Wilcox, Nicholas (Juan Eslava Galán)

Trilogía templaria II. Las trompetas de Jericó (2000)

Barcelona, Planeta, 1996

Nicholas Wilcox es el pseudónimo literario con el que Juan Eslava Galán publica obras de tipo superventas, insertas dentro de la novela policial. Nació en Arjona (Jaén) en 1948. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada y posteriormente amplió estudios en el Reino Unido. Al regreso obtuvo una Cátedra de Instituto de Bachillerato y se doctoró, en la Universidad de Granada, con la tesis «Poliorcética y fortificación bajomedieval en el reino de Jaén».

La lápida templaria (1996) Trilogía templaria I. Los falsos peregrinos (2000) Trilogía templaria II. Las trompetas de Jericó (2000) Trilogía templaria III. La sangre de Dios (2001) Los templarios y la mesa de Salomón (2004)

En 1943, la información hallada en Venencia por Fritz Rutger sobre Lotario de Voss anima a Himmler a encontrar la tumba del templario Roger de Beaufort en Cartago, donde descansan los tabotat del Arca de la Alianza, y a utilizar su poder para ganar una guerra cada vez más adversa. Sin el Shem Shemaforash, sin embargo, los tabotat se revelan inútiles, por lo que Otto Von Kessler será el encargado de sacar a Zumel Gerlem de Auschwitz y obligarlo a acompañarlo a España para reconstruir el nombre de Dios a partir de los restos del antiguo monasterio de Montesion. Gerlem aprovechará las distracciones de los nazis para informar a los aliados de las pretensiones alemanas, y la delegación fracasará, pues solo podrán hallar la Lápida Templaria destruida. El judío se verá, por tanto, conminado a reconstruir el Arca de la Alianza en la sinagoga de París, mientras los aliados, con la operación Manhattan iniciada, preparan el desembarco en Normandía. Gracias a los datos aportados por los británicos, Gerlem logrará activar el Arca, pero con un fin muy distinto al esperado por los nazis: el poder divino desencadenará una serie de errores, coincidencias e inoperancias que facilitarán el desembarco de los aliados y originarán la derrota del Reich.

Novela de indagación histórica

Priorato de Sion Alemania Nazi Arca de la Alianza Templarios, supervivencia en Escocia, masoneria, Grial Tabotat Shem Shemaforash, Ahnenerbe Mesa de Salomon Cabala

Notas bibliográficas del traductor, en realidad autor

Winston Churchill

El primer ministro de Inglaterra, dispuesto para realizar la última gran ofensiva, cree que Hitler tiene la guerra perdida, y se resiste a dar credibilidad a los poderes del Arca de la Alianza. Sin embargo, sabe que tiene una gran responsabilidad sobre sus cansados hombros, y teme enviar a la muerte a toda una generación de jóvenes, por lo que animará a O´Neill a investigar los pasos de los nazis.

Patrick O'Neill

Hijo de uno de los miembros de la logia de Los Doce Apóstoles y antiguo compañero de estudios de Churchill en Eton. Según la leyenda, el primer conde de su familia heredó el Santo Grial. Churchill se pondrá en contacto con él para indagar sobre la búsqueda nazi. A pesar de su edad y su cojera, logrará colaborar con su antiguo amigo, descifrando los mensajes de Gerlem, y haciéndole llegar el diagrama de la Mesa de Salomón guardado en el archivo familiar.

Hitler

Agobiado por los derroteros por los que marcha la guerra, los reveses sufridos en el Este y la inoperancia de sus subordinados, el Führer piensa en colgar el uniforme cuando acabe la contienda, dejar sus memorias en manos de sus secretarias y dedicarse a empresas civiles. Cuando los aliados decidan dar su golpe de mano en Normandía, Hitler, como embrujado, no dejará de cometer imprudencias y sandeces.

Otto Von Kessler

Miembro de las SS. Sus relevantes acciones en distintos frentes y su fidelidad le valieron la Cruz de Hierro. A cargo de un Panther de las divisones Das Reich una carga antitanque le amputó una pierna, un ojo, una mano y media mandíbula. Aunque fue condecorado con la Totenkopfring, su nueva condición y su contacto con Gerlem le provocarán dudas sobre los ideales alemanes. Tras el éxito del judío, se suicidará.

Fritz Rutger

Declarado inútil para las armas, tuvo que servir a la patria preparando una tesis doctoral en Venecia sobre el comercio alemán de la sal en la Edad Media, aunque su corazón pertenecía a la Orden Negra. El descubrimiento de las huellas de Lotario de Voss provocó que el Reichsführer le asegurara una beca de la Ahnenerbe, pero su afición a los hombres será la debilidad que aprovecharán los uomini di fiducia del Vaticano para asesinarlo.

Zumel Gerlem

Catedrátido de Filosofía en Berlín e hijo de uno de Los Doce Apóstoles. Experto en religiones antiguas, las sectas cabalísticas medievales y los templarios, vivió a salvo gracias a sus riquezas y a la amistad existente entre su tío y la esposa de Goebbels. Acabó ingresando en Auschwitz, de donde fue rescatado para servir a la causa nazi. Cuando su hijo esté a salvo, conseguirá usar el poder del Arca para frenar el delirio alemán.

Karl Hesse

Arqueólogo catedrático de la Universidad de Postdam. Interesado únicamente en sus estudios, se afilió pronto al partido, dejó de lado sus amistades judías y se mantuvo en la universidad, esperando tiempos mejores y dedicando tiempo al servicio civil de antiaéreos. A pesar de ser un hombre acomodaticio, tendrá que volver al trabajo de campo, al ser nombrado director de las excavaciones del Instituto Arqueológico Alemán en Túnez.

Karl Ulstein

Profesor de Historia Medieval en la Universidad de Colonia y tutor de Fritz Rutger. Descendiente de una próspera familia de industriales de Hamburgo, debe a Himmler su ascendente carrera universitaria y ciertas prebendas exclusivas. La ideología nazi pesó más en él que el rigor de historiador, y se encargaba de reescribir la historia al gusto del Führer, para quien había realizado trabajos sobre la Lanza Sagrada.

Therese Fletcher

Hija de diplomático inglés, viajó y se educó en distintas ciudades Europeas, y fue alumna de Gerlem, de quien se enamoró, en Berlín. Trabajará redactando informes sobre el ambiente y la mortal de las tropas en Europa y como traductora en el hospital de Sainte Agnes. Perderá a su novio Arthur en la Guerra, pero tendrá la oportunidad de servir a los aliados y de reencontrarse con Gerlem haciéndose pasar por limpiadora del hotel en el que se hospeda.

—¿Herr profesor? Perdone que lo importune tan temprano, pero he pensado que la noticia le agradaría. He encontrado documentos inéditos sobre Lotario de Voss. Se hizo un silencio al otro lado de la línea: —¿Te refieres a Lotario de Voss, el héroe de la orden teutónica? —Al mismo, Herr profesor, el antiguo pirata al que Felipe el Hermoso de Francia envió a Oriente para arrebatarle a los templarios el Arca de la Alianza. Todos los medievalistas alemanes sabían que Lotario de Voss fue un caballero que, después de convertirse en el héroe de la orden teutónica en Tierra Santa y de recibir su más alta condecoración, la Espuela de Oro (considerada precedente de la Cruz de Hierro), se declaró en rebeldía, renegó de su pasado y de su fe, se hizo pirata al servicio de los sarracenos y sembró el terror en los mares cristianos. Su historia ocupaba media página en la crónica de Edergardo de Sajonia editada por Shoultz en 1852 en Leiden. Un clásico. No estamos seguros. —Ulstein esbozó un signo de desaliento—. El rey judío lo hizo inscribir en una plancha metálica, una especie de talismán de oro engastado con piedras preciosas que los autores latinos denominan la Mesa de Salomón, y los autores árabes, el Espejo de Sulimán. Este objeto se guardaba en el sanctasanctórum del templo, junto con el Arca de la Alianza y los otros tesoros sagrados. Cuando los romanos conquistaron Jerusalén, en tiempos de Tito, se apoderaron de la Mesa de Salomón y la depositaron en el templo de Júpiter, en Roma, donde permaneció cuatro siglos, hasta que los godos conquistaron Roma y se llevaron el tesoro imperial. Tiempo después, cuando los moros invadieron el reino godo de España, la Mesa de Salomón formó parte del botín que reclamaba el califa de Bagdad, pero en este punto la pista se perdió. —Y con ella el jeroglífico del Nombre Secreto —aventuró Himmler. —No exactamente, Herr Reichsführer, porque, al parecer, quedaron copias de su jeroglífico en algunos monasterios de la región. Desde entonces, el secreto de la Mesa de Salomón se ha buscado en esos santuarios. Los templarios poseían el Shem Shemaforash, la Palabra Secreta, y realizaban cada año los ritos de propiciatorio, oficiando el Gran Maestre como sumo sacerdote. De ahí su interés por encontrar el Arca de la Alianza. Por eso fueron a buscarla a Etiopía, donde Lotario de Voss intentó arrebatársela, comisionado por el rey de Francia. —Pero los templarios se extinguieron hace cientos de años. —Me temo que no es tan simple, Herr Reichsführer. El papa los suprimió como orden, pero muchos de ellos huyeron de Francia y se establecieron en Escocia; o ingresaron en otras órdenes; pero siguieron manteniendo su espíritu de cuerpo hasta que, finalmente, formaron las Compañías del Santo Deber, una especie de gremios con iniciaciones secretas. —¿Quiere eso decir que la Palabra que desencadena el poder del Arca ha podido transmitirse entre ellos? —No es seguro, Reichsführer, pero es evidente que esas asociaciones templarias han mantenido cierto poder. Quizá participaran en la caída de la monarquía francesa durante la Revolución. El día que decapitaron a Luis XVI, un hombre desconocido mojó su sombrero en la sangre del rey que chorreaba de la guillotina y lo sacudió sobre los espectadores, diciendo: «¡Pueblo de Francia, te bautizo en el nombre de Jacques de Molay!» —Una venganza histórica. —Sí, Reichsführer. Es posible que el hombre que lo hizo fuera solamente un loco, pero la leyenda sostiene que los templarios sobrevivieron y que una de sus metas es vengarse de la monarquía francesa y de la Iglesia, los enemigos seculares de la orden. No obstante, yo me permito dudar de que la Palabra Secreta se haya mantenido entre los actuales templarios. —¿Por qué? —Porque hace treinta años sus representantes se asociaron con el Vaticano y con los judíos para buscar la Palabra Secreta. Las reuniones se realizaron en el sur de España, cerca de los antiguos monasterios en los que se había depositado la Mesa de Salomón en tiempos de los godos. —¿Y qué ocurrió? —Un cabalista experto examinó los datos que consiguieron reunir e intentó deducir el jeroglífico original, el Shem Shemaforash. Al parecer, había una copia de la Mesa, tallada por un antiguo templario, sobre una piedra en un antiguo monasterio visigodo. Himmler se impacientaba. —¿Y lo consiguieron? —Parece que no, Herr Reichsführer; al parecer, tanto el Vaticano como los judíos hicieron trampas y al final no consiguieron nada. Como sabe, Herr Reichsführer, Lotario de Voss, después de ganar la Espuela de Oro luchando contra los sarracenos en Tierra Santa, fue víctima de una oscura conspiración tramada por los templarios y se vio obligado a ejercer la piratería. —Himmler asentía mecánicamente, sólo tenía una vaga idea de aquella historia—. No obstante, al cabo de unos años, los franceses lo apresaron y lo condenaron a muerte, pero el canciller real Nogaret le ofreció perdonarle la vida a cambio de que les arrebatara a los templarios el Arca de la Alianza. —Una reliquia judía, profesor, el depositario de la religión mosaica —comentó Himmler, mordaz. —Una reliquia misteriosa, una máquina de poder que los judíos habían arrebatado a los antiguos egipcios. Himmler asintió complacido al oír de boca del profesor lo que ya sabía. Para la historia oficial alemana, todas estas reliquias judías, la Sagrada Lanza, el Arca de la Alianza, habían pertenecido antes a sociedades arias, eran reliquias arias arrebatadas por los rapaces judíos. —Lotario de Voss, herido de gravedad —prosiguió Ulstein—, comunicó al cónsul veneciano en Túnez, un tal Renzo di Trebia, el paradero de los tabotat del Arca de la Alianza y, gracias a sus informes, Renzo di Trebia les arrebató los tabotat a los templarios. —Un momento —dijo Himmler—, ¿qué son esos tabotat? —Dos piedras mágicas, en las que reside realmente el poder del Arca. Quizá sean las verdaderas Tablas de la Ley. Traemos sus fotografías. En este punto, a un gesto del doctor Ulstein, el joven Rutger extrajo de su cartera de cuero las fotografías que había tomado en la basílica de San Marcos y las extendió ante Himmler. Éste las observó detenidamente con ayuda de una gran lupa. —Entonces tenemos localizadas estas piedras —concluyó Himmler sin disimular su satisfacción. —En realidad no son las piedras auténticas, Herr Reichsführer —admitió Ulstein—. En una primera comunicación, Renzo di Trebia enviaba a la Señoría veneciana las que él creyó que eran las verdaderas reliquias, pero unos meses más tarde supo que eran unas copias falsas que el templario Roger de Beaufort, el asesino de Lotario de Voss, había encargado a un artesano del zoco. —¿Y los verdaderos... cómo se dice? —quiso saber Himmler. —Tabotat, Herr Reichsführer —respondió Ulstein—. El cónsul veneciano, en un segundo informe, que también ha localizado Fritz Rutger, expone su sospecha de que el templario los hubiera ocultado en un cementerio pagano donde también sepultó a Lotario de Voss. —¡Otra vez ese embrollo judío! Tengo sobre la mesa de mi despacho el informe que usted mismo preparó hace meses, profesor Ulstein. En 1912, una comisión en la que figuraban rabinos judíos, representantes del Vaticano e incluso miembros de una secta templaria no logró el Shem Shemaforash. Los dos alemanes que formaban parte de la comisión han muerto ya. Incluso el judío alemán, ese Gerlem, ha muerto. ¿Cómo podremos conseguirlo nosotros? —Ellos no tenían los tabotat, Herr Reichsführer. Basaron su investigación en meras especulaciones sobre un legado histórico denominado la Mesa de Salomón. Ni siquiera estamos seguros de que llegaran a descifrar el Shem Shemaforash. Nosotros tenemos el objeto esencial del Arca; el poder mismo. Himmler reflexionó, las manos en actitud orante. —La Gestapo ha capturado el archivo intacto de uno de los componentes de aquella comisión, un francés llamado Louis Plantard —prosiguió Ulstein—. Hay un informe completo sobre la inscripción del Shem Shemaforash que efectuó ese templario... —consultó sus apuntes—, ese Vergino en un monasterio español. Podríamos acceder fácilmente a ella. —El verdadero poder, el que no teme nada, es compasivo —dijo el judío. —¿Alguien que haya tenido poder ha intentado ser compasivo? —Salomón lo fue. Y algunos imitadores de Salomón. —¿Quiénes? —Esos templarios, cuyas huellas seguimos. Para ellos y para algunas sectas orientales, el poder debe ser un amor que impone las exigencias de la justicia. En eso consistía la sinarquía que buscaron los templarios. Entonces, como ahora, el mundo estaba desgarrado por las guerras. Los templarios idearon un plan para restablecer la armonía, un gobierno mundial que impusiese la justicia y la compasión sin hacer distinciones entre cristianos, musulmanes y judíos, el regreso a la Edad de Oro. Creían que las razas y las familias pertenecen a un grupo común. Turing sacó un cuaderno e hizo una serie de anotaciones a partir de la nota cifrada. Al cabo de unos minutos se incorporó, emitió un suspiro y dijo: —Es una cifra medieval. —¿Una cifra medieval? —Sí, un sistema cifrado que usaron los templarios. Hace mucho tiempo que dejó de emplearse. —¿Puede usted leerla? —preguntó el visitante. —Puedo intentarlo. —Inténtelo, por favor. —Se basa en un dibujo sobre el que se distribuyen las letras —explicó Turing mientras trazaba en su cuaderno una cruz templaría y asignaba letras a distintos ángulos interiores o exteriores. LETRAS • LETRA «U» NÚMEROS + CERO • DOS —Es una antigua cifra monoalfabética, la cifra Pigpen. Con algunas variantes, la utilizaron los masones hasta el siglo XVIII. Turing ordenó el texto descifrado, pero resultaba ininteligible. —¿Qué significa eso? —preguntó Riggulsford. —Puede ser un idioma extraño. —¿Podría ser hebreo? —sugirió el oficial del SIS—. El hombre que lo escribió es judío. —Si es judío, y evidentemente un judío muy culto, puesto que conocía la cifra secreta templaria, podría haber cifrado el texto resultante una segunda vez, para mayor seguridad, por medio del Notarikon. —¿El Notarikon? —se extrañó Riggulsford—. ¿Qué es eso? —Un procedimiento cabalístico. Consiste en desglosar una palabra en varias, formar una nueva a partir de otras o bien tomar las letras que la componen como iniciales de otros nombres. Se ajusta a la lista de las 32 Middot o reglas de interpretación hermenéutica de Rabbi Eliezer. —Hace seis siglos, el rey de Francia y el papa decretaron el exterminio de los templarios. Poco antes de que los apresaran, una flota templaria compuesta por dieciocho navios zarpó de La Rochele y se perdió en el mar. Las naves bordearon Irlanda y vinieron a refugiarse en Kimbry y Castle Swim, cerca del castillo de mi familia. Años después, el 24 de junio de 1314, en la batalla de Bannockburn, Robert Bruce, rey de Escocia, derrotó a Eduardo II de Inglaterra, yerno de Felipe el Hermoso de Francia. Los templarios huidos de Francia combatieron al lado de Bruce como caballeros de la Orden de San Andrés del Cardo. San Andrés es, en realidad, Eliazar, o sea Lázaro, el resucitado, porque la orden templaria resucitó en Escocia. Desde el siglo XVI encabeza la masonería jacobita o estuardista; después, en 1593, Jacobo VI de Escocia fundó la Rosa Cruz, con treinta y dos caballeros de San Andrés del Cardo, y la orden se diluyó en varios grupos masónicos que crearon una selva de rituales y una maraña de extrañas mistificaciones. —Existen dos antiguas sociedades secretas cuyo objetivo consiste en la recuperación del Shem Shemaforash —prosiguió O'Neill—: Lámpara Tapada y el Sionis Prioratus, además, lógicamente, de la Iglesia. La Palabra Secreta constituía el tesoro más preciado de los templarios, pero con la disolución de la orden se perdió, aunque se sospechaba que uno de los últimos templarios, un tal Vergino, pudo recogerla en ciertos diagramas y signos que esculpió en una roca cerca del monasterio donde se había refugiado, en el sur de España. En 1912, el Vaticano, los judíos y los representantes de ciertas dinastías europeas acordaron aunar esfuerzos para encontrar la Palabra Secreta. Con tal fin, una comisión denominada la Sacra Logia Pontificia de los Doce Apóstoles se desplazó al antiguo monasterio de Vergino. —Porque no existe ya. La Gran Guerra disolvió el proyecto de los Doce Apóstoles, pero después de la contienda, el Sionis Prioratus localizó la Piedra del Letrero. La inscripción de Vergino estaba borrada. —¿Quiere esto decir que los alemanes andan a ciegas? —No, me temo que no. Los alemanes ocupan gran parte de Europa y están en París. Tienen a su alcance, si saben buscarlos, los papeles de la Ordem Soberana do Templo de Jerusalem, cuyo gran maestre, Louis Plantard, perteneció también a Lámpara Tapada. Es posible que ahí encuentren algo. A mediodía, una furgoneta de la Gestapo descargó un gran cajón de madera en el vestíbulo de la sinagoga. —¿Qué es esto? —Los enseres y los libros de... —el hombre consultó el albarán—, del profesor Plantard. Zumel los había pedido sin gran esperanza de encontrarlos pero resultó que estaban depositados en los fondos de los archivos nacionales, todavía sin clasificar a causa de la guerra. Con ayuda de Kolb desclavó la tapa. Dentro había una raída maleta de cuero y tres pilas de libros y carpetas que contenían cientos de papeles amarillentos. Intuyó lo que podía contener la maleta, por eso no quiso abrirlo. —Todo este material es muy necesario. Será mejor que lo subamos al taller. Von Kessler se había dado cuenta del interés del judío por la maleta. —Primero abriremos la maleta —decidió—, quizá sólo contenga ropa vieja. Burrho la depositó pesadamente sobre la mesa del centinela y manipuló los pestillos. —Está cerrada, Hauptsturmführer. —Ábrela. Con ayuda de una bayoneta hizo saltar los cierres. Von Kessler la abrió. Contenía una túnica de lino blanca. Al desdoblarla apareció entre sus pliegues un rectángulo de chapa dorada adornado con doce piedras distintas dispuestas en cuatro filas de a tres. Unas cadenitas igualmente doradas pendían de cada uno de los ángulos. —¿Qué es esto? —inquirió Von Kessler. —Es el pectoral del Sumo Sacerdote —dijo Zumel. Kessler se lo entregó. Era pesado y frío. En el reverso había una manecilla giratoria de hierro con un mineral fosforescente en la punta. Brillaba en la penumbra de la sala. —¿Qué sentido tiene esto? —la señaló Von Kessler. —Es una máquina para predecir la voluntad de Dios, o para provocarla —murmuró el judío. Zumel acariciaba el objeto, fascinado. Era solamente una reconstrucción decimonónica, pero quizá la habían realizado sobre cierta documentación precisa que la Logia de los Doce Apóstoles poseyera en su tiempo. —Cada piedra preciosa es un signo del alfabeto de árboles —recordó Zumel—, pero también representa una tribu de Israel. Comienza por el sardo rojo edomita para Rubén y sigue de izquierda a derecha hasta el ámbar de Benjamín. EPÍLOGO Los únicos archivos occidentales donde podían encontrarse referencias a la Operación Jericó, los del Departamento de Operaciones Especiales SOE, se destruyeron por orden del Ejecutivo en 1946, cuando el gobierno británico suprimió aquel departamento. Sin embargo, un informe de Himmler acerca de la Operación Jericó apareció en la revista impresa a ciclostil Rodina (Kiev, abril-mayo de 1998). El informe consta de cinco folios, está fechado en abril de 1944, y procede de los archivos capturados por los soviéticos en 1945 en las ruinas de Berlín. Estos documentos permanecieron embalados en cajas, en los sótanos de los Archivos de la Gran Guerra Patriótica, en Moscú, hasta que el gobierno ruso autorizó su consulta, en 1997. Agradecemos a la historiadora Ludmila Sajanova la información sobre este asunto.

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
Proyecto Parnaseo (1996-2018)
FFI2014–51781-P