De las Heras Fernández, Moisés

Escuchando a Filomena

Barcelona, Muchnik, 2000

Moisés de las Heras nació en Talavera de la Reina en el año 1965. Se licenció en Filología Hispánica y actualmente trabaja como profesor de Lengua y Literatura en enseñanzas medias. Fue seleccionado para el Premio ateneo de Sevilla en 1988 y ha sido finalista del Primer Certamen de Relato Breve Café Madrid en 1997 con dos de sus relatos cortos.

Escuchando a Filomena (2000)

En el año 1331, el alcázar de Talavera se conmueve con el dolor de María de Portugal, abandonada por el rey desde el mismo momento de sus nupcias. Los cuidados de la reina y el movimiento del alcázar no dejan a Gutier centrarse en sus amadas lecturas, sus textos y sus prolijas -y estériles- reflexiones. El viejo repostero nos conducirá por los vericuetos de su mente y los intentos de María de retener a su esposo concibiendo un hijo suyo, para lo que hará llamar a la bruja Olalla. La alegría inicial por el alumbramiento de un varón se verá truncada cuando el niño sea asesinado, por lo que a Gutier se le encargará marchar a Francia y traer a un brujo que logre de nuevo un heredero para el trono. El viaje, no obstante, se revelará como una nueva etapa en la vida del cocinero, que, tras conocer los peligros del mundo, descubrirá en los campos la paz que no halló en las ciudades. Relevado de su misión por Felisín, ambos emprenderán un vida deleitosa y sencilla, ignorantes de los acontecimientos convulsos que conducirán al reinado de Pedro el Cruel. La muerte, sin embargo, se llevará a Gutier, y Felisín continuará sus pasos en soledad, no sin antes destruir los escritos de ambos.

Novela histórica

Alfonso XI-María de Portugal-Leonor Brujería-Magia-Celestina Berceo Libro de Buen Amor Amadís de Gaula Convivencia de credos religiosos Alquimia Rueda de la Fortuna Herejía cátara Descubrimiento de América Engaño de arcas (Cid).

Gutier García

Restaurador del alcázar de Talavera y consejero y confidente de la reina María de Portugal. De origen valenciano y emparentado con la realeza, Gutier es un hombre aficionado a la escasa comida que aún puede gustar y a las lecturas en los ratos de paz, y también un conversador incansable. Convertido en cronista y narrador, asistiremos a sus constantes indecisiones y cuitas de lo humano y lo divino. Autor de parte del LBA, La Celestina, Amadís y otras obras significativas de la Edad Media.

Felisín de la Gran Babette

Joven golfín perteneciente a la banda de Alfonso de Olmedo. Gracias a la disposición de Fortuna, Felisín logrará evitar los rigores de la justicia que correrán sus compinches y, por orden de Pero Gil, marchará de incógnito junto con Gutier García para allanarle las dificultades de su misión. Felisín se convertirá así en compañero de charlas y en narrador de parte de la historia.

Olalla, la Fandanga

Bruja y hechicera tan requerida como rechazada. Será llamada al alcázar para embrujar al rey Alfonso XI y conseguir que yazga con la reina María, pero Olalla, dejándose llevar por sus aficiones alquímicas, acabará asesinando al mismo niño que ayudó a concebir, y será ajusticiada. Durante su estancia en Salamanca, Gutier escribirá el primer acto de La Celestina inspirándose en ella

Alfonso de Olmedo

Líder de una banda de golfines que, tras diversos asaltos a los vecinos de Talavera, acabará siendo prendida por la justicia. Alfonso, amigo del vino, pecador, pendenciero y aficionado a la alquimia logrará escapar, y se convertirá en uno de los esbirros de María de Portugal, y el hombre encargado de ejecutar la venganza de la reina, dando muerte a Leonor de Guzmán y a uno de sus hijos.

María de Portugal

Desde su llegada a tierras castellanas para casarse con el rey, María muestra un estado abatido y melancólico. Abandonada por el monarca, en continuas batallas y lances amorosos, la reina se dejará llevar por la morriña de su tierra y por la obsesión de darle un heredero a Alfonso, para lo que recurrirá a las artes de Olalla y de un brujo francés, a pesar de poner en peligro su propia alma.

Alfonso XI

Del Justiciero se narra su amor por Leonor de Guzmán, así como su afición a la guerra, que le lleva a estar siempre ausente, y al vino. Tras traicionar su palabra de matrimoniar con doña Constanza Manuel, el rey se casará con María de Portugal, con la que sólo compartirá lecho conyugal al ser hechizado. Se afirma que Pedro el Cruel, su segundo hijo, es en realidad vástago de Pero Gil.

Juan Ruiz

Como veedor de Santa María la Mayor, el Arcipreste de Hita, alegre y un tanto loco, acudirá a Talavera por los rumores sobre la vida relajada de la que gozan los hombres de Dios, pero no querrá castigarles. Logrará asimismo sosegar el ánimo de Gutier, y el repostero le prestará ayuda en la composición del Libro de buen amor. Por consejo del Arcipreste, Gutier será el hombre elegido para viajar a Francia.

Don Juan Manuel

El infante es presentado como un hombre recto, soberbio y de gran erudición, contento por la boda que debe tener lugar entre su hija y el rey Alfonso XI. Gutier disfrutará de su conversación mientras aprovecha para menguar su bien surtida biblioteca y robar algunos tratados de alquimia para Olalla. Las palabra de don Juan Manuel realzan la importancia del espíritu y del estado nobiliario.

Juan de Espera en Dios

A pesar del secretismo que rodea la misión que la ha sido encomendada, Gutier no podrá evitar que este personaje, fingiéndose monje, se le una en los caminos. Haciéndose pasar por el judío errante, Juan de Espera en Dios logrará aprovecharse de la ingenuidad de Gutier, pero advertido de la farsa, el repostero podrá recuperar lo suyo recurriendo a un engaño muy similar al del Cid y los judíos.

Herr Hans Wanbranburg

Personaje literario creado por Gutier, trasunto del brujo francés que se le encomendó buscar. Mediante la pluma de Gutier, Hans se convierte en primo de don Pero Gil y en un mago que habita en las montañas de Oc, reverenciado por los cátaros. En sus aventuras, Felisín, Gutier y Hans marcharán hacia el fin del mundo, y el brujo mostrará sus poderes luchando incluso contra un dragón..

Pero más alta que ninguno se halla la reinita doña María. No hace mucho que tenemos a la nieta del Dionis de Portugal en nuestra tierra y ya dice el judío Mosé, el médico, que no le han sentado nada bien los aires castellanos, tal vez porque ella gustase más de los aromas del mar último, ese mar que llama Ignotón, mar que es conclusión de la tierra plana, oscuro y plagado de monstruos como un desván. Pero allá se coman su mar con su pan los portugueses. El caso es que al venir a Castilla para casar con Alfonso XI de Castilla, esta lusa se puso lela, y desde su llegada no hay paz en el alcázar. Ya diremos quién es y cómo se comporta semejante espantapájara, empelotada y confusa, que me tiene loca la cabeza. Ay (16). Ay, por arriba de todos nosotros está la reina, Por arriba de la reina, el rey. Y debajo del más mezquino de todos, más bajo que la piedra, que golpea sobre la piedra y sólo sirve para hacer ruido, por allí mezclada entre el tumulto, veo que discurre Olalla, la Fandanga, por estas costanillas encorvada. Viene de quitar los dientes a los muertos de la justicia. ¡Oh, mal pecado comete! Apenas la distingo. Se mezcla ¡Por ahí va! La censuran porque dicen que este oficio suyo es propio de despiadadas gitanas meneafuegos, pero también se reconoce que los dientes que trae en esa bolsa son provechosos para un caldo que ella hace, muy apropiado para ciertos usos. Se lo piden los judíos, para que les sean devueltos los préstamos de batalla que arriendan a los reyes, se lo piden las mozas, para que con él les sea devuelta la reacomodada honra, para encontrar joyas perdidas, para los chiquitos que nacen escuálidos y poco fuertes. Pero ¡es un pescuezo de gallina esta viena!, ¡es cucaracha pelotera con sus patitas negras recogemierdas asquerosas!, gritan luego los beneficiados. Anda como mula con el espinazo roto, mal albardada, y sale de la calle del Baño Frío. Echa por las callejas más oscuras, por la del Rey hasta la de Zapaterías, hasta llegar a su casa. Es una casa huesuda la suya, junto a la misma puerta del Río, junto al trasfuego del alcázar. Allí guarda su olla, su mala comida, sus ratas y sus gatos. Duerme con muchos gatos, que le tienen los colchones con agujeros, de las uñas, y hasta con mojoncillos morroños, germen de impura salud. No hay quien penetre allí Tampoco huele mejor ella, que es rancia como el herrín del fondo de las ollas. Ella lo sabe y por eso se oculta. Aunque hasta su hedor se aguanta cuando se rompe algo en casa, ¿verdad? Porque vuelve Olalla a ser requerida luego otra vez, y arregla matrimonios mal encarados con cuatro piezas de latines y otras cuatro monedas para orégano, puerros y hoja tintas, da gusto a los oídos con sus sones y un moverse de las manos, da paz a los muertos y otras jerigonzas más que la solicitan. Se la desconoce pero se la reclama. Nadie a quien se le pregunte ha andado nunca en sus tratos. ¿Quién es esa? ¿Fandanga? No he oído su nombre, me suena acaso de los perfumes de agalia, sándalo y bergamota que vende, o de abortos con mucha sangre y cuchillos afilados y punzones y púas y pinzas y alfileres, dicen, y fetos conejeros que saca, pero ¿yo?, no, nunca (23-24). No, no creo que se queje la reina de la soledad solamente, o del amor perdido. Es lucha entre ilusión e intuición de realidad. Ésta es su verdadera desesperación de amor, algo que existe más en el concepto que en una querencia física y cotidiana Ella misma quiso explicarlo, pero no ella misma lo entiende. De lo que ella se queja es de que el hombre llora desamores, moja huevos podridos, pierde negocios, gana huertas, pelea con la fortuna, alimenta hijos, sigue consejos de curas, obedece catecismos, se asusta con los infiernos, se cubre con pieles, se desloma con sacos, se descalza en procesiones, se tortura con el cilicio, se queja de injusticias, pide a Dios, y mientras, Dios se despista con sus pinceles, pasea por los montes distraído, en su oficio de decorarlos como pasteles con nubes y guindas de sol o ciruelitas de estrellas blancas; el hombre reza devoto, recoge espárragos, entierra hijos, discute con parientes, se duele de una pierna, fríe tortillas, sufre nevadas, revienta terrones, llora enfermedades, lamenta errores, corrige fracasos, y, mientras, Dios, descuidado y con galbana, aventa de perfumes los jacintos blancos, rasga el cielo con truenillos, cristalea con la lluvia, canta con el viento, sin darnos beneficio alguno con ello, porque Dios calma su ineptitud de moralista, maestro y juez con alardes de botánico y pintor de paisajes. Porque Dios no nos hace caso. Porque estamos abandonados por Dios en esta tierra. No. Sólo a ella y a mí, sin embargo, nos late el corazón al unísono en toda Castilla (35). Oí portazos. don Pero entraba ya y no con muy buen talante. Era un zapateado de gitana sobre el bollo de Maimónides este don Pero. -Decidme, ahora que habéis acabado de incendiar Talavera y de soliviantarlo todo, tan tranquilos que estábamos sin esos caballos y joyas y mare magnum y trompetería que habéis traído. ¿Dónde está el rey que había de llegar a verme, o cuáles son las nuevas del rey que venís a traer? ¿Y Leonor? ¿Ella tampoco viene? ¿Por qué no se llegan los dos a capela a darme excusas? ¿A qué esta fanfarria si no viene mi marido? -¿Qué nuevas queréis saber y cuáles serán de vuestro provecho, mi señora? ¿Queréis saber si es rubio o moreno el bastardo que le ha nacido hoy, o el nombre de la ciudad que ha conquistado hoy el incansable guerrero, o preferís oír cómo habla o sueña o suspira, o cómo mueve una mano y se alegra aquel caballito loco entre las flores, o si ella le mira así o él la mira asá, o se vuelven y vienen? Lo último que supe, lo vi con mis ojos: la cara de ternura con la que el soberano se alegraba de aquella Leonor suya, que la prefiere a vos, y cómo la llama nutria, tejona, gineta, zorzala, ganga, garcilla, y a sus hijos de muchas formas: imperiales, flamenquillos, árboles sin cortecilla. Ríen los bastardos. ¡Se ríen de vos! ¡son felices y le viven todos! Pasaron por Jodar, que no por Bedmar, y allí un hospedero mandó que le tocasen el laúd, y bailaron con despreocupación. ¿Sabéis cómo baila doña Leonor? No, no lo sabéis Ella, aunque noble, es medio mora de tez. No os riáis, señora, que aunque no sea la belleza puta que se usa en la nobleza, eso le ha enamorado, que sea gitanuza y envarada como una adelfa, ¡y tan grácil y recia, como una joculatriz! Luego se fueron al mismo aposento. ¡Juntos, señora! A parir otro crío. Ya sobran, señora, ya sobran (46-47). Pues bien, como descendiente o familiaruco -como ha sido demostrado todo ello medianamente-, yo iba en la comitiva de don Alvar Núñez de Ossorio a dar noticia de que Alfonso XI, a la sazón también mi primo, quería reconciliarse con el de Peñafiel casándose con su Constanza. (Fue esto antes de conocer a María y casarse con ella.) ¡Alegría de Dios! Si la hija del adelantado se casaba con el conspicuo número once, por razones que tampoco entiendo muy del todo, ¡quedaría yo aún más ungido en sangre al rey! (Habría que mirar.). fue esto, como comprenderán, antes de la boda con la loca y de todo lo antes relatado. Hace algunos años ya. Eran otros tiempos, y eran promesas de boda que el veleidoso Onceno hizo, pero que luego...le obligaron a no cumplir; su camarilla... Quién sabe por qué intereses, Allí andaba yo (siempre me vi, por obligación, metido en intrigas que me disgustaron). Todo se desbarató. Como todo se desbarata cuando hablamos de estos inconstantes ambiciosos, voraces como un incendio, que se alimentan de sí mismos, de su propia desvergüenza (70). Qué inmensa la biblioteca de don Juan Manuel, qué tamaño, qué amor del infante. Oigo, escucho, destapo, veo, hojeo, aspiro y luego me quedo quieto en mitad de la sala. Y con ello, di con los escritos del propio don Juan, que estaban muy a la vista, por ser suyos y grandes, como grandes aves, en tamaño. Extraje el primero que tocó mi dedo, el que decía ser "Interminable" o "Infinido" y que estaba muy completo; la salud, la amistad, el trato de gentes y la importancia del conocimiento, todo se lo aconsejaba allí y se lo enseñaba a su hijo. Libro de Armas, sobre escudo y familia, loable propósito. Algún tratado tomé: La lamentación del alquimista errante y el Libro de los hornos. Pero ya se percibían pasos por los pasadizos del castillo Gritaba don Juan: ¿Dónde está mi amigo?, y allí sonó un portazo. ¡Ah, sois vos..., poseedor de ingentes...tomos de títulos y títulos!...¡Cuánto no habré... paseado por tu palacio, y cuántos... paseos no habremos dado juntos visitando las tenerías de las afueras y las calles acendradas sin... muladar ni estercolero!..., comentando cómo tú, león de Nemea, has empedrado la villa y cómo quieres... traer in... industria de paños... para enriquecerla: ¡Oh, qué complicada vida del caballero infante y regente don Juan Manuel, excelentísimo príncipe!, ¡qué grande! (73). -Escuchaos. Ahora sois vos el hablador, el loco, el pesado charlatán. Pero os lo agradezco. Veo vuestro espíritu muy similar al mío y creo que me habéis aportado algo, aunque no lo comprenda aún muy bien, que llegando a comprender la diafanidad de vuestra propuesta no comprendo con la misma claridad los entresijos morales de ella, y veo que todo es muy ideal, lo que decías. Pero vos sois más listo, don Arcipreste, y astuto. Por fortuna, buen Arcipreste de Hita, vos no sois como el nieto de Alfonso X, el infante Juan Manuel, serio y proceroso, vos sois más bizbirondo. Creo que algo contentillo estoy ya ahora. Y así de contenta me dejaba el alma mi amigo. Me quitaba los males, curaba mis llanticos, sosegaba mi corazón. Y entonces, tomado su libro con alegría, cambiando mi tristeza por contentamiento y dispuesto a contagiarme de su consuelo, vi con otros ojos, y me dejé llenar por esos abuelos que bromean con una paisana que hace calceta en el muro del sol, niñas que se tiran de las trenzas en el juego del corre corre, un gato que salta desde el alfeizar a la calle. Cuando don Juan está conmigo todo es poesía y mundo nuevos. Oh, qué alegría recibir su libro. Oh, gracias, gracias por el favor, por sacarme de mi miseria con esta maravilla. Qué felicidad los paseos con don Juan. Cada vez que venía, corregíamos los versillos que me daba para que los repasase y se me iba con él la obsesión. A mí, lo mismo me daba entonces. Igualmente leía al gracioso Apuleyo que al Tácito o al Persio, que pasaba copia de El Conde Lucanor a mi amigo adelantado, que trasladaba el Libro de Aleixandre a otro amigo mío, o lo mismo inventaba un libro que glosé de una caballero de caballería, que se llamó Zifar, y que imité al modo de la vida de san Eustaquio y los Remedios Portuitorum, y que regalé ya hace mucho a don Ferrán Martínez para que se entretuviera. Ahora ando con Juan Ruiz porque mi afición, después de la lectura, es la poesía. Fueron semanas totalmente mías, al fin. Aquí me avengo mucho a la norma de clerecía, porque Juan Ruiz -todos lo sabemos-, aunque es hombre clérigo e instruido es, como se ha visto y oído, un poco loco, como aquel que le gustan más los cánticos de serrana que los del coro, y más de echar por arriba las piernas que de echar oraciones. ¡A mi fe!, ¡Dios, qué romances, qué verbenas, qué jeringotadas, qué alejandrinasos había! ¡Anda, allá va la Cuaresma, justicia de la mar, alguacil de las almas que se han de salvar, anda don Pitas Payas, anda el cordero corneado! De mucho reír era el libro, pero de mucha inmoralidad también. -Pero ¿tú sabes lo que has escrito? Y el Arcipreste -¡y Arcipreste era nada menos, dios mío!- empezó a reírse y a dar saltos, bueno, bueno, como loco estaba. "Venga la monja Garofa a mi arziprestazgo y yo la daré chufas de pitoflero", opinaba. Bueno era aquel Juan Ruiz "Y si alguno quiere pecar, cosa que no le aconsejo, aquí tendrá buena razón de cómo hacerlo". Menudo zorro era (109-110). -¿Sabéis? Este libro del Lapidario, libro de alquimia, a nobles y plebeyos, a labradores y reyes, curas y obispos, erizaría el altar del pecho y el corazón oírlo, saltarían los gozos y las potencias donde habita el alma, se quieren salir las sangres fuera de la piel, por los vellejos, al oír lo que aquí pone. ¡Y es porque entendía su belleza por lo que nunca me lo daba ese Gutierillo putero! Eso sospecho al menos. ¿De verdad me lo dais? ¿Me dais este buen libro? ¿No a probar muy poco, sino entero, maricón? ¡Ah, gutier, gutier, ese Gutierillo y mil veces Gutierazo, Gutierucho, Cagagutier, el malo!..., ¿eh, mariquilla, me lo dais vos? Un agüilla de los ojos y, con ella, un dulzor de la saliva derramó la Fandanga, que alargaba ya su mano hacia este Lapidario Segundo de piedras sólo mágicas de Alfonso, el Décimo. Brotaba maná de sus ojos, sí, y de su boca, como brota el bien de Dios, con abundancia, del Evangelio. Pero no alcanzó la piel de cordero nonato por que se desvivía cuando Palomeque se lo apartó otro ratillo. -Pero ¿no me lo dabais? -Si hacéis conjuro a la reina, ¿prometido? (120). Dicen que anduvo la noche entera doña María acompañada de la comadre, montada a rabo de escoba, dándose gusto de fornicación en rajas y rajuelas que el cuerpo dispone, patas arriba y patas abajo, volando ambas como sombras de brujas que eran, Olalla y María, nigrománticas, sablistas, agoreras, por los aires infestados de la villa, riendo, dando pirigallos por la luna y bajando a fornicar, después de escobas, con el rey, según la imaginación cuenta Entraban y salían por la ventana donde dormía el asno de Buridán. Tal era el espíritu casquivano de la lujuria. Cuando les daba el gusto, doña Olalla hacía encantamiento para que el cuerpo dormido levantase la espindarga y ya logrado, la portuguesa cambiaba la barredora por el mastilero de carne. Y lo mismo que se daba a la belladona, se daba al bello don de don Onceno y sonaban las campanas. Ella le cumplía por todas sus partes, un rato encima y debajo, un rato abajo, otro arriba según unos libros de Oriente de Angaranga. Refieren que su amo esa noche, por el efecto del "afroditia", le echó más semen que cinco rústicos varones que la hubieran fornicado, odiéndola como un lebrel. Se les vio andar como lobos, elevada la cama y los amantes en aquelarre aéreo, cargados de pasión entre rayos y fuego maléfico, dando vueltas vertiginosas a la luna, desnudicos en el momento que llaman "éxtasis". También allí estaba la viejica en elevación haciendo muecas con las manos, hechizándoles el acto y también desnuda. Hasta que acabaron Camas, dueñas, dueño y desnudeces entraron por la ventana, los truenos pasaron, la reina quedó mala, pero con agua y sal vomitó, y quedó dormida, y quedó dormido también el rey, quedaron dormidos todos, y la vieja, tras comprobar que el niño ya lloraba en el vientre de la escuálida, escapó del alcázar, por mor de alguna invisibilidad, y Talavera quedó en calma. Eso cuenta la leyenda. Que así quedó empreñada del rey, doña María (124-125). -¡Mala bruja, este es el servicio que has hecho, éste es el niñito que pariste al punto, que no ha durado ni un año? Aquí te doy tu premio y aquí tu libro y aquí tu San Juan y aquí tu embarazamiento, que pareces una urraca recolectora, trae el libro. Toma el libro Tráele. Tómale otra vez. ¿Lapidario? ¡Para el Señor de los Infiernos usas el Lapidarios Segundo y mucho más ameno de Alfonso, el Décimo! ¡Para el Mentiroso lo usas, que me lo han dicho! Aquí te doy, ¡piedras para lapidarte como a la adúltera que llevaron los fariseos ante Cristo!, y un ¡mandoblazo! de rey en tus viejas costillas de añadidura, caballeraza, para que vayas aprendiendo a echar conjuros. Conjuros flojos, como tu estirpe, mala vieja. Malo será que no te quitemos de tu regazo a tu hija Claudina, que la pariste sin padre cuando estabas ya seca. La tomaremos en pago a la grave enfermedad de este Santo Príncipe Fernando. -¡Que no, señor, -gritaba ella, y permítame les represente, así, con manos cruzadas y gestos cómo lo diría-, que no, señoría, señor, que Fernando aún no ha muerto y yo lo sanaré si me dejáis a solas con él!. bueno, yo no sé lo que dijera ni lo que pasara entre don Palomeque y la abuela de los fandangos. El caso es que ¡zas!, y no tardó Olalluela en subir en jarro con su sangre. ¿Le habían quitado el libruelo o no? Sólo sabemos que hubo duelo en Talavera, y se escapó al monte la matadora, y se volvió a buscar a la vieja por los altozanos ahora como asesina (129). Luego de unos verdiales y unos fandangos, la gente se puso seria, más los mozos, que sabían que tenían mucho que atender a esto que se recitaría. El juglar lanzó su habituado "Pláceme obsequiarles" y "Ténganme en vuestro corazón" que indica que todo canto largo, mientras la moza juglaresca se movía en misterio, se cruzaba muchas veces los brazos por la cara como queriendo decir que comenzaba un gran asunto que había de sorprenderla a ella y a los concurrentes, caso muy grave de gran dolor o grandeza. No era de dolor el caso, por el contrario, sino de victoria. Pero comenzaría con gran padecer: Batalla venció Rodrigo, por tanto, sea Dios loado. Mató al rey Garay, moro de Atienza y al talaverano y a otros moros afartos. Mio Cid Ruy Díaz ya por Burgos entró. Sesenta pendones lleva su compaña en por. Sesenta pendones lleva su compaña en pos. Sesenta pendones lleva su compaña en pos (151-152). ¡Toda la corte pendiente del viaje fundamental de este viejezuelo que sonríe a joculatrices y canturrea! ¡La España se paralizó entera en espera del Brujo Francés que fandangueará otra vez con María! ¡Yo lo había de traer! (y mi caballo pisando margaritas). Y con España detrás..., igual Sevilla mandaba un enterado suyo amigo de Leonor a matarme. ¡que mientras Trastámaras y portugueses, Leonor y María pelean por el borracho, yo, que sólo quiero escapar al campo y vivir bien los pocos días que tengo, ando en medio1 (164-165). Y, mire vuacé, tanta alegría me dio encontrarme a la Fandanga en Salamanca (y es que yo la quería una miaja, por paisana), que la llamé por este último nombre, Celestina, y acordándome del pontonero y su hija, quise componer en su honor una obrica nueva y bauticé a todos los personajes con mimbres de aquí y mimbres de allá. Llamé a uno Calisto, por ser muy apropiado de un mancebo ser bello y por significar Calisto bello en lengua griega, y por existir un hombre con este apodo en mi ciudad A ella, Melivea, que es también vecina de Talavera y nombre de pastorcica. Al criado muerto Pármeno, que fue un golfín de los montes, de aquellos que murieron... (188). En efecto, poquico a poco, aunque no fue la cura a golpes, fui combinando mi plumear el Amadís de Gaula con la lectura de este Gonzalo de Berceo. Se quedaba corto Jaimecico. ¡Qué flores, qué campos, qué nombres de la Virgen se veían allí1 Natura lucía esplendor entre aquellas páginas, mejor que en una mañana buena. ¡Qué goce el de leer! Refugiado en mi monasterio me devolvieron aquellos cenobitas el calor maternal de las paredes y los refugios que le son tan gratos a Gutier. Y Gonzalo de Berceo me trajo la riqueza de lo pequeño del mundo. No se muera nadie sin probar a Berceo. Es tan risueño y feliz su consejo que alegra cualquier tristeza. su voz trina, pienso que era este hombre un pajarico. ¿con qué manos pálidas escribiría? ¿Cómo serían sus ojos? Si se pudiera mirar las almas por dentro, ¿qué nos encontraríamos tan dulce y tan sabroso en la suya? ¡cómo sabía disfrutar Berceo de las cosucas! "Qué aces en el mundo con un alma más grande que el mundo? ¡Oh, desierto tapizado con las flores de Cristo! ¡Oh, soledad en que brillan las piedras preciosas de que se construye la ciudad del gran rey! ¡Oh, soledad que se alegra con la familiaridad de Dios! Créeme, en estos monasterios se goza de una luz más pura!" (194). -Cuente usted esto. ¿Qué le parece? -¿Como si subiéramos una fingida montaña que accede a la cueva de ese brujo? -Sí. ¿Qué más le da a la historia mentir una cosa u otra? Mienta usted así, y creerán, y creerán que usted realmente logró traer al brujo y quedará usted en la memoria de las gentes. De nada sirve, pero ya puestos... -¿Ése es tu consejo? -No del todo. Tal vez no desee usted entrar en la historia por traerle un brujo a la reina. Tal vez prefiera marchar con el brujo en busca de aventuras. Eso según quiera usted contarlo. Pero que sea entretenido. Todo lo que contribuya a la diversión es mi consejo. Pero todo esto cuando lo apetezca, no se vaya usted a cansar. No lo tome como oficio, sino como goce de ir contando cuentecillos, que así debería ser todo en la vida, quitapesares (212). "Embarcamos un día con sol y luna, desperdigados los dos astros por el antojo del cielo. ¡Puerto de aquella Lisboa empinadica y turbia de invierno de 1352! El mar también tenía un antojo de sueño y la tarde invitaba, con su ligero sopor, a reposar el ánimo en la longitud. La pirámide de casas grises y marrones subía hasta la montañuca alta y bajaba, en colcha de casas, hasta el puerto. Todo era de una rara belleza Las velas, ya desplegadas, mostraban un sudor de luz, intacta en su ligero temblor. Estas velas parecían rojas de fuego a veces, luego tiernas, amarillas. El barco se rompía, de lo claro que podía verse. Embarcamos un día con sol. Con mucho sol. quise mirar atrás. El empeño de los ojos me duró hasta que no hubo continente que echarse a la vista. Las ciudades Lisboa perdiéndose. Nos marchábamos. Definitivamente. Al fin del mundo. Al Fin de los Tiempos (228-229). 242 Anacronismo comentado -¡Pero si hubo duelo en toda España! Murió Alfonso de unas bubas de peste allá en Gibraltar. Eso dicen al menos. Y María también murió. -¿Murió María? -Sí, en Portugal. Porque después de que descabezara a Leonor de Guzmán... -¡Ah, otra muerte más! ¿La barragana del rey, también? -¿Tanto desconocéis la historia de España? A la muerte de Alfonso, María mandó detener a Leonor, la encerró en el alcázar de Talavera y allí un esbirro suyo llamado Alfonso de Olmedo le cortó la cabeza. Felisín despatarró los ojos -¡Alfonso de Olmedo! -Yo no me compliqué la vida, ¿saben? El filio de María que hoy es rey de España en realidad es filio de don Pero Gil, púsele a él encima de ella y con él se consoló, cuando Alfonso se negó una vez más a preñarla. Despatarró los ojos ahora Gutier. -Pues sí, Alfonsiño de Olmedo fue quien mató a Leonor y aun hijuelo suyo muy pequeño que llevaba en brazos cuando fue detenida. Por eso que hubiera batalla en Montiel de los hijos de la descabezada contra el único de María. Porque si una madre mató a otra, los hijos se enfrentaron, -¿Y quién ganó la batalla? -¿Tampoco conocéis la batalla de Montiel entre Pedro y enrique? ¿No conocéis al rey que gobierna hoy España? Don Pedro I es, ya le dije. -¿Y cómo murió María? -En Portugal murió. Allí, por unos asuntos de familia, fue muerta por su hermano (245).

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
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