Mucho se puede leer estos días acerca de la puesta en escena que la Compañía Nacional de Teatro Clásico viene realizando sobre el clásico de Calderón La vida es sueño; no es para menos. La versión de Juan Mayorga que dirige Helena Pimenta será probablemente una de las mejores que verá la escena española. La dificultad de la obra tanto en la forma, el verso calderoniano, como en el fondo en el que se entretejen complejos conceptos filosóficos, religiosos o sociológicos difíciles de aprehender por la lejanía de su contexto histórico, como es el caso de la honra, o por su abstracción han llevado a clasificar esta obra como oscura.

¿Es Calderón representable en nuestros días? La Compañía Nacional de Teatro Clásico demuestra que sí. No sólo es representable, sino comprensible y admirable. Y su escenificación ha sido además capaz de sorprendernos; sin dejar de admitir que la versión tiene sus luces y sus sombras.

Al magnífico trabajo actoral de Blanca Portillo en el papel de Segismundo, indiscutible; se suman un notable Basilio, representado por quien fuera Segismundo en la versión de Calixto Bieito, Joaquín Notario. Segismundo, máximo exponente de la duda existencial del conocimiento humano, que se debate entre la realidad o la ensoñación, entre el ser y el deber ser, se ha enfrentado en ocasiones a un rey/padre, Basilio, autoritario o enajenado. Pero el Basilio de Notario tiene fisuras, es un hombre que duda también de su conocimiento, del rigor de su autoridad, y el dolor de ambos se hace uno, el del hombre en sus diferentes edades, el del hombre que en su madurez y desde su responsabilidad espera verse reflejado en su etapa joven a través de su hijo/sucesor de quien exige un conocimiento, una madurez que no se alcanzará sin sufrimiento. También una gran Rosaura eleva la voz de una mujer del Siglo de Oro consciente de su condición de depositaria de una honra que no puede defender por sí misma, pero no se en su empeño acaba convirtiéndose en «monstruo de una especie y otra» dando  la réplica a un Segismundo que es «un hombre de las fieras/ y una fiera de los hombres».

Junto a los distintos personajes que configuran el universo de la obra, la escenografía actúa con ellos conformando un universo asfixiante, no sólo para el cautivo protagonista, en el que la luz, como un personaje más, se va abriendo paso, buscando su sitio a medida que la tramoya va abriendo en ella las fisuras físicas que los personajes sufren a nivel interno. Música, danza, pintura se aúnan en el teatro para crear imágenes artísticas que metaforizan la expresión lingüística que emana de los textos por boca de los actores. La entrada y salida de la torre en la que está prisionero Segismundo, inconsciente pero mostrando un juego de contrarios que patentiza su metamorfosis pues sale boca abajo, pero regresa boca arriba. El microcosmos simbólico que encierra su primer despertar al mundo como príncipe y que actúa a la vez como crisálida en la que ha de sufrir su metamorfosis y como nebulosa del mundo onírico en el que le hacen creer que puede estar inmerso. La ruptura del verso en el soliloquio de Segismundo a su regreso a la torre evitando que se convierta en un momento coral con la consiguiente desvirtuación de la reflexión y ruptura interna del protagonista que se ve claramente al hacer coincidir el verso «y los sueños, sueños son», que cierra la segunda jornada, con la asunción, en su doble significado de hacerse cargo de y elevación de espíritu, voluntaria de su condición de prisionero al ponerse a sí mismo la cadena al cuello y bajar por su propio pie a la gruta.

El vestuario se muestra acorde con el encorsetamiento y rigidez de la corte polaca que se asemeja a la imagen de la corte castellana, en el que el negro predominante solo recibe las notas de color en los trajes de Rosaura, cuando está vestida de hombre, y de Segismundo, enfundado en su vestimenta de salvaje, imposible para el sótano de una corte polaca, que se vislumbra incluso en sus escenas como príncipe, remite a la imagen de un náufrago Crusoe que casi un siglo después personifica la lucha del hombre contra sí mismo y contra su destino, exponiendo la universalidad del texto calderoniano.

Pero si las interrelaciones con otras artes como la literatura, la música o la danza, y con la filosofía se evidencian en esta obra; pocas veces se ve con tanta claridad como en este montaje que “ut pictura, theatrum”. Las escenas se suceden como los óleos en un museo inundando de belleza plástica el escenario y llenando la mente del espectador con la creación de imágenes poéticas que enaltecen el recitar del verso: el primer despertar con Segismundo ocupando el centro de la escena, recibiendo la luz, rodeado por los personajes que contemplan su despertar; la lucha de la guerra civil que se representa al fondo del escenario a través del marco, reminiscencia de la valva regia del teatro romano, que sirve de puerta del palacio y encuadra la escena como pintura viva, evocando la famosa obra de Velázquez La rendición de Breda o Las lanzas.

Sin embargo, no puedo por menos que señalar el desencuentro que me produjo la supresión del resolución que contra el soldado que inicia la revolución determina ya en su condición de heredero Segismundo. Es uno de los momentos más controvertidos de la obra, ciertamente; pero fundamental, que se anticipa ya desde el verso de Clarín cuando es confundido con Segismundo y nombrado príncipe: «¿a mí padre/ le perdisteis el respeto?/ Sois unos tales por cuales». La variedad de lecturas que sobre el mismo pueden hacerse daría lugar a un debate bien interesante, pero más allá de defender o criticar la legitimidad de esta aparentemente cruel decisión, no puedo dejar de señalar que en una obra tan simbólica como La vida es sueño, no se trata de un momento baladí y corresponde a la Compañía Nacional de Teatro Clásico ofrecernos la complejidad del texto calderoniano hasta sus últimas consecuencias. Sin este final, Segismundo no es el príncipe que yo conocí a través del texto, tampoco es un príncipe mejor ni más humano; es un príncipe distinto y yo esperaba, de una versión clásica, que no conservadora, al personaje en toda su extensión. Lo esperaba por la versión y por el lugar desde el que emanaba, si no puedo esperarlo desde aquí, ¿a quién se lo podría pedir?

Ésta es una de las escasas sombras, junto con la a veces difícil comprensión del verso expresado por Clotaldo, que destacaría de un montaje en el que tras los elogios a los actores se debe uno a la gran dirección escénica, a la dramaturgia y a todo un equipo técnico que posibilitaron un teatro en el que todo significa, todo cobra vida: la palabra, la imagen, la memoria.

C.M.C.


 

1 Comentario » sobre “«¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!» Segismundo y el drama de ser humano”

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