Nuestra clase es una puesta arriesgada, y conseguida, de teatro de la memoria, en el Teatro Fernán Gómez. Si bien todo el teatro puede ser un acto de memoria, en este caso, el texto de Slobodzianek, dirigido por Carme Portaceli, e interpretado magistralmente por cada uno de los actores, nos convoca a la reunión en la que católicos y judíos conviven en una misma clase. La de los libros, llena de ilusión. Pero de la que pronto se pierden sus sueños. Y nace el drama, la pesadilla, dispuesta aquí para el convivio, para la responsabilidad. La pieza nace a partir de una investigación con tal de darle un pliegue a la historia. En ella se nos enfrenta a la confusión, a ese espacio en el que las víctimas se separan a la par que se unen a los verdugos, a su complicidad, hacia ese espacio que Levi definió como “zona gris”. Pero no sólo eso, sino una lectura acerca de la culpa colectiva y de la barbarie de la que termina el hombre por matar al prójimo, termina por tornarse en bestia. Por vivir, por convivir entre angustia, crimen y “normalidad”.

R.M.T

 

Escribe tu comentario

Debes registrarte para enviar un comentario.