Asensi, Matilde

El último Catón

Barcelona, Plaza & Janés, 2001

Matilde Asensi Nació en Alicante. Cursó estudios de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona y trabajó durante tres años en el equipo de informativos de Radio Alicante-SER. Después Pasó a RNE como responsable de los informativos locales y provinciales, ejerciendo simultáneamente como corresponsal de la agencia EFE, y colaborando con los diarios provinciales La verdad e Información.

El salón de ámbar (1999) Iacobus (2000) El último Catón (2001) El origen perdido (2003) Peregrinatio (2004) Todo bajo el cielo (2006) Tierra firme (2007)

Una visita inesperada interrumpe el trabajo de la doctora Ottavia Salina en el Archivo Secreto del Vaticano: ha sido elegida para investigar, junto con el capitán Glauser-Röist, la existencia de unas extrañas cruces escarificadas en el cuerpo de un etíope fallecido en un accidente. Sin más pistas ni indicaciones, Ottavia logrará vincular tales marcas con una secta que se considera descendiente de los protectores de la Vera Cruz, pero su curiosidad acabará apartándola del Vaticano. Sin embargo, cuando se disponga a iniciar una nueva vida en Connaught, será de nuevo requerida: el capitán Kaspar ha asumido la dirección de la misión, y quiere que ella y el profesor Boswell formen parte de su equipo. Los ligna crucis de todo el mundo están desapareciendo, y ellos tendrán que detener a la secta de los staurofílakes para devolver las reliquias a sus lugares de origen. A través de la iglesia de santa Lucía y con la Divina comedia como guía, Ottavia, Farag y Kaspar accederán a un Purgatorio a muy especial, donde tendrán que superar una prueba en cada una de las siete ciudades que representan los pecados capitales: Roma, Rávena, Jerusalén, Atenas, Constantinopla, Alejandría y Antioch. Al final de cada una de las pruebas serán marcados con las cruces de los staurofílakes, y tras la prueba en Antioch, despertarán en el Parádeisos, un lugar bajo la tierra donde los staurofílakes han desarrollado su propia civilización. Perseguidos y cada vez con menos miembros, decidieron que el acceso a su escondite quedaría codificado en la Commedia de Dante, uno de los suyos. Y ahora, como históricos guardianes, pretendían recuperar los fragmentos de la Vera Cruz. Tras permanecer un tiempo en Parádeisos, y con el acuerdo de no delatar a los staurofílakes ante el Vaticano, Farag y a Ottavia iniciarán una prometedora vida en el exterior, pero el capitán Kaspar, decidirá quedarse en Parádeisos. Cinco años después, la pareja recibirá una invitación para la ceremonia de proclamación del nuevo líder staurofílake: Glauser-Röist ha sido designado para convertirse en el Catón número CCLVIII

Novela de indagación histórica

Libro medieval como guía (Commedia de Dante) Numerología medieval Cosmología Fuego Griego Divina Comedia Fidei d´Amore

Notas enciclopédicas, léxicas y bibliográficas

http://www.plaza.es/asensi/caton/home%20c.htm http://usuarios.lycos.es/ferrandiz/salt0404.htm http://www.elamaule.cl/admin/render/noticia/8749 http://hemeroteca.elconfidencial.com/encasa1/indice.asp?sel=182 http://www.elcultural.es/Historico_articulo.asp?c=1695

Ottavia Salina

Monja siciliana de la Orden de la Venturosa Virgen María y directora del Laboratorio de restauración y paleografía del Archivo Secreto Vaticano. Ottavia, mujer cínica, orgullosa y de inteligencia privilegiada, conocerá durante su investigación los oscuros asuntos en los que se halla envuelta su familia, y tendrá que hacer frente también a una pasión vetada por su condición monástica: el amor.

Pierantonio

Hermano mayor de Ottavia. Pierantonio pertenece a la Orden Franciscana y es Custodio en Tierra Santa. A pesar de la buena relación que lo une a su hermana, a la que siempre parece tratar como a una niña, Pierantonio sí conoce las actividades delictivas de su familia, y también esconde algunos secretos, motivo de su aversión al capitán Glauser-Roïst: traficó con obras de arte para obtener fondos para so orden.

Kaspar Glauser-Röist

Capitán de la Guardia Suiza Vaticana. Kaspar es un hombre misterioso e impenetrable, de duro aspecto y de disciplina marcial, encargado de solucionar los asuntos sucios del Vaticano. A pesar del temor que inspira en la gente, Kaspar espera que esta sea su última misión y pueda retirarse a pasar sus días en las orillas del lago Leman, dedicado a cultivar la tierra.

Farag Boswell

Copto católico, experto en idiomas, que trabaja en el Museo Grecorromano de Alejandría. Farag resulta ser un hombre de gran inteligencia, pero también un hombre galán y seductor al que no podrá resistirse la doctora Ottavia. A pesar de la precaria situación en Alejandría para los no musulmanes y de los consejos de su padre, Farag y Ottavia decidirán instalarse como pareja en esa ciudad.

Filippa Zafferano

Madre de Ottavia. Filippa es una mujer de carácter que orientó la vocación religiosa de sus hijos y les ocultó la verdad sobre la familia. Por Doria, Ottavia sabrá que Filippa es ahora el don de Sicilia, pues su ambición y soberbia condujeron a su marido, un simple campieri, a ascender en los entresijos del poder. Para Filippa, sus hijos religiosos su la compensación y la salvaguarda por sus muchos pecados.

Doria Sciarra

Agregada cultural de la embajada italiana en Turquía. Doria, que conoce y odia a Ottavia desde la infancia, es requerida para ayudarlos a en su prueba en Constantinopla, pero las antiguas desavenencias saldrán a flote. Doria intentará herir a Ottavia revelándole que tanto los Sciarra como los Salina son familias pertenecientes a la Cosa Nostra, y que la reciente muerte de su padre no fue debida a un accidente.

Catón CCLVII

Líder de los staurofílakes. El penúltimo de los Catones, que aparece rodeado de un halo de benevolencia y respetabilidad, se muestra más que confiado con sus nuevos huéspedes: sabe que la gente que pasa las pruebas iniciáticas y que conoce Parádeisos cumple requisitos intelectuales y morales que los aleja de tales ideas. En todo momento, Catón será un líder respetable y un anfitrión más que generoso.

Khutenptah

Encargada de las aguas en Parádeisos. La bella mujer, con la que el capitán Glauser-Röist pronto congeniará y por la que, en parte, decidirá quedarse con en Parádeisos, llama la atención a la doctora Salina, que cree haberla vista anteriormente. En realidad, Khutenptah guarda una relación de asombroso parecido con una joven que forma parte del impenetrable pasado de Glauser-Röist.

Butros Boswell

Padre de Farag, que se reencontrará con él durante la prueba de Alejandría. El anciano Butros, que aún mantiene rasgos de su bellaza juvenil, aún arrastra el dolor provocado por el asesinato de uno de sus hijos y de su nieto. Es por ello que anima a Farag a salir de Alejandría y a residir y buscar un trabajo en cualquier lugar del mundo donde no ser musulmán no suponga un peligro

Muguleta Mariam

Capitán de la nave que llevara a los aventureros hasta Antioch, aldea etíope donde les espera la última prueba iniciática, que para Mariam es una prueba santa. Será él quien repare en que el capitán Kaspar presenta una marca que no tienen Ottavia ni Farag, por lo que es «dos veces santo»: su espalda muestra una pluma escarificada que vaticina su futuro especial.

Pero la época de angustia no había terminado. Sólo nueve años después, en el 637, otro poderoso ejército llegó hasta las puertas de Jerusalén: los musulmanes, comandados por el califa Omar. Para entonces la hermandad contaba con un nuevo Catón, el trigésimo séptimo, llamado anteriormente Anastasios, quien decidió que no había que quedarse quieto viendo llegar el peligro. Cuando las primeras noticias de la nueva invasión empezaron a circular por la ciudad, Catón XXXVII envió una avanzadilla de notables staurofílakes para negociar con el califa. El pacto se firmó en secreto, y la seguridad de la Vera Cruz quedó garantizada a cambio de la colaboración de la hermandad en la localización de los tesoros cristianos y judíos cuidadosamente escondidos en la ciudad desde que se había conocido la proximidad de los musulmanes. Omar cumplió su palabra y los staurofílakes también. Durante muchos años hubo paz y la convivencia entre las tres religiones monoteístas (cristiana, judía y musulmana) fue buena. A lo largo de este tranquilo período, la hermandad sufrió profundas transformaciones. Aleccionados por la pérdida de la Vera Cruz durante la invasión persa y por el buen resultado de su acuerdo posterior con los árabes, los staurofílakes, convencidos como nunca de que su estricta y simple misión era la seguridad de la Madera Santa, se fueron haciendo más reservados, más independientes de los Patriarcados, más invisibles y también mucho más poderosos. Entre sus filas comenzaron a militar hombres de las mejores familias de Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Atenas, y también de las ciudades italianas de Florencia, Rávena, Milán, Roma... Ya no eran un grupo de forzudos dispuestos a comerse a los peregrinos que osaran tocar la Vera Cruz. Eran hombres preparados e inteligentes, más militares y diplomáticos que diáconos o monjes. ¿Cómo lo habían conseguido? Pues haciendo aquello que ya Catón II propuso en el siglo IV: establecieron una serie de requisitos de ingreso. Los nuevos aspirantes tenían que saber leer y escribir, dominar el latín y el griego, conocer las matemáticas y la música, la astrología y la filosofía, y, además, superar determinadas pruebas físicas de resistencia y fuerza. Los staurofílakes se convirtieron, poco a poco, en una institución importante y desvinculada, siempre atenta a su singular misión (103-104). Según narraba en su crónica Catón LXXII –el septuagésimo segundo-, algunos de los hermanos se infiltraron entre los cruzados para poder vigilar los movimientos de la Madera. Su miedo era que cayera en manos musulmanas durante alguna batalla o escaramuza, pues los árabes y los turcos conocían perfectamente el significado que tenía para los latinos y sabían que, arrebatándosela, mermarían sus victorias. En aquella misma época (en torno al año 1150), otros grupos de staurofílakes partieron rumbo a las principales ciudades cristianas de Oriente y Occidente. Su plan era establecer relaciones con gentes influyentes y poderosas de manera que pudieran mediar en favor de la hermandad o, llegado el caso, exigir la devolución de la reliquia. Aquellos que partieron, con el tiempo, entraron en contacto con algunas de las muchas organizaciones y órdenes religiosas de carácter iniciático que proliferaban en la Europa medieval y cuyas bases estaban firmemente asentadas en el cristianismo: desde los templarios europeos y los cátaros, hasta la Fede Santa, la Massenie du Saint Graal, el Compagnonnage, los Minnesänger o los Fidei d´Amore, casi todos fueron contactados por los staurofílakes, produciéndose intercambios de información y militancias comunes (muchos staurofílakes entraron en estas órdenes u organizaciones y viceversa). Reclutaron también a muchos de los jóvenes más destacados y principales de las ciudades en las que se habían asentado, con el objeto de que madurasen a la sombra de la hermandad antes de ocupar las posiciones de poder que les estaban destinadas por familia y nacimiento, pero para estos muchachos ser guardianes de la Vera Cruz era algo intangible; la Madera Santa continuaba radicada en Jerusalén y Jerusalén quedaba demasiado lejos. Muchos de ellos abandonaban la hermandad a los pocos años de haber entrado y fue, precisamente, uno de estos prófugos quien comunicó a las autoridades eclesiásticas de Milán todo lo que sabía sobre los staurofílakes. Para aquel jovenzuelo su delación no tuvo la menor importancia, su vida no se vio alterada y no volvió a recordar el asunto. Un año después, sin embargo, en Jerusalén y Constantinopla, los miembros de la hermandad, incluido Catón LXXV, fueron detenidos en sus casas y llevados a prisión, donde se les recordó que eran excomulgados y que su hermandad había sido disuelta cien años atrás por Godofredo de Bouillon, por lo que se les consideraba relapsos y, por tanto, reos de muerte. Todos, sin excepción, fueron ajusticiados (107-108). -Doctora, profesor... –empezó la Roca, obligándonos a tomar asiento apresuradamente para prestarle atención-. Tengo entre las manos un libro, una especie de guía de viaje, que nos va a llevar hasta el Paraíso Terrenal. -¡No me diga que los staurofílakes han publicado una Baedeker! –comenté con sorna. El capitán me fulminó con la mirada. -Algo parecido –repuso, girando el volumen para mostrarnos la portada. Por un instante, Farag y yo nos quedamos en suspenso, sin decir nada, tan sorprendidos por lo que veíamos como un par de colegiales ante una ceremonia vudú. -¿La Divina Comedia de Dante? –me extrañé. O el capitán se estaba riendo de nosotros, o, lo que era peor, se había vuelto completamente loco. -La Divina Comedia de Dante, en efecto. -Pero... ¿la de Dante Alighieri? –preguntó Farag, más asombrado que so, si cabe. -¿Acaso hay alguna otra Divina Comedia, profesor? arguyó Glauser-Röist. -Es que... –balbució Farag, mirándole con incredulidad-. Es que, capitán, reconozca que no tiene mucho sentido –se rió bajito, como si acabara de escuchar un chiste-. ¡Venga, Kaspar, no nos tome el pelo! Por toda respuesta, Glauser-Röist se sentó sobre mi mesa y abrió el libro por la página que tenía una marca adhesiva de color rojo. -Purgatorio –recitó como un escolar aplicado-. Canto I, versos 31 y siguientes. Dante llega con su maestre Virgilio a las puertas del Purgatorio y dice: Vi junto a nosotros a un anciano solitario, digno al verle de tanta reverencia, que más no debe a un padre su criatura. Larga la barba y blancas las greñas llevaba, semejante a sus cabellos, que al pecho en dos mechones le caían. Los rayos de las cuatro luces santas llenaban tanto su rostro de luz, que les veía como al Sol de frente. El capitán nos miró, expectante. -Muy bonito, sí –comentó Farag. -Poético, sin duda –confirmé yo, cargada de cinismo. -¿Pero es que no lo ven? –se desesperó Glauser-Röist. -Pero ¿qué es lo que quiere que veamos? –exclamé. -¡Al anciano! ¿Es que no lo reconocen? –ante nuestras miradas atónitas y nuestros gestos de total incomprensión, el capitán suspiró resignadamente y adoptó un aire de paciente profesor de escuela primaria-. Virgilio obliga a Dante a que se postre frente al anciano respetuosamente y el anciano les pregunta quienes son. Entonces Virgilio se lo explica y le dice que, a petición de Jesucristo y de Beatriz (la amada muerta de Dante), le está mostrando a éste cómo son los reinos de ultratumba –pasó una página y volvió a recitar: Ya le he mostrado la gente condenada; y ahora pretendo las almas mostrarle que se purifican bajo tu mandato. Dígnate agradecer que haya venido: busca la libertad, que es tan preciada, como sabe quien a cambio dio su vida. Tú lo sabes, pues por ella no fue amarga tu muerte en Útica; allí dejaste tu cuerpo que radiante será un día. -¡Útica! ¡Catón de Útica! –grité-. ¡El anciano es Catón de Útica! -¡Por fin! Eso era lo que quería que descubrieran –explicó Glauser-Röist-. Catón de Útica, el que dio nombre a los archimandritas de la Hermandad de los Staurofílakes, es el guardián del Purgatorio en la Divina comedia de Dante. ¿No les parece significativo? Ya saben que la Divina Comedia está compuesta de tres partes: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Cada una de ellas se publicó por separado, aunque formando parte del conjunto. Observen las coincidencias entre el texto del último Catón y el texto dantesco del Purgatorio –pasó hojas hacia delante y hacia atrás, y buscó sobre mi mesa la copia transcrita del último bifolio del Códice Iyasus-. En el verso 82, Virgilio le dice a Catón: «Deja que andemos por tus siete reinos», pues Dante debe purgar los siete pecados capitales, uno en cada círculo o cornisa de la montaña del Purgatorio: soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria –enumeró. Luego cogió la copia del bifolio y leyó-: »La expiación de los siete graves pecados capitales se realizará en las siete ciudades que ostentan el terrible privilegio de ser conocidas por practicarlos perversamente, a saber, Roma por su soberbia, Rávena por su envidia, Jerusalén por su ira, Atenas por su pereza, Constantinopla por su avaricia, Alejandría por su gula y Antioquía por su lujuria. En cada una de ellas, como si fuera un purgatorio sobre la tierra, penarán sus faltas para poder entrar en el lugar secreto que nosotros, los straurofílakes, llamaremos Paraíso Terrenal». -¿Y la montaña del Purgatorio de Dante tiene en su cima el Paraíso Terrenal? –preguntó Farag, interesado. -En efecto –confirmó Glauser-Röist-, la segunda parte de la Divina Comedia termina cuando Dante, después de purificarse de los siete pecados capitales, llega al Paraíso Terrenal, y desde allí ya puede alcanzar el Paraíso Celestial, que es la tercera y última parte de la obra. Pero, además, escuchen lo que el ángel guardián de la puerta del Purgatorio le dice a Dante cuando este le suplica que le deje pasar: Siete P, con la punta de la espada en mi frente escribió: «Lavar procura estas manchas –me dijo- cuando entres» »Siete P, una por cada pecado capital! –siguió diciendo el capitán-. ¿Lo entienden? Dante se verá libre de ellas, una por una, a medida que vaya expiando sus pecados en las siete cornisas del Purgatorio y los staurofílakes marcan a los adeptos con siete cruces, una por cada pecado capital superado en las siete ciudades. Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso Dannte había sido un staurofílax? Sonaba un poco absurdo. Tenía la sensación de que navegábamos sobre aguas turbias y de que estábamos tan cansados que carecíamos de perspectiva. -Capitán, ¿cómo está tan seguro de lo que afirma? –pregunté sin poder evitar que todas esas dudas se reflejaran en mi voz. -Mire, doctora, conozco esta obra como la palma de mi mano. La estudié a fondo en la universidad y puedo garantizarle que el Purgatorio de Dante es la guía Baedeker, como usted ha dicho, que nos llevará hasta los staurifílakes y los Ligna Crucis robados. -Pero ¿cómo puede estar tan seguro? –insistí, terca-. Podría ser una casualidad. Todo el material que Dante utiliza forma parte de la mitología cristiana medieval. -¿Recuerda que a mediados del siglo XII varios grupos de staurofílakes partieron desde Jerusalén hacia las principales ciudades cristianas de Oriente y Occidente? -Sí, lo recuerdo. -¿Y recuerda también que esos grupos entraron en contacto con los cátaros, la Fede Santa, la Massenie du Saint Graal, los Minnesänger o los Fidei d´Amore, por mencionar sólo a algunas de esas organizaciones de carácter cristiano e iniciático? -Sí, también lo recuerdo. -Bien, pues déjeme decirle que Dante Alighieri formó parte de los Fidei d´Amore desde su más temprana juventud y llegó a ocupar un puesto muy destacado dentro de la Fede Santa. -¿En serio...? –balbució Farag, parpadeando aturdido-. ¿Dante Alighieri? -¿Por qué cree usted, profesor, que la gente no entiende nada cuando lee la Divina Comedia? A todos les parece un bonito y larguísimo poema cargado de metáforas referidas a la Santa Iglesia Católica, a los Sacramentos o a cualquier otra tontería semejante. Y todo el mundo piensa que Beatriz, su amada Beatriz, fue la hija de Folco Portinari, que murió de sobreparto a los veinte años. Pues no, no, no es así, y por eso no se entiende lo que el poeta dice, porque se lee desde la perspectiva equivocada. Beatriz Portinari no es la Beatriz de la que habla Dante, ni tampoco es la Iglesia Católica la gran protagonista de la obra. La Divina Comedia hay que leerla en clave, como explican otros especialistas –se alejó de la mesa y sacó un papel meticulosamente doblado del bolsillo interior de su chaqueta-. ¿Sabían ustedes que cada una de las tres partes de la Divina Comedia tiene exactamente 33 cantos? ¿Sabían que cada uno de esos cantos tiene exactamente 115 o 160 versos, la suma de cuyos dígitos es 7? ¿Creen que estos es casualidad en una obra tan colosal como la Divina Comedia? ¿Sabían que las tres partes, el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, terminan exactamente con la misma palabra, «estrellas», de simbolismo astrológico? –respiró profundamente-. Y todo esto no es más que una pequeña parte de los misterios que contiene la obra. Podría mencionarles decenas de ellos, pero no terminaríamos nunca. Farag y yo le mirábamos embobados. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que la obra cumbre de la literatura italiana, la que llegué a aborrecer en el colegio de tanto como nos la hacían estudiar, podía ser un compendio de sabiduría esotérica... ¿o no lo era? -Capitán, ¿nos está diciendo que la Divina Coemdia es una especie de libro iniciático? -No, doctora, no los estoy que es una especie de libro iniciático. Les estoy diciendo, taxativamente, que lo es. Sin ningún género de dudas. ¿Quiere más pruebas? -¡Yo sí! –pidió Farag, entusiasmado. El capitán volvió a coger el libro, que había dejado sobre la mesa, y lo abrió por otra de las marcas. -Canto IX del Infierno, versos 61 a 63. Vosotros que tenéis la inteligencia sana observad la doctrina que se esconde bajo el velo de estos versos enigmáticos -¿Eso es todo? –pregunté, decepcionada. -Observe, doctora –me explicó Glauser-Röist- que estos versos se encuentran en el Canto Noveno, un número de gran importancia para Dante, pues, según afirma en todas sus obras, Beatriz es el nueve, y el nueve, en la simbología numérica medieval, es la Sabiduría, el Conocimiento Supremo, la Ciencia que explica el mundo al margen de la fe. Además, esta misteriosa afirmación se encuentra entre los versos 61 y 63 del Canto, la suma de cuyos dígitos es siete y nueve, y recuerde que, en Dante, nada es casual, ni siquiera una coma: el Infierno tiene nueve círculos, donde se alojan las almas de los condenados según sus pecados, el Purgatorio siete cornisas, y el Paraíso, otra vez nueve círculos... Siete y nueve, ¿se dan cuenta? Pero les prometí más pruebas, y se las voy a dar –me estaba poniendo nerviosa con tanto paseo arriba y abajo, pero no creí oportuno pedirle que se quedara quieto; parecía hondamente concentrado en lo que nos estaba contando-. Según confirma la mayoría de los especialistas, Dante ingresó en los Fidei d´Amore en 1283, a los 18 años, poco después de su teórico segundo encuentro con Beatriz (el primero ocurrió, según cuenta él mismo en La Vita Nuova, cunado ambos tenían nueve años, y, como verán, el segundo tuvo lugar otros nueve años después, a los 18). Los Fidei d´Amore constituían una sociedad secreta interesada en la renovación espiritual de la cristiandad. Piensen que estamos hablando de una época en la que ya la corrupción ha hecho mella en la Iglesia de Roma: riquezas, poder, ambición... Era la época del papado de Bonifacio VIII, de terrible memoria. Los Fidei d´Amore pretendían combatir esa depravación y restituir el cristianismo a su primitiva pureza. Se dice, incluso, que los Fidei d´Amore, la Fede Santa y los franciscanos eran tres ramas distintas de una misma Orden Terciaria de los Templarios. Pero eso, naturalmente, no se puede demostrar. Lo cierto es que Dante se formó en los franciscanos y que siempre mantuvo con ellos una estrecha relación. Integraban los Fidei d´Amore los poetas Guido Cavalcanti, Cino da Pistoia, Lapo Gianni, Forese Donati, el propio Dante, Guido Guinizelli, Dino Frascobaldi, Guido Orlandi y otros más. Guido Cavalcanti, que siempre tuvo fama de extravagante y herético, era el jefe florentino de los Fidei d´Amore, y fue el que admitió a Dante en esta sociedad secreta. Como hombres cultos, como intelectuales de una nueva sociedad medieval en desarrollo, eran inconformistas y denunciaban a gritos la inmoralidad eclesiástica y los intentos de Roma por impedir las nacientes libertades y el conocimiento científico. ¿Podría ser, pues, la Divina Comedia, como dicen, esa gran obra religiosa en la que ensalza a la Iglesia Católica, así como a sus valores y virtudes? Yo creo que no y, de hecho, la lectura más sencilla del texto pone de manifiesto el rencor de Dante contra numerosos papas y cardenales, contra la podrida jerarquía clerical y contra las riquezas de la Iglesia. Sin embargo, los estudiosos oficiales han retorcido tanto las palabras del poeta que le hacen decir lo que no dice. -Pero ¿qué tiene que ver Dante con los staurofílakes? –quiso saber Farag. -Discúlpenme... –musitó el capitán-. Me estoy dejando llevar. Lo que quiero decir es que Dante sí tuvo relación con los staurofílakes. Los conoció y es posible, incluso, que perteneciera a la hermandad durante un tiempo. Pero, desde luego, más tarde los traicionó. -¿Los traicionó? –me sorprendí-. ¿Por qué? -Porque contó sus secretos, doctora. Porque explicó detalladamente, en el Purgatorio, el proceso iniciático de la hermandad. Algo parecido a lo que hizo Mozart en su ópera La flauta mágica, contando el ritual inicático de la masonería, de la que era miembro. ¿Recuerdan que también la muerte de Mozart presenta numerosos aspectos enigmáticos? Dante Alighieri, sin ningún género de dudas, fue un staurofílax, y se aprovechó de sus conocimientos para triunfar como poeta, para enriquecer su obra literaria. -Los staurofílakes no se lo hubieran permitido. Hubieran terminado con él. -¿Y quién le ha dicho que no lo hicieron? Abrí la boca de par en par. -¿Lo hicieron? -¿Sabe que después de publicar el Purgatorio, en 1315, Dante desapareció durante cuatro años? No se vuelve a saber nada de él hasta enero de 1320, cuando... –tomó aire y nos miró fijamente-, cuando reaparece, por sorpresa, en Verona, pronunciando una conferencia sobre el mar y la tierra en ¡la iglesia de Santa Helena! ¿Por qué precisamente allí, después de cuatro años de silencio? ¿Estaba intentando pedir perdón por lo que había hecho en el Purgatorio? Nunca lo sabremos. Lo cierto es que, nada más terminar su discurso, parte, a uña de caballo, hacia Rávena, ciudad gobernado por su gran amigo Guido Novello da Polenta. Es obvio que buscaba protección, porque, ese mismo año, recibió una invitación para dar algunas clases en la Universidad de Bolonia y rechazó el ofrecimiento alegando que tenía miedo porque, si salía de Rávena, correría un grave peligro, un peligro que nunca especificó y que, históricamente, es incomprensible –el capitán se detuvo un momento, reflexionando-. Por desgracia, un año después, su amigo Novello le pidió el favor especialísimo de que intercediera ante el dogo de Venecia, que estaba a punto de invadirles. Dante salió, pero el viaje volvió mortalmente enfermo, con unas fiebres terribles de las que falleció muy poco después... ¿Saben qué día murió? Farag y yo no dijimos ni media palabra. Creo que ni respirábamos. -El 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Vera Cruz (115-123). En menos de media hora estábamos en el sótano del Hipogeo, sentados los tres en torno a mi mesa. El capitán propuso empezar con una lectura completa e individual de la Divina Comedia, tomando notas de toco cuanto nos llamara la atención y reuniéndonos al final del día para poner en común nuestras apreciaciones. Farag discutió la idea, argumentando que la única parte que nos interesaba era la segunda, el Purgatorio, y que las otras dos, el Infierno y el Paraíso, debíamos examinarlas de pasada, sin perder tiempo, concentrándonos de manera sumaria en lo importante. Viendo el cielo abierto ante mí, adopté una actitud más tajante todavía: con el corazón en la mano, admití que odiaba a muerte la Divina comedia, que, en el colegio, mis profesores de literatura me habían hecho aborrecerla y que me sentía incapaz de leer ese mamotreto, de modo que lo mejor que podíamos hacer era ir directamente al grano y saltarnos todo lo demás. -Pero, Ottavia –protestó Farag-, podemos dejar escapar inadvertidamente un montón de detalles importantes. -En absoluto –afirmé con rotundidad-. ¿Para qué tenemos con nosotros al capitán? A él no sólo le apasiona este libro sino que, además, conoce la obra y al autor como si fueran de su familia. Que el capitán haga una lectura completa mientras nosotros trabajamos sobre el Purgatorio. Glauser-Röist frunció los labios pero no dijo nada. Se le notaba bastante disgustado. De ese modo empezamos a trabajar. Esa misma tarde, la Secretaría General de la Biblioteca Vaticana nos proporcionó dos ejemplares más de la Divina Comedia y yo afilé mis lápices y preparé mis libretas de notas, dispuesta a enfrentarme, por primera vez después de veinte años –o más-, con lo que consideraba el tostón literario más grande de la historia humana. Creo que no dramatizo en exceso si digo que se me abrían las carnes sólo de pensar en echar un vistazo a aquel librillo que, mostrando en la cubierta un enflaquecido y aguileño perfil de Dante, descansaba amenazador sobre mi mesa. No es que no pudiera leer el magnífico texto dantesco (¡cosas mucho más difíciles había leído en mi vida, volúmenes completos de tedioso contenido científico o manuscritos medievales de pesada teología patrística!), es que tenía en mi mente el recuerdo de aquellas lejanas tardes de colegio en las que nos hacían leer una y otra vez los fragmentos más conocidos de la Divina Comedia mientras nos repetían hasta la saciedad que aquello tan pesado e incompresible era uno de los grandes orgullos de Italia (124-125). A las ocho en punto de la mañana, tal y como me había prometido a mí misma la tarde anterior, estaba sentada frente a mi mesa con las gafas caladas en la nariz y el lápiz en la mano, lista para cumplir con mi obligación de leer la Divina Comedia sin más dilaciones. Abrí el libro por la tersa y nacarada página 270, en cuyo centro podía leerse, en un tipo de letra minúsculo, la palabra Purgatorio y, dando un suspiro, armándome de valor, pasé la hoja y empecé a leer: Per correr miglior acque alza le vele omai la navicella del mio ingegno, che lascia dietro a sé mar sì crudele; e canterò di quel secondo regno dove l´umano spirito si purga e di salire al ciel diventa degno. Así apuntaban los primeros versos de Dante. El viaje por el segundo reino daba comienzo, según nota aclaratoria a pie de página, el 10 de abril del año 1300, domingo de Pascua, en torno a las siete de la mañana. En el Canto I, Virgilio y Dante acaban de llegar, procedentes del infierno, a la antesala del purgatorio, una suerte de llanura solitaria donde inmediatamente encuentran al guardián de aquel lugar, Catón de Útica, que les reprocha agriamente su presencia. Sin embargo, tal y como nos había contado Glauser-Röist, una vez que Virgilio le ofrece todo tipo de explicaciones y le dice que Dante debe ser instruido en los reinos de ultratumba, Catón les facilita toda la ayuda posible para iniciar el duro camino: Puedes marchar, mas haz que este se ciña con un delgado junco y se lave el rostro, y que se limpie toda la suciedad; porque no es conveniente que cubierto de niebla alguna, vaya hasta el primero de los ministros del Paraíso. Alrededor de aquella islita de allá abajo, allí donde las olas la combaten crecen los juncos sobre el blanco limo. Virgilio y Dante se dirigen, pues, llanura abajo, hacia el mar, y el gran poeta de Mantua pasa las palmas de las manos por la hierba cubierta de rocío para limpiar la suciedad que el viaje por el infierno ha dejado en el rostro del florentino. Después, llegados a una playa desierta, frente a la cual se halla la islita, le ciñe un junco como había ordenado Catón. En los siete Cantos siguientes, desde el amanecer de aquel día hasta el anochecer, Virgilio y Dante recorren el Antepurgatorio, cruzándose con viejos amigos y conocidos con los que entablan conversación. En el Canto III llegan por fin al pie de la montaña del Purgatorio, en la que se encuentran los siete círculos o terrazas donde las almas de limpian de sus pecados para poder entrar en el cielo. Dante observa entonces que las paredes son tan escarpadas que difícilmente podría nadie escalarlas. Mientras piensa en esto, se les aproxima una turba de almas que camina hacia ellos lentamente: son los excomulgados que se arrepintieron de sus culpas antes de morir, condenados a dar vueltas muy despacio en torno a la montaña. En el Canto IV, Dante y Virgilio encuentran una angosta senda por la que inician el ascenso, y tienen que servirse de pies y manos para poder seguirla. Al final, alcanzan una amplia explanada y, nada más llegar, tras tomar aire, Dante se queja del terrible cansancio que siente. Entonces, una voz misteriosa les reclama desde detrás de una roca y, acercándose hasta allí, descubren un segundo grupo de almas, las de los negligentes que tardaron en arrepentirse. Un poco más de camino y, en el Canto V, se topan con los que murieron de muerte violenta y se retractaron de sus pecados en el último segundo. En el Canto VI tiene lugar un encuentro sumamente emotivo: Dante y Virgilio hallan el alma del famoso trovador Sordello de Gioto, que les acompañará, en el Canto VII, hasta el valle de los príncipes irresponsables y que les explicará que, en la montaña del Purgatorio, en cuento la luz del atardecer desaparece, deben detener su camino y buscar refugio, «pues subir por la noche no se puede». Después de algunas conversaciones con los príncipes del valle, comienza el Canto IX, en el cual, para seguir fiel a su número favorito –el nueve-, Dante sitúa, por fin, la verdadera entrada al Purgatorio. Naturalmente, no lo pone nada fácil: según otra nota a pie de página, en la Comedia, en ese momento, son alrededor de las tres de la madrigada y Dante, que es el único mortal presente, no puede evitar dormirse como un niño sobre la hierba. Entonces sueña, y ve un águila que, descendiendo como un rayo, le atrapa con sus garras y le eleva hacia el cielo. Despavorido, se despierta y descubre que ya es la mañana del día siguiente y que está contemplando el mar. Virgilio, tranquilo, le conmina a no asustare, pues han llegado, por fin, a la ansiada puerta del Purgatorio. Entonces le cuenta que, mientras él dormía, vino una dama que dijo ser Lucía y que, tomándolo en sus brazos, lo ascendió cuidadosamente hasta donde ahora se encontraban y que, después de dejarlo sobre el suelo, con los ojos le señaló a Virgilio el camino que debían seguir. Me gustó la mención a la santa protectora de la vista, pues es una de las patronas de Sicilia, junto con santa Águeda, y de ahí el nombre de mis dos hermanas. El caso es que, despejado ya Dante de las tinieblas del sueño, Virgilio y él avanzan hacia donde indicó Lucía y se encuentran con tres escalones, encima de los cuales, delante de una puerta, se halla el ángel guardián del Purgatorio, el primero de los ministros del Paraíso que ya les había anunciado Catón. Decidme desde ahí: ¿Qué deseáis? -él empezó a decir- ¿y vuestra escolta? No os vaya a ser funesta la venida. Una dama del Cielo, que esto sabe, -le respondió mi maestro- nos ha dicho hace poco, ir por allí, que está la puerta. El ángel guardián, que empuñaba en la mano una espada desnuda y fulgurante, les invita a subir hasta dónde él se encuentra. El primer escalón era de reluciente mármol blanco, el segundo de piedra negra, áspera y reseca, y el tercero de un pórfido tan rojo como la sangre. Al parecer, también según nota a pie de página, todo este pasaje alegorizaba el Sacramento de la Confesión: el ángel representaba al sacerdote y la espada simbolizaba las palabras del sacerdote que mueven a la penitencia. Seguramente por eso recordé, en aquel momento, a la hermana Berardi, una de mis profesoras de literatura, que, al explicarnos este pasaje, decía: «El escalón de mármol blanco significa el examen de conciencia; el de piedra negra, el dolor de la contrición; el de pórfido rojo, la satisfacción de la penitencia». ¡Qué cosas tiene la memoria! Quién me iba a mí a decir que, al cabo de tantos años, recordaría a la hermana Berardi (muerta de vejez tiempo atrás) y sus aburridas clases de literatura. En ese momento, llamaron a mi puerta y apareció Farag, exhibiendo una gran sonrisa. -¿Cómo lo llevas? –preguntó irónicamente-. ¿Has conseguido superar tus traumas infantiles? -Pues no, no lo he conseguido –repuse, echándome hacia atrás en la silla y apoyando las gafas en las arrugas de la frente-. ¡Esta obra me sigue pareciendo un tostón insoportable! Me miró largamente de una forma muy rara, que no conseguí identificar, y, luego, como quien despierta de un largo sueño, parpadeó y se atragantó. -¿Por... por dónde vas? –quiso saber, metiendo las manos en los amplios bolsillos de su vieja chaqueta. -Por la conversación con el guardián del Purgatorio, el ángel de la espada que está sobre los escalones de colores. -¡Ah, magnífico! –repuso entusiasmado-. ¡Esa es una de las partes más interesantes! ¡Los tres escalones alquímicos! -¿Los tres escalones alquímicos? –rechacé, arrugando la nariz. -¡Oh, venga, Ottavia! no me digas que esos tres escalones representan las tres fases del proceso alquímico: Albedo, Nigredo y Rubedo. La Obra en blanco u Opus Album, la Obra en negro u Opus Nigrum y... –se detuvo viendo mi cara de sorpresa y, luego, volvió a sonreír-. Te sonará de algo, ¿verdad? A lo mejor, conoces más los nombres en griego: Leucosis, Melanosis e Iosis. Me quedé meditando un momento, recordando todo lo que había leído sobre alquimia en los códices medievales. -Claro que me suena –repuse, al cabo de un rato-, pero nunca hubiera imaginado que los escalones del Pugatorio fueran eso. Si precisamente estaba recordando que simbolizaban el Sacramento de la Confesión... -¿El Sacramento de la Consefión? –se extrañó Farag, acercándose más a mi mesa-. Mira lo que pone aquí: el ángel guardián apoya los pies en el escalón de pórfido y está sentado sobre el umbral de la puerta, que es de diamante. Con la Obra en rojo, que es la última etapa de la alquimia, la de sublimación, se alcanza la piedra filosofal, cuyo cuerpo es de diamante, ¿no te acuerdas? Me quedé perpleja. -Sí, desde luego... No salía de mi asombro. Jamás hubiera sospechado algo así. Obviamente, esta interpretación resultaba mucho más plausible que la otra, la de la Confesión, bastante forzada por otra parte. -¡Veo que te he deslumbrado! –exclamó contento-. Bueno, pues te dejo trabajar, sigue con tu lectura. -Sí, vale. Nos vemos a la hora de comer. -Pasaremos a recogerte. Pero yo ya no le oía, ya no podía hacerle ningún caso. Miraba, alucinada, el texto del Purgatorio. -¡He dicho que Kaspar y yo pasaremos a recogerte para ir a comer! –repitió Farag desde la puerta, con una voz bastante alta-. ¿De acuerdo, Ottavia? -Sí, sí... para ir a comer, de acuerdo. Dante Alighieri acababa de renacer para mí bajo un nuevo aspecto y comencé a pensar que quizá la Roca había tenido razón al asegurar que la Divina Comedia era un libro inicático. Pero, ¡Dios mío!, ¿qué relación podía tener todo aquello con los staurofílakes? Me masajeé el puente de la nariz y volví a ponerme las gafas en su sitio, dispuesta a leer con mayor interés, y con otros ojos, los muchos versos que aún tenía por delante. Farag me había interrumpido cuando Virgilio y Dante estaban frente a los escalones. Pues bien, una vez que los han subido, Virgilio le dice a su pupilo que pida humildemente al ángel que les abra el cerrojo A los pies santos me postré devoto; y pedí que me abrieran compasivos, mas antes di tres golpes en mi pecho. Siete P, con la punta de la espada, en mi frente escribió: «Lavar procura estas manchas –me dijo- cuando entres». De debajo de sus vestiduras, que eran del color de la ceniza o de la tierra seca, el ángel saca entonces dos llaves, una de plata y otra de oro; primero con la blanca y luego con la amarilla, explica Dante, abre las cerraduras: Cuando una de las llaves falla y no gira en la cerradura -dijo él-, esta puerta no se abre. Una de ella es más rica; pero la otra requiere más arte e inteligencia antes de abrir porque es la que mueve el resorte. Pedro me las dio, y me dijo que más bien me equivocara en abrir la puerta que en cerrarla, mientras la gente se prosterne. Después la empujó hacia el sagrado recinto diciéndonos: «Entrad, mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir». Bueno, me dije, si aquello no era una auténtica guía para entrar en el Purgatorio, no sé qué otra cosa podía ser. A pesar de mi desconfianza, debía admitir que Glauser-Röist tenía toda la razón. O, al menos, lo parecía, porque aún nos faltaba lo principal: ¿dónde se encontraban, en realidad, el Antepurgatorio, los tres escalones alquímicos, el ángel guardián y la puerta de las dos llaves? (128-133). Pero otro mecanismo se había puesto también en marcha. Justo en la pared de enfrente de la abertura, una losa de piedra giraba como una puerta sobre sus goznes, dejando al descubierto una hornacina del tamaño de una persona en la que se observaban, sin ninguna duda, tres escalones de colores (mármol blanco, granito negro y pórfido rojo) y, encima, labrada sobre la roca del fondo, la enorme figura de un ángel que levantaba sus brazos en actitud orante y sobre cuya cabeza, apuntando al cielo, se veía una gran espada. El relieve aparecía coloreado. Tal y como decía Dante en la Divina comedia, las largas vestiduras estaban pintadas del color de la ceniza o de la tierra seca, la carne de rosa pálido y el pelo de un negro muy oscuro. De las palmas de sus manos, que se elevaban implorantes, salían, por unos agujeros practicados en la roca, dos fragmentos de cadena de similar longitud. Una era, indiscutiblemente, de otro. La otra, desde luego, de plata. Ambas estaban limpias y relucientes y centelleaban bajo la luz de la linterna. -¿Qué querrá decir todo esto? –preguntó Farag, aproximándose a la figura. -¡Quieto, profesor! -¿Qué ocurre? –se sobresaltó este, -¿No recuerda las palabras de Dante? -¿Las palabras...? –Boswell arrugó el ceño-. ¿No había traído usted un ejemplar de la Divina Comedia? Pero la Roca ya lo había sacado de su mochila y estaba abriéndolo por la página correspondiente. -«A los pies santos me postré devoto –leyó-; y pedí que me abrieran compasivos, mas antes di tres golpes en mi pecho». -¡Por favor! ¿Vamos a repetir todos los gestos de Dante, uno por uno? –protesté. -El ángel saca entonces dos llaves, una de plata y otra de oro –continuó recordándonos Glauser-Röist-. Primero con la de plata y luego con la de oro, abre las cerraduras. Y dice muy claramente que, cuando una de las llaves falla, la puerta no se abre. «Una de ellas es más rica; pero la otra requiere más arte e inteligencia porque es la que mueve el resorte». -¡Dios mío! -Vamos, Ottavia –me animó Farag-. Intenta disfrutar con todo esto. A fin de cuentas, no deja de ser un ritual hermoso. Bueno, en parte tenía razón. Si no hubiéramos estado a muchísimos metros bajo tierra, enterrados en un sepulcro y con la salida sellada, quizá hubiera sido capaz de encontrar esa belleza de la que hablaba Farag. Pero la cautividad me irritaba y tenía una aguda sensación de peligro subiéndome por la columna vertebral. -Supongo –continuó Farag- que los staurofílakes eligieron los tres colores alquímicos en un sentido puramente simbólico. Para ellos, como para cualquiera que llegara hasta aquí, las tres fases de la Gran Obra alquímica se corresponderían con el proceso que el aspirante iba a realizar en su camino hasta la Vera Cruz y el Paraíso Terrenal. -No te comprendo. -Es muy sencillo. A lo largo de la Edad Media, la Alquimia fue una ciencia muy valorada y el número de sabios que la practicaron, incontable: Roger Bacon, Ramon Llull, Arnau de Vilanova, Paracelso... Los alquimistas pasaban buena parte de sus vidas encerrados en sus laboratorios entre atanores, retortas, crisoles y alambiques. Buscaban la Piedra Filosofal, el Elixir de la Vida Eterna –Boswell sonrió-. En realidad, la Alquimia era un camino de perfeccionamiento interior, una especie de práctica mística (159-161). -«Y con esto, nos dirigimos a Roma» -tradujo el profesor. -Era de esperar... –afirmó la Roca-. La primera cornisa del Purgatorio de Dante es la de los soberbios, y, según decía Catón LXXVI, la expiación de este pecado capital tenía que producirse en la ciudad que era conocida, precisamente, por su falta de humildad. O sea, Roma (169). Ya no leía el texto dantesco con la indiferencia de antes. Ahora sabía que aquellas palabras ocultaban un significado más profundo del que aparentaban. Dante Alighieri había estado también frente a la imagen del ángel guardián en las catacumbas de Siracusa y había tirado de aquellas mismas cadenas que yo había tenido en mis manos. Entre otras muchas cosas, eso me hacía sentir una cierta familiaridad con el gran autor florentino y se asombraba el hecho de que se hubiera atrevido a escribir el Purgatorio sabiendo como sabía que los staurofílakes jamás podrían perdonárselo. Quizá su ambición literaria era enorme, quizá necesitaba demostrar que era un nuevo Virgilio, recibir esa corona de laurel, premio de poetas, que ornaba todos sus retratos y que, según decía él, era lo único que de verdad codiciaba. En Dante existía el irresistible deseo de pasar a la posteridad como el escritor más grande de la historia y así lo manifestó en repetidas ocasiones, por eso debía resultarle muy penoso ver cómo iba pasando el tiempo, como iba cumpliendo años sin alcanzar sus sueños y, al igual que Fausto siglos después, probablemente consideró que podía vender su alma al diablo a cambio de la gloria. Cumplió sus sueños, aunque pagó el precio con su propia vida. El Canto X daba comienzo cuando Dante y su maestro, Virgilio, cruzaban, por fin, el umbral del Purgatorio. Por el ruido de la puerta al cerrarse a sus espaldas –no podían mirar atrás-, adivinaron que ya no había camino de retorno. Se iniciaba así la purificación del florentino, su propio proceso de limpieza interior. Había visto visitado el infierno y había visto los castigos que se infligían a los eternamente condenados en los nueve círculos. Ahora se le pedía que se purificara de sus propios pecados para poder acceder, totalmente renovado, al reino celestial donde le esperaba su amada Beatriz, quien, según Glauser-Röist, no era otra cosa que la representación de la Sabiduría y el Conocimiento Supremo. Ascendimos por la hendidura de una roca, que se movía de uno y de otro lado como la ola que huye y se aleja. «Aquí es preciso usar la destreza -dijo mi guía- y que nos acerquemos aquí y allá del lado que se aparta». ¡Dios mío, una roca en movimiento! El trozo de pan que estaba masticando se me volvió amargo en la boca. ¡Menos mal que había comprando aquellos preciosos pantalones de color gris perla! Estaba contenta porque me habían costado muy baratos y me sentaban muy bien. Oculta en el probador de la tienda, yo sola frente al espejo, descubrí que me daban un aspecto juvenil que no había tenido nunca. Deseé con toda mi alma que no existiera ninguna ridícula norma que me prohibiera llevar aquellos pantalones, pero, de haberla, la hubiera ignorado totalmente y sin remordimientos. A mi mente vino el recuerdo de la célebre hermana norteamericana Mary Dominic Ramacciotti, fundadora de la residencia romana Girls´Village, que obtuvo un permiso especial del papa Pío XII para poder llevar abrigos de pieles, hacerse la permanente, usas cosméticos de Elizabeth Arden, frecuentar la ópera y vestir con exquisita elegancia. Yo no aspiraba a tanto; me conformaba con llevar unos simples pantalones –que, por cierto, no me había quitado al salir de la tienda. Tras grandes dificultades Dante y Virgilio llegaban, por fin, a la primera cornisa, al primer círculo purgatorial. Desde el borde que cae sobre el vacío, hasta el pie del alto muro que asciende, mediría sólo tres veces el cuerpo humano; y hasta donde alcanzaba con los ojos, tanto por la izquierda como por la derecha, esa cornisa igual me parecía. Pero enseguida Virgilio le obliga a dejar de curiosear para que preste atención a la extraña turba de almas que, penosa y lentamente, se aproxima a ellos. Yo comencé: «Maestro, lo que veo venir hacia aquí no me parecen personas y no sé lo que es; se desvanece a mi vista». Y aquel: «La abrumadora condición de sus tormentos hacia el suelo les inclina, y aun mis ojos dudaron al principio. Pero mira fijamente y descubre lo que viene debajo de esas peñas: podrás verlos a todos doblegados». Se trataba de las almas de los soberbios, aplastadas por el peso de unas enormes piedras que les servían de humillación y de purificación de las vanidades del mundo. Avanzaban dolorosamente por la estrecha cornisa, con las rodillas pegadas al pecho y las caras desencajadas por el agotamiento, recitando una extraña versión del Padrenuestro adaptada a su situación: «¡Oh Padre nuestro, que estás en los cielos, aunque no sólo en ellos...»; de este modo empezaba el Canto XI. Dante, horrorizado por su sufrimiento, les desea una rápida transición por el Purgatorio para que puedan alcanzar pronto las «estrellas ruedas». Virgilio, por su parte, siempre más práctico para estas cosas, pide a las almas que les indiquen la ruta de subida a la segunda cornisa. Dijeron: «A mano derecha, por la orilla veniros, y encontraremos un sendero por donde pueda subir un hombre vivo». Por el camino, tiene lugar, como en el Antepurgatorio, largas conversaciones con los viejos conocidos de Dante o personajes famosos, todos los cuales le previenen contra la vanidad y la soberbia, como adivinando que esta cornisa la que le tocaría al poeta de no purificarse a tiempo. Por fin, tras mucho hablar y pasear, se inicia un nuevo Canto, el XII, al principio del cual Virgilio conmina al florentino para que deje en paz de una vez a las almas de los soberbios y se concentre en encontrar la subida: Y él dijo: «vuelve al suelo la mirada, pues para caminar seguro es bueno ver el lugar donde pones las plantas». Dante, obediente, mira la calzada y la ve cubierta de maravillosas figuras labradas. A partir de aquí se inicia una larguísima escena de doce o trece tercetos en la que se detallan sucintamente las escenas representadas en los grabados de la piedra: Lucifer cayendo desde el Cielo como un rayo, Briareo agonizando tras sublevarse contra los dioses del Olimpo, Nemród enloqueciendo al ver el final de su hermosa Torre de Babel, el suicido de Saúl tras la derrota de Gelboé, etc. Multitud de ejemplos míticos, bíblicos o históricos de soberbia castigada. El poeta florentino, mientras camina completamente inclinado para no perder detalle, se pregunta, admirado, quien será el artista que con su pincel o buril trazó de forma tan magistral aquellas sombras y actitudes. Por fortuna, me dije, Dante no tuvo que cargar con ninguna piedra, lo cual era un gran consuelo para mí, pero no se libró de doblar el espinazo durante un largo trecho para mirar los relieves. Si la prueba de los staurofílakes consistía en eso, en caminar encorvada unos cuantos kilómetros, estaba lista para empezar, aunque algo me decía que no iba a ser tan sencillos. La experiencia de Siracusa me había marcado profundamente y ya no me fiaba en absoluto de los hermosos versos. Total, que los dos viajeros llegaban, por fin, al extremo opuesto de la cornisa y, en ese momento, Virgilio le dice a Dante que se prepare, que adorne de reverencia su rostro y su actitud porque un ángel, vestido de blanco y centelleando como la estrella matutina, se acerca hasta ellos para ayudarles a salir de allí: Abrió los brazos, y después las alas diciendo: «Venid, los peldaños están cercanos y pueden subirse fácilmente. Muy pocos reciben esta invitación. ¡Oh humanos, nacidos para remontar el vuelo! ¿Cómo un poco de viento os echa a tierra?» A la roca cortada nos condujo y allí batió las alas por mi frente, prometiéndonos una marcha segura. Unas voces entonan el Beati pauperes spiritu mientras ellos dos comienzan a subir por la empinada escalera. Entonces Dante, que hasta ese momento ha comentado en diversas ocasiones su gran cansancio físico por las caminatas, se extraña de sentirse ligero como una pluma. Virgilio se vuelve hacia él y le dice que, aunque no se haya dado cuenta, el ángel le ha borrado, con su batir de alas, una de aquellas siete P que lleva grabadas en la frente (una por cada pecado capital), y que ahora lleva menos peso. Así, Dante Alighieri acababa de librarse del pecado de la soberbia (181-184). Aquella tarde fuimos de paseo por Stauros acompañados por Ufa, Mirsgana, Gete y una tal Khutenptah, la shata de los cultivos, que había congeniado muy bien con el capitán Glauser-Röist y que venía con nosotros para enseñarnos los invernaderos y el sistema de producción agrícola. La Roca, como ingeniero agrónomo que era, se mostraba sumamente interesado en este aspecto de la vida de Parádeisos. Cuando salimos del basíleion de Catón después de comer, atravesando de nuevo numerosas salas y patios, nuestros guías, que se expresaban en inglés, nos aclararon el misterio de la ausencia de sol. -Mirad hacia arriba –nos indicó Mirsgana. Y arriba no había cielo. Stauros estaba ubicada en una gigantesca gruta subterránea cuyas dimensiones colosales quedaban delimitadas por unas paredes que no se veían y un techo que no se vislumbraba. Si cientos de máquinas excavadoras como las que habían abierto bajo el mar el túnel del Canal de la Mancha, hubieran trabajado sin descanso durante un siglo, ni así hubiesen sido capaces de abrir en el fondo de la tierra un espacio como el que ocupaba Stauros, con una superficie similar a la de Roma y Nueva York juntas y una altura superior a la del Empire State Building. Pero Stauros sólo era la capital de Parádeisos. Otras tres ciudades se levantaba en otras tantas grutas de parecido amaño y un complejo sistema de corredores y galerías descomunales mantenía comunicados los cuatro núcleos urbanos. -Parádeisos es un maravilloso capricho de la Naturaleza –nos explicó Ufa, que estaba empeñado en llevarnos a las cuadras donde trabajaba como domador de caballos-, el resultado de las terribles erupciones volcánicas que hubo en el pleistoceno. Las corrientes de agua caliente que circulaban por aquí disolvieron la piedra caliza dejando sólo la roca de lava. Este fue el lugar que encontraron nuestros hermanos en el siglo XIII. ¿Podéis creer que, después de siete siglos, aún no hemos terminado de explorar todo el complejo? Y eso que desde que tenemos luz eléctrica vamos mucho más deprisa. ¡Parádeisos es grandioso! (459). -Y qué me dices de Dante Alighieri? –le espetó Farag sin miramientos. -¿Qué pasa con él? –preguntó Ufa. -Le matasteis –afirmó Farag. -¿Nosotros...? –preguntaron, atónitas, varias voces a la vez. -Nosotros no le matamos –aseguró Gete, el joven traductor de sumerio-. Era uno de los nuestros. En la historia de Parádeisos, Dante Alighieri es una figura principal. Ya no podía creer lo que estaba oyendo. O eran unos mentirosos redomados o la teoría de Glauser-Röist se desmoronaba como un castillo de naipes, y no podía desmoronarse porque, sencillamente, nos había conducido hasta allí. O sea que... -Pasó muchos años en Parádeisos –añadió Teodros-. Iba y venía. De hecho, el Convivio y De vulgari eloquentia empezó a escribirlos aquí en el verano de 1304, y la idea para la Commedia, a la que luego el editor Ludovico Dolce añadió el adjetivo de «Divina» en 1555, surgió durante una serie de conversaciones con Catón LXXXI y los shastas de aquella época, poco antes de volver a la península italiana. -Pero él contó toda la historia de las pruebas y dejó abierto el camino para que la gente pudiera descubrir este lugar –señaló Farag. -Naturalmente –replicó Mirsgana, con una gran sonrisa-. Cuando nos escondimos en Parádeisos, en el año 1220, durante la época de Catón LXXVII, el número de los nuestros empezó a disminuir. Los únicos aspirantes a entrar en la hermandad procedían de asociaciones como Fede Santa, Massenie de Saint Graal, cátaros, Minnesänger, Fidei d´Amore y, en menor medida, de Órdenes Militares como la templaria, la hospitalaria de San Juan o la teutónica. El problema de quién protegería la Cruz en el futuro comenzó a ser realmente alarmante. -Por ese motivo –prosiguió Gete-, se encargó a Dante Alighieri que escribiera la Commedia. ¿Lo entendéis ya? -Era una manera de que la gente capaz de ver más allá de lo evidente –apuntó Ufa-, la gente que no se conforma y que prefiere mirar debajo de las piedras, pudiera llegar hasta aquí. -¿Y sus miedos a salir de Rávena después de publicar el Purgatorio? ¿Y esos años en los que no se sabe nada de él? –preguntó Farag. -Eran miedos políticos –le dijo Mirsgana-. No olvides que Dante participó activamente en las guerras entre los güelfos y los gibelinos y que fue mandatario de Florencia por el partido de los güelfos blancos, enfrentado al de los güelfos negros, y que se opuso siempre a la política militar de Bonifacio VIII, del que fue un gran enemigo por la vergonzosa corrupción de su papado. Realmente su vida corrió peligro en múltiples ocasiones. -¿Quieres decir que lo mató la Iglesia Católica el día de la Vera Cruz? –inquirí, sarcástica. -En realidad, ni lo mató la Iglesia ni estamos seguros de que muriera exactamente el día de la Vera Cruz. Lo cierto es que falleció la noche del 13 al 14 de septiembre –explicó Teodros-. A nosotros nos gustaría que hubiera sido de verdad el 14, porque sería una hermosa coincidencia, una coincidencia casi milagrosa, pero no hay ninguna certeza documental que lo pruebe. Y, en cuanto a eso de que fue asesinado, estáis muy equivocados. Su amigo Guido Novello le envió como embajador a Venecia y, a su vuelta, atravesando las lagunas de la costa adriática, enfermó de paludismo. Nosotros no tuvimos nada que ver (454-456).

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
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