El diablo en los Milagros de Berceo

Raquel Fidalgo Larraga (Universidad de Zaragoza)

 

     Sin duda alguna, la Edad Media es una de las etapas de la humanidad más fuertemente sujetas a la Biblia y, por consiguiente, a un cristianismo que impregnaba todos los ámbitos de la vida. Bien es cierto que gracias a la labor de los clérigos la cultura, en mayor o menor medida, se conservaba y se transmitía de generación en generación. De este modo, no podemos ignorar la viva presencia de esta cultura cristiana en la vida cotidiana de los medievales y menos aún en la vida y obra de Gonzalo de Berceo. Un dato a tener en cuenta es el hecho de que Berceo, precisamente por su condición de intelectual y por su estrecha vinculación al monasterio de San Millán de la Cogolla, procura que sus obras sirvan como lección al pueblo, es decir, tiene un innegable fin didáctico. Este didactismo, sin embargo, no tiene nada que ver con una moral laica, sino que más exactamente Berceo pretende difundir una férrea moral cristiana.

     De este modo, los santos, la Virgen, Cristo etc. se convierten en unos personajes más de la vida diaria. Se trata de un Dios que está presente en todas sus acciones y el hombre medieval no puede concebir su vida sin su presencia. Pero al mismo tiempo las fuerzas del mal se ciernen sobre él y le acechan incansablemente, de tal manera que se puede hablar de "una sensación de familiaridad y de perpetua presencia del diablo en la sociedad; es más, no se podría concebir el fluir de la vida cotidiana sin la presencia más o menos solapada del "enemigo"" (Flores, 1985: 26). Tanto es así que en la obra de Berceo aparece continuamente, de una manera o de otra, la sombra del diablo.

     Sin embargo, debido a las características del presente estudio este amplísimo tema lo hemos reducido al análisis de la figura del diablo en una de las obras berceanas en la que adquiere mayor protagonismo. Me refiero a los Milagros de Nuestra Señora, colección de milagros realizados por la Virgen a favor del hombre cristiano y devoto y, en ocasiones, en clara oposición al diablo. En definitiva, trataremos de caracterizar minuciosamente la figura del diablo y mostrar el tratamiento que recibe por parte de Berceo, del mismo modo que su antitética postura a la de la Virgen o los santos.

 

1.- EL DIABLO COMO PERSONAJE
     El diablo como personaje se identifica en sus apariciones con el mal supremo y se nos presenta como el príncipe de las tinieblas, como el rey de un gran ejército formado por los demonios (Lurker, 1999: 59) [1].

     Resulta curioso que la única ocasión en la que el diablo aparece personificado como tal rey sea en el milagro de Teófilo. Cazal (2000: 72) afirma que esto se debe a que este milagro no está sacado de la misma fuente que el resto, y eso justificaría este caso único. En verdad, el milagro de Teófilo se diferencia en bastantes aspectos del resto. Sin embargo, merece la pena señalar algunas cuestiones. Así, queda manifiesta la situación de jerarquía que parece existir entre los seres infernales. Como señala Ruiz (1999: 137) "su forma de gobierno es la monarquía (...), cuya cabeza visible es un rey o un príncipe". Este rey, como ya hemos dicho, es el diablo. Asimismo, de igual modo que Cristo es el Rey de los Cielos, el diablo es el rey de los infiernos. Por consiguiente, de la misma manera que los santos son el "ejército" de Dios, los demonios lo son del diablo. En este sentido, es de justicia señalar que esta jerarquización se mantiene a lo largo de los Milagros. De hecho, los demonios realizan la tarea de recoger el alma del pecador muerto y luchar por ella si es necesario:

Mientre yazié en vaño el cuerpo en el río,
Digamos de la alma en cuál pleito se vío:
Vinieron de dïablos por ella grand gentío,
Por levarla al báratro, de deleit bien vazío (85)

     E incluso ejecutan las condenas infernales:

Vío a su hermano con otros pecadores,
Do sedié el mesquino en muy malos sudores;
Metié vozes e gritos, lágrimas e plangores,
Avié grand abundancia de malos servidores. (247)

     Por el contrario el diablo, debido a su condición de líder, realiza unas tareas más adecuadas a su rango, más importante y superior. Así, él es quien tienta a los humanos y les incita a pecar, como en el caso del romero de Santiago, al que hace cometer suicidio. Más interesante es el milagro del sacristán impúdico donde se lee: "el enemigo malo, de Belzebud vicario, /... / corrompió al monge: fízolo fornicario" (78 ad). Parece que aquí no es el diablo quien realiza esta acción; sin embargo, hay que tener en cuenta que el vicario es "la persona que hace las veces de otra sustituyéndola en su papel o función" (Moliner, 1998: 1393). Es decir, en esta ocasión el diablo designa a otro demonio para realizar su función, pero entonces ese otro no actúa como un simple vasallo sino que asume las funciones del diablo.

     Por otra parte, al erigirse el diablo como señor y príncipe de las tinieblas, es el único al que se puede hacer homenaje. Es decir, él recibe al homenaje porque es el señor. Así sucede en el milagro de Teófilo; de hecho, cuando el judío le dice al diablo que Teófilo le va a hacer homenaje ("por esso es venido a tos piedes caer") (783 a), el diablo exige que primero reniegue de su señor (Cristo hasta el momento). Esto es una condición indispensable, ya que no se permitía ser vasallo de dos señores al mismo tiempo:

Díssoli el dïablo: "Non serié buen derecho
A basallo ageno yo buscar tal provecho; Mas deniegue a Christo que nos faz muy despecho,
Facerli é que torne en todo so bienfecho". (784)

     Lo mismo exigirá la Virgen a Teófilo cuando éste acude a ella arrepentido (Ruiz, 1999: 138): "a Nos as denegados, busquest otro señor /.../deniega del diablo, confirma tu creencia" (824 b y 834 b).

    Asimismo, sólo el diablo tiene el poder de realizar pactos con los humanos, como se demuestra con el propio Teófilo. En esta ocasión, el diablo demuestra sus conocimientos legales al obligar a su víctima a firmar una carta que testifique el pacto realizado entre ambos:

Deniegue al so Christo e a Sancta María,
Fágame carta firme a mi plaçentería,
Ponga _ su seyello a la postremería,
Tornará en su grado con muy grand mejoría. (785)

     Vemos que incluso el diablo le ordena que estampe su sello sobre el documento, de tal manera que el "contrato" sea totalmente válido y sin posibles fisuras por las que escapar luego.

     Sin embargo, lo común es que el diablo no aparezca identificado como tal, sino que se manifieste en los humanos bajo distintas apariencias. Como señala Flores (1985: 36) "la principal cualidad del diablo es su polimorfismo". Por tanto, puede tomar cualquier apariencia: desde una forma animal (que suele ser muy común en la Edad Media) hasta incluso forma de una figura celestial.

     En este sentido, en el milagro VIII (el romero de Santiago) el diablo se aparece al peregrino bajo la apariencia del apóstol Santiago, precisamente del mismo santo al que el romero quiere adorar al final de su camino:

El dïablo antigo sienpre fo traïdor,
Es de toda nemiga maestro sabidor;
Semeja a las vezes ángel del Crïador E es dïablo fino, de mal sosacador.

Transformóse el falso en ángel verdadero,
Paróseli delante en medio un sendero. (187 y 188 ab)

     De esta manera el diablo pretende conducirlo a una muerte segura, ya que al obedecer las órdenes del falso Santiago, el romero comete suicidio y, por tanto, debe ir al infierno, con la consiguiente victoria del mal sobre el bien. Sin embargo, resulta más interesante el hecho de que Berceo, en esta ocasión, no se limita a seguir literalmente el texto latino sino que amplía la fuente. Este dato nos interesa porque el milagro latino solo dice que el romero identificaba la aparición con el apóstol Santiago (Berceo, 1971: 88), es decir, la confusión del peregrino es la causa de la desgracia. Sin embargo, Berceo introduce un sorprendente diálogo entre ambos: ""¿Quién sodes vós, señor?" díssoli el romeo. Recudiól’: "Yo só Jácobo, fijo de Zebedeo"" (190 ab). Es decir, Berceo atribuye la causa del suicidio al diablo de una manera directa, pretende hacer ver a los lectores que es el diablo quien confunde al romero. Por lo tanto, el peregrino no merece ir al infierno porque él seguía la voluntad de aquél a quien creía santo. El romero obraba correctamente y no debe ser castigado por la engañosa artimaña del diablo. Por otra parte, Berceo hace así una metáfora de la vida humana, en la que el camino se identifica con el curso vital (Escartín, 1996: 81). En ese transcurso de tiempo el hombre debe salvar los obstáculos que le pone el diablo, es decir, debe superar las tentaciones demoníacas para alcanzar el premio que se otorga al final del camino: la gloria eterna.

     Por otra parte, es más frecuente en Milagros que el diablo aparezca encarnado en una figura no humana. Así, la Virgen lo identifica como una bestia en el milagro II (el sacristán impúdico): "non te riepto, ca eres una cativa bestia"(92 b). Es decir, además de ser un animal irracional es "malvada, infeliz, desgraciada" (Berceo, 1990: 66, nota 92 a). Ahora bien, resulta más sorprendente el milagro XX, en el que el diablo aparece transfigurado en tres animales distintos: un toro, un perro y un león. Como muy bien señala A. Deyermond (1975: 83) hay que relacionar este milagro con el Salmo 22, en el que aparecen destacados estos tres animales como peligros para la vida humana y cristiana:

Me han rodeado muchos toros;
Fuertes toros de Basán me han cercado.
Abrieron sobre mí su boca
Como león rapaz y rugiente...
Libra de la espada mi alma,
Del poder del perro mi vida.
Sálvame de la boca del león... (vv. 12-13 y 20-21)

     Por otro lado, es de justicia señalar la simbología de estos tres animales. En primer lugar, "el toro simboliza la violencia, rasgo que es característica del demonio" (Ruiz, 1999: 125):

En figura de toro que es escalentado,
Cavando con los piedes, el cejo demudando,
Con fiera cornadura sañoso e irado,
Paróseli delante el traïdor provado. (466)

     Es considerado, además, como emblema de Satán (Charbonneau-Lassay, 1996: 64).

     En segundo lugar, el diablo aparece transformado en un perro furioso. De nuevo, este animal presenta una simbología clara fácilmente relacionable con Satán, con el infierno, con el mundo de abajo (Chevalier & Gheerbrant, 1986: 816). En la Edad Media el diablo en forma de perro gozó de un gran éxito. Incluso San Agustín se la otorgó: "Dios le ha atado con la cadena, como a un perro que solo puede morder al que irreflexivamente se le acerca demasiado" (apud Ruiz, 1999: 126). Por otra parte, ya desde los tiempos bíblicos el perro se encontraba entre los animales menos apreciados por los humanos, era considerado una bestia que se alimentaba de carne humana y otros animales (Wigoder, 2001: 88). Así, en Milagros aparece asociado a la violencia:

En manera de can firiendo colmelladas.

Vinié de mala guisa, los dientes regañados,
El cejo mucho turbio , los ojos remellados,
Por ferlo todo pieças, espaldas e costados. (470 d y 471 abc)

     Por otra parte, Ruiz (1999: 126) señala que la presencia del perro en la obra berceana refleja un doble aspecto: de un lado, el desprecio que Berceo muestra hacia él, relacionando el perro con el demonio; y de otro, "el perro presenta un claro valor injurioso", de tal manera que al judío que quema a su hijo le llama "can traïdor" (362 a).

     Por último, el diablo se transforma en león y así se le aparece al monje borracho, aunque de nuevo (y definitivamente) es vencido por la Virgen. Este animal tiene una interpretación ambigua, ya que puede representar tanto a Cristo como a Satán. En este caso, como venimos diciendo, el diablo toma forma de león:

Entrante de la glesia, enna somera grada,
Cometiólo de cabo la tercera vegada,
En forma de león, una bestia dubdada,
Que trayé tal fereza que non serié asmada. (473)

     Así lo representó también San Pedro: "sed sobrios, hermanos míos, y velad, pues el diablo, vuestro adversario, como león que ruge, tratará de devoraros" (apud Charbonneau-Lassay, 1996: 50). Este pasaje berceano guarda una clara relación con esa frase del apóstol, ya que aquí presenta Berceo al diablo en forma de león tratando de devorar al cristiano.

     Graf (1991: 48) recoge esta tradición de mostrar al diablo bajo estas mismas apariencias animales: "en forma de león, el demonio mató a un niño al que San Eleuterio, obispo de Tournay, devolvió a la vida (...). Como perro, el diablo se hizo compañero del papa Silvestre II, sospechoso de brujería; como perro, apareció ante Fausto".

     Asimismo, en este milagro Berceo hace de nuevo una metáfora de al vida humana. El trayecto que recorre el monje hasta la iglesia representaría la vida, mientras que la iglesia sería el destino natural del buen cristiano, es decir, la corte celestial. A lo largo del camino, es asaltado tres veces por el demonio, que representa los distintos peligros que debe superar para alcanzar la gloria. Pero el cristiano, parece decir Berceo, no está solo en esta lucha diaria: la Virgen vigila y protege a sus devotos, jamás los abandona. Ya Cacho Blecua (1986: 64-65, nota 42) señaló que la presencia del número tres en los Milagros de Berceo era una cuestión importante, y creo que en este caso presenta claras connotaciones religiosas. En efecto, es en este milagro donde con más claridad podemos observar esto, ya que esas tres apariciones del diablo (que bien podrían ser una prueba folclórica) pueden recordar a las tres negaciones de Cristo por San Pedro o, mejor, las tres tentaciones que sufrió Cristo en el desierto.

     Dejando al margen estas personificaciones del diablo, debemos recordar que en ocasiones el diablo aparece simplemente como metáfora del mal mundano, como causante de todo el sufrimiento de los hombres. Así, "muchos de los escritores y de las obras más grandes (...) trataron al diablo, habitualmente, de modo superficial o como metáfora de los vicios o el mal en general" (Russell, 1995: 234). Es decir, para la mentalidad medieval el diablo estaba "detrás de todos los pecados, vicios y preocupaciones mundanas" (1995: 240).

     En este sentido, resulta interesante observar las ocasiones en las que Berceo no atribuye un pecado al diablo, cuando en la fuente latina que utiliza éste es el culpable del vicio. Así, en el milagro XX leemos que el monje

Entró enna bodega un día por ventura
Bebió mucho del bino, esto fo sin mesura,
Embebdóse el loco, issió de su cordura,
Yogo hasta las viésperas sobre la tierra dura. (463)

     Al comparar con la fuente latina, observamos que Berceo ha omitido decir que el fraile se emborrachó por instigación del diablo. En el milagro XI la abadesa cae en pecado por causa también del diablo en la fuente latina, omitido de nuevo por Berceo:

Pero la abadesa cadió una vegada,
Fizo una locura que es mucho vedada;
Pisó por su ventura yerba fuert enconada,
Cuando bien se catido, fallóse enbargada. (507)

     Por último, en el milagro de Teófilo Berceo no menciona que el pecado de envidia hacia el nuevo obispo se produce otra vez debido al diablo:

Corrién los pleitos todos al vicario novel,
Serviénlo a Teófilo mas plus servién a él;
Cogió zelo Teófilo, cenpelló el doncel,
Cambióse en Caín el que fuera Avel. (763)

     Por lo tanto, en mi opinión, Berceo aquí no cita al diablo directamente, pero es indudable que sí se encontraría tras estos pecados. Lo que quiere demostrar Berceo es que no es necesario que el diablo aparezca para tentarnos y hacernos pecar, sino que también puede hacerlo mediante otras tretas, sin necesidad de aparecer visiblemente en una forma física concreta.

     Esto mismo sucede en otros muchos milagros, en los que Berceo solo dice qué pecado comete el cristiano. Así, por ejemplo en los dos hermanos, milagro en el que uno de ellos, Pedro, cae en el pecado de la avaricia y el otro, Esteban, en el de codicia:

Peidro l’ dizién al clérigo, avié nomne atal,
Varón sabio e noble, del Papa cardenal;
Entre las otras mañas avié una sin sal,
Avié grand avaricia, un pecado mortal.


Estevan avié nomne el secundo ermano,
Entre los senadores non avié más lozano;
Era muy poderoso en el pueblo romano,
Avié en "prendo prendis" bien usada la mano.


Era muy cobdicioso, querié mucho prender. (237, 238 y 239 a)

     En los dos casos nada se dice de una posible acción del diablo, pero tras su muerte, ambos deben ir al infierno porque han cometido pecados graves, pecados relacionados con el demonio.

 

2.- PSICOLOGÍA DEL DIABLO

     Acabamos de ver que la locura es una manifestación de la presencia del diablo en el mundo. Ahora bien, la pregunta que ahora se nos plantea es ¿cómo caracteriza Berceo al diablo psíquicamente?, ¿cómo actúa?. Pues bien, en Milagros podemos encontrar bastantes alusiones a esta faceta demoníaca.

     En efecto, si comenzamos con los demonios, éstos se muestran en Milagros como un grupo furioso, violento: "tornó a los dïablos, concejo enconado" (173 c). cuando van a buscar el alma de algún pecador, aparecen siempre en un grupo muy numeroso: "vinieron de dïablos por ella grand gentío" (85 c). En resumen, los demonios aparecen siempre como un grupo numeroso y furioso. Por el contrario, el diablo siempre actúa solo, porque no necesita sentirse arropado y protegido por nadie. Él solo se basta, es el rey; en principio todo lo puede. Sin embargo, la psicología del diablo "es la del eterno perdedor" (Ruiz, 1999: 134). En efecto, nada tiene que hacer en contra de los deseos divinos. Así, como veremos, todo su poder se reduce a tentar a los hombres e inducirlos al pecado, pero ante la Virgen y Dios ese poder se desvanece. De ahí que Berceo nos lo muestre como un personaje que siente despecho por aquellos devotos a los que no consigue tentar: "a las de la Gloriosa siempre sedié erecho; / aviéli el diablo por ello grand despecho" (284 cd).

     Pero sin duda alguna, la característica más sustancial al diablo es su capacidad de engañar a los humanos. En este sentido, en el milagro de Teófilo Berceo insiste en este hecho y aporta otros matices que lo complementan:

Veredes el dïablo que trae mala maña,
Los que non se le guardan, tan mal que los engaña.

(...) fue buscar al dïablo sabidor e artero,

(...) sópolo engañar el falso traïdor,
díssoli que negasse a Christo su Señor (884 cd, 885c y 886ab)

     Es decir, el diablo es astuto, siempre tiene malas intenciones y jamás hay que confiar en sus palabras, porque solo busca engañar al ser humano y apartarlo de Dios. Lo mismo sucede en el milagro del peregrino de Santiago: el diablo consigue engañarle mediante una apariencia que no es la suya. En este sentido, Ruiz (1999: 395) afirma que el diablo es el arquetipo de la hipocresía, ya que puede tomar cualquier forma para engañar a los humanos.

     Por el contrario, como ya hemos comentado, el diablo ríe despiadadamente cuando consigue hacer pecar a algún ser humano. El caso más claro de esto lo encontramos en el milagro de la abadesa preñada, cuando las otras monjas manifiestan que no quieren que el diablo se ría de ellas por no descubrir el embarazo de la abadesa: "vidieron que non era cosa de encobrir, / si non, podrié de todas el dïablo reír" (511ab). También la abadesa remite a algo parecido, pero además extiende esta risa a todo el género femenino:

Que de tan grand infamia me deñesti guarir,
Que podrié tod el mundo siempre de mí reír.

Si esta mi nemiga issiesse a concejo,
De todas las mugieres serié riso sobejo (543 cd y 544 ab).

     Por último, es de justicia señalar que la elocuencia se erige como principal cualidad del diablo. A través de la palabra consigue engañar a sus víctimas y mantener auténticas disputas verbales con los santos o la Virgen para conseguir el alma del fallecido: claro ejemplo de ello es el milagro II. Pero dejemos este aspecto para más adelante.

 

3.- CARICATURIZACIÓN DEL DIABLO

     En gran parte de los Milagros, Berceo nos presenta una batalla siempre favorable a los seres celestiales, de tal manera que el diablo queda caracterizado como el contrincante fácil, porque jamás tiene la posibilidad de vencer. A pesar de sus muchas tretas, como la de tomar la apariencia de un santo para hacer pecar al romero, el diablo no va a conseguir su propósito en esta colección de milagros. El objetivo de Berceo es el didactismo, mover a sus fieles hacia una mayor devoción por la Virgen. Para ello, la muestra como una mujer piadosa, siempre fiel a sus devotos, la mujer que nunca les abandona. Por tanto, si magnifica su figura con tanta excelencia, se ve obligado a ofrecer una imagen nefasta o ridiculizadora de su eterno enemigo, el diablo.

    De esta manera, "el diablo berceano refleja una doble condición, en parte ambivalente:

-la de un gran señor, digno de respetar y temer, que en el Infierno nos inflige durísimas penas, cuyo aspecto nos atemoriza en la Tierra.

-el ser cómico, incapaz. Elementos que reflejan una concepción mucho más popular del diablo" (Ruiz, 1999: 121).

     En cuanto a los Milagros, Berceo hace gala de estos dos tipos de diablos: el diablo castigador y terrible (que aparece en los infiernos, o incluso el diablo del milagro de Teófilo, un rey en medio de un ejército de demonios con cirios en las manos, lo que da lugar a una tenebrosidad sin límites, que se une al hecho de suceder la escena a medianoche); y por otro lado el diablillo cómico, al que podemos observar no solo en las disputas que siempre pierde, sino también en el diablo que tiene que recurrir al disfraz para lograr engañar a los hombres, o el que acaba apaleado por la Virgen.

     Por otra parte, su propia condición de eterno perdedor le otorgaría, en mi opinión, un matiz cómico, ya que en cada aparición del diablo en un relato, el público es consciente de que está abocado al fracaso, que todas sus tretas son inútiles. Sin embargo, en el transcurso de las disputas por el alma pecadora, el diablo hace gala de una elocuencia arrogante, que no le conduce a nada porque siempre pierde. En este sentido, "une autre manière de rendre le Diable comique est évidemment de montrer sa rage impuissante lorsqu’il est vaincu par la Vierge et par les saints, ou de raconter les tours que lui jouent des personnages plus rusés que lui, mais ce Satan de contes dévots et de fabliaux est victime d’un dénouement prévu ou assez conventionnel" (Frappier, 1953: 92)

     Dejando al margen esta comicidad que produciría el diablo, resulta curioso que se insista tanto en su presencia, que no haría sino acentuar el maniqueísmo de la obra. Sin embargo, es lícito incidir en el hecho de que siempre pierda y jamás le sea permitida una victoria sobre el mortal [2]. Si tenemos en cuenta el propio significado de la palabra diablo, descubrimos que procede del latín diabolus, ‘el que desune, el calumniador’(como ya hemos visto); pero además es un factor previsto por Dios, porque al final siempre triunfa el bien (Pérez-Rioja, 1997: 163). Por tanto, la presencia del diablo solo sirve para acentuar aún más la bondad de la Virgen, realmente nunca vencerá porque así está dispuesto.

     Por otra parte, sorprende el hecho de que el diablo (que en principio se sublevó contra Dios y por eso está en el infierno) acate sin miramientos las decisiones de Dios y la Virgen: "mandólis atender; non osaron fer ál; / moviólis pletesía firme e muy cabdal" (88 cd). Cuando la Virgen ordena que el alma del peregrino debe volver a su cuerpo, los diablos, aunque dolidos, no se rebelan contra ella y aceptan la resolución, son sumisos a las decisiones divinas:

Valió esta sentencia, fue de Dios otorgada,
Fue la alma mesquina en el cuerpo tornada,
Que pesó al dïablo, a toda su mesnada,
A tornar fo la alma a la vieja posada.(209)

     Con mayor razón devuelven el alma de Esteban, a la que Dios otorga el perdón: "cuando lo entendió la gent adïablada, / quitósse de la alma, la que tenié legada" (260 ab). En este sentido, Teófilo afirma que la carta que firmó con el diablo le será otorgada a Cristo solo con que así lo quiera: "doquiera que la tenga el dïablo metida, / sólo que Él lo quiera, luego será rendida" (849 ab).

     En definitiva, el diablo aparece en principio como el culpable del mal, pero observamos que al fin y al cabo es sumiso a la voluntad divina, nada hace que pueda ofenderle en grado sumo. Por tanto, es algo ya calculado por Dios, de lo contrario no permitiría que un ser arrebatase el alma de los inocentes. El demonio, entonces, solo es un ser creado por Dios para demostrar, por contraste, su suprema bondad. Así que "la difusión de la figura del diablo como tentador y causante de las equivocaciones de los hombres está íntimamente ligada a la propagación de la idea reparadora y salvadora" (Flores, 1985: 26). De otro modo es imposible entender la presencia de un ser maligno que jamás vence. Dios es el creador, y por tanto crea sus normas de juego. El diablo debe respetarlas o perderá ese privilegio de hacer sufrir a los hombres, privilegio que le fue otorgado por ese mismo Dios y que le puede arrebatar. Por lo tanto, al cristiano le interesa mantener y difundir, aterrorizando se cabe, la imagen del diablo como personificación del mal, porque de esa manera propaga los ideales del buen Dios y de la dulce Virgen María, defensora de la humanidad.


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