Cuento xxxij.

TEnía un gran señor entre otros criados uno muy diligente en saber escrevir todo lo que de nuevo acontescía, assí de burlas como de veras. Acontesció que estando el señor sobremesa, mandóle que le truxesse el libro de las novedades, y trahído, vio en el principio de una hoja que dezía assí: "El duque mi señor hizo tal día una nescedad en dar quinientos ducados a un alquimista para que con ellos fuesse a Ytalia a traher aparejos para hazer plata y oro." Dixo entonces el señor: "Y si buelve ¿qué tal quedarás tú?" Respondió el criado: "Si bolviere, quitaré a vuessa señoría y porné a él."

Cuento xxxiij.

REquebrándose un galán con una dama le dixo: "Desde agora protesto, seño-/[b iij v] ra mía, de serhos muy servidor, pues a más de dozientos años que no he visto otra tan hermosa como vos." Respondió ella: "No quiero servidor tan viejo."

Cuento xxxiiij.

EStando dos mancebos esgrimiendo con las manos en una sala, el uno dellos sintiéndose lastimado de un golpe que havía rescebido, bolviósse a un aparador que estava detrás y apañó de un majadero que estava allí para darle con él. Su contrario que lo vido, dixo: "No, no, ¿dos contra mí?, yo me doy por vencido."

Cuento xxxv.

HAvía un philósopho que tenía por opinión que no havía más de tres hed[a]des(3) en el hombre, que son infancia, juventud y senectud, y por esso saludava a la gente de tres maneras. A la infancia dezía: "En hora buena vengáys;" a la juventud: "En hora buena estéys;" a la senectud: "En hora buena vays." Preguntado por un amigo suyo qué significava aquello, respondió que al mochacho dezía: "en hora buena vengas," porque venía al mundo, y al mancebo: "en hora buena estés," porque está en aquella hedad tan florida, y al viejo: "en hora buena vays," porque va camino de la sepultura.

/b iiij r/

Cuento xxxvj.

LLevavan açotando a un ladrón y rogava al verdugo que no le diesse tanto en una parte, sino que mudasse el golpear. Respondió el verdugo: "Callad, hermano, que todo se andará."

Cuento xxxvij.

EStavan unos ladrones desquiciando una puerta para robar lo que havía en la casa. Sintiéndolo el dueño de la posada assomósse a una ventana y dixo: "Señores, de aquí a un rato venid, que aún no somos acostados."

Cuento xxxviij.

ANdava un pobre pidiendo por amor de Dios por los ropavegeros de Salamanca, y a grandes bozes dezía: "Acordahos, señores, de la passión de Dios." Díxole un estudiante: "Hermano, passad vuestro camino, que aquí testigos son de vista."

Cuento xxxviiij.

SUbía un truhán delante de un rey de Castilla por una escalera y, parándose el truhán a estirarse el borzeguín, tuvo necessidad el rey de darle con la mano en las nalgas para que caminasse. El truhán, como le dio, echósse un pedo. Y tratándolo el rey de vellaco, respondió el truhán: "¡A qué /[b iiij v]/ puerta llamara vuestra Alteza, que no le respondieran!"

Cuento xxxx.

EStando sirviendo a la mesa de su señor un page gran trobista, no podiendo hazer más affloxósse por baxo, y porque no tuviesse dello su amo sentimiento, començó de torcer el pie por tierra haziendo ruydo. Pero el señor, sintiendo lo que passava, díxole graciosamente: "¿Qué, búscasle consonante?"

Cuento xxxxj.

UN mochacho llevava dos redomas de vino por la calle y, por apartarse de una bestia, quebró la una con la otra, y entrando llorando por su casa, preguntóle su amo (que se dezía Beltrán) la causa porque llorava. Respondió: "He quebrado, señor, la una redoma." "¿Y de qué manera?" dixo el amo. Entonces el mochacho dio con la redoma que trahía quebrada en la sana e hízola pedaços, diziendo: "De esta manera la quebré, señor." El amo, con paciencia respondió: "Habla Beltrán, y habla por su mal."

Cuento xxxxij.

UN cavallero entró en una venta solo, que llegava de camino, y uno de ciertos mercaderes que estavan comiendo dí-/[b v r/ xole cómo se llamava. Respondió, pensando librar mejor, que don Joan Ramírez de Mendoza y de Guzmán. Dixo el mercader: "Si viniera solo vuessa merced combidáramosle, mas para tantos no ay aparejo."

Cuento xxxiiij.

UN padre embió a su hijo a Salamanca a estudiar, y mandóle que comiesse de lo más barato. El moço en llegando, preguntó qué valía una vaca. Dixéronle que diez ducados, y que una perdiz valía menos de un real. Dixo entonces: "Según esso, perdizes manda mi padre que coma."

Cuento xxxxiiij.

EStando en un sarao de damas ciertos cavalleros concertados de requebrarse cada uno con la suya, y como al más galán le cupiesse la más fea, echósse a sus haldas, y como no le dixesse ningún requiebro, preguntóle otro cavallero qué era la causa. Respondió: "He miedo que me diga de sí."

Cuento xxxxv.

COncertó con un pintor un gentilhombre que le pintasse en un comedor la cena de Christo, y por descuydo que tuvo en la pintura, pintó treze apóstoles, y, para dissimular su yerro, añadió al trezeno insignias de correo. Pidiendo, pues, la paga de/[b vj v]/ su trabajo, y el señor rehusando de dársela por la falta que havía hecho en hazer treze apóstoles, respondió el pintor: "No resciba pena vuessa merced, que esse que está como correo no hará sino cenar y partirse."

Cuento xxxxvj.

FUe un amigo a visitar a otro que estava malo de unos palos que le havían dado, el qual era gran jugador del triumfo, y como entrasse y viesse a la cabecera una espada corta que siempre trahía consigo, le dixo: "¡Cuerpo del diablo con vos, pues salió el triumfo de bastos, atravessárades la espadilla!"

Cuento xxxxvij.

ERan dos amigos, el uno texedor y el otro sastre. Vinieron por tiempo a ser enemigos, de tal manera que el sastre dezía en absencia del texedor mucho mal, y el texedor mucho bien en absencia del sastre. Visto por una señora lo que passava, preguntó al texedor qué era la causa que dezía bien del sastre, diziendo el otro tanto mal dél. Respondió: "Señora, porque mintamos los dos."

Cuento xxxxviij.

UN tendero dava de menos en todo quanto vendía y, acusándole por tiempo su consciencia, comunicó con su muger /[b vij r]/ el remedio que le ternía. Y ella respondió: "El remedio será que de aquí adelante tratemos en lana, y, assí como en las cosas de la tienda dávamos de menos, assí en el peso de la lana daremos de más a las hilanderas."

Entendido por el marido el mal consejo de la muger, dixo: "Doblado engaño es esse."

Cuento xxxxviiij.

HAviendo un cavallero muerto una grulla, mandó a su cozinero que la assasse, y, como el señor tardasse, comiósse el cozinero la una pierna. Y venido el señor, y puesta la grulla en la mesa, dixo: "¿Qué es de la otra pierna?" Respondió el cozinero que no tenía más que una. Calló por entonces el señor, y cuando fue otro día a caça de grullas, dixo el cozinero: "Mire, señor, que no tienen más de una pierna", (y es porque acostumbran de tener la otra alçada). Entonces el cavallero fue hazia ellas y díxoles: "¡Oixte!" Y bolaron cada una con sus dos piernas. Y dixo el cavallero: "¿Ves como tiene cada una dos piernas?" Respondió el cozinero: "También si a la que estava en el plato dixera 'oixte', sacara su pierna."

Cuento l.

HUvo un çapatero de muy flaca memoria llamado Pero Díaz, el qual havía /[b vij v]/ prestado un ducado, y no se acordava a quién. Dávale tanta pena esta ymaginación que lo dixo a su muger. Y ella diole por consejo que a qualquiera que le dixesse 'Buenos días, Pero Díaz', que le respondiesse: 'más querría mis dineros', porque quando lo dixesse a quien no le devía nada, passaría adelante. Haziéndolo assí, quando encontró con quien le devía el ducado, dixo: "Yo hos lo daré sin que me lo pidáys dessa manera." Y assí vino a saber quién le devía el ducado, y a cobrarlo.

Cuento lj.

REscibió un cavallero por criado un moço, al parescer simple, llamado Pedro, y por burlarse dél, diole un día dos dineros, y díxole: "Ve a la plaça, y tráheme un dinero de huvas y otro de aix." El pobre moço, comprado que huvo las huvas, se reían y burlavan dél, viendo que pedía un dinero de aix. Conosciendo que su amo lo havía hecho por burla, puso las huvas en la capilla de la capa, y encima dellas un manojo de ortigas, y llegado a casa, díxole el amo: "¿Pues, trahes recaudo?" Dixo el moço: "Sí, señor, ponga la mano en la capilla, y sáquelo." Puesta la mano, encontró con las ortigas, y dixo: "¡Aix!" Respondió el moço: "Tras esso vienen las huvas, señor."

/[b viij r]/

Cuento lij.

COntendiendo un portugués y un castellano en Sevilla sobre quál era mejor rey, el de España o el de Portugal, vino a desmentille el Portugués, por do el castellano le dio una cuchillada. Después el mesmo castellano aportó en Lisboa. El portugués, en verle, fue a tomar parescer de un amigo suyo presidente que si le daría otra cuchillada al castellano. Respondióle que no, pero que juntasse con él y le dixesse que quál rey le parescía mejor: el de España o el de Portugal, y que si dezía que el de España, que le diesse una cuchillada, y si el de Portugal, que lo dexasse estar. Ydo el portugués interrogó su demanda, el qual respondió que el rey de Portugal era mejor rey. Dixo el Portugués: "¿Por qué no defendes tu rey, majadero?" Respondió el castellano: "Porque cada gallo canta en su gallinero."

Cuento liij.

CIerto señor de salva preciávase tanto en dezir mentira, en especial en contar casos hazañosas(4) que le havían acontescido en la guerra, para lo qual allegava por testigo de vista a un mayordomo suyo, hombre de mucho crédito. Una vez, el señor des- /[b viij v]/ baratándose en contar cierta mentira, dixo: "Mi mayordomo hará fe que passó assí." Corrido el mayordomo, dixo: "Señor, no sé tal cosa." Rescibió tanta affrenta el señor de su respuesta que lo mandó poner en la cárcel. Pero ya que lo hizo soltar, no dexando de hazer lo mismo, tanto que, offresciéndosele en otro caso semejante allegar con su mayordomo, y, preguntándole si era como él dezía, le respondió: "Señor, a la cárcel me voy."

Cuento liiij.

HAvía un tavernero muy diestro en baptizar el vino, con lo qual allegó a tener quinientos ducados. Y tomando la dicha cantidad embuelta en un paño colorado, se fue a comprar vino fuera de la ciudad. Y por el gran calor que hazía le fue forçado apearse junto a una fuente, a do se assentó, y sacó los dineros y púsolos cabe sí. Viendo un águila que yva bolando el paño colorado con que estavan atados, pensando que era algún pedaço de carne, apañó súbitamente dellos. El tavernero, siguiéndola de rastro, vido que se le cayeron, con el peso tan grande, en medio de una laguna de agua, do provó por diversas vezes de entrar por ellos. Y por ser tan sobrada el agua, determinó de- /[b viiij r]/ xarlos, diziendo: "Vaya en buena hora mi bien, que de donde salió se bolvió."

Cuento lv.

UN cavallero vino a posar en uno de dos mesones que estavan a los lados de una cruz de piedra, y pidió para su curtau medio celemín de cevada, y buelto a regonoscelle, halló que le havían quitado della. Salió a la puerta y dixo razonando con la cruz: "¡O, Señor, y hasta aquí hos havéys puesto entre dos ladrones!" Respondió el mesonero del otro mesón, que estava a la puerta: "Señor, ¿y qué merezco yo?" Dixo el cavallero: "Sed vos el que se salvó, y callá."

Cuento lvj.

VIniendo un soldado de Ytalia muy próspero, fue combidado por un grande amigo suyo. Estando en la mesa, havía un estraño dezidor, que tenía fama de judío, el qual, por tratar al soldado de puto, tomó con la punta de un cuchillo el obispillo de la gallina y púsoselo delante diziendo: "Xaque." Entonces el soldado de presto tomó assí mesmo una lonja de tocino, y púsosela delante diziendo: "Mate."

Cuento lvij.

TEniendo celos un viejo de su muger, por ser moça y hermosa, de un cierto /[b viiij v]/ amigo suyo mercader biudo, cayó malo de cierta enfermedad, de la qual no dándole vida, llamó a su muger, diziéndole: "Ya sabéys, señora mía, que no puedo escapar de aquella dolencia de muerte. Lo que hos supplico es (si plazer me havéys de hazer) que no hos caséys con este amigo mío que suele venir a casa, de quien algunos celos he tenido." Respondió la muger: "Marido, aunque quiera no puedo, porque ya estoy prometida con otro."

Cuento lviij.

UNa muger de un rústico labrador tenía amores con un licenciado, el qual era compadre de su marido. Y el labrador combidóle un día a un par de perdizes. Como la muger las huviesse assado y se tardassen, y a ella le creciesse el apetito, se las comió. Venidos a comer, no tuvo otro remedio sino dar a su marido la cuchilla que la amolasse. Estándola amolando, acercósse al licenciado y dixo: "Yhos de presto, señor, que porque mi marido ha sabido de nuestros amores, hos quiere cortar las orejas. ¿No veys cómo amuela la cuchilla?" Él entonces dio de huyr. Dixo la muger: "Marido, el compadre se lleva las perdizes." Saliendo el labrador a la puerta con la cuchilla en la mano, de- /[c j r]/ zía: "¡Compadre, a lo menos la una!" Respondió el licenciado: "¡O, hideputa! ¡Ni la una, ni las dos!"

Cuento lviiij.

ERan dos amigos, que el uno tenía fama de ladrón y el otro de covarde. Y estando entre muchos amigos en chacota, apostaron a correr con el covarde, y el que solía usar de presas dixo: "No corráys con él que perderéys, porque es hombre que se vale mucho de los pies." Respondió el otro: "Ygual es de pies que de manos."

Cuento lx.

FUe un soldado muy feo, con un guárdenos Dios por la cara, que yva detrás de una muger fea diziéndole: "Perla graciosa, bolvehos, y vea yo este hermoso rostro." Bolvióse la muger, y en verle, dixo: "Esso no puedo dezir yo de vuessa merced." Respondió él: "Bien podríades mintiendo como yo."

Cuento lxj.

HUvo un galán gran componedor de versos y epitaphios para sepulturas que en otro no se occupava ni tenía gracia. Este sirvía una dama, y corriendo su cavallo delante della, cayó súbitamente el cavallo en tierra y murió. La dama, por burlar- /[c j v]/ se dél, díxole: "Señor, veamos qué epitaphio le pornéys en su sepultura, por haverse muerto delante de mí." Dixo: "Señora, éste: si los rocines se mueren de amores, ¡hay, triste de mí, qué harán los hombres!"

Cuento lxij.

EStando contendiendo muchos amigos y tratando de las rentas que los grandes tienen en Castilla, dezía el uno: "Yo querría ser duque del Infantazgo;" el otro, "conde de Benavente;" el otro, "marqués del Vasto;" el otro, "arçobispo de Toledo." Huvo uno dellos que dixo: "Yo querría ser melón." Preguntado por qué, dixo: "Porque me oliéssedes en el rabo."