Sánchez Goyanes, Ángeles

La concubina del diablo

Barcelona, Áltera, 2001

Ángeles Sánchez Goyanes nació en Madrid en el año 1966. Es Diplomada en Turismo, historiadora y editora de diversas publicaciones en red.

La concubina del diablo (2001) El maestro envenenador (2009)

Antes de ser ajusticiada, Juliette accede a que el padre DiCaprio la escuche en confesión. Entre la ironía y el dolor, y ante la estupefacción del sacerdote, los recuerdos de Juliette se sitúan en 1212, año en el que su familia y la de Geniez fueron asesinadas, víctimas de la cruzada contra los cátaros. Sólos en el mundo, Geniez y Juliette decidieron marchar hacia Montpellier, pero las noticias de la cruzada liderada por Etienne de Cloyes enardecieron el espíritu de Geniez, y Juliette tuvo que seguirlo hasta Marsella, donde se embarcaron en una de tantas naves que nunca llegaron a Jerusalén. Vendida como esclava en Alejandría, Juliette recibirá la misteriosa ayuda de Shallem, un ángel que pretende entregarla a Eonar para comprar el perdón de sus hermanos. Sin embargo, antes de cerrar el pacto, Shallem decidirá quedarse con ella. Junto a él y Cannat, y huyendo de las aterradoras apariciones de Eonar, la vida de Juliette transcurrirá en la Francia medieval, la Florencia renacentista y la América desconocida, e irá cambiando de cuerpo sin que el paso del tiempo haga mella en su amor hacia Shallem. Sin embargo, éste cada vez se mostrará más distante, pues anhela reencontrarse con el Dios que lo castigó. Con cada cambio físico, el alma de Juliette se irá degradando, y cuando Shallem logre el perdón de su Padre, ella se atribuirá unos crímenes que no ha cometido para que su alma descanse en paz. Este será el relato que escuche el padre DiCaprio justo antes de que Cannat la salve de la justicia de los hombres: Shallem volverá, y ella debe esperarlo.

Gothic novel

Catarismo-Cruzada cátara Etienne de Cloyes-Cruzada de los niños Florencia del cinqueccento Mundo sobrenatural-gótico-brujería

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Christian DiCaprio

Sacerdote nacido en Springfield, aunque de ascendencia italiana, que solicitará asistir en confesión a Juliette. El padre DiCaprio escuchará asustado y perplejo el relato de la condenada, si bien cada vez la curiosidad por sus palabras irá siendo mayor, y el relato de Juliette será interrumpido por sus preguntas. Ante la aparición de Cannat, DiCaprio quedará aterrorizado y al borde de la insania.

Juliette Cressé

Hija de campesinos aventajados del Languedoc. La cruel muerte de su familia y el sufrimiento que debió de soportar en una época convulsa convirtieron a Juliette en una mujer consciente de su diferencia frente a una humanidad a la que detestaba. Sola en el mundo, Julietse sintió en el amor de Shallem el único motivo para vivir o morir, a pesar de que su alma fue enfermando con el paso de los siglos.

Geniez

Hijo de Monsieur de Saint-Ange y amigo de Juliette. Geniez tenía una disposición para los conocimientos que lo hubiera llevado a estudiar en Montpellier, pero el paso por la escuela catedralicia de Reims lo convirtió en un místico fanático y deseoso de emular a su hermano Paul. Tras la muerte su familia, convencerá a Juliette para embarcarse en la cruzada de los niños, donde ambos se separarán para siempre.

Shallem

Ángel exiliado por desobedecer las órdenes divinas y apartado del resto de sus hermanos por Eonar. Shallem es un ser inmortal investido de enormes poderes que debe vivir entre los hombres, a los que detesta. Inmensamente bello y seductor, Shallem está marcado por el sufrimiento infinito de haber perdido la gracia divina y de no poder contemplar a su padre, lo que lo hundirá en épocas de angustia y silencio.

Cannat

Hermano de Shallem, al que lo une un amor infinito e insustituible. Cannat disfruta viviendo entre los hombres y sus pequeños placeres, y gusta de sorprenderlos, atemorizarlos o conquistarlos haciendo gala de sus poderes. Dios de distintas civilizaciones, Cannat puede llegar a ser despiadado y cruel, pero cuidará de Juliette y le abrirá los ojos a la realidad, y temerá que Shallem no reciba el perdón divino.

Eonar

Líder de los ángeles exiliados. Eonar expulsó a Shallem de la zona en la que Dios los había recluido, y Shallem le llevó a Juliette para ganarse su perdón, pero acabará quedándose con ella y suscitando la ira de Eonar. Aunque odia a los hombres, Eonar ansía tener un hijo con una humana, y la envidia que siente hacia el amor entre Juliette y Shallem lo llevarán a abusar de ella para engendrar a Chretien.

Cyr

Hijo de Juliette y Shallem. Retenido en el momento de su nacimiento, Shallem no podrá convertir a Cyr en un ser inmortal, por lo que sus padres temerán que Eonar quiera vengar sobre él la muerte de Chretien. Aunque Shallem siempre lo quiso, Cyr se sentirá desatendido y se rebelará violentamente contra él, recordándole al ángel su propia rebeldía contra Dios. A la edad de siete años, Cyr será asesinado por Eonar.

Dolmance de Grieux

El dueño de la mayor fortuna de Orleans se encontrará casualmente con Juliette, tras haber sido ésta expulsada del convento, y le propondrá un pacto beneficioso para ambos: el matrimonio. Dolmance ocultará así su homosexualidad ante la sociedad, y se convertirá en un compañero culto y fiel para Juliette, y en un buen padre para Chretien, hasta éste se vuelva contra él y lo asesine.

Chretien

Hijo de Eonar y Juliette. Chretien es un hijo inmensamente bello e inteligente, capaz de seducir a todos los que lo rodean. Sin embargo, a los seis años Eonar lo visitará y tomará conciencia de su condición, lo que lo llevará a convertirse en una bestia para Juliette y Dolmance, cuyos negocios heredará y manejara. Intentará matar a su propia madre, por lo que Shallem no tendrá más remedio que asesinarlo.

Jean Pierre

Joven mendigo de París al que Juliette y Shallem adoptarán. Jean Pierre sabrá ganarse el cariño y la admiración de Shallem, pues es un guía, un alma que ya ha obtenido la salvación pero ha querido permanecer en la tierra para tratar de ayudar a los hombres. Los tres disfrutarán de una feliz existencia familiar, pero Jean Pierre será asesinado por unos salteadores, motivando la cruel y colérica venganza de Shallem.

Leonardo di Buoninsegna

Talentoso y atractivo pintor florentino. Leonardo, que se dice enamorado de Juliette, la seguirá y la espiará por toda la ciudad, y ella le pedirá que desaparezca para no provocar los celos de Shallem. Sin embargo, Leonardo es en realidad hijo de Cannat, y tiene la facultad de leer en el alma humana. Su padre pondrá fin a su existencia para conseguir el poder necesario para enfrentarse a Eonar.

Aunque existían diferentes movimientos reformistas en el seno de la iglesia, era el catarismo, que había nacido en Albi, muy cerca de nosotros, la herejía por antonomasia, la que había arraigado fuertemente entre las clases populares del Languedoc gracias a sus promesas de igualitarismo y tolerancia respecto al cumplimiento de los preceptos. Se puede decir que, a pesar del poco entusiasmo que yo mostraba por la religión, había llegado a resultarme atractiva y misteriosa aquella visión que propugnaba de un mundo concebido como un eterno enfrentamiento entre dos principios igualmente poderosos, el bien y el mal. Geniez me lo recriminaba continuamente. Pero su padre, sin embargo, no sólo era tolerante con la innovación religiosa, sino que más de una vez convirtió el castillo de Saint-Ange en lugar de predicación de los prefectos del catarismo (13). - La vida y milagros de Etienne de Cloyes se fue desgranando de entre los labios de los labradores -prosiguió ella, sentada relajadamente frente al sacerdote-. Había nacido en Cloyes, Orleans. Era un humilde pastor de no más de doce años. Cristo, decía, se le había aparecido en el monte mientras cuidaba de sus ovejas y le había dado sus divinas instrucciones. “Hijo mío -le habría dicho-, tú has sido elegido para la más grande empresa que hayan visto los pueblos pasados y podrán ver los venideros. Esto es lo que te ordeno: ve a París y allí solicita audiencia con el rey Felipe Augusto, a quien entregarás la carta que he de darte. Si él no te escuchara, habrás de predicar mi palabra por cada pueblo de Francia hasta que hayas conseguido reunir un ejercito de niños. Os dirigiréis luego hasta la ciudad de Marsella, sin más armas o bienes que el verbo con el que te instruyo. Y yo te digo que, al igual que las aguas del mar Rojo se abrieron para permitir el paso del pueblo elegido, así se separaran las aguas del mar Mediterráneo para permitir el vuestro; que llegaréis a Tierra Santa, donde el milagro habrá tornado a los lobos en corderos y rendirán a vuestros pies mi Santo Sepulcro. De este modo logrará la inocencia de mis bienamados niños lo que jamás las armas de los guerreros no han conseguido (21). Con una comprensión metafísica supe que había abandonado mi cuerpo y que éste yacía en indefensa soledad en un templo perdido en algún punto del Nilo. Pero no me importó demasiado. No. No me importó en absoluto. Fue sólo un pensamiento fugaz. Un conocimiento de los muchos que aprehendí con sobrenatural clarividencia tan pronto me encontré libre de ataduras carnales. Yo era yo, pero no era carne, sino algo así como una réplica inmaterial de mi cuerpo. Quizá no mi más pura esencia, mi espíritu, sino algo de lo que éste formaba parte. Como el Ka en que los antiguos egipcios creían. Ellos pensaban que el ser humano se compone de cuatro elementos: el cuerpo; el ka, un doble intangible del cuerpo; el ba, comparable al alma; y el khu, la chispa de la llama divina. Sin embargo, Shallem no era intangible. Me había abrazado a él sin ninguna dificultad y podía sentir los enérgicos latidos de su corazón bajo mi oído. Noté cómo intentaba separarme de sí, cómo sus manos me cogían por los hombros y me hacían girar hacia una visión maravillosa, para luego alejarse de mí sin que ya apenas me diera cuenta de ello. Entonces fui testigo del mayor prodigio que yo hubiera presenciado hasta aquel día: un ángel inenarrablemente hermoso apareció ante mí, levitando a unos centímetros del suelo, rodeado de un halo de oro resplandeciente (43). Marsella no había cambiado demasiado. Había abundantes empleos para quien supiese hacer algo, cualquier cosa. Pero no había nada que yo supiese hacer. Busqué trabajo en las tabernas, como camarera, en los talleres y tiendas, como vendedora. Pero lo único que conseguía eran impertinentes insinuaciones. Las cruzadas y el monacato eran las salidas de que un hombre sin dinero disponía en aquellos días. ¿Y una mujer? La prostitución o el convento. Esta última opción fue la que tomé. Una de las camareras de la posada en que me alojaba me había sugerido tal idea. Ella conocía uno apropiado en Orleans, en el que una tía suya llevaba viviendo cuarenta y siete años. Era pequeño, de regla rigurosa, y no era imprescindible dote para ingresar en él. Justo lo que necesitaba. Pero, ¿me encontraría Shallem en un convento? Me encargaría de ello, dejaría un buen rastro tras de mí, por si acaso sus medios sobrenaturales no le bastaban para hallarme tan oculta. ¿Qué otra cosa podía hacer? (63). -Mi querida amiga, en este mundo de hipocresía social en el vivimos los amores entre Adriano y Antinoo en lugar de conmovedores y hermosos, como deberían, se encuentran sucios y despreciables. Digamos que necesito dar una imagen de mí mismo más convencional y tolerable por la sociedad. Mis negocios y mi estatus social así me lo exigen, y he llegado a una edad en la que no lo puedo demorar más. Estoy a punto de ser presentado a ciertas puritanas personas de la alta sociedad cuya amistad podría reportarme considerables beneficios. Mi matrimonio acabará con los sucios chismorreos que indudablemente han demorado su visita a mi casa. ¿Me explico? (73). Cuando le bañaba, pues a él aún le gustaba que lo hiciese, registraba su cuerpo su cuerpo en busca de la marca, de la señal de la bestia que no había podido encontrar donde el Apocalipsis indica, esto es, en la mano derecha y en la frente. El 666 no aparecía por ninguna parte, ni tampoco cualquier otra marca extraña. “El que tenga inteligencia calcule el número de la bestia, porque es número de hombre”, dice San Juan. Naturalmente, entonces yo ignoraba por completo que la bestia a la que se refiere fuera el Imperio Romano, o que el 666 fuese la clave gemátrica que esconde el nombre de Nerón, prototipo del perseguidor de cristianos. El oscurantismo religioso se alimentaba de cábalas, enigmas, promesas infernales e incomprensibles parábolas en latín. La literalidad era la norma a seguir. Y yo lo creía a pies juntillas. Mi hijo era el hijo del dragón y, sin duda, llevaba su marca, seguro. Sin embargo, no era así. Reconocí las zonas más ocultas de su cuerpo, palpé bajo su cabello. No había señal alguna que encontrar (79). Un día Cannat apareció con la última edición del que era el libro más leído en aquellos tiempos, un auténtico éxito de la época. Maleus Maleficarum o Martillo de las brujas, era su título. Una obra escrita por dos dominicos, que sistematizaba las anteriores aportaciones de los manuales inquisitoriales sobre lo que debía saberse en materia de brujas y la forma de combatirlas. Para el pensamiento culto, el poder de las brujas, a quienes designaba con el nombre latino de maleficae, procedía del demonio. La bruja se había entregado a su poder. Se había convertido en su sierva mediante el “pacto satánico”, expresado en una señal que “el príncipe de las tinieblas” había marcado con una uña en el cuerpo de su nueva vasalla. En este sentido, la brujería era el peor de los pecados, puesto que implicaba la deliberada apostasía de la verdadera fe. Durante generaciones, lls inquisidores y las autoridades civiles persiguieron a los sospechosos de brujería aplicando estos criterios. Aquel escrito arrancaba de Shallem carcajadas irreprimibles, y no digamos de Cannat, quien, poco a poco, y pacientemente, mientras Shallem se distraía con él o con otros parecidos, me fue explicando la verdad sobre todas las cosas (148). -A pesar de los numerosos viajes que hacíamos fuera de Florencia, la ciudad acabó por aburrirles. Cannat no hacía más que hablar de un incógnito lugar en América, donde los europeos aún no habían llegado y donde él era conocido entre los indígenas como un dios vivo. Hastiado de las masivas oleadas de humanos que colapsaban las calles de nuestra pequeña ciudad, Shallem no le dio a Cannat el trabajo de convencerle. Ni tampoco yo. Abandonamos Florencia a los cinco años del nacimiento de nuestro hijo. Sólo lamenté una cosa: la pérdida de Leonardo (222). Cuando Shallem y yo nos alzamos en el aire, las piedras de la ciudad abandonada volvieron a su origen en el vientre de la Madre Tierra. -¿Quiere decir que provocó un terremoto? -intervino, fascinado, el confesor. -Así es -respondió la mujer. -¡Oh! -exclamó él-. ¿Y la ciudad desapareció íntegramente? -No. Algún resto debió quedar. Pero las pirámides, los templos, las cabezas, las estatuas, todo cuando había sido erigido en las cercanías del estanque desapareció para siempre (255). Empecé a reírme con una risilla histérica, blasfema. Cannat echó a andar conmigo de la mano, sorteando las jarcias dispersas por todas partes. Se detuvo junto a un cuerpo sangrante, que alzó la cabeza al percibir su proximidad, y que murmuraba, vanamente, unas frases incomprensibles. -Una fiesta encantadora, Herr Adler. Nuy original -se burló Cannat, con su voz más fresca y jubilosa-. Pero temo que ahora habrá de dispensarnos si le dejamos tan temprano. Nos ha fatigado tanto alboroto. Y de improviso, me di cuenta de que mis pies habían perdido el apoyo de la cubierta del barco; mejor dicho, de que el barco había desaparecido bajo ellos Y Cannat me sostenía entre sus brazos. Tuve la fugaz visión de un barco cayendo e incrustándose entre las blandas arenas de un desierto que serviría de lecho eterno a Otto Adler y a los pocos que no habían muerto por el camino, y donde nunca jamás sería descubierto por el ojo humano. O, tal vez, sí. Yo estaba arrebatada. Es posible que continuase riéndome enloquecida. No lo recuerdo bien. -¿He alcanzado tus expectativas? -me preguntó Cannat. - Las has superado -le contesté con la voz quebrada, orgullosa de él, y con las mejillas encendidas por la excitación.

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
Proyecto Parnaseo (1996-2018)
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