Porlan, Alberto

Luz del oriente

Madrid, Mondadori, 1991

Alberto Porlan nació en Madrid en el año 1947. Empezó la carrera de Ingeniería, pero se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en la redacción de Cuadernos Hispanoamericanos y fue redactor jefe de Televisa España, y es autor de los ensayos La Sinrazón de Rosa Chacel (1984), Los nombres de Europa (1998), y de la Antología poética de Luis Rosales (1984). Ha escrito y dirigido el largometraje documental Las Cajas Españolas, premiado en la Seminci de Valladolid de 2004.

Quasar azul (1981)
Pájaro (1981) P Perro (1997) P Peña (2000) Premio Esquío 1999 P Luz del oriente (1991) Pecados (2005) P Donde el sol no llega (2006) VII Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones País (2009)

Se publica la traducción realizada por Joseph Alguazas en 1693, para Pedro de Bracamonte, del libro Luz del oriente, acabado por Almás ibn Chúder en el año 1000 y copiado en aljamía en 1365. En él, y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en aquellos tiempos de oscuridad, Almás rememora su llegada a Samarcanda, tras tres años junto a su maestro Abu-z-Zámad, y cómo, después de gozar un breve tiempo de la sensualidad de la juventud, encaminó sus pasos hacia la rábida de Helal. Allí Almás, destinado a ser arquero, Gasák y Yabir, sufrieron duros trabajos para conseguir los materiales con el que forjar sus armas, pero los tres jóvenes templaron su espíritu y su mente para ponerse a disposición de las santas banderas.

Novela histórica-Sobrenatural-Memorias

Dualismo Sabeos Arco de Mani Caballería Espiritual «Espejo de príncipes»

Manuscrito encontrado con distintas traducciones

Almás ibn Chúder

Hijo del comerciante Chúder ibn Mesrur. Nacido en Samarcanda, pasó tres años bajo la tutela de Abu-z-Zámad, pero al final del aprendizaje sintió que su maestro le negó el Conocimiento. Siguiendo los consejos de su padre, a su regreso, gozó de la sensualidad y los placeres de la juventud, pero en poco tiempo quiso continuar con su formación. Desde la vejez, propone sus memorias como ejemplo para quien se anime a adentrarse en los senderos de la gloria.

Gasák

Procedente del arrabal de Bujara, se dirige a la frontera con los turcos Guzz para ponerse al servicio de las santas banderas. Parece loco o ingenuo, y cree que su deforme caballo lo protegerá de los peligros, por lo que, su primer encuentro con Almás finalizará en combate de garrotes. Se convertirá en uno de los tres aprendices, y aunque perderá un brazo en la Gruta Blanca, se convertirá en el maestro de la espada.

Abu-Nayla

Maestro de la rábida de Helal, encargado de la preparación con el arco. De ojos penetrantes, Abu-Nayla será el tercero de sus maestros, y el más cercano a Almás por la disciplina que imparte. Les hará plantar unos arbustos que crecerán conforme a sus esperanzas, y cuyas semillas formarán parte de los materiales para sus armas. Será capaz de hallar un arco para el tullido Gasák y de explicarle a Almás el episodio de la Gruta Blanca.

Yabir

Alás y Gasák lo conocerán cuando éste lleva una semana en Anfuran esperando a otros compañeros, pues sabe que en la rábida de Helal sólo admiten candidatos de tres en tres. Su espíritu de combate no había hallado hasta entonces jefe ni bandera que colmaran sus expectativas, pero al encontrarse con sus compañeros sus esperanzas reverdecerán. Poco amigo de las confesiones, se convertirá en un maestro de la lanza.

Danish el Pasmado

Por su carácter peculiar, y su extraña propensión a los trances, es el habitante de la aldea próxima a la rábida que más aprendices acoge, y para ello se sirve de los engaños de su hija. Almás, Gasák y Yabir trabajarán a su servicio a cambio de pequeñas porciones de hierro para forjar sus armas, y tras haber pasado por su círculo de comensales averiguarán que no es un hombre honesto y que su trabajo quizá no concluya nunca.

Abdul

Tras casi nueve años trabajando, Abdul ya casi ha atesorado el hierro suficiente, por lo que nadie quiere contratarlo. Su mérito es triple, porque sus compañeros abandonaron, y él siguió solo. Les hará comprender a Almás y sus amigos que están siendo engañados y les propondrá un pacto, pero será apresado por su hermano Tuzún, que lo asesinará en defensa propia. De sus cadenas saldrá el hierro para las armas de Almás y compañeros.

Farasa

Mientras intenta hallar a su último maestro, Almás se encontrará con Farasa, nacida en las tierras del Norte y vendida a la familia en la que se crió Zauab. Farasa le narrará la historia de su djadd, y su perfecta belleza encandilará a Almás, hasta el punto de que el joven arriesgará su propia vida, atentará contra su maestro y decidirá no regresar a la rábida para estar siempre con ella... ignorando que ella es una creación de Zauab.

Zauab

Djadd de Almás, del que el joven tendrá que aprender la Certeza. Se le aparecerá en múltiples formas, entre ellas la de Farasa, que le dirá que Zauab es el Príncipe Oculto de los Sabeos. El djadd lo hará despojarse de todo para emprender la búsqueda del Arco de la Luna, que perteneció a Mani. Sólo cuando lo consiga comprenderá que todo lo vivido no ha sido más que una ensoñación provocada por Zauab.

A Don Pedro de Bracamonte y Llerena Yo, señor, sol el Licenciado Joseph Alguazas, el escribano a quien fue encomendada la puesta en romance de este libro morisco. Y sabiendo que V. Exc. tenía el deseo de verlo vertido a nuestra lengua de modo fiel y sin expurgarlo de cuanto tiene en sí de propia sustancia y verdadera noticia, heme atrevido a juntar éste que escribo con los papeles en cuya letra vengo entretenido desde hace dos años. Y ello por referir cómo lo hice y para que V. Exc. tenga por cierto que nada añadí ni quité del aljamiado que me pusieron en las manos, sino las partes aquellas que por el estado de destrozo en que venían vime forzado a rehacer. Mas no ocupaban éstas grandes trechos de la historia, porque las más veces no fueron sino palabras o párrafos cortos en los que el sentido que quiso darles el que los escribió quedaba claro por demás. De tal modo que puedo porfiar con cualquiera sobre que el libro está vertido al castellano sin mengua alguna de su lozanía natural y que hasta las partes en las que el recato habría de obrar como juez para el cristiano están como fueron escritas, ni embellecidas ni contrahechas por mí. Y con estos juicios y advertencias que hago aquí para V. Exc. y que responden a los que a mí me fueron hechos al serme encargada por vuestro secretario la tarea que ahora concluyo, suelto al fin la pluma y dejo el libro en las manos del mensajero que lo dejará en las vuestras. Añado tan sólo que complacer vuestro deseo ha sido para mí labor doblemente gozosa, porque, como Vuestra Excelencia supo comprender antes que ningún otro, hay en este libro grandes cosas muy dignas de admiración, y enseñanzas que han de aprovechar a muchos hombres de cualesquiera trazas y creencias. En Alcalá, a dos de febrero de mil seiscientos y noventa y tres. El Licenciado Joseph Alguazas (9-10). El derviche, que me miraba fijamente a los ojos sin perder una sola de mis palabras, se llevó entonces la mano a las narices y se las apretó con fuerza a la vez que, manteniendo la boca cerrada, expelía el aire de sus pulmones. La cara se le congestionó horriblemente. Parecía que iba a estallar como una vejiga demasiado inflada. De pronto, ambos ojos saltaron a la vez de su rostro y, por las vacías cuencas, salieron sendos enjambres de abejas enormes y rojas como la sangre, que me rodearon por completo. Pero yo no hice el menor movimiento. Las abejas cayeron entonces al suelo y se convirtieron en una sierpe gigantesca que pronto se irguió y alzó la cabeza a la altura de mis ojos, mientras sacaba su lengua partida y la agitaba con un silbido de hielo. Pero yo no me moví. Después, la sierpe se enrolló sobre sí misma y se entre sus anillos surgió un horrendo efrit negro llevando una reluciente cimitarra en la mano, que asestó con un rugido sobre mi cabeza. Y tampoco esta vez me moví. Y antes de que el arma llegara a tocarme, ella y el efrit se desvanecieron transformándose de nuevo en un enjambre de abejas que luego se dividió en dos y tornó a penetrar por las cuencas vacías del derviche. Y luego volvió el sufí a tener los ojos en su sitio. Y todo esto que he contado lo vi yo con los míos igual que ahora estoy viendo el papel en que lo escribo (25-26). -A veces, Almás –repuso él-, te expresas de un modo tan enrevesado que no hay más que suponer que tienes razón... Pero ahora parece que ha llegado el momento de que hablemos con claridad y sin más dilación acerca de nuestro destino. Decid, pues, amigos: ¿qué rábida es ésa ni qué leyenda la rodea ni qué músicas podemos nosotros tocar allí ni qué provecho sacaremos de ello? Que yo no quisiera ver repetida en mis carnes la descorazonadora historia que acabamos de oír; y según ella, parece que no va a ser fácil encontrar una linda compañía con la que alzarse a la gloria, y más siendo nosotros novatos y careciendo de amigos y de señas en estos climas. -Pues bien, hermano –dijo entonces el nuevo camarada- cuanto yo sé es que de la rábida que digo se habla poco en voz alta y demasiado entre susurros, que tiene una rara fama. Diz que la ocupan una docena de hombres santos y sabios que conocen todos los secretos del espíritu. Y también cuentan que la misión de esos hombres es la de formar, según técnicas asombrosas de las que solamente ellos tienen conocimiento, a los jóvenes que escogen de entre quienes llaman a su puerta. Pero nada más sé de ella, pues parece que ni los que son admitidos ni los que son rechazados después de ciertas pruebas revelan en qué consisten éstas. Se asegura que los monjes no aceptan nunca a un solo joven, sino que, por motivos ignorados, requieren que se presenten en grupos de a tres. Y debido a esta condición hace ya una semana que espero aquí en Anfuran a dos compañeros que acepten a venir conmigo. Y si vosotros fuerais los que espero, nada podría causarme mayor placer. Llegado aquí se interrumpió y, después de hacer un gesto hacia mí, prosiguió diciendo: -Pero puesto que también tú tienes noticias de ese lugar misterioso, cuéntanos lo que sepas a fin de completar lo más posible estos escasos informes míos. Y dije: -Yo escuché una vez a unos comedores de alhaschische que hablaban entre sí de esa rábida de Helal o de las dos aldeas, pero las cosas que decían eran confusas, según suele ocurrir entre esta clase de gentes que se enturbian el entendimiento para buscar placer. Aquellos hombres hablaban por referencias, recordando lo que habían oído a unos y a otros. Y afirmaban que quienes de ella salen después de recibir instrucción son casi invencibles, pues allí aprenden todas las mañas y manejan todas las armas, aunque cada uno sale maestro en una de ellas que puede ser la espada, el arco o la lana. Y esos hombres recorren el mundo por grupos de a tres, con lo que forman un bloque capaz de enfrentarse a cincuenta enemigos y vencerlos. Y a veces, cuando la ocasión o el empeño lo merecen, se envían mensajes unos a otros por medio de palomas que tienen sus palomares repartidos por toda la haz de la Tierra y se reúnen por cientos o por miles en algún sitio acordado y entonces son capaces de hacer morder el polvo al mejor ejército del mundo. En cuanto a su número nadie sabe decirlo con precisión, porque hay bastantes más rábidas como ésta repartidas a lo ancho de la musulmana tierra, animadas todas ellas por los mismo ideales a los que son más fieles que a la propia vida. Y la hermandad entre este género de hombres es tan estrecha que, cuando uno de ellos se encuentra en posición difícil, recibe siempre ayuda y socorro de otros que pertenecen a su mismo gremio, quienes arriesgan gustosos su vida para hacerlo. Pero también digo e insisto en que estos hombres a los que escuché estaban bajo los efectos de banch y que hablaban de oídas. Y en cuanto a la instrucción que en la rábida se recibe y a las pruebas que hayan de superarse a ingresar, nada dijeron y yo nada sé. Tocante a que pidan como condición ésa de presentarse por grupos de a tres, coincide con lo que yo sabía y acabo de deciros; y por ello deseo que nuestro amigo Gasák acceda a acompañarnos, con lo que podríamos tentar suerte juntos para superar las pruebas de entrada, que sin duda serán fuertes (44-46). En ese momento, cuando la situación era más grave que nunca y cuando, después del esfuerzo para recuperar a Gasák, no teníamos energías ni para hablar, sentí yo de pronto que me llamaban por mi nombre, pero pensé que, como a mis compañeros, el viento me había engañado jugando con las rocas. Sin embargo, volví a escucharlo después, y aún dos veces, pronunciado con toda claridad, suavemente, como en un murmullo. Me volví hacia el lado de donde venían las llamadas y me pareció ver una forma vaporosa en medio de la niebla, algo que se movía haciendo un gesto de llamada. Fue tanta la sorpresa que olvidé la fatiga y me acerqué hacia aquella forma para determinar lo que era. Y en un punto en que la niebla se aclaraba, pude ver que se trataba de un brazo haciéndome repetidos y blandos gestos para que le siguiera. Diré que no podía ver más que la mano y el brazo, y que el resto, si lo hubiere, permanecía completamente oculto a mis ojos. Y como he dicho si lo hubiere, diré también que yo no creo que lo hubiera, sino que parecía que el miembro aquél se moviera solo o que fuera la única parte visible de un ser invisible. Yo lo seguía; y lo seguí durante tanto tiempo que, al cabo, lo vi salir de la misma boca de la Gruta Blanca adonde al fin me había conducido su seguimiento. Y asomando así como estaba, me señaló con el dedo hacia dos matas de hierba que a ambos bordes del mismo limen de la gruta habían nacido. Y después, haciéndome un último gesto de llamada, me pidió que entrara en la cueva. Así lo hice yo sin falta. Y cuando entre me vi bajo una cúpula perfectamente blanca de unos cinco codos de alta, con una abertura en el lado opuesto a la entrada. Tal como nos habían dicho, sus paredes estaban recubiertas por una gruesa capa de la sustancia que buscábamos. Saqué, pues, la alcotana que llevaba al cinto y me puse a desprender de las paredes aquella tierra ya guardarla en la alforja. Y cuando ya había desprendido algo más de veinte dirhem de ella, empecé a oír cánticos y voces confusas que llenaban la gruta. Y en medio de esas voces escuchaba la mía propia diciendo extrañas frases. Y también oía las de Yabir y Gasák intercambiando palabras en ignoradas circunstancias (103-104). Bajé, pues, hasta el lugar en que dejé a mis amigos y allí los encontré tal como los había dejado: desvanecido el uno a consecuencia del rigor de su herida y afanado el otro en ligarle el brazo y limpiárselo de los negros cuajarones de sangre que tenía. Me senté en el mismo sitio que antes y noté que la nieve continuaba moldeada con la forma que mi cuerpo le había dado. Y cuando empecé a narrar a Yabir el extraño suceso que acababa de ocurrirme, él juró que no podía creerlo, pues que no había notado mi falta de su lado ni por un momento, y que yo no me había movido de aquel lugar. Fue menester enseñarle la tierra blanca que había recogido, y cuando se convenció, metiendo en ella las manos hasta las muñecas, pintósele en el rostro un gesto de terror y dijo: -Pues si es como dices, alguna ayuda no humana has de haber tenido y tal vez ese polvo esté maldito. Y sucedió entonces que Gasák, aunque seguía privado de conciencia, movió los labios azulados por el frío y dijo con una voz que no le reconocíamos: -No tremas, porque Almás está en lo cierto. Bajemos de aquí (105). Y a continuación le conté lo que había ocurrido cuando subimos a la Gruta Blanca, sin ocultarle nada. Y después dije: -Este suceso me altera porque no lo comprendo. ¿Sabes tú explicarme a qué causa pudo deberse? Contestó él: -No debe conturbarte eso, pues lo que os sucedió allá arriba fue un fenómeno de alteración del tiempo, y quien te guió hasta la boca de la gruta no fue el brazo de Gasák, sino su persona entera antes de que le sucediera el episodio de la manquedad. Y cuanto viste por aquella abertura luminosa ha de ser parte de tu futuro, por lo cual creo que superarás la prueba a que ahora vas a someterte. Acto seguido, ofrecióme la llave de marras, diciendo: -Esta es la llave de la cancela que cierra el Paso Rojo. Al sur de él hallarás una algaba inmensa. Tu djadd vive allí y es conocido por el nombre de Zauab. Y con esto me dio una palmada en la espalda y regreso al interior de la rábida (120). »Debes saber –me dijo-, que Zauab no es hermano nuestro. Pero no me preguntes sobre su verdadero origen, porque en torno a ello existe un secreto tan espeso que no puede ser revelado sin arriesgarse a padecer grandes catástrofes. Yo sólo sé que tiene un carácter extraño y que nadie conoce en realidad lo que hay en su interior. Tampoco ignoro que dispone de facultades extraordinarias, mágicas o sobrenaturales: le he visto realizar prodigios no siendo más que un niño. Y si quieres otros detalles, te diré que cada cierto tiempo aparece por aquí un venerable anciano, patriarca de nuestra santa religión, y se lo lleva consigo. En tales ocasiones siempre tarda varios meses en regresar y cuando lo hace llega más raro todavía de lo que se fue (135). »Pues bien: has de saber que mientras se retorcía debajo de mis uñas, Ormán me declaró que su hermano postizo Zauab era el Príncipe Oculto de los sabeos. Y díjome también que todos en su familia aceptaban contentos y honrados aquella tutela, que por lo demás les había granjeado una posición privilegiada entre la comunidad dualista. »A esta posición debían el haber sido encargados de la confección de aquellas planas, tarea por la que los fieles colmaban, a cambio, sus menores necesidades. Y así ellos podían vivir sin estrecheces. »Desde el principio de la tutela, Zauab había sido retirado de la familia durante largos períodos para ser instruido en los misterios. Aquella era la misión que desempeñaba, sin duda, el venerable patriarca que acudía cada cierto tiempo en busca del joven, ya que la instrucción del muchacho no se había completado aún. Hasta que eso ocurriera y Zauab abandonase para siempre el hogar de Martán y Bema, el poder sabeo descansaba en una junta de ancianos, cada uno de los cuales atesoraba una ciencia diferente. Eran los mismos que se habían encargado de la instrucción del príncipe, con lo que la fuerza de este último residiría, al final, en dominar el conjunto. »Y cuando di por terminada la rascadura de Ormán, estaba al corriente en detalle de la auténtica situación que se vivía en la casa. Una vez saciada mi curiosidad, descarté también mis propósitos de resultar agradable a los ojos de Zauab y desde entonces viví más libremente (137). »Comenzó a ponerse en pie y no acababa de hacerlo nunca, porque una vez que hubo desarrollado toda su talla despegó ante mi vista los pies del suelo y se elevó en el aire, y ascendió al menos cien codos. Y desde allí arriba, con una voz nueva y tan poderosa como un trueno en medio de la borrasca, decía: »¡Yo soy el que conoce el Camino hacia el Polo del Mundo! ¡El que se alumbra con la Luz Eterna y Sin Principio! ¡Soy el Depositario de las Trece Ciencias y de los Cinco Fines del Pensamiento! ¡Ante todas las criaturas declaro que soy el Pontífice de la Única Religión verdadera, el Juez de la Frontera entre los Dos Mundos, el Portero de las Cinco Moradas! ¡En mí se reúnen Jesús, Gautama, Hirmis y Zoroastro, y por mi lengua habla el Paráclito! »Y diz que en ese momento bajó una centella del fondo del cielo y describió a sus pies un arco de luz tan intensa que me cegó y tuve que cerrar los ojos. Y a continuación se escuchó un ruido descomunal que me tiró al suelo y me aplastó contra el polvo (139). Y en esto, sentí que me tomaban por la punta del dedo y que una fuerza irresistible me sacaba del agua de un solo tirón, lo mismo que saca un pescador al pez que muerde el anzuelo. Y me hallé en presencia de un ser de aspecto sobrecogedor. Tenía cuatro alas a cada lado del cuerpo y estas alas estaban cubiertas con plumas rojas como brasas y rematadas por sendas anos provistas de fortísimas garras. El rostro ere semejante al de un hombre viejo, aunque mucho mayor de proporciones, pues todo aquel ser mediría no menos de cuatro veces mi estatura; y del centro de su gran rostro arrugado brotaba un inmenso pico de águila, con el que teníame cogido del dedo y suspendido en los aires mientras me miraba curioso. Y luego me sujetó por la cintura con una de aquellas ocho garras y, con la punta del pico, me rasgó el ciclatón dejándome una roza encarnada de la nuez a la verga. Y yo, aturdido por lo súbito del cambio y la presencia de aquel monstruo formidable, sólo acerté a preguntar: -¿Quién eres tú? Y aquello me respondió: -Yo soy Zauab (142-143). -Me divierte ti impertinencia, arquero; y hasta empiezo a pensar que tú eres, en efecto, algo más que una vaca o un conejo. En lo que te equivocas es en suponer que no hay estados intermedios entre los hombres y los ángeles y en el no creer en los genios. Mas todo esto ya deben ser para ti frioleras sin ninguna importancia, pues como te dije vas a morir sin más remedio por haber quebrantado mi prohibición terminante. Y añadió, sin darle importancia alguna: -Más te haré gracia de la vida de ella si aceptas traerme un objeto que deseo poseer. Yo acepté al momento, y él me contempló apreciativamente y dijo: -Es una lástima, porque parece que no te faltan ganas, pero dudo mucho que lo consigas. Mas si te atreves a intentarlo, escucha con atención. Al Oeste de aquí, fuera del límite de la algaba, hay un territorio en el que no pueden penetrar sino los hombres como tú,m pues está vedado a los que tenemos poderes. Es una pequeña comarca dividida en siete valles, en el último de los cuales hay una sima de la que jamás salió ninguno de los que entraron. Desde que allí fue arrojado, hace seiscientos años, yace en el fondo de esa sima el arco de nuestro Santo Profeta, Mani. Miles de fieles, a lo largo de los siglos, trataron sin resultado de encontrar ese arco que el Santo llamaba Arco de la Luna, para sacarlo a la veneración. Si tú regresas con él, no destruiré a Farasa. Pero si pereces antes de encontrarlo, ella morirá. En cuanto a ti, morirás aun en el caso improbable de que lo traigas, pues has desafiado la autoridad de mi sagrado imamato (147). Unas horas después salíamos Farasa y yo de la algaba, y en su misma linde nos detuvimos y yo le preparé un lecho con hierbas y con flores. Y luego la abracé y disfrutamos de nuestro amor durante toda la tarde hasta que ella se incorporó sobre un codo y me preguntó: -¿Qué piensas hacer ahora? A lo que le contesté: -Vivir contigo hasta la muerte, nada más. Y ella: -¿Y la rábida, donde te esperan? Dije: -Tú eres ahora mi rábida, amor mío. Pues, aunque no te hubiera encontrado, ¿cómo podría yo volver a Helal después de haber matado a mi djadd? A lo que ella dijo: -Es mejor que no te maltrates con ese recuerdo, porque tal vez Zauab no haya muerto. Yo la miré perplejo y exclamé: -¿Cómo dices eso? ¿Acaso no le viste tú misma morir? ¿Es que no le atravesó la saeta de parte a parte ante tus ojos? Pero ya comprendo: le has temido durante tanto tiempo que no puedes dejar de hacerlo aunque sepas que ha dejado de existir. -No, Almás –me dijo con lágrimas en los ojos-, no me has entendido en absoluto. Escucha: desde que llegaste a esta algaba has estado viviendo una ficción de los sentidos. Viniste aquí en busca de un maestro que te diera la certeza, y cuantos trabajos has padecido desde entonces no han sido más que un sueño que él ha suscitado en tu espíritu. El poder de Zauab ha sido capaz de trasmitirte las experiencias que precisabas adquirir sin que ellas sucedieran en la realidad. Todo ha ocurrido dentro de tu cabeza. -¿Qué estás diciendo? –exclamé yo-. Mira, tengo en la mano el Arco de la Luna... Y Farasa me interrumpió diciendo: -No digas «tengo», porque todo lo que se junte a esa palabra siempre es incierto. El hombre sólo puede conseguir la perfección con el arco o con cualquier otra cosa si se despoja libremente de cuanto tiene y alcanza de esa manera la pureza de corazón. Así lo hiciste tú cuando en la sima te veías; que, aun sabiendo que tu vida y la mía estaban perdidas, tuviste la voluntad de bajar al fondo y recoger el arco. Esa voluntad te hizo arquero. Entonces superaste todos los obstáculos porque nada tenías que perder. Pues si el hombre no se vacía de cuanto artificialmente lo llena, si no inmola su yo, nada consigue; y tal ha de ser también la disposición del hombre que suelta la saeta. La plegaria del arquero es la base de su certeza, porque al disponerse correctamente a hacerla, vacía su corazón y lo purifica, situándose en el estado interior en el que no es posible fallar. De manera que el secreto supremo de la certeza consiste en encontrar ese punto de vacíos espiritual del que goza quien todo lo ha perdido. Así pues, cuando vayas a soltar la cuerda del arco, vacía tu corazón y disponte a rezar, pero no empieces a hacerlo hasta que la saeta esté volando. En cuanto a la serte que haya corrido tu maestro, no has de preocuparte por ella. Él está tan vivo como hace dos horas, pues sabe que no han transcurrido ni dos horas desde en que entraras en la algaba y te sumiera Zauab en el sueño de esta aventura. De modo que vuelve en paz a la rábida que dejaste y conviértete en caballero y sal a luchar por la justicia en el mundo sin llevar en tu conciencia la falsa idea de que mataste a tu maestro. Escuché todo aquello con el asombro que es de suponer, y una vez hubo terminado de hablar, le pregunté: -Dime, ¿cómo sabes tú eso? Y ella respondió: -¿Por qué ha de ser, amor mío? ¡Porque yo soy Zauab! Y en ese momento, ante mis ojos, se transformó en una mariposa, echó a volar y se perdió entre los árboles del bosque. Y entre sus alas voló también mi inocencia para siempre (156-158).

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
Proyecto Parnaseo (1996-2018)
FFI2014–51781-P