Díaz Húder, Javier

Nadie vio muerte tan bella

Pamplona, Ediciones Eunate, 1997

Javier Díaz Húder nació en Funes en el año 1940. Es empresario y escritor especializado en novela histórica.

Pasión infiel en Biarritz (1996) Nadie vio muerte tan bella (1997) ¡Todavía estoy vivo! (1998) Un rey de extraña nación (1999) Que no te toque a ti (2000) Un puente para el camino (2005) El renacer del Temple La amante del rey (2008)

En el año 1201, pesar de las disposiciones tomadas por Enrique II de Champaña y tras la muerte su marido Teobaldo III, Blanca de Navarra, a punto de dar a luz, se entrevista con Felipe Augusto para ratificar los derechos de su hijo sobre el condado de Champaña, tierra rica donde florecen las artes y el amor cortés. El rey francés, hábil e taimado, la confirma en sus intereses, mientras decide abortar las pretensiones de Erard de Brienne. Sin embargo, mientras el futuro Teobaldo IV crece y se educa en la corte junto al monarca, el señor de Ramerupt, decidido a convertirse en el conde palatino de Champaña, de erguirá en el azote de Blanca de Navarra, y se dispondrá a marchar a Jerusalén para casarse con Felipina merced al apoyo de su tío Jean de Brienne, donde logrará llegar a pesar de haber sido encarcelado por los hombres de Blanca de Navarra. Mientras tanto, los éxitos políticos alcanzados por Felipe Augusto, siempre en la mira del Papa, corren peligro: una alianza entre Juan Sin Tierra, el conde Ferrán de Flandes y el emperador Othón amenazan sus territorios. Blanca de Navarra ofrecerá su ayuda al rey francés, pero esta vez como una igual, esperando que la participación de Champaña, que a la postre resultará fundamental, confirme a su hijo en el condado. A pesar de la inferioridad numérica, los franceses vencerán en Bouvines, pero con la victoria no llegará la paz para la condesa regente: Erard de Brienne, casado con Felipina a pesar de las disposiciones papales, busca el apoyo de sus enemigos y de los champañeses que consideran inválidas las disposiciones de Enrique II. Primero en Montmort, y luego en Amance, los hombres de Blanca de Navarra tendrán que hacer frente al duque de Lorena, pero Brienne continuará encastillado mientras sus hombres ponen en peligro las ferias comerciales. Sólo el buen hacer de los hombres de la condesa conseguirá que Brienne renuncie a su obsesión, y Teobaldo de Champaña, tras un breve matrimonio con Gertrudis de Dabo, casará con Isabel de Beaujé y asumirá el mando de Champaña.

Novela histórica

Condado de Champaña Antisemitismo Amor cortés III y IV cruzadas Guerras Francia-Inglaterra (Plantagenet-Capeto) Navas de Tolosa

Mapas añadidos: -Condado de Champagne. Reinado de Teobaldo IV (1201-1253) en «Passe avant le meilleur» ó Historia de los condes que han hecho la Champagne. Impreso en La Renaissance. Troyes, 1986. -Francia a comienzos del reinado de Felipe II Augusto (1180) en «Passe avant le meilleur» ó Historia de los condes que han hecho la Champagne. Impreso en La Renaissance. Troyes, 1986. -Francia bajo el Reinado de Luis VIII (1226). «Passe avant le meilleur» ó Historia de los condes que han hecho la Champagne. Impreso en La Renaissance. Troyes, 1986. -Navarra en tiempos de Teobaldo I (1234-1253). «Passe avant le meilleur» ó Historia de los condes que han hecho la Champagne. Impreso en La Renaissance. Troyes, 1986. Dramatis personae (realidad-ficción), pp. 11-13 Genealogía de los condes de Champaña y Brie desde Enrique I el liberal (p. 14). Principales soberanos reinantes-Siglos XII y XIII (p. 15). Inclusión de versos de Chrétien, Teobaldo IV y Blanca de Navarra.

Gace Brulé

Discípulo preferido de Chrétien de Troyes, quien lo presentará en sociedad. A pesar de su inicial timidez, Gace Brulé es capaz de utilizar su voz y sus habilidades con los instrumentos para insuflar vida a las composiciones, y se convertirá en el poeta más celebrado de su tiempo. Estimado por Blanca de Navarra, será el mentor de Teobaldo IV, a quien visitará periódicamente en la corte para revisar su formación.

Enrique II de Champaña

A pesar de los intentos de su madre, estaba decidido a no casarse hasta conquistar Jerusalén, por lo que antes de marchar quiso legar sus derechos sobre Champaña a su hermano Teobaldo III. Gobernó con equidad y dejó un grato recuerdo en sus vasallos, pero murió sin lograr su sueño de liberar los Santos Lugares, y habiendo concebido una descendencia que llevaría la guerra a su condado.

Blanca de Navarra

Tras la muerte de su marido, renunciará a su felicidad personal para luchar por la herencia de su hijo. Aunque no pueda evitar sentir nostalgia por los brazos de un hombre y por la tierra en que nació, ama Francia y conoce sus entresijos económicos y políticos, que manejará para sus fines, consciente de que Champaña es un bocado codiciado. Dirigirá personalmente sus tropas frente a Teobaldo de Lorena.

Teobaldo IV

Formado en la corte por petición expresa de Felipe Augusto, Teobaldo desarrollará su gusto por el amor cortés, las damas y la música, sin dejar de ser un bravo caballero. En sus años mozos, nacerá la rivalidad mutua hacia Felipe Hurepel, que lo habría de acompañar toda la vida, y el afecto hacia Isabel de Beaujé, con la que acabaría contrayendo nupcias, después de separarse de la celosa y posesiva Gertrudis de Dabo y Metz.

Rougeot

A pesar de haberse criado en Claraval, el apego a las costumbres terrenales, sobre todo a la buena mesa y a la música, provocaron que sus superiores le buscasen acomodo en Savières, lugar que con su empeño logró convertir en una de las zonas más prósperas de Francia, ganándose la estima y el respeto de sus feligreses. Su fuerza física no desmerecerá a su apetito, y pasará a ser uno de los fieles colaboradores de Blanca de Navarra.

Teobaldo de Lorena

El duque es presentado como un hombre que vive por y para la guerra, única actividad, junto con la caza, que considera propia de un caballero. De gustos primitivos e imagen antitética del amante cortés, su fidelidad al emperador Othón lo llevó a sentir la derrota de Bouvines como propia, y apoyará a De Brienne. Justo cuando se disponía a matar a Teobaldo IV, una lanzada de Lamberto lo herirá de muerte.

Lamberto de Châtillón

Educado en las armas por Garnier de Lagny, Lamberto de Châtillón será uno de los paladines favoritos de Blanca de Navarra, dama que se convertirá en su musa, y en el mentor de Teobaldo. Junto a Rougeot, salvó la vida a De Brienne y a De Crogny, para luego convertirse en su implacable perseguidor y viajar a Tierra Santa tras su pista. Tras la batalla de Bouvines, será nombrado vizconde de Mèry.

Erard de Brienne

El señor de Ramerupt es descrito como un hombre ambicioso al que el alcohol hace hablar más de la cuenta y cuyo gusto por la ostentación ha generado deudas que no puede saldar. Convencido de que el rey avalaría sus pretensiones, está dispuesto a todo por conseguir el ducado de Champaña, que considera suyo incluso a pesar de la voluntad de Felipina. Sólo renunciará a él mediante un engaño de Chipía.

Felipe II Augusto

Decidido, tras la muerte de Enrique II, a controlar el condado de Champaña, cambiará su decisión tras la visita de Blanca de Navarra, por la que experimentará una creciente estima, y cuya amistad le servirá de apoyo frente a sus numerosos enemigos y las tensas relaciones con el papado. Buen político, su hegemonía estará basada en las alianzas y en debilitar a sus enemigos, evitando los enfrentamientos directos.

Martín Chipía

Tras haber servido a los reyes navarros, llegará a Champaña con cien de sus ballesteros llamado por la condesa. Aposentado en Provins, se encargará de la protección interior del condado, y formará ballesteros incluso para Felipe Augusto. En la condesa y en Teobaldo IV reconocerá la sangre de los monarcas a los que sirvió y, sintiéndose un chamapañés más, será un estratega imprescindible en las empresas bélicas.

Andrés de Crogny

Consejero de De Brienne. De Crogny es un hombre astuto y ruin, incapaz de experimentar cualquier sentimiento noble, de no ser la lealtad que profesa a su señor, que seguirá sus planes, pero que no tendrá demasiados reparos en dejarlo abandonado en una prisión de Marsella. Chipía lo liberará a cambio de que, haciéndose pasar por un espectro, convenza a De Brienne de que renuncie a sus pretensiones.

Gautier Mussy

Canónigo de la catedral de Langres. De Brienne quiso aprovechar su fama de mujeriego para tachar la reputación de Blanca de Navarra, y el canónigo intentará conquistarla, pero se encontrará con un inapelable rechazo y con la daga de Chipía. Deseoso de venganza, se hará pasar por mercader e intentará violar a la condesa, pero será apresado y, por orden de Teobaldo IV y bajo la apariencia de un suicidio, asesinado.

Felipina de Brienne

Seducida por los relatos de lejanas tierras que escuchó en boca de su padre, Felipina, no especialmente bella, acabará rendida a Erard de Brienne, con quien se casará en secreto y a quien unirá su destino a pesar de la oposición papal. A pesar de la fe inicial que mostrará en la consecución de sus planes, Felipina, tras, intentará, sin éxito, que De Brienne acepte las condiciones de la condesa Blanca.

Gertrudis de Dabo y Metz

Su matrimonio con el bruto Leopoldo de Lorena acabó resultando todo un fracaso, y la dama, tras un encuentro fortuito con Teobaldo IV, encontró en los su brazos el amor que cantaban los juglares. Antes de la muerte de su esposo, Blanca de Navarra ya le había anunciado que vería con buenos ojos un enlace con su hijo, pero Gertrudis, con sus continuas misivas y reproches, acabó cansando a su nuevo marido.

María de Francia, condesa viuda de Champaña y Brie, observó como su hijo menor Teobaldo, todavía un niño que acababa de cumplir los once años de edad, rompía, alborozado, en una carcajada tras escuchar a Enrique II, conde palatino de Champaña y Brie, hermano al que admiraba y quería desde los años de su infancia como se admira a un hermano mayor que ha hecho las veces del padre al que casi no había llegado a conocer. Debido a la algarabía reinante no consiguió enterarse del motivo de tanta alegría, pero tampoco le preocupaba. Sólo le importaba el cariño y la compenetración existente entre ambos, hecho del que se sentía orgullosa y se consideraba responsable; ella había sido la artífice de la unión de la familia a la que había dedicado íntegramente su existencia, tanto en vida de su esposo, Enrique I, al que sus súbditos habían dado el sobrenombre de el Liberal, nombre con el que había pasado a la historia, conde de Champaña y Brie, como cuando al enviudar casi nueve años antes, tuvo que hacerse cargo de la regencia. La acertada política que su difunto esposo, continuación de la de su padre el conde Teobaldo II, llamado el Grande, había desarrollado durante los treinta años que permaneció al frente de los destinos de Champaña, había hecho que esta se convirtiese en una de las regiones más ricas de Francia; los condes de Champaña podían presumir, sin faltar a la verdad, de tener más poder y riquezas que los mismos reyes de Francia, de los que eran vasallos. Impulsó el desarrollo de las ferias comerciales que se celebraban en el país ininterrumpidamente desde hacía dos siglos convirtiéndolas en los principales centros de intercambio de mercancías y mercado de metales preciosos de la cristiandad. Enrique el Liberal hizo que el mundo de los negocios pasase inevitablemente por Champaña (17-18). -No sé si hago bien en haceros partícipe de mi secreto, pero ya os he dicho que me caéis muy bien y ¡qué diablos!, estoy demasiado satisfecho para no compartir una noticia tan importante. Tened cuidado, no se os ocurra propagarla, nadie debe enterarse pues puede llegar a oídos de nuestra falsa condesa, lo cual sería muy peligroso –como podéis comprender, al oír sus últimas palabras me alarmé y se me disiparon todos los vapores del alcohol-. He pedido la mano de Felipina, la hija segunda de nuestro conde Enrique II fallecido en un desgraciado accidente en su palacio de San Juan de Acre siendo rey de Jerusalén, al actual regente de Jerusalén, Juan d´Ibelin. Debido a que su hermana mayor, Alix, ya está prometida al rey de Chipre y ha renunciado a sus derechos sobre Champaña y Brie, pienso reivindicar estos derechos en nombre de mi esposa. Por lo tanto, tenéis frente a vos al futuro conde de Champaña. Comprendo que mi prometida es todavía muy joven pero celebraremos los esponsales cuando antes y la traeré a vivir en esta tierra, que es suya, que legalmente le corresponde. -¡Pero señor! –contesté alarmado, aunque intentando que no se transparentase mi zozobra. Con el fin de animarle a seguir hablando volví a llenar su copa hasta el borde haciendo lo mismo con la mía, que vacié de un solo trago por lo preocupado que me encontraba- Todo el mundo conoce el hecho, que no se pone en duda; Enrique II obligó a jurar a la nobleza, a los obispos, antes de partir para la cruzada, en el castillo de Sezanne, en una reunión en la que estaba presente su madre, la difunta condesa María, que si no volvía de su viaje a ultramar todos sus derechos pasarían a su hermano Teobaldo. Así sucedió y su hermano tomó posesión del condado con el nombre de Teobaldo III. -No me preocupa ese detalle. Fue una bonita farsa sin ningún valor legal. De todas formas Teobaldo III también ha muerto y ¿quién gobierna ahora en Champaña? Una extranjera, que detenta el poder en nombre de un niño del que ni siquiera se sabe en realidad quién es el padre; ¿quién nos asegura que sea realmente hijo de Teobaldo III? Es bien sabido que padeció una grave enfermedad tiempo antes de morir ¿Cómo va a engendrar un hijo, estando tan enfermo? Y a la navarra le gustan mucho las fiestas galantes y en especial los trovadores. ¿Quién sabe, querido abate? La carne es débil... (76-77). Durante estos años, Erard de Brienne había estado, como vulgarmente se dice, tascando el freno de la impaciencia. El tiempo iba pasando y continuaba soltero, con la irrenunciable intención de hacer efectivas sus ambiciones. Dos años antes, como ya se preveía, su tío Juan de Brienne se había convertido en el rey de Jerusalén. Hasta el momento mantenía las promesas que le había hecho de apoyarle en sus aspiraciones a la mano de Felipina de Jerusalén con el fin de ayudar al encumbramiento de la casa de Birenne, a la reivindicación de sus derechos a la titularidad del condado de Champaña. Pero este último se lo había comunicado en secreto, prohibiéndole que sus intenciones se hiciesen públicas. Sus enemigos eran muy poderosos; nada menos que la propia condesa, que había demostrado ser un adversario al que no se debía despreciar, el rey de Francia y la Santa Sede, por citar a los más importantes. Por tanto era inútil un enfrentamiento abierto. La ayudaría, pero con cautela; no tenía intenciones de enfrentarse con la condesa de Champaña, a la que por otra parte estaba unido por el sagrado juramento del vasallaje (171). Blanca de Navarra no se equivocaba al decir que era tiempo de solicitar una entrevista con el soberano. Conocía perfectamente la situación política de Europa y sabía que las dificultades por las que Francia pasaba en estos momentos eran enormes. Una terrible coalición amenazaba con hacer perder en un soplo, a Felipe Augusto, todas las ventajas conseguidas en treinta años de cauto y bien administrado reinado. En contra de las costumbres de su tiempo siempre que le había sido posible había evitado la lucha armada y sin embargo sus dominios se habían extendido considerablemente, en especial a costa de los Plantagenet, siguiendo una política de alianzas y siendo generoso en tierras y dinero con los nobles vasallos de sus enemigos, pero descontentos con sus soberanos. Era astuto, sabía aprovechar las oportunidades. Pero esa política ya no sería; sus contrincantes le plantaban cara y le obligaban a salir al campo de batalla. Champaña estaba siempre dispuesta a ayudarle, a ponerse a su lado, uniendo sus fuerzas; pero en esta ocasión era diferente, no la tenía a su merced como en las ocasiones anteriores en que habían llegado a acuerdos en que siempre había tenido que ceder. En el presente, el rey no podía permitirse el lujo de rechazar un aliado tan poderoso; por lo tanto las conversaciones se desarrollarían en términos de igualdad. Y Blanca de Navarra sabía jugar sus cartas. El mapa político europeo era tan complejo que sería necesario un especialista para desenredar la madeja. La sabia política del rey estaba convirtiendo a Francia en el país más poderoso de Europa, lo que no podía ser permitido por el resto de los soberanos. Tampoco ellos estaban libres de problemas dentro de sus mismas fronteras; el astuto estadista que era Felipe augusto había sabido introducir la discordia y hacer crecer su influencia en la cortes de sus enemigos. Por lo tanto, a juicio de estos, era precios aplantar el emergente poder galo antes de que fuera demasiado tarde. Se percibía en el ambiente la proximidad de una larga guerra (227-228). Pero era consciente que ahora no tenía elección; se había llegado a una situación límite que é no había buscado y, en contra de lo que estaba acostumbrado, no le correspondía esta vez marcar las reglas del juego. Por lo tanto se sentía incómodo, no le gustaba la forma como se habían desarrollado los acontecimientos, se sentía cogido en una trampa. Después de un cuarto de siglo en que había conseguido engañar a todos sus contrincantes, en el que había logrado engrandecer espectacularmente los territorios legados por su padre, habiendo convertido a Francia en la mayor potencia europea y a él mismo en el árbitro de la política continental, las víctimas a las que se había acostumbrado a despojar se habían unido en su contra. Tenía que luchar y lucharía, demostraría al mundo que su elección de la vía pacífica para lograr sus fines se debía a su convencimiento de que era el arma más eficaz, pero que no era real la fama que le tachaba de cobarde, fama que se había empezado a crear a su alrededor. Mientras se dirigía a Flandes al frente de veinticinco mil hombres, su hijo Luis, bordeando el río Loira con sólo quince mil intentaría frenar la acometida del rey Juan de Inglaterra, que había desembarcado en La Rochela con unas fuerzas que doblaban sus propios efectivos. Francia en toda su extensión contenía el aliento; el pueblo esperaba el desarrollo de los acontecimientos con el corazón en un puño. Si uno cualquiera de sus dos ejércitos era derrotado se produciría la invasión y el pueblo sabía perfectamente lo que esto significaba (267). -Sire. He recibido importantes noticias que nos deben regocijar a todos, a nosotros como franceses y a vos, al mismo tiempo, como noble champañés –Erard se despertó de golpe. Intuía que a continuación iba a oír algo muy desagradable-. En un pequeño poblado, a medio camino entre Tournai y Lille, llamado Bouvines, hace escasamente diez días, nuestro rey ha destrozado a las tropas coligadas del imperio y del conde de Flandes. La victoria ha sido total. A esto hay que añadir que unos días antes el delfín Luis obligó a las tropas invasoras de Juan sin Tierra a volver a su país. Ha sido una gran día para Francia (293).

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
Proyecto Parnaseo (1996-2018)
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