Comedia POLISCENA


Traducción realizada por Josep Gandia Esteve
(Universidad de Valencia)
30/09/96

Presentación

Versión castellana de la Comedia Poliscena, realizada por Josep Gandia Esteve; Universitat de València.

Se ha utilizado la edición de Joseph R. Jones del texto de 1478, y la versión inglesa realizada por el mismo, publicadas ambas en Celestinesca, volumen 10, no. 1, mayo 1986, pp. 23-44 y 45-67.

Para las citas de Terencio se señala el acto y el número de verso; se ha usado la edición de L. Rubio, de las Comedias, 3 vols., ed. Alma Mater, Barcelona, 1951.

La Celestina se cita por el número de página, según la edición de D. Severin, Cátedra, Madrid, 1989.

Más información sobre el autor y la obra.

COMEDIA POLISCENA

compuesta por Leonardo Aretino

Comienza el prólogo de la obra

Acuso a las madres: que no lleven a sus hijas a mirar el esplendor de los santos varones o grandiosos espectáculos, a las cuales la extravagancia y el lujo intriga para corromper.

Corrijo los hábitos de sirvientes y alcahuetas inútiles: que no permitan a los amos extraviarse tras asuntos deshonestos, o engañándoles malvadamente con palabras falsas, les induzcan a vender su patrimonio para pagar a alcahuetes.

Me gustaría advertir a los padres: que no den oportunidad de que se perviertan los hijos, para que la vejez no les oprima al final, a causa de no haber sabido dirigir a sus vástagos.

Continúa leyendo. Aunque me complace ser un poeta cómico, no desdeñes creer las cosas que mi musa señala, oh lector!


Comienza el argumento de la comedia

Un joven llamado Graccus, hijo de un viejo llamado Macharius que trabajaba en la comarca de Toscana, cuando fue un día al templo de los dioses vio a Poliscena, de hermoso aspecto, hija de Calphurnia, y súbitamente la visión lo enamoró. Pronto reveló su amor a su intrigante criado, Gurgulio, con cuya ayuda creía que sería capaz de disfrutar de los encantos de la joven Poliscena. Pero como Gurgulio no hacía progresos, Graccus se acercó a una vieja mujer a la que mantenía en su casa, llamada Tharatántara, prometiéndole muchas cosas si ella le ayudaba y asesoraba en su asunto amoroso. Ésta se acercó primero a Calphurnia y después a Poliscena. Llevaba los asuntos encomendados a ella, con extraordinaria malicia, a la conclusión deseada. Éste es el resumen de la comedia, pero el poeta lo desarrolla con una gran habilidad.


ACTO PRIMERO

GRACCUS, GURGULIO

GRACCUS: ¡Por Hércules! Desearía que una fiebre me arrastrara de este día desafortunado; porque cuando la vi inadvertida, apenas oculta por su velo, con su agraciada apariencia y en la flor de la vida, ardí de amor en el momento.

GURGULIO: (¿Qué ocurre, que veo al hijo del amo agitado?)

GRACCUS: Llego al templo de los dioses al mismo tiempo que ella. Miro alrededor...

GURGULIO: (Me gustaría saber si algo terrible nos ha pasado. No puedo imaginar qué puede ser.)

GRACCUS: Pongo mis ojos enfermos de amor en ella. Ella baja su mirada con pudor juvenil, porque su temible madre, que la controla, prácticamente la mantiene en su faldón.

GURGULIO: (¿Qué es toda esta charla? Me gustaría saberlo.)

GRACCUS: ¡Calphurnia! ¡Pueden matarla todos los dioses y diosas! Paro. Miro a ver si alguien nota que la amo. Debo ser discreto porque si el asunto se complica no quiero que haya chismorreos y no quiero que se sepa nada. Si me rindo en exceso a mi amor y abandono en exceso a mi placer, ellos me enterrarán vivo. Aprenderé a controlar mi cuerpo y mi mente. Pero, ¿no veo a Gurgulio, mi intrigante criado? Voy hacia él. No tengo a nadie más a quien pedir que sea mi confidente en este asunto.


Poliscena, una joven dama.

POLISCENA: Si una cierta vergüenza y respeto por mis padres no me inhibiera, seguro que me quejaría abiertamente con una desenfrenada voz -y no es una injusticia por mi parte estar enfadada con ellos- contra quienes «quo pacto» nos encierran a nosotras las muchachas más que a los muchachos entre los muros de casa. Ignoro si se hace por costumbre, o más bien por corrupción, porque nos creen pusilánimes y cansadas por las tareas de casa; y nos han condenado, encerradas en casa, a morir, y por eso nuestra herencia ha sido mermada poco a poco por la perfidia de los hombres de leyes. Aseguran, entonces, que lo hacen para preservar nuestra castidad. Estoy segura que no hay nada más lejos de la verdad... Entonces, cautelosamente nos llevan a visitar el templo de los dioses, a escuchar las palabras de los hermanos, proclamando desde el púlpito los milagros del cielo y del infierno. Pero algo más nos atormenta profundamente, y que deploro más y más: cuando vamos por nuestro camino, modestamente, con el velo sobre nuestras cabezas, una multitud de hombres jóvenes intenta mirarnos fijamente. Si la oportunidad para este asunto surge, ellos susurran, hacen caras y ríen de nosotras como si fuera carnaval. Creo que sería mejor para nosotras morir que llevar esta vida desgraciada y sombría. ¿Por qué no puede una ser libre para disfrutar el placer de que esta alegre y lozana edad nos permite? Por los cielos, desperdiciaré todo este tiempo; no quiero hacer un poco de colada o hacer camas o limpiar el polvo de los muebles o remendar ropa hasta que vea a aquel joven muchacho que hoy me hace suspirar de amor.


Graccus, Gurgulio.

GRACCUS: Hola. ¿Estás escuchando, Gurgulio?

GURGULIO: Ah, señor, ¿por qué estás tan sombrío todo el tiempo?

GRACCUS: No mucho.

GURGULIO: Sé bueno

GRACCUS: ¿Puedes escucharme? Y podré contarte las cosas placenteras que me sucedieron ayer por la tarde.

GURGULIO: ¿Qué es, señor, por favor?

GRACCUS: Me encontré un pájaro listo para ser cazado, si tú me provees de ayuda. Sé que tu mente es muy aguda en estos asuntos.

GURGULIO: Si crees que algún consejo o ayuda te será útil en este asunto, ordena y manda. Yo emprenderé tus órdenes inmediatamente.

GRACCUS: Bien, Gurgulio, como siempre he creído en tus consejos desde que era un niño, ¿no? Y como no quiero postergarlo con palabras, te explicaré lo que quiero en un instante.

GURGULIO: Adelante con ello y cuéntamelo en pocas palabras.

GRACCUS: Así lo haré ahora.

GURGULIO: Si puedo, señor, nunca volverás a perder el sueño. Tenlo por seguro.

GRACCUS: Para empezar, debes mantener alejado a mi padre de todo este asunto. Porque donde estamos a punto de entrar es territorio fértil, querido Gurgulio.

GURGULIO: ¿Por qué fértil? Deja de andarte por las ramas, habla claramente.

GRACCUS: ¿Dudas de lo listo que es mi padre buscando cualquier delito? Su inteligencia es aguda.

GURGULIO: No estoy escuchando.

GRACCUS: Alas, Gurgulio. ¿Dónde vas? Escucha ahora.

GURGULIO: A cualquier parte que pueda ir. Te estás volviendo loco.

GRACCUS: Ayer, al amanecer, como ordena la religión, iba a ver el sacrificio. Allí, por casualidad vi a cierta muchacha... oh, yo... !

GURGULIO: (Me temo lo que estos suspiros significan).

GRACCUS: Y si no hubiera sido por el inconveniente del velo que la cubría, hubiera podido verla bien. Mientras miraba su cuerpo una y otra vez, a través de una pequeña parte del velo aparecieron de pronto los ojos brillantes de la muchacha.

GURGULIO: (Puede que los dioses te devuelvan el sentido.)

GRACCUS: Ella me pareció más hermosa que las otras muchachas.

GURGULIO: (Como me temía)

GRACCUS: ¿Para qué hacen falta las palabras? Quiero desposarla, o poseerla por encima de todas las cosas.

GURGULIO: Nadie te hará cejar en tu intento, pero hay muchos obstáculos para poseerla: está tu severo padre; la muchacha que prescinde de las tretas de las alcahuetas; y es un asunto muy serio seducirla con palabras engañosas; además está la madre. Y si no se hace astutamente y tu padre te pilla, oh, yo..., él nos matará con su reprimenda. ¿Y qué le ofrecerás a ella? No tienes nada excepto promesas de montañas de oro.

GRACCUS: ¿Crees que no tengo nada, Gurgulio? No sabes que sin que lo sepa mi padre he birlado grano, provisiones y sus rentas.

GURGULIO: ¡Qué astuto eres!

GRACCUS: En realidad, he hecho lo que muy pocos jóvenes hacen: me he provisto por mí mismo de propiedades para cuando tenga la mayoría de edad y he acumulado no pocas propiedades.

GURGULIO: Eres más agudo de lo que creía. ¿De quién has aprendido?

GRACCUS: De nadie. ¿Qué clase de hombre crees que soy?

GURGULIO: ¿Tú? Muy discreto.

GRACCUS: Estás en lo cierto.

GURGULIO: (Qué viejo tan afortunado, que cuando está con Grifo, nuestro vecino, mientras habla bajo nuestro pórtico, como suele hacer la gente, alardea de que tiene un hijo único, dotado de todas las virtudes, que no se mezcla con las trampas que conlleva la adolescencia y cree que nadie puede conspirar contra él.)

GRACCUS: ¿De qué hablas?

GURGULIO: De cómo puedo satisfacer tu pasión.

GRACCUS: Con razón te estimo de todo corazón; besémonos, criado ingenioso y bien educado.

GURGULIO: Cálmate.

GRACCUS: Este favor, así me salve Jesús, podrás decir que te supondrá un presente.

GURGULIO: Olvida el presente. No hace falta exagerar.

GRACCUS: Ha, ¿lo dejas?

GURGULIO: Vamos, vamos. Debo llamar a Tharatántara. Como es vieja seguramente nos aconsejará en este asunto. Pero, hela aquí, oportunamente; cuán limpia la veo saliendo de los baños públicos.


Gurgulio, Tharatántara.

THARATÁNTARA: ¿Qué has dicho? ¿Esperas que te crea?

GURGULIO: No estoy hablando por hablar.

THARATÁNTARA: ¿Él ama a esa chica, la hija de Calphurnia? ¿Es un chiste?

GURGULIO: Eso he dicho. Él me lo ha jurado y debo ayudarle. Él se muere por casarse con ella o conseguirla de cualquier otra manera, con nuestra ayuda.

THARATÁNTARA: No con la nuestra, sino por él mismo, si le place. Si su padre se entera nos castigará, pobres desdichados, y nos azotará.

GURGULIO: Pero se debe hacer, por Hércules.

THARATÁNTARA: ¿Se debe? ¿Debería yo persuadir a una muchacha que es una ciudadana de familia relevante, llena de buenas costumbres, para que haga algo perverso? Más bien debería arrancarme estos ojos, antes que él corte mi cuello con una espada afilada, mientras todavía estoy viva, antes que me arroje a los perros para ser devorada. No digas ni una palabra más.

GURGULIO: Estoy arruinado ¿Qué le diré a Graccus, que se muere de amor y necesita consejo?

THARATÁNTARA: ¿Qué? Se está haciendo su propia cama. Déjale que descanse en ella.

GURGULIO: De acuerdo. Pero recomiendo por otra parte que veamos cómo podemos ayudar al hijo de nuestro amo. De lo contrario estamos perdidos. Ya sabes cuán impetuoso es. Su padre le ha consentido demasiado, mientras él nos hace trabajar a diario hasta desfallecer con amenazas y golpes. Cualquier astucia que Graccus haga mientras tanto, nosotros seremos castigados por ello.

THARATÁNTARA: Harías bien en preocuparte.

GURGULIO: Sé ciertamente que si algo va mal yo sufriré indudablemente las consecuencias y la culpa del delito recaerá sobre mí, por supuesto.

THARATÁNTARA: Al menos estoy contenta con una cosa. Si con nuestra ayuda el hijo del amo -sin arruinar su reputación o sin demasiada dificultad y sin que lo sepa su padre- consigue a la muchacha, su puerta siempre estará abierta para nosotros.

GURGULIO: Dalo por hecho.

THARATÁNTARA: Ponte a trabajar. Puede que los dioses nos favorezcan en lo que hemos empezado. He decidido no separarme nunca de ti. ¿Por qué no intentar hacer aquello que le hace feliz a él y a nosotros?

GURGULIO: Puede que los dioses te recompensen como te mereces. Escucha, acerca tu oído.

THARATÁNTARA: ¿Qué quieres de mí?

GURGULIO: Ven aquí un momento.

THARATÁNTARA: ¡Que los dioses te condenen! ¿Por qué me has besado, desgraciado?

GURGULIO: ¡Ha, ha, ho!

THARATÁNTARA: Te ríes, asno, pero si no sientas la cabeza, te romperé el cuello en pedazos y te ensartaré los ojos con mi huso. ¡Besar a una vieja!

GURGULIO: Entraré, le diré que estás de acuerdo y que hablarás con la chica, y que has prometido estar preparada para cuando él quiera.

THARATÁNTARA: Haz lo que te plazca.

GURGULIO: Adiós.

THARATÁNTARA: Espero que te vaya bien con este cometido.


Tharatántara habla consigo misma.

THARATÁNTARA: Creo que, como la gente vulgarmente dice, "la suprema autoridad suele suponer suprema locura". Éste es probablemente el caso. Por eso si Calphurnia -la señora Pitágoras que cree que ha nacido con una mente platónica- hubiera mantenido a su hija encerrada en casa y no la hubiera llevado a espectáculos públicos, excepto a nuestro rito ancestral, no solamente Graccus no hubiera podido enamorarse de ella sino que ella por lo tanto no habría aprendido lo que pide el amor y la agitación de la ardiente sangre adolescente. Pero desgraciadamente Calphurnia sólo le ha ofrecido a la muchacha la oportunidad de obedecer. Por lo que me ha dicho Gurgulio, Graccus ha dado su corazón a la muchacha. No le va a pasar nada malo. Con el ocio y los ricos manjares, la lujuria crece con fuerza y el semen aumenta. Además, él tiene, gracias a los dioses, una fuente de dinero. Y afortunadamente, el lugar, la edad, el tiempo, el ocio, los medios se pueden aprovechar. Por otro lado está la madre, una viuda, intentando ganarse la vida con su rueca y su huso. El joven irá hacia la muchacha, la perseguirá, le hará promesas ofreciéndoles montañas de oro y como el sexo es débil en las mujeres, la seducirá en el momento, lo sé. Pero, ¿qué hay de mí? Graccus vendrá a mí y me suplicará, como si nosotros fuéramos los mejores amigos, pidiéndome ayuda. Y verdaderamente es mejor cooperar con el hijo del amo que preocuparme por Calphurnia o la castidad de su hija.


ACTO SEGUNDO

Gurgulio, Graccus.

GURGULIO: Hubiera llegado hace rato si nuestra amiga no me hubiese entretenido con su charla interminable.

GRACCUS: ¿Quién? si eres tan amable.

GURGULIO: Tharatántara, con la que me he puesto furioso porque ha rechazado procurar en el asunto que me comentaste hoy. Estoy enfadado e irritado con ella.

GRACCUS: Entonces, ¿qué?

GURGULIO: Le dije que la quería para ayudarte.

GRACCUS: Muy bien.

GURGULIO: Porque una mujer nunca dudaría en creer las palabras de otra.

GRACCUS: Eso está bien. Y creo que será mejor para nosotros hacerla nuestra mensajera para Calphurnia, que no dudará en revelarle cualquier secreto.

GURGULIO: Y yo he preferido elegir su inteligencia por encima del ingenio de otras mujeres. Qué te voy a decir, querido señor, sobre la debilidad de las mujeres. Su sexo supone unas características innatas en ellas: estar siempre listas; naturaleza secundaria, superficiales; tan pronto sus ojos crecen de excitación con una súbita ternura del corazón como de inmediato hacen planes cuidadosamente; su expresión cambia cuando están sumamente enfadadas. Créeme, Graccus, si te digo cuán taimada es su inteligencia cuando llevan trapicheos entre manos. Uno, a duras penas puede comprender el parloteo que sale pedante a borbotones cuando se las están ingeniando para hacer dulces conspiraciones en sus mentes. Tú pides, suplicas; se enfadan mucho. Después se entregan espontáneamente a otros hombres.

GRACCUS: (Este criado mío me parece que ha sido iniciado en estudios platónicos. ¿No me doy cuenta cuán inteligente y elegantemente habla?) ¡Maravilloso, Gurgulio!

GURGULIO: Escucha, Graccus. Yo proclamo ahora la verdad.

GRACCUS: Creo que aprendiste este sermón en segundo de filosofía. Podría venderte por más de un talento, o más bien por doscientos, Gurgulio. ¡Ah! me gustaría saber quién te ha proporcionado esa educación.

GURGULIO: ¡Bah!, te estás burlando de tu criado, señor.

GRACCUS: No estoy bromeando, por Hércules.

GURGULIO: ¿Cómo no te habías dado cuenta antes?

GRACCUS: ¿Cómo no me había dado cuenta? Nuestra corta relación no me lo ha permitido, mi Gurgulio.

GURGULIO: ¿Me quieres decir, señor, cuán gentil y amablemente se ofreció Tharatántara a ayudarte?

GRACCUS: ¿Gentilmente? Ayer, cuando conversaba conmigo sobre no-se-qué del amor, como suele suceder, aquella mujer se pedeó más de veinte veces, de una forma tan nauseabunda que todos tuvimos que cubrirnos la boca y la nariz con las manos, reteniendo el aliento un rato, y finalmente salir corriendo.

GURGULIO: Probablemente había comido higos y había bebido vino dulce.

GRACCUS: Cierto. Pero ¿en qué estabas de acuerdo? Dime.

GURGULIO: Te lo diré. Tan pronto como comencé a hablar y mencionar tu asunto amoroso, ella, como es astuta, empezó a encresparse, a hacer ademanes airados, a escupir en mis ojos y casi provoca una pelea.

GRACCUS: ¿Por qué cantas, pues, las alabanzas de la vieja señora? Ya te dije que era una sinvergüenza.

GURGULIO: Hi, hi, hi. No lo es. Yo insistí después en que, de buen o mal grado, te era necesaria para ayudarnos en este asunto; de lo contrario ella será fustigada y tú la llevarás de la mano al verdugo.

GRACCUS: Haré como me has dicho a menos que ella se muestre proclive a complacer mis deseos, especialmente en el momento en que ella viva de mi pan y beba mi vino.

GURGULIO: Ella dice que es un desgraciado crimen corromper a una muchacha ciudadana de buena familia, educada con un carácter virtuoso y que no es posible hacerlo en secreto.

GRACCUS: ¡Hum! Por Hércules, no sé ciertamente de dónde le vienen esos escrúpulos.

GURGULIO: Ayer perdimos todo el día hablando de eso. Y para satisfacer tus deseos, ella se ha ofrecido para ocuparse de tu placer y para esforzarse en ello más que por ser excluida de tu casa y ser golpeada por tus varas, por preservar inviolada e intacta la castidad de Calphurnia y su hija Poliscena.

GRACCUS: Ella sólo está haciendo lo correcto.

GURGULIO: Eso es lo erróneo, Graccus. ¿Crees que es correcto arruinar una muchacha, que no está casada, con la desgracia del estupro?

GRACCUS: ¡Vete al infierno con tus escrúpulos!

GURGULIO: Que vayan los que nos desean mal.

GRACCUS: ¿Qué hay que hacer ahora para tenerla? Si no se hace rápido me moriré.

GURGULIO: Tharatántara o yo debemos acudir a Calphurnia y discutir sobre cómo puede ser seducida Poliscena por nuestras promesas.

GRACCUS: ¿Atraer a aquella muchacha con palabras, Gurgulio? Si no se hace con el corazón, será inútil intentarlo.

GURGULIO: Sé que es útil vaciarse con palabras. Quizá la ablandemos mostrándole el alma, y ofreciéndole dinero también.

GRACCUS: Muéstrame un hombre, ¿cómo te diría?, tan recto, tan falto de codicia, tan reverente hacia los dioses que jamás haya sido corrompido por el dinero.

GURGULIO: Es un proverbio conocido, Graccus. ¿Tan inexperto me crees en los asuntos humanos que no sé lo que el amor quiere? Quizá la muchacha, cuando sepa que la amas, persuadirá por sí misma a su madre de dártela en matrimonio.

GRACCUS: Eso es muy probable; por lo tanto, intentémoslo.

GURGULIO: Ya pareces feliz. Deja de atormentarte, Graccus. En el futuro llevaré este asunto por mí mismo y junto con aquella mujer haré de buen grado lo que pueda. Y, a menos que consigas tu deseo, puedes hacerme llevar grilletes para siempre y sufrir cualquier castigo que tú quieras.

GRACCUS: Te amaré tiernamente para siempre y sé cómo te recompensaré por tus méritos. Pero, ¿no es mi padre el que viene, sin aliento, de su casa del campo? Es él. ¡Vete!

GURGULIO: Deja de darme codazos y golpear mis costillas con tus puños.

GRACCUS: Vete rápido, para que no nos encuentre hablando.

GURGULIO: Ya me voy. Pero primero veré si hay algo que comer en los platos del comedor. De allí me iré a esconder.


Macharius, hablando consigo mismo.

MACHARIUS: He recolectado más de cincuenta barriles de vino de mi cercana propiedad de Tusculana; la guardé yo solo cuando iba a Etruria a reunirme con las tropas. Desde entonces he estado en peligro de ser asesinado innumerables veces; he sufrido hambre, sed, dolores, numerosas incomodidades y fugas de los sarracenos, estragos de hombres armados y de la caballería. Omito las innumerables cosas que es necesario sufrir por un soldado en los servicios a la armada. Probablemente, la gente que pasa su vida y ronca tranquilamente por las noches en casa, con tiempo ocioso con su mujer y sus niños, pueda pensar que un hombre de acción desperdicia su tiempo en el extranjero entreteniéndose. Pero, oh, ciudadanos! Ved, ved mis cicatrices; observadme; tened en cuenta si con holgazanería, cobardía, pereza y sueño o si, por el contrario, con trabajo, noches sin dormir, fue como yo obtuve toda mi riqueza. Cada día trabajo como un burro tras este escarificador y aro; cada día sigo a los bueyes; cada día reviso el establo; subo con frecuencia a las cepas y a los brezos; recojo tallos y ramitas. Por último, reviso que no quede nada que yo pueda aprovechar. No hago nada que suponga un exceso para mí ni para mi edad. A veces estafo a gente engañándoles, abasteciéndoles, o a mi hijo. Pero, ¡ay de mí!, todo lo que obtengo de la granja, de las casas, del ganado, el recaudador intenta extorsionarlo. Cada día aparecen nuevas reglas en la magistratura; cada día los matones me marcan la cara, vienen a mi casa obedeciendo órdenes; ellos dicen que como castigo a un encarcelamiento perpetuo y desposeídos a sus herederos, debo pagar los impuestos del príncipe, recargos, honorarios y otras cosas parecidas. Así, él puede poner tiránicos enemigos que alejan y repudian su perversidad. Así se tragan las almas de los pobres. Yo tengo una pequeña propiedad heredada - así me salve Jesús - que no siempre me permite pagar la ayuda de mi hijo si no es con dinero prestado. ¡Ay, desgraciado de mí! ¡mi vida es una carga para mí! Pero, esta locura y la escasez de alimentos me empuja. Pero, veo a mi único hijo, el consuelo de mis miserias. Me reuniré con él y podremos hablar juntos.


ACTO TERCERO

Tharatántara, Calphurnia.

THARATÁNTARA: Tharatántara, tal y como es e incluso si fuera más importante, te ofrece sus más sinceros saludos, Calphurnia.

CALPHURNIA: Y saludos para ti. ¿Qué noticias me traes tan tarde?

THARATÁNTARA: Buenas noticias. Nuestra familia va bien, gracias a los dioses, de no ser por el hijo del amo.

CALPHURNIA: ¿Graccus?

THARATÁNTARA: El mismo. En los últimos días ha estado un poco enfermo. Está melancólico por alguna razón.

CALPHURNIA: ¿Qué podría ser?

THARATÁNTARA: No lo sé, a no ser que, siendo un hombre joven y lozano, su mente esté enamorada.

CALPHURNIA: ¿Enamorado? ¿cuántos años tiene?

THARATÁNTARA: Veinte.

CALPHURNIA: ¿Sabes de quién está enamorado?

THARATÁNTARA: A no ser que mi corazón me engañe, lo sé. Pero no me atrevería a contártelo.

CALPHURNIA: !Oh, dímelo, por el amor de Dios!

THARATÁNTARA: Si me das tu permiso primero, yo puedo hablar claramente.

CALPHURNIA: Oh, tienes mi permiso.

THARATÁNTARA: ¿Y con la seguridad de que nadie se enterará?

CALPHURNIA: Es tan secreto como si estuvieras hablando contigo misma.

THARATÁNTARA: No me andaré con rodeos.

CALPHURNIA: Habla claro.

THARATÁNTARA: Está enamorado de Poliscena.

CALPHURNIA: ¡Mi hija!

THARATÁNTARA: Sí. Hasta tal punto, Calphurnia, que es importante que lo consideres lo más rápido posible, de lo interesado que él está en ella.

CALPHURNIA: ¿Cómo sucedió, mujer?

THARATÁNTARA: Ayer, cuando tu hija, junto contigo, iba cuidadosamente de camino a casa envuelta en un velo -¿te acuerdas?- él, por casualidad, la vio desapercibida. Él, inmediatamente, se enamoró y la siguió observándola.

CALPHURNIA: El simple se regaló los ojos. ¿Qué hacemos entonces?

THARATÁNTARA: Él volvió a casa decaído; no podía beber, no podía comer ni pan, algunos trocitos de carne; pasa las noches sin dormir. La casa está alborotada. Su padre se ha ido a la ciudad.

CALPHURNIA: ¿No ha vuelto aún?

THARATÁNTARA: Aún no ha vuelto. Pero pregunta cada día.

CALPHURNIA: ¿Cómo espera ese animal conseguir a mi hija?

THARATÁNTARA: Creo que el hombre no tiene ninguna esperanza.

CALPHURNIA: El animal, querrás decir.

THARATÁNTARA: Esperanza tiene menos que amor.

CALPHURNIA: ¿Esperanza, esperanza? Si lo veo en esta calle y viene a intentar sobornarme, creo que lo destrozaré completamente con mis manos o con mis pies. Él no se atreverá a tocarla o a amarla ni incluso a mirarla impropiamente.

THARATÁNTARA: ¿Crees que estás tratando de un eunuco?

CALPHURNIA: ¡No digas nada más! Vete de aquí si sabes lo que es bueno para ti.

THARATÁNTARA: (¿Por qué me demoro?) Graccus te dará diez minas.

CALPHURNIA: ¿Cuántas?

THARATÁNTARA: (Le gusta la palabra diez).

CALPHURNIA: No, aunque me diera una gran suma. Aún más, no, aunque me diera una imagen dorada del sol.

THARATÁNTARA: ¿Por ninguna cantidad, entonces?

CALPHURNIA: Ninguna cantidad.

THARATÁNTARA: ¡Oh, desgraciado joven! ¿Qué podrá hacer el pobre? Te imploro algunas palabras de aliento, al menos.

CALPHURNIA: Para de suplicar o escucharás algo malo.

THARATÁNTARA: Ah, ¿con qué palabras me mantendré afable con él? ¿con qué pies volveré a casa y pediré comida? ¿con qué aspecto iré a su presencia si le llevo este inesperado mensaje, Calphurnia?

CALPHURNIA: ¿Viniste aquí a propósito para este asunto?

THARATÁNTARA: Sí.

CALPHURNIA: ¡Oh, no! ¡Bien hecho! ¡vieja, vieja alcahueta!

THARATÁNTARA: Estoy arrepentida, pero tengo miedo de su genio y de que me golpee.

CALPHURNIA: Vete, continúa tu camino; está oscureciendo.

THARATÁNTARA: Apenas soy dueña de mí misma. ¿Qué le diré a él?

CALPHURNIA: Tharatántara, no has sido capaz de persuadirme con súplicas o sobornos o enredándo me con palabras, y por lo tanto él debe considerar que este asunto ha de ser tomado como un sueño. Adiós, Tharatántara.


Tharatántara, Graccus.

THARATÁNTARA: Voy a ir, a pesar de que no he llegado a ningún sitio. ¿Qué le diré a este joven, enfermo de amor? Si le digo la verdad, seguro que sospecha que es inventado. Si le miento, será lo mismo. Si invoco a los dioses como testigos, será de la misma manera. ¡Dioses, dadme suerte! Dadme, os ruego, habilidad con las palabras y elegancia del lenguaje; así podré persuadir al muchacho de que aparte de su mente a la muchacha. Impedidle que, cansado, me eche, haciéndome correr arriba y abajo. No tengo mucha experiencia en estos negocios; esto no es propio de mi edad. ¿Has visto cómo Calphurnia había comenzado a insultarme si no me hubiera mantenido en mi sitio? La admiro de corazón, por los cielos, porque ella no quiere ser tentada por la vergüenza de consentir que su hija sea corrompida. Graccus pensó que podría camelarla con promesas. Qué desgaste de saliva. Si su padre se enterara no toleraría estos actos alocados. ¿No es aquél? ¿Por qué te veo bajando la calle? ¿Por qué estás ahí parado, Graccus? ¿A quién estás buscando?

GRACCUS: Te estaba esperando.

THARATÁNTARA: ¿Tienes frío? Vayamos dentro, cerca del fuego.

GRACCUS: ¿Por qué estás fuera de casa tan tarde? Maquinando alguna intriga, espero.

THARATÁNTARA: Bien; si entras un momento te contaré en seguida la discusión que acabo de tener con aquella malvada mujer.

GRACCUS: ¿Con quién?

THARATÁNTARA: Calphurnia.

GRACCUS: ¿Fuiste a verla de mi parte?

THARATÁNTARA: Por Hércules, es justo lo que hecho.

GRACCUS: ¿Qué le dijiste? Vamos, aboca; no hay buenas noticias, ¿eh?

THARATÁNTARA: Podrás escuchar si estás tranquilo.

GRACCUS: Puedes considerarme totalmente mudo, enmudeceré. Por favor, cuéntame.

THARATÁNTARA: Qué gracioso y listo has sido metiéndome hoy en este asunto, querido muchacho, con cumplidos y lenguaje halagüeño conjuntamente. Espero que creas -así lo deseo- que he asumido tu responsabilidad en este asunto amoroso como si tú hubieras estado allí.

GRACCUS: ¡Qué mujer tan astuta! No puedo resistir darte un pequeño abrazo.

THARATÁNTARA: Deja eso ahora. Hice lo peor para ti y mejor para mí. Me gustaría -quizá Jesús me salve- traerte esta muchacha, la cual es de buen temperamento y de tu edad, para dártela como esposa.

GRACCUS: ¿Qué quieres decir? Demasiado joven; como si eso tuviera la menor importancia. Pero, cuéntame rápidamente la discusión.

THARATÁNTARA: Lo haré. Cuando fui a ver qué podía conseguir, primero dije unas pocas palabras para agradar a la señora.

GRACCUS: ¿Qué hizo?

THARATÁNTARA: Cambió saludos conmigo, después esperó a ver qué quería de ella. Es asombrosa. Preguntó si las cosas iban bien. Yo dije que estabas sufriendo una enfermedad del corazón.

GRACCUS: No te has inventado nada.

THARATÁNTARA: Ella es la única que puede apartar este asunto de tu cabeza.

GRACCUS: Es más verdad que la verdad.

THARATÁNTARA: Calphurnia me preguntó porqué. Yo le expliqué el asunto francamente: que estabas enfermo de amor de su única hija, Poliscena.

GRACCUS: Ella no te disuadió.

THARATÁNTARA: Le describí el lugar y el momento, y cuando lo había hecho cuidadosa y claramente, ella me insultó y me amenazó tanto, Graccus, que si no hubiera tomado precauciones, ella, que estaba temblando de ira, hubiera arrojado su ira sobre mi cara como vómito.

GRACCUS: ¡Oh, qué bien describes su arrebato temperamental!

THARATÁNTARA: ¿Sólo temperamental? Tan impetuoso e irascible, Graccus, que casi parecía una repugnante Megaera o Tesiphone.

GRACCUS: ¡Ah!, por lo tanto fue esposa de Cerbero, ya que ella es Tesiphone.

THARATÁNTARA: Sus caracteres coinciden.

GRACCUS: Él se casará con ella.

THARATÁNTARA: Es meritoria de ello.

GRACCUS: ¿Qué ha pasado, Tharatántara? Dímelo, rápido.

THARATÁNTARA: Miro si algo me viene a la mente.

GRACCUS: Date prisa.

THARATÁNTARA: ¡Voy! Déjame a mí este asunto. Presiento que los dioses nos serán propicios - a menos que me equivoque - y favorables. ¡Silencio!

GRACCUS: ¿Has pensado en algo, tan rápido? ¡Oh!, si me amas, dímelo.

THARATÁNTARA: ¡Calla, te digo! Estoy muy ocupada. Ahora lo que digo es que, a menos que planee estrategias como tú quieres, me castigarás con todos los castigos que desees.

GRACCUS: Puede que los dioses favorezcan nuestros deseos.

THARATÁNTARA: He oído decir repetidamente que, cuando a las muchachas se les presenta la oportunidad de dejarse arrastrar por su vigorosa juventud, las peores serán aquellas cuyas madres las tienen encerradas entre las paredes de la casa para que ellas no admiren el aspecto de los hombres; es por esta razón que son más susceptibles de ser incitadas. Éste es el carácter de todas las mujeres sobre las que toda su lucha es ser dueñas de sus propios cuerpos. Tan pronto como su libertad les es arrebatada, robada, apartada, su corazón se deleita.

GRACCUS: ¿Dónde vas?

THARATÁNTARA: Sabrás dónde. Mientras nada bueno revele a Calphurnia, iré a hablar con la muchacha en secreto. Le hablaré confidencialmente; la persuadiré y le expondré todos los argumentos de una elocuencia ciceroniana.

GRACCUS: Que los dioses permitan que tú no fracases en tus expectativas.

THARATÁNTARA: No te preocupes, Graccus. No cejaré hasta ponértela en las manos.

GRACCUS: Por favor, te creo.

THARATÁNTARA: Te lo prometo. Mientras tanto, entremos a comer.

GRACCUS: Buena idea. Entremos.


Macharius, Graccus.

MACHARIUS: ¡Oh! Graccus. ¿Me trajo alguien una carta de la magistratura ordenándome pagar los impuestos?

GRACCUS: No, padre.

MACHARIUS: ¿Han estado aquí unos matones narizotas, amenazándonos con pleitos...?

GRACCUS: (Me pregunto de qué asunto se trata.)

MACHARIUS: ¿...y amenazándonos con despojarnos de nuestras propiedades según el segundo decreto de la Magistratura? Puede que el infierno se trague estos carroñeros, descompuestos como están.

GRACCUS: Se merecen sufrir cualquier castigo que desees. Siempre nos han arrasado por algún motivo.

MACHARIUS: ¿Cuál es el beneficio de la cosecha?

GRACCUS: Muy poco.

MACHARIUS: Pero ¿cuánto?

GRACCUS: Veinte.

MACHARIUS: Bah, bah, eso es muy poco. Supongo que el cobrador de impuestos se llevará todo lo que hemos sacado de los graneros. Mientras tanto, él derrochará y extorsionará continuamente... ¡Ay de mí! ¿Por qué no cambia mi vida? Yo quiero vivir hasta que sea el momento que los despiadados enterradores me laven para el entierro.

GRACCUS: Estoy de acuerdo; lo sabes, padre.

MACHARIUS: Justo ahora, mientras venía a casa, mi querido amigo Callimacus me ha dicho en secreto que iba a dar a su hijo una esposa hoy y celebrar el festín dionisiano. Por eso, quédate en casa y espérame, que volveré pronto.


ACTO CUARTO

Tharatántara, Graccus, Poliscena.

THARATÁNTARA: Voy por mi cuenta a verla, Graccus.

GRACCUS: ¿Uy? ¿Tan temprano?

THARATÁNTARA: Sí, porque aquella bruja inútil correrá arriba y abajo para visitar los santuarios de los dioses, como es usual.

GRACCUS: Comprendo el plan que estás maquinando en tu mente.

THARATÁNTARA: Yo, mientras, iré con frecuencia a visitar la muchacha; cuando esté sola hablaré con ella. ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer por la tarde en el camino?

GRACCUS: Aún lo recuerdo.

THARATÁNTARA: Persuadiré a la muchacha. Creo que antes de que vaya obtendré su cooperación.

GRACCUS: ¡Por Hércules! Necesariamente.

THARATÁNTARA: ¿Crees que no sé cuán importante es el momento oportuno en este asunto o qué resultado obtienes cuando aprovechas el tiempo? Se suele decir que el tiempo es el gran aliado de todo.

GRACCUS: Creo que realmente tú bebes en la fuente de Hipócrene y el Monte Parnaso, y, si es lícito, imitabas al errante Pitágoras y al elocuente Demóstenes, que usaba piedrecitas. No busquemos entre los extranjeros; creo que has sido instruida en el espíritu de Gaspar Pergamensis, el hombre más elocuente de nuestros días.

THARATÁNTARA: No sufro de mal de estómago, señor; no me des ningún vomitivo.

Graccus.: ¡Ha, ha, he!

THARATÁNTARA: Tengo prisa. No me distraigas con conversación.

GRACCUS: Ve.


Tharatántara, Poliscena

THARATÁNTARA: Si no hago lo que solemnemente había prometido que iba a hacer, estoy arruinada del todo. Primero llamaré a la puerta. ¡Hola, hola! ¿Hay alguien en casa? ¡Hola! Nadie contesta ¡Hola!

POLISCENA: ¿Quién en este mundo puede llamar a la puerta? ¿Quién es?

THARATÁNTARA: Alguien más unido y fiel a tu casa que nadie.

POLISCENA: ¿Quién? ¿Tharatántara?

THARATÁNTARA: Tu devota. Abre, deprisa, si eres tan amable, Poliscena.

POLISCENA: Te abriré, aunque mi madre me haya ordenado que no deje entrar a nadie mientras esté ausente.

THARATÁNTARA: Los dioses te den un buen día, y un buen año, hija mía.

POLISCENA: Ellos te den un buen día y una larga vida, Tharatántara ¿Cuál es el asunto?

THARATÁNTARA: Tengo algo que decirte.

POLISCENA: ¿A mí? (me pregunto qué será.)

THARATÁNTARA: Sí. Algo que te gustará mucho.

POLISCENA: Espero que sea bueno y respetable.

THARATÁNTARA: He apostillado la puerta. Vayamos, pues, un poco más adentro.

POLISCENA: De acuerdo.

THARATÁNTARA: Primero hacer lo que me han ordenado: el hijo del amo te envía sus más cordiales saludos.

POLISCENA: ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver conmigo?

THARATÁNTARA: ¿Tú lo preguntas? No puedo sino asombrarme de cómo en él ha ido aumentando un singular afecto hacia ti, Poliscena, y es tan poderoso que aunque tú no le correspondieras, está dispuesto a morir pronto a causa de la tristeza.

POLISCENA: ¿Cómo sucedió?

THARATÁNTARA: Ahora lo sabrás. Ayer, cuando ibas, junto con tu madre, discretamente hacia la iglesia de San Francisco a escuchar el sermón de los hermanos sobre los casi increíbles portentos del Orco, el Aqueronte y el Cocito, él, por casualidad te vio. ¿Te acuerdas, hija?

POLISCENA: ¿Cómo pudo suceder? Si toda mi cabeza y mi cara estaban ocultas ¿cómo podría él decir qué aspecto tengo?

THARATÁNTARA: ¡Oh! Poliscena, no sabes qué perceptivo y gran conocedor es de la belleza, especialmente de tu clase de belleza.

POLISCENA: Estás en lo cierto. Pero yo no soy de esa clase, y yo no tengo nada de ese aspecto o belleza. Creo que estás bromeando, que no hablas seriamente.

THARATÁNTARA: ¿Bromeando, dices? Los hechos hablan solos, como que Jesús es mi salvador. Desde que se enamoró de ti nunca lo veo alegre; no es amable con nadie. Tengo las manos ocupadas haciendo todas las delicadezas que sé; lo animo con palabras todo lo que puedo. Pero no puede comer ni beber; pasa las noches sin dormir; llora constantemente; le pregunto si quiere que llame al doctor inmediatamente.

POLISCENA: (Esta mujer no sabe lo enferma de amor que estoy; si tuviera ojos de lince vería claramente que yo estoy enamorada de él, como ella dice que él lo está de mí.)

THARATÁNTARA: Él dice: "Déjame, madre, deshacerme en lágrimas como lo hizo Narciso; incluso no puedo hablar con ella ni puedo tener a la mujer que amo más que a mi vida".

POLISCENA: (¿Debería confiar a esta mujer mis sentimientos hacia él? No, no confiaré en ella. Sí, lo haré.) ¿Estás diciendo estas cosas sincera y honestamente, Tharatántara?

THARATÁNTARA: Seguro.

POLISCENA: Por favor, no me engañes con tu charla.

THARATÁNTARA: ¿Qué? ¡Una vieja engañando a una muchacha!

POLISCENA: ¿Quieres que confíe en ti plenamente?

THARATÁNTARA: Dame tu mano. Yo no soy como otros. Tú aún no sabes cuán astuta es mi mente en asuntos de este tipo y cuán discreta soy. No es fácil engañar. ¡Ah! ¿Qué decías hija? Preferiría morir que dejar que alguien me sonsacara algo. No temas. No soy tan ignorante e inhumana que no sepa lo duro que es controlar el impulso de la juventud.

POLISCENA: Pero tengo miedo.

THARATÁNTARA: No temas. No sabes con quién estás hablando.

POLISCENA: Lo sé, pero si...

THARATÁNTARA: Tu madre no lo sabrá.

POLISCENA: Ayer, cuando vi a ese joven, y...

THARATÁNTARA: Cede sin temor, mi preciosa muñeca, querido corazón, mi pimpollo de rosa. (Tengo lo que quiero).

POLISCENA: Él se quedó mirándome; me dije, justo en ese momento: "Creo que ese joven está enamorado de mí y me quiere para él".

THARATÁNTARA: Por lo tanto no te estoy mintiendo.

POLISCENA: Empecé a amarlo con tal pasión que me fui a casa inmediatamente; me senté y lloré; suspiré y sollocé; no hice nada.

THARATÁNTARA: (Los comienzos son buenos).

POLISCENA: Mi madre me pregunta "¿Por qué lloras? ¿por qué todas esas lágrimas?" Me amenaza con obligarme a contarle todo ¿Por qué andarse con rodeos? Lo quiero por esposo para siempre.

THARATÁNTARA: Estás haciendo lo correcto. Preferiría ver una noble y bien educada joven unida en legítimo matrimonio que una lamentable vida de solterona que no es propia de la edad ¿Puedo decirle a él lo que me has dicho?

POLISCENA: Lo que tú creas mejor, pero...

THARATÁNTARA: Para. Ya sabes: se lo susurraré al oído...

POLISCENA: Para decir la verdad, tú no necesitas ningún consejo. Como se suele decir, un santo varón no necesita un santo patrón.

THARATÁNTARA: Si no con sabiduría, al menos con astucia procuraré que nada de lo que se haga a través o por medio mío parezca estar hecho sin ningún propósito.

POLISCENA: Estoy convencida y por lo tanto no tengo miedo en confiarte mi secreto y, puede que Jesús me salve, por eso tengo una gran fe en mi santo patrón.

THARATÁNTARA: No jures. El pobre muchacho no se atormentará nunca más; le diré que le pides que venga mañana a hablar contigo, después de que tu madre se vaya.

POLISCENA: No digas que le "pido". Dile que venga y hazle creer que no sé nada sobre él.

THARATÁNTARA: ¿A qué hora, para que tu madre no os coja, podéis hablar aquí dentro?

POLISCENA: Como tú has dicho.

THARATÁNTARA: Es suficiente. ¿Quieres que haga algo por ti?

POLISCENA: Si le dices a Graccus que me encomiendo a él, ya habrás hecho mucho.

THARATÁNTARA: ¿Quieres algo más?

Poliscena No ¿y tú?

THARATÁNTARA: No. Hay nieve en mi cabeza y un surco en mi mejilla. Es suficiente, querida mía.

POLISCENA: Adiós.

THARATÁNTARA: Y tú, hija mía, vete felizmente. Acuérdate de Graccus y de mí.


ACTO QUINTO

Graccus, Tharatántara.

GRACCUS: A menos que la justa esperanza me engañe, Tharatántara me trae buenas noticias, por Pólux, pues se la ve más jovial y hasta se mueve más rápido de lo habitual. Tan pronto como me vio a lo lejos, ella se animó. ¿Lo ves? Sonríe triunfalmente, por Hércules. ¿Habrá conseguido lo que le mandé que hiciera, me pregunto? Iré a encontrarme con ella con agradecimiento. ¡Eh, eh, Tharatántara! ¿Qué noticias, qué noticias hay?

THARATÁNTARA: Buenas noticias.

GRACCUS: Estoy fuera de mis sentidos; ¿todo ha ido bien?

THARATÁNTARA: Festéjalo, te digo, festéjalo, Graccus, todo ha ido bien. Nada de lo que planeé ha salido mal.

GRACCUS: ¿De verdad?

THARATÁNTARA: De verdad.

GRACCUS: Calma mis pensamientos, por favor. Dime qué cosas buenas hiciste.

THARATÁNTARA: No sería oportuno hacerlo en la calle.

GRACCUS: Entremos, entonces.

THARATÁNTARA: ¡No me empujes! ¡Deja de jalar de mi vestido! Es viejo y se romperá fácilmente.

GRACCUS: Corre más entonces.

THARATÁNTARA: ¡Si pudiera! ¿Crees que una mujer vieja corre?

GRACCUS: Si estás cansada, madre, siéntate y dime rápidamente cómo ha sucedido todo. Pero, ten cuidado no alientes mi esperanza en vano.

THARATÁNTARA: ¿Qué crees que soy, una bestia o un ser humano?

GRACCUS: Un ser humano, por Hércules, tan bueno y leal como he visto hoy con estos ojos.

THARATÁNTARA: Siéntate cerca, para que nadie pueda oírnos.

GRACCUS: De acuerdo.

THARATÁNTARA: Cuando he llamado a la puerta, la ha abierto. Después de las cortesías habituales, Poliscena me ha preguntado qué quería de ella.

GRACCUS: Tengo miedo.

THARATÁNTARA: Le pido, en tu nombre, si quiere hablar contigo. Ella se asombra, su expresión se endurece. Primero me ando con rodeos: alabo su belleza a los cielos. Ella sonríe. Cuando menciono tu nombre, se ruboriza.

GRACCUS: Eso es una buena señal.

THARATÁNTARA: No rechaza nada.

GRACCUS: Y eso tampoco es malo.

THARATÁNTARA: Le digo que vas a morir, a menos que ella esté de acuerdo en ser tu esposa, con sobornos o persuasión, o tu dueña.

GRACCUS: Hum, ¿qué dijo entonces?

THARATÁNTARA: Se sonrojó más, pero las palabras le agradaron.

GRACCUS: ¡Estoy lleno de gozo! Pero, por ese dios que honramos, sácame de este suspense y dime en pocas palabras qué ha pasado.

THARATÁNTARA: De acuerdo; abre tus orejas, Graccus.

GRACCUS: Te escucho.

THARATÁNTARA: Hemos decidido que irás allí mañana.

GRACCUS: ¿Quién, yo?

THARATÁNTARA: Tú.

GRACCUS: Estás bromeando.

THARATÁNTARA: Créeme, por favor.

GRACCUS: Te creo. Pero ¿cuándo, por la mañana o por la tarde?

THARATÁNTARA: Por la mañana, cuando salga su madre.

GRACCUS: Dime, por favor, cómo se supone que debo hacerlo.

THARATÁNTARA: (Está lívido y sus dientes están castañeteando). Pobre muchacho, ¿tienes frío?

GRACCUS: ¿Qué pasa? Tengo frío. Dime lo que quiero saber.

THARATÁNTARA: ¿No te lo he dicho? Tan pronto como Calphurnia se vaya al templo, sales de tu escondite del rincón, atraviesas la calle y entras en la casa rápidamente. ¿Lo entiendes o no?

GRACCUS: Perfectamente.

THARATÁNTARA: (Me gustaría, así me salve Jesús, que hubiera una forma de escuchar a escondidas a través de un pequeño agujero para saber cómo empieza la conversación con la muchacha. El cobarde está a punto de desmayarse).

GRACCUS: ¿Qué has dicho?

THARATÁNTARA: Nada; pero te advierto, Graccus, compórtate como un hombre audaz, atrevido. No te dejes aplastar por las palabras, no faltes a tu palabra en ninguna de las cosas en las que te amenace, pero acósala como sea.

GRACCUS: Estás diciendo, por Hércules, que depende todo de un carácter audaz y generoso. Aún no sabes cuán inteligente soy en asuntos de este tipo.

THARATÁNTARA: (¿Creo en un hombre audaz cuyas piernas están temblando como un junco?). Abre tu boca, querido muchacho. Muestra cuántos dientes tienes.

GRACCUS: ¿Qué podría ir mal? Me comportaré como un hombre. No te preocupes.

THARATÁNTARA: ¡La guerra es ardua! (Me gustaría que hubiera alguien que protegiera tu cabeza con un casco para que las armas de la muchacha no te hirieran).

GRACCUS: Estoy preparado. Pero cuando se acerque el momento avísame para que no falte a la cita.


Calphurnia, Macharius.

CALPHURNIA: ¿Soportará Calphurnia tal vez, colmada y valientemente, tal notable insulto, tal taimada injuria? ¿Quedará impune este perverso Graccus, el cual me ha deshonrado horriblemente y ha violado a mi hija? Por Pólux que él pagará su falta. Aún no se ha dado cuenta de cuán inflexible e inexorable es el carácter de Calphurnia; pero pronto lo verá por sí mismo.

MACHARIUS: ¿No es aquélla que veo Calphurnia, corriendo aprisa hacia mí, la esposa de mi viejo amigo Gripho? Es ella. No sé a quién está amenazando.

CALPHURNIA: ¿En una ciudad libre no hay temor de Dios? ¿Intentará saltarse la ley?

MACHARIUS: A menos que me equivoque, la pobre mujer ha sufrido algún insulto. Los sinvergüenzas bien situados intentan aprovecharse de las viudas, normalmente con el propósito de robar sus propiedades, cuando de hecho no suelen tener nada.

CALPHURNIA: Primero visitaré al desafortunado padre de ese monstruo. Le explicaré todo el asunto; lo asustaré con palabras. Le diré que lo voy a llevar a los tribunales. Le llamaré todo lo que se me pase por la cabeza.

MACHARIUS: Viene justo hacia aquí.

CALPHURNIA: Declaro que la ley exige que un hombre que viola a una muchacha, o debe casarse con ella, o debe pagar con su cabeza, como ladrón de su virginidad.

MACHARIUS: (¿Por qué me demoro en encontrarme con esa mujer, para así poder ofrecerme a ayudarla si es necesario?) ¿Hacia dónde corres, Calphurnia? ¿Escuchas? Espera un momento, por favor.

CALPHURNIA: ¿Quién me reclama, eh? Voy a por ti, ¡oh!, el más desafortunado, o más bien, el más desgraciado de los hombres.

MACHARIUS: ¿Qué ocurre, por favor?

CALPHURNIA: ¿Tú preguntas? ¿Dónde está el honorable Graccus escondido ahora?

MACHARIUS: ¿Mi hijo?

CALPHURNIA: Sí. Tu hijo.

MACHARIUS: (¿Con qué viene ella ahora?) ¿Por qué preguntas, Calphurnia?

CALPHURNIA: ¡Lo sabrás en seguida, como si fuera necesario! Pero yo lo he sentido antes, desgraciada de mí.

MACHARIUS: No ha hecho ningún daño, ¿no?

CALPHURNIA: Uno muy grande. ¡Pobre de mí!

MACHARIUS: No llores. Dime lo que ha hecho.

CALPHURNIA: Quiero morir. Apenas puedo guardar vida en mi cuerpo. ¡Ay de mí!

MACHARIUS: ¿Por qué?

CALPHURNIA: Porque tu malvado hijo me ha hecho algo terrible.

MACHARIUS: ¿Cuándo?

CALPHURNIA: Ayer.

MACHARIUS: ¿Qué hizo?

CALPHURNIA: Ha arruinado y violado a mi única hija, Poliscena.

MACHARIUS: ¿Qué estás diciendo? ¿Dónde estabas tú?

CALPHURNIA: Estaba, como exige nuestra religión, yendo a las iglesias sagradas. Y él fue a mi casa tan atrevido como tú, y plácida y momentáneamente sedujo a la muchacha, que se había quedado en casa, con palabras amigables.

MACHARIUS: ¡Me voy!

CALPHURNIA: ¡Oh Júpiter, oh Juno, oh Lucina, oh todo el cielo! Te advierto, Macharius, que he decidido llevarte a los tribunales.

MACHARIUS: ¡Ha, ha, ha! No lo hagas. Que yo sepa, nunca has sido tan cruel que busques dañar la reputación de tus amigos.

CALPHURNIA: ¿Amigos? ¿Llamas amigos a aquellos que perpetran tales crímenes?

MACHARIUS: Llamo amigos a aquellos que hacen cosas con el verdadero afecto, no con odio. Y él lo hizo con todo afecto.

CALPHURNIA: Puedes argumentar todo lo que quieras; pero he designado abogados para que lleven a cabo este paso para mí: tanto si tomas a mi hija como nuera como si ese joven es condenado a muerte por la ley para que sirva de ejemplo a otros; así no se enorgullecerán de perpetrar sus crímenes.

MACHARIUS: Saca este enfado de tu corazón, Calphurnia.

CALPHURNIA: Dalo por hecho...

MACHARIUS: ¡Oh, Calphurnia! ¿Que yo no quiero obtener de este asunto un matrimonio duradero, firme y bien avenido?

CALPHURNIA: Si haces lo que la ley requiere.

MACHARIUS: Lo quiero de verdad, porque si no se hiciera, nunca le daría a mi hijo la oportunidad, cuando él puede beneficiarse de las ventajas que este matrimonio puede tener para nosotros.

CALPHURNIA: Haces lo que es correcto y justo. Y vosotros aplaudid y despedíos. No esperéis a que suene la música del casamiento. Todo se hará con esmero, corrección y solemnidad, ahí dentro. De nuevo, adiós, adiós.


La terminó felizmente Leonardus Aretinus.

En el monasterio sortense, año de Dios mil cuatrocientos setenta y ocho.