Atención: vuelve Alatriste

30 de octubre de 2011 en Noticias
Ilustración de Joan Mundet para Babelia (Sábado, 22 de octubre 2011)"

Ilustración de Joan Mundet para Babelia (Sábado, 22 de octubre 2011)"

Cuando vemos en la portada del suplemento cultural del diario más emblemático de España, y en grandes caracteres, el rótulo “Al rescate del Siglo de Oro”, es lógico que los dedos se nos hagan huéspedes a quienes nos consideramos devotos de tal cofradía. No es frecuente que los clásicos merezcan tal honor. Enseguida caemos; en la base de la página del nº 1039 de Babelia (22 de octubre de 2011) se advierte: “Vuelve Alatriste, el personaje creado por Arturo Pérez Reverte, con El puente de los asesinos.” No hacemos noticia pues de teatro clásico español, pero sí de sus aledaños. Babelia ha dispensado alguna vez atención al teatro áureo: en el 2009 para hablar, en sus páginas centrales, del centenario del Arte Nuevo de Lope. Y en el periódico, en alguna otra ocasión: cuando en el año 2000 se celebró el IV centenario de la muerte de Calderón un recuadro de Francisco Rico nos informaba que nadie sino él había entendido el verso “que corriste parejas con el viento” de La vida es sueño (“correr parejas” es una carrera competitiva a caballo entre caballeros, tan perfectamente deducible como de frecuente explicación en diversas ediciones); y el periodista Françesc Villatoro nos conminó a retirarlo del canon con un inquisitivo interrogante: ¿Y si Calderón no fuera un clásico? La cuestión no es aprovechar la promoción del ya muy promocionado académico Pérez Reverte a través de su héroe —a estas alturas ya consagrado en una gran producción cinematográfica— que ahora parece va a indagar sobre el asesinato del Dogo de la Serenísima o, vete tú a saber, si a retornar a la conjuración de Venecia, aquella intriga política y diplomática de 1618 que supuso la caída del gran Duque de Osuna, tan cercano a Quevedo y que también Pérez Reverte ha hecho deambular por su saga. La cuestión es subrayar la oportunidad de dar paso en Babelia, si quiera por una vez, a esos clásicos que ya no habitan ni en el Bachillerato ni en los Planes de Bolonia.

El Capitán Alatriste es un ente forjado en el caletre del polígrafo novelista a partir de una de las obras más interesantes de la narrativa española del siglo XVII: el Discurso de mi vida, escrito por el soldado español Alonso de Contreras (ca. 1582-ca. 1644). Editada por vez primera en el volumen Autobiografías de soldados. Siglo XVII realizado para la Biblioteca de Autores Españoles por Manuel Serrano y Sanz en 1890, sería rescatado en 1943 por José Ortega y Gasset en su editorial Revista de Occidente, dentro de su colección “Aventureros y tranquilos”,  “espectacularizando” sin disimulo su título original con el nuevo de Aventuras del Capitán Alonso de Contreras. Atraído por este personaje histórico, Ortega incluye un prólogo con una vibrante caracterización de la figura del soldado de los tercios españoles, una apasionante excepción del prototipo en el que derivó el soldado mercenario en la Europa de estados prepotentes que acabaron convirtiendo en funcionarios los hombres dados a la aventura. Lo notable de las páginas de Ortega no es su habitual antipatía hacia todo lo barroco, sino la importancia que concede a un breve episodio incluido en la novela —dentro del carácter documental de esta autobiografía real—: el fortuito encuentro del capitán con Lope de Vega. Un hecho sucedido, con seguridad, en torno a 1622 o 1623, cuando Lope, influido tanto por sus ya notorias hazañas como por la recomendación de su amigo Juan Piña —amén de pertenecer, como el soldado, a la Orden de San Juan de Malta— le procura alojamiento en su casa madrileña de la Calle Francos. Contreras, en efecto, lo recuerda con agradecimiento (el dramaturgo llegó a dedicarle su obra El rey sin reino) y cuenta asimismo —ya hacia 1630— que “estuve en Madrid más de dos meses, donde me holgué en ver lindas comedias del Fénix de España, Lope de Vega, tan eminente en todo y el que ha enseñado con sus libros a que no haya nadie que no sea poeta de comedias, que éste solo había de ser para honra de España y asombro de las demás naciones”.  Las andanzas de este héroe, una circunstancial nota a pie de página en la agitada biografía de Lope, son interpretadas por Ortega en su prólogo en clave inequívoca: no tanto, como se ha asegurado, por lo que el torrente de sus lances y aventuras pudieron haber aportado al Fénix (Lope, a esas alturas de 1622, está ahíto de fabricar argumentos para sus comedias) sino como ratificación de uno de los ejes vertebradores de aquel Arte Nuevo que se obligó a elevar a canon bastantes años antes. Clave y, asimismo, eje de la arquitectura del teatro que Ortega había definido en su artículo “Elogio de El murciélago” de 1921, al afirmar que un dramaturgo ha de componer “en vez de un texto literario, un programa de sucesos que han de ejecutarse en escena…”. Y así en su prólogo Ortega y Gasset imagina a Lope (“viejo ya, con su menuda cabeza inscrita en un hueso de aceituna, alto, flaco, erguido, con el traje talar, negra y prócer vertical”) en sus tertulias con el Capitán, fronteros los sillones, “tirando de la lengua al bronco soldado” y bebiendo por sus oídos una “exuberancia portentosa de historias” o, como lo podemos imaginar nosotros, “escribiendo el sujeto elegido en prosa”, repartiendo “en tres actos de tiempo” las inacabables peripecias y mandobles del desaforado Contreras (que, por darle, hasta le daría argumentos de casos de honra al confesar haber ultimado a su mujer cuando la sorprendió en flagrante adulterio. Ortega percibe esta avalancha de acción como un gozoso caos espasmódico de la existencia puntiforme que sólo ofrece un inverosímil “hilván de puros y aislados momentos” o “hilos que no forman tramas”. Ningún otro prólogo a la obra acertó con tanta brevedad y audacia a bosquejar al héroe, bronco y perdedor de todas las guerras del siglo XVII. Ni la muy erudita introducción de la edición Henry Ettinghausen (Madrid, Espasa Calpe, 1988) ni la posterior de Javier de Navascués (Madrid, Ediciones Internacionales Universitarias, 2004). Ni tampoco, el que escribe el amigo Reverte en la realizada por Carmen López en 2008 que —casualidad— incluye el prólogo escrito por Ortega en 1943. Correr parejas con el viento.

El prólogo de Ortega aporta más sobre la novela y sobre el teatro del Siglo de Oro que toda la “industria Alatriste” de nuestros días. De hecho, Pérez Reverte, como era de esperar, incluye el tema “teatral” en una de las entregas, aunque sea de refilón, en El caballero del jubón amarillo: mojando en el tintero de costumbristas y en los ejemplos de la fantástica serie del benemérito José Deleito y Piñuela, incluye la esperable escena del corral de comedias, del barullo de la furia mosqueteril y del amor del héroe por una comedianta —María de Castro— que en la deliciosa “ucronía” tanto de la novela como de la película dirigida por Agustín Díaz Yanes en 2006 aparece purgando sus pecados como sifilítica en un hospital mientras el enamorado se dispone a pedirle que se case con él. Dicho sea de paso, la película —aun en su desconcertante guión a base de la imposible ilación de toda la serie de novelas— ofrecía momentos memorables como el brillante comienzo donde se muestra lo que fue la realidad brutal de la lucha en Flandes o el estupendo pase ante la cámara del célebre cuadro de Velázquez cuando el soldado de fortuna regresa del sitio de Breda. No pretendemos en absoluto empequeñecer la lógica del éxito editorial de las obras de Pérez Reverte —que él mismo reconoce fueron las que le dieron el empujón de “marketing” para acceder al sillón de la Academia—. Entretienen y abren un mundo de pertinente curiosidad a todo tipo de lector sobre esa época tan compleja como amargamente contradictoria que fue el siglo XVII. No sé si el estilo y construcción del relato pasarían el examen del escrutinio del cura del Quijote sobre los libros de caballería. Pero casi seguro el del propio Cervantes que subrayó que el arte de narrar es, sobre todo “contar con propiedad un desatino”.

Lo que lamentamos es ese inesperado endiosamiento de un hábil escritor, consagrado en las páginas centrales de Babelia casi como la única franquicia por la que acceder a ese espléndido Siglo de Oro y que, con la asesoría y comento del experto medievalista Alberto Montaner Frutos, “selecciona” las que a su juicio son las obras emblemáticas  del periodo. Y son emblemáticas, por supuesto. ¿Qué objeción poner a la Historia verdadera de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, al Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, al Quijote de Cervantes, a su Rinconete y Cortadillo, a la poesía y al Buscón de Quevedo o a los Comentarios del desengaño de sí mismo de Diego Duque de Estrada? En vano releemos la lista: pues no, no hay ninguna obra dramática. Ni de Lope, no de Calderón, ni de Tirso. Y eso que me suena que Calderón zascandilea por alguna de las entregas. En consecuencia, aceptamos la promoción y las excelencias de un autor capaz de vender muchos libros. El tiempo y no nosotros —meros estudiosos y aficionados al teatro áureo— es el que otorga la categoría de clásico. Pero con ello, se nos antoja que suenan excesivos y petulantes los elogios que se le destacan en el monográfico: que sus novelas muestran una gigantesca voluntad didáctica, desde la recreación del castellano del siglo XVI (sic) hasta la elección de los temas. Y, dicho sea de paso, no ha sido Reverte el único novelista que ha recreado con soltura y audacia el Siglo de Oro. No hace falta remontarse al decimonónico Manuel Fernández y González —quien tuvo como “secretario” en el dictado de sus folletines históricos al mismísimo Blasco Ibáñez y que dedicó a Calderón la novela El encanto de las musas, con ocasión de su centenario en 1881—. Prueben con la excelente reconstrucción de la legendaria enemistad entre Quevedo y el Conde Duque en El insomnio de la una noche de invierno de Eduardo Alonso (1986) o la chispeante Decidnos ¿quién mató al Conde? de Néstor Luján (1987). Cualquiera sabe lo que hubieran dado de sí en un prólogo de Ortega y Gasset.

E.R.C.

 

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