Las mujeres de Shakespeare

Rafael Álvarez “El Brujo” (Lucena, Córdoba, 1950) se atreve esta vez con Shakespeare (o Chéspir, como le llama con gracia en el escenario) para acercar a uno de los dramaturgos más brillantes y valorado, sobre todo, por su vertiente trágica. Y lo hace desde el acercamiento a algunas de las mujeres de sus comedias –con la salvedad de Julieta (Romeo y Julieta)–, centrándose sobre todo en Rosalinda (Como gustéis) aunque acercándose también a Beatriz (Muchos ruido y pocas nueces) y Catalina (La fierecilla domada).

“El Bardo” –dijo el actor cordobés– exploró como pocos la conciencia femenina por su “mayor sabiduría, perspicacia y sentido de la realidad” frente al simplismo de un hombre básico y narcisista. Por ello, él trata de llevar estas diferencias de carácter a un escenario en el que representa a personajes femeninos y masculinos, demostrando dominar el arte del bululú al interpretarlos en solitario (como siempre) y con gran maestría (también como siempre); mientras tanto, analiza a modo de conferencia –medio leída, medio improvisada– dichos roles a partir de los textos del crítico Harold Bloom (La invención de lo humano y El canon occidental).  Pero se trata de una conferencia sui generis en la que se mezclan gags y continuos guiños a la crítica realidad actual, demostrando su gran capacidad de conexión con el público que, en la representación a la que asistió servidora, se atrevió a dirigirse a un Brujo sorprendido aunque satisfecho por el éxito del diálogo que intentaba establecer: “Anímate”–le gritaron desde el patio de butacas– como respuesta a un recurrente “estoy mejor” del agotamiento por el estudio realizado para entender al dramaturgo inglés. El público se divirtió y este entrañable bufón logró su pretensión de hacer llegar estos textos de forma cómica y entretenida.

Algunos dirán que el texto es sólo un pretexto para subir a las tablas al genial Brujo de siempre, que esta vez mezcla la retórica shakesperiana con un discurso coloquial y licencioso, convirtiéndose en un moderno juglar subversivo y burlón. No obstante, creo que sí logra cierta poesía con sus reflexiones acerca de la necesidad del amor, de la incomprendida condición femenina y sobre ese espacio vacío que –dicen algunos– es el teatro. Y lo consigue con la cálida compañía del violín de Javier Alejano y con una escenografía sencilla: dos atriles, una mesa ceremonial vestida al modo de la época y, en el centro, un círculo dibujado por unos focos en el que el actor andaluz entra para interpretar las escenas que explica.

Maestro de ceremonias, disparatado profesor y gran cómico que, siguiendo la premisa de enseñar deleitando, relee un autor clásico para dibujar una sonrisa en nuestros labios.

T.J.F.

 

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