/fol. j r/ 

Argumento de la primera scena, que es como proemio de toda la obra

 

Floriano, después de algunos días ser passados que ovo llegado al pueblo donde residía Belisea, descubre a Lydorio, su camarero y antiguo criado, en su casa, la causa: por qué dexando su señorío y naturaleza se vino a tan extrañas y lexos tierras, y por qué hizo parada en el pueblo, donde a la sazón residía. Y después de certificarle estar herido de amores de Belisea y pedirle favor para su enfermedad, passadas largas razones entre los dos, y más terciando Fulminato, embía por su consejo una carta con Polytes a Belisea.

Floriano. Lydorio. Felisino. Fulminato. Polytes.

 

Floriano.- Ahora que el fin del caminar a dado principio a nuestra quietud, te quiero, Lydorio, declarar el intento de mi venida, porque sabida la causa, sepas ayudarme a buscar los más sufficientes medios para que mi enfermedad halle remedio y mis altos pensamientos el complimiento de mis diffíciles y árduos desseos. Pero quiero que seas avisado de dos cosas para conseguir este fin, muy menesterosas y útiles. La una es que, acompañando el silencio de tu lengua a tus oydos para me oyr y atención para me entender y voluntad para me favorescer y amor para la diligencia en el obrar, tus zelosos y castos desseos no contradigan a lo que sintieren, inclinada mi voluntad. La segunda será que a tu libre y sagaz providencia la acompañe diligente presteza y avisada solicitud para buscar mi remedio.

Lydorio.- Señor, para hombre tan sin pliegue a tu voluntad y tan obligado a tu servicio, sería escusado tan obscuro y largo proemio; sino luego, al descubierto, me di, como yo te entienda, lo que quiere tu voluntad, pues que sabes que a de ser en tu servicio el nivel de mis obras.

Floriano.- Siempre tu buen servicio me ha sido testigo del desseo que a mis cosas tengas. Por tanto, sin más rodeos, te quiero aclarar mi voluntad, porque la claridad de mi hablar ponga obligación en tu fideli- /fol. j v/ -dad para que ponga cuidado tu libre juyzio en buscar alivio a mi subjección. Y pues mi pena exterior publica bien el ¡ay! del captivo coraçón, no será menester descubrirte más mi mal.

Lydorio.- Antes te veo tan nuevo en la manera de vivir, que ni de antes te entiendo ni agora sé lo que me quieras mandar.

Floriano.- No sin causa es dicho ‘ser mal animal de conoscer el hombre’ y diffícil de entender su coraçón, a Dios tan sólo manisfestado. Y pues tus palabras protestan no saber tú la causa de mi mal, sabrás que el salir yo de mi casa y de mi naturaleza y el venir adonde agora estamos todo ha sido por la fuerça y poder de aquélla, que par no tiene oy en el mundo en hermosura y todo buen attributo.

Lydorio.- ¿Y quién tal podrá ser que baste a mudarte muy en otro del que solías?

Floriano.- Aquélla cuyo merescimiento me da gran loor en sólo nombrarme y ser su captivo.

Lydorio.- Mucho derogas a tu nobleza en te rendir, sin aver quien baste a prenderte.

Floriano.- No me atajes en la sentencia y no errarás en el juzgar. Porque allá, antes que la viesse, como su fama de bondad y hermosura hinchiendo el mundo viniesse a mi noticia, dudoso de tanto valor y incrédulo de lengua vulgar, embié por un criado de mi casa en secreto a verla y sacar su retracto. Por el qual, visto por mí, conoscí ser nada lo que nadie me podía allá contar, porque no menos ventaja haze la grandeza de mi señora a la fama que las no amantes lenguas me llevavan, quanto excede lo vivo a lo pintado y lo existente a lo por formar. Visto, pues, el retracto de su incomparable hermosura, me rindió allá por tan suyo que ya, como a perfectión de mi ser, no platicava mi desseo sino de desealla, y mis ojos sino de vella, y mi coraçón sino de amalla, y mi entendimiento sino de contemplalla. Y como por la muerte de mi padre me halló el amor más libre, luego me mandó dexar el govierno del estado a mi madre y que viniesse a darle las llaves de mi dichosa prisión. Vine, vila y conoscí ser nada lo que de ella se me podía dezir en absencia. Y finalmente tengo hecho pleytesía a su vasallaje, y tengo tan inclinada mi memoria a pensar en ella y mi entendimiento tan por suyo, que no puedo saber otro bien ni otra gloria sino de Belisea, a la qual de libre voluntad amo, con firme fe la adoro; y como gloria de mi coraçón, no es possible apartar de ella mi memoria ni desprender mi voluntad. Y pues sabes lo que querías, /fol. ij r/ provea tu libre prudencia en lo que mi captiva voluntad no puede, sino amar la muerte y descansar con el tormento. Cata, pues, suelto el enigma; mira cómo estamos ya, como dizen, ‘las manos en la masa’.

Lydorio.- Aunque vea tu querer muy afixado en tu perdición, el mío, que muy firme está en tu servicio, no me consiente callar, donde tu señorío y mi poco atrevimiento no me dan suelta al dezir.

Floriano.- Pues sé que no bastarás a sacarme de mi acertado parescer en amar, yo quiero liberarte a que me digas el tuyo. Y sé bien que tú mismo aprobarás por mí contra ti, si contra mi desseo piensas proceder.

Lydorio.- De tu nueva licencia me nasce para te hablar nueva osadía, acompañada con el devido acatamiento que mi persona a la tuya deve; empero porque aviendo testigos tus cosas irán en plaça antes que el tiempo -que aclara todas las cosas- lo pida, y también porque a tus criados no se les dé motivo de atrevimiento para con tu persona, porque viéndome hablar contigo tan de asiento sin saber la licencia que para ello me tienes dada vendrán a perder algo del reverencial temor que inferiores deven a su señor, porque ‘la mucha familiaridad pare menosprecio’; por tanto, será bien que mandes, si te paresce, a aquellos moços salir de la sala.

Felisino.- ¿No ves, Fulminato, en qué precio de almoneda nos trae Lydorio?

Fulminato.- Yo lo he oydo, que descreo del agareno y de toda la ley del Alcorán si no estoy por yr a él, y en presencia de mi amo echalle la lengua a los pies para que sepa cómo se habla de Fulminato. Y aun, si lo que yo querría se me pone en defensa, dexársela por pieça mayor de todo su cuerpo. Y aun espera y verás la obra comer a un plato con mi dezir.

Felisino.- Y calla; está quedo, no te oya Floriano. E oyamos en qué se determina.

Floriano.- Ya me paresce, Lydorio, que buscas de corrido de lo que as pensado cómo te escabullir sin ser conoscido tu yerro. Y por tanto, quiero que aya testigos de tu confusión y mi mucho acertamiento, los quales atribuyan la victoria a quien la mereciere.
-¿Oyslo, Fulminato y Felisino? Llegaos acá.
Agora tú, Lydorio, procede. Y vosotros oyd quán armado está contra mí de argumentos.

Lydorio.- Aunque de ser contra ti me guarde Dios, y pues hazes juezes de tu causa los que de ti an de ser juzgados, digo que me paresces muy aborrecedor de tu descanso, pues sin muy manifiesto, por qué te matas con tus manos.

Floriano.- ¿Y cómo? ¿No causa hallas tú el morir yo /fol. ij v/ por quien tan justa, devida y necessariamente muero? Agora te digo que sobre tal fundamento podrás levantar muy falso edificio.

Lydorio.- Veo, señor, tan firmado tu parescer en tu daño, que hallo menos inconveniente el seguirte que provecho el contrariarte. Y aunque el consejo no se deve donde no ay voluntad al recibirle ni se espera fructo en el effectuarle, no empero callaré aquello que mi sana voluntad te avisa: pongas delante en lo que tu alto merescimiento se deva estimar, y la nobleza de tus antepassados, y la limpieza de tu sangre, y la qualidad de tu estado, y el cuento de tu persona. Y mira, señor, que no te dexes governar por la libertada y favorescida juventud sin que con el freno del prevenir de las cosas les des tales sofrenadas que puedas llevarla subjecta a la razón; en especial no te deves fiar como mancebo de ti mesmo en este caso de cobdicia sensual de la lascivia y ardor libidinoso de la cenagosa y limosa carne, enemigo tan pujante y tan notorio y continuo nuestro. Porque en la pelea de este vicio de la luxuria muy pocos acometedores vimos gozosos del triumpho de victoria, ni así pocos acometidos escapar de muerte o cayda o herida. Y si en lo dicho te soy molesto, mándame callar en lo por dezir.

Floriano.- ¿Cómo? ¿Que tan presto piensas derrocar mi firmeza de que no busque mi desseo la consecución de su gloria? Cata que el amar es al hombre natural, porque el amor es obra de la virtud concupiscible.

Lydorio.- Amor virtuoso.

Floriano.- Bien dize, porque por fuerça y atraydo de la virtud, ama hombre lo bueno. Y ansí por esto quiere Dios por sólo amor ser servido y como bien nuestro ser amado. ¿Eso no es ansí?

Lydorio.- La mesma verdad.

Floriano.- Pues ansí a mí me es necessario endereçar mis desseos, como a último fin, en la gloria de mi señora Belisea.

Felisino.- Átame essa christiandad. [Ap.]

Floriano.- Y esme no menos necessario confessar su poder y en mí la nobleza y todo lo demás que tú pones por estorvo para no la amar y querer y adorar, pues en ella está mi vida, y en su mano las llaves de mi muerte. Esso mesmo me demuestra que hago alevosía en gastar algún momento de mi triste vida sino en pensar en ella, porque si con sólo aver oydo en absencia la fama de su valor no fuera su captivo, fuera muy de vituperar, ¿quánto más aviendo merescido mis ojos verla, no se rendirá mi coraçón en amarla y morir por ella? Y si todo hom- /fol. iij r/ -bre naturalmente busca la gloria como a último fin y descanso, ¿por qué yo menos y no más que todos amaré y querré aquella gloria, a cuyo desseo soy tan llevado y tan justamente forçado?

Fulminato.- ¡O, hi de puta, y qué divinidad para dar gloria! ¡No basta loco, sino herege! [Ap.]

Floriano.- ¿Dizes algo, Fulminato? Calla, calla, dexa hablar a Lydorio. Di, di, no enmudezcas, que yo sé Lydorio que mi mucha justicia a puesto freno a tus demasías y silencio a tus reproches y enmudescimiento a tus argumentaciones. Confiessa, confiessa conmigo la potencia de mi señora. Y pues con tus consejos sabes que no as de ganar tierra en lo que yo acertando tienes tú por error, prudencia será ‘hazer de la necessidad virtud’, y de los morales consejos venir a los actuales hechos.

Lydorio.- ¿Qué es, señor, lo que me mandas? Que lo haré, pues que ansí quieres.

Floriano.- Quiero que, como libre tú de tal passión, busques algún vado por donde a mi tormento pueda venir alivio.

Fulminato.- ¿Cómo, señor? ¿Que una sola muger a de bastar a darte pena? Calla, por Dios, que afrentas a los que tu pan mantiene. Descreo de quantos en Dios no creen y a ti no an temor, si no me as dado más pena que en mandarme hazer pieças. Avísenme quién ella es y guíenme a su casa, que aunque pese a todo el mundo te la traygo a la cama. Y dame licencia; yré a tomar algunas armas. Y si aun en esto ay tardança, muéstrenme su casa y comiénçame a esperar con ella de la mano. Y veamos si abrá quién diga a Fulminato: ‘blanco as el ojo’, sino tú que huyes de conoscer a quién tengas en tu casa.

Floriano.- ¡O, como es otra cosa el hablar a salvo de la experiencia en los peligros!

Fulminato.- ¿Y pones duda en mi palabra?

Floriano.- Quiero que no hables lo que deroga al poder de mi señora Belisea.

Felisino.- No te maravilles, señor, porque su esfuerço le haze a Fulminato sobresalido en algunas cosas. Y el camino más sin rodeos para que de tu descanso le ganemos todos es que tú, señor, escrivas de tu mano, declarando a tu señora tu pena. Porque por ventura tú penas por ella, y ella o no lo sabe o no te reconosce, que yo te juro, a pena de mentiroso, que si ella sabe quién tú eres y sabe tu mal y sabe ser ella la causadora, que ella venga muy presto a lo bueno. Porque la muger es yesca muy dispuesta adonde el tal fuego prenda, y preso no se apaga tan ayna, porque no saben tener medio en el amar, como tampoco en el aborrescer. Y pues tú estás deter- /fol. iij v/ -minado de seguir tu voluntad, y tu voluntad es de amar a essa señora, ni los consejos de Lydorio virtuosos aquí quadran ni el arriscado parescer de Fulminato es cumplidero. Porque en aquello se deve poner el hombre de honra, con que presuma no descaer de su estima, no saliendo de su intento. Y aunque el camino de mensajerías que yo digo parezca en sí más largo, pero si Dios pone la mano, suele ser muy breve, porque ‘a quien Dios quiere ayudar, la casa le sabe’.

Floriano.- ¡O, cómo as acertado! Bien paresce que tú ayas visto el inspirante rostro de mi señora, pues de ella te fue enfundido tal consejo.

Felisino.- ¡Infundí por ay! ¡Qué Spíritu Sancto para embiar inspiraciones! ¿Nunca el diablo le sacará de dezir heregías y de adorar por Dios una muger? [Ap.]

Floriano.- ¿Qué dizes de merescer?

Felisino.- Trastócame essas razones. Digo, señor, que el merescer de tu señora no se deve ansí tratar.

Floriano.- ¿De su merescer hablas y tan a sobrepeyne? ¿Y cómo no miras que hablando de mi señora se an de premeditar las palabras y ser muy de peso las razones? ¿Y quién osará mirar su rostro sin quedar convertido en nuevo ser?

Felisino.- En ser de asno. [Ap.]

Floriano.- ¿Quién pensará merescer el menor de sus favores? ¿Quién sabrá estimar su gracia, su compostura, su gentileza, su honestidad, su poder, su proeza de sangre?

Lydorio.- Tú, Felisino, le as metido en cosa que no tendrá fin.

Fulminato.- ‘Por mucho hablar, mucho errar’. El diablo te hizo tan reagudo, pues por tu causa no cessará oy de loar una muger. Que sólo con el buen vestido le a visto buen parescer, que también le tiene un palo ataviado, pues dizen: ‘dame vestido y darte he vellido’. Pues lóela quanto se pagare, que al fin es muger y por menos perfecta fue hecha para el hombre, como la silla para el cavallo.

Felisino.- Calla, calla, que yo lo soldaré, que él ni oye ni entiende; y tengo por mí que ya no sabe si estamos aquí. ¡A, señor!, cata que en la tardança suele aver peligro en cosas que están en favor de fortuna, y que ‘quien passa punto, que passa mundo’. Escrive luego y no dilates tu salud.

Floriano.- Bien dizes. Denme aparejo, y quédate tú que la lleves.

Fulminato.- Como esso cierto es lo que yo buscava. ¿Y ‘dite el consejo y aún quiéresme el pellejo’?

Floriano.- ¿Qué dizes? Que habláys muy baxo o yo estoy sordo.

Felisino.- Digo que a no ser yo allá tan conoscido, que holgaría de llevalla. Pero si como conoscido en aquella casa y sospechoso con mis entradas y /fol. iiij r/ salidas me piden qué quiero, a no dar tal respuesta tus hechos van en plaça. Y será la primera en piedra y lo segundo va mi vida jugada.

Lydorio.- Ay te esperava, y aun tienes razón de querer vivir.

Floriano.- ¿Qué dizes, Lydorio? ¿Qué te paresce a ti?

Lydorio.- Que Felisino da bastante razón en su escusa.

Floriano.- Pues vaya Fulminato, porque no diga que no me sirvo de su persona.

Fulminato.- Esso sería yr yo por carne al hambriento león. [Ap.]

Floriano.- ¿Qué dizes de león?

Fulminato.- Que me voya a armar mientras escrives, y sea presto, porque yo a los de Lucendo no les huyré más el rostro que a los caçadores el animoso y real león. Y aun sepas que si allá me tuercen ojo, que avré de hazer de las mías, porque no me sufre el coraçón ni es en mi mano desenvaynar sobre cólera despierta sin manchar la espada en sangre.

Lydorio.- Señor, no hagas mensajero sino de quien no aya sospecha, y a quien no le sea injuria una mala respuesta. Polytes, como sabes, es paje callado y cuerdo y hombrezito para todo cobro. Y también ya él tiene noticia de aquella casa.

Felisino.- ¿Y aun cómo ansí? Que pocas vezes que falte en casa le hallarán sino por allá.

Floriano.- Pues salíos fuera y embiádmele a mi recámara luego; y no me entre negocio ninguno.

Fulminato.- Allá quedarás. Oy, Felisino, contemos este día con piedra blanca y digamos que oy nascimos y con dicha.

Felisino.- ¿Que también guardas el stylo de los antiguos, que los días prósperos contavan con piedras blancas, y aquellos solos dezían que avían vivido, y los de mal successo con piedras negras, y aquéllos hallavan aver muerto?

Fulminato.- A la fe, no en balde he estado yo en Córdoba y hallé madre en Carmona y me llaman Fulminato. Oy en día ‘servir de pelillo’, ‘buena parola’, ‘facto ninguno’.

Felisino.- Tú eres el que yo buscava, que oy mis buenas cautelas me hizieron nascer.

Fulminato.- Buena cosa es la conformidad de las voluntades en los que conforman en la librea, porque la paz entre nosotros y la guerra con la hazienda de nuestramo; y al señor oy en día ‘pelo y pelón’ y ‘ungüento en los caxcos’.

Felisino.- Y aun esso es lo más seguro para pelechar, en especial que oy la justicia, con quien no tiene pluma, ‘juega a luego pagar’.

Lydorio.- ¡Ea!, concluyd las consejas y buscad a Polytes.

Fulminato.- Vamos, Felisino, abaxo, que he allí al paje.
- ¡A, hermano Polytes, Floriano te llama, depriessa!

Polytes.- Alguna parlería de mastresala tendremos. Allá voy. Que si no ay testigos, negar y avisar para otro día. Y entro, en nombre de Dios.

 


 /fol. iiij v/

Argumento de la scena ij

 

Salidas al jardín Belisea y Justina, su donzella, solazando Justina a Belisea, entra Polytes con la carta de Floriano. La qual, por favor de la Justina dexando, se va con buena esperança que le pone Justina. Y Justina lee la carta a Belisea, aunque contra su voluntad.

Belisea. Justina. Polytes.

 

Belisea.- Descendamos, Justina, un rato al cenadero ya, pues va cayendo la siesta. Pues agora es el propio tiempo de gozar de su frescura y del armonía de las avezitas, que en su possibilidad alaban al Criador.

Justina.- Por mi vida, que huelgo en estremo de verte de tal parescer, porque me paresce que a mill años que allá no baxé, y gózanlo los pajes a su propósito. Y aun para mi santiguada, que si en mi mano estuviesse, que más me hallarían entre los claveles y frutales d’él que no como tú estás, tras treynta puertas, pudiendo gozarlo.

Belisea.- Donosa guarda harías tú de la fruta.

Justina.- Como no nos hemos de ver en esso, passando por ello torno a dezir que me espanto de tu poco salir a te solazar, en especial pues tienes padre que todo lo havrá en dicha. No sé como ansí eres tan differente en condición a todas las mugeres, mayormente señoras y donzellas. No lo havrían conmigo ansí, que más amiga me hizo Dios de soltura y libertad.

Belisea.- Y aun ay verás que pocas vezes ay dos coraçones humanos en todo concordes, porque si essa es tu condición y de todas las mugeres, la mía es muy contraria, porque no me da plazer sino el recogimiento. Y en tanto me aplaze esto, que no sólo la mala conversación me es aborrescible pero aun la buena me es molesta, por sólo no quadrar con mi voluntad. Y también, más ayna se pierde Dios entre las gentes y se halla en la fuga y apartamiento del mundo. Y por esso haze ventaja la vida contemplativa, que lo ha con Dios, a la activa, que lo ha con las gentes, aunque por Dios.

Justina.- Bien estoy en esso, pero todavía tengo por mí que, si en esso que tú quieres, que es la soledad, fuesses contradicha y te mandassen no salir, que lo desseasses. Empero, porque está en tu querer, por tanto no te da pena el no te solazar; y si te privassen d’ello, /fol. v r/ lo buscarías de rincón en rincón. Porque la privación de una cosa incita el apetito a ella, mayormente en las hembras, y muy más en las encerradas donzellas. Porque ansí como se les vieda más, ansí dessean más; y por lo contrario, aquello que de fácil se nos concede, de fácil lo dexamos perder; y avido, lo tenemos tan en menos quanto menos nos cuesta. Y que sea esto ansí, míralo en el baxar d’este jardín, que tú que puedes cada rato nunca baxas a él, e yo que no se me concede, siempre querría hallarme en él.

Belisea.- Por manera que, según tu sentencia, la falta de la libertad abre camino al peccado y es occasión al mal. Por donde, a ser lo que dizes ansí como apruevas, hierran los zelosos padres en privar de muchas libertades a las recogidas donzellas, las quales libertadas en aquello podrían perder la honra y la honestidad con lo demás. Pues la donzella sin estas dos cosas deviera ser antes enterrada que nascida. Y la quiebra de la hembra no es como la del varón, porque ella cayendo en este deslizadero, o se levanta tarde o pocas vezes o nunca. E dado que se levanta, jamás le falta un sino en la honra y una promptitud al retorno del vicio, lo que al varón, por ser más libre de su condición natural, no le queda señal de aver caydo. Y aún lo que más es, que muchas vezes a ellos les da honra el mundo en hazer cosas, en que la triste de la muger jamás dexa de perderla. Por manera que, pues tanto inconveniente y tan abierto peligro y tan notorio y gran daño se le siga a la muger de la libertad, mira quán sin razón va fundada tu razón.

Justina.- Lo dicho, por muy buen dicho loando, digo como de primero, que el vedarnos una cosa nos pone a la aver más cobdicia, porque muchas cosas a no se nos vedar no las traeríamos a la memoria, y vedadas nos perdemos por ellas. La causa d’esto denla los letrados, que yo antes lo probaré con exemplos que con razones.

Belisea.- Dame una.

Justina.- Mira lo que Faustina hizo por la llave; y aún lo que más es, lo que hizo Eva con sólo un árbol que Dios le prohibió, pospuestos todos los del parayso que Dios les concedió comer. Y ansí concluyo mi intento.

Belisea.- Bien me huelgo que sepas tales exemplos. Y determino de no tratar contigo más en esta materia, pues te veo tan del vando de los hombres contra las mugeres. Y pues baxamos a nos solazar, holguémonos.

Justina.- Sea como mandares; pero no podemos -hablando la verdad- ne- /fol.v v/ gar que los extremos más vanderizan en las mugeres que no en los hombres, y aun que a ellos les hemos de afirmar y defender lo contrario por nuestro abono. Y en lo demás, mira si mandas que llame las donzellas para que te den plazer.

Belisea.- No quiero sino que me cantes alguna cosa, porque me cae muy en gracia tu voz; y para mí no ay otro semejante solaz mundano que oyr música.

Justina.- Avía de ser de buena garganta.

Belisea.- Con la tuya me contento por el presente; y no lo vendas más caro, pues haziendo lo que te ruego liberalmente, ganas gracias.

Justina.- Aunque en ello no pienso sacar vanagloria, quiero dezir uno que me viene a la memoria, pues que pidiendo la cosa de presto, oblígaste a suplir todas las quiebras.

Belisea.- Di, que a todo me offrezco.

 

Canción dirigida a Belisea, muy confiada en su bondad

 

Justina.-

  En la lucha del amor
nadie viva descuidado,
pues al muy más confiado
suele tratar muy peor.

Belisea.- ¡O, cómo es cosa sentida y buena, y nueva y bien sonada! Di, di más, si sabes.

Justina.- Ya pensé que con esto te enhadaras, pero pues ansí mandas, diré la buelta de la canción:

  Sólo sale victorioso
quien con él no se ha tomado,
y el que es d’él más olvidado
se llame vanaglorioso.
  Mas al cabo es muy mejor
nadie vivir descuidado,
pues al muy más esforçado
suele llagar muy peor.

Polytes.- ¡O, qué buena oportunidad! Abierto está y no ay quién me impida el passo. En nombre de Dios, entro con el pie derecho.

Belisea.- ¡O, cómo me pesa que acabaste, que la buelta fue aún mejor! Acuérdate que me des essa letra que la quiero aprender. Pero mira que viene no sé quién. Ve, mándalo salir; y harás al jardinero poner mejor cobro en la puerta.

Justina.- Señora, un paje es. Ya pues nos a visto y él vee que le hemos visto, sepamos qué quiere. Porque o yo mal conozco o es el de Floriano, aquel cavallero de gran estima, que por tu servicio a he- /fol. vj r/ -cho grandes gastos y fiestas y cursa mucho la calle.

Belisea.- ¡Ay, ay! No quiero saber qué busca, sabido cuyo es, y tú sepas que recibo pena en verle.

Justina.- No seas agora tan estraña de condición, pues la tienes tan buena. ¿Por qué quieres ansí asconderte del mundo? Mira que te dio Dios muchas causas para te mostrar. E ya que te recates, no de un paje con quien no quadra en ti la sospecha.

Belisea.- Buena estaría la honra de la muger si sólo guardasse su honra de las manifiestas sospechas y los notorios daños de su bondad.

Justina.- En cosa de bondad no alterco contigo, pues tengo clara tu victoria.

Polytes.- Por Dios, bien me ha succedido, que he allí a Belisea y a Justina. Esta negra carta no sé cómo la dé, pues hazer del no conoscido es por demás, pues aún de los perros d’esta calle lo soy. Ya quiero a Dios y a ventura llegar, pues ‘a los osados favoresce la fortuna’. Y ‘quien no se aventura no navega’. Allá llego, que como viere que me hablan yré respondiendo.

Justina.- ¡A, el galán! ¿Qué buscáys por la huerta?

Polytes.- Quiero hazer del bobo sobre sello y hablar como quien no conosce. [Ap.]
- Señora hermosa, entré con sólo intento de ver esta frescura, pero los ojos occupados en la vuestra se olvidan de mirar otra cosa.

Justina.- ¿Qué te paresce, mi señora?

Belisea.- Todas las cosas nuevas aplazen; pero déxale dar más de sí y veremos qué tal sea, porque al primer razonar no es conoscido un hombre.

Justina.- Pues alégrate, que el solaz tenemos en las manos, y verás cómo por te dar alegría me tengo que requebrar con él.
-¿Dezidme, pues, con cuya licencia entráys en lo ajeno?

Polytes.- Señora hermosa, al principio tomé la licencia de la puerta que hallé abierta, pero agora tomándola de vos pido la enmienda en mi excesso, aunque a la verdad tal no acertar como el mío presente, notorio acertamiento es, y tal pérdida mía será contada por aventajada ganancia y muy venturosa fortuna.

Justina.- Luego ¿ganancia y acertamiento llamas el venir por yerro tuyo y ventura nuestra a ponerte en manos de quien te tome la prenda?

Polytes.- En ser prendado tuyo me contaré por bienandante, mayormente si con verme tú tal mirasses en tratar bien la prenda que ya tienes en tu poder.

Belisea.- ¿Y qué prenda es?, que yo te la haré tornar.

Polytes.- Por tu piadosa bondad te beso pies y manos, que gran confiança a puesto essa respuesta a mi desconfiada venida.

Justina.- Bien me paresce, señora, que por sola su confessión se le puede pedir el daño /fol. vj v/ que otras vezes havrá hecho en lo ajeno.

Polytes.- Antes de agora he sido yo prendado, y aun por entero preso de vuestra hermosura; pero nunca tuve ventura de ponerme en vuestras manos hasta este punto, adonde vuestra lindeza puede como en cosa propria aprovecharse del despojo del sentenciado de vuestro poder.

Belisea.- ¡Ándate, Justina a éssas, y ganarte as ser motejadas de fea! Valiérate más no aver hablado para no aver errado, y tras el yerro llevar el pago que meresció tu locura. Baste, pues, ya lo hablado. Y tú, hermano, vete con Dios.

Polytes.- La majestad de vuestra presencia pone pasmo en mi torpe lengua y temor en mi atrevimiento a os pedir una merced.

Justina.- Di lo que quieras que, pues tanto eres mío, soy obligada a te favorescer ante mi señora.

Polytes.- Con tal esfuerço, tomando osadía, te suplico tomes esta carta.

Belisea.- Bien creo que ni tu mensaje me será útil ni tus passos te dexarán de acarrear algún castigo a ti y a otros exemplo. Quítamelo de delante, Justina, que ya yo me adevinava lo que podría ser. Y harás poner mejor cobro en la puerta, que el jardinero no quedará sin su merescido. Anda, hermano, vete de mi presencia que, en saber cuyo eres, adevino tus costumbres; y en saber cuyo eres, sospecho quién te embía; y en saber cuyo eres, entiendo cuya será la carta; y en saber cuya ella sea, sé que busca de mi enojo tu daño y tu perdición por mensajero. Dado que diz que los mensajeros no merescen culpa, pero en tales casos no ay quién les escuse. Cata que no seas tú el Urías Hetheo. Y dirásle por respuesta del mensaje que no oyré a esse atrevido de cavallero que se precie de traer con otras tales tratos, y que conmigo procure todo desvío, porque ni mi honra con él gana ni mi honestidad se satisfaze con sus embaxadas.

Polytes.- ¿Por qué tu magnífica nobleza condena mi inocencia antes de oyr mi justicia?

Belisea.- Sea el oyrte que no parezcas más delante de mí.

Justina.- ¡Ay, señora, no te muestres furiosa hasta saber el porqué! Cata, que como la honestidad de la donzella padesce detrimento y peligra entre los hombres, ansí la nobleza corre riesgo y aun se pierde con la furia. Y aun el demasiado sentimiento tuyo pone sospecha de tu bondad y limpieza y casto sentimiento delante de quien no te conozca muy bien. Y nunca condenes sin oyr las partes, para no tener de qué presto te arrepentir con el tan de improviso te determinar. Veamos la carta, y vista verás qué tanto ayas de soltar la rienda /fol. vij r/ al enojo; aunque a tu nobleza y estado de persona en pocos tiempos y en ninguna sazón paresce bien el tan apitonado y furioso ímpetu.
-¿Cuya es la carta, gentil hombre? Y perded todo temor.

Polytes.- ¡Qué atavío para perdelle! Quiero, empero, soldarlo como pudiere. [Ap.]
- Hermosa, he visto la ira de essa señora contra mi innocencia, la qual, con la culpa que en mí publica su pena, me añade temor de offender a quien se deve todo servicio. La carte es ésta, y es de un preso.

Belisea.- Ni sé qué pueda preso -cosa no duecha- pedirme, ni puedo no recatarme del anzuelo encubierto en tus reposadas razones. Y porque no tengo por oro todo lo que en tu muestra reluze, ve con Dios.

Justina.- Pues yo tomo, señora, la carta a todo mi riesgo.
-Y tú ve con Dios, que a la primera vista te daré respuesta en que descargaré la tempestad, que quiçá se resolverá toda en solos truenos.

Polytes.- Con vuestro favor, yéndome llevo buena nueva a Floriano, y triste para este mi vuestro coraçón.

Justina.- Anda, harás lo que digo. Y tú persevera, pues la perseverancia gana la corona del vencimiento en la pelea.

Polytes.- Los ángeles queden en tu compañía, pues yo no puedo yr sin la tuya en mi memoria.
(Esto queda aun razonable para primera audiencia. Agora, loando a Dios por mi ganancia, me voy pensando como satisfazer a Floriano para ganar albricias. Aunque a la verdad, más las devo yo que no él de lo que queda tramado).

Belisea.- ¿Qué hablavas con aquél al despedirle?

Justina.- Hinchéle de viento por cumplimiento de buena criança.

Belisea.- De tales comedimientos es libre la donzella sin caer en caso de mala criança, porque burlando ni de veras la donzella con ningún hombre en tales coloquios gana honra, si no es su marido, y aún ha de ser puesta en su poder. Porque el hilo de la honra es más delgado que el de Portugal con que tú labras. Y guárdate de todo hombre, te torno a dezir.

Justina.- De hombre, bien dizes. Pero este es muchacho.

Belisea.- De essa manera, hombre llamarás tú a mi señor, que está ya en lo más alto de la edad, quando a un mancebo tan grande como su padre y tan astuto como mercader y más hablador que relator llamas muchacho. Pues ándate, Justina, a esso con tus buenas entrañas y hallarte as burlada. Cata que dize el vulgar dicho: ‘que de los necios los infiernos, y de los perezosos los hospitales, y de las mugeres mal avisadas y menos remiradas se pueblan los públicos burdeles’.

Justina.- ¡Mas vao! ¿Y si supiera la verdad, có- /fol. vij v/ mo le mandé perseverar? [Ap.]

Belisea.- ¿Qué dizes de perseverar? Y mira que con persona particular hablar entre dientes es especie y señal de trayción.

Justina.- De tal me guarde Dios. Sólo dixe que el perseverar en los males propuestos acarrea los daños contados. Que agora, loado Dios, a salvo está quien repica. Y dexado esto, leamos la carta. Y no te me encojas, que por vida de mi señor y tu padre Lucendo, que ya yo la lea, que la tines tú de oyr, porque quiçá avrá en ella con qué riamos.

Belisea.- Malas coxquillas de burla son las que lo han con la honra y honestidad. Pero haz como quisieres, que dos oydos tengo: uno para abrirle al oyrla y otro para cerrarle al consentimiento en no aceptarla.

Justina.- Pues oye qué dize el sobreescrito.

 

Carta de Floriano a Belisea

A la muy suprema en todo merescimiento, tan libre señora de su querer quanto yo captivo de su beldad, mi señora Belisea:
Si el affligido coraçón, que me dio osadía para os publicar mi intolerable tormento causado por vuestro libre poderío, me diera fuerças para poder llevar con sufrimiento mi tan grave pena, nunca con la presente osara molestaros, no meresciendo de vos aún audiencia para mi libertad. Pero a vuestra clemencia pido que se apiade y fuerce a vos mesma a leer ésta, en parte declarativa de la grave pena que por vos este Floriano siente. Y aunque mucho pido, pero suplícoos por la respuesta; y sea, si mandáys, que vuestra mano me dé en castigo de mi loco atrevimiento la accelerada muerte o algún alivio a mi padescer. Y si deliberáys, señora mía, que yo pene y viva para que en mí executéys con saña vuestra justicia, mostrando en mí vuestro poder, con el mesmo poder me dad el poderlo ya sufrir, que soy contento de os contentar, pues por vuestra voluntad vivo, vuestro querer me sustenta y mi vida pende de vuestras manos. Las quales, humildemente besando, quedo por vuestro cautivo. Floriano.

Belisea.- Bien era yo adevina de lo que podría dezir carta tan loca.

Justina.- Antes me paresce que es para tornar a leer, pues aquí poco menos que por diosa te confiessa.

Belisea.- ¡Ay, déxame de essa vaziedades, que me llamas a la ira! Que aun no querría tomar por cosa tan sin ningún tino ni ser ni entidad ni concierto. Vamos, vamos arriba, que ya el sol nos ha privado por oy de sus rayos, demostrándonos las estrellas.

Justina.- /fol. viij r/ Dexada essas metáphoras, vamos donde mandares.

Belisea.- Cierra essa puerta. Y dadme la mano a esta escalera y subamos.


 

Argumento de la scena iij

 

En que Lydorio haze gran sentimiento por la perdición de Floriano. Fulminato y Felisino se hazen a una para poder medrar. Tracta de llevar Fulminato a Felisino en casa de Marcelia. Polytes da a Floriano respuesta de su carta; y dale un collar de oro para Justina y un jubón de brocado con sus calças al Polytes, y tórnale a dar otra carta para su señora Belisea.

Lydorio. Felisino. Fulminato. Polytes. Floriano.

 

Lydorio.- ¡O, alto y sapientíssimo Dios, qué profundos son tus secretos juyzios! ¡O, quánta lástima es ver perder tan a vela suelta un tal cavallero, mancebo y dotado de tantas gracias y poder mundano! Grande daño es este, si el saber divino no saca algún mayor bien d’este grande mal, pues que a Dios es ligera cosa sacar buenos fines de malos principios y peores medios. Pero en tanto que Dios lo remedia, duélome con lo que veo, pues no le basta dexar su estado y su naturaleza, pero que a bueltas de todo olvide a sí mesmo por sola una muger. No en vano dixo Adán, vista la muger: . Pues por otra parte, veo el desassossiego de toda la casa y la perdición de la hazienda; y con esto ardo entre dos fuegos. Porque aconsejar a Floriano es pensar de poner luzio el adobe lavándole; pues seguir tras su querer, no hago lo que devo a la lealtad que a sus padres di. Los de casa, a todos les paresce que la hazienda de Floriano le es común. Lo uno malo y lo otro peor, de manera que ‘con lo que Pedro sana, María enferma’. Porque con lo que Floriano a de satisffazer a su appetito, él pierde [d]el alma lo principal, pierde la honra, la vida en condiciones, el patrimonio se disminuye, la hazienda anda en manos de enemigos de su dueño y amigos de ella. Porque quanto menos guarda ay en la casa y en la hazienda, tanto los criados olvidan de la fidelidad y cobran del saber de lo ajeno. Porque ‘el aguijero llama al ladrón’ y ‘la occasión combida al pecado’.

Felisino.- Ansí que, /fol. viij v/ hermano Fulminato, ya me havrás bien entendido y tendrás bien ojeado el camino para nuestra medra.

Fulminato.- Calla ya, que descreo de la vida de los condenados si de plazer de nuestra conformidad para el descorchar de la colmena no estoy como fuera de mí, pues más quatro manos que dos llevan y pueden.

Lydorio.- En lo que estamos, benedicamos. Esto es lo que yo lloro, porque si a Floriano lo aviso, tendráme más por enemigo que por fiel.

Felisino.- Pues aun tú no pienses que lo sabes todo, porque para ruindades gran provecho me hizo ser un año estudiante y otro moço de cura.

Fulminato.- Pues calla, que creo que todo nos será menester: tu sciencia y la mía, porque Lydorio es sabio y virtuoso y leal y antiguo criado de casa; y con saber todos los rincones d’ella, si nos huele nos tiene de hazer daño para nuestro pellechar.

Felisino.- Para esso, guardalle los passos, y el uno sobarcado y el otro en vela. Porque si ‘un hombre apercebido vale más que dos descuidados’, sí que más valdremos y más podremos y más haremos dos recatados que uno seguro.

Lydorio.- Pues allá os espero, ‘al freír de los ajos’.

Fulminato.- Pues vamos a ver a nuestramo, y aseguremos el campo desmintiendo espías. Y aun también, si Floriano quiere, le daré en las manos una muger, que pagándoselo le traerá a su amiga a las uñas, por más encerrada y guardada que esté. Y aun d’ello me cabría a mí ganancia, si la fortuna lo endereçasse bien.

Felisino.- Dime, dime, ¿que tienes nido?

Fulminato.- Mas vao. ¿Y cómo oviera yo escapado del invierno sin algún hogar? Y tú tan bisoño eres que te mantiene sola vista.

Felisino.- Pues, ¿qué quieres? Que harto çanqueo y ando y rodeo, pero no hallo cosa de asiento.

Fulminato.- Aun no tan mal, si hazes como el cuclillo en ajeno nido. Pero encomiéndate a mí, si quieres, y duerme seguro. Pero, o descreo de los reçabitas y si no creo que nos ha oydo todo quanto hablamos Lydorio, que veslo está en el corredor.

Felisino.- No havrá. Pero si quiere, hecho es; haga como se pagare.

Fulminato.- No eres avisado en esso. Antes agora le halaguemos a sobrepeyne, porque la prudencia muchos males y daños previene.

Lydorio.- ¡A, Fulminato!

Fulminato.- ¿Quién me llama?

Lydorio.- Busca al paje Polytes y sube acá.

Fulminato.- Él que llega; acaso que me aguardó que le mentassen.

Polytes.- ¿Qué se tratava de mí?

Lydorio.- Sube presto. ¿Adónde andas? Al cabo de una hora que pide Floriano por ti, que no ay quién te saque de rastro.

Felisino.- No ay ygual tra- /fol. ix r/ -bajo sin penar y morir, que es esperar.

Fulminato.- Y aun por esso dizen, y bien, que ‘quien espera desespera’.

Felisino.- Señor Lydorio, lleguemos a la puerta todos, pues no es trayción escuchar, sabiendo lo que se ha de platicar de los que hablan.

Lydorio.- Escuchad, pues, que tañen.

Fulminato.- Y aun qué negro de bien. Que si él tanto sintiesse de mugeres y supiesse tanto de ser enamorado, como de la música sabe, él se guardaría más d’ellas y las tendría en lo que se deven tener, y aun acortaría su pena.

Lydorio.- Calla, dexa esso, que cada uno haze según es y según con quien lo ha. Y escucha, que comiença a cantar.

 

Glosa del mote:

 

Floriano.-

  Mi pena manda que muera;
dame alivio mi esperança
para que mi querer quiera
esperar venga de fuera
nueva de mi buena andança.
  Y ansí con tal división
mi morir se suspendiera
esperando redempción,
por do con justa occasión
quien espera desespera.

Lydorio.- ¿Qué te paresce, Fulminato, qué vida ha dado al refrán que tu alegaste poco ha, que no paresce sino que adevinó averle tú dicho a su propósito?

Felisino.- La capa diera por la glosa.

Fulminato.- Calla, que en disposición está; que no parará en sola una copla, pues dizen: ‘que quien haze un cesto, hará ciento’.

Polytes.- ¡A, señor! Mira que te aguardo con la respuesta de la carta que llevé a tu señora Belisea.

Floriano.- ¡O, nombre de toda suavidad, que en lo oyendo vivificó mis ya muertos sentidos! ¿Dime, mi querido y secretario de mi bien, ha mucho que eres venido y me aguardas, para que yo me castigue de mi tardança en te oyr tal nombre?

Polytes.- Señor, porque tengo pocas palabras, aunque passaron y precedieron a la respuesta muy duros empellones y gran peligro de mi vida, pero con el favor de una su donzella, todavía le dexé tu carta. Y sabe que, si no fuera por aquella donzella no era possible, ni yo parar ante su furioso y honesto sentimiento. Pero todavía, si a la dozella no la afloxa falta de gualardón, me mandó tornar por respuesta.

Floriano.- ¿Gua- /fol. ix v/ lardón? Para tan gran beneficio no le hay. Pero llevarle has mañana de la pieça de altibaxo azetuní, que saqué para las fiestas pasadas, diez varas para una ropa, rendiéndole de mi parte las gracias por lo hecho, y conoscimentos grandes para gratificar lo por venir como yo pudiere.

Lydorio.- Ansí, Ansí, que por esse camino havrá de yr esso y lo al todo con el diablo, pues se gasta en su servicio.

Polytes.- Señor, no podré llevarle tanto bulto sin ser visto y aun descubierto, en que no ay poco pelirgo.

Floriano.- Muy bien dizes. Pues llevarle as el collar de los esmaltes morisco que yo algunas vezes traygo.

Fulminato.- ¡O, descreo del que de Dios desconfía! Con tal desmallar, ¿no se hizo él con cien castellanos? Ya, ya no es de sufrir esto, que por ser yo negligente me he perdido este lance que me sacara de lazería.

Felisino.- Calla. No gruñas tanto que te oyrán.

Fulminato.- ¡O, pesar de quien te cosió la ropa! ¿Y cosa es de callar ésta?

Floriano.- Agora, pues, me di: ¿con qué semblante te recibió por mío?

Polytes.- Con un tan gracioso enojarse, que por ver la claridad que su rostro enojado mostrava y sus ojos resplandescientes llenos de rayos de amor, holgaras de verla enojada.

Floriano.- Pues, ¿qué confiança me das?

Polytes.- Mandóme que no paresciesse ante ella.

Floriano.- ¡O, sin ventura Floriano! ¿Para qué nasciste en esta vida acompañado de tanto atrevimiento y desnudo de algún merescer? ¿Pero qué digo? Que bástame a mí que sepa ya mi señora sepultarse mi coraçón en tormentos por ella para que me sea muy grande precio de mis trabajos. Pero, ¿dime, dime, mi Polytes, dónde la viste? ¿Con quién estava? ¿Qué hazía? ¿Qué semblante mostrava oyendo mi nombre?

Polytes.- ¡O, pesar de la vida, con tal interrogatorio! Aún creo que me havrá de coger en palabras. [Ap.]

Floriano.- Dime, dime, pues, algo.

Polytes.- Digo que para primera entrada, que está ganado mucho, si no perdemos aquella donzella suya. Y ansí me profiero que llevándole el collar te traeré mañana respuesta de otra carta, si luego me la dieres, aunque es tarde.

Floriano.- A mucho te offreces. Pero al fin, házeslo por mí, que te lo he de agradescer, Dios queriendo. Y luego escribo. Ve tú y llámame al camarero. Y tú toma cuidado de salir con tu promessa.

Polytes.- Quien tiene el cuidado andará el camino.
- ¡A, señor Lydorio! ¿Ya oyste como te llama Floriano?

Lydorio.- Agora lo oyo y entro.

Fulminato.- ¡Ola, vos, don muchacho, maestro havréys de salir d’esta buelta! Pues guárdaos de tomar los grados del magisterio sobre e- /fol. x r/ -scalera con un açumbre de miel y la vestidura de un pato.

Polytes.- Essas mercedes se dan a los tales como tú, que yo sirvo a mi señor. Y si más me tratas ansí, sabrálo Floriano, porque más es la afrenta suya que no mía, que soy mandado y le devo servicio.

Fulminato.- ¿Qué, qué? ¿Y cacareáys en el caxcarón? De Dios no descreo si no os despierno.

Felisino.- Buelve acá, hermano Polytes, no des enojo a Floriano.

Polytes.- Que él ha de saber si se me ha de atrever un rufián por yo hazer su mandado.

Fulminato.- ¿Qué vays gruñendo? Espera.

Felisino.- Por Dios, llevas talle de medrar enojando al que adora Floriano.

Fulminato.- Pues sólo esso me haze detener, aunque el pesar del collar yrá conmigo a la sepultura.

Polytes.- Brabear, panfarrón. [Ap.]

Felisino.- ¿Qué dizes, hermano? Sea este ñublado agostizo; y calla, que todos somos compañeros.

Polytes.- No lo quiere él conservar.

Fulminato.- Y creo, hermano, que lo tomavas de veras.

Polytes.- ¿Pues cómo se avía de tomar, sino como se dezía?

Fulminato.- Más palacio pensé que avía en ti.

Felisino.- Baste ya, que todo fue burla, y vamos abaxo.

Polytes.- Ydos vosotros, que yo quiero esperar al camarero.

Floriano.- ¿Estás ay, Lydorio?

Lydorio.- Señor, sí, rato ha.

Floriano.- Pues quiero que sepas mi alegría, porque el gozo comunicado cresce.

Lydorio.- En todo recibo merced.

Floriano.- Pues sabrás que mi señora, por favor de una su donzella, después de sus enojos está aplacada, y le quedó mi carta allá -que me aconsejastes que le escriviesse-. E porque la donzella no desmaye en me ayudar, con otra carta que quiero escrivir a mi señora llevará Polytes a la donzella el collar de los esmaltes moriscos, y a él darle as el jubón de brocado bordado con las calças que saqué para estas fiestas. E aunque no sea paga, será principio de lo que pienso darles. Porque la prueva del amor son las obras, y el que recibe cárgase de obligación o al pagar o al servir o al ser desconoscido.

Polytes.- Bueno va esto. Veamos como tercia el camarero.

Lydorio.- Señor, la liberalidad es anumerada por virtud, pero quiere por compañera la temperancia para no ser prodigalidad, que es vicio.

Floriano.- Cata, Lydorio, que para tachar un acto de suyo bueno muchas causas ha de aver. Porque ni en dar yo esta miseria allego a lo que a mí mesmo devo, sin respecto a otro alguno, ni tú en defender esso vas fundado.

Lydorio.- Bien sé que si de tu parte es de permitir el magnífico dar, pues contigo han de medrar los que te sirven, pero bien sabes /fol. x v/ que el copioso dar y sobrado recebir no merescido suele acarrear desconoscimiento e ingratitud a Dios y a las gentes vicio intolerable. E satisffación ni es de parte de la donzella el dar una carta por un tal collar, ni de parte del paje -aunque más meresce- el havella llevado, para lo demás. Porque con tales portes y por tan poco camino, muchos se hallarían por dichosos mensajeros. Y también el premio al que afana suélese dar al fin de la jornada, porque siempre vi: ‘a dineros pagados, braços cansados’.

Floriano.- De mayor precio es mi contentamiento que toda la hazienda.

Lydorio.- Ansí es.

Floriano.- Pues luego, dar yo quanto tengo es muy poco a trueque de un contentamiento tal, porque la hazienda se ha de tomar como por medio para ganar la holgança del espíritu. Y en tal caso, antes ovieras de aprobar el excesso en el dar -aunque agora no le ay-, que no la avaricia en el retener, porque el mucho dar es vigilia del mucho recebir. Ya que a esto mires, quanto más que siempre se atiende a la largueza del que da y no a la condición del que recibe.

Lydorio.- Ansí dizen del franco Alexandro, que dando una ciudad a un hombre baxo que le pidió merced, y él quiso dársela, siendo retraydo del que la recibía por ser tan excessivo a él, diz que dixo el monarcha: para ti, que lo recibes, es mucho, para mí, que lo doy, es muy poco.

Floriano.- Pues luego oye y aprueva y ponlo por obra, y havrás gualardón de quien te manda.

Polytes.- Este diablo es ‘el perro del ortolano’. Quiero atajar la plática escusada con mi presencia a mí provechosa, porque viéndome delante ‘juegue a luego toma’ e yo ‘a luego daca’. Y pues, ‘me dan la vaca, acudo con la soga’.
- ¡A, señor!, el maestresala a llegado dos vezes con el manjar.

Floriano.- ¿Y es ya hora de comer?

Lydorio.- Dadas eran las doze quando yo entré. Mira, señor, lo que havré estado contigo y verás qué hora será.

Floriano.- Pues por el relox que govierna los compases de mi vida aún no es amanescido, porque hasta que la luz de mi señora despida las tinieblas de mi coraçón, acompañadas de mortal tristeza, jamás havrá día para mí.

Lydorio.- Cata, señor, que con esso tal matas a ti, desconciertas tu casa y desasosiegas los tuyos. Y si miras en ello, ni podrás conservar la vida sin comer, y perdida la vida, pierdes tú la esperança del gozo de tu señora. E aun tu señora no podrá ni aliviarte ni atormentarte, porque si se ha de servir de ti, ha de ser vivo, porque muerto servirás a la sepultura. Ansí que trátate bien, si no por ti, como tuyo, sea por tu señora, cuyo te dizes ser. /fol. xj r/ Pues que quanto más la amares, has de amar y tractar mejor sus cosas, pues dizen que ‘quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can’.

Floriano.- Por te ver tan del vando de mi señora, quiero hazer lo que me aconsejas por tratar bien las cosas de mi señora. E pues yo suyo soy, por ella vivo, su amor me sustenta el spíritu, tráyganme de comer para el cuerpo. Y tú ve, da a Polytes lo que mandé, y entiende en que me den de comer luego.

 


 

Argumento de la scena iiij

 

Fulminato lleva a Felisino en casa de Marcelia. Felisino les promete una cena por amor de la hija de Marcelia, llamada Liberia. Felisino no puede vençer a Liberia, aunque haze Fulminato un entremés para ello, Buélvense los dos a casa de Floriano, quedando ellas en su casa.

Fulminato. Felisino. Marcelia. Liberia.

 

Fulminato.- Agora que, hermano, nos hallamos desembaraçados de ruyn compañía, te quiero dezir algo de lo que me apuntaste en la sala, adonde el lugar estorvó a tu desseo. E pues, en casa entienden en llevar el manjar, demos un arremetida y bolveremos a la ración de palacio.

Felisino.- ¿Y dónde yremos?

Fulminato.- A la cal Nueva. A donde si algún día faltare en casa me puedes hallar, más cierto que por las estaciones de la semana sancta, porque las andan todos.

Felisino.- Agora confirmaste el amistad que me tenías en darme parte de tus cosas, pues que entre los amigos el plazer y el pesar ha de ser de por medio: ‘un sí en el sí y, y un no en el no’. E pues voy con quien me entiende, procede y guía.

Fulminato.- Tú sabrás como ‘la Fortuna, que favoresce a los osados’, me dio ventura en ganar travacuenta con una viuda de hasta treynta y quatro, que en aspecto está como de diez y ocho. Ésta ‘no tiene en casa padre ni madre ni can que la ladre’, mas de sóla una hija bonita y harto muchacha, de diez y siete para menos. Ésta le sirve en casa de moça, y fuera de hija y authorizada donzella. Y porque en todas las cosas ‘la esperiencia saca maestro’, encaminemos allá y verás mi buena posada, loando mi felice ventura. E aun, si yo puedo y tú te das maña, tú hallarás allá presa y ‘jugaremos dos a dos’, mofando de los desnudos.

Felisino.- En lo que de mí dizes te a- /fol. xj v/ gradezco; pero no te ofrezcas a más de lo que puedas en casa ajena.

Fulminato.- Calla ya, no tengas essos escrúpulos. ‘A la prueba, buen amor’, que verás que en su casa, donde yo asomo con la voluntad, luego lo acompaña la obra. Y donde yo pongo el pie pone ella los ojos para contentarme. Que no pienses que estoy tan de emprestado, que voto a la casa de Mecha, que no faltan sino las palabras y bendiciones para pacífico matrimonio. Pero de esto, guarda fuera, ‘horro Mahoma’...

Felisino.- Cata, Fulminato, que estos amores tan fundados suelen ser muy costosos.

Fulminato.- Ya te entiendo. A la fe, ‘una vez en la semana, como viernes’; y aún entonces, de priesa y aunque lo tenga por fiesta; porque si andáys a su contento son insaciables.

Felisino.- Por la bendición de mi padre, que eres marcado. ¡Mira cómo me entendió! Que no digo que son costosos, sino de parte del dar.

Fulminato.- Ya, ya. ¿Dar o qué? Ansí se puede secar, esperando que se me caya blanca de la bolsa, que tras un quarto doy quatro ñudos. Antes sabrás que ha de pitar con ruegos y dineros si quiere tablaje.

Felisino.- Todavía te digo que si recibes avrás de dar, porque dizen: ‘manos que no dades, ¿qué esperades?’ Y el amor quiere liberalidad. Y no me hagas entender que tú solo tengas las cubas llenas y las suegras beodas.

Fulminato.- Malo eres de persuadir. Pues vamos, que a la vista te espero.

Felisino.- Bien que sea como dizes, pero yo por mí juzgo, que las mugeres tienen la lengua larga en el pedir y las manos abiertas al recebir; que a todo dizen adveniat, porque pensemos que rezan el Pater noster por nosotros.

Fulminato.- ¿Cómo? ¿Y porque tú seas boçal, lo ha de ser Fulminato? ¿Quieres tú ser ‘don Ximeno, que por su mal juzga el ajeno’? Pues calla, que estamos a la puerta, que yo te enseñaré a vivir a uso moderno.

Felisino.- Dentro hablan. Huéspedes deven aver en tu absencia.

Fulminato.- No me digas esso, si quieres mi amistad.

Felisino.- Anda ya, que no serás tú solo, que dolencia es muy usada. Y que oy se tiene en menos que el mal de las bubas, que otro tiempo espantava a las gentes. E aun también mira que tú ni tienes título de prescripción por antigüedad ni te han dado el de matrimonio para que como eres un huésped no pueda aver otro, y otro si menester fuere; y aun tú, que te has de hazer a la malla.

Fulminato.- No te piques de jurista y escucha lo que passa, que yo ya sé lo que me tengo.

Marcelia.- ¿Dime por qué quieres dar alguna afrenta de ti y de mi? ¿No te tengo retraydo el ser tan ventanera?

Liberia.- ¡O, desventurada yo, si ha de aver día de paz! Pues tanto me hará que /fol. xij r/ le haga sospechar, sobre hecho fue. [Ap.]

Fulminato.- Y aun a esso te espero.

Felisino.- Bien dizen que ‘no ay mejor cirujano que el bien acuchillado’. La madre, como deve de bardar su vergel, piensa que planta la hija.

Fulminato.- Al fin es madre; y aunque le dé mal exemplo, es bien que le dé buen castigo.

Felisino.- A la fe, ansí es, y fue y será. Que en la enmienda agena todos sabemos mucho y podemos mucho y hablamos mucho, y en la propria las manos atadas.

Fulminato.- No quiero contigo argumentos. Llamo. Ta, ta, ta.

Marcelia.- ¡He, mira, hija, quién llama a tal prisa!

Liberia.- ¡Ay, madre, que es Fulminato y otro que viene con él!

Marcelia.- Ve, abre la puerta, y en tanto pondré en cobro este par de perdizes que nos embió el despensero de Lucendo, porque en mesa de viuda pobre este manjar engendra sospecha.

Liberia.- ¡Ay, Jesús, y quán mala es de abrir esta aldava, como se abre pocas vezes!

Fulminato.- Mas creo que, como se cierra menos, abre de mala gana y cierra de peor.
-¡O, que’norabuena estés, hermana Liberia! ¿Con quién eran las questiones?

Liberia.- Ni sé qué te diga ni estoy para esso.

Fulminato.- Pues subo, que yo haré las amistades. E tú, hermano Felisino, mira qué pieça de paño para el invierno que vendrá. Por esso no quedé por ti.

Liberia.- ¡A la he! Dios lo guarde al gracioso. Anda, ve; sube tu escalera y calla.

Fulminato.- Ansí lo hago.

Felisino.- Señora de mi vida, ¿quién os enojó? Que yo os daré vengança.

Liberia.- Anda, gentil hombre, tras el compañero y calla, que quiero cerrar esta escalera, porque quien viniere llame antes que salude.

Felisino.- Todo me paresce de oro. Subo por no te enojar

Marcelia.- ¡A, Liberia!, ¿en qué te detienes?

Felisino.- Señora, seguro soy. Quedó a cerrar la puerta.

Fulminato.- Anda, señora, déxate de essos enojos y comamos.

Marcelia.- Los manteles nos quedaron en la mesa, como ves, que acabamos de comer essa lazería que tenemos, más que a Dios merescimos. De manera que trayendo qué, siéntate. Pero dexando una razón por otra, di, ¿cómo hallaste la huella del camino? Que si hierva oviesse, nunca la quebrarías mucho con tus pisadas.

Fulminato.- Si dizes que vengo tarde, pues vengo, no tardo. Y aun agora ten en mucho cómo me pudo traer acá Felisino, que por le hazer plazer, que deseava verte y conoscerte y saber tu casa, vine.

Marcelia.- Bástame por testigo de que sea ansí tu desamor, y ansí a él le agradezco la visita.

Felisino.- Por Dios, señora, que está burlando, que con sólo desseo de verte -y con gran razón- viene. Y a mí trae por testigo de su buena ventura en tenerte por señora.

Marcelia.- Dios lo mejore todo, que /fol. xij v/ por dezirlo tú, passaré por ello.

Liberia.- A la fe, madre, él viene a ver si le aguardamos a la mesa con el pan y queso que hemos comido.

Fulminato.- Ni te dan tormento ni lo riñas a mí, que yo paz quiero. Y como dizen, ‘a la boda vengo’.

Felisino.- Mas no tuviesses paz con ella, que no faltaría quién te lo retraxesse.

Marcelia.- Calla, bova, ya que vienen tarde, no digan que con mal.

Liberia.- Yo, con Fulminato lo he, que a estotro galán desseo servirle.

Felisino.- E aun yo me preciaré de servirte por mi señora.

Marcelia.- ¡Ea, no passe más adelante la plática!

Fulminato.- Y calla, no seas tan zelosa y no lo quieras todo para ti, ni muestres pesar del plazer ajeno. A la he, harías mejor en darnos con qué beviéssemos.

Marcelia.- El trae tú, que el , por mucha pobreza que aya en casa, no faltarán un par de vidrios, aunque no sean de Venecia.

Felisino.- A la fe, señora, para tal combidado sobran de Cadahalso. Y aunque fue la respuesta qual la pedía la petición, ¿quién jamás vio venir hombre y galán a comer vianda en casa de hermosa, si no la oviesse él mandado, y aún entonces avía de ser combidado y rogado?

Fulminato.- Si te bulle la bolsa, haz de las tuyas para ganar tierra, que yo en mi possessión me estoy.

Felisino.- Ni voluntad ni poder faltará, a Dios merced, mientras oviere este real de a dos en la bolsa.

Fulminato.- ¡Cómo ‘hablas en derecho de tu dedo’! E dime, ¿quién de todos quatro puede yr por nada a la plaça, que no quede el tercero solo? Mira que no somos más de dos por dos, y guarda tu rucio para otro alarde, que no faltará ‘su San Martín’ si antes no te desmancha.

Marcelia.- Pues por mi salud, que me hallo muy sola sin moça para semejantes casos, que Liberia e yo en nuestro ordinario, el lunes nos proveemos para toda la semana.

Felisino.- Mucho es no se corromper las viandas ansí añejas.

Liberia.- Las que estos de palacio comen delicadas, corromperse han. Pero, madre, el pan y queso de nuestro ordinario no se corrompen ansí.

Felisino.- Esse es manjar de ratones.

Fulminato.- ¡O, Felisino, cómo te engaña Liberia! Cata, que más avisado pensé que eras.

Marcelia.- Miralde el saco de malicias, que siempre viene con alientos de pupilo de mesa pobre.

Liberia.- Tú, madre, tienes la culpa en tenerle mal vezado a sufrirle sus malicias.

Fulminato.- Agora, Liberia, no ay quién pueda contigo. Pero dime, ¿eras tan brava antaño?

Liberia.- Y aún tanto más que te espantaras. Y guarte de furia de muger.

Felisino.- Que por Dios, señora, que tienes justo, y que a tales palabras, peores abrían de ser aún las respuestas.

Fulminato.- ¿Y qué, qué? ¿Náscente alas con el calor de /fol. xiij r/ la dama? Pues sey mejor comedido, sino medirse ha la amistad con los filos del espada. No pienses que será por ti dicho: ‘de fuera venga quien de casa nos eche’.

Felisino.- A lo menos será esto, que si a estas señoras das penas con tus parlas, que las has de cortar; y que la amistad nuestra ha de ser en lo honesto, y no que en mi presencia enojes a estas hermosas.

Fulminato.- ¿Y cómo? ¿No sabes que soy Fulminato? Descreo de los adoradores del vezerro y d’éstas que tengo en la cara, y de Dios no me aparto si echo mano, si no te hago el juego que hize a Furnil, el temeroso, en Barcelona, que de un revés le puse la cabeça par de los çapatos, sin perder el passeo por la ciudad por ser Fulminato.

Felisino.- Ya tengo decorado essos refranejos. E sepas que a esse Furnil que tú quitaste la cabeça de un revés, yo se la havía puesto de un tajo. Y ansí haré a ti agora.

Marcelia.- ¡Ay, Felisino, por un sólo Dios, que mires la honra de mi casa!

Felisino.- Pues el callar yo por esse respecto da occasión a Fulminato de ‘hazer del boto a tal’. Y suéltame, si mandas, que yo veré oy quién sea Fulminato.

Fulminato.- Aún creo que el diablo me metió oy aquí. Y quán de veras ha tomado el necio lo que yo hazía por sólo dividir mesa. Pero cúmpleme hazer del fiero porque me teman estas mugeres, que ellas le tienen de suerte que, aunque le pese, estará quedo. [Ap.]

Marcelia.- ¡Y detente agora, Fulminato, por un sólo Dios! No llamemos testigos donde no ay para qué.

Fulminato.- ¡E suéltame, que de Saturno ayuso reniego si no le hago...!

Marcelia.- ¡Pues por mi vida que no te suelte! Y que as de venir a mi cámara.

Fulminato.- Y aun esso quiere el moço. [Ap.]

Marcelia.- ¿Qué gruñes, mal acondicionado?

Fulminato.- ¿Mira que me as rasgado la cuera y quebrado los talabartes y ciérrasme? Descreo si tal passa.

Liberia.- ¿Quién no se las entendiesse a mi madre? ¿Aun, aun si havré yo de començarlo oy, que acá está quien no se rogará mucho? [Ap.]
- Ciérrale, ciérrale, madre, que a estotro yo le tengo.
(Agora a mí el cargo que ellos dos se avengan. Y estotro algún asno deve ser, que me ve sola y abraçada consigo y aguarda a que yo le desempañe y le combide, lo qual aún haría si más le conosciesse de oy).

Felisino.- Por Dios, que se han quedado los dos a hazer las pazes, quanto que esto de Dios ha venido. Quiero dar un tiento a la muchacha, que desembuelta me paresce y de buen pegar.

Liberia.- Agora que, señor, te falta el adversario, me quiero tornar un poco a mi almoadilla, porque en esta casa si no lo trabajamos no lo comemos.

Felisino.- Señora, ansí es en todas. Pero si algu- /fol. xiij v/ -na necessidad al presente tienes, avísamelo, como a quien dessea servirte. E con todo esso no me dexes solo, porque no sabes si hurtaré algo.

Liberia.- ¡Por nuestros peccados, aunque fuesses ladrón, mala medra tendría tu officio en esta casa! Pero con todo, porque no digas que no hago por ti algo, me siento a esta ventanilla a labrar.

Felisino.- ¡O, qué gran merced! ¡Y cómo descubres al manifiesto no estar en ti la perfeción de hermosura sola!

Liberia.- Muy de copla[s] estás, por mi salud. Pero mira que aprendas en esta casa a estar quedo con las manos. Y si vienes mal vezado de con mugercillas de al pregón, aquí sólo se da licencia a la lengua a que hable lo que sufre buen palacio. Cata que mi buen comedimiento y mi soledad no enciendan fuego a tu cobdicia. Aprende, señor, a guardar en cada tierra sus usanças y leyes, y avisa para delante, si esta casa te aplaze para más de un día, que acá no se usan essas desembolturas, ni aun a los de casa quanto más para ti que esta es la primera entrada. E también te sé dezir que ni tú as visto en mí soledad porque te me atrevas ni mi honestidad te sufrirá para otro día, excepto si no quieres esta casa para tan sola esta entrada; que si ansí es, luego la da por concluyda y puedes tomar la puerta.

Felisino.- Mi señora, no te enojes y perdona, que mirava el cabeçón de tu camisa, que en esso poco que descubren las tocas se muestra gallarda labor.

Liberia.- Bien que sí. Guárdele Sant Antón, el inocente como zorra; y aún essa deve ser ella. El hurtar de que me avisaste deve ser éste, que no pequeño despojo de la casa de mi madre sería a robarme tú mi limpieza. Pues ‘por demás es la cítola al molino’, que para responder al llamado de tu dañada intención as aportado con quien no oye, y ansí puedes reposar y aver plazer.

Felisino.- ¡O, cómo me condenas por malicioso sin por qué! Que si algo hize que no deviera, según me condenas, mándamelo tu hermosura que, como fuera de mí en tus amores transportado, no sé lo que hago.

Liberia.- De maravilla eres bovillo. Pues sábete que si quisiste comer con mi innocencia, que yo almorzaré antes con tu malicia con oyrte la lengua y mirarte las manos, y prevenirme de guarda a tus desseos.

Felisino.- ¡Ay, vida mía, y qué robadora de coraçones soys!

Liberia.- ¡Ay, Jesús, y qué desvergüença! ¿Y no miras quál me tienes parada si mi madre saliesse a la sazón? Y válgale el diablo, y ‘otra vez a doze’. ¡Qué porfía que tie- /fol. xiiij r/ -ne! Pues yo te seguro por oy que te quedes del agalla.

Felisino.- ¡O, mi señora, y qué sacudida soys sin por qué! Pero yo te juro, para estas que en la cara tengo, que o yo reviente por los yjares o tú me cayas al sello de mi marca antes de seys días. Y aun quiçá, que a no salir ya los encaramados, aun, aun.

Marcelia.- ¡A, señor Felisino! ¿Ya bien osaremos salir sin miedo de tu espada? ¿Mas qué te paresce de nuestra tardança?

Felisino.- Que tengo por más venturoso a Fulminato que a mí. Que aun la señora Liberia, que está más hazendosa que desposada, de mal acondicionada se ha huydo a los rincones dexándome solo, encomendado al sueño, guardándoos los cuerpos como en monumento.

Marcelia.- A la fe, hemos menester afanarlo para tenerlo en esta casa. Por esso perdona, que con estas condiciones ha de hallar mi casa el que viniere a ella si le fuere dada entrada como a ti. Y en lo demás que dixiste, aunque hablaste con malicia, te la perdono por el enojo que has avido con la muchacha. Pero quiero deshazer tu sospecha, que no caya en juyzio, con certificarte que no hizimos sino escrivir una carta; sino que con estar tan furioso estotro galán, no podía acabar con él.

Felisino.- Ansí sería, señora, pero al goznear de la cama lo pregunten. [Ap.]

Marcelia.- ¿De qué te ríes? Que me afrentas si no lo crees.

Felisino.- Que sí creo el Evangelio. Pero, Fulminato, torna por tu color allá dentro y marchemos, que se nos passará la mesa y perderemos ración y havremos mal grado. Y mañana nos ten, señora Marcelia, por combidados, quedando a mí de proveer el con qué.

Fulminato.- Bien digo yo que te bulle el argén, que ‘él, ni amores y diablos y locura mal se dissimulan’.

Felisino.- Anda, que ni ‘al gastador falta qué gastar ni al jugador qué jugar ni al escaso qué endurar’. Y con esto te queda a Dios, señora Marcelia. Y tú, mi señora Liberia, pues ya serán desfechos tus ñublados, ¿qué me mandas?

Liberia.- Que vayas con Dios.
(Allá yrás, diablo importuno moledor. Pero, ¡o, cómo me queda abrasado el coraçón en su amor! ¡O, cómo fuy mal avisada y descomedida en no le aplazer! ¡O, cómo si él me olvida yo soy muerta! Bien diré yo cierto que ‘no conoscí el bien hasta perderle’).

Marcelia.- ¿Qué hazes, Liberia, allá baxo?

Liberia.- Heme aquí, que por cerrar la puerta me detuve, que luego se fueron y de priesa.

Marcelia.- Pues que en paz quedamos, loado Dios, sin embaraço entendamos en algo.

Fulminato.- Bien será sanearme con Felisino, que aún me mira de concha.Y agora /fol. xiiij v/ ni nunca me agradó el tener enemistad de veras con nadie, porque aún no me hallo tan enemigo del vivir que le quiera arriscar, y traer el cuerpo cargado de hierro y el coraçón de sobresaltos. [Ap.]

Felisino.- ¿Qué vienes hablando a solas, que paresce hagas invocaciones? Si tienes algo más de lo passado, dímelo, que a todo me hallarás.

Fulminato.- Agora me sacaste verdad lo que venía hablando entre mí.

Felisino.- Si de mí es, dímelo.

Fulminato.- ¿De quán de veras lo oviste en denantes?

Felisino.- ¡O, pese a tal! ¿Y era cosa que yo pude menos, so pena de no ser hombre?

Fulminato.- Luego, ¿no me entendiste?

Felisino.- Entendíte, que si no oviera partidores, fuera el diablo.

Fulminato.- Pues toma leción de mí, que soy Fulminato. Que por dividir los partidores y que la división la oviéssemos con ellas y nos cayessen debaxo, como ya me cayó Marcelia, lo hize. Y aún tú, asuadas, que no heziste menos con la moçuela, según que os oya de dentro el gruñir.

Felisino.- Ya, ya, ¿quién te avía de entender? Por esso eres tú ya marcado, e yo por boçal aprenderé de ti oy más. Pero dexando esto, ¿cómo te fue?, que gran goznear de tablados passava.

Fulminato.- Tú me di a mí qué heziste, que yo no anduve camino que ya no supiesse de otras vezes lo aver caminado.

Felisino.- No sé qué te diga de moça tan indómita.

Fulminato.- Pero con todo, creo que te podré llamar yerno y tú honrarme por suegro, porque ella mucho gruñía como primeriza. Ansí que sabe agradescer la honra a quien te la haze, Y sufre y calla y guíate por quien sabe, si quieres medrar.

Felisino.- Esso te agradesco con tu buena voluntad. Pero tampoco pienses que se hizo la cópula, aunque o yo podré poco o ello se concluyrá presto.

Fulminato.- Pues mira que al sangrar no la manques y tú desmayes.

Felisino.- Aunque bovo, no pienses que lo soy en todo. Yo sabré qué haga, visto en el caso. E pues estamos en casa, callemos, y déxame entender en mi provisión.

Fulminato.- Pues mira que, aunque seas avisado, jamás hizo mal consejo de amigo. Lo que te aviso es que salgan del cuero las correas, y ‘a buen entendedor no más’.

Felisino.- Ansí será, porque bastará poner yo un real para aloxa, si fuere menester, y en todo lo demás que me acorran despensa y botillería, pues yo en servicio de mi amo me gasto.

Fulminato.- Ya te podrás graduar de maestro de baratar. Y ansí sea, que a los amos y a los enemigos comellos y roellos, y después sisar para dos reales para componernos. E con todo esso, en este caso más es menester hazer que no dezir.

Felisino.- Entremos, que al cabo lo verás, Dios queriendo.

 


 /fol. xv r/

Argumento de la scena v

 

Floriano y Lydorio passan grandes pláticas sobre la fuerça del amor, y Polytes lleva la carta a Belisea.

Floriano. Lydorio. Polytes. Fulminato.

 

Floriano.- ¡O, omnipotente hazedor de todo compuesto, y cómo sapientíssimamente goviernas todas las cosas a la consecución del fin para que fueron criadas las inclinando! E con saber yo esto, añado a mis flacas fuerças confiança de esperar comprehender y alcançar cosa de tan sobrado merescimiento para mí, como es mi señora Belisea, y en mí tal perseverancia donde falta merescimiento. Conozco que me crió Dios para servir a mi señora Belisea; porque de ver que mi desseo y mi voluntad y mi entendimiento y memoria van dirigidas a ella, ansí por la fuerça del delicado amor con que la amo y desseo soy violentado por mi querer a querella, pues para tal me crió Dios, e como para tal bien mío me da natural inclinación del amor, como por objecto de mi contentamiento. Pero, ¡ay de mí!, que como esta gloria que yo sigo y amo, y procuro y tengo por último fin, excede tanto a la capacidad del supuesto de mi flaqueza, temo, como no capaz de tanta gloria, ser para siempre privado de ella. ¡O, amor falso, o halaguero, o engañador, o inconstante, que con saber tus amadores y los que son de tu valía y siguen tu estandarte que eres largo en promesas y muy abreviado en el pagar, tienes tantos debaxo de tu vandera, que muy sin difficultad serían contados los que aviéndote conoscido se han escapado de tu subjectión! ¡O, cómo te muestras en tus hechos muy villano, que a los que te siguen más subjectos, a éssos tractas más ásperamente! E como villano s[o]ez, muestras tus fuerças contra los más abatidos y menos resistidores.

Lydorio.- ¿Di, Polytes, duerme Floriano o qué haze?

Polytes.- Está haziendo consigo tanta variedad de cosas differentes, de hombre sin ningún sossiego, que no te sabré dezir qué es lo que haze. Pero oye, que ya torna a tocar la vihuela. Y escucha e oyrás maravillas y novedades, como yo he oydo en poco rato que ha que estoy aguardando coyuntura para entrar.

Lydorio.- Pues está atento.

 /fol. xv v/

Romance o discante de los amores de Floriano

Floriano.-

  Quando con menos cuidado
mis cuidados yo sentía,
me conoscí ser llevado
por nueva guía guiado
do mi desseo quería,
ajeno de compañía
sino sólo mi querer;
sin atrás passo torcer,
salí tras quien me guiava;
vime puesto donde estava
un sol, que el sol obscurece,
d’una dama que meresce
de nadie ser merescida,
do mi libertad perdida
hize punto a mi jornada,
de mi bien siendo mirada
siempre vía más que ver.
Propuestro, pues, de saber
nombre de tal hermosura,
en pago de mi locura
y sobrado atrevimiento,
fui lançado en un momento
en cárcel tenebregosa,
do con gran morir reposa
mi coraçón afligido,
que aunque se siente perdido
se dessea más perder,
pues siente no merescer
más premio del conseguido.

Lydorio.- ¡O, quán en alto stylo a discantsado en principio de sus amores, mostrando bien su pena y señalando bien la causa!

Polytes.- Pues oye, oye, que ya torna a la deshecha.

Deshecha al romance

Floriano.-

  No se compara mi pena
con qualquier mal d’esta vida,
ni ay pena más merescida.
Letra

  Es mi pena tan sobrada
quanto en mí falta poder,
del poder do está encumbrada
la gloria de mi querer,
que aunque sobra mi perder
a qualquier mal d’esta vida,
no ay pena más merescida.

Lydorio.- Bien dizen los philósophos que la vexación o necescidad, si no se toma con sobradas fuerças, que abiva el entendimiento, y que los amores hazen eloquentes aun a los mudos. Entrar quiero, que no es razón de no comunicar contino con un hombre de tan vivo entendimiento y tan claro juyzio y tan buen razonamiento, y tal que, aunque enferma y daña a sí, aprovecha a los oyentes.

Floriano.- ¿Está alguno ay fuera?

Lydorio.- Señor, agora llego yo a /fol. xvj r/ ver si mandavas alguna cosa.

Floriano.- Quiero, si tú me quieres bien, que me ayudes a dar fin a mi tan penada vida.

Lydorio.- Quitarla querría yo a tus enemigos y dártela a ti, y todo descanso si en mi mano estuviesse.

Floriano.- ¡O, qué bien dizes: estuviesse en tu mano!, pues quiso Dios que mi vivir pendiesse de Belisea, y mi muerte está en su querer y mi descanso en su libertad y mi salud en su deliberación y alvedrío, y todo mi bien en su disposición, pues tiene universal dominio en este inferior mundo que da habitación a los mortales.

Lydorio.- Mira, señor, que hablas fuera del lenguaje de la fe, que affirma -como es ansí- ser Dios principio y causa y govierno de todo lo causado, inferior y superior.

Floriano.- ¿Dime, Lydorio, tú no sabes que en el disponer de las cosas subjetas al Criador, que es Dios, y a las celestes influencias, que ay causa primaria y general que es Dios y causas secundarias? ¿Y no sabes que a estas que llamamos secundas causas, con darles Dios poder de influir sus qualidades en lo elementado, también a las vezes les dexa el govierno de algunos particulares effectos, para que después del concurso general de Dios, estas segundas causas se puedan llamar principio o causa en algún compuesto?

Lydorio.- Sé bien que, según philosophía, algunas vezes causas segundas produzen algún compuesto, pero con tanto que el tal ser dependa del de la primera causa, que es Dios. Como paresce al sentido que la revolución del sol y planetas y elementos produze la alegría de los campos en la seca tierra, trayendo el verano. Pero todo esto y otros effectos que haze la influencia del sol lo dispone aquel primer principio que todo lo crió con la palabra. Pero esto, ¿a qué fin? ¿Para provar tú, señor, que una muger, que en género de criatura es menos perfecta que tú, te pueda ser causa de vida, ni alegría ni las demás qualidades o accidentes que en ti pueden causar las celestes influencias, que como segundas causas te disponen a lo que Dios te quiere inclinar y ordenar de ti? Ansí que no sé cómo puedes dar a tu señora poder de algún effecto causal.

Floriano.- Aunque avía otras cosas que resultan de tu departir, a que te podía responder reprovando tu hablar, en ser -si fuesse como dizes- menos perfecta mi señora o no, porque sé que el tú dezillo fue sólo yerro de lengua, callando en esto, passo a lo que de principal dudas: ¿cómo sea mi señora la que después de Dios disponga en mí su /fol. xvj v/ querer? Ya sabes que en quanto mi ser sea derivado de Dios, del qual no menos emana mi señora, que ansí entramos -aunque en gran desigualdad- tenemos respecto a Dios como primera causa y hazedor. Pero yo que conozco que todo quanto en mí puso Dios lo puso con obligación y debaxo de condición que fuesse governado por mi señora, ansí por no faltar de la ley natural como del querer de Dios, que en mí quiso esto, quiero y amo y desseo y adoro a Belisea.

Lydorio.- ¡Ay, por Dios, señor!, que te moderes en tal desenfrenamiento de hablar, pues basta ser ella muger y tú ser hombre.

Floriano.- E aun como hombre y tan buen entendimiento y ley, como tú dizes, conoxco bien lo que affirmo ser ansí. Porque ni tú en ello, para me incusar, tienes razón, ni yo excusable excusa, sino confiesso que consiste mi felicidad en la memoria de Belisea. Ansí es y ansí lo affirmo y ansí lo confiesso. Agora di contra mí todo lo que te pluguiere, pues me conosces ya bien firme en la fe de mi señora. Y aún más te digo, que si el ser de hombre dize perfectión -como tú dixiste-, que en ninguno la ay tal ni tanta como en mi señora, que para mayor manifestación del poder de Dios, que puede poner las perfectiones donde quiere y como le plaze, por particular privilegio fue hecha muger y en ella assentó el Criador sus perfectiones, y la comunicación de las mías y el rectracto de las del orbe.

Lydorio.- A la fe, señor, guíalo como te plaze, pero la necessidad haze conoscer quién sea el varón para tener ánimo generoso, y en esto muy al descubierto discrepa el varón de la hembra. Porque en tener buen dezir, buena muestra, dorados meneos, en presteza de lengua, en viveza de juyzio para de repente -mayormente para mal-, en pensar insultos, en inventar trayciones, en hablar maldades, en descubrir sotilezas de engaños, en forjar mentiras, en hazer embaucamientos, en querer abominaciones, en cometer insultos, en tractar adulterios, en dessear homicidios, en amar crueldades, en tener sobervias, en affectión de glotonías, en sin freno en luxurias, en caminar por estremos, en querer siempre la suya en pie; si me dizes que en éstas y otras tales consiste el ánimo y fuerça o perfectión del ser varón, pocos varones ay tanto como ellas, si a lo menos no en el ser natural, en el ser vicioso.

Floriano.- Anda, que essas universales siempre admiten algún excepto. Y aun también como la perfectión de que tú dizes ser dotado el varón ha de ser de gé- /fol. xvij r/ -nero de virtudes, y vemos comúnmente aver más bondad moral en las mugeres, quanto más que algunas van en la cumbre en esto, y ansí lo está mi señora Belisea en todo atributo de bondad.

Lydorio.- Bien te confiesso, señor, que a lo común las mugeres son más devotas, más rezaderas, más estacioneras, más molles de coraçón para en quien se imprima la piedad; y de entrañas más compassibles y tiernas para con los affligidos, y más sermoneras; y finalmente más dúctiles para ser persuadidas a devoción y a la virtud exterior. Pero esto, las que no lo hazen de fingido, házenlo porque Dios y naturaleza las hizo subjectas, y a los hombres más libres. Pero ansí como son blandas para la impressión del bien, ansí son también más flexibles al mal. E la que cae de veras y al descubierto más daño haze que un hombre, por la inclinación que puso Dios y naturaleza para la amar, y amándola seguilla, y siguiéndola imitarla. E tornando a mi intento, sin dezir de ninguna en especial, hallarás muchas vezes grandes maldades e insultos e embustes debaxo de las largas y honestas tocas y faldas. E ansí dize el vulgar que ‘grandes males encubren faldas’. Porque si las miran a defuera, yendo parescen unas senadoras, con gran gravedad de cuerpo y con gran terneza de pies y descaymiento de piernas, que paresce que han menester cuentos para se tener como casa vieja; y verlas heys con una gravedad y serenidad de rostro, que no ay que pedir más ni qué poder tachar. Pero tengan lugar y tiempo y libertad y occasión -o si no, ellas la buscan- que allí os digo yo que no ay en su possibilidad gamo por collados ni hardica por montes, ni conejo hasta el vivar, ni pega de rama en rama, ni rebeço de peña en peña, que ansí se desembuelvan, y aun, si ay arboleda o frutales, que no ay mona tan trepadora ni oruga tan destruydora. Pues a los hombres que las han de sustentar son tan costosas, que si las quieren complazer todo el tiempo se yrá en . Finalmente no ay más que dezir, pues no se acabara de escrivir lo que ellas jamás acaban de imaginar e inventar e usar y engañar. Pues si miras en ello como curioso, verás que con los verdugados cubren quiebras y defectos del cuerpo; y con sus lágrimas someras dissimulan y encubren males de la vo- /fol. xvij v/ -luntad y falsías de ánimo deliberado, que contra los que más muestran amor suelen tener en el pecho.Y porque no me digas que hablo de coro y que las infamo por mi cabeça, no acotando qué digan los que las conoscieron y qué vieron de ellas los que las tractaron, mira en lo primero al sabio Salomón, que tanto las amó y tanto daño le vino por ellas, lo que de ellas dize en sus escrituras quando se le offresce hablar de mugeres. Lee al Mantuano en una égloga; mira al Petrarcha; escucha al Ovidio y atiende al Juvenal; y finalmente quantos sabios gentiles, judíos, christianos, moros, paganos, offreciéndoseles en sus escritos materia en que hablar de mugeres, afanan y se desvelan en cómo avisar a los leyentes que se guarden de sus conversaciones. Porque si os han menester, se os muestran muy humildes, muy halagueras, muy amorosas, muy dúctiles, muy affables, muy conversables, muy subiectas y muy temedoras de enojaros. Pero si salen con su facto y tienen la suya en hito viendo la vuestra discayda, luego tornan muy altivas, muy çahareñas, muy mandonas, muy mal suffridas, muy señoras, muy sacudidas, muy esquivas. Finalmente, si os tienen molleja, luego piensan comeros. E si os les subjectáys un poco, vos ‘les days el dedo y ellas toman la mano’ en todo y por todo, porque os quieren dar a entender que las ayáys menester, Pues, hablando de lo que refieren de ellas los escrivientes que vieron de hechos muy atroces y feos, ¿mira quán canina fue a todo el humano linage la golosina y sobervia de la muger primera del mundo? Pues ¿quién por cobdicia de oro hiziera lo que Tarpeya, en dar el Capitolio romano a los enemigos? En género de luxuria torpe, ¿quién hiziera lo que Pasiphae ni Minerva? ¿Quién perpetrara lo que Scylla, hija de [N]iso, en matar a su padre? Pues, ¿quién se atreviera a lo que Judith ni a lo que Jael, puesto que lo aprueva la escritura sacra? Y si no fuesse fastío recopilar males agenos, sería no acabar de contar cosas atroces y feos hechos de audacíssimas mugeres. Pero, concluyendo mi plática prolixa a su breve intento, digo que atiendas, que en te affectionar a una muger has de mirar que tú eres hombre y criado para mandar, y ella es muger y criada para servir.

Floriano.- Ya no puedo suffrir ni oyr las blasfemias que tu dañada y canina intención declara por tu lengua contra las mugeres, por sólo dañar a la que yo tengo por án- /fol. xviij r/ -gel en forma de muger, a la qual amo y adoro y estimo y temo reverencialmente.

Polytes.- ¡O, hi de puta el diablo, y cómo ha entretexido alta y compendiosamente muchas cosas Lydorio a un fin! Pero quiero oyr qué dirá Floriano, que está hecho un ciego de amor.

Lydorio.- Pues que por aquí empeora y se pone más obstinado y dize más errores, quiero, tomando de dos males el menor, hablalle en cosas de amor. [Ap.]

Floriano.- ¿Qué dizes del amor?

Lydorio.- A la fe, ‘do el coraçón, ay las mientes’. Señor, no digo sino que he oydo hablar a muchos y escrivir a muchos contra las mugeres, los quales, dexando sus dichos y mirando sus hechos, veo que se perdieron unos, y otros fueron puestos del lodo por su amor. Y espántome cómo avisando sabiamente a otros, ciegamente yvan ellos cayendo.

Floriano.- E aun yo huelgo que tú te vayas levantando de tu tesonía, y mires quán grande sea el poder del amor.

Lydorio.- Dizen los que le discantan que tiene poder sobre todo hombre, y aun sobre todo el hombre.

Floriano.- Los que dizen ansí, en lo primero hablaron como sabios, y en lo segundo escrivieron como esperimentados. Porque el que es tocado del tal poderío, ninguna potencia tiene que no sea más del amor que no del proprio cuyas son las tales potencias, porque está de sí mesmo ajeno.

Lydorio.- Una cosa tengo por averiguada, y es que el libre alvedrío del hombre no admite subjectión sino a Dios. Y ansí tengo por diffícil que una buena aparencia de una muger baste a privar a un libre hombre de su propria libertad, en la qual Dios, aun de ordinario poderío, vemos que no quiere meter la mano. A muchos lo he oydo y en muchos lo he leído, y en ti, señor, veo esto y no puedo persuadirme a que no aya otra cosa que al hombre fuerce más que el amor, en quanto sólo amor.

Floriano.- Bien muestra la desemboltura de tu lengua no aver sido tocado tu coraçón de su flecha. Porque si supiesses del poder del amor, sabrías que contra él ni ay letras ni astucias, ni fuerças ni artes, ni cosa que estorvar pueda su querer.

Lydorio.- Oydo he que todas las cosas vença y subjecte a su poder toda viviente criatura elemental. Pero como los dichos remuevan menos que los exemplos, refiérome todavía en creer lo que veo. Porque si un hombre tiene cuenta de tornar por la honra de su nobleza y libertad con que fue del Criador adornado, que no caerá al primer traspie, si no quiere en- /fol. xviij v/ -fermar su propia voluntad.

Floriano.- ¡O, Lydorio, y quánta suavidad trae el hablar de la guerra en la quietud de la paz!, que donde interviene el amor ni ay honra ni fama, ni libertad ni antojo, ni parescer proprio ni negar ni conceder, ni odio ni amistad, ni muerte ni pérdida de la vida que se le anteponga para que no haga lo que quiere y nosotros no le obedezcamos. De manera que te digo que si fuesses suyo, como eres agora tuyo, verías cómo del tu dezir al su hazer ay mucho, y verías que uno es dar documentos estando sano al que está doliente para que sane, y otro es poder y saberse aprovechar de ellos mesmos en el mesmo menester puesto.

Lydorio.- Oydo he, señor, discantar, y a muchos discantar del poderío del amor, pero en nadie le he hallado con tantas fuerças como contigo.

Floriano.- Bien creo yo, Lydorio, que essos que escriviendo lo discantavan y diffinían como maestros, que aún no devieron entrar en su escuela del amor como discípulos. Quiero dezir que tractan del amor como letrados e ignóranle como experimentados. E ansí dizen que ‘no ay más sabio cirujano que el bien acuchillado’. E ansí digo que el que no fuere tocado de su dorada flecha mal sabrá conoscer la fuerça que el amor haga en las voluntades, y cómo enagene toda libertad y mude todo humano querer y occupe todo el entendimiento.

Lydorio.- Holgaría saber de plática algo de su poderío para ver si me podré persuadir a tenerle por tan poderoso y bravo como le pintavan, aunque deve ser la pintura del león, que quanto más fiero le pintan paresce mejor león.

Floriano.- Puesto que te falten principios en esto que quieres saber ya como maestro, pues no eres tocado de su rabia, pero lo que del amor yo te puedo declarar por tu contentamiento y mi deleyte en tractar en él es que aquesto que en nosotros los amantes llamamos amor no es otra cosa sino un familiar y secreto enemigo, es una rabia de la qual todo humano entendimiento tocado se trastoca y desencasa de su proprio ser y querer y libertad. Por cuya razón, siendo el hombre él mesmo, dexa de ser el que era antes de ser herido de tal poder. Es una commixtura de males contrarios que, para más presto fenescer la vida, guían contra el coraçón y allí parando tiene fin la tal muerte. Es un poder que fuerça las potencias del alma y captiva la voluntad y desarrayga la li- /fol. xix r/ -bertad del libre alvedrío. Es un sello de muerte impresso en el ánima, una muerte que sin quitarnos el vivir haze nuestra vida un continuo desfallecimiento, un tan entrincado enredamiento que el más sabio no se sabe desenredar. Es un cossario robador de todo plazer; un amigo, cuya amistad es muy deseada y muy perjudicial; un confactionado veneno de cosas delectables; una suave delectación a la vista y un sobrado trabajo al entendimiento; un embaydor que nos muestra las cosas al contrario de lo que son; un astuto tahur, con quien mientras más jugamos, más desseamos y más perdemos; un ladrón casero; un amado enemigo; una voluntariosa subjectión que, sin quererle nosotros dexar, nos subjecta; un flechero acertado que tiene por blanco nuestro coraçón y heriéndole lo dexa hecho ceniza; un tan poderoso que quiere y puede juntamente, por cuya causa, annumerándole uno de los sus dioses, le davan poder sobre todos ellos.

Lydorio.- Y aun ansí creo yo que como éssos fingían dioses sin lo ser, ansí él deve tener más ser en atributo que en existencia ni potencia, si no fuere imaginada. Porque al fin, ni él es tan artero que si no queremos nos engañe, ni él es cosa actual ni corpórea.

Floriano.- ¡O, Lydorio!, que n[o] ay quién se le absconda ni defienda, porque es un sagaz negociante que se sabe a su salvo hazer tosco con los toscos, con los encerrados habita, a los solitarios no olvida, a los fuertes se muestra poderoso y con los abatidos se acompaña. Finalmente, es tan universal para todo lo que quiere, que se sabe hazer todo con todos para todo lo tener. A nadie desdeña: desde el pastor en su aprisquero y cabaña, que se acompaña con sólo su hato y caramillo, al tal caça, y d’él passa al emperador. Ansí que todo lo tiene y todo lo comunica y todo lo prende, y a nadie perdona y a ninguno concede ventaja. Varía la forma, ansí que aun a los irracionales no da desvío, pero con toda sensible criatura tracta de su poder sin dexar aun las moradas de los peces en las profundas aguas.

Polytes.- ¡O, qué bien discantado ha el poderío del amor! ¡Quán bien gastado es el tiempo con tal entendimiento de hombre!

Lydorio.- Por mucho tengo su poder, pero por más estimo no ser conoscido de los que le tractan, porque quien obra tan en contradictión, una vez que otra no puede dexar de ser conoscido su engaño.

Floriano.- Para esso, ¿quién te podrá contar los dif- /fol.xix v/ -ferentes estilos que tiene en hazer sus hechos? ¿Qué ayrado se muestra con los humildes? ¿Quán halaguero, quán soportador de injurias con quien le resiste? ¿Qué ligero quando quiere? ¿Qué grave quando es menester? ¿Qué fuerte quando siente que le temen? ¿Qué franco prometedor hasta aver prendado, y qué avariento después quando le piden? Unos le hallan piadoso, otros cruel; unos manso, otros severo; unos muy comunicable, otros muy çahareño. ¡Qué rhetórico, qué sabio, qué embaydor! Y con todo esto es querido y seguido, y revenreciado y estimado, y loado de todos y desseado del universo.

Lydorio.- Dessearle han hallar los que a sí dessearen perder; buscarle han los que a sí no se hallaren; y ganarle ha el que fuere perdido. [Ap.]

Floriano.- ¿Qué dizes de perdido?

Lydorio.- Digo que harto es perdido el que hallándole, con conoscelle, no le pierde.

Floriano.- ¡O, Lydorio!, como hablas de talanquera no ay medio para alcançar sus estremos. Porque si lo desseáys hallar ayrado para resistille y tomar occasión para le dexar, entonces le veréys muy subjeto y muy halaguero hasta que os pesca. Pero después torna tan altivo, tan enojoso, tan coxquilloso, que perdemos de nuestra justicia por no perder su amistad. Finalmente, es tan amigable su conversación que quando más pena nos da a los que le seguimos, entonces es de nos más amado y codiciado. Y quando vivimos sin la continua muerte los que le seguimos, entonces nos juzgamos por más muertos. Y quanto más nos hallamos de muerte heridos, nos hallamos con vida vanagloriosa.

Lydorio.- De manera que concluyes, señor, que no tiene el amor más ser de quanto le da el que le sustenta, y ansí no avrá que temer el hombre de ser derrocado de su libertad de libre alvedrío.

Floriano.- Más quiero, perdiendo de mi justicia, callar que, respondiendo, no te acabar de satisfazer. Que pues tan casto estás en tu firme libertad, ruega a Dios por buenos temporales y ‘no digas d’esta agua no beveré’. Porque si te tocare tal rabia, al cabo de tu libre vencimiento te daré la corona de la victoria y el pregón público de alabança; aunque me temo que si te vieres como yo, que harás como los muchos.

Polytes.- Y aun, quiçá, ‘entrará tarde y prenderá ayna’, porque si el amor viene a braços con él, o él caerá como otros hombres más fuertes que no él, o él será ángel entre los hombres.

Lydorio.- Ni quiero, señor, /fol. xx r/ justificarme en lo que dizes ni condenarme, porque como libre de razón sé lo que devría hazer; pero no sé lo que haría por no perder mi libertad, aunque más hiziesse el amor, si Dios fuesse de mi valía.

Floriano.- Al fin, ‘tú hablas de la feria como te ha ydo en ella’, y tractas del amor como hombre olvidado d’él. Y pues yo no le puedo negar subjeción, llámame a Polytes. Darle he esta carta, de la qual no te doy parte por ver tu poco gusto en lo que yo me como las manos, y aun las entrañas, de goloso tras ello.

Lydorio.- Del no me dar cuenta más me hazes merced, pues en ello no te sé ni puedo servir. Y voy a llamar al paje.
-¡A, Polytes, entra dentro! Y ruégote que mires los passos que andas, porque ‘se traen las veneras según do son las romerías’. Y mira que por nuevo al mundo aún no sabes quexar donde te duele.

Polytes.- Señor, todo lo entiendo y te lo agradezco, pero al fin cada qual a de salvarse por su justicia y salir por sus cavales como las ánimas de purgatorio. Que ni ando caminos que ya no anduvieron, por quien puedo guiando avisar, y si cayere, quién me da el empellón al caer me dará la mano al levantar. E ya que no, el caer de otros muchos consolará mi daño. Y con tanto, entro.

Floriano.- ¡A, Polytes, qué olvido tienes de la promessa!

Polytes.- Mas aguardava a entrar llamado a sazón, que no por olvido de lo que tengo en memoria y muy de voluntad.

Floriano.- Pues toma esta carta, y por no detenerte no te doy avisos.

Polytes.- El buen desseo de servirte me avisará. Yo traeré respuesta.

Floriano.- Para mucho serías. Pero vete luego y lleva contigo los moços que quisieres.

Polytes.- Señor, como mi buen negociar consista más en buena diligencia y dicha que en fuerças, mejor iré solo secreto que acompañado público.

Floriano.- Pues no te detengas. Sigue como te plaze y avisa que me den de cenar.

Polytes.- Señor, esso está a punto. Voyme de tu mandado.

Fulminato.- ¡A, hermano! ¿Vas perdido? ¿Dónde a tal hora y mudado el vestido?

Polytes.- A un negocio.

Fulminato.- Creo que yrás a los parrales del morisco. Pues guarte del mastín.

Polytes.- Hallado has el goloso de uvas tan caras, y aun yo hallé el adivino.

Fulminato.- Todavía no puedo acabar con el amor que te tengo de dexarte yr solo; en especial si vas a la puerta del campo, que en tales estaciones siempre hallarás algún mal encuentro a tales horas. /fol. xx v/

Polytes.- Agora te digo que lo acabaste de adobar, ¿como si me viesses yr mucho a tales passos y faltassen por acá mugeres?

Floriano.- ‘Aya argén, que en cada calle hallarás cobro’. Pero assegúrame dónde vas, porque vea si has menester mi persona, pues te quiero para más de un día.

Polytes.- Pues yo me quiero para más de diez; pero voy por mandado de Floriano, y aun mandó que te llevasse conmigo.

Fulminato.- ¿Pues escusástete d’ello por mostrar covardía en mí?

Polytes.- No, por cierto. Pero díxele que iría mejor solo que sin ruydo.

Fulminato.- E aún acertaste en no me llevar si no ha de aver sangre, como yendo yo no faltara. Y vete con Dios, pues que ansí cumple.

Polytes.- A Dios quedes. Hasta la buelta.

Fulminato.- Siquiera buelvas como el trigo que passa en Asturias, que no sabe retorno. Pero, ¡o, hi de puta, y qué necio buen comedimiento el mío! Y aun él si lo acceptara, y qué neciamente lo hiziera él en pensar que yo hablava de veras; e yo mucho más en hazerlo, aunque lo mandaran siete Florianos. Aunque al fin, como tuve el fingido, si le viera que lo aceptava, tuviera el dissimulado. E con tanto, me subo arriba, que ya llevan el manjar. Quiçá se me pegará algo con que más medre que con la yda con estotro. Que dudo yo si él de allá buelve, sino en lengua de quien diga que queda muerto. Y contento, pues que yva él. Quiero afufar, no se arrepienta y buelva por mí. Pero serle ya escusado; y tampoco lo hará, porque se pica de gallillo loquillo, que le hierve la sangre -que aún nunca espada agena le ha sacado-. Dios le guíe; allá se avenga, y a nos no olvide acá.

Escenas 6-10