/150/ DISCVRSO TERCERO

 

Sentados ya todos, dixo el anciano Clarisio:

-Gran falta haze a esta discreta junta el que suele presidir en todas las nuestras. No sé qué se tiene Menandro, que llena de alegría las conversaciones. Mas cómo no a de causar tales efetos quien es tan virtuoso, tan prudente, tan discreto, de tan dulce plática, de tan vivo ingenio, de tan claro entendimiento y de grandeza de ánimo tan singular, requisitos que valen tanto para adquirir la gracia de las gentes; y esto, sin los dotes del cuerpo que maravillosamente le dio naturaleza, como agrado de rostro, buena proporción de miembros y airosa disposición. Sus cuidados estrechan sus entretenimientos y aun le uvieran consumido pesares, a no resistirlos con la memoria del bien que espera. Dignamente ama y es amado de la bellíssima Amarilis, la más noble y más discreta zagala de nuestros contornos. Si guar- /151/ dadas las mansiones de la luna, juntas las figuras de las estrellas y mirados los aspectos del cielo, davan virtud de hablar a las estatuas que fabricava Egito, las heroicas calidades destos conformes amantes y el pronto desseo que tengo de celebrarlos mejor influirán en mi ánimo y mejor que luna, estrellas y cielo imprimirán en mi torpe lengua altos concetos. ¡O venturosas almas! ¿Quién cumplidamente podrá referir vuestro amor, piedad y constancia? ¿Quién los dones de que os dotó el cielo y la naturaleza? Mostraos invencibles y fuertes a tan impetuosos combates, que al fin se ha de secar la fuente de las lágrimas, brotando la del gozo copiosíssimamente; al fin, saldréis con vitoria, haziendo vuestros desposorios dichoso este distrito. Y si estas fuentes, émulas del cristal; si estas plantas, vestidas de florido verdor; y si estos términos, en quien siembra sus matizes el verano, con dulce lamentar respondieron a vuestros lamentos, también entonces participarán de vuestro bien y desatarán tantas lenguas como en ellas se menean ojas al son deste airecillo, para cantar el venturoso suceso y para celebrar los gustos de dos amantes tan leales y firmes. Gozarás presto presto,(1) ¡o fértil rama de gloriosa decendencia!, la más única hermosura que vio la edad passada, ve la presente, ni verá la /152/ por venir; gozarás de aquélla que tan prontamente concurrió contigo en amar y padecer, de aquélla que te quitavan maliciosas intenciones, de la que te usurpava la embidia; serás dueño de aquel amado rostro, de aquellos ojos bellos, de aquel blanco pecho, de aquellas peregrinas manos. Todo será justo premio de tu constancia y fe.

Assí hablava Clarisio con encendido semblante, resonando y pareciendo más que hombre en sus palabras.(2) Al fin dellas, Felicio, que con los demás las avía escuchado atentamente, dixo:

-Clarisio, donde tú estás no tienen estos felices amantes qué embidiar, como Alexandro la trompeta de Aquiles. Igualan tus acentos a los del divino Homero. Mas, para que enteramente veas sobre quán digno fundamento se fabricaron tus alabanças, quiero llegue a tu noticia y a la de estas zagalas y pastores un coloquio que ha pocos días pasó entre Menandro y Amarilis, propio de tan calificados sujetos, tratando ambos de la firmeza amorosa que professavan.

Desseavan ya oírle todos y assí, prestándole devida atención, dio principio desta manera:

Menandro

Si el mar con el furor de su arrogancia,
si los montes que besan las estrellas, /153/
si deste polo al otro la distancia
me dividiesse de las tuyas bellas,
aquella soberana consonancia
qu'el cielo que las mueve influye en ellas
a la contemplación me bolvería
de su divina luz, zagala mía.

Amarilis

Si fuera esta prisión en las cadenas
del bárbaro del África más fiero,
si fuera su cuidado darme penas
lexos del bien que justamente quiero,
assí en la sangre de mis tiernas venas
amor te imprime, ¡o dulce amor primero!,
que allí me vieran con valor profundo,
único exemplo de firmeza al mundo. 

Menandro 

Si tú fueras exemplo en las prisiones,
dulce Amarilis, d'un amor constante,
¿en qué parte del mundo, en qué regiones,
no seré yo tu agradecido amante?
Dulce prisión d'amor al alma pones
con que más presa vive más triunfante.
Quien prende el cuerpo es el poder del suelo,
el cielo el alma; luego, tú eres cielo. /154/

Amarilis

Presas d'amor, las tres potencias mías (3)
están contigo en esta larga ausencia,
noche immortal d'aquellos breves días,
Menandro, que gozé de tu presencia.
No temas, no, que miedos, ni porfías,
ni respetos, consejos, ni violencia
me muden del intento de quererte,
qu'amor es rayo y rompe lo más fuerte. 

Menandro 

A quien alumbra el sol de tu belleza
entre tantas tinieblas sobra día,
que sola tu memoria en mi tristeza
y soledad es dulce compañía.
En las prisiones crece mi firmeza,
y en los temores la esperança mía,
porque de tu hermosura la memoria
el mal convierte en bien, la pena en gloria.

Amarilis 

La fuerça d'un amor determinado,¡
la voluntad d'un pecho agradecido,
el gusto por estrellas engendrado
y en la esperança de su fin nacido,
mostrarán el valor qu'a tal estado
tiene mi pensamiento reduzido,
que morir o salir con sus intentos
es hazaña de nobles pensamientos. /155/

Todos quedaron alabando el tierno y firme discurso de los amantes, a quien(4) tenían singular afición por sus partes y calidad. En esta forma se entretenían aquí zagalas y pastores.

En tanto, Aurelio, que amava a Laura, de quien era poco favorecido, después de aver visitado su ganado y cumplido con otros menesteres, quiso también acudir a la conversación. Sintió calor por el camino y para alentarse, desenlazando el pellico, encontró con un cordón de cabellos y cintas(5) que por favor le avía dado Laura, a quien, considerando entonces menos amorosa que otras vezes, tomándole en la mano, dixo:

Hermosos cabellos de oro,
principio y fin de mis glorias,
vos solos soys mi tesoro,
prendas soys y soys memorias
de la luz en quien adoro.
Celebro esta perfeción
aplicando con razón
estos divinos despojos
a la boca y a los ojos
y al lado del corazón.

Sed testigos, pues venistes
a parar a mi presencia,
de tantos gemidos tristes /156/
engendrados en ausencia
de la flor donde nacistes.
¡Quán bien os podéis quexar
de qu'os hiziesse cortar!
Mostrad qu'es justo despecho,
y a quien tal daño os a hecho
no le queráys consolar. 

Estávades adorados
con magestad y poder
de mil flores adornados,
y aora venís a ser
de mis lágrimas bañados.
En lugar destos despojos
offrezco penas y enojos
siempre prontos a serviros,
enjugando con suspiros
lo que bañaren mis ojos. 

No siento ya mi passión
ni me aflijo quando lloro,
porqu'es feliz la prisión
donde con cadenas d'oro
se liga mi coraçón.
Gozoso estoy rodeado
de metal qu'es tan preciado,
que mi prisión sin igual
es del más alto metal
qu'amor jamás a labrado. /157/

Más bellos me parecéis,
sí, quanto más os contemplo,
que sois y siempre seréis
del sol retrato y exemplo
por lo que resplandecéis.
Aviva los resplandores
este cordón de colores
con que venís recogidos,
y alegrando mis sentidos
sembráis en mi pecho ardores. 

Para más confirmación
lazo hazéis de vos, cabello,
y del precioso cordón
nudo qu'aprieta mi cuello
en señal de sujeción.
Al punto que os conocí
la libertad os rendí,
de suerte que, si ay momento
qu'os niegue mi pensamiento,
huya mi alma de mí. 

Prosiguiendo su camino, encontró recostado a la sombra de un sauze a Manilio, que en aquel punto, templado el instrumento, començava a cantar el soneto que sigue:

Otro pise el vaxel donde pelea
con las velas de Bóreas(6) el estruendo, /158/
y el antártico clima descubriendo
redoble en él lo qu'en el suyo emplea.

Nuevas costumbres, nuevos traxes vea,
y al baso frágil otra vez bolviendo,
torne del mar los ímpetus venciendo,
ni tema que su humor su tumba sea. 

Qu'en tanto yo, pisando verde assiento,
céfiros gozaré por vracanes,
por ondas flores qu'Amaltea (7) vierte. 

Ceres me offrecerá sano sustento,
la vida passaré libre d'afanes,
ni sabré qu'es morir hasta la muerte.

-No me desagrada -dixo Aurelio después de aver saludado a Manilio- la práctica de lo que cantaste. Bien se puede dezir por ti que en semejante particular dizes y hazes. No te espante aya quien busque partes remotas, supuesto la esperança es poderoso echizo en toda suerte de interés. Fingen que quando los dioses huyeron de la tierra, se quedó ella acá por ser aborrecida de los mismos,(8) y assí ésta haze que el cavador viva en contino cansancio, que el cautivo no sienta las cadenas, que el navegante en el naufragio, sin ver tierra, tienda con ánimo los braços sobre las aguas. Ésta consuela al preso en su travajo, ésta haze servir al hombre negando su misma libertad y sacrificándola al señor en cuya casa sus- /159/ pende la vida con penosos desseos, ni sólo engaña ésta a los hombres, mas a las fieras. Ésta coje en las redes a las aves, ésta prende con las cañas los peces que, con la esperança de gustar el dulce mantenimiento, comen primero el anzuelo que el cebo, y, en fin, ésta, hermoseando los infortunios, esconde y consume el miedo del peligro.

-Yo, Aurelio -respondió Manilio-, obro conforme hablo. Poca pesadumbre me dan las cosas del mundo. Raras vezes cuidado molesto detiene los pasos por entre pechos alegres. Habite quien quisiere sobervias ciudades, que no trocaré por la menor yerbecilla destos campos todas sus riquezas. No se puede igualar este descanso con aquella inquietud, ni su bullicio llega a esta ociosidad.

Tampoco apruevo la demasiada en que vives replicó Aurelio. No falta quien mormure la anchura de tu vida casi valdía y desocupada hasta de amorosos cuidados. Regalo es, tal vez, la fatiga,(9) y aun muchas vezes necessaria para la perfeta salud. Della nacen quantos bienes se conocen en el mundo, y, pues muestras oírme de buena gana, mientras nos acercamos a la junta de pastores te los quiero traer a la memoria. Digo, pues, que merece grande estimación la fatiga, cuyo vigor no ay cosa tan alta que no la alcance, ni tan profunda que no la toque, ni /160/ tan apartada que no la llegue, ni tan escondida que no la descubra, ni tan ligera que no la prenda, ni tan tardía que no la madure, ni tan perdida que no la halle, ni tan cerrada que no la abra, ni tan dura que no la rompa, ni tan feroz que no la dome, ni tan difícil que no la allane, ni tan desesperada que no la vença. La fatiga trae la yerva de los prados, el trigo de los campos, el vino de las vides, el azeyte de las olivas, la fruta de los árboles, los peces de los ríos, la leña de los montes, las piedras de los cerros, los metales de la tierra, las perlas del agua, el agua de las peñas, el fuego de las piedras, los páxaros del ayre, el cuero de los pellejos, el paño de la lana, la seda de los gusanos, las telas del lino, el zumo de las yerbas, los polvos de las flores, las tablas de los pinos, el papel del lienço, el vidrio de las cenizas, las cuerdas de música de lo interior de los animales, el queso de las ovejas, el açúcar de las cañas y la miel de las avejas. La fatiga abrió las colunas de Hércules,(10) cerró las Puertas caspias,(11) apartó lo junto, juntó las islas, fabricó las ciudades, levantó pirámides, sostuvo huertos en el aire,(12) hizo puentes sobre el mar, fundó los muros que llevavan los carros, edificó los colosos que enamoravan al sol,(13) inventó los cielos materiales, fingió las esferas, enrredó los laberintos, suspendió los sepul- /161/ cros, allanó los montes, levantó los valles, dividió las fuentes, divertió los ríos, partió las piedras, plantó las colunas y entendió y provó las artes liberales y mecánicas. Todas las cosas que aprovechan travajan y, travajando, aprovechan. La tierra buelta y rebuelta de los labradores produze el trigo, cavada y ahondada da metales. El agua que corre por sí riega las vegas y movida de remos lleva al puerto las galeras y mercadurías; el aire sacudido del viento deshaze vapores mortíferos; el fuego alterado en sí mismo se multiplica; las nubes, caminando, traen llubia; los cielos, rebolviéndose, paren la variedad que hermosea el mundo; la luna, errando, alumbra las noches; y el sol, fatigándose siempre y no parándose un punto, da vida a los días y señala meses, años, tiempos y edades. Y, al contrario, lo que está ocioso no aprovecha a otro ni a sí. La tierra no arada se haze estéril, el agua no movida se gasta, el aire no sacudido se corrompe, el fuego no atizado se muere, el hierro no usado se enmohece, el trigo no rebuelto se daña, los vestidos no traídos se apolillan y los instrumentos no tocados se destemplan. Fatigas se llaman las empresas de Hércules(14) y fatigas los perpetuos caminos del sol.

Aquí llegava Aurelio, al tiempo de hallar- /162/ se en el sitio de la conversación, donde, sentados los dos, advirtieron pedía Coriolano atención para dezir un soneto compuesto a un parchecito que traía Matilda en uno de sus párpados, respeto de tenelle un poco inflamado, y, dándosela, dixo:

Hizo flores pintadas, plantas bellas,
el que la ilustre fábrica compuso,
enrriqueciendo para el común uso
éstas de frutos y de olor aquéllas. 

Aves varias crió y a parte dellas
para süaves músicas dispuso
y, formando otras cosas, sólo puso
un sol luziente entre esquadrón de estrellas. 

Sólo, Matilda, en vuestro hermoso cielo,
cielo con que su gloria amor descubre,
dos soles pone con saber profundo. 

Con ellos admirado dexa el suelo,
mas oy con negro estorvo el uno cubre,
porque con ambos no se abrase el mundo.(15)

A esta sazón assomó Partenio por el cerro más cercano. Traía en la imaginación a su Antandra, de quien a su parecer no era tan estimado como solía. Parose, en baxando, al pie de una fuente, donde, alentado del aire y refrescado el rostro con su licor, començó a dezir: /163/

Viento süave, que tan dulcemente
lisonjeas las yerbas y las flores,
tú qu'alegre cogiendo sus olores
los esparces después entre la gente; 

florido prado, cristalina fuente,
agradable refugio a mis ardores,
¡ay, cómo al lamentar de mis amores
detienes en tu seno la corriente!(16

Guarda, guarda silencio por oírme,
mas en poniendo fin al triste canto,
piadosa suelta un caudaloso río. 

Yo con imaginar vendré a morirme,
siendo tanta la copia de mi llanto
qu'en agua quede eterno el nombre mío.

Llegó después a la junta en ocasión que Elisa se quería levantar por ir a bever a la fuente que estava cerca de allí, mas reconociendo su intención, Cintio, amartelado suyo, pidió no dexasse el assiento que ocupava por tal respeto, supuesto traería él lo que desseava. Contentose la pastora y, levantándose, Cintio llenó de agua un curioso baso que tenía consigo, donde se venía riendo el cristal. Dio alegría a los circunstantes su pureza, siendo causa de que más de dos le beviessen. Por tanto, Clarisio, que de contino andava filosofando y reconociendo por la perfeción de lo criado la grandeza del Criador, cometió al /164/ mismo Cintio dixesse lo que se le alcançasse en alabança del agua. Y si bien él desseava cayesse aquel peso en otro, no pudo dexar de obedecer diziendo:

-Son excelentes las propiedades deste licor. Representa la imagen,(17) refresca el calor, llena lo vazío, junta el polvo, cava la tierra, fertiliza los campos, ablanda lo duro, quita la sed, mata el fuego, abaxa lo alto, alça lo baxo, sube quanto baxa, sana las enfermedades como las sanan los baños, fortifica los exércitos como el Éufrates fortificava a Babilonia. Sobre las aguas era llevado el espíritu de Dios,(18) a éstas tiene Él mismo encerradas en sus cielos como tesoros ricos. El agua castigó los malos y reservó los buenos, el agua es madre apazible de quantos vivientes ocupan el mar. Es admirable antídoto contra todo veneno, por esso los cisnes y elefantes, tras qualquier venenosa comida, corren luego a lavarse; y, assí, el ciervo, para purgarse del tósigo que tragó quando comió las serpientes, y también para renovarse, visita las fuentes y en las ondas se purifica y se sana. El agua vivifica, siendo adorno y vida de la tierra, de sus flores, yervas y plantas. El agua junta los dos mundos, por la misma tan divididos y, en fin, en diversas partes está llena de calidades prodigiosas. La fuente de Macedonia haze /165/ blancas las ovejas negras; en Boecia(19) una fuente causa olvido y otra memoria; otra en Egito enciende las hachas muertas; la fuente del sol, entre los garamantas,(20) yela de día y abrasa de noche; otra en Idumea(21) corre tres meses del año turbia, tres clara, tres verde y tres colorada; en Canaria, de un árbol se destila una fuente que jamás cesa; las dos medicinales de Maqueronte(22) sanan todas enfermedades del cuerpo y la de Mesopotamia esparce suave olor. No os quiero cansar con otras infinitas virtudes que tiene, pues sabéis que sobre todas es la más eficaz ser una de los quatro(23) que fraguan y sustentan nuestra vida.

Cesó con esto [Cintio] y tras su discurso se introduxo el de las excelencias de las mugeres, en que Olimpio discantava con agudeza, por ocasión de aver medido antes con la pluma parte de lo que se podía dezir. Assí dixo no aver obra umana que pudiesse competir con la de la muger, por quien sólo avía dicho nuestro primer padre aquellas grandiosas palabras con que la llamó huesos de sus huesos, carne de su carne, por quien el hombre avía de dexar sus padres.(24) En fin, concluyó con dezir un soneto que tenía compuesto en loor del valor y ser femenil, començando desta manera: /166/

Olimpio

¡O muger, don del cielo! ¡O muger, dina
de dar alas y lenguas a la fama!
¡O muger, del amor ardiente llama,
sujeto de belleza peregrina! 

Con bastante razón a ti se inclina
el sobervio animal qu'hombre se llama,
con bastante razón adora y ama
tan noble ser y calidad divina. 

¡O dulce compañía! ¡O mitad nuestra,
deleite, suavidad, gozo y recreo
contra umanas desdichas y pesares! 

Si en ti su perfeción el cielo muestra,
si tiene fin en ti nuestro desseo,
¿quién no consagra a tu deidad altares?

-Iustamente -dixo Clarisio- encareces tan alto assumpto. Es el mundo verdadera y docta escuela(25) donde, callando, enseña el grande Artífice sus maravillas, escalera que por ciertos grados lleva fácilmente al cielo las imaginaciones umanas, sala espaciosa donde muestra Dios sus riquezas, puente por donde passa el hombre sin temor el piélago de los misterios divinos, nube por quien se trasluze el invisible sol, cuyo semblante admirablemente resplandece entre el horror de la más oscura noche, teatro sumptuoso donde a cada paso se representa el celestial poder, /167/ la sabiduría y justicia con el eterno amor, arrebatando hasta los cielos más levantados los más umildes ingenios de los hombres, libro grande donde se lee en letras distintas y bien formadas el arte maravilloso del soberano Dotor. Toda obra es una plana, todo efeto es un carácter cumplido. En aquel sacro texto la naturaleza enseña a los más idiotas ser con inviolables leyes governado el mundo de una celeste Deidad. Para entender tal volumen no es menester la noticia de varias lenguas, no la de figuras ménficas, de caracteres turquescos, de puntos hebreos, de acentos griegos. El muchacho y el viejo, sin arte o ciencia, podrá leer allí grandezas maravillosas, encumbrándose con la contemplación sobre los más altos cercos de los planetas y comprehendiendo, en parte, al incomprehensible motor de todos los movimientos.(26) En fin, la dilatada máquina es espejo del aspecto divino, divisando nosotros por entre el gran manto del mundo su alta virtud, sin quien no fuera possible divisalla. Porque si los rayos que despide el sol ciegan los ojos de quien los mira cara a cara, ¿quién sobre más encumbrados cielos podrá sufrir los encendidos resplandores del sereno rostro de Dios? O ¿quién le podrá entender sin tal fábrica que lleva impresa en la frente su semejança? Dios, que no /168/ puede caber en sentido umano, se manifiesta en sus obras como visible, por ellas reconocemos su poder. Por instantes, desde sus alturas, habla con nosotros, siendo sus fieles intérpretes y vozes los concertados movimientos de las esferas.(27) Mas todo cesa con la admirable perfeción que está cifrada en la muger. Este agradable edificio en toda parte descubre la grandeza, hermosura, riqueza y arte de su poderoso Artífice. Encúmbrese quien quisiere de cielo en cielo y suba ambicioso por los muros de los orbes o, limitando el curso de su imaginación, camine humilde por los baxos elementos, que de qualquier manera le hará, sin duda, admirado el magisterio de tan sublime fábrica como es la muger y la gloria que resulta de semejante pintura a su celestial Autor. Ella fue el sello de sus hazañas, ella es la belleza más célebre que tiene la redondez de la tierra. Sin ella fuera miserable el hombre, imitara sin ella al bruto más solitario y silvestre y, siendo sólo para sí, careciera de espíritu, de coraçón, de amor, de fe y de sentimiento. ¡O fuente de todo bien, dulce y amorosa! Siempre que me acuerdo de tu origen, facciones y efetos me enviste desusada admiración. En suma, el Criador hizo dos cuerpos de uno solo y, después, uno de dos.(28) Dichoso lazo, misterioso amor, cuya fuer- /169/ ça de dos almas haze una y un coraçón de dos coraçones. Contrato santo que tuviste principio en el paraíso.(29) Allí, soberana muger, fuiste formada, quedando con ojos risueños, con rosadas mexillas, con frente alegre, con boca, nariz, cejas y cabellos perfetíssimos, con el sonido de la voz suave, con las partes que recrean el tacto tiernas y delicadas y con el resto de las otras riquezas corporales. Por ti dexan los hombres pimpollos fértiles, verdaderas medallas suyas, y acrecentando en infinito el número de sus parientes, los hazes eternos, renaciendo por ti en las amadas prendas de los hijos. En ti cesan los varoniles ardores, mostrando ser tú su verdadero amor. Tú mezclas dulçura en la hiel de que suele abundar la vida umana y tus lícitos abraços llenan de generación el universo.

Assí prosiguió Clarisio lo que començó Olimpio, dexando gozosas a todas las zagalas por ver su ser tan engrandecido. Mas diferente ocasión tuvo divertido a Felicio el tiempo que duró la plática, respeto de atender a dos tortolillas(30) que sobre un sauze a porfía se enamoravan tiernamente, con embidia del pastor que las mirava, el qual, recogiendo la imaginación , dava muestras de aver fraguado en la memoria algún conceto. Rogáronle, siendo verdad, lo quisiesse publicar, y él, resistiendo blandamen- /170/ te, se dexó vencer de buena gana en aquella parte, sufriendo la fuerça que desseava le hiziessen. Dixo, pues:

Felicio

Páxaros bellos, que los picos juntos,
duplicando sin número los besos,
dais principio dichoso a los sucesos
qu'en dulce guerra os dexarán difuntos.

Si de mi cielo ingrato los dos puntos,
los dos nortes os vieren en traviesos
juegos d'amor y ya en sus redes presos,
siendo de Marte y Venus dos trasuntos,(31
no vuestro afecto la vergüença enfrene
ni en fe de su rigor dexéis el lecho,
donde amor tan conforme estáis gozando;

qu'un exemplo tan vivo a qualquier pecho,
si no es qu'el alma de Anaxarte(32) tiene,
bolverá, de rebelde, dulce y blando.

Bien se sabía con quién hablava Felicio y, assí, más de uno bolvió a hurto a mirar la desdeñosa, que con disgustada aparencia publicava no agradarle la tierna cautela de su amante para, con igual aplicación, declarar su intento.

Llegaron a esta sazón, por una parte, Rosanio y Clórida y, por otra, Arsindo y Damón, a quien Clarisio, en nombre de todos pi- /171/ dió dixesse algunos versos amorosos. Y él, que poco antes avía escrito algunos tercetos, acordándose de la passada afición con ocasión de mirar con cuidado a Dinarda, por quien sentía no poca inquietud, començó assí:

Damón 

¿Dónde, tirano amor, dónde me llevas
por camino desierto de esperança?
Con vano ardid mi sufrimiento pruevas. 

¿Qué bien, qué premio, qué descanso alcança
quien fía de tu flaca fortaleza
y pone en tu malicia confiança? 

Tú me pusiste, amor, en la riqueza
de favor, de esperança y de vitoria,
llenos mis pensamientos de grandeza. 

Mas mi gozo perdí, perdí mi gloria
y, sin dar ocasión, mi estrella avara
robó mi bien, dexando su memoria. 

Halleme en tiempo que, si no enjugara
parte de la umedad la llama fiera,
en lágrimas mis miembros desatara, 

y que, si no templara y guareciera /172/
con mi llanto la llama poderosa,
en humo el cuerpo dévil se bolviera. 

Halleme en tiempo que la luz hermosa
de dos puras estrellas atraía
mi alma, como lumbre a mariposa, 

y a no ver que su llama carecía
de piedad, de blandura y de consuelo,
en perpetuas cadenas me tenía. 

Favorable jamás no vi mi cielo,
no vista en él süave, sino airada;
ardiente no, mas coraçón de yelo. 

¡Ay, libertad perdida y no ganada!
Más noble estado y mayor gloria, ¡ay, triste!,
juzgué con todo la prisión passada.

¡O domador de Libia,(33) que venciste
con fuerte pecho y poderosa mano
las fieras y los monstruos que seguiste! 

¡O tú, qu'a falta del valiente anciano,(34)
qu'a tu inmenso valor ruegos embía,
sustentaste el palacio soberano! 

El sitio de las luzes de la fría
que con rostro de plata resplandece /173/
y del hermoso rey que forma el día,

fortaleza que tanto prevalece,
razón no es que más sustente el cïelo,
sustentada del mismo ser merece. 

Mas amor, cuya llama y cuyo buelo
veloz fue siempre y siempre vencedora,
quiso umillar a Alcides en el suelo. 

Ya el alma noble suspirando llora,
el bravo, el invencible, desmayado
se postra ya a los pies de quien adora. 

De su valor y fama ya olvidado,
no trata invictas armas, sino amores;
su gloria nace ya de tal cuidado. 

No qual antes los braços guerreadores
están con fuertes armas relumbrando,
no ministros de muertes y temores. 

Ya preciosas manillas van cercando
los puños del amante vergonçoso,
anillos van sus dedos ocupando. 

No cubre el rostro inculto y espantoso
testa feroz d'agudo diente armada,
despojo del vencido generoso.(35) /174/ 

Ya la cabeça invicta está adornada
de çarcillos, de perlas, de bolante
que compuso ministra delicada. 

Mas no con esto Onfale(36) está triumfante,
mayor hazaña intenta el pecho osado,
umillar quiere más al arrogante. 

Ya rueca pone en su siniestro lado
armas indignas de valor y alteza,
ya con la diestra tiene el huso alçado.

El pulgar mueve ya con ligereza;
él hila, en fin, con risa ella diziendo:
"Alcides, ¿dónde está tu fortaleza?" 

Vfana queda la querida viendo
qu'el fuerte capitán por su servicio
su honrra y opinión está perdiendo.(37

Las hembras de los hombres sacrificio
hazen assí ni sienten nuestro daño,
eligiendo rigor por exercicio.

Nosotros, ciegos con süave engaño
nacido de caricias, nos vencemos,
con máscara cubriendo el desengaño,
hasta dar en vilíssimos extremos. /175/

Publicaron los tercetos no averse hallado Damón a lo que Olimpio y Clarisio refirieron en alabança de las mugeres, pues allí parece condenava se dexassen los varones rendir del todo del femenil poder, proponiendo con la fábula de Alcides los inconvenientes que resultavan de tan sobrada sujeción. Las pastoras dieron muestra, no obstante quedasse aumentada su gloria, de no hallarse agradadas de semejante discurso. Assí Damón, por entonces, se podía prometer poco del favor de qualquiera dellas.

Mas Rosanio y Clórida, que sólo tenían en el coraçón combatir la dureza de Dinarda, procuraron rendirla con sus mismas armas. Introduziendo diestramente puntos de Amor y valiéndose de antiguas fábulas, encarecían el rigor de su flecha que aun a los mismos dioses no avía perdonado, pues todos se avían visto sujetos a su dominio y, en particular, Iúpiter, a quien tantas vezes dexó vencido en virtud de varias bellezas. Querían inferir desto que, si hasta Iúpiter, llamado por la gentilidad supremo dios, avía sido amante, devía la pastora, imitando su exemplo, abraçar amor umano, siendo el verdadero en nada contrario al divino, y poner el suyo en quien por partes y calidad la mereciese. Traía, pues, Rosanio a la memoria los amores de Iúpiter y las cosas en que por su causa /176/ se transformó, como en águila por Arterie, hija de Titán y Latona,(38) en cisne por Leda,(39) en sátiro por Antíopa,(40) en Amfitrión por Alcumena,(41) en fuego por Egina,(42) en pastor por Mnemósine,(43) en serpiente por Proserpina,(44) en oro por Dánae,(45) y, en fin, paró en la de Europa, que contó assí:

-Esmaltava Céfiro los campos de Fenicia, que ya por agradar al cielo se avían revestido de verdes libreas. Mirávanse las laderas ricas de alegres adornos, los bosques ya llenos de inquietas ojas y los prados que confinavan con la marina cubiertos de floridos despojos, cuya variedad y olor deleitavan grandemente los sentidos de vista y olfato. Salió, pues, quando el aurora, Europa, hija de Agénor, dotada de singular hermosura, a la ribera por divertirse y holgarse como solía. Y mientras iva cogiendo diversas flores (aviendo Mercurio,(46) por mandado de Iúpiter, guiado a aquella parte el ganado del rey, su padre), la enamorada deidad, pospuesta la magestad de su ser y la gravedad de su officio, se convirtió en toro más blanco que la nieve, poniéndose delante de su querida; la qual, visto tan hermoso bezerro y que parecía, en vez de bravo, manso y apazible, aunque luego luego(47) temiesse llegarse a él, cobrando después ánimo por la mansedumbre que descu- /177/ bría, le alagó, le dio yerva y con su mano le enrramó de flores los cuernos y, finalmente, osó sentarse en su lomo, estando echado cerca del agua. Iúpiter, consiguiendo el fin de su pretensión y engaño, se fue desliçando hazia el mar y, arrojándose de golpe en su piélago, rompía nadando las ondas, contento con el adquirido tesoro, por quien antes se hallava colmado de afán y contrastado de ardiente desseo. La donzella, visto su peligro y la malicia agena, medrosa, con triste y cuidadoso coraçón, començó a mirar la tierra asida de la armaçón del robador atrevido; mas perdiéndola ya de vista, teñido el rostro de color amarillo,(48) dio lugar a que nublados de llanto turbassen su semblante. Lamentávase tiernamente hiriendo con suspiros los aires: «¿Assí, ¡ay de mí! dezía, usurpada al patrio reino, entre tempestades y en grutas horrendas dexará sus huesos infelices la infelicíssima reina de los fenicios? ¿Assí carecerá de los regalos de su palacio, de la pronta solicitud de sus siervos, de la conversación de sus amigas, de la compañía de sus parientes? ¿Assí en edad que es tan tierna y en tan alta fortuna devo morir, sin hallar quien me oya, quien me defienda y se apiade de mí? ¿Cómo, ¡ay, triste!, me podrá venir socorro? ¡O padre, padre amado!, ¿cómo no me acudes con remedio? Padre de /178/ única hija,(49) ¿qué adversa deidad nos quitó en la última despedida los postreros abraços?» No pudo sufrir el amante tan lastimosas quexas y assí, buelto el rostro al de la querellosa, le començó a dezir: «Interrompe, mi bien, tantos lamentos. Iúpiter soy, que transformé mi semblante en el deste irracional por cesar el grave tormento que me nació de mirar tu belleza. No sientas verte robar en semejante ocasión, pues te hallas amada del emperador de los dioses y de quien a de aventajar tu suerte y realçar tu estado.» Apenas en esta forma consolava su noble dolor, quando se vio bolar en torno bellíssimo exército de amores que, bañando por momentos las alas en el mar, con infinito gozo se le postravan. De modo que, convertida en alegría su tristeza, con assechanzas tan dulces fue trasladada a la isla de Creta, donde, gozando Iúpiter de su hermosura, uvo en ella tres hijos,(50) haziéndola dichosa en este mundo, pues pudo con su fama dar nombre a la quarta parte dél.

Mostró Dinarda no entender a lo que se endereçava la fábula referida; antes, el tiempo que Rosanio gastó en contarla ocupó ella en hablar con Tarsia, su amiga, preguntándose la una a la otra diversas cosas. Desta suerte se entretuvieron los pastores hasta que, declinando, el sol auisó era hora de retirarse. Hi- /179/ ziéronlo assí, dividiéndose en varias tropas. Sólo Felicio, por desfogar su pena, escogió la soledad echando por un sendero que guiava al bosque más vezino y aliviando su pesadumbre con el canto destas endechas:

Felicio

Injusta enemiga
con intento injusto
sólo por su gusto
a penar me obliga. 

Ya de mí se alexa,
ya mi muerte trata,
ya, mientras me mata,
quexar no me dexa.

En mis esperanças
veo siempre engaños,
engaños con daños,
daños sin mudanças. 

Furiosos pretenden
ser mis pensamientos,
vientos y más vientos
que mi fuego encienden. 

Mi ansia secreta /180/
publica que muero,
pues quien es luzero
para mí es cometa.(51

Si viesse, ¡ay!, si viesse,
¡ay!, si viesse un día
la tristeza mía
que mía no fuesse. 

Apazible rama
fruto amargo cría,
brota nieve fría
encendida llama. 

Iamás se consuela
el dolor que paso,
pues mientras me abraso
mi dueño se yela. 

De mí lo más cierto
son ciertos engaños;
soy vivo a los daños,
a los bienes muerto. 

Mi alma, sedienta
por lo que no alcança,
dexa la bonança,
busca la tormenta. /181/

Con rigor estraño
a tal punto vengo,
que por gloria tengo
mi prolijo daño.(52

Doy, un Etna hecho,(53)
llamas por despojos,
sale por los ojos
el ardor del pecho.

De tan triste vida
mi muerte s'arguye;
sigo quien me huye,
amo quien me olvida.(54)

Lo que más desseo
falta cada día;
lo que no querría
es lo más que veo. 

Entre sombra oscura
veo gustos muertos;
con ojos abiertos
no veo ventura. 

Por causa tan dina
más pena apetezco,
mi bien aborrezco,
quiero mi ruina. /182/ 

Ya de mi esperança
burla mi fortuna,
en cosa ninguna
tengo confiança. 

Por ojos agenos
se miran los míos,
de gusto vazíos,
de lágrimas llenos.

Del morir la pena
dé fin a mi suerte,
pues sólo la muerte
tormentos enfrena. 

¡O alma, resiste
a tantas verdades,
qu'en dificultades
la gloria consiste!(55)

Interrumpió, con descubrir a Arsindo, Felicio su lastimoso discurso. Viole sentado en una ladera, cuyos pies besava un arroyuelo. Estava también alentando sus tristezas, y escuchándole Felicio de parte oculta oyó dezía:

Arsindo

Dime, Silvia crüel, tú que naciste
para llama d'amor, di tú, que hecho /183/
en tantas almas tanto estrago dexas,
¿por qué la tuya de rigor se viste?,
¿por qué despojas de piedad tu pecho
y del umano ser tanto te alexas?
A Anaxarte no olvides y a mis quexas
no niegues una vez cortés semblante,
que me va desmayando tu aspereza.
Ya muero de tristeza.
Duélete, bella amada, de tu amante,
que fuera bien librado y venturoso
si muriera en el paso peligroso
al punto de su tierno nacimiento,
pues que sólo nació para tormento. 

Estavan en silencio los mortales
al tiempo que temblando las estrellas
mostravan su belleza en campo oscuro;
y yo, triste, oprimido de mis males,
los aires inflamava con querellas
y con el llanto en que mi vida apuro
humedecía el lecho. ¡O trance duro!
¡O suspiros d'amor, tristes despojos!
¡O mal agradecido sentimiento!
¿Quién oye mi tormento
que no resuelva en lágrimas sus ojos?
Mas fáltame valor, falta ventura
y sobra gracia en ti, sobra hermosura,
y quien pone tan alto su desseo
muera del mal de que morir me veo. /184/

Ya la Parca crüel s'apercebía
para la despedida travajosa
la división del cuerpo declarando,
mas luego que te vi, ¡o Silvia mía!,
huyó de mí la muerte temerosa,
y mis fuerças se fueron restaurando.
Con tu presencia ilustre fue bolando
la noche tenebrosa al hondo abismo
y los rayos hermosos que salieron
mis ojos encendieron,
ardiendo con embidia de mí mismo.
Vengan tormentos, pues, vengan enojos,
más merece el deleite de mis ojos,
y donde el padecer se da por gloria,(56)
quien más padece alcança más vitoria.

Con los ojos del alma te mirava,
que casi con los otros no te vía,
tal era el resplandor, y en varia guerra
el desseo arrastrando me llevava
y el covarde temor me detenía,
como indigno del bien qu'en ti se encierra.
Y como ya no sabe en lo que yerra,
mi coraçón, d'inmenso mal Atlante,
movido con especie de locura,
contempló tu hermosura
y corrió con furor, mas, al instante,
castigaste, ¡o mi luz!, su atrevimiento,
pues desapareciste como viento, /185/
y llorando otra vez su exquiva suerte
a su noche bolvió, bolvió a su muerte 

Canción, exemplo quede
al mundo de mi pena y mi osadía,
qu'a nadie se concede más ventura
que poder contemplar tal hermosura,
y el triste que pretende posseella
merece, como yo, luego perdella.

Desta suerte Arsindo formava quexas de amor, lastimado también de que le desechasen por ser necessitado ganadero. Prosiguió, pues, sin entender le oía nadie, en esta forma:

-Por extremo es pequeña la aveja y, con todo, quando pica con sus breves armas haze herida molesta. ¡O Amor!, ¿ay cosa tan pequeña ni tan breve como tú? Tú entras y te escondes en todo breve espacio, ya en la sombra escasa de unas pestañas, ya entre las sutiles hebras de un cabello, ya entre los oyuelos de una risa, haziendo, como al descuido, incurables heridas. ¡Ay de mí, triste, que es todo mi coraçón llaga mortal! Mil dardos puso Amor en los airados ojos de Silvia. ¡Amor cruel! ¡Silvia ingrata y más rigurosa que las selvas! ¡O cómo te conviene tal nombre! Bien lo miró quien te le puso. La selva, dentro de su verdura, esconde al oso, al tigre y a la sierpe; y tú /186/ en el pecho encubres impiedad, sobervia y aborrecimiento, fieras mayores que las otras, supuesto suelen aplacarse aquéllas y éstas no se aplacan por dádivas ni ruegos. Tú, la vez que te presento flores nuevas, las desechas esquiva, viendo, por ventura, en tu rostro más hermosas flores; quando te traigo las mançanas más frescas, tú las rehúsas desdeñosa, acaso porque las ves más bellas en tu pecho; desprecias sobervia los panales que te offrezco, sin duda por ser la miel de tus labios más dulce. Mas si mi pobreza no puede darte cosa que no aya en ti más sabrosa y bella, a mí mismo te doy. ¿Por qué, desnuda de piedad, aborreces la dádiva? Quiçá no merezco ser despreciado del todo. Mireme el otro día en la laguna, quando no alterava sus ondas el viento, y reconocí partes en mí por ventura no dignas de tu rigor: este rostro de color moreno, estas espaldas anchas, estos braços robustos, el belloso pecho, los nerbosos muslos y, en fin, todo el resto de mi fuerte travazón son indicios de mi esfuerço.(57) ¿Qué pensarías tú hazer de tiernos moços, apenas florecido el bozo en sus mexillas, de aquéllos que componen su cabello con cuidado y artificio? Hembras son éstos en semblantes y fuerças. Dile a alguno que te siga por los montes y que por ti combata con el valiente iavalí o que lu- /187/ che con el oso. Yo sé que no soy tan malo, ni tú me dexas por la forma que tengo, sino sólo porque soy pobre. En fin, las caserías siguen el exemplo de las ciudades. Sin duda, es éste el Siglo de Oro, pues sólo vence el oro y sólo quien reina es él.(58) ¡O tú, quienquiera que fuiste el inventor primero de vender el amor! Maldita sea tu enterrada ceniza y tus fríos huesos, ni se halle jamás quien passando por ellos les diga: «Ayáys descanso.» Antes los mueva el viento y los moje la llubia y todo ganado los huelle con inmundo pie. Tú primero envileciste la nobleza de amor y convertiste en acíbar su dulçura, haziéndole vendible, mecánico y siervo del oro, a cuya causa se a hecho el monstruo más vil y el más abominable que produze y engendra la tierra y el mar. ¡O Naturaleza, maestra negligente!, ¿por qué pusiste a las mugeres en el rostro y en lo aparente quanto tienen de bueno, de hermosura, de agrado y de cortesía, y te olvidaste de los más importantes requisitos? Mas ¿por qué me quexo en vano? Cada uno usa las armas que le puso la naturaleza para que se defendiesse. Vsa los pies el ciervo, las garras el león, los colmillos el iavalí. Assí, la hermosura y gentileza son armas de la muger. ¿Por qué yo no me inclino al robo, pues tengo vigor para él? ¿Por qué con violencia no me apodero de lo /188/ que sin razón me niega esta enemiga? Iamás se alcança lo que se pretende siendo amante comedido. A otra cosa es menester atender: quien quisiere aprender a amar dexe respetos, ose y pida, solicite, importune y, si esto no bastare, tome lo que pudiere. Ya se sabe la condición y estilo de la muger: huye y quiere que huyendo la alcancen; niega y quiere ser asida negando; riñe y quiere que riñendo la vençan.

Esto escuchava Felicio sin que Arsindo le viesse por ocultarle ciertas matas y, no pudiendo sufrir más sus demasías que, aunque dichas a solas, le escandalizavan, saliendo de lo escondido, después de averle saludado cortésmente, dixo:

-Gran tesoro posseen los que son escasos en su hablar y adquieren mayor bien quando, discurriendo, observan advertida modestia de palabras. Digo, Arsindo, esto por las muchas de mal sonido que hasta aquí formaste, dando a tu lengua rienda larga contra el decoro que se deve a la causa que la movía. Vives engañado. Jamás se obligó muger con descompostura, casi todas aborrecen temerarios intentos, con ellas puede mucho la umildad, desechan a los confiados y estiman en poco a los que presumen mucho de sí. Indigno medio aplicas a tu tormento. Enfrena el apetito y no se mire en ti ahogada la razón. Entiende no ser esto /189/ dar el sano consejo al enfermo, pues sabes lo estoy tanto como tú, aunque con más sufrimiento. Grande es el número de amantes desdichados y son infinitos los que se hallan, como tú, o no vistos, o no estimados.

-Confieso -respondió Arsindo- estar vencido, mas considera ser el pecho baso limitado para encerrar tan dilatado tormento como es el mío. Rendime a su larga porfía y pretendí aliviar mi ansia con semejante hablar. Ya veo es mal recivido entre nuestra pastoril sinceridad no ajustar la templança de las palabras con la honestidad de los desseos; mas, al fin, somos hombres y casi todos estamos sujetos a infinitas imperfeciones. Es cierto que aun los más sabios no siempre hablan, distinguen y juzgan perfetamente, por ser fuerça que a menudo el entendimiento umano dé muestras de su fragilidad. Puedes creer de mí obra el coraçón diferente de lo que suenan los acentos y que me precio antes de amante cortés que de atrevido.

-No podía -dixo Felicio- persuadirme otra cosa de la nobleza de tu proceder. Perdona si te lastimé con lo apuntado, quedando cierto corres parexas conmigo en dessearte todo bien y quietud. Mas, dexando esto aparte, ¿oyes la voz lastimosa que suena en aquel monte cercano? ¿Acaso conocerás por su metal al dueño que la forma? Gran- /190/ de es la tristeza que publica. Vamos, por tu vida, a reconocelle y a consolalle, que me parece lo a menester.

Diziendo esto, se acercaron los dos y con pasos quietos, puestos detrás de un aya, vieron, sin ser vistos, era Danteo el que se lamentava en esta forma:

-Bellíssima Rosela, que casi antes que te viese el mundo renaciste en el cielo, donde gozas de verdadera vida. ¡Ay de mí, quán igualmente lloro tu partida y mi tardança! ¡O alma dichosa!, que decendiendo de las alturas, adornada de todas virtudes, te bolviste a ellas enrriquecida de más realçados dotes. Parece sin ti el mundo como florido iardín a quien el invierno dexó enblanquecido y abrasado.(59) Quán memorable fue aquel día en que desapareció el sol de tus ojos, día primero para ti de inmenso deleite y último para mí de consuelo, pues me dexaste en él rendido a profundíssimo dolor y llanto. Yo lloro y Amor se quexa, rompiendo con suma pena el arco, por parecerle carece ya de quien doblava sus trofeos y triumfos. No me aprovecha, ¡ay, triste!, reconocer quán cierto y forçoso sea a todos pagar la deuda común a la naturaleza, no me consuela alcançar recive qualquier umano la vida debaxo de condición de morir, ni me basta entender ser al bueno ningún mal la muerte, pues jamás tiene por felicidad el /191/ vivir, antes juzga por libertad el quedar desatado, para que la parte que tiene de immortal vaya a su propio assiento y al lugar purísimo donde no puede aver miseria. Mientras las almas están en los cuerpos que participan de todos sus males, entonces verdaderamente mueren, porque es duríssima servidumbre a cosa divina el peso de lo mortal. Mas ¿de qué me sirve esto? ¿Y de qué saber te entretienes gozosa en los Elisios Campos,(60) si me consume la soledad en que me dexaste huérfano de tu vista y falto de tus acentos? Vence el sentido a la razón, considerando fuiste como sol rezién nacido a quien, al assomar por oriente, rodeó embidiosa nube. Apenas començava a serme por tu causa cara la vida y apenas a hermosearse el mundo con tu resplandor, quando tristíssimo ocaso se opuso a tan alegre aurora.

Tras esto, con voz más lastimosa, prosiguió diziendo:

Qvando cerró los ojos
aquella que alegrava su orizonte,
produxo el prado abrojos,
brotó llamas la fuente, tembló el monte,
mostró tristeza el suelo
y sus luzes cubrió llorando el cielo.

Los apazibles cantos /192/
d'alegres ruiseñores no se oyeron,
sólo fléviles llantos
endechadoras aves repitieron,
y el aire enrronquecido
dio vivas muestras de dolor crecido.

Indómitos novillos
bramidos por los aires esparcieron,
y simples corderillos
a sus quexas balando respondieron,
y con acentos píos,
murmurando, las fuentes y los ríos. 

Alma cándida y pura,(61)
qu'en tiernos años con ligeras alas
de tu prisión oscura
veloz subiste a las celestes salas,
donde con plantas bellas
pisando vas el esquadrón de estrellas,(62)

acude a mi consuelo
y desd'el rico assiento de diamante
que tienes en el cielo
buelve a mirar mi pálido semblante,
y siente mi tormento,
si en la gloria cupiere sentimiento. 

Las gracias, los amores
con inmenso dolor muestran sus daños; /193/
las plantas y las flores
visten matizes no, mas negros paños
por ti que, [siendo] Flora,
cobraste ser de celestial Aurora. 

Estos tristes acentos
en tus obsequias doy en vez de rosas;
suspiros y lamentos
de olores servirán donde reposas,
y oy, pues tanto padece,
por tu sepulcro el coraçón se offrece. 

No pudiendo Arsindo y Felicio sufrir más las quexas lastimosas de Danteo, salieron de lo oculto y procuraron aliviar su pena con las razones más fuertes que pudieron hallar. Bolvió en sí el pastor, como dando muestras de querer admitir consuelo, desseando con esta cautela librarse de la compañía de los dos, pesada para él por el estorvo que causava a su triste contemplación. Assí, después de aver estado juntos algún rato, se despidió Danteo de los dos echando por diferente camino. Quedaron hablando dél Arsindo y Felicio, admirados de ver por su grave sentimiento cómo en vida de Rosela yelo tan aparente ocultasse tan ardiente incendio. Passaron luego a tratar de qué manera el ánimo, que en todo tiempo se hallava dispuesto para ser com- /194/ batido con casos aviesos, devía, para resistir, armarse de templança y valor, sin desmayar ni mostrar flaqueza.

-Si el cielo -dezía Arsindo- se escurece con sombras y nublados, no mucho después se aclara y serena, ni porque falte lo que llaman ventura ha de durar siempre la pena. Conviene mostrarse de pecho animoso en las mayores dificultades, assí como en las prosperidades es cordura recoger con buen tiento la vela que va hinchada con el viento del favor, aun quando soplare más derecho. No sé si los extremos de Danteo, aunque nacidos de bastante ocasión por ser el amor extremo de violencia, se fundan en prudencia y razón. Llorar devemos por las miserias y calamidades de los vivos, no por la felicidad y ausencia de los que pisan los serenos campos de los cielos. Cortíssima, sin duda alguna, es nuestra vida y casi podrían quexarse los hombres por la demasiada sinrazón de su naturaleza, pues son engendrados para tan corta parte de tiempo. ¡Quán ligeramente se apresuran los espacios de edad que les permite el sumo Rey, y es de suerte que casi a los más desampara la vida en medio de las prevenciones della! Nunca buelven atrás a mirar su principio ni discurren adelante a contemplar su fin; iamás examinan que lo passado no es, lo por venir no ha llegado y lo presen- /195/ te es tan fugitivo que no se puede dezir que sea, porque mientras se dize, dexa de ser y buela; no miran ser lo passado tan perdido que no lo podemos cobrar, lo por venir tan incierto que no lo podemos esperar y lo presente tan presto que no lo podemos detener. Son, según esto, muertos los vivos y vivos los muertos,(63) pues aquéllos por instantes corren a su fin y éstos buscan la eternidad, que no pasa, que no se espera, mas siempre está en un ser incomutable y proprio. Yo, en la aspereza de mi estado, considero bien a menudo quán pesada carga sea la vida, no porque me pierda de ánimo en sus naufragios, sino por ponérseme delante la flaqueza de mi ser, que es desatinado el olvido de nuestra mortalidad. El gramático regla la lengua, el lógico aparta lo verdadero de lo falso, el retórico haze oraciones a príncipes, el arismético cuenta los números, el geómetra se rebuelve por la anchura de la tierra, el músico templa el son con las vozes, el astrólogo contempla las estrellas, el filósofo inquiere las causas naturales, y ninguno trata la importante ciencia del vivir, para que no uviesse descuido en distribuir acertadamente el breve tesoro de que gozamos. Raras vezes se aparta de mí este pensamiento y, retirándome a mí mismo, contras- /196/ to mejor el poder de mi contraria suerte, naciendo en mí un noble desprecio de averes umanos. Y si te agrada, oye un soneto que casi a este propósito compuse avrá quatro días.

A que, respondiendo Felicio gustaría grandemente de oírle, dixo:

Arsindo

A la fortuna adversa, el más valiente
se postra umilde si en su mal porfía,
qu'el saber, el valor y la osadía
la reina de los hombres no consiente.

Mas osado resisto, aunque inclemente,
sólo un punto de mí no se desvía,
o vaya donde Fevo forma el día,
o donde baña el carro en ocidente. 

¿Qué más? El no buscar caduca gloria,
el no estimar el cetro y la riqueza
y el ver con ojos de desprecio llenos

me dan de su combate la vitoria.
Assí la rindo y con tener certeza
de qu'en el mundo, en fin, lo más es menos.(64)

Llegó la noche y, poniendo silencio a su plática, les obligó a que buscassen en sus caserías el sustento y descanso que pedían los cuerpos. /197/

Yvase ya esparciendo voz de que el caso de Menandro tenía cerca el venturoso fin que desseavan todos. Estas nuevas tan apazibles llevaron a visitarle los pastores y zagalas de aquel contorno, desseosos de certificarse de lo que se publicava. Iuntos, pues, en el jardín de la casa de su prisión una tarde entendieron del mismo Menandro quán cercano estava el digno premio de su largo padecer, mostrándose el cortés mayoral extremamente agradecido al particular amor que le tenían los moradores de aquella comarca, offreciendo de su parte acudir siempre a sus cosas con igual cuidado y afición. Finalmente, después de recrearse por los quadros del huerto, favoreciéndose los amantes unos a otros con darse diversas yervas y flores, cuyos colores significavan sus pensamientos,(65) fueron todos a ocupar los assientos de mármol que ceñían la fuente, donde, parando en las materias de amor que de contino tratavan, algunas de las pastoras enamoradas no sufrían de buena gana ser vencidas del amor y firmeza de sus amartelados; antes, con agradables porfías, procuravan serles superiores en todo. Alegava Partenio sentir los hombres la ausencia mucho más que las mugeres, haziéndole hablar la experiencia de lo que en Arcadia avía sufrido ausente de su Antandra, y /198/ para sello de todo traía a la memoria una carta que Menandro avía escrito a su bella Amarilis, donde publicava el tormento que padecía ausente. Eran ambos vivos dechados de sentimientos amorosos y leyes animadas del mismo amor, por quien(66) se governavan los demás, comprobando sus opiniones con tales exemplos. Pidió, pues, Clarisio, de parecer de todos, refiriesse Partenio la carta de que avía hecho mención, y dixo assí:

Menandro a Amarilis

Amor, qu'en manos de tan larga ausencia
tienes puesto mi fin, para quexarme
presta aliento a mi voz, presta licencia. 

Liberal lo que pido puedes darme
en pago de los siglos sustentados
en callar, en sufrir y en acabarme. 

Bella Amarilis, de vivir cansados
mis ojos aborrecen luz y día
por estar de los tuyos apartados. 

Con tal exemplo ya la lengua fría
llena de turbación siente la muerte,
ausente la ocasión que la movía. /199/

Los ojos tienen gloria en sólo verte,
la lengua tiene vida con hablarte
y el coraçón en ambos se convierte. 

Mas, si faltan los dos, no será parte
quanto favor recivo a darme vida,
como no la fomente el contemplarte. 

Toda violencia assí queda vencida,
pues, si buscar pretendo mi tesoro,
no avrá quien dél un punto me divida. 

Porqu'al punto que Fevo, en quien t'adoro,(67)
nos offrece su tierno nacimiento
con su templada lumbre y rayos de oro,

allí me das rocío y das aliento
y, dexando mis ansias socorridas,
ufana corres en dorado assiento.

Tus mexillas purpúreas, qu'atrevidas
desprecian de la rosa la fineza,
de cándido matiz miro vestidas. 

Contemplo tu hermosura en la belleza
del cielo y, al instante, por mis ojos
entra el contento y sale la tristeza. 

Tu semblante destierra mis enojos, /200/
y a tu sacra deidad, ¡o sol luziente!,
sus fuerças rinde el alma por despojos. 

En la corona del planeta ardiente
hallo el cabello crespo y oloroso,
en qu'abrasar el coraçón se siente. 

Entre celajes de oro generoso
tus ojos reberveran, con qu'aumenta
su puro resplandor el sol hermoso.

La luz del día a ti me representa
y tú me representas luz del día
y, sin ti, día y luz recive afrenta. 

Y lo qu'es más: quando la noche fría,
conduzida de ruedas estrelladas,
con el licor del sueño nos rocía, 

puesta en medio de formas concertadas,
la esposa de Vulcano resplandece
con temblores y llamas argentadas; 

hazia la parte occidental parece
y el brillante luzero te traslada
con el real semblante que me offrece. 

Allí Venus da muestras que l'agrada
estés en mí templando el dulce fuego, /201/
como la vid en álamo enlazada.(68)

Allí contemplo, allí, tras blando ruego,
el airoso ademán, risa y dulçura,
allí contemplo el amoroso juego.

¡O suerte infausta! ¡O remembrança dura!,
cessen otras riquezas escondidas,
qu'embidian los sentidos tal ventura. 

¡Ay triste!, las centellas encendidas
que de tus ojos entran en los míos
renuevan en el alma las heridas. 

Tu cuello ciño con ardientes bríos
y, al punto, en tanto fuego siento elarme,
convirtiendo mis ojos en dos ríos. 

Mas el sueño cortés quiere llevarme
al más subido bien y, discurriendo,
con dulce modo intenta acariciarme. 

Assí me llega a ti y assí, offreciendo
al desseo su fin, me hallo junto
a tu luz, ya velando, ya durmiendo. 

Assí no estás ausente de mí un punto,
assí de bien me dexa enrriquecido
la misma essencia tuya y no el trasunto./202/

Mas, apartado, aún estaré sufrido
en medio de tormentos y rigores,
hasta ver tu semblante esclarecido. 

Y si muerte no impide estos favores,
embidiosa de ver tanta privança,
Amor publicará por vencedores
tu nombre, su firmeza y mi esperança. 

-No se niegue -dixo Antandra- ser Menandro el vassallo de Amor que más ha sabido sentir y el que más ha professado igualar la pureza de su afición con la sinceridad de sus palabras. Mas ¿dónde se hallará otro destas calidades? Son los amantes deste tiempo diferentes del passado. Abundan de dobleces, cautelas y malicias; aléxanse muchas vezes sus intentos del fin loable de la honestidad; son varios en sus amores y, aunque por sus intereses demasiado solícitos, son poco solos y secretos; sus palabras inadvertidas los hazen indignos de los favores que podrían recivir y, como el mundo carece de Leandros, es fuerça produzga Anaxartes.(69) No son ingratas las discretas, antes, quando descubren calor en las voluntades de sus amantes, encienden las suyas con ventajas conocidas, correspondiendo con mayores veras. Sirva de exemplo, para que del todo quedéis convencidos, la gallar- /203/ da Amarilis, pues Partenio ha propuesto el de Menandro. ¿Viose jamás tan calificado amor y firmeza como el desta discretíssima zagala? Al paso que crece su pena, dobla su afición, hallándose siempre constante en un propósito. Embiole, poco a, un coraçón traspasado de flechas de ausencia y amor, amarrado con áncoras de firmeza, travado con dulces cadenas de sujeción y, en medio, la cifra del nombre amado con esta letra:

No tengo más que te dar,
pues el alma y éste es tuyo.

»Lastimávale una saeta de recelos que venía a parar en un mundo de confianças, apuntando muy lexos dél las dos de mudança y olvido.

No pudieron negar los pastores merecer el nombre femenil el primer lugar en el consistorio de amor, quedando ufanas las zagalas con igual vencimiento. Y mientras en contiendas tan suaves passavan el resto del día, dio Menandro(70) a entender tenía que hablar aparte con Clarisio. Por tanto, dexando sus assientos, començaron a passearse por el jardín, y comunicando el discreto mayoral con el prudente anciano su importante negocio, mostrava sentir con extremo su dilación. Quexávase de quien era causa, ponía delante las /204/ sinrazones recividas, agravava la malicia de sus autores y, pidiendo parecer, tratava de su remedio. Escuchávalo todo Clarisio con piadosas entrañas y, como tan versado en la Corte, donde se ventilava aquel punto, alcançava en qué consistía la tardança de su determinación; acometía a dezir los resabios del cortesano proceder, mas luego, como arrepintiéndose, enfrenava su lengua y casi enmudecía. Notava Menandro estos acidentes y, desseoso de saber lo que encubría, pidió al fin encarecidamente le manifestase los archivos de sus pensamientos, refiriendo lo que le avía sucedido el tiempo que avía navegado por el profundo piélago de la Corte. Tuviera poco della quien negara a la misma cortesía demanda tan justa. Assí, cumpliendo con ella, dixo:

-Sabrás que en mis años juveniles,(71) después de aver professado varias letras, ambicioso de honrrosa opinión, seguí el exercicio de la guerra, donde el obstinado flamenco resiste tanto tiempo al esfuerço español. Mostré allí en ocasiones de peligro posseer calificada sangre. Al cabo de aver militado algunos años, acudí donde reside nuestro monarca por el premio que pretendía merecer.(72) Hablele, remitiome a ministros, solicitelos en vano muchas vezes, bolviéndome al improviso de /205/ libre combatiente umilde adorador de terrena deidad. Faltaron a un tiempo sus palabras y mi possible, de suerte que para continuar lo començado traté de introduzirme en la casa de uno que por grandeza se cubría delante de su rey, sin duda para en servir la cerbiz más hidalga, quando falta quien la valga del todo. Ajustando, pues, mi vida con mi desventura, no evité fatiga, en todo me ocupé y, perdiendo tiempo, era menos quanto más obligava, y, aunque mudé pensamiento, costumbre y color de pelo, no mudé fortuna. En fin, entendí mi desvarío y, suspirando por la passada libertad, tras tanto padecer, dexando la Corte y su grandeza llena de miseria, me retiré al amparo desta quietud,(73) donde, passando de la fatiga al reposo, de la barahúnda al silencio, de la tormenta a la bonança, del negocio al ocio y de la muerte a la vida, conocí ser aquella sobervia máquina basilisco de hermoso color, de olor suave y de admirable despojo, mas quien le mira muere al instante. Vna joya falsa y dorada que parece buena sin tener valor, vna caña de fuera verde y dentro vazía, vna fuente de Narciso(74) que haze enamorar de la sombra, vna candela que combida con su luz al niño y después le quema la mano, vn veneno que dulcemente penetra y acaba, vn polvo que ciega, vn hu- /206/ mo que tizna, vn laberinto de inumerables rodeos y fieros monstruos de donde, si una vez se entra, es maravilla salir, vn mar con más peligros, más vientos, más ondas, más Scilas, más Caribdis,(75) más vaxíos, más estrechos, más rémoras, más torpedines, más sirenas, más tempestades y más cosarios que el mismo océano, vn pescador que cubre el anzuelo con poco cebo, vn caçador que pone la red junto al grano, vna rueda que continuamente se mueve, desvaneciendo a los que la miran, vn cirujano que alaga primero y después pica y saca la sangre, vna hiena que llama con voz umana y después despedaça inumanamente, vna sirena que con el canto adormece los navegantes, vna Circe, que con palabras transforma en fieras los hombres,(76) vna Medusa, que con el semblante los buelve en piedras,(77) vn baso de las hijas de Dánao, que contino le echan agua y nunca se llena,(78) vna piedra de Sísifo, de quien se tiene esperança y nunca firmeza.(79) Descubrí ser en aquel sitio todo bien de nieve, que al primer rayo de sol se deshaze, toda alegría triste, todo amor adúltero, toda recreación melancolía, toda dignidad indigna, toda felicidad mísera, toda fortaleza flaca, toda gracia dañosa, toda gloria vana, toda honrra umilde, toda libertad cautiva, toda nobleza ba- /207/ xa, todo plazer mentiroso, toda hermosura fea, toda prudencia incauta, toda paz discordia, toda risa llanto, toda riqueza pobre, toda ciencia loca, toda esperança desesperada, todo resplandor sombra, todo olor corrompido, todo son ronco, toda dulçura amarga, toda eloquencia corta y toda virtud vicio. Allí están los pies con grillos, las piernas con cadenas, los braços con sogas, las manos con esposas, el cuchillo a la garganta, el lazo al cuello y la espada sobre la cabeça. Allí quien quisiere acertar a de ser retrato de un muerto, desnudo de afectos, privado de los sentidos, apartado de los parientes y encerrado en la sepultura, que dexado caer de alto abaxo no siente y traspasado con hierros no se menea, de quien el alma está apartada de la carne y la carne del alma. ¿Qué bruto tan fiero dañará a otro sin pretender algún propio interés? Ninguno, sin duda. Sólo allí se agravia sin esperar provecho, y el hombre, buelto más cruel que fiera, dexada la umana condición, toma despecho y se enbravece porque a otro le vaya bien, gustando del mal y desgracia agena. Por tanto, allí están ciegos casi todos: quién del humo de la sobervia, quién de las lágrimas de la embidia, quién del fuego de la sensualidad, quién de la torpeza de la gula, quién de las agudas /208/ puntas de la ira, quién del polvo de la avaricia y quién de la floxedad de un ocio descompuesto. No penetran que el fin de la honrra es la vanidad; de la esperança, el engaño; del contento, el olvido; del plazer, el dolor; de los vanquetes, la enfermedad; del bever demasiado, la turbación de los sentidos; y de la vida, la muerte. Es su ídolo la nobleza,(80) por quien casi olvidan a Dios, sin advertir ser parecida al rayo que viene de alto con resplandecientes centellas y furioso ruido; mas después se hunde en las entrañas de la tierra, quedando más escondido que las mismas piedras allí nacidas y no dexando otra cosa fuera sino polvo, humo, tizne y espanto. Assí, la nobleza comiença de un ilustre principio, mas después acaba en el común paradero de la muerte y en el ser cubierto de tierra. No reconocen allí los poderosos ser nada sus riquezas y pompas y si acaso son algo, son daños y peligros. No ven que los estados faltan, los ganados perecen y los palacios se desmoronan. No les consta ser los coches cargas de leña sostenidas en peligrosas ruedas, llevadas de corredores y viciosos cavallos; los criados, esquadras de enemigos y espías; los saraos, congregaciones vanas; la seda frágil, espuma de gusanos; el paño, escrementosa lana de ovejas; los forros y preciosas martas, baxos despo- /209/ jos de animales muertos; el cristal, pedaços de nieve elada; las perlas, huessecillos de ostias;(81) las piedras, la plata y el oro, hezes de la tierra; los dineros, pedaços suyos redondos y por esso inconstantes; el coral, despreciada yerba del agua; el almizcle, escrementos de animalejos; el algalia, humor superfluo de gatos; el ámbar, corrompidas hezes de pescados; las cadenas, prisiones de locos; los anillos, estorvo de los dedos. Y, en efeto, quando sean bienes, ninguno dellos es fixo, pues aun los que llaman estables, como ciudades, castillos, torres, palacios y tierras, no les compete tal nombre, por ser muchas vezes derribados de vientos, abrassados de rayos, assolados de avenidas, hundidos de terremotos, ocupados de enemigos, usurpados de tiranos y, por otras vías, aparejados a perderse. Ignoran que, al fin, se a de bolver el honor al mundo, las riquezas a la fortuna, el mayorazgo a los herederos y la grandeza a la muerte.

»Menandro, quanto se mira en ti digno de inmensos loores, allí se tiene por falta, por menos valer y casi por vicio. Tu obrar sincero, tu clara verdad, tu pura fe, tu noble trato, tu cuerda compostura, tu piedad, tu devoción y el concierto exemplar de tu vida, juzgan aquellos vanidades dignas de risa. Son allí casi todos los de más fausto, quanto al conocer /210/ el grano de la sabiduría, no castas tórtolas, no simples palomas,(82) sino buytres y cuervos. Es la felicidad al entendimiento un cristal con que lo apartado no se divisa y las cosas juntas parecen mayores. Míranse allí con estos antojos los dichosos, júzganse grandes y caen de desvanecidos. De aquí nace su menosprecio de lo justo y ser las leyes red de araña que sólo coge las moscas pequeñas, porque los poderosos se juzgan dignos de mandar a la misma razón. Todo su desvelo es tratar con irracionales, haziéndose sus semejantes; gózanse con alcones, con perros y cavallos, con iavalíes y ciervos, siendo contrarios de tu opinión, que tienes por cosas baxas y serviles las que pertenecen al cuerpo, comunes con los brutos, y por altas y gloriosas las del ánimo, de que participamos con los espíritus celestiales. Examinan sus vidas por sus títulos, no por sus obras.(83) Vsan del honor y hazienda no como de cosas fugitivas, preciándose de ser el veneno de las ciudades, el alboroto de los pueblos, la inquietud de los ciudadanos y los aparejados a todo desorden. Reina en todos el desvanecimiento. Los indignos acetan injustas alabanças y, dando muestras de recivir sumo gozo con ellas, fácilmente se dexan caer en el amor propio, /211/ quedando contentíssimos de sí. Aborrecen a quien con libertad les dize lo que siente, y en esta parte es muy dificultoso el saberse regir, porque no quieren bien a quien les parece intenta reprehender con vida contraria la calidad de la suya. ¡O quánto puede con ellos la lisonja y quán estraño lenguaje es el suyo! Supuesto procura el adulador por diversas vías encubrir los vicios con las virtudes que menos se apartan dellos, al pródigo llama generoso y liberal; al avaro, diligente guardador; al necio, persona de buena conciencia. Y al contrario, con quien usa engaños y robos, finge maravillarse de su valor y saber, llamando discreto al que es de ánimo vil; ingenioso al melancólico; al disoluto y sensual, buen compañero y ardiente enamorado; valiente al furioso, y cauteloso, al covarde. En tal forma se suelen aver en todos los vicios que quieren loar adulando, siendo esta especie de lisonja de gravíssimo daño y peligro, porque, admitiéndola el ánimo debaxo de virtud, nace della el pecar notablemente, no sólo sin sentir pesar, mas aun con plazer y gloria. Ésta fue antiguamente causa de la perdición de los sicilianos, por llamar los lisonjeros de aquel tiempo justicia a la crueldad de Dionysio y de Falaris;(84) ésta destruyó a Egito, donde los aduladores nombravan religión y culto divino a /212/ deshonestos plazeres y sacrificios abominables; ésta prevaricó del todo las buenas costumbres del pueblo romano, porque a los regalos y superfluidades de sus tiranos intitulavan umanidad y llaneza; ésta pudo hazer que Nerón, dexando la gravedad y grandeza de emperador, se adornasse de trágicos despojos y cantasse en los teatros; ésta hizo que Eliogávalo constituyesse y estimasse el torpe senado de rameras;(85) ésta obró que Cayo Calígula se hiziesse vanamente adorar,(86) mas esto no cause maravilla, pues desde su niñez acostumbran los tales sólo que les den plazer y no que les digan verdad, por esso gustan con extremo de ser alabados, oyendo propios loores con más aplauso que la música más concertada, y, desseando parecer excelentes en quanto hazen, admiten con veras a los que, mostrando ser sus amigos, les honrran en todo y les atribuyen todas las virtudes. Ciego del todo es quien no ve la luz del sol y más ciego quien es largo en la pérdida de tiempo, siendo cosa que solo en ella es honestíssima la avaricia.

»Era mi vida cuidadosa y breve, olvidava lo passado, no conocía lo presente, assombrávame lo por venir, sin considerar quántos años avía estado ocupado sin hazer nada, en cuyo espacio más de una vez llamé a vozes la muerte, maltratado de in- /213/ ciertas passiones y de ver incurriesse a menudo en lo que temía. Salí al cabo de tan importuna confusión casi desnudo, imitando al que huye de la tormenta, que escapa del agua sin vestidos, o a la culebra, que el invierno se mete en las cavernas para quitarse el pellejo antiguo y salir luziente la primavera, que se despoja quien pretende subir un gran monte o luchar con un valiente enemigo para poderlo hazer con mayor facilidad y ligereza. Troqué los naufragios, mentiras y vanidades del bullicio con los gloriosos deleites de la soledad. Las cortes tienen mil matas de abrojos con que desgarran, mil ramos de liga con que detienen; mas los campos mil suavidades con que recrean. Quánta felicidad(87) possee el labrador que sale de casa con sus bueyes y va a gozar del rozío de la mañana, del olor de las flores y del canto de las aves. Sus diferencias consisten en quál tiene mejor sementera, quál lleva mejor ganado, qué tierra será para barbechar, dónde se harán sus eras. Pone su carro a punto, dale poco cuidado el calor del estío, no le fatiga mucho el frío del inuierno. Con él no tiene precio el oro, para él es vil el reino más grande, no conoce la fortuna, menosprecia la honra,(88) no busca fama, su desvelo es vestir su ánimo de sinceridad y desnudarle de ambición, hazer que los campos /214/ den fruto y con poca estimación de sí mismo, tener en poco la elegancia en el dezir y en mucho el descuido, sosiego y libertad con que vive lexos de embidias y respetos umanos. ¡Quán sabrosa es su comida! ¡Quán dulce su bevida!, sobrándole todo y no faltándole nada, aun con grandes ventajas de honras, aviendo sido labradores varones tan señalados como (fuera de nuestros primeros padres) Abraham, Iob y Dauid, sin otros infinitos de la gentilidad que de arados salieron para consulados, bolviendo de las monarquías a los arados.(89) Seguí, pues, el estylo del vapor terrestre, que, por dexarse levantar del sol fuera deste grosero elemento, en la primera región del aire se buelve rozío, en la segunda nieve y en la tercera rayo de luziente resplandor. Los señores de la tierra desminuyen los méritos y agravan las culpas de sus criados. Mas yo, aunque libre, imitando a quien professa sagrada clausura, traté de servir a Señor que no niega, no finge, no burla, no offende ni dexa offender, no da travajos sino meritorios, no se muda ni dexa de pagar por ingratitud o pobreza; a quien no se acuerda de las injurias ni se olvida de los servicios; a quien no es sobervio ni engañoso, que me da a mí y yo, dándome a él, no le doy cosa mía sino suya propia; a quien pueda entrar donde estuviere sin /215/ portero, hablar sin intérprete, alcançar sin dificultoso intercessor, consiguiendo lo que desseare o lo que me conviniere. Traté de seruir a Señor que servirle es reinar, que da fuerças para servir y premia el aver servido, y no sólo las obras, mas la voluntad. Quise buscar verdaderos bienes, cuyo dueño es salud, gloria, paz y sabiduría, cuyo señorío es lo criado. Suya es la tierra y todo lo que en ella habita; su firmeza fundaron sus manos y en sus manos están sus fines. Suyo es el mar, Él lo hizo y obra de sus manos son los cielos. Propuse dedicarme a quien quiere dar y tiene qué dar y, dando, no se priva de lo que da, y da quanto y a quantos quiere, y con quien podré ser importuno en pedir. Inclineme a obedecer a Señor cuya alteza es mucho más alta que el cielo, cuyo poder es más dilatado que toda imaginación, cuya hermosura es más bella que el sol, cuyo amor es más suave que el amor propio, cuyos embaxadores son los ángeles, cuyos escuderos son los arcángeles, cuyos secretarios son los cherubines, cuyos camareros son los serafines,(90) cuyos cortesanos son los escogidos, cuyos ministros son los príncipes de la tierra, cuyos coronistas son sibilas y profetas, cuyos artífices son la naturaleza y el arte, cuyo correo es el primer móbil,(91) cuyo despensero es el tiempo, cu- /216/ yo mayordomo es la eternidad, cuyos músicos son los planetas, cuyas criadas son la noche y el día, cuyo palacio es el empíreo,(92) cuyo estrado es el trono que descrivió su querido canciller, cuyo escabel son las nubes, cuyas hachas son el sol y la luna, cuyas candelas son las estrellas, cuyos tesoros son los vientos, cuyas trompetas son los terremotos, cuyos atambores son los truenos, cuyas amenazas son los cometas, cuyos pronósticos son los eclipses, cuyo açote son las guerras, hambres y pestes, cuyas señales son los arcos celestes, cuya artillería son los rayos, cuyo templo es el mundo, cuyas cárceles son los abismos, cuyos passeos son las aguas, cuyas lonjas son los cielos y cuyo relox son los signos que en ellos se comprehenden.

»Descargueme, en fin, de los cuidados de Corte, dexela antes que me dexasse, comencé a burlarme della antes que ella se burlasse de mí. Noé, reliquia de la primera edad y padre de la segunda, para defenderse del esperado dilubio se apartó de los tráfagos de aquellas gentes mal entendidas y se recogió en las angosturas del arca, de quien fue huésped y artífice;(93) Éber, por no mezclar la lengua propia, huyó de aquéllos que con espanto de las nubes levantavan contra las amenazadas estrellas la torre sobervia y caduca;(94) Abraham, por gozar de los /217/ coloquios divinos, se salió de la patria y de los parientes;(95) Loth y las hijas, por no ser partícipes de la pena con sus vezinos, pues no lo avían sido de la culpa, se apartaron apriesa de las cinco ciudades asquerosas, y por bolver la cabeça la muger del anciano quedó transformada en estatua;(96) los hebreos, por desechar del cuello el yugo de sujeción y servidumbre, salieron del tenebroso Egito a los desiertos de Arabia;(97) Moisén, por tratar con Dios de la libertad del pueblo y alcançar las tablas de la ley que reglava la vida, se apartó de la turba en la altura del Sinaí;(98) Elías, por defenderse de las injurias, amenazas y offensas de la maligna adversaria, dexó las gentes y se fue a los desiertos y páramos;(99) Ezechiel gritava a los de su nación saliessen de la confusa y horrible Babilonia,(100) muy parecida a la corte de quien tratamos. Todos los exercicios pueden ser impedidos de diversos inconvenientes: la navegación, de la tormenta; la arquitetura, de la lluvia; la paz, de la guerra; y la guerra, de la paz; mas nadie puede turbar el bien de carecer de peligrosos bienes. En el estado que escogí no temo que el sol me abrase, que el yelo me penetre, que el polvo me ciegue, que el lodo me ensuzie, que el río me ahogue, que el mar me trague, que coches me trastornen, que cavallos me arrastren ni que /218/ me cansen caminos. En él no he menester sacarme los ojos, como Demócrito,(101) ni dessear carecer de manos, pues me bastan sólo las selvas para apartar los sentidos de los objetos, que, en fin, lo que no se ve ni se toca no se dessea.(102) He querido con esta determinación seguir la costumbre de las aves que, por huir de las acechanças de los hombres, se levantan en alto y en las puntas de los árboles y en las cimas de los montes texen sus nidos porque no les roben sus huevos y no baxan a la tierra sino esforçadas de la necessidad. He imitado a los hombres que desocupan la plaça mientras corren el toro y con seguro consejo se suben a los tablados, mirando la fiesta desde allí con menos peligro, o a los navegantes que calafateando el navío se meten baxo de cubierta por no mirar las ondas que los rodean, o a aquéllos que aviendo hallado un tesoro se apartan de la conversación y bullicio para gozarle con ventura.

Aquí llegava Clarisio quando, oyéndose nuevo alboroço en la junta de los pastores, obligó a que sin pasar adelante ambos acudiessen a ver lo que le causava. Hallaron se avían desafiado Damón y Partenio sobre quál de los dos alabava con más elegancia en un soneto el uno las partes de Menandro y el otro el entendimiento de Amarilis no más, por aver de quedar rudos /219/ los acentos más elegantes que se atrevieran a celebrar el resto de la belleza y gracia que adornan su movimiento, rostro y acciones.(103) Hizieron los dos competidores juez a Clarisio y, pendiendo los circunstantes de sus lenguas y ojos, dieron principio desta manera:

Damón

Oy, Menandro, a tu nombre estatua erige
la Fama, a quien la edad su cetro entrega;
oy a su frente Fevo ornato niega
y para su laurel la tuya elige; 

de tu gran valor Marte colige
qu'a ser el suyo igual casi no llega;
oy nadie como tú la espada juega,
oy nadie como tú la rienda rige. 

Oy vences de la embidia la ponçoña,
oy a porfía Venus y Diana
te nombran diestro caçador y amante. 

Oy quisiera loarte mi çampoña,
mas, pues no basta voz de lengua umana,
eterna voz tus alabanças cante. 

Ya prometían los pastores con su aplauso tener Damón muy de su parte la vitoria que esperava, según mostravan averles agradado el soneto referido. Mas pidiendo Partenio sosegassen el ruido de su baxo hablar, dixo animosamente: 220

Partenio 

Heroico entendimiento al saber guía
y rara muestra del poder divino,
por quien, como por vidro(104) cristalino,
su perfeción y luz el alma embía.

Quisiera hablar de ti la lengua mía,
mas la turba el sujeto peregrino,
pues, si se anima a descubrir camino,
desde el sol se despeña su osadía.(105)

Con lira y voz que suene immortalmente
celebre tu alabança y excelencia
de Dafne el amador, poeta eterno. 

Cante cómo discurso tan prudente,
saber tan alto y tan profunda ciencia,
el antiguo no vio, ni ve el moderno. 

Suspensos aguardavan todos la declaración que avía de hazer Clarisio sobre quál de los sonetos tenía más artificio y gala, quando el prudente juez, recogido en sí mismo, como pensando qué cosa uviesse de responder, dixo:

-Pastores, los sujetos celebrados son de tantos quilates que casi dexan atrás las imaginaciones, quanto más las palabras. Y assí qualquiera de los dos sonetos, respeto de lo que trata, parece estar bien dispuesto sin que en alguno se conozca superioridad. Mas quando se descubra, es cierto la tendrá el último por la alteza del supuesto que compre- /221/ hende bastante a infundirle particular energia y énfasi.

Alboroçávase ya Partenio con no poca tristeza y réplica de Damón; mas luego el cortés mayoral terminó sus contrastes con premiar casi igualmente los partos de sus ingenios, dando a Partenio un bellíssimo dardo armado de agudo y luziente hierro y a Damón un curioso cuchillo de monte de fino temple, labrado en la metrópoli del estado barcelonés.

En tanto, Felicio mostrava pender siempre de los ojos de Tarsia y, aunque con mirarla recivía singular gozo, por otra parte no era menor la tristeza que le causava ver que en vez de favorecerle con su vista la tuviesse con un descuido elado empleada de contino o en los rostros de sus amigas o en las bellezas del iardín. Assí, no pudiendo sufrir tanto disfavor y reconociendo se le venían con violencia las lágrimas a los ojos, se puso en pie y, como que le llevava tras sí la recreación del huerto, se apartó de la conversación y se fue a sentar al pie de un ciprés, cuyo abultado tronco le hazía espaldas para que no pudiesse ser visto. Allí, apresurando el curso de la pena, soltó el raudal de su llanto, acompañándole con los acentos tristes que formavan estos versos: /222/

Felicio 

A tanto llega el dolor
que de la lengua no fío
publique el tormento mío,
sino del llanto d'amor.

Tal vez en grande afición
ay palabras lisongeras,
mas lágrimas verdaderas
las lenguas d'amores son. 

Palabras pueden mentir
y engañar quien las ordena,
mas lágrimas que den pena
nadie las sabe fingir.

Tenéys, mis ojos, razón
de llorar vuestros enojos,
pues veys no os miran los ojos
que de vos los ojos son. 

En dolor que puede tanto
que falta quien le resista,
el bien que perdió la vista
páguese con triste llanto. 

Quien vuestras lágrimas tiene
por extremo de flaqueza
jamás sintió la tristeza /223/
que de sinrazones viene.

¡Ay!, sin que os vaya enjugando
os id, ojos, consumiendo;
del mal que causastes viendo
pagad la culpa llorando. 

Hasta llorando cegar,
ojos, salga el humor fuera,
porque si yo no os tuviera
no tuviera que llorar. 

Es tan fuerte la passión
que sin razón m'atormenta,
que por los ojos rebienta
en tocando el coraçón. 

Pregunto, Tarsia crüel,
hermosa por mi dolor,
si tú no sientes amor,
¿quién te dio las armas d'él? 

¿Quién te dio sus duras flechas
clavadas con puntas de oro,
que por donde sale el lloro
buelan al alma derechas?

¿Quién a tus ojos aquellos
rayos dio con que m'enciende? /224/
¿Quién los lazos con que prende
fabricó de tus cabellos? 

Bien muestra ser niño y ciego
Amor en sus acidentes,
pues a ti, que no le sientes,
dio flechas, lazos y fuego. 

Coraçón, bien es qu'enfrenes
esse tu correr liviano,
qu'a tus males das la mano
y das de mano a tus bienes.

Si no mitigas la pena,
rezelo que se destruya
tu vida, mas ya no tuya,
pues la tratas como agena. 

Tú mismo, ¡quién pensó tal!,
armas prestas a tu engaño,
haziendo a tu cuerpo daño
y a tu alma mayor mal. 

Mas, ¡ay!, ¿qu'indigna flaqueza
es la qu'en tu centro toco?
Nunca mucho cuesta poco.
Ten, coraçón, ten firmeza. 

El hado mío y mi suerte, /225/
mi ventura alegre o triste,
sólo en un querer consiste,
darme puede vida o muerte.

Bolviose, después de aver desfogado con esto parte de su melancolía, a la junta por evitar la nota que se podía seguir de ver que él sólo faltasse en ella, donde, aviéndose antes tratado en qué forma podía suceder pasar el más apassionado en un instante de un extremo de amor a otro de aborrecimiento, siendo dos cosas en sí tan diversas, halló que Clarisio, claro intérprete de todas las dificultades y dudas, començava a darlo a entender con el exemplo de Iosef,(106) castíssimo moço hebreo, quando por huir de la enamorada señora que con tanto ardor le solicitava, le dexó la capa en las manos por quedar con la vitoria de su honesta fidelidad. Acordose el anciano de un soneto con que casi quedava declarado del todo este pensamiento, hecho al mismo propósito de aborrecimiento y amor en persona de la misma egipcia, ama de Iosef, a cuya causa le dixo, començando desta suerte:

¡O duro coraçón! ¡O alma esquiva!,
mira con blandos ojos mi desseo,
buelve tu rostro a mí, cautivo hebreo, /226/
dueño feliz desta infeliz cautiva.

Tu yelo enciende y mi esperança aviva.
La libre d'un esclavo sea trofeo.
Iosef, tuyo será quanto posseo,
pues mi tesoro en tu piedad estriva. 

Mas, ¡ay!, que ruego en vano y alas pones
a tus plantas. Crüel, huye, qu'alcance
te dará de mi furia el viento recio. 
Y pues contra mi gusto te dispones,
oy te verás en el postrero trance
pagando con tu vida mi desprecio. 

Muger avía de ser ella dixo entonces Felicio en lo fácil y mal sufrida. No cabe en los pechos varoniles tal impiedad y calidad tan impaciente. Quanto más desdeñados más nos encendemos, siendo como el hierro muy abrasado, que quantos más golpes le dan más correa muestra. No sé yo para qué pintan la Fortaleza en figura de muger armada, sino de varón desnudo, pues la suya fuera más significativa. Cierto que ay algunas por extremo enemigas de todo afecto umano, algunas que tratan de enamorarse de sí mismas, a imitación del necio Narciso, algunas que espiran amor de sus rostros y professan rebeldías en sus almas, algunas que siendo yelos infunden llamas.