Krzysztof Sliwa, Cartas, documentos y escrituras de Pedro Calderón de la Barca Henao de la Barrera Riaño (1600-1681) y de sus familiares, Fénix de los Ingenios y lucero mayor de la poesía española, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2008. 441 pp.

Frente a la abundosa y extrovertida documentación -sobre todo epistolar- sobre la vida de Lope de Vega, Valbuena Briones acuñó para Pedro Antonio Calderón de la Barca (1600-1681) la etiqueta de la “biografía de un discreto”. El presente libro (número 8 de la Colección Parnaseo editada por la Universitat de València) a cargo de Krzystof Sliwa cuestiona indubitablemente el marbete: no, desde luego, por lo que hace al celo con que el autor de La vida es sueño reservó la magnificación de sus intimidades, pero sí en lo que se refiere a la minuciosa, paciente y de todo punto impagable recogida y escrutinio que el autor de volumen aplica para ofrecernos por vez primera la recopilación completa de los 589 documentos (cartas, protocolos y otros escritos) de o sobre Calderón.

En la más pura vocación filológica (que, por mucho que evolucione en sus técnicas, se asienta en la lectura y estudio de textos, como apunta muy bien Josep Lluis Canet en el prólogo de la obra), Sliwa suma precisión, detalle y  cantidad a las compilaciones publicadas en su día por Juan Eugenio Hartzenbuch y, sobre todo, Cristóbal Pérez Pastor (Documentos para la biografía de D. Pedro Calderón de la Barca, 1905) y Emilio Cotarelo y Mori (Ensayo sobre la vida y obras de D. Pedro Calderón de la Barca, 1924, reeditado en facsímil por Ignacio Arellano y Juan Manuel Escudero en 2001). Con una rigurosa ordenación cronológica y valiosos índices (onomástico, que incluye sus obras dramáticas) y topográfico, se abarca el período comprendido entre 1548 (fecha del acta de bautismo de su padre, Diego Calderón) y 1715 (con el acuerdo del Ayuntamiento de Madrid de prohibir la impresión espuria de sus autos sacramentales).

Se dirá -tal vez con razón- que la aplastante nómina documental recogida (que incluye, por supuesto, las memorias de apariencias de sus autos -capitales para comprender los pormenores de su puesta en escena- e incluso las Fe de erratas de sus impresiones) traza un camino biográfico excesivamente empedrado de recovecos burocráticos: pero es que la vida pública de un autor dramático en el Siglo de Oro constituía, en parte no chica, una máquina confusa de protocolos de tal índole. Con todo, para calibrar el interés psicológico y humano de esta peculiar burocracia de archivo, basta detenerse, por poner sólo unos ejemplos, en su célebre memorial enviado en 1680 al Duque de Veragua, para observar al Calderón, ya anciano, hastiado, incluso en su ya condición de clásico vivo, de la mezquindad fraudulenta con que era tratada la impresión y circulación de sus obras (“niego el que lo sean” -escribe Calderón- “según lo desmadejadas que las han puesto los hurtados traslados de algunos ladroncillos que viven de venderlas, porque hay otros que viven de comprarlas”). Un Calderón que, de hecho, atendió a la pulcritud de sus textos (escribía según él “descartando borradores”) y jamás usó de sus ediciones impresas de manera arribista o en pos de su autopromoción cortesana (como hiciera Lope); que dejó la más primorosa descripción del Coliseo del Buen Retiro con motivo de la representación en el mismo de Hado y divisa de Leónido y Marfisa (1680). O que, en su emotivo testamento, rubricado cinco días antes de su muerte, suplica ser llevado a su entierro en ataúd descubierto (“por si mereciese satisfacer en parte las públicas vanidades de mi mal gastada vida”) y da cuenta del sobrio ajuar de un anciano sacerdote metido a poeta de comedias (platos, jarrillas, candeleros y escupidera), de sus pías posesiones artísticas (casi todas láminas o imágenes religiosas de bulto), o de su escribanía de ébano con tintero y salvadera (que él incluye entre las alhajas de su casa). En el mismo testamento que lega 50 ducados a Margarita Peñarroja, la hija de un cómico.

Como dijo Samuel Beckett respecto al teatro, estos documentos poseen la elocuencia de las cenizas: aquellas sobre las que algún día, tal vez, alguien puedan componer la biografía completa, dirigida a un lector contemporáneo y no decimonónico, del esquivo y apasionante Calderón.

 

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