Sánchez-Garnica, Paloma

El gran arcano

Barcelona, Plaza&Janés, 2006

Fragmentos extraídos de la edición de Barcelona, DeBolsillo, 2007

Paloma Sánchez Garnica nació en Madrid en el año 1962. Es Licenciada en Derecho en y en Historia. Aunque ejerció como abogada, en la actualidad se dedica de lleno al mundo de la literatura.

El Gran Arcano (2006) La brisa de Oriente (2009) El alma de las piedras (2010)

En enero del año 2000, la estancia de Laura en Salamanca se verá interrumpida por la visita de su colega Carlos: el profesor Dorado reclama su presencia porque ha averiguado el paradero de los bifolios que completan el manuscrito de las actas del proceso inquisitorial a Jean de Voisins hallado diez años antes en el monasterio de Las Huelgas. Cuando Carlos y Laura lleguen a Zaragoza, descubrirán que su mentor ha desaparecido y que una doctoranda de Laura posee un extraño libro relacionado con el manuscrito burgalés. Las pesquisas para desentrañar los misterios del nuevo texto y averiguar el paradero del profesor los llevarán hasta Toledo en busca de la ayuda de Rachid, seguidos y amenazados por los peligrosos miembros de Asmodeo. Allí las advertencias se materializarán con un intento de robo y la desaparición de Marta, y Laura, Carlos y Rachid decidirán indagar en los últimos días de Jean de Voisins y de los dominicos que lo torturaron. A la par que descubren que su pasado está vinculado por acontecimientos que parecen tejidos por una mano invisible, Laura, Carlos y Rachid visitarán Burgos, Ucero, París, Couiza, Rennes-le-Château y Roma, cada vez más cerca de un secreto que cambiará sus vidas, y que les revelará Giuliano Lubienich: Laura es la última descendiente de Jesucristo, y la esposa de Rachid y los padres de Laura y Carlos murieron asesinados por pertenecer a una sociedad, heredera espiritual de los templarios, que necesita los bifolios perdidos para descubrir y proteger el Gran Arcano, lugar en el que se encuentra la tumba de Cristo y el Libro sellado de Daniel; secreto del que también pretende apoderarse la actual Inquisición, pero con muy distintos fines. Armando supo que los bifolios se hallan en el Archivo Vaticano, y ellos tendrán que robarlos y, tras su estudio, dirigirse al Tesoro de Petra, donde descubrirán un sepulcro escondido. En el año 2003, y a pesar de los continuos intentos de la Inquisición para evitarlo, Laura, al frente de una expedición arqueológica, se dispone a averiguar la identidad del cadáver enterrado en Petra y a buscar el Libro de Daniel.

Novela de indagación histórica

Orden del Temple (Venganza Templaria-Ataque mágico-Círculo interior-Custodios de Secreto) Pergamino trascrito de la vida de Jesús Joya de la descendencia de Cristo Manuscrito encontrado en las Huelgas Sangre Real-Descendencia de Jesús Libro de Daniel Código Da Vinci Rennes-le-Chateau Organizaciones: Inquisición (Congregación de la Doctrina de la Fe), Asmodeo, Hermandad del Gran Arcano) Personaje atrapado Toledo (leyendas)-Monasterio de las Huelgas Arnau de Vilanova Narración en 1ª persona

http://videochat.diariosur.es/videochat.php?videochat=sgarnica http://www.diariosur.es/20090406/cultura/oscuridad-ignorancia-cubierto-edad-20090406.html

Laura Escudero

Doctora en Historia Medieval con una tesis sobre la persecución y juicio de la Orden del Temple en Castilla y profesora de la Universidad de Zaragoza. La juventud de Laura estuvo marcada por la muerte de sus padres y de su mejor amiga, pues el dolor hizo de ella una persona retraída con miedo a iniciar relaciones personales. Su madre fue Patriarca de la Hermandad del Gran Arcano y ella es la última descendiente de Jesús y María Magdalena.

Carlos Trillo

Profesor de la Universidad de Zaragoza. Como Laura, Carlos perdió a sus padres en un accidente de tráfico y, también como su buena colega, empezó a trabajar con Armando Dorado a pesar tener un expediente poco notorio. Su padre fue Patriarca de la Hermandad del Gran Arcano. Indignado por que se le oculte información, se marchará de la tienda de Lubienich y se verá envuelto en un asesinato, por lo que no podrá ir a Petra.

Armando Dorado

Catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Zaragoza y Patriarca de la Hermandad de Gran Arcano. Armando Dorado, uno de los más reconocidos en España, fue el director de la Tesis de Laura, y fue preparando a ésta y a Carlos para que asumieran sus roles dentro de la Hermandad. Tras el descubrimiento de los bifolios perdidos, intentará llegar hasta Lubienich, pero será asesinado.

Jean de Voisins

Caballero templario perteneciente al Círculo interior de la Orden. Cuando fue torturado por la Inquisición, reconoció la veracidad de las acusaciones vertidas sobre los templarios y reveló el secreto del Gran Arcano. Tras ser liberado, ingresó en el reino de Aragón, y Arnau de Vilanova asistió a sus últimos días, en los que el remordimiento por su traición fue acompañado de intensos dolores provocados por un envenenamiento o ataque mágico.

Jacob Uri (Rachid)

Amigo de Carlos, experto en lenguas semíticas, doctor en Arte, Teología y Filosofía. La esposa de Rachid, Patriarca de la Hermandad del Gran Arcano, también murió en un accidente de tráfico y, sin saberlo, toda la vida de Rachid fue orientada para que colaborara, mediante sus poderosos contactos, con Carlos y Laura en su misión. Él es la luz que debe guiarlos, y está dispuesto a proteger a Laura hasta la muerte.

Marta

Tras la identidad de Marta, doctoranda interesada en la evolución e influencia del cristianismo en los siglos XII y XIII y las órdenes secretas, se esconde en realidad Francesca, hija de una poderosa familia italiana. Sus amores con un judío miembro de la Hermandad de Gran Arcano le ganaron el aislamiento por parte de su familia, pero Marta logró escapar. Poco tiempo después de sumarse a la misión será asesinada en Toledo.

Wasef

Amigo de Rachid, quien lo llevó a España procedente de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Rachid acudirá a él para que salve el manuscrito hallado en las Huelgas, pero ignora que Wasef es miembro de la Hermandad del Gran Arcano y sigue sus movimientos desde hace tiempo. Entre él y Laura nacerá el amor inmediatamente, y él acabará dando clases de Prehistoria y Arqueología en Zaragoza, donde ambos iniciarán una vida en común.

Pierre Bertrand

Segunda identidad de Eliazar Stern, catedrático en Teología de la Universidad Hebrea de Jerusalén y eminencia en los estudios bíblicos. Fue amenazado y perseguido por la actual Inquisición, y sus estudios fueron refutados u olvidados. Tuvo que marchar a La Sorbona, donde pasó a ser conocido como Bertrand, pero también acabó siendo defenestrado y viviendo solitariamente en Couiza. Será asesinado tras la visita de Laura, Carlos y Rachid.

Giuliano Lubienich Perez

Último Patriarca de la Hermandad del Gran Arcano. Lubienich, regente una tienda de antigüedades próxima al Vaticano, fue uno de los hombres de confianza del papa Juan XXIII, aunque cayó en desgracia tras la entronización de Pablo IV. Será él quien desvele a Laura y Rachid toda la información que desconocen, y junto a Laura logrará rescatar los bifolios perdidos en el Archivo Secreto Vaticano.

El departamento de Historia Medieval de la Facultad de Filosofía y letras de Zaragoza llevaba más de diez años trabajando sobre un códice encontrado bajo el suelo del coro del monasterio de Santa María la Real de las huelgas, en Burgos. En aquellos momentos yo tenía veinticuatro años. Después de haber terminado mi licenciatura de Historia, comencé mis cursos de doctorado bajo la dirección del profesor Dorado, una eminencia en el conocimiento de la historia del medievo (19). Año del Señor de 1808, en esta Santa Casa del Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, la casa donde yo misma habito, he asumido la sagrada obligación de proceder a esconder lo que, a los ojos de Dios, pudiera ser el mayor peligro de la Humanidad en el caso de que cayera en manos de los bárbaros franceses, que arrasan y saquean todo lo que a su paso encuentran. Con la ayuda inestimable de la Reverenda Madre Mariana, hemos depositado el códice guardado y custodiado en este monasterio desde hace siglos, en el banco del coro número tres izquierdo. con la esperanza de que nunca caiga en manos de quien pueda descubrir el secreto que contiene. Quedo tranquila en conciencia de haber hecho lo que, de la mano de la Altísima Divinidad, se me ha encomendado. Burgos, Monasterio de Santa María la Rela. Firmado, Reveredna Madre Juana de Herrera. Todos quedamos en silencio mirando al profesor Dorado que seguía con sus ojos clavados sobre el papel, observando la escritura temblorosa que parecía emanar del temor con que aquella anciana monja lo había escrito hacía casi dos siglos. La desagradable sorpresa llegó cuando abrió aquel magnífico ejemplar. El profesor Dorado se dio cuenta enseguida de que le faltaban algunos de sus bifolios de pergamino. Parece ser, según nos manifestó en aquel momento, que el códice había sido descuadernado, y al volver a encuadernarlo de nuevo le habían puesto otras cubiertas de fecha posterior: probablemente del siglo XVIII, afirmó mirando atentamente aquel libro antiguo. Podría haber sido en ese momento cuando de extrajeran los pliegos infolio –doblados una vez sobre sí mismos- que faltaban. De todas formas, los pergaminos que el profesor acariciaba de una forma delicada sin duda podían datarse en una fecha muy anterior al de las cubiertas que lo guardaban, debido al tipo de letra y a su traza. A los pocos días, después de arreglar papeleos y burocracia, el códice se trasladó a la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza para continuar con su investigación bajo la dirección del profesor Dorado. Durante los diez años que habían transcurrido desde aquel viaje a Burgos, yo había conseguido aprobar cum laude mi tesis doctoral, sobre los efectos de la persecución y el posterior juicio contra los templarios durante los primeros años del siglo XIV en los territorios de Castilla. El profesor Dorado había dedicado gran parte de su tiempo a la búsqueda incansable de esos bifolios que faltaban en el códice del monasterio de las Huelgas (25-26). -Observa con la lupa –dijo entregándome la lente-, se ven perfectamente los restos del dorado. Parece que en un principio, el gofrado se hizo en relieve, y luego, para usar de nuevo las cubiertas, rasparon la piel hasta hacer desaparecer el título. Mientras Carlos me explicaba esto yo metía la nariz en la lupa, acariciando la piel. Efectivamente se veía con cierta claridad la fecha «Ianuary era del mill et trezientos et VIII annos». -Es cierto, y aquí se ve algo más... –Estuve un rato intentando descubrir lo que me iba desvelando aquel trozo de piel negra, sobre el que se habían gofrado unas letras, y que alguien, intencionadamente, había raspado para borrarlas. De pronto miré a Carlos como si hubiera descubierto un tesoro-. Carlos, es de un tribunal de la inquisición (52-53). Ninguno de los dos le contestamos. No le quedó más remedio que apartarse de nuestro camino. Pasamos al interior; ella hizo lo mismo detrás de nosotros. Me volví y rápidamente cerré dando un fuerte portazo. Nos sentamos y puse el códice sobre la mesa. El tamaño y el grosor eran exactamente los mismos. La primera prueba coincidía. Abrí el códice de las Huelgas; en su página inicial estaba escrito en latín el tema de su contenido: «Santa Inquisición. Actas de las Sesiones de proceso contra el caballero templario Jean de Voisins. Enero de 1308» (54-55). -¿Qué tal la cena? -Fantástica –le respondí. Entonces me di cuenta de que las vidrieras de las ventanas que daban al patio tenían el símbolo de los templarios. Dos caballeros sobre un solo caballo. Me levanté y me dirigí hacia la vidriera-. Esto es de... -De la Orden del Temple –dijo Juan sin dejarme terminar-. Recuerda que estamos en el barrio del Temple, aquí todo tiene un cierto aire templario. Roberto está seguro de que los espíritus de los caballeros siguen pululando por estas casas y sus calles. -Y tú, ¿piensas lo mismo? -Creo que sí. –Se puso junto a mí observando la vidriera-. Ya os dijimos que aquí ocurren cosas muy extraña. Se cuentan leyendas e historias misteriosas ocurridas en los sótanos y subterráneos de este barrio. -¿Os ha ocurrido algo extraño alguna vez? Al fin y al cabo vivís aquí. Afirmó con la cabeza despacio. -Me ocurre..., bueno, nos ocurre cada día –dijo volviéndose hacia Roberto, que charlaba con Carlos y Marta. -¿Me lo puedes contar? –le dije con curiosidad-, si no te importa, claro. Juan se volvió hacia Roberto. -Dice que le contemos lo de los espíritus de la casa. Marta le miró horrorizada. -No me digáis que hay espíritus aquí. Que yo me muero de miedo, no hagáis bromas con eso. –Mientras hablaba, inconscientemente se iba pegando al brazo de Carlos, como para protegerse. Me eché a reír. -Vamos, Marta, no me digas que no te come la curiosidad. Puede resultar divertido. Estuvimos todos de acuerdo y subimos al apartamento de Juan y Roberto. Nos sentamos en el pequeño salón, con sus paredes pintadas de granate, sobre las que había colgados cuadros del siglo XVIII adquiridos a un marchante gitano. En la pared superior de las paredes había escrito en árabe un proverbio andalusí, que se repetía una y otra vez a modo de cenefa: ANTES DE HACER ALGO, PIÉNSALO. Nos sentamos en los sillones. El ambiente era embriagador. La estancia se encontraba a media luz y encendieron unas velas decorativas que dieron un toque más íntimo. De fondo se oía una suave melodía. Con una taza de té entre las manos empezaron a contarnos historias de aquella ciudad con embrujo y de las gentes que en ella habían habitado a lo largo de la historia. -Desde la Edad Media, Toledo ha sido considerada como uno de los más fabulosos centros de ocultismo. En ella convivieron de forma pacífica cristianos, judíos y árabes. Alquimistas, zahoríes, médicos, poetas, adivinos, astrólogos y ocultistas venidos de todo el mundo confluyeron en Toledo, un núcleo cultural en el que se mezclaban la magia, la realidad, la ciencia y la religión. Yo escuchaba absorta las palabras de Juan, aunque Roberto, en ocasiones, apostillaba la narración aclarando algún punto. Juan continuó contando que, durante la época de Alfonso X el Sabio, el ocultismo y la magia, traídos en su mayor parte de Oriente, tuvieron una alta consideración y se practicaban en los palacios. Pero esa época fue una excepción porque prácticamente siempre lo esotérico se tuvo que mantener oculto en los sótanos y subterráneos, de los que Toledo está lleno. En su interior, magos, alquimistas y nigromantes ejercieron sus artes ocultas durante siglos. -Nosotros tenemos uno de esos sótanos en esta casa –Juan hablaba en un susurro, imprimiendo un tono intrigante-, y en la entrada del mismo, tallada en la piedra, hay una inscripción en latín. -Esta noche las chicas no duermen –dijo Carlos interrumpiendo el relato. Le miré con cierto desprecio. Y volví de inmediato mis ojos hacia Juan. -¿Qué dic esa inscripción? -«No te acerques si temes a la muerte»- contestó muy despacio, mientas observaba atentamente nuestra reacción (69-71). -No te alteres, Marta –respondí de inmediato-. Esto puede quedarse en puros fuegos artificiales. Yo creo que debemos seguir adelante, pero la pregunta es: ¿Con Rachid o sin él? -No sé –Carlos no dejaba de mirar aquel trozo de piel en el que se revelaba el lugar donde se encontraba la tumba de un hombre llamado Jesús de Nazaret-, todo es muy extraño: la desaparición del profesor, la cruz, el libro de Soria que desapareció de forma misteriosa delante de nuestras narices, el desastre y posterior «orden milagroso» de su despacho, el libro de Marta –sus palabras eran lentas, cautelosas-, este pergamino escondido precisamente en las cubiertas originales del códice de las huelgas. ¿No te parece que hay demasiadas coincidencias, Laura? Yo creo que hay gato encerrado, aquí está pasando algo que no alcanzo a entender. De nuevo se hizo un extraño silencio entre nosotros. -Puede ser –dije con resolución al cabo de un rato-, pero no me puedes negar que la situación es muy interesante. Podemos llegar a descubrir la posible tumba de Cristo. Y te repito lo mismo, ¿lo hacemos solos o con la ayuda de Rachid?, y la respuesta depende de ti, Carlos, tú eres el que le conoces (80-81). A lo largo de aquellos diez años desde nuestro viaje a Burgos, habíamos conseguido obtener información muy interesante sobre los interrogatorios a los templarios tras la disolución de su Orden, en aquel códice envuelto en un paño blanco de algodón y escondido por una monja bajo el coro de la iglesia de las Huelgas. El 13 de octubre de 1307, Felipe IV de Francia consiguió el propósito que había perseguido durante años: el apresamiento simultáneo de todos los caballeros de la Orden del Temple en Francia. Su animadversión hacia los templarios era evidente. Les debía grandes cantidades de dinero y, según cuentan algunas crónicas, llegó a solicitar su entrada en la Orden, pero fue rechazado. Además, en los primeros años del siglo XIV, la mayoría de los templarios regresaron a Francia después de la pérdida de todas sus plazas en Tierra Santa. Su poder, adquirido en sus dos siglos de existencia, ponía en grave peligro la estabilidad del propio monarca en aquellos territorios donde se asentaron. Por ello, no paró hasta conseguir la bula papal por la que quedaba extinguida la Orden y eran requisados todos sus bienes, riquezas y propiedades. Pero antes se urdió un plan, aparentemente perfecto, para cogerles desprevenidos y evitar que los templarios pudieran destruir o esconder documentos o pruebas de sus actividades, u ocultar su oro y riquezas. Por ello se estableció un día concreto para que fueran arrestados en toda Francia y de forma simultánea todos los caballeros de la Orden. Ese día de octubre, a una hora determinada, se procedió al prendimiento masivo de todos los caballeros templarios. Sin embargo, a pesar de las medidas extremas de vigilancia que se adoptaron, algunos de ellos consiguieron escapar hacia otros reinos, como Castilla, Navarra a Portugal, donde se les dio cobijo y se integraron en otras órdenes. En cuanto a los documentos y las riquezas de los templarios apenas se pudo incautar una mínima parte de lo que poseían, de modo que, ante la misteriosa desaparición de las cantidades ingentes de oro que decían tener, surgieron con el tiempo una serie de leyendas sobre el paradero del tesoro templario. -Este códice se hallaba escondido en el monasterio de las Huelgas. –Abrí el libro que tenía entre mis manos y se lo mostré-. Sus hojas están hechas de pergamino y está escrito en letra gótica cursiva de excelente traza. Reconozco que tuvimos algún quebradero de cabeza para la trascripción, debido a que su grafía nos resultó algo complicada. El latín no es muy culto pero se nota que el que lo escribió estaba acostumbrado a hacerlo. Acaricié aquel códice con cierta nostalgia. ¡Había pasado tantas horas frente a aquellas letras, descubriendo, poco a poco, lo que me iban contando! -Está fechado en enero de 1308 –continué-. Se trata de la redacción de las actas recogidas por tres dominicos, Guillaume de Gert, Bernard de Moles y Humbert Blancheford, enviados por la Inquisición apostólica para interrogar a los miembros de la Orden del Temple presados; en dichas actas se recogen las torturas y sufrimientos infligidos a uno de esos caballeros de nombre Jean de Voisins. Parece que el valiente caballero no pudo soportar el tormento y sucumbió ante el dolor, confesando como ciertas todas las acusaciones que se vertían sobre la Orden a la que pertenecía. Pero también les dio a conocer lo que nombran en las actas como el gran secreto, que era custodiado, guardado y conocido, desde los inicios de la Orden, tan sólo por unos pocos caballeros. »Todo el proceso de transcribió en las actas a lo largo de trece capítulos, de los cuales faltan los dos últimos, precisamente en los que se recogía de qué se trataba ese gran secreto. –Arqueé las cejas en un gesto de forzada conformidad-. Por lo tanto, todavía hoy desconocemos su contenido. -Muy interesante –musitó Rachid mientras hojeaba cuidadosamente el códice de las Huelgas. -Tampoco sabemos en qué momento se cambiaron las cubiertas, cuándo desaparecieron los últimos bifolios y, obre todo, por qué y en qué momento se escondió este pergamino que encontró Marta en el interior de la cubierta. -Y usted Laura, ¿qué piensa al respecto? Su rostro temía un aspecto misterioso. Me daba la sensación de que todo lo que le estábamos contando lo sabía de antemano y que sólo estaba midiendo hasta dónde llegaba nuestra información. -No sé muy bien qué pensar; en todo este tiempo se me han pasado por la cabeza multitud de posibilidades de lo que podría ser el contenido de ese secreto que hoy continua perdido, pero ahora... con el pergamino de Marta y el hecho de que estuviera escondido precisamente en las cubiertas originales del códice..., no sé... –con un leve tono de voz, meditaba cada una de las palabras que iba diciendo-, me pregunto si es posible que el pergamino pueda tener alguna relación con la declaración del caballero De Voisins, y hubiera sido escondido en las cubiertas por los dominicos que intervinieron en la redacción del códice. Sería una posibilidad. -Pero si fuera así, ¿qué sentido tendría esconder un mensaje de tanta importancia? –intervino Carlos con gesto desconcertado-. ¡Es algo incomprensible! Y la pregunta que nos llevamos haciendo desde hace diez años: ¿Cuándo se descuadernó el códice y por qué se cambiaron las cubiertas? ¿Qué era lo que se quería ocultar y por qué? -Es posible –intervino Marta de pronto-, que el secreto que confesó el caballero templario fuera precisamente el lugar donde se encuentra la tumba de Cristo y que el pergamino sea la prueba que avale este secreto. -Entonces, ¿por qué lo ocultaron? –pregunté desconcertada por su inesperada intervención. Marta encogió los hombros y desvió su mirada hacia Rachid, en un intento de eludir cualquier explicación a lo que ella misma acababa de decir. Rachid inspiró profundamente para dejar que el aire saliera con lentitud entre sus labios, como si se estuviera dando tiempo para pensar una respuesta lógica a mi pregunta. -Cabe la posibilidad –dije de pronto-, de que lo escondieran para evitar que el cristianismo se desmoronase. Intentemos ponernos en situación: una vez que la tortura consigue provocar sus efectos demoledores, y la voluntad del caballero de desmorona accediendo a confesar hasta lo más secreto de sus pensamientos, los tres dominicos le escuchan atentos mientras les relata el gran secreto custodiado por la Orden a la que pertenece. Con aquella confesión, los tres inquisidores fueron conscientes de que la Iglesia y roda su organización podía llegar a quedar muy mal parada. »Sabemos la manipulación que el clero ejercía sobre la sociedad de la Edad Media. Por lo tanto, si se hubiera llegado a saber que Cristo era tan sólo un hombre como cualquiera de ellos, cuyo cuerpo no llegó a resucitar ni ascendió a los cielos, podría llegar a suponer el hundimiento de todas las bases fundamentales de la Iglesia. Es lógico que los dominicos hicieran lo posible por guardar y ocultar el contenido de aquel códice, que ellos mismos habían redactado recogiendo la confesión del templario torturado. -Pero, si realmente fue así –pregunté con incredulidad-, ¿no hubiera sido mejor destruirlo? -Laura –contestó de inmediato Rachid-, piense por in instante en el poder que da la información, y más aún en el mundo del medievo. Eso les daría la llave para conseguir todo lo que quisieran. –Quedó pensativo unos segundos-. Sería un buen comienzo en la investigación saber qué fue de esos tres dominicos. ¿Habéis descubierto algo al respecto? –dijo dirigiéndose a Carlos, que asintió de inmediato. -Dos de ellos murieron en muy poco tiempo –contestó-. Sus enterramientos están documentados en la abadía de Royaumont, situada a unos 30 kilómetros al norte de París, por tanto, no salieron de la Île de France. De Guillaume de Gert, sin embargo, se pierde la pista en el sur de Francia. En febrero de 1308 pasó por un monasterio cercano a Carcasona, no recuerdo ahora el nombre. –Se quedó unos instantes pensando-. Creo que era... San Martín del Canigó. Sí, ése era el nombre, si la memoria no me falla. De todas formas, pudimos comprobar en su momento que allí estuvo durante al menos dos meses. Después su pista desaparece, nada de sabe de él, o al menos no lo hemos encontrado. -¿Cómo murieron los dos primeros? -Parece que ambos sufrieron fiebres que les provocaron fuertes dolores y vómitos que los llevaron a la muerte en poco tiempo. La muerte de uno y otro dista tan sólo un par de días (82-86). -Hay algo que debéis saber antes de seguir con este asunto. –Puso un gesto circunspecto que hizo que todos los músculos de mi espalda se tensasen de tal forma que sentí dolor y tuve que mover mis hombros para intentar relajarme un poco-. Existe una sociedad, una especie de grupo secreto que se mueve en todo el mundo. Sus contactos son numerosos y a los más altos niveles; se hacen llamar de formas diversas, pero uno de los nombres más habituales sé que es, precisamente, el de Asmodeo. Carlos y yo nos miramos. -¿Qué sabes de esa sociedad? –preguntó Carlos muy serio. -Poca cosa, únicamente que existen, que pueden llegar a ser muy convincentes y que sus métodos para conseguir sus objetivos no tiene límites. -Pero ¿qué objetivos? ¿Qué buscan exactamente? –le espeté con irritación producto de mis nervios poco controlados? ¿Por qué nos amenazan? (89). -Tienes razón, Rachid –intervino Carlos en tono conciliador-, perdona nuestra desconfianza, estamos un poco nerviosos. -Lo sé y no me extraña, pero os ruego que confiéis en mí –Rachid se dirigió a Carlos en tono de súplica-. Necesito de vuestra colaboración. Veréis... –suspiró profundamente como si intentase coger fuerzas de lo más profundo de su ser-, desde hace tiempo sé de la existencia de un secreto al que llaman el «Gran Arcano» y, si me permitís, tengo la corazonada de que todo lo que os está ocurriendo tiene una estrecha relación con él. Tan sólo quiero ayudaros a cambio de que me permitáis participar en todo esto. Es muy importante para mí –con un movimiento lento y pausado se arrellanó en la silla-, pero si no queréis mi compañía no tenéis nada más que decirlo y me alejaré de vuestro camino. Fue la primera vez que oí aquellas palabras, el «Gran Arcano». Desconocía entonces todo lo que aquellas palabras y su significado iban a cambiar en sentido de nuestras vidas, sobre todo de la mía. El ruego produjo sus efectos y, al menos yo, me dejé llevar por la súplica de Rachid. Parecía como si le fuera la vida en ello. Sin darme cuenta entonces, todo aquel tema había sido la base de su vida y, a partir de entonces, empezaría a ser la base de la mía propia (125). Rachid y Carlos se sentaron de inmediato, dispuestos a escuchar lo que yo tenía que decirles. Después de explicarles escuetamente cómo había obtenido la información, obviando los detalles, comencé el relato de los últimos meses de vida de Jean de Voisins, el caballero templario que se había derrumbado ante la presión de las torturas y que traicionó a la Orden a la que pertenecía. -Bien, sabemos que a Jean de Voisins le llevaron para el interrogatorio a las dependencias de la cada de la Orden en París, la Villeneuve du Temple. Los interrogatorios duraron un mes, desde el día cinco de enero hasta el seis de febrero de 1308. A partir de esa fecha el caballero De Voisins desaparece. No se sabe si escapó o si murió. Al menos eso es lo que teníamos hasta ahora. Pero, según lo que me había enviado Fabrizio, su pista se vuelve a encontrar en Valencia, en junio de ese mismo año. Por lo visto, Luis, el rey de Navarra e hijo de Felipe IV de Francia, había capturado a varios caballeros templarios en sus territorios y los trasladó a París para su procesamiento conforme a la orden dada por su padre de apresar a todos los templarios de cualquier rango y condición en octubre de 1307. Sin embargo, Jaime II de Aragón no estuvo de acuerdo con las acusaciones que se realizaron contra la Orden de los templarios. Este rey tenía muy buena relación con el Temple y no hizo caso de los llamamientos que el monarca francés había hecho a todos los reinos para la detención de sus miembros. Jaime II exigió a Felipe IV la devolución de los caballeros apresados en Navarra, y el rey de Francia accedió a su petición. Se dio la orden de escoltar a estos caballeros hacia el reino de Aragón; entre ellos se encontraba Jean de Voisins, algo inexplicable porque nada tenía que ver con los caballeros de Navarra. Lo cierto es que salió con ellos pero no llegó con ellos a Aragón. En algún momento del viaje, dejó la comitiva y apareció en Valencia. Hice una pausa y bebí un trago de agua de una pequeña botella que tenía sobre la mesa. -¿Habéis oído hablar alguna vez del «ataque mágico»? -Algo sé –dijo Rachid-, pero nunca he dado mucha importancia a esos asuntos. Carlos negó con la cabeza. -No tengo ni idea de lo que es. -Pues bien, según parece, de acuerdo con algunos estudios de parapsicología hechos en la actualidad, el ataque mágico existe; parece que fue lo que le pudo ocurrir al papa Bonifacio VIII. El pontífice padeció una enfermedad y fue tratado por un médico valenciano cuyo nombre era Arnau de Vilanova, un hombre bastante peculiar. -He leído algo sobre él –interrumpió Rachid. -Arnau de Vilanova –proseguí-, además de médico, era uno de los grandes magos de su tiempo; también fue considerado como vidente y milenarista, ya que vaticinó algunas cosas que luego se cumplieron. Estudió teología y dominaba el árabe y el hebreo. Tenía fama de que había encontrado la piedra filosofal y se decía que poseía un elixir con el que podía hacer resucitar a los muertos para que pudieran hacer su última confesión. Su fama creció como la espuma después de curar al papa Bonifacio VIII de lo que entonces llamaban «el mal de piedra», que hoy conocemos como un cólico nefrítico. Sin embargo, es posible que el remedio que le aplicó Vilanova al Papa más bien fuera un intento de evitar un «ataque mágico» que una enfermedad física propiamente dicha. »Este médico había estado muy cercano a los caballeros templarios y a todos los asuntos relativos a su Orden; sin embargo, después llegó a creerse algunas de las acusaciones contra ellos. »Lo cierto es que Vilanova escribió un diario de su puño y letra en el que daba cuenta de la visita de un templario en junio de 1308. Ese templario era, por supuesto, nuestro caballero; el diario del médico fue lo que el italiano Scarmetta encontró, y su trascripción y contenido es lo que me ha enviado. »Os cuento. Según escribe el propio Vilanova, el caballero templario se presentó en su casa enfermo, con altas fiebres y toses que le provocaban grandes dolores. El señor De Voisins le contó que había sufrido un ataque mágico por parte de sus compañeros de la Orden, y que si no le curaba de inmediato moriría en poco tiempo. Vilanova le estuvo tratando durante dos meses en su propia casa. Sus fiebres, sin embargo, no remitieron en ningún momento. El hombre deliraba y decía cosas increíbles, que el médico escuchaba estupefacto, según manifiesta él mismo en ese diario. -¿Sabemos qué cosas decía? –preguntó Rachid con impaciencia. Hice un gesto afirmativo y le indiqué con la mano un poco de paciencia. -Arnau consideró poco normales los síntomas que presentaba aquel enfermo, miembro de una Orden que en ese momento estaba siendo perseguida, y que había llegado hasta su puerta reclamando su ayuda desde el mismo París; de ahí que comenzara a escribir una especie de diario donde fue recogiendo la evolución de aquel pobre caballero. Sus delirios, según cuenta, se basaban en la obsesión que tenía De Voisins en poner algo a salvo; esto lo repetía de forma constante en medio de sus desvaríos. -Pero ¿qué quería poner a salvo? –La impaciencia de Carlos me crispó un poco y le pedí que me dejase hablar sin interrumpirme constantemente. Él se disculpó y proseguí con el relato. -Lo que quería poner a salvo era precisamente en Gran Arcano. –Me quedé en silencio unos instantes para saborear la expectación que mis palabras habían creado-. Gritaba como un poseso que lo pusieran a salvo, que las fuerzas del mal lo encontrarían, que el mundo caería en manos de los fatuos Asmodeos y que, con ellos, todo se perdería. En algunos momentos, cuenta el médico, su cara se desencajaba y con una mirada de pánico se quedaba quieto como si tuviera ante sí al mismo diablo. Luego caía en un estado de letargo que le duraba algunas horas, hasta que volvía con la reiteración de sus alucinaciones febriles. »En su diario, Arnau anotaba todos los días los síntomas y las frases repetitivas de ese hombre moribundo, fuera de sí, que se iba consumiendo como si por dentro algo le estuviera devorando poco a poco los órganos, los músculos y los huesos. Apenas admitía algo de agua y no probaba alimento. El médico optó por empapar un paño con vino y, manteniendo sus labios abiertos, le iba echando el líquido, que le entraba por la boca y lo tragaba con extrema dificultad. En muchas ocasiones vomitaba lo poco que ingería y su aspecto se iba haciendo cada vez más cadavérico. Los remedios que le aplicaba el médico parecían ser efectivos en los primeros momentos, pero a las pocas horas volvía otra vez la recaída y los delirios agónicos que aquel hombre. -¿Quieres decir que alguien le había hechizado? ¿A eso te refieres con el «ataque mágico»? –Carlos me habló con voz muy tenue como si no hubiera podido evitar la interrupción. -Según tengo entendido –intervino Rachid-, durante los siglos XIII y XIV existía una clase de magia utilizada en el ámbito más turbio del poder, que se llamaba «magia ceremonial». -Exactamente, eso mismo me indica Fabrizio en su correo. Creo que nuestro caballero fue atacado con esa magia por otros templarios, que se enteraron de su traición. Es más, me da la sensación de que los tres dominicos corrieron la misma suerte. -Pero, ¿no creerás que fueron hechizados? –Carlos me miraba escéptico-. Laura, que ya estamos en el siglo XXI. -Calos, abre un poquito más la mente. Yo no digo que los hechizaran. Es posible que durante el viaje que hicieron desde parís hasta que el señor De Voisins dejó el cortejo que regresaba a Aragón, alguno de los caballeros, enterado de la grave deslealtad, le envenenara o se encargase de que el felón tuviera una muerte segura. Apostaría lo que fuera a que los dominicos que obtuvieron la confesión sufrieron el mismo destino. Nos quedamos en silencio. -Mis conocimientos médicos son muy escasos –intervino pensativo Rachid-, pero si no me equivoco, por los síntomas que presentaba el caballero pudiera tratarse de un cánder de colon o de estómago. -Bueno –insistí-, también Bonifacio VIII presentaba los síntomas de un cólico nefrítico y algunos hablan de la posible aplicación del ataque mágico. Todo es posible. Pero creo que no cambiarían las cosas para nosotros si hubiera muerto de un cáncer, de un envenenamiento o de un ataque con magia. Después de unos instantes de silencio, Carlos miró hacia los folios desparramados delante de mí. -¿Hay más cosas en ese diario, Laura? -Sí. Según Vilanova, en los últimos días de la vida del caballero sus delirios fueron remitiendo, apenas hablaba, se hacía sus necesidades encima, el olor que salía de su cuerpo era de putrefacción; incluso manifestó en el diario que llegó a vomitar heces, y que su espanto ante semejante mal era cada día mayor. Arnau estaba sorprendido con los síntomas de la enfermedad que no identificaba con nada visto por él hasta entonces. »En la mañana de su muerte, cuenta el médico que estaba junto al enfermo cuando con su mano temblorosa le pidió que se acercase más. Casi en un susurro le contó algo. Pero el médico escribió que olvidaría por completo lo que había escuchado de aquel pobre loco, por considerarlo fruto de los delirios de tan penosa enfermedad. Ese mismo día certificó su muerte, concretamente el 3 de agosto de 1308. Era, según explica, un esqueleto cubierto por una piel cetrina. Daba terror acercarse a él. »No os puedo decir dónde se encuentra enterrado porque no dice nada a este respecto. El diario acaba con la fecha de la muerte y la firma del médico. -Tenemos que averiguar qué les ocurrió a los dominicos que le interrogaron y, sobre todo, al que sobrevivió. Es necesario dar con su trayectoria. Estoy seguro de que él era el que llevaba el códice que luego se encontró en las Huelgas, hay que saber cómo llegó hasta allí.- Rachid de volvió hacia mí-. ¡Buen trabajo, Laura! La felicito (150-155). Estuvimos cerca de dos horas intentando descifrar cada uno de los delicados documentos que íbamos extrayendo cuidadosamente de su encierro. Aquellas cajas estaban preparadas para guardar parte del recuerdo histórico de personas o acontecimientos aparentemente anónimos, pero que con el transcurrir de los años podían llegar a convertirse en cruciales para aclarar hechos de vital importancia. Me fascinaba sumergirme en ese mundo del pasado e intentar encontrar algo que me diera la clave de otros acontecimientos que se dieron con posterioridad, para conocer otras formas de pensar, de vivir, o de actuar, y poder llegar a comprender la mentalidad y la cultura de otros siglos anteriores a los que a mí me había tocado vivir. Muchas veces me preguntaba, cómo sería yo misma en el siglo XIII o XIV, o cómo pensaría y viviría en los tiempos de Jesucristo, qué se me pasaría por la mente, cómo concebían en aquellos tiempos el mundo, la vida cotidiana, las horas dentro de cada casa y de cada vida. Mi abstracción de todo lo que me rodeaba era casi absoluta, concentrada en transcribir un documento que había sacado de la segunda caja que había abierto. Era un manuscrito en letra gótica cursiva de albalaes, fechado en 1308, en Burgos; procedía de un convento de las afueras de la ciudad. En él se daba cuenta de la llegada de unos peregrinos procedentes de tierras francas. Fui desgranando poco a poco la trascripción, en la que se contaba, por parte de uno de los monjes de dicho cenobio, la experiencia que había tenido con uno de esos peregrinos, un dominico francés, de nombre Guillermo, que traía, según él mismo manifestaba, una enorme congoja en su corazón que se veía reflejada en su rostro. Llegó a Burgos en marzo del año del Señor de 1308, y en varias ocasiones se acercó al monasterio para entrevistarse con el abad. El monje escribiente tenía una especial curiosidad por ese hombre extraño que cada dos o tres días se ponía en contacto con el abad. Les observaba desde un lugar donde no pudiera ser visto, mientras ambos caminaban alrededor del claustro, hablando en voz muy baja, apenas perceptible. En ocasiones, el abad miraba a aquel monje dominico con rabia e incluso con odio, y parecía reprenderle por algo que el monje no alcanzaba a escuchar. Después de una docena de visitas casi furtivas del dominico, confiesa el escribiente que le vio cada vez más deteriorado, como si estuviera enfermo. Le llamó la atención que siempre iba con un morral de tamaño considerable para lo que es costumbre entre los peregrinos; lo llevaba cruzado al pecho, hecho de piel y con ataduras, cosa que le extrañó sobremanera porque los peregrinos llevaban siempre ese morral abierto, en prueba de que habían repartido sus propiedades y bienes entre los pobres y que estaban preparados con ese gesto, para recibir y para dar. Pero aquel dominico siempre llevaba cerrado su morral, y sujeto con unas ansias que el escribiente consideraba indignas de un peregrino. Un buen día, escribía el monje, el extraño dominico se presentó en la puerta del monasterio en un estado físico deplorable. Él mismo llevó el aviso de la presencia del franco hasta el abad, que se negó en redondo a recibirle. Le transmitió el mensaje del abad, y después explicó en su escrito la desolación y el dolor de aquel peregrino dominico ante la puerta de su monasterio: «Me llenó de cristiana ternura la pena profunda de un hombre que parecía derrotado y abandonado por el mundo y por Dios», decía el monje escribiente. No volvió a saber más de él, pero durante meses pensaba en su rostro y en su actitud cuando se alejaba de la puerta del cenobio con paso lento y renqueante, igual que el que va camino del patíbulo. -¡He encontrado algo! –dije cuando completé la trascripción-. Aunque no puedo afirmar que se trate de la misma persona, coincide el nombre pero no se da cuenta del apellido. Carlos y Rachid estuvieron leyendo la trascripción que había hecho en unos folios, mientras el doctor Lovaina seguía enfrascado en el contenido de las cajas que tenía ante sí. De repente dijo: -¡Aquí está! ¡Lo encontré! –afirmó sonriendo sin dejar de mirar el legajo que tenía entre sus manos-. Esto es lo que te comenté, Carlos, aquí se da cuenta de lo que le ocurrió a ese monje dominico, del que tú me hablaste, Guillaume de Gert. Cada vez estábamos más cerca de lo que les había sucedido a los hombres que habían tenido alguna relación con la traición a la Orden del Temple. Entre Carlos y yo fuimos trascribiendo el manuscrito al que hacía referencia el doctor Lovaina, mientras Rachid conversaba con el archivero, que se había acercado hasta el lugar donde nos encontrábamos para interesarse por nuestras investigaciones. En un momento determinado les miré: Rachid escuchaba atentamente al archivero, y me pareció que éste le contaba algo que atraía la atención de Rachid, el cual miraba al suelo, concentrado, sin perder ni una sílaba de lo que estaba oyendo. -Ya lo tenemos –dijo Carlos, en el momento en que terminamos de transcribir la última palabra-. Este dominico, según el manuscrito, sufrió los mismos males que el caballero De Voisins, murió en la misma época, concretamente... –Miró los folios de la trascripción. -El 8 de agosto de 1308 –me adelanté. Rachid y el archivero se acercaron a la mesa; el doctor Lovaina escuchaba atentamente afirmando con la cabeza cada vez que hablábamos. -Pero... ¿de qué manuscrito hablamos? –dijo Rachid-. ¿Quién lo escribió y dónde? -Es un manuscrito firmado por la abadesa de Santa María la Real de las Huelgas. Escribe sobre este dominico, de cómo llamó a las puertas del cenobio pocos días antes de morir, concretamente el 4 de agosto; se le atendió, en aras a la caridad cristiana, en el Hospital del Rey adonde fue trasladado de inmediato; pero antes le hizo un ruego a la abadesa: le entregó su morral para que lo guardara como si fuera un tesoro y le confesó que en dicho morral llevaba un códice de valor incalculable; arrancó a la propia abadesa la promesa que de ninguna manera leería el contenido de dicho códice, por el bien de la humanidad y de toda la cristiandad. La abadesa cumplió su promesa, según cuenta ella misma, y guardó en lugar seguro el morral con el códice secreto del dominico. »Después supo de la muerte del monje, y dejó escrito este manuscrito para dar cuenta de la entrega que le había hecho y la promesa que ella misma le hizo. -¿Cómo no encontramos esto hace diez años? –dije extrañada. -Los archivos se han organizado mucho en los últimos tiempos –intervino el archivero casi disculpándose-. Ha sido una labor lenta y laboriosa y es ahora cuando empezamos a trabajar con verdaderos profesionales archiveros. No es culpa de nadie, pero hasta hace muy poco los archivos eran depósitos de papeles sin clasificar. -En eso tiene razón –dijo Carlos-. Bien, lo importante es que ya conocemos la trayectoria de los cuatro hombres que tienen relación con nuestro códice. El archivero miraba atento y, aparentemente, no entendía muy bien lo que decíamos. -Los dos primeros dominicos murieron en un monasterio a las afueras de París; el caballero de Voisins llegó hasta Valencia, donde muere en agosto de 1308, y el monje dominico que se llevó el códice con el secreto de los templarios, vino a parar a Burgos, donde falleció en la misma época que el anterior. -Lo más seguro es que siguiera el camino de los miles de peregrinos que se dirigían hacia Santiago, intentando pasar inadvertido entre ellos –puntualizó Rahid. -De acuerdo con la descripción de la abadesa de las Huelgas, llegó a Burgos con el mismo mal que el caballero De Voisins, «el ataque mágico»: fiebres, vómitos, falta de apetito, degradación física hasta extremos insospechados en esos tiempos. Tampoco se dice nada sobre el lugar donde fue enterrado, aunque seguramente acabaría en una de las fosas comunes que se abrían en las proximidades de las iglesias o de los hospitales. -Si de algo os sirve mi opinión –dijo el doctor Lovaina-, este hombre tenía todos los síntomas de un cáncer de colon galopante. -¿Era habitual esta enfermedad en el siglo XIV? –pregunté. -Bueno, no tenemos muchos datos al respecto, pero no sería demasiado extraño. -Doctor, ¿ha oído hablar del ataque mágico? -¡Claro que sí! –contestó de inmediato-. Durante la Edad Media lo utilizaron hombres poderosos contra aquellos que les estorbaban. Aunque hoy en día sería muy difícil demostrar que personajes de toda condición, desde papas y reyes hasta nobles y caballeros, fueron atacados por la magia maligna de sus enemigos y no, simplemente, por una enfermedad inoportuna. De todas formas, hay algunos ámbitos de la ciencia, sobre todo de la parapsicología, que lo admiten como cierto y posible. -Pero ¿usted cree que es posible aplicar esa magia para matar? -Bueno –me respondió con gesto de duda-, es una teoría extravagante pero no descabellada. ¿Lo ves? –exclamé convencida dirigiéndome a Carlos-. Estos hombres pudieron ser atacados por la magia de los templarios. Enterados de la traición del caballero De Voisins, simplemente, se los cargaron; igual que harían después con el papa Clemente V, con Felipe el Hermoso y con Nogaret por diferentes razones. Me miraron con cierta curiosidad y aproveché la ocasión para explicar la teoría sobre las consecuencias de la condena de los templarios. -El gran maestre, Jacques de Molay, fue condenado a la hoguera en marzo de 1314, junto a otros altos dignatarios de la Orden, condena que se ejecutó en una isla del Sena. –Me incorporé un poco hacia delante para captar toda su atención-. Cuenta la leyenda que mientras las llamas alcanzaban altura, Molay, con voz clara y potente, de modo que se pudo escuchar perfectamente por todos los que estaban allí, se retractó de su inculpación de herejía a la Orden del Temple, obtenida bajo torturas y falsas promesas de sus perseguidores; proclamó la santidad de la Orden de la que era maestre, y terminó lanzando una maldición contra los responsables de semejante injusticia: les emplazaba ante el tribunal de Dios antes de que transcurriera un año. –Guardé unos instantes de silencio en un intento de mantener el suspense-. Leyenda o no, lo cierto es que clemente V murió el 20 de abril siguiente de una extraña enfermedad; el rey de Francia, Felipe IV, falleció también dentro del mismo año, concretamente el 29 de noviembre, como consecuencia de una caída de su caballo; el canciller Nogaret, mano ejecutora del turbio proceso contra la Orden, corrió la misma suerte que los anteriores a los pocos meses de la fatídica hoguera. Por último, Esquius de Froyrac, el preceptor templario renegado que denunció a la Orden a la que perteneció, murió apuñalado. »Todo coincide: enterados de la tradición quitan de en medio al caballero traidor y a los testigos, como harán después con los artífices directos de la destrucción de los templarios. –Mi entusiasmo aumentaba a medida que descubríamos cosas. Resultaba gratificante hilar acontecimientos que en principio parecían inconexos. -Es posible –contestó Rachid pensativo-. Ahora tenemos que averiguar en qué momento se cambiaron las cubiertas, por qué y por quién (177-182). Les conté el percance del camión y estuvimos los tres de acuerdo en que no podían ser coincidencias. Alguien quería asustarnos o, peor aún, lo que pretendían realmente era matarnos. Me vinieron a la memoria las imágenes de mis padres y de mi amiga Verónica. Las lágrimas volvían a nublar la visión de la carretera. Levanté el pie del acelerador e intenté contenerlas. Durante unos minutos estuvimos en silencio. Los pensamientos martilleaban mi mente. ¿Dónde me había metido? ¿Qué razón tenía para continuar con esta locura? ¿Por qué no me marchaba y huía de aquel laberinto cada vez más complicado y peligroso? No entendía ni a mí misma. Estaba asustada y no era capaz de moverme, de salir corriendo y alejarme de aquella pesadilla (223). -Son ellos, Laura –dijo Rachid con voz grave-, ellos son los que no quieren que continuemos con todo esto. Ellos son los que han impedido a lo largo de los siglos que la verdad se sepa, utilizando cualquier medio para conseguirlo, incluso el asesinato. Ellos son los que han intentado matarnos porque, me temo, empezamos a ser molestos. -¿De qué está hablando, Rachid? -Laura, sé lo mismo que Carlos y usted –dijo con pesadez en su voz-. Llevo toda mi vida buscando el gran secreto al igual que ustedes, aunque hasta ahora ninguno de los dos hayan sido conscientes de esa búsqueda. El profesor Dorado se encargó de su formación, de su preparación a lo largo de los años, para que cuando llegase el momento fueran capaces de saber el camino y la manera correcta de actuar. En la vida nada es una casualidad; por alguna razón que ahora desconocemos, los tres estábamos destinados a esta misión, y está claro que hay gente que nos apoya y gente que va a intentar por todos los medios que no podamos conseguir nuestra fidelidad. -¿A qué se refiere? -Como ya conté, lo único que pudo decir con seguridad es que existe una sociedad secreta que se hace llamar Asmodeo, la misma que envió el mensaje amenazador a vuestros móviles. -Pero ¿cómo s posible que sepan dónde estamos en casa momento? –inquirí con angustia. -¡Ah! No creo que eso sea un problema para ellos. -¿Y qué es lo que pretenden? ¡Además de matarnos, claro! Rachid suspiró y adelantó la cara hacia nosotros. Le vi por el retrovisor mirando hacia delante, sin fijarse en un punto determinado, tan sólo a la oscura carretera iluminada por los faros del coche, observando el pasar constante y monótono de las líneas discontinuas pintadas en el asfalto. -Su objetivo principal consiste en vigilar y obstruir por cualquier medio las labores que realiza una hermandad cuya única razón de ser es dar a conocer, en el momento oportuno de la Historia, una verdad guardada en secreto desde hace dos mil años: el Gran Arcano. Sobre él sólo sé que existe, y le doy mi palabra que desconozco cuál es su contenido; su conocimiento y comprensión es lo que intento desde mi juventud. »Hace algún tiempo conocí en Jerusalén a uno de sus miembros; por él sé algo de su organización, incluso fui iniciado para entrar en ella, pero le repito que mi condición de judío y, sobre todo, algunas circunstancias que no vienen al caso ahora, me impidieron seguir adelante; se dicen herederos directos de los templarios, no en su forma, como los monjes guerreros de la Edad Media, sino en su fondo, como guardianes del gran secreto, lo que ellos llaman el Gran Arcano (224-225). Después de salir de París y cuando ya estábamos en la dirección correcta hacia el Languedoc, Rachid, relajadamente, comenzó a contar lo que ocurrió en Rennes-le-Château. -Se trata de un pequeño pueblo que se encuentra en el corazón de la llamada tierra de los cátaros; la historia de los cátaros la conocéis, me imagino. –Ambos afirmamos con la cabeza-. A pesar de ser un villorrio de no más de trescientos habitantes se hizo famoso debido a un escandaloso misterio que se produjo a finales del siglo XIX a causa de su párroco, Bérenguer Saunière. »Este abate era un hombre culto e inteligente, bien preparado, con amplios conocimientos en los temas más variados. Sin embargo, pese a esa preparación que podría haberle llevado a puestos importantes dentro de la jerarquía de la Iglesia, y sin una razón lógica aparente, en 1885 fue nombrado cura de la parroquia y enviado a este pueblo. Cuando llegó, contrató a una joven de dieciocho años llamada Marie Dernarnaud como ama de llaves. Esta mujer se convirtió en la persona de confianza del cura, con la que compartió todo a lo largo de su vida, incluido su secreto. »Durante los primeros seis años el abate Saunière sobrevivió, a duras penas, con unos estipendios mínimos; gran parte de su tiempo lo dedicaba a la lectura voraz y a las charlas con su amigo Boudet, párroco de un pueblo cercano a Couiza. En 1891 se decidió a pedir un préstamo al municipio y emprender la tarea de rehabilitación de la iglesia que, por lo visto, se encontraba en un estado lamentable. »Según se cuenta, durante las obras de restauración se levantó la piedra del altar que reposaba sobre dos columnas visigóticas, y, en una de ellas, el párroco encontró unos pergaminos cuidadosamente guardados en unos tubos de madera lacrados. Se sabe que dos de ellos recogían una genealogía, y sobre los otros se dijo que habían sido escritos por otro abate, también párroco del pueblo, en el decenio de 1780. A primera vista, estos dos documentos parecían textos piadosos escritos en latín sin mayor importancia, pero se especuló con que en ellos se hallaba un código secreto tremendamente complejo que no podría ser descifrado si no se tenía la clave exacta. -¿Quiere decir que eran textos criptográficos? –pregunté girando la cabeza. -Eso parece. -La criptografía es una de las pasiones de don Armando –intervino Carlos-. A veces nos reta a descifrar mensajes ocultos. –En ese momento me dedicó una fugaz mirada buscando mi aprobación. -Es cierto, dice que es un buen ejercicio para mantener activa la eficacia de la memoria, y que, tarde o temprano, esa eficacia se hace necesaria en la vida –interrumpí sonriendo-. ¿Pero qué ocurrió con esos documentos? -Con ellos se dirigió al obispo de Carcasona y de allí le enviaron a París. A partir de ese momento la vida del abate Saunière cambió por completo; se codeó con lo más granado de la cultura parisina, sobre todo personas cercanas al pensamiento esotérico. Sus penalidades económicas acabaron para siempre. Rehabilitó la iglesia introduciendo en ella una decoración un tanto extraña; además, dicen que está repleta de símbolos y mensajes ocultos que sólo unos pocos pueden llegar a comprender. Pero eso no fue todo, se hizo construir villa Betania, una mansión poco apropiada para el cargo que tenía y en la que hubo reuniones diversas con gentes de lo más variopinto. También se hizo construir una singular torre al borde de un risco con unas vistas impresionantes, que utilizaban como biblioteca personal, donde pasaba horas leyendo y estudiando. El pueblo también resultó beneficiado de esta especie de lotería que le había tocado al párroco y que parecía inagotable: pagó la construcción de la carretera desde Couiza, llevó el agua y, con una inusitada frecuencia, invitaba a todos los parroquianos a comidas exquisitas. -¿Y nadie le pidió explicaciones? -Por lo visto, en un principio nadie le dijo nada sobre el origen de su ostentosa vida; sin embargo, cuando murió el obispo de Carcasona, el que le sustituyó no estaba muy de acuerdo con la forma de actuar en la parroquia y le pidió cuentas. Por el cura no estaba dispuesto a dar explicaciones a dar explicaciones sobre el origen de su riqueza y, al no obtener respuesta, el obispo le apartó de su cargo y envió al pueblo a un sustituto. Sin embargo, ningún parroquiano aceptó el cambio y acudían a las misas celebradas en villa Betania por el abate en lugar de acudir a las que realizaba el párroco sustituto en la iglesia, que quedaba vacía. Tampoco se conformó Saunière con la situación y recurrió al mismísimo Papa; lo cierto es que al cabo de cinco años se le volvió a poner en su puesto, en el que se mantuvo hasta su muerte, sin que nadie nunca volviera a molestarle. -¿De qué murió? -Como toda esta historia, eso forma parte del misterio. Por lo que se cuenta, gozó de muy buena salud; sin embargo, encargó su propio ataúd cinco días antes de que sufriera una apoplejía que le dejó postrado y sin movimiento. Llamaron a un cura para que le otorgase la extremaunción, pero salió de la habitación espantado y, lo que es peor, se negó a darle los últimos sacramentos. -¿No se sabe qué le dijo? –pregunté ingenuamente. -No, Laura, si se hubiera conocido no existiría en misterio de Saunière. -¿Y por qué el cura no contó lo que le había espantado? Si era tan grave como para no dar a un moribundo la extremaunción, no entiendo por qué callarlo –inquirió Carlos. -Vosotros lo sabéis mejor que yo; el secreto de confesión es sagrado en vuestra religión. Y lo que este hombre escuchó de la boca del moribundo lo estaba haciendo durante su última confesión. –Rachid encogió los hombros. -¿Qué ocurrió entonces? -Cuando murió le sentaron en un sillón de madera y le expusieron en la torre Magdala durante tres días, y por delante del cadáver desfilaron cientos de personas anónimas. No me preguntéis qué significado tiene semejante ceremonial porque lo desconozco. Todos sus bienes los había puesto a nombre de su ama de llaves, por lo que ésta vivió de forma desahogada hasta que, después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno francés decretó la reforma monetaria para acabar con la moneda de la Resistencia; esta medida supuso la ruina de Marie Dernarnaud. Tampoco ella estaba dispuesta a dar explicaciones y se la vio quemar fajos de billetes de francos en el jardín. Para sobrevivir, vendió su casa a una persona a la que le hizo una promesa: a cambio de que le permitiera quedarse a vivir en villa Betania el resto de sus días, antes de morir, le contaría un gran secreto que le haría inmensamente rica. El comprador aceptó, pero se quedó con las ganas de saberlo, porque a esta mujer también le dio una apoplejía unos días antes de morir que le dejó sin habla y, por tanto, nada le pudo decir. Lo que sí se sabe es que el comprador, un tal Nöel Corbut, murió en un extraño accidente de tráfico de 1968 (236-239). -Existe una sociedad de hombres y mujeres extendida por todos los rincones de Europa y de América; una sociedad que se encuentra bajo el amparo de los sectores más ortodoxos y extremistas de la Iglesia. Hacen desaparecer todo lo que interrumpe o perturba sus objetivos, y destruyen todo aquello que no sea favorable a sus tesis y dogmas. Son capaces de cualquier cosa con tal de conseguir sus objetivos. –Su rostro se mantuvo tenso y su voz grave. Rachid observó a su interlocutor y frunció el ceño en un gesto de interrogación. -¿Esa sociedad tiene algo que ver con los Asmodeos? Eleazar le miró con interés aunque no se sorprendió demasiado. -Se trata de diversas ramas de un mismo tronco. –Guardó unos instantes de silencio y se miró las manos ajadas-. Ésos, los que tú llamas Asmodeos son los que dan la cara, los activistas, los ejecutores de las órdenes que vienen de otras instancias mucho más peligrosas por su sutileza y sigilo, que actúan en la sombra de manera ingeniosa como si de sepulcros blanqueados se tratara. –Sus ojos se quedaron clavados en las llamas, me pareció ver en ellos un atisbo de rabia contenida. Después de un instante en un silencio cortante, suspiró profundamente-. Me refiero a la actual Inquisición, hoy la llaman –esbozó una sonrisa cargada de sorna-, la Congregación de la Doctrina de la Fe. Este organismo funciona como un verdadero tribunal que posee un inmenso poder. En él se realizan investigaciones secretas con el objetivo primordial de mantener intacto el monopolio sobre el dogma de la Iglesia, allí se controla cualquier investigación que pueda suponer una amenaza a la doctrina impuesta. Muchos sacerdotes y teólogos han sido arrinconados, expulsados y excluidos de sus puestos por hacer planteamientos considerados peligrosos. No he sido el único –sus palabras tenían un atisbo de rencor contenido que llegué a comprender perfectamente porque, al fin y al cabo, él mismo había sufrido en sus propias carnes esa política de control y coacción-; otros como yo han tenido que marcharse y desaparecer. Algunos se han mantenido a costa de someterse, aunque no se los permite considerarse teólogos católicos. Todo está perfectamente orquestado, nada escapa a sus ansias inmensas de control y poder. -¿Supiste alguna vez quién te robó ese rollo de pergamino? Rachid quería sacar a Eleazar de aquella conversación amarga y áspera. El rostro del anciano se había tensado y sus ojos, pequeños y secos, se hundían en sus ojeras profundas y azuladas con cada palabra que de forma cansina articulaba. Eleazar negó con la cabeza. -Nunca más supe de él. Un día desapareció de mi mesa de trabajo y nadie me dio explicaciones sobre su paradero. Era un documento fascinante, durante el tiempo que lo tuve en mis manos llegué a pensar que me estaba volviendo loco. Me había obsesionado tanto con aquel manuscrito que a veces, mientras lo trascribía y comprendía su significado, me sentía transportado al lugar de aquel relato, como si fuera un protagonista presencial de lo que se contaba. -¿Qué quiere decir con eso? –pregunté intrigada. -No es importante, Laura –me dedicó una mirada vacía-, cosas de viejo. Mientras decía esto, Rachid me miró de soslayo. Cuando volvía mi rostro hacia él retiró de nuevo los ojos hacia el anciano. -¿Qué contenía ese manuscrito? ¿Qué era tan grave como para apartarle de esa manera tan brutal del mundo? Eleazar sonrió con tristeza mirando hacia el fuego. Movió la cabeza de un lado a otro como si estuviera convencido de que nadie le iba a creer. No tenía pruebas, tan sólo su palabra y, sin embargo, en contra tenía una maquinaria demasiado fuerte para enfrentarse a ella en solitario. -Laura, en ese rollo de pergamino, milagrosamente conservado en una vasija desde hacía dos mil años, se escribió una historia fascinante –sus palabras salían convincentes de sus labios-: la historia de un cadáver extraordinario... ¡La historia del cadáver de Jesús de Nazaret! Era la primera vez desde que había comenzado su relato que percibí entusiasmo en su expresión. Su gesto había cambiado de tal forma que ahora podía ver las venas hinchadas en su cuello rugoso y flácido. -Después de ser brutalmente crucificado, su esposa, llamada María Magdalena, embarazada de pocos meses, su madre y algunas personas más, le sacaron de la tumba en la que le habían colocado junto al calvario, y lo transportaron a través de cientos de kilómetros por desiertos y valles hasta llegar a un lugar seguro en el que depositar por los siglos aquel cuerpo bendito para su descanso eterno. Rachid y yo nos mirábamos con sorpresa. Estaba hablando de la misma historia que contenía el cuaderno de Rachid. Carlos se dio cuenta de nuestras miradas y buscó mis ojos. -¿Qué ocurre, Laura? ¿Nunca habías oído hablar de la teoría de que Jesús estuviera casado y de que su descendencia podría haber llegado hasta nuestros días? Afirmé sin decir nada. Rachid retiró la mirada indicándome con un ligero gesto, tan sólo percibido por mí, que mantuviera la calma. -¿Llegó a transcribir el rollo en su totalidad? –preguntó Rachid. -Sí, conseguí transcribir y conocer todo su contenido antes de que me arrebataran ese tesoro, pero no me queda nada escrito: mis trabajos, mis apuntes, todo desapareció, me lo robaron –dijo con rabia-, aunque nunca pude probar nada. »Pasó el tiempo y me intentaron acallar, pero seguí empeñado en difundir la historia que se contaba en aquel manuscrito. Pequé de arrogante e imprudente. En vez de callarme y aceptar sus imposiciones, me rebelé y comencé a escribir de nuevo la historia. Todo lo que dejaba escrito desaparecía. Incluso lo que escondía en mi casa lo encontraban y lo hacían desaparecer. Al final comprendí que era inútil plasmarlo en un papel que podían destruir. Lo mantuve en mi memoria y aún lo conservo casi en su integridad. Todos los días me repito una y otra vez ese hermoso relato. Mi memoria no me la pueden quitar. Era muy probable que el rollo que encontró Rachid en el mercado de Jerusalén fuera el mismo que desapareció de la mesa de trabajo de Eleazar pero, si tan peligroso era, ¿por que no lo habían destruido? Desde luego ésa era una pregunta por ahora sin respuesta. Rachid y yo no dejábamos de enviarnos mensajes con los ojos. Estaba segura de que él pensaba igual que yo. Ese rollo del que hablaba Eleazar era el que Rachid tenía en su poder, el que había trascrito con los años él solo y que yo estaba leyendo desde que me lo entregó en Toledo. Además, me ocurría lo mismo que Eleazar al leer esa historia: esa raza sensación de no saber cuándo me había quedado dormida, como si una fuerza extraña me trasportase a través de los sueños al escenario de la narración. Podía ver la escena no como lectora, sino como si realmente estuviera allí en primera persona, como si fuera un testigo ocular de lo que ocurrió hace casi dos mil años y fuera yo misma la narradora de los acontecimientos. -Pero... hablemos de vosotros –dijo Eleazar cambiando el tono de su voz-. ¿Cómo estáis? ¿Os ha costado mucho encontrarme? ¿Os esperaba desde hace días. -¿De qué me conoce? –interrumpí impaciente. La intervención de Rachid había desviado la atención hacia el pasado común de los dos hombres, pero mi curiosidad aumentaba a cada instante por saber dónde y cómo me había conocido aquel anciano. -La primera vez que te vi eras muy niña; recuerdo perfectamente la viveza de tus ojos exactamente igual que ahora. Tendrías unos nueve o diez años y acompañaban a tus padres en un viaje a Damasco. De su mano me inicié en esta gran aventura gracias a la cual he conseguido sobrevivir a mi pena y, lo que es aún peor, a esta tremenda soledad. Recordaba vagamente aquel viaje a Siria. Era verano y un calor sofocante hacía que me arrastrase pesadamente por las calles estrechas de la ciudad vieja de la mano de mi madre. La apariencia de mi padre llegaba vagamente hasta mi memoria caminando junto a un hombre delante de nosotras. Mi padre y su acompañante hablaban de una forma que yo no comprendía; entonces no sabía que la lengua que utilizaban entre ellos era el hebreo. Recuerdo que le pregunté a mi madre por qué no podía entender a mi padre; ella me explicó que utilizaban la lengua que se hablaba en tierra Santa, una hermosa lengua que algún día debía aprender. Su sonrisa se me representó con toda claridad en mi mente, sus ojos llenos de vida, su pelo castaño, corto y cardado enmarcando su rostro sereno y afable. Las lágrimas estuvieron a punto de llegar a mis ojos pero respiré hondo y pude controlar mis sentimientos. -Durante ese viaje tus padres me devolvieron la esperanza en la vida que estuve a punto de perder; me dieron consuelo y seguridad y, gracias a ellos, volví a confiar en el mundo. Lo único que puedo tener hacia ellos es una profunda gratitud por la forma en que me trataron y me cuidaron. Eran dos seres entrañables. –Sus ojos se clavaron en los míos llenos de una ternura que hizo que todo mi cuerpo se estremeciera por el recuerdo amable de mis padres-. Después de ese primer encuentro tuve el privilegio de verles otras veces en este mismo lugar donde nos encontramos ahora... –bajó la mirada y apretó los labios-, antes de su trágico final. -¿Han estado aquí mis padre alguna vez? -Varias veces, jovencita, y los tuyos también, Carlos. -¿Qué tenían que ver ellos con todo esto? –inquirió Carlos con gesto contrariado. -Ellos, los padres de Laura, mi amigo Armando y yo mismo, entre otros muchos dispersos por el mundo, somos en cierto modo, parte del legado de los templarios. No es que seamos monjes guerreros... –sonrió con complicidad balanceando levemente su mano derecha-, eso quedó para la Edad Media; nosotros guardamos lo que ellos guardaron, custodiamos lo que custodiaron y evitamos lo que ellos trataron de evitar. A lo largo de los siglos se ha ido pasando de generación en generación el secreto del Gran Arcano, que aguarda el momento oportuno para que sea conocido por el mundo cuando la verdad pueda con la mentira y la sinrazón, forjada y consolidada en el poder. -¿Conoce el Gran Arcano? Sin embargo, no le dio tiempo a responder a mi pregunta porque fue interrumpida por Carlos, que empezaba a mostrar una actitud extraña como si pensara que el anciano que teníamos delante había perdido por completo el juicio. -Sí, eso está muy bien... –espetó Carlos, incorporándose sobre el asiento- Eleazar o comoquiera que se llame, pero ¿a mí me conocía de algo? Y a mis padres, ¿de qué les conocía? -Estuve a tu lado cuando ellos murieron; eras un muchacho muy despierto y risueño, pero aquel día no tenía consuelo para ti, lloraste amargamente durante todo el tiempo. -No le recuerdo. –Hizo un gesto de desprecio que me sorprendió. -Lo imagino, apenas abriste los ojos para mirar por última vez los ataúdes de tus padres al introducirlos en el nicho. –El anciano hablaba sin aparente sorpresa ante la reacción incrédula de Carlos. -¿Por qué tengo que creerle? –Carlos parecía inquieto e hizo un movimiento indicando que no se sentía demasiado cómodo con aquella conversación. -No te pido que me creas. Tú preguntas, yo contesto. Hubo un tenso silencio en el que el anciano no movió ni un músculo, manteniendo la mirada de Carlos que se agitó nervioso en el asiento. -¿Qué sabe del Gran Arcano? –pregunté de nuevo para cortar la tirantez del ambiente que de repente se había formado. -Lo siento, pero a eso tan sólo pueden responderte unos pocos, entre los que yo no me encuentro. Son los elegidos, los que han pasado el sagrado misterio de una generación a otra a lo largo de dos mis años. Así es como se mantiene vivo el secreto. -Sigo sin comprender qué pintamos nosotros en todo esto –dijo Carlos impaciente. -¿Es que no entiendes nada, muchacho? Tú y Laura sois los elegidos. -¿Los elegidos para qué? La insolencia de Carlos seguía sin alterar lo más mínimo al anciano. Me dio la sensación de que era completamente consciente de nuestros reparos para creer lo que estábamos oyendo. -Los elegidos, precisamente para recibir esa información por la que me preguntáis. –Imprimió a su contestación un tono de paciencia-. Vuestros padres eran portadores de ella pero consiguieron eliminarlos. Hace veinte años los accidentes de tráfico podían ser un método infalible de asesinato sin que las investigaciones llevaran más allá de una mala curva, un reventón inoportuno o un simple despiste del conductor. Bien realizado quedaría en un trágico accidente, sin más (251-257). -Vuestros padres –comenzó dirigiendo la mano hacia donde nos encontrábamos Carlos y yo-, igual que Armando Dorado, pertenecían a una hermandad que se fundó en 1920. Desde la disolución de los templarios por parte de Clemente V ha habido una obsesión compartida por muchos encadenada a lo largo del tiempo para encontrar un códice, bien conocido por vosotros y buscado hasta la saciedad por mi querido Armando. Carlos y yo nos miramos: sus ojos eran incrédulos, los míos debían de ser de sorpresa, pero en ambos casos la curiosidad nos refrenó la lengua. -Como sabéis, el códice fue manipulado y, además de descuadernarlo y cambiar sus cubiertas por otras, desaparecieron los capítulos en los que se daba cuenta del gran misterio. -Eso ya lo sabemos –dijo Carlos con una molesta insolencia. Eleazar continuó como si no hubiera escuchado la voz de Carlos. -Las cubiertas originales se hallaron cerca de aquí, en la pequeña iglesia de Rennes-le-Château. Se habían convertido en la encuadernación de unos documentos propiedad de un convento de las afueras de Burgos. Fueron descubiertas pro el abate Saunière en 1891 cuando realizaba unas obras de restauración en el altar. -Pero la leyenda dice que encontró unos manuscritos metidos en unos rollos de madera. –Rachid se había incorporado y se sentaba al borde de su silla. -Sí, la leyenda tiene razón, se encontraron esos manuscritos lacrados en el interior de una de las columnas visigóticas que había bajo la losa del altar, metidos en unos tubos de madera; pero, además, en la otra columna se hallaron las cubiertas y, lo que es más importante, los bifolios desprendidos del códice. -¿Se encontraron aquí los bifolios? –pregunté impaciente. -Ten un poco de calma y os contaré todo lo que sé. ¿De acuerdo? Mantuvo sus ojos pendientes de mi asentimiento y le respondí con un gesto de paciente conformidad. -Bien, como os decía, el abate se encontró con un tesoro depositado allí; no os puedo decir quién fue el que lo escondió debajo del altar, sencillamente porque lo desconozco. –Sus manos, que parecían las de un viejo pianista acabado, seguían el compás de sus palabras y sus ojos hurgaban en los destellos del fuego, como buscando en él el discurso que surgía de su boca-. Sabemos que encontró esos manuscritos de los que hablas en unos tubos lacrados en la otra columna visigótica, y que éstos fueron escritos por el párroco de la década de 1780; en ellos escribió una serie de nombres que parecen coincidir con una genealogía. »Cuando Saunière descubrió lo que guardaban las dos columnas bajo el altar, lejos de custodiarlo, lo que hizo fue ofrecer al mejor postor lo que él consideró un secreto peligroso. Saunière, en contra de toda moral, hizo llegar hasta el Vaticano a través de l obispo de París la información que tenía en su poder. Si se llegaba a hacer público el contenido de aquellos bifolios, temblarían las estructuras fundamentales de la Iglesia católica. Por eso se ofreció al abate cualquier cosa que él pidiera. A partir de entonces, Saunière vivió rodeado de dinero sin límites, lujos, vida suntuosa, libros, todo lo que pidiera, todo a cambio de no desvelar nunca su secreto ambas partes cumplieron. -¿Qué hizo con las cubiertas y los bifolios? –pregunté. -Las cubiertas consiguieron pasar a manos de gente de nuestra hermandad antes de que la mujer que vivía con el abate muriera, seguramente a través de un acuerdo con ella. Desde allí, se llevaron a Jerusalén. No os puedo decir más, ni siquiera dónde pueden estar ahora. De los bifolios no se supo más. -Se han escrito ríos de tinta sobre el asunto del secreto del secreto de Rennes-le-Château, pero nunca había oído nada sobre las cubiertas y los bifolios. -Es parte del secreto, mi querido Rachis; se consiguió mantener el hallazgo al margen, porque les interesaba a todos, sobre todo al Vaticano. -¿Y dónde están ahora los bifolios? -El profesor dorado encontró el lugar donde están escondidos. El lo que os puedo decir sobre ellos. Tan sólo soy un simple contacto, un humilde eslabón en esta enorme cadena. Armando estuvo aquí durante dos días y me indicó que debía esperar vuestra llegada y que os ayudase a encontrarle. -¿Y dónde está? –pregunté de inmediato. -No lo sé –contestó con tranquilidad, lo que hizo que Carlos se removiera en su asiento. Parecía como si aquel anciano estuviera jugando con nosotros. -Y si no lo sabe ¿cómo pretende ayudarnos a encontrar a Armando? –le inquirió con cierto tono burlón. -Os ayudaré, no lo dudes, muchacho. El anciano hablaba con firmeza y observé su rostro. él conocía una parte de todo aquello, tan sólo lo necesario, ni un ápice más. -¿Y Rachid? ¿Qué pinta en todo esto? –Carlos mantenía su actitud displicente hacia el anciano. Claramente iba a pillarle en algo, pero Rachid se volvió dedicándole un gesto de contrariedad. Por su expresión creo que no entendió la jugada del que consideraba su amigo y que estaba poniendo a prueba a aquel anciano a costa de dudar de él mismo. -Rachid es vuestra sombra –dijo con voz grave-. Necesitáis de sus contactos, de sus conocimientos, de su madurez. -Pero ¿es un elegido, como usted nos llama? –inquirió Carlos. -No exactamente. Él os guía por la oscuridad durante vuestra búsqueda. Sois vosotros los que debéis poseer por derecho el conocimiento del Gran Arcano, pero para eso le necesitáis a él, además de a otra mucha gente que trabaja en la sombra y que lo más probable es que nunca lleguéis a conocer. La muerte de vuestros padres cortó un hilo necesario y Rachid es el que lo une en realidad. -Pero ¿usted sabía eso? –pregunté con sorpresa-. ¿Conocía la existencia de Rachid? -Sabía que alguien os acompañaría, desconocía que fuera él. -Un momento... –interrumpí-, Rachid, usted nos contó que su esposa murió en un accidente. Se hizo un instante de silencio en el que sólo se oía el viento golpear en las ventanas y el crepitar del fuego. -Todo coincide. –Eleazar hablaba despacio con voz ronca y grave-. Todo es premeditado, es vuestro destino, no hay marcha atrás, muchachos (260-263). -Parece una cripta –dijo Rachid enfocando todo el espacio. -Mira, Rachid, allí hay algo escrito. –Me adelanté a él y me situé junto a una de las paredes. Rachid iluminó el lugar que le indicaba y sobre la roca se podía ver perfectamente una serie de nombres escritos. Eran nombres y fechas, una lista escrita a mano con pintura negra y en letra pequeña. La lista comenzaba con un nombre, Jean de Gisors (1188-1220), Marie de Saint Clair (1220-1266), Guillaume de Guisors (1266-1307), y continuaba a lo largo de toda la roca, de arriba abajo y de izquierda a derecha, formando una serie de siete columnas. Sin dejar de mirar cada uno de los nombres que Rachid iluminaba lentamente, recorrimos por orden cronológico aquella lista escrita por diferentes manos. Nicolás de Flamel (1398-1418), René de Anjou (1418-1480), Sandro Filipepi, más conocido por Botticelli (1483-1510), Leonardo da Vinci (1510-1519). -Leonardo Da Vinci dejó muchas señales ocultas en sus pinturas y escritos –comentó Rachid-, era un hombre tremendamente enigmático. Seguimos recorriendo la lista de nombres repitiendo entre labios cada uno de ellos. Al llegar el listado al siglo XX, dos nombres finalizaban la columna; el último era A. Giuseppe Roncalli (1950-1963). -¿No fue Roncalli el papa Juan XXIII? –dijo Carlos señalando el nombre. -¿Por qué estará su nombre aquí? –pregunté sin esperar una respuesta convincente. -Fue un Papa muy especial –dijo Rachid acercando la luz al nombre-; intentó introducir cambios importantes en la Iglesia. No sé, no acabo de entender el significado de esta lista. Con el nombre de Roncalli terminaba la penúltima columna de nombres. Cuando Rachid elevó el haz de luz al comienzo de la última se me paralizó el corazón. Las palabras escritas en la primera línea eran Sara fuste (1963-1977). Sentí una extraña mezcla de estupor y desconcierto. -¡Espera! –le dije a Rachid, sin darme cuenta de que en sus caras se reflejaba una consternación absoluto-. Éste... –mi dedo índice se acercaba despacio y tembloroso hasta uno de los nombres que el haz de luz iluminaba en la roca- es el nombre de mi madre. -Y éste es el de mi esposa –dijo Rachid señalando el nombre de Sara Duffort (1977), que aparecía a continuación del de mi madre. -¡Dios mío! Y este de aquí es... titubeó Carlos indeciso haciendo un esfuerzo para dejar que las palabras salieran por sus labios-, no puede ser... es el nombre de mi padre. –Señalaba con su dedo el nombre de Juan Trillo (1977-1979), que estaba justo debajo del dedo de Rachid. Por unos instantes un silencio sepulcral se instaló entre nosotros. Estábamos tan concentrados en los nombres de cada uno de nuestros seres queridos que no continuamos leyendo el que aparecía a continuación. -Mis padres murieron en enero de 1977. –Mi voz salía como un suspiro de mis labios. -Y mi esposa –dijo a continuación Rachid- tuvo el accidente el quince de diciembre de ese mismo año. Y Carlos, siguiendo el susurro de nuestras voces, confirmó que su padre, junto a su madre, murió en agosto de 1979. Fue Carlos, pendiente de las letras que formaban el nombre y apellido de su padre, el que se dio cuenta de lo que había escrito debajo. -¡Un momento! –dijo de pronto-. ¿Qué significa esto? El haz de luz iluminó el nombre escrito a continuación. Pude escuchar, en el interior de mi cabeza, los latidos de mi corazón acelerado. No podía creer lo que estaba viendo escrito en aquella pared. Una sensación de agobio me subió por el estómago. Ninguno de los tres nos movíamos, mientras el haz de la linterna iluminaba tembloroso como el pulso de Rachid aquel hombre y aquellas fechas, Armando Dorado (1979-2000). ¿Qué significa esto? Hay dos fechas... –Mi voz temblorosa luchaba contra el desconcierto y el llanto-. ¡Puede que don Armando esté muerto! –Me volví hacia Carlos con cierta desesperación pero sus ojos estaban perdidos en los nombres escritos toscamente en la roca. -Me temo que es posible –dijo Rachid con frialdad-. El nombre que le sigue debe ser el de su sucesor en esta lista de personajes. La linterna recorrió un nombre que había a continuación de Armando Dorado, Giuliano Lubienich 2000. No había paréntesis, como si el tiempo no se hubiera cumplido todavía para el portador de aquel nombre. -Yo conozco a ese hombre –dijo Rachid con cierta ansiedad, dando un paso atrás- Vive en Roma, formó parte de la Curia romana hace ya tiempo... –su rostro estaba tenso y su mirada perdida, intentando hurgar en sus recuerdos todo lo que sabía sobre ese nombre-, pero tuvo que dejarlo, algo le ocurrió y fue expulsado del Vaticano. Últimamente no he tenido mucho contacto con él. –Su entusiasmo iba en aumento a medida que las ideas se le aclaraban en la mente-. La última vez que le vi regentaba una tienda de antigüedades cerca del Vaticano. -¿Sabes si tenía algo que ver con todo este embrollo? –preguntó Carlos contagiándose de su ánimo. -No lo sé, es posible, su nombre está aquí; además, es un gran conocedor de la Biblia. –Nos miraba sonriendo con entusiasmo-. Tuvo acceso a los archivos secretos del Vaticano y estuvo muy unido al papa Juan XXIII; fue uno de sus hombres de confianza. Después, cuando llegó Pablo IV, cayó en desgracia. No me dijo nunca por qué, pero gracias a él tengo importantes contactos con gente en el Vaticano. Es un hombre que trabaja en la sombra para esclarecer lo que él considera un engaño. -¿Un engaño de qué? -Un engaño de la Iglesia, del cristianismo tal y como se presenta desde el siglo IV en los concilios de Nicea y de Letrán. Tenemos que ir a verle –afirmó con resolución (280-283). -Todo arranca mucho antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, con la redacción de la Biblia, para muchos revelada por Dios. Esencialmente, el texto sagrado narra la historia del pueblo judío; sin embargo, a pesar de ser el libro revelado por Dios, en sus páginas se recogen no sólo los sentimientos más nobles de hombres y mujeres, sino también la realidad sobre las peores miserias humanas. »Al margen de esto, que es lo que cualquiera pude leer sin dificultad en las líneas de la Biblia, hay algo más en este Libro por excelencia que se encuentra velado en sus historias cargadas de alegorías. Algunos autores de los textos originales de las Sagradas Escrituras dejaron ocultos secretos en clave, la mayoría de los cuales continúan escondidos a los millones de ojos, lectores atentos y devotos que cada día leen sus palabras pero que permanecen en la más absoluta ignorancia sobre su contenido real. Uno de esos secretos encierra un código a través del cual la Humanidad o, para ser más concretos, sólo aquellos que estén preparados, podrían acceder a la verdad que nos envuelve, la posibilidad de responder a las preguntas sobre la existencia que desde siempre se ha venido formulando el hombre. Quiero decir con esto que en la Biblia se recoge el futuro, el destino de cada uno de nosotros y, por tanto, de la humanidad. Esto no supone que estemos predestinados a una determinada forma de vivir o d morir. En las manos de cada uno de nosotros se encuentra la posibilidad y la libertad de cambiar las cosas que pueden llegar a suceder, de alterar parte del futuro, el nuestro propio y el de nuestro alrededor. »En uno de los Libros del Antiguo Testamento, el llamado Libro de Daniel, se dice que el profeta Daniel recibió la solución de ese código en clave que guardan las Escrituras. Así se recoge en el capítulo doce versículo cuatro. –Giuliano elevó el rostro y recitó el versículo-: «Mas tú, Daniel, mantén en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo prefijado». »En ese pasaje, Yahvé advirtió a Daniel que sellara el Libro hasta el tiempo prefijado; Daniel cumplió el mandato y guardó el Libro sellado, que fue pasado de generación en generación hasta llegar a los tiempos de Jesús. »Jesús de Nazaret era descendiente de David y por tanto pertenecía al linaje real. Con su madre, también de linaje real, vivió durante la mayor parte de su vida en Egipto. Allí aprendió muchos de los misterios de la alquimia y de los manejos esotéricos, pero sobre todo, aprendió el significado de la vida y de la muerte. Fue muy consciente de que había sido elegido para introducir un mensaje de Dios, una norma de vida fundada en el amor y la bondad, y fue esto lo que predicó durante su vida pública en Palestina. El mensaje era tan arrollador que sus seguidores crecían por días. Los romanos, celosos de que nadie promoviera revueltas o levantamientos que pudieran alterar el orden, y algunos sacerdotes, que veían como la fama de Jesús crecía excesivamente, temiendo perder su excelente y privilegiada posición, prepararon su muerte y le ejecutaron. »Durante su vida, Jesús de Nazaret fue el custodio de aquel Libro sellado, pero, conocedor de su fatal destino, dejó todo dispuesto para que en ningún momento el libro pudiera caer en manos de aquellos que hicieran un mal uso de su contenido. -Entonces, ese libro sellado que guardó Daniel y que luego mantuvo bajo su custodia Jesús de Nazaret contiene esa clave para descifrar el código que oculta la Biblia, ¿no es cierto? –preguntó Rachid con gesto reflexivo, como si quisiera afianzar en su mente lo que Giuliano estaba contando. -Así es –respondió Giuliano con cierta solemnidad-. No hay más que leer en el versículo anterior para entender lo que encierra: «Los sabios brillarán entonces como el resplandor del firmamento y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas por toda la eternidad». -No lo acabo de entender –interrumpí-. ¿Qué significado tienen esas palabras? -Si continuamos leyendo el capítulo doce del Libro de Daniel en el Antiguo Testamento, en su versículo nueve dice: «Daniel, estas palabras han de quedar cerradas y selladas hasta el tiempo del fin. Muchos serán acrisolados, purificados y blanqueados; los impíos continuarán cometiendo crímenes; ninguno de ellos comprenderá nada; los sabios, en cambio, comprenderán». –Cada vez que recitaba el texto, dejaba la mirada perdida y el rostro lo alzaba otorgando a su voz una mayor solemnidad; lo tenía grabado en su memoria-. Quiere decir que en el momento oportuno, sólo unos pocos, a los que en la Biblia se les denomina como sabios, comprenderán el contenido del Libro cerrado y sellado por Daniel. Es la clave, el conocimiento necesario de la mano de unas personas concretas y en un determinado tiempo de nuestra Historia, por el que se podrá descifrar el secreto que la Biblia encierra realmente. »Pero continuemos con nuestra particular historia. La situación en Jerusalén en los días precedentes al prendimiento de Jesús era muy tensa. Se oían constantes rumores de que se estaba preparando una revuelta contra los romanos y la tensión crecía debido a la proximidad del día de la Pascua, ya que, durante esos días miles de judíos acudían a la ciudad para preparar la fiesta judía más importante. »Jesús temía que el Libro sellado cayera en manos de los romanos, y sabía que después de su muerte sus enemigos buscarían a su familia para acabar con toda su descendencia y su mensaje. »En una reunión secreta en Betania entre los seguidores más allegados de Jesús decidieron que el Libro que en su día entregó Yahvé al profeta Daniel con la clave para desentrañar el código que daría luz a la humanidad, se quedaría en Jerusalén bajo la custodia de Pedro. José de Arimatea, que por su condición de miembro del Sanedrín no levantaría entre los romanos sospecha alguna, cedería un sepulcro de su propiedad para depositar el cadáver durante las primeras horas posteriores a la muerte. Así mismo, dispuso que su madre, su esposa María Magdalena, y el hijo de ambos, acompañados de Juan y del propio José de Arimatea, debían salir de la ciudad rumbo a tierras nabateas llevándose con ellos el cuerpo de Jesús, una vez extraído del sepulcro de madrugada para evitar ser descubiertos. El niño se iría con ellos pero sólo hasta cruzar el río Jordán; a partir de ese momento, y sin más remedio, madre e hijo tenían que separarse. Nadie más debía conocer el destino del cadáver que aquellos que custodiasen el último viaje del Maestro. »En principio todo salió como estaba previsto. Santiago se encargó del pequeño y se dirigió con él hacia el norte y María Magdalena continuó junto al resto de la comitiva hacia el sur, siguiendo al cadáver del Maestro, que se llevó hasta su destino. Pero en los años sesenta del primer siglo de nuestra era, surgieron nuevas revueltas contra los romanos, y los que tenían la custodia del Libro decidieron enterrarlo en un lugar de las entrañas del Templo para su seguridad: ellos podían morir, pero el Libro sellado debía quedar a salvo de manos impuras que hicieran un uso indebido de él; un lugar que sólo conocerían ellos y los descendientes de Jesús; así lo decidió la asamblea de la Iglesia de Jerusalén. »Con el secreto en su mente partió un emisario llamado Santiago, un joven entusiasta seguidor de la doctrina y enseñanzas de Jesús de Nazaret; debía dirigirse hacia el oeste en dirección a Finisterre, el lugar donde, según la tradición, acababa la tierra y se abría el inmenso océano. Tenía que encontrar a Sara, la hija de Jesús y María Magdalena, que había nacido en Alejandría a los pocos meses de la muerte del Maestro. El joven Santiago sabía a quién tenía que dirigirse porque la mujer que buscaba llevaba en su cuello ese inconfundible colgante. –Miró hacia mí y yo, instintivamente agarré la piedra que pendía de mi cuello. »Sara era entonces la portadora del secreto del Gran Arcano, la tumba de Jesús, secreto que transmitió a sus hijos, y éstos a los suyos pasando de generación en generación a lo largo de los siglos. Con la información que le dio Santiago, también supo del lugar donde se hallaba escondido el Libro sellado. »Pasaron los siglos. Después de que los cruzados recuperasen los Santos Lugares en los últimos años del siglo XI, nueve hombres relacionados con el último viaje del Maestro hacia tierras nabateas, decidieron sacar el Libro sellado que se encontraba en las entrañas del Antiguo Templo de Salomón en Jerusalén. Durante nueve años y con la ayuda del rey Balduino II, estos hombres buscaron en el subsuelo del Templo Sagrado de los judíos. Cuando encontraron el Libro, cuatro de esos nueve hombres, los únicos que conocían el lugar, lo transportaron hasta el Gran Arcano. -Entonces –interrumpí con cierto entusiasmo contenido-, ¿el Gran Arcano es un lugar? -Efectivamente, Laura, es un lugar: el lugar donde de encuentra la clave de la sabiduría y las reliquias más excelsas de la Cristiandad, a pesar de que su descubrimiento podría cambiar el curso de la Iglesia y de la Historia. Rachid y yo nos miramos. Nuestras dudas empezaban a esclarecerse, pero todavía nos quedaba por escuchar cosas inesperadas. -Los nueve caballeros, se hicieron llamar los Pobres Caballero de Cristo, y después, como ya sabéis, establecieron la Orden del Temple. Ellos se erigieron durante dos siglos en custodios del Gran Arcano. Ese lugar, además de los descendientes elegidos, tan sólo era conocido por el Gran Maestre y sus tres hombres más allegados, el llamado Círculo Interior. Cada uno de estos hombres debía elegir a un caballero de su confianza que fuera el portador del secreto en el momento de su muerte. Así, siempre habría tres personas en la Orden, además del Gran Maestre, que sabían dónde se encontraba el Gran Arcano. »El rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, tuvo noticias de la existencia de este lugar secreto y quiso saber su ubicación. Sabía el poder que alcanzaría en el caso de conocer dónde se encontraba la tumba de Jesús de Nazaret y la clave del mensaje cifrado en la Biblia. Intentó primero ingresar en la Orden y ser uno de los privilegiados que tenían conocimiento del mismo, pero no le admitieron. Ante el rechazo amenazó al Gran Maestre con destruir la Orden si no se le entregaba el secreto. La amenaza se cumplió y la Orden quedó extinguida pero tan sólo aparentemente. El Gran Maestre murió y la misma suerte corrieron dos de los hombres que conocían el secreto; estos tres mantuvieron su juramento de no hablar sobre el Gran Arcano incluso a costa de sus propias vidas; pero no ocurrió lo mismo con el cuarto, que traicionó ese juramento y, bajo los efectos de la tortura, relató todo lo que sabia a tres dominicos enviados por la Inquisición apostólica. »El caballero templario dio las coordenadas del lugar donde se encontraba el Gran Arcano. Además, les hizo entrega de un pergamino escrito por José de Arimatea en el que se describía la clave del lugar y confirmaba el enterramiento. Ésa era la prueba de que les estaba diciendo la verdad. »Los tres dominicos, sabedores de la importancia de la confesión y temerosos de la reacciones que pudieran llegar a tener tal descubrimiento, decidieron llevarlo de inmediato a la presencia del Papa y ocultar la información al rey Felipe IV. Procedieron a la encuadernación cuidadosa de la declaración del caballero, escondieron el pergamino en la cubierta y salieron de París, dejando en las mazmorras al malherido caballero que lloraba desconsolado después de comprender las consecuencias de su traición. »Se dirigieron primero a las afueras de París, donde dos de ellos cayeron mortalmente enfermos y murieron en poco tiempo. El tercero, seguramente atemorizado ante la repentina enfermedad y muerte de sus compañeros, emprendió un penoso viaje en dirección al sur por el Camino de Santiago, repleto de peregrinos, entre los que intentó pasar inadvertido. Había decidido guardar el libro de interrogatorios. Comprendió que en el momento que le entregase el libro al Papa y éste tuviera conocimiento de su contenido le quitarían de en medio; no le iban a dejar como testigo privilegiado en un asunto de tan extrema gravedad; suponía poner en duda la legitimidad de la Iglesia romana, del mismo Papa y de todas sus instituciones. »Por el hallazgo del códice en las Huelgas se supone que llegó hasta allí y que allí lo depositó, aunque nada está confirmado, porque después de salir de París su pista se pierde. -No se pierde –interrumpí adelantándome a Rachid cuando iba a intervenir en el mismo sentido-. Hemos descubierto que este dominico llegó a las Huelgas y entregó a la abadesa del códice para que lo guardase, con la promesa de que no leería su contenido. Él murió en el Hospital del Rey al poco tiempo. -¡Buen Trabajo! –dijo con una amplia sonrisa-. Veo con satisfacción que os habéis sabido mover con rapidez y eficiencia. Rachid y yo nos dedicamos un gesto de orgullo y continuamos escuchando el relato de Giuliano. Echaba de menos a Carlos. Él se merecía estar allí. No era justo que ahora se estuviera perdiendo la explicación a tantos interrogantes que nos habían mortificado durante días. Me prometí a mí misma que en el momento en que regresaríamos al hotel se lo contaría absolutamente todo. -Pero el caballero templario –continuó Giuliano- no corrió mejor suerte. Murió en algún lugar perdido. -Conocemos también la historia de sus últimos días –volví a interferir con cierta emoción producto de la sensación de satisfacción. Nosotros también teníamos cosas que contar-. Encontramos el diario de un médico de Valencia que le cuidó en su cada hasta su muerte de una dolencia que no supo identificar. -Eso está bien, Laura, y me encantaría que luego me explicaseis todo con detalle. –Hizo un movimiento hacia delante acomodándose en la silla-. El problema de todo es, sin embargo, esa muerte, porque con el óbito de ese templario muere también el último de esos hombres que conocía el lugar exacto de la tumba de Cristo. Los descendientes sagrados quedaban desamparados y dispersos. Los templarios que consiguieron escapar si integraron en otras órdenes o crearon otras nuevas en las que se comprometieron a continuar protegiendo a los descendientes y el Gran Arcano. Pero para su desesperación, cuando consiguieron reagruparse y organizarse de nuevo, la descendencia sagrada había desaparecido. Pasaron muchos años buscando quién llevaba en sus venas la sangre real. Con el tiempo consiguieron dar de nuevo con los descendientes del Maestro, pero el daño estaba hecho: la información sobre el Gran Arcano se había perdido, se había roto la cadena y el único eslabón posible para recuperarlo era la confesión que recogieron los dominicos. »Durante siglos, el códice que recogisteis en el monasterio de las Huelgas, ha sido buscado por muchos, y a muchos esa búsqueda les ha costado la vida. Ha habido personas que han dedicado todos sus esfuerzos a su recuperación, conscientemente o, incluso, movidos por hilos invisibles para ellos, como es tu caso, Rachid. Pero la búsqueda tenía diferentes finalidades: nosotros queremos conocer el lugar del Gran Arcano para custodiarlo, guardarlo y conservarlo hasta que llegue el momento en que la humanidad esté preparada para conocer su existencia; sin embargo, otros lo buscan para destruirlo o para utilizarlo en su propio beneficio. Imaginaos por un instante lo que podría significar que el mundo conociera la existencia del Gran Arcano y su contenido. –Mantuvo unos expectantes segundos de silencio-. Ha dio un lucha contrarreloj y estamos a punto de conseguir retomar la información que se quedó perdida hace siglos. »Laura, tú y Carlos conocisteis la angustiosa decepción de Armando al abrir el códice y comprobar que le faltaba la información principal; comprendió entonces que la búsqueda no había terminado, que todo debía continuar. -¿Qué ocurrió con los bifolios? –pregunté. -En algún momento anterior a la Revolución francesa, alguien debió de conocer la existencia del códice guardado durante siglos en las entrañas del convento, lo descuadernó y separó los bifolios en que los tres dominicos inquisidores habían dejado constancia del lugar donde se encontraba el Gran Arcano. Desconocemos sus verdaderas intenciones. El caso es que sustituyó las cubiertas originales por otras de un libro de inventarios de un monasterio de las cercanías de Burgos, manipuló los títulos y volvió a poner el códice sin los bifolios en su lugar. Las cubiertas originales que escondían el pergamino de Juan de Arimatea del que sabéis por, la que conocisteis como Marta, fueron colocadas en el libro del inventario del monasterio burgalés y este se trasladó, junto con los bifolios, al corazón del Languedoc francés, concretamente a la pequeña villa llamada Rennes-le-Château, donde se ocultaron en uno de los pilares visigóticos del altar. Allí quedaron olvidados durante más de cien años. »En 1890, el encargado de aquella pequeña parroquia encontró esos documentos al realizar unas obras de restauración. Al darse cuenta de la importancia de su contenido no dudó en chantajear al Papa a cambio de su silencio; que sepamos, nunca le entregó esos documentos, al menos en vida, porque eran su salvoconducto, su seguridad; con ellos en su poder nadie osaría tocarle, como así fue. Vivió como si de un rey se tratase. Fue un hombre inteligente que jugó bien sus cartas. Si hubiera dado a conocer al mundo que existía un lugar donde se hallaba la tumba de Cristo todo acabaría para el Papa y su Iglesia. Era demasiado peligroso. Tampoco podían deshacerse de él puesto que les advirtió que si algo le sucedía lo había dispuesto todo para que el asunto saltara a la luz de inmediato; tal vez sólo fuera un farol, pero no podían arriesgarse, así que compraron su silencio con grandes sumas de dinero, privilegios y todo aquello que les pudiera pedir. Tuvo visitas de hombres y mujeres de círculos muy exclusivos que pretendieron indagar la situación del Gran Arcano sin llegar a conseguirlo, por lo que sabemos. -Pero, ¿nadie intentó encontrar el lugar exacto? -Intentarlo sí, otra cosa es que alguien haya sido capaz de encontrarlo, y eso no lo podremos confirmar hasta que no entremos en el Gran Arcano. Mantuvo unos instantes de silencio expectante, con un gesto de esperanza de que no se hubiera deteriorado o, lo que es peor, que alguien pudiera haberlo destruido. -De lo que sí estamos seguros es de que, después de su muerte, los bifolios desaparecieron y no hemos conocido su paradero hasta hace unos días. El descubrimiento hay que atribuirlo a uno de mis colaboradores más preciados, que en su papel de investigador, logró colarse en las entrañas del Vaticano. Allí, precisamente, en sus archivos secretos, fue donde los localizó, bien guardados y mejor custodiados. »Lo primero que hice después de conocer el lugar exacto donde se encontraban los bifolios fue avisar a Armando. Teníamos que sacarlos de allí sin pedir permiso a nadie, ¿me explico? –Tan absortos estábamos que no hicimos ningún gesto a su pregunta y continuó su relato-. El día anterior a su precipitada salida de Zaragoza, le había enviado un mensaje para que viniera aquí; todo en clave, los teléfonos no los utilizamos porque sabemos que están pinchados, los fijos y los móviles. Como ya os he dicho, Carlos y tú os encontrabais fuera y no es podía decir nada a través del teléfono. El resto ya lo conocéis. Hubo unos instantes de silencio. Era todo tan interesante que apenas parpadeaba, para no perder ni un solo detalle de lo que aquel italiano nos estaba contando. -Las cubiertas originales del libro y el pergamino del siglo I llegaron hace unos años a manos de nuestra hermandad, se trasladaron a Jerusalén y allí se mantuvieron hasta que han llegado a vosotros a través de Francesca. -Ahora empiezo a entender todo –dije con la mirada perdida en mis pensamientos. Mi mente iba ordenando aquel inmenso rompecabezas que había alterado nuestras vidas en las últimas semanas. Poco a poco cada pieza iba encajando en su sitio-. Sin embargo, todavía hay algo que sigo sin comprender. -¿Qué es lo que no entiendes? –preguntó Guiliano-. Intentaré solucionarlo si está en mi mano. -¿Qué pinto yo en toda esta historia? Era algo que todavía no entendía. ¿Por qué, precisamente yo, me había visto envuelta en todo aquello que sonaba tan trascendental y tan inmenso? Giuliano me miró con gesto firme. -Tú eres Sara y eres la última de esa estirpe sagrada (354-363). Me encontraba frente a la ventana de la habitación del hotel ante una hermosa vista de piazza Navona. Era un hotelito pequeño y coqueto lleno de encanto. Estaba sola luchando con mis propios sentimientos encontrados y contradictorios. Rechacé la compañía de Rachid y no había cumplido mi promesa de hablar con Carlos; ni siquiera supe si se encontraba en su habitación o no. Quería estar sola, pensar. Todo aquello era increíble para mía. No quería o no podía creer lo que Giuliano me había dicho. Yo no podía ser esa persona a que se refería. «No puede ser –me repetía constantemente-, es imposible». La sola idea de pensar en ello me dolía o, más bien, me avergonzaba, me resultaba petulante; no estaba segura de cuál era realmente el sentimiento que me embargaba. No podía ser verdad. Agarraba con fuerza mis rodillas contra mi pecho en un intento de protegerme, de huir de aquella extraña situación en la que me encontraba (364). Habíamos salido de las entrañas de la tierra con las manos vacías. No conseguimos encontrar el Libro sellado de Daniel. Estuvimos buscando justo hasta el momento en que, en el exterior, el sol indicaba la pronta llegada de los beduinos y con ellos la avalancha de turistas; fue entonces cuando los hombres de Giuliano nos avisaron de que nuestro tiempo había terminado. Con muchas dificultades, colocamos de nuevo la lápida en su sitio, dejando oculto en su eterno descanso aquellos restos que habíamos descubierto. Entre todos ayudamos a salir al maltrecho Rachid y, montado sobre la mula como si de un muñeco roto se tratara, se dejó llevar hasta el hotel. La policía de Petra nos interceptó en el desfiladero y nos hizo algunas preguntas incómodas, tomando datos sobre nuestra identidad. Nos indicaron que debíamos presentarnos en la comisaría esa misma mañana. Debió de parecerles sospechoso un grupo de personas en el Siq, al amanecer y con un hombre aparentemente herido. Lo cierto es que tras una visita de Giuliano y Wasef al jefe de policía todo quedó arreglado y no nos volvieron a molestar. Rachid necesitó hospitalización urgente y tuvo que ser trasladado hasta Ammán para ser atendido. Estuvo ingresado durante más de dos semanas y, en ese tiempo, Giuliano y Wasef iniciaron los primeros contactos con el gobierno jordano. Los cuatro estuvimos de acuerdo en que era necesario excavar la zona y realizar las investigaciones con precaución y sigilo hasta saber a lo que realmente nos enfrentábamos y las consecuencias que su conocimiento pudieran llegar a tener. Pretendíamos obtener un permiso oficial para llevar a cabo una prospección arqueológica en el subsuelo del Tesoro. Como era de prever, las negociaciones fueron largas y complicadas; tuvimos que hacer constantes viajes, no sólo a Jordania sino a Israel y Roma, en busca de contactos e influencias, de la mano de Rachid y de Giuliano. Pero también nos encontramos con la presión de los que querían que nada se moviera. Sabían que habíamos descubierto algo, aunque nunca se manifestaron, pero las trabas que sospechosamente encontrábamos a cada paso nos daban prueba de que una mano negra intentaba por todos los medios que no avanzásemos. Después del descubrimiento de Gran Arcano, todos nosotros habíamos sido objeto de diversas amenazas, sutiles y perfectamente encubiertas, procedentes de la sociedad secreta de los Asmodeos. Por recomendación de Giuliano no fuimos en ningún momento a la policía; además de indicarnos que continuásemos con nuestra vida normal, nos dio una serie de instrucciones para mantener nuestra seguridad y nos aseguró que estaríamos protegidos por su gente. Nos habían perdido la pista en Roma después de la noticia de nuestra entrada furtiva al Vaticano, y sólo dieron con nosotros cuando llegamos a Ammán. Fuimos conscientes desde el primer momento, de las presiones para evitar que nos concedieran el permiso de prospección. Por ahora lo habíamos conseguido, aunque conocíamos el peso de sus influencias y sabíamos que las cosas podían llegar a cambiar, torciéndose la balanza a su favor en cualquier momento. Pero esa razón no había tiempo que perder. Un mes más tarde de haber encontrado la tumba en el Gran Arcano pudimos regresas a la vida real. Rachid se recuperó completamente y Wasef y yo iniciamos una nueva vida juntos en Zaragoza. Wasef comenzó a dar clases e Prehistoria y Arqueología en la facultad gracias a su excelente currículum y a las recomendaciones de Rachid. La noticia de la muerte del profesor Dorado ya se conocía en todo el ámbito académico; se adujo como causa del fallecimiento un grave accidente de tráfico en una carretera secundaria del sur de Francia. Carlos pudo regresar a Zaragoza unos días antes que nosotros, libre de todos los cargos que se le habían imputado, gracias a los contactos que tenía Giuliano en la policía, que consiguieron detener al pregunto asesino en uno de los suburbios a las afueras de Roma. Nos recogió a los tres en el aeropuerto de Barajas cuando llegamos de Jordania. De Giuliano nos habíamos despedido en la escala que hicimos en Roma, aunque volvimos a vernos pocas semanas después. Carlos tenía tantas cosas que preguntarnos y nosotros tanto que contarle que, sobre la marcha, decidimos llevar a Rachid hasta Toledo, hospedarnos de nuevo en La Almunia de San Miguel y compartir con él todas las cosas que nos habían sucedido desde el día en que salió de la tienda de Giuliano en Roma. Fueron tres días inolvidables e intensos, con veladas que se alargaron hasta el amanecer. Fue precisamente durante esos días cuando me di cuenta de que se presentaba ante mí un futuro nuevo, en el que aparecían nuevos amigos y, sobre todo, un amor que colmaba mi esperanza de una vida mejor. Además, comprendí mi pasado, los acontecimientos que me habían ocurrido a lo largo de mi vida, y descubrí mi identidad y el verdadero significado de mi existencia. Estábamos convencidos de que el Libro sellado de Daniel, trasladado desde Jerusalén por los templarios, continuaba enterrado en algún lugar de las entrañas del Tesoro. Con un permiso oficial para una prospección arqueológica que nos permitiera trabajar en el lugar, tendríamos tiempo y tranquilidad suficiente para buscarlo, e intentar averiguar a quién pertenecían los restos que contenía la sepultura de piedra del Gran Arcano. La certeza de su identidad me estremecía cada vez que pensaba en la visión que se nos brindó cuando conseguimos retirar la lápida. La imagen que captaron mis ojos durante esos momentos antes de que volviéramos a cerrar la tumba se me quedó grabada en la retina y, a pesar del paso del tiempo, la seguía recordando con una emoción contenida. El coche de Carlos se detuvo en la puerta de mi casa, donde Wasef y yo le esperábamos desde hacía cinco minutos. Todavía no había amanecido. Eran las cinco y media de la mañana y una espesa niebla nos envolvía. Metimos nuestras maletas en el coche y nos montamos entra charlas y risas algo estúpidas fruto del nerviosismo mezclado con cierto sentimiento de emoción. ¡Habíamos esperado tanto tiempo el momento de regresar al Gran Arcano! Observé el reloj del coche de Carlos que marcaba las seis de la mañana y, al mirar por la ventanilla, me fié en el mar de luces rojas de la central eólica de la Nacional II. Me di cuenta de que habían pasado tres años desde aquel frío día de enero, en el que, atravesando ese mismo campo lleno de luces rojas, mi vida había iniciado un cambio radical. Mi vista se perdió entre aquellos puntos rojos definidos en la niebla, mientras mi mente escarbaba en los recueros de aquellos días. Habíamos quedado en encontrarnos con Rachid en el aeropuerto de Barajas. Hacía unas semanas que Giuliano se había trasladado desde Roma a Petra para organizar los trabajos de selección y contratación del personal, así como para adquirir y colocar el material necesario. Todo tenía que estar preparado a nuestra llegada porque las excavaciones debían comenzar cuanto antes. El avión salió puntual en dirección a Ammán. A nuestra llegada, Giuliano nos esperaba con dos hombres que se ocuparon de nuestro equipaje, bastante más abultado que el utilizado en nuestra primera visita al Gran Arcano. Nos saludamos efusivamente; la satisfacción se palpaba en nuestros rostros. -Nos espera un coche para llevarnos a Petra. Giuliano nos indicó el camino. En nuestros rostros se reflejaba un gesto de emoción contenida. Muy pocos conocen la verdad de lo que realmente pretendemos con las excavaciones; sería una noticia demasiado escandalosa y nos veríamos privados de la calma necesaria para trabajar. Por esa misma razón, las conversaciones se habían extendido en el tiempo, porque el verdadero motivo de nuestro interés en realizar una excavación en las entrañas de Petra no podía salir a la luz. Ya era suficiente con que hubiera saltado la noticia de que un grupo de arqueólogos españoles, dirigidos por mi querido Wasef, hubiéramos sido los elegidos para llevar a cabo los trabajos de excavación arqueológica debajo justo del Tesoro. Estoy segura de que muchos vendrían su alma por tener ese privilegio. Desde finales del año 2003, los turistas pueden ver a los pies de la Puerta del Tesoro en la ciudad de Petra, una zanja cubierta de una malla metálica que deja ver parte de una fachada que se encuentra en el subsuelo, similar en su estructura y construcción al Tesoro que tienen de fuente. Las noticias acerca de lo que allí se está realizando son un secreto. Únicamente unos pocos elegidos sabemos qué es lo que se busca en las entrañas de aquel lugar mágico (464-468).

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
Proyecto Parnaseo (1996-2018)
FFI2014–51781-P