Los locos de Valencia de Lope de Vega. Producción del Centro Teatral de la Generalitat Valenciana. Versión y dirección: Antoni Tordera. Intérpretes: Martín Cases, José Montesinos, Jaime Linares, Rebeca Valls, Manuel Puchades, Paco Vila, Manolo Ochoa, Lorena López, Reyes Ruiz, Panchi Vivó, Joan Carles Roselló. Música: Pep Llopis. Escenografía: Luis Crespo. Vestuario: Manuel Peris. Iluminación: Miquel Llop. Profesor de verso: Gabriel Garbisu. Ayudante de dirección: Joan Carles Rosselló. Caracterización: Inma Fuentes. Asesora de movimiento: María José Soler. Teatro Rialto de Valencia: 19 octubre-27 noviembre 2011.

En 1986, y tras el arriesgado inicio de su andadura con El médico de su honra, la Compañía Nacional de Teatro Clásico estrenó Los locos de Valencia en adaptación de Juan Germán Schroeder y dirección escénica de Adolfo Marsillach. La obra llegó a Valencia al año siguiente haciendo las delicias de un público que pudo asistir al final de una de las representaciones (cierto como que lo vi) a una surrealista mascarada con la intervención “espontánea” de una comisión fallera que hacía su entrada en la platea del Teatro Principal portando un ramo de flores para obsequiar a Mª Luisa Merlo —la protagonista— y una suculenta paella. Con una esplendente escenografía de Carlos Cytrynoswski, al amparo de un fondo de escenario que mimetizaba la fachada de los corrales de comedias del siglo XVII con los pasillos del hospital de locos en el que la obra transcurre, Schroeder se sinceraba en el programa de mano respecto a la clave impuesta en su versión: la obra —que ya había dirigido en 1959— según él, “huele a Mediterráneo, a la Albufera, a mejillones al vapor, a mascletá y a arroz con pollo”. Pues bien, esta puesta en escena de 2011, producida por el Centro Teatral de la Generalitat Valenciana, manteniendo el nervio indiscutible de una obra divertida, provocadora y caliente, nos evita el bochorno meramente folklórico y depura al límite justo de sobriedad (aunque pueda sonar extraño este adjetivo en una obra con tantas aristas de descaro)  el sentido de la locura en las tablas. Aunque lógicamente haya tenido que desmochar la obra de Lope —primeriza, no olvidemos, pues se escribe probablemente en 1590, a raíz del exilio valenciano que le permitió a Lope vivir la efervescencia de los cambios en la dramaturgia que inspiraría su Arte Nuevo mientras enviaba sus obras al autor de comedias Gaspar de Porres—. Dicho de otro modo: todavía no estamos ante el Lope maduro, aunque sí ante el Lope que abrió el experimento teatral a todas las posibilidades de expresión artística, poética y antropológica, incluyendo la representación de las pasiones del hombre moderno en medio de un ambiente urbano nunca neutro. De hecho, no sólo se trata de la primera obra del teatro europeo que presenta el “interior” de un manicomio: el Hospital de los Inocentes, creado en Valencia hacia 1409,  era, ya a finales del siglo XVI, no sólo un lugar donde algunos desocupados contemplaban el irrisorio y patético espectáculo de los dementes, sino donde se reclutaba a los locos para ser exhibidos en procesiones y desfiles urbanos —la teatralidad barroca integró también semejantes aberraciones—. Pero la pieza de Lope alberga asimismo el exquisito virtuosismo del poeta que la escribe: los “temas” o manías de los locos fingidos que la habitan son un permanente homenaje a las figuras del romancero y a los poemas épicos emblemáticos de la locura amorosa: el Orlando furioso de Ariosto (1516) asoma en la enajenada y doble personalidad de los personajes (Floriano/Mandricardo, Erifila/Doralice) —puede verse, en este sentido, la excelente y erudita edición de la obra a cargo de Héléne Tropé (Castalia, 2003)—. Un virtuosismo lírico que lleva, como era de esperar, a permanentes referencias clásicas (neoplatónicas, aristotélicas) sobre la condición del enamoramiento: el Hospital de Valencia se convierte en un “hospital del amor”, otra de las alegorías a las que se acoge Lope para permitir aflorar —más allá de la exquisitez contemplativa— la pulsión erótica y libertaria de los jóvenes protagonistas de sus comedias. Todavía en El peregrino en su patria (1604) Lope volverá al microcosmos del hospital valenciano donde ingresa Pánfilo que se finge también loco para estar al lado de su amada Nise.

Este “primer Lope” escribía un teatro que todavía derrochaba energía en un elevado número de personajes —sólo en 1596 Alonso López Pinciano se atrevió a sugerir que el negocio teatral sería más rentable con un compañía de siete u ocho comediantes—, que aún no había perfilado el crucial papel del criado como gracioso y que se construía con una plantilla de largos cuadros o escenas. Es sensato esperar que una puesta en escena de Los locos de Valencia, buen ejemplo de esta fase tentativa, deba aplicar una drástica economía dramatúrgica y el director y autor de la versión así lo hace, permitiendo que la acción fluya bajo la partitura de una comedia de enredo, y cabe señalar este indudable acierto en la representación que comentamos. El fallido papel de criado gracioso de Leonelo —en realidad un facineroso arribista que se aprovecha de su ama— es resuelto con la conversión de Tomás y Martín —los dos ayudantes del guardián del Hospital— en dos hilarantes bufones que en su inequívoca iconografía (sayas de color verde y amarillo, colores emblemáticos de la locura desde el Renacimiento) y estilizaciones corporales opuestas resultan casi un homenaje a Stan Laurel y Oliver Hardy. Y, por supuesto, también es comprensible los dobletes de Verino y Calandrio (como médico y como uno de los auténticos locos encerrados, el rijoso portugués). También se funden otros personajes secundarios —locos en desfile de las últimas escenas y el “Caballero” que resultara ser el Príncipe Reinero supuestamente muerto por Floriano—. Éste último —inevitablemente tocado por la locura— aparece en escena vestido de verde. No hace falta echar de menos a otro de los “locos de amor” allí encerrados, Belardo, que es el propio Lope adoptando uno de sus varios sosias poéticos: su ausencia es irrelevante y ni siquiera el más riguroso filólogo debe darse pro ofendido. Que, a cuenta de jugar con una intencionada referencia histórica, los personajes se incluyan verbalmente en el problema latente de las exclusiones sociales por razón de nacimiento o religión (judíos, judeo-conversos, moriscos bautizados) nada añade a la comprensión del asunto ni enriquece el significado de la obra. Como ha declarado su director si bien tales detalles no está en el texto lopesco, tampoco se oponen a éste. Sobre versiones y dramaturgias hay muchos pareceres.

En cuanto a la interpretación merecen elogios la frescura de Rebeca Valls —con una estupenda vis cómica en su transgresor papel de fugada con su propio criado—, y, desde luego, los agradecidos papeles de las otras damas en danza (Lorena López y Reyes Ruiz que canta con delicadeza el bellísimo romance “Pobre barquilla mía” de Lope), así como el buen “barba” de Manuel Puchades como Pisano y el doblete guiñolesco de Paco Vila (Tomás) y Manolo Ochoa (Martín).

La escenografía opta, lógicamente, por las referencias sinecdóticas: la frontera entre el espacio urbano y su devenir de camino —como se decía entonces— y el espacio claustrofóbico y surrealista de una casa de locos. La metáfora de los equipajes amontonados sugieren con eficacia lo primero; los paravanes o biombos con colores de sanatorio lo segundo, pero con mucho menor acierto e ingeniosidad plástica. Las “aperturas” de ventanas en las maletas y baúles confieren un ritmo visual y semántico (enredo, “voyeurismo”) nada desdeñable.

En la representación que presenciamos —y hay que recordar que toda representación es única— a los actores les costó encontrar en escena el tono y ritmo del verso. Nunca es fácil hacerlo ni es fácil tampoco que el espectador asuma esa extraña pero apasionante condición de nuestro teatro clásico. Los primeros minutos tuvimos que asistir, sin embargo, a una intolerable prosificación. Pero todo puede explicarse. No es que queramos insistir en la bisoñez de un genio como Lope; pero lo cierto es que todo el arranque de la comedia, cuando Floriano revela a Valerio su duelo con el Príncipe Reinero y que piensa que éste ha muerto, Lope la escribe en tercetos encadenados: un verso pesado —que en el Arte Nuevo acabaría recetando para las “cosas graves”— y casi incompatible con el deambular desasosegado o “furioso” por las tablas —aunque éstas sean tan estrechas y apaisadas como en el Rialto—. La rima se pierde y, con ella, muy buena parte del encanto de un clásico. Esto dicho, cabe reconocer que el espectador, y por supuesto, los actores, se reconcilian con el verso en cuanto la acción remonta en redondillas —que eran para las cosas “de amor”, también según el recetario de Lope— y que prestan una grata emocionalidad dinámica a la escena. Una escena que se abrevia en síncopas de muchas “relaciones” (ya hemos dicho que entendibles) pero que se dilata con una querencia de partes melódicas, mejor o peor interpretadas, no siempre, a mi juicio, necesarias. Hace años, un actor —Francisco Portes—, al hilo de las dificultades de su oficio, escribía: “En un momento preciso de Los locos de Valencia Lope quiere serenar al protagonista masculino, imbuirle paz y raciocinio en la algarabía del manicomio, y pone en sus labios un soneto que comienza: ‘Vete despacio, pensamiento mío’. ¿Está ya el quiebro dramático de Lope en el primer verso? Sí. Observemos que tiene acentos en 1ª, 4ª, 8ª y 10ª. Es el verso más armonioso de nuestra lírica, el más sereno, un endecasílabo sáfico, perfecto para la situación de Floriano. Porque si cambiamos la acentuación cambia la irisación de las emociones”. No es, desde luego, habitual ni necesario que un actor se plantea tales reflexiones —sí, tal vez un asesor de verso, y ésta puesta en escena dice tenerlo—. Pero la pregunta es si esto se consigue transformando la recitación del soneto en una balada a pie de micrófono. Lo dudamos. Poco favor se le hace al “loco” Floriano y al actor que lo encarna que desperdicia unos instantes de reto y lucimiento para proporcionar al enamorado cierta profundidad.

Con todo, ver un clásico en los tiempos de recortes que corren es un lujo. Los locos de Valencia levantan ráfagas de frescura y buen hacer y encandilan, también a ráfagas, al espectador —la educación sentimental y emocional fue el gran legado de aquel gusto que Lope ofertaba a su público por encima de lo justo de las reglas— . Es lógico que un Centro Dramático apueste por producir esos clásicos justificados, de puertas hacia dentro, por la gestión cultural autonómica. Pero tal vez acudir siempre a lo local no es el único modo de ponerlos en valor o revisitarlos. Tampoco La viuda valenciana —producida hace tres años— se justificaba sólo por tener como marco una Valencia tan carnavalizada y sujeta a la locura como esta obra o por ofrecer, como asimismo ofrece ésta, en su “escenografía verbal” los tópicos del “Turia, que al mar / le paga en agua de azahar / tributo en cristales puros” (“¡Ahora no!” advierte Leonelo al público, que no sabemos si cae en la cuenta del chiste), del “alto Micalete”, etc. Sería bueno esperar que los (otros) clásicos del Siglo de Oro tengan la misma oportunidad que otrora tuvieron Zorrilla con su Don Juan o Buero con su impagable El sueño de la razón. Ambas se vieron también en el teatro Rialto; porque los clásicos, como se sabe, son universales.

E.R.C.

 

1 Comentario » sobre “Que todo el mundo por furioso os crea”

  1. [...] con motivo de su estreno en este mismo blog y a la que se puede acceder a través del siguiente enlace. La discreta enamorada es una comedia de enredo, dirigida y versionada por Ernesto de Diego, que [...]

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