevo ideario democrático, imposible de entender sin una apuesta por una cultura accesible, la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha editado dos volúmenes conmemorativos dentro de sus periódicos Cuadernos de teatro clásico, dirigidos por Mar Zubieta, en los que importantes voces relacionadas con el arte dramático (dramaturgos, periodistas, profesores e investigadores, políticos, directores, escenógrafos)  nos dejan sus reflexiones. Esta interesante labor conmemorativa se completa además con un apéndice para cada volumen que recoge y recuerda a aquellos que se aventuraron en esta empresa como directores o colaboradores, enumera las diferentes publicaciones, sintetiza las mesas redondas celebradas en 2012 en las que se reflexionaba sobre la representación de los clásicos en la actualidad y se presenta la ficha artística de sus montajes acompañados de un extenso archivo fotográfico.

Entre las voces elegidas para expresar lo que ha supuesto esta iniciativa destacan numerosos docentes e investigadores que, desde las aulas universitarias, paralelamente a la labor de la CNTC han investigado y transmitido el patrimonio clásico, alimentando y alimentándose de su labor respectivamente. Todas ellas son significativas de la importancia que la actividad de la Compañía supone para la transmisión y pervivencia  nuestro legado dramático.

Esta colaboración queda patente en las palabras entre otros del catedrático de la Universitat de València, Joan Oleza, quien, como colaborador en el proyecto La estrella de Sevilla junto a Rafael Pérez Sierra y Miguel Narros, experimentó en primera persona que «la investigación necesita su contraste con la práctica teatral de actores, directores, escenógrafos». Algo que también destaca la catedrática de la misma universidad y especialista en teatro clásico y Calderón, Evangelina Rodríguez Cuadros, con la metáfora «enfermedad de transmisión textual», de la que le curó la experiencia de contemplar desde la escena los textos ya estudiados, lo que la llevó a aventurarse en el estudio del actor y sus técnicas como elemento indivisible de la herencia del personaje clásico. A esto añade que otro de los múltiples propósitos con los que se fundó se ha cumplido con la la creación de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, durante la dirección de Eduardo Vasco, con lo que se perpetuará la memoria del actor, elemento esencial para la pervivencia de un arte vivo como el teatro.

Con una cita de Miguel de Cervantes «Para que se vea de espacio lo que pasa apriesa», la profesora Evangelina Rodríguez Cuadros, enmarca y argumenta su homenaje a los veinticinco años de trayectoria de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. En ella expresa un sentir general: no tanto ya la necesidad de su existencia, que la hay, sino la validez de su propuesta que permitió a dramaturgos y obras que dormitaban en el espacio estanco de la literatura ocupar los espacios escénicos que les pertenecían. Recuperar el patrimonio teatral clásico español, atendiendo no sólo a aquellos textos que por unas razones u otras formar parte de nuestra memoria colectiva, sino rescatando aquellos que nos eran más extraños pero sin los cuales la nuestra era una memoria fragmentaria y fragmentada.

Pero también su labor ha sido fundamental  a la hora de derribar el muro de la incomprensión que se cernía sobre los más canónicos, como Lope o Calderón. Muchas de las reflexiones coinciden en la importancia que la representación de las obras clásicas ha jugado a la hora de desterrar tópicos que como losas pesaban sobre las mismas y sus autores y que se habían sedimentado tras años de interpretaciones sectarias a favor de marcados presupuestos ideológicos o de condenas al ostracismo desde distancias culturales e intelectuales que le negaban su merecida universalidad. En una labor casi arqueológica, los que firman esta revisión del pasado con la mirada puesta en un futuro prometedor han desempolvado una herencia que no debe sino perpetuarse en nuevas propuestas, nuevas búsquedas y nuevas fórmulas que esperamos ansiosos poder compartir.

La edición conmemorativa supone, por tanto, no sólo un estado de la cuestión de la relevancia de la Compañía Nacional de Teatro Clásico o un emotivo recuerdo de su actividad o participantes, que también. Esta edición es una obra con la que disfrutar de una lectura que es, a la vez, un viaje por el tiempo y una apuesta de futuro prometedora, en la se ha tenido el acierto de hacer confluir una muestra de  las  múltiples implicaciones que conlleva la escenificación y estudio de una obra clásica. Una obra, por otra parte, accesible al público especializado, que puede verse reflejado, o al aficionado al teatro y que, desde aquí, recomendamos vivamente.

C.M.C.

 

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