Fernández Herrero, Juan Manuel

El enigma de Montserrat

Madrid, Vision Net, 2006

Reeditada como El secreto de la abadía por ViaMagna (Barcelona, 2008) En el 2009, y en la misma editorial, volvería a publicarse con su título original.

Juan Manuel Fernández Herrero nació en Málaga en 1949. Es diplomado en Lengua Inglesa por la Universidad de Cambridge y por la Escuela Oficial de Idiomas y licenciado en Filología Germánica por la Universidad de Barcelona. Es Catedrático de Enseñanza Media en Lengua y Literatura Inglesa desde 1984, y ha trabajado durante 22 años como docente en un centro público dependiente del Departament d'Ensenyament de la Generalitat de Catalunya, labor de la que ya se encuentra retirado.

Ocho dioses y un gigoló (2003) Alpha Centauri. La gran singladura (2004) Susana y las estrella (2005) El enigma de Montserrat (2006)

Con la elección del Prefecto de la Fe como sucesor del papa Juan Pablo II, se pone fin a la tregua entre el Vaticano y la Orden de los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y del Templo de Salomón, que llevan años dinamitando la confianza de los ciudadanos en la Iglesia católica y pretenden establecer un gobierno teocrático en Occidente, cuyo trono ocupará un descendiente de la estirpe de Jesús. Ignorante de su destino, Sandra pretende disfrutar con su pareja de una estancia vacacional con la que ha sido agraciada. Sin embargo, lo que parece un encuentro de placer con el dueño del apartamento en el que se alojan cambiará para siempre su vida: Por su ascendencia familiar, ha sido elegida por el Temple como futura emperatriz de Europa, y alguien desde el Vaticano ha decretado su muerte. Sandra deberá mantenerse fiel a sus principios y hacer frente a una poderosa sociedad que no va a perdonar sus negativas, pero gracias a la ayuda de Álex logrará salir con vida de un conflicto desencadenado muchos siglos antes. Con el sector radical del Vaticano neutralizado y creyendo estar fuera de peligro, Sandra marchará con Álex hacia Montserrat, donde, tras haber conocido parte de los secretos templarios, sabe que hallará el Santo Cáliz evacuado por los cátaros antes de la inminente caída de Montsegur. Lo que esta vez ignora es que el Temple no descansa y le sigue la pista.

Novela de indagación histórica

Esoterismo templario. Órdenes que perviven en la actualidad (Orden de los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y del Templo de Salomón -La Orden del Temple y la Orden de Sión- vs Vaticano) Código da Vinci (metaficción) Santo Grial-Sang Real Personaje atrapado por la historia Cátaros (Cruzada, Grial, Otto Rahn, VonEschenbach, nazismo, etc.) Abadía de Montserrat Reliquia anular (42) Evangelios gnósticos

http://www.comentariosdelibros.com/entrevista-j-m-fernandez-herrero-164e1114a.htm

Randra Rialc i Codony

Doctora en Ciencias Sociales y diplomada en Lengua y Literatura Inglesas que trabaja como profesora ayudante en el Departamento de Historia de la Universidad de Barcelona. Sandra es la oveja negra de una familia perteneciente a la vieja burguesía catalana venida a menos, y su estirpe entronca con los Saint Clair. Su escepticismo, fuerte personalidad y libertad ideológica la llevarán a enfrentarse a los templarios.

Alejandro Martínez

Diplomado universitario en Enfermería y medicina deportiva que trabaja en el Hospital de la Cruz Roja de Barcelona. De origen suizo, Alejandro es también agente especial de la Guardia Vaticana, con el grado de teniente. Álex fue enviado a Barcelona para vigilar a la Protegida del Temple e intentar ganarla para la causa vaticana, pero se enamoró de Sandra y decidirá actuar por su cuenta.

Frank Sebastian Pole

Ex sargento de marines y líder de la antigua Patrulla Stallone, perteneciente a la CIA, para la que se encargaba de realizar operaciones “quirúrgicas”. Tras la remodelación de la Compañía, al rudo Sebastian Pole le quedó sólo una pensión que complementa con misiones realizadas a espaldas de la CIA. Reunirá a sus hombres por orden del Vaticano para eliminar a Sandra, pero todos serán asesinados por Álex.

Vassili Krilenko

Antiguo miembro de la KGB que, tras la caída de la Unión Soviética, se vio abocado al infierno del alcohol y las drogas, del que fue rescatado por la Orden del Temple. Miembro del Tercer Nivel, el ucraniano es experto en religión cristiana y verá modificada su misión en Montserrat para auxiliar a Sandra y llevarla a Blois. Ascenderá al Segundo Nivel, pero morirá tras ser golpeado por la Protegida.

Giaccomo Maldini

Primera autoridad militar del Vaticano. El comandante suizo Maldini, fumador empedernido y soldado disciplinado, metódico y católico, se mostrará indignado por las decisiones tomadas por el direttore intermedio, a quien obedece a regañadientes, y empezará a dudar de los procedimientos empleados cuando sepa que ha habido víctimas en la operación, por lo que acabará alertando a las altas instancia.

John MacLeland

Tras la identidad del dueño inglés de la finca en la que Sandra ha sido premiada con una estancia vacacional, se esconde un miembro del Segundo Nivel del Temple. Ingeniero náutico, MacLeland quedará fascinado por la belleza de Sandra, y aunque dude de hallarse ante la verdadera Protegida, quebrará el protocolo de actuación para advertirla de la severidad de la Orden. Será asesinado por la Patrulla Stallone.

Isaac Ben Zahdon

Genealogista y Primer Senescal de la Orden del Temple. Den Zahdon es un judío converso de origen sefardí, rico y excéntrico, que cuenta con el respeto de los ciudadanos de Blois, ciudad desde la que dirige un complejo centro de espionaje. El cultivado albino asistirá con impotencia a los continuos desplantes de Sandra, y tras el suicidio de O´Donell se convertirá, no sin placer, en Primer Maestre.

Julián O´Donell

Primer Maestre de la Orden desde 1986 y presidente del consejo de administración del bufete O´Donell & O´Donell Associates, prestigiosa firma internacional de abogados. Inquieto por los movimientos del Vaticano, Julián, que añora otros tiempos gloriosos, pondrá en marcha el plan para convertir a Sandra en símbolo de la Orden, pero cuando vea todos sus esfuerzos truncados decidirá suicidarse.

Carlos Enrique Urquiola

Capellán Ayudante del Cardenal Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. El jesuita Urquiola, direttore intermedio, llevado por sus delirios de acabar con el Primer Maestre, contratará los servicios de la Patrulla Stallone sin el consentimiento de sus superiores. Cuando estos lo sepan, será invitado a dimitir, y deberá abandonar su cargo para ejercer como misionero en la Diócesis de Ruanda.

Montsegur, el último baluarte cátaro del sur de la vieja Galia, había caído en manos de fuerzas del norte comandadas por Hugh d´Arcís, senescal de Carcasona al servicio del rey de Francia, y los inquisidores dominicos del Papa Inocencio IV. La sociedad próspera y tolerante de los condados del sur había sido barrida por sus enemigos y, con ella, los últimos cátaros que habían buscado en una fortaleza aparentemente inexpugnable defendida por Ramón de Perella, señor de la plaza, pero que ahora debía de ser solamente un montón de ruinas amorfas y humeantes. Afortunadamente, el preciado tesoro de los Bons hommes había sido extraído a tiempo del castillo sitiado cuando tres cátaros arrojados se descolgaron sigilosamente desde las almenas de Montsegur protegidos por la oscuridad de una noche sin luna llevándose consigo tesoros de un valor incalculable: documentos sagrados, reliquias antiguas y objetos de oro y plata que debían ser depositados secretamente en lugares mucho más seguros que aquél. La arriesgada operación de salvamento había sido llevada a cabo en vísperas de un día de capitulación, terror, sangre y hogueras apocalípticas. En ellas ardería la última esperanza cátara de atraer a todo el orbe cristiano a una doctrina dualista y gnóstica que negaba el simbolismo de la cruz, la validez de los sacramentos católicos o la resurrección de la carne; que proscribía la posesión de bienes por la Iglesia y abogaba por implantar en el corazón de los hombres las virtudes de la austeridad, el celo caritativo y una gran puraza de costumbres; que congregaba a hombres y mujeres que repudiaban un mundo dominado por la sed de poder, la barbarie, la intolerancia, el materialismo salvaje y una Iglesia corrompida; una doctrina que les guiaría hasta la verdad evangélica y les convertiría en seres perfectos. Para los cátaros, el Dios Bueno no podía haber creado este mundo, solamente el mismísimo Lucifer debía de haber urdido semejante infierno en la Tierra. Y los hombres que la habitaban no eran sino ángeles caídos que debían liberarse de las penosas cadenas que les había ido imponiendo el credo de Roma a lo largo de siglos de engaño y traición al espíritu de los primeros cristianos. Pero la propuesta religiosa de las gentes del cáliz y la paloma había sido completamente destruida al paso del diabólico huracán que fue formándose día a día tras la cruzada devastadora convocada por el Papa de Roma treinta y cinco años atrás. Antiguos reductos cátaros, como Béziers, Carcasona, Tolosa, Fois, albi, Minerve, Lavaur o Montsegur, pronto pasarían a engrosar los ya extensos territorios del rey de Francia y se hallarían nuevamente bajo la influencia dogmática de la Iglesia católica. La herejía cátara había sido violentamente aplastada y ahora los caballeros Templarios constituían la única esperanza de devolverle al mundo aquella manera tan singular de concebir el cristianismo y la experiencia humana. Sin embargo, la noble hermandad de monjes guerreros nacida en Jerusalén también parecía hallarse en el punto de mira de la Inquisición... Tras varias horas de ansiedad, y a merced de una nevada que arreciaba por momentos, los ojos fatigados de los dos jóvenes cátaros divisaron una tenue luz que tintineaba bajo los picos más elevados de aquella extraña formación de rocas sedimentarias. Después de varios días y noches de persecución y penalidades de toda naturaleza, los dos supervivientes de tan singular aventura habían logrado alcanzar el objetivo que les había sido asignado por los últimos Perfecti de Montsegur. El monasterio se hallaba por fin al alcance de la mano. -En el nombre de Dios. ¿Qué podéis querer de nosotros a estas horas de la noche? Un fraile benedictino con hábitos negros y cara de pocos amigos había respondido de mala gana a la llamada de los viajeros que habían golpeado insistentemente el picaporte de hierro de la robusta puerta de roble del monasterio de Santa María de Montserrat. -Somos cátaros y hemos de entrevistarnos personalmente con el padre Guillem de Bellver. Venimos directamente desde Montsegur y traemos a Dios con nosotros. -Aguardad aquí mientras voy en busca del prior. Aparentemente insensible a los rostros desfallecidos de aquellos muchachos trémulos, el clérigo inclemente cerró la puerta dejándoles nuevamente a merced de la ventisca. Tras unos minutos de interminable espera, la gruesa puerta de roble se abrió de nuevo. -¡Por Dios bendito, hermanos! Disculpad nuestra tardanza y permitirnos daros la bienvenida a la Casa del Señor. El fraile que ahora les recibía muy afablemente era un hombre bajito de mediana edad, cabellos canos y un semblante iluminado por la emoción del momento. -Pensábamos que no ibais a llegar nunca –añadió el prior. -Nosotros también lo pensábamos, fray Guillem –repuso el cátaro de más edad. -Ha debido de ser el mismísimo Jesucristo quien os ha guiado hasta aquí en una noche como ésta. -No tenga usted la menos duda, padre prior. Pero ahora todos deberíamos ocuparnos urgentemente de Él, pues buena parte de su divino legado está consolándose en esa carreta. Aquellas palabras habían sido pronunciadas por el viajero más joven y más resuelto de los dos mientras señalaba con su dedo índice el ruinoso transporte que les había llevado sanos y salvos hasta os altos de Monstserrat. Inmediatamente, el padre prior empezó a dar instrucciones concretas a algunos frailes curiosos que habían ido congregándose a su alrededor. Sucedía pasada la medianoche de un 17 de marzo del año del señor de 1244 (12-14). [...] Y era justamente en esta última faceta de su existencia donde la “rebelde sin causa” mostraba unas potencialidades fuera de lo normal, porque Sandra se perfilaba día tras otros como la gran promesa pedagógica de la Facultad de Historia de la Universidad de Barcelona. Había acabado la carrera con premio extraordinario y también acababa de obtener Cum Laude en un brillante doctorado: Órdenes secretas de los siglos XVIII y XIX y su influencia en la sociedad de nuestro tiempo. Y lo mejor de todo: en menos de un año iban a tener lugar unas oposiciones restringidas de acceso al Cuerpo de Profesores Adjuntos de Universidad en la facultad donde ella impartía sus clases, y la señorita Rialc disponía de todas las papeletas para ganar su plaza con todo merecimiento (34). Entre los asistentes a aquella reunión convocada con carácter extraordinario se contabilizaban ahora casi tantas mujeres como hombres. La mayoría e los reunidos iba ataviada conforme a una etiqueta que había sido obligatoria hasta no hacía mucho y que ahora simplemente se recomendaba. Pero había algunos miembros de la Orden (mayormente de género femenino) que no se hallaban dispuestos a renunciar a la vestimenta informal o a la ropa de marca ni siquiera en ocasiones de tal trascendencia. Parecía evidente que una cierta relajación de costumbres se había hecho notar en el seno de una sociedad milenaria que había dejado de lado la orientación masónica y especulativa por la que se había regido durante siglos de secretismo y persecución político-religiosa para recuperar el primigenio ideario de un cristianismo templario y operativo algo más en consonancia con los nuevos tiempos de fundamentalismo religioso que parecían haberse adueñado de buena parte del mundo de un tiempo a esa parte. Sin embargo, había un elemento circunstancia que hacía que todos los miembros de Primer Nivel pareciesen exactamente iguales ante el Primer Maestre de la comunidad, pues hombres y mujeres cubrían sus rostros con suaves pasamontañas blancos de seda que guardaban celosamente el secreto de su identidad (38). -Estoy absolutamente seguro –prosiguió el convocante- de que la muerte del Papa Juan Pablo II recientemente acaecida no nos cogió por sorpresa a ninguno de nosotros, precisamente. Pero estoy igualmente seguro de que nadie esperaba que el suceso pudiera convertirse en el sorprendente movimiento de masa que hemos contemplado con gesto seguramente atónito y una preocupación más que justificada. Todos hemos sido testigos de la enorme concentración humana que se dio cita en Roma durante las pompas fúnebres por el pontífice fallecido. Y también resultaría absurdo pasar por alto el hecho de que a las exequias oficiales haya asistido una constelación jamás vista de monarcas, jefes de estado, presidentes de gobierno, representantes de todas las confesiones y gentes de muy variada extracción social, por no mencionar el enorme despliegue informativo que ha sido llevado a cabo por la práctica totalidad de medios de comunicación social del planeta. También tuvimos ocasión de detectar en las ceremonias vaticanas a algunos eminentes Hermanos y Hermanas pertenecientes a los cuatro niveles en los que la Orden ha sido recientemente estructurada y que se hallaban allí en representación del poder terrenal que les ha sido conferido políticamente con carácter transitorio o indefinido. Por supuesto que no citaré nombres, pues sus rostros aún están presentes en nuestra memoria y nada debe serles reprochado. La expectación se había adueñado de la sala completamente y el silencio casi se podía oír. -Y también me atrevería jurar sobre la documentación Sagrada –prosiguió el Primer Maestre- que la elección de nuestro viejo enemigo, el Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, como sucesor del Papa fallecido en uno de los cónclaves más cortos en toda la historia del papado no os ha dejado indiferentes. Yo no tengo empacho alguno en confesaron que la aparición en los balcones de la basílica de San Pedro del Prefecto de la Fe, y Decano del Colegio Cardenalicio, como nuevo Papa de Roma sencillamente me heló la sangre en las venas; algo que seguramente debió de suceder a todos y cada uno de los Hermanos y Hermanas a quienes hoy tengo el honor de dirigirme personalmente. Pero, por muy inquietante que pueda llegar a parecernos todo lo que hemos podido comprobar por nosotros mismos en días pasados a través de la televisión y demás medios informativos, nos tememos que el futuro a corto y medio plazo se presente ante nosotros mucho más estremecedor todavía. El Primer Maestre de la Orden volvió a tomarse un pequeño respiro para beber nuevamente un poco de agua e intentar averiguar de paso cuál era el estado de ánimo que podía percibir entre los presentes. Su discurso no podía haber empezado mejor. El silencio seguía siendo absoluto y la expectación parecía ir en aumento. En esos instantes allí solamente habría podido oírse el vuelo de una mosca, en el caso de que tal circunstancia se hubiese llegado a producir. El gran jefe parecía tenerlo todo bajo control. -Hermanos y Hermanas, tenemos informaciones debidamente contrastadas que sólo pueden llevarnos a una tremenda y dolora conclusión –el hombre se detuvo para morderse los labios y tomar aire en una maniobra estudiada-. Tras una tregua más o menos respetada a lo largo de casi medio siglo todo parece indicar a día de hoy que el Vaticano ha vuelto a declararnos la guerra (39-40). -Hermanos y Hermanas, en vista de la rapidez con que se han producido los últimos acotecimientos en el Vaticano estoy seguro de que todos vosotros ratificaréis las medidas de urgencia que nos hemos visto obligados a tomar para proteger el legado que nos ha sido confiado a lo largo de siglos de resistencia, lucha y sacrificio. Y también estoy seguro de que comprenderéis que las grandes líneas de actuación socio-política que hemos estado trazando para el futuro de la humanidad a lo largo de las últimas décadas habrán de ser llevadas a caso con alguna antelación al tiempo inicialmente estimado, todo lo cual nos obliga a ser cautos, pero también rápidos e incisivos. El pacto de No agresión y Tolerancia Mutua de 1962, tácitamente acordado con los representantes del Papa Juan XXIII, ha sido violado por las nuevas autoridades vaticanas al elegir como sucesor de Juan Pablo II a un partidario de la acción directa contra nosotros. Una nueva guerra sorda nos ha sido declarada, y también ha llegado el tiempo en que cada uno de nosotros deberá ocupar su lugar en el frente. Que las bendiciones de Dios Todopoderoso, Cristo Nuestro Señor y María de la Magdalena sean con todos vosotros (42). El Primer Maestre se las había arreglado perfectamente para intranquilizar a todo el mundo, tal y como había previsto. Pero ni siquiera él mismo se hallaba a salvo del estado de inquietud generalizada que acababa de transmitir. Desgraciadamente para la organización que el Primer Maestre presidía con voz suave y mano de hierro, todavía quedaba algún cabo suelto por atar, como el hecho de que la Protegida parecía ser de una naturaleza tan indisciplinada y escéptica como la que algunos años atrás había mostrado su predecesora en el cargo, una popular princesa que hubo de ser dolorosamente eliminada tras la traición que supuso para la Orden su intención declarada de convertirse al Islam. La Primera autoridad de lo que hasta no hacía mucho tiempo habían sido conocidas como Orden de Sión y Orden del Temple respectivamente había silenciado deliberadamente la identidad de la nueva elegida. El motivo de una emisión tan evidente se fundamentaba en razones de estricta seguridad. Eso podía comprenderlo todo el mundo. Pero también debía impedirse que alguno de los componentes del Primer Nivel mostrase alguna objeción dinástica o de cualquier otra índole a la decisión tomada, pues los apellidos de la mujer por quien las máximas autoridades de la Orden habían optado unilateralmente no se correspondían con ninguno de los apelativos tradicionalmente asociados al linaje sagrado. Sin embargo, el Primer Maestre y su Primer Senescal estaban totalmente convencidos de lo contrario, y en su momento aportarían las pruebas concluyentes que habían determinado aquella designación (44). Efectivamente, el enemigo secular había dado señales de actividad hostil tras un largo paréntesis de relativa calma, pero la información principal había sido transmitida a tiempo y el curso de acción propuesto acababa de ser refrendado por la mayoría de maestres pertenecientes al Primer Nivel. Tras nueve siglos de existencia y siete de clandestinidad, la refundada Orden de los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y del Templo de Salomón cabalgaba de nuevo hacia un glorioso destino. La Orden del Temple y la Orden de Sión se habían reconciliado definitivamente tras siglos de desencuentro. Ambas sociedades volvían a formar un solo cuerpo después de la ruptura de relaciones acaecida en el año 1188 tras la caída de Jerusalén y la posterior pérdida de Tierra Santa. Las trompetas de guerra habían sonado y el tiempo del debate había quedado atrás. Ahora todos debían moverse deprisa y hacer su trabajo lo mejor posible (45) -Quiero decir –aclaró la invitada- que últimamente se han escrito demasiadas sandeces sobre Leonardo y su obra, como el secreto que esconden sus cuadros o su pertenencia a organizaciones secretas que conspiran contra el Vaticano desde la época de los templarios, y otros disparates por el estilo. -Pues yo estoy leyendo un libro que asegura que Leonardo da Vinci perteneció al Priorato de Sión –terció Álex en un difícil intento de formar parte del debate, esta vez algo más en serio. -Bueno Álex –aclaró Sandra-. Debo confesar que a mí también me entretiene ese novelista, pero una cosa es crear literatura de ficción y entretenimiento y otra cosa muy distinta es hacer pasar una novela como verdad revelada. Lo que a mí me resulta inaceptable de esa lectura es su insistencia en difundir disparates histórico-religiosos en un contexto de ficción literaria. Porque la literatura, cariño, no suele ser neutral; las ideas sobre las que se sustentan los relatos de ficción suelen ser inocuas. De hecho, pueden llegar a tener importantes consecuencias sociales, políticas y religiosas. El inglés contemplaba a Sandra con la boca abierta. -Mira, Álex. Lo que intento hacerte comprender es que, tras la lectura del famoso Código, la escala de valoras de algunas personas de buena fe puede quedar seriamente afectada por fantasías delirantes que les han sido presentadas taimadamente como hallazgos científicos, filosóficos o religiosos, pero que no se sostienen en pie, históricamente hablando. -¿Y eso que tiene que ver con Leonardo da Vinci? –inquirió Álex. -Pues que no hallarás en ninguna parte del mundo una sola prueba que relacione a Leonardo con ninguna orden secreta de la masonería, tal y como asegura el celebérrimo Código, pero ahora mucha gente sospecha que esa relación existió realmente. Sabemos que este sabio fue un excéntrico consumado, que su relación con la Igleisa solamente fue buena hacia el final de su vida, que era homosexual, que amaba la naturaleza, que era vegetariano, que escribía de derecha a izquierda, que robaba cadáveres de los cementerios para estudiar la anatomía humana y que mostraba una gran afición por las construcciones militares y los instrumentos de guerra. Pero todas estas cosas no le convierten necesariamente en un ocultista (87-88). -Mire usted, señor MacLeland –prosiguió Sandra-. Si usted y yo estamos hablando de la misma obra, ya sabrá que esa pared pintada poco, o nada, tiene que ver con la mencionada en El Código. De hecho, la supuesta María Magdalena que aparece a la derecha de Jesús, no está mirando amorosamente a su también supuesto marido, sino que se halla dándole prácticamente la espalda mientras parece estar coqueteando un tanto atrevidamente con uno de los apóstoles, Simón Pedro. Leonardo era un artista muy osado, lo admito, pero no creo que tuviese intención de mostrar a esa presunta María Magdalena poniendo en ridículo a su también presunto marido con otro hombre, y menos delante de todo el mundo. Esa actitud, aparentemente provocativa, quizás pudiera entenderse como un ejemplo de divinidad femenina estilo Nueva Era, pero también podría tomarse como un acto de flagrante desprecio por el decoro social de la época, en general, y de ese momento en particular, ¿no le parece? (90). MacLeland respiró profundamente y se tomó otro sorbo de martini. Luego resumió a Sandra la antigua leyenda de una supuesta unión marital entre Jesucristo y María Magdalena, las divergencias religiosas entre los primeros cristianos, las decisiones tomadas en el concilio de Nicea, el debate entre los Evangelios canónicos y los Evangelios apócrifos, la unión de la sangre de Cristo y María Magdalena con la de los merovingios francos, la toma de Jerusalén por los Caballeros Templarios, la creación de la Orden de Sión, y su alianza con la Orden del Temple, el hallazgo de la Documentación Sagrada, la espantosa persecución de la Iglesia católica contra los cátaros y templarios, el misterio sobre supuestas reliquias halladas en la población francesa de Rennes-le-Château y aluna remota cueva pirenaica, la disolución de la Orden de Sión y su posterior refundación asociada a una orden templaria moderna y algún otro misterio lanzado a los cuatro vientos que la joven profesora de historia se sabía de memoria. Lo que Sandra no podía imaginar, ni por asomo, era que MacLeland concluiría su relato con el planteamiento de una guerra sorda que el Vaticano parecía haberles declarado tras la elección del anterior Prefecto de la Fe como nuevo Papa de Roma. Y aún con todo ello, toda aquella declaración tenía el mismo atractivo histórico para la doctora en ciencias sociales que una patata cocida. Pero Sandra hizo honor a su promesa de no interrumpir la narración que MacLeland le había largado y se abstuvo de realizar comentario alguno mientras duró su discurso. Finalmente, el inglés se la quedó mirando con cara de memo integral a la espera de alguna posible reacción de sorpresa por parte de la joven que apenas llegaría a manifestarse. Sandra intentaba ordenar su respuesta tratando de no lastimar ningún sentimiento ajeno, lo cual resultaba un tanto difícil dado el calibre esotérico del tema planteado. -Señor MacLeland, acaba usted de resumirme en pocos minutos el contenido de algunos libros de moda: El enigma sagrado, La Revelación de los Templarios, El último Merovingio, La Sangre de los Cátaros o El código Da Vinci, publicaciones cuyos contenidos yo misma he podido analizar a mis alumnos de historia medieval y renacentista de segundo curso. El inglés no apartaba sus ojos azules de los iris avellanados de la catalana. -Y no se sorprenda usted de que me haya convertido en una conocedora de ese subgénero de literatura mesiánica y sensacionalista, pero sucede que he tenido que corregir y puntura cientos de trabajos relacionados con todo lo que me ha contado y, claro, siempre se aprende algo nuevo. “Literatura mesiánica y sensacionalista”, se dijo MacLeland en silencio. “Vaya, me temo que empezamos mal” -Mire usted, señor MacLeland, todas las cosas a las que usted se ha referido son de dominio público, y las opiniones al respecto también son de todos los colores. Lo que no acabo de entender es qué demonios pinto yo en toda esa fantasía delirante que algunos escritores oportunistas han puesto de moda de un tiempo a esta parte. -Pues que exista alguna cosa que usted no sepa todavía, señorita. -¿Que la realidad supera la ficción, caballero? -Tal vez. Ahora era Sandra quien estaba clavando su mirada más inquisitorial en los ojos azules del inglés. -Mire usted, señorita, Rialc. Una de las tareas principales llevadas a cabo desde la fundación de nuestra sociedad, hace ya mucho tiempo, consiste en velar por la seguridad de los diferentes elegidos que la Orden ha ido señalando como herederos legítimos de todo nuestro legado. También es misión nuestra impedir por todos los medios a nuestro alcance que los enemigos seculares de nuestra Orden puedan llegar hasta nuestros protegidos y causarles el menor daño. -¿Y...? –preguntó Sandra arrugando el entrecejo. -Pues, por lo visto, la orden a la que sirvo cree que usted es la Protegida de nuestro tiempo, la descendiente directa de la unión marital de Jesús y María Magdalena, el Santo Grial, la futura emperatriz de una Europa fuerte y unida políticamente, socialmente y religiosamente (106-107). -Señor MacLeland, me temo que hay algunas cosas que no encajan en sus manifestaciones, verá. Según afirman ustedes mismos, los únicos descendientes directos del Sangreal que quedan en el mundo se identifican con los apellidos franceses Saint Clair y Plantard. Y yo, ni soy francesa ni respondo a ninguno de estos apellidos. -Lo cual es absolutamente cierto, señorita. Por eso mismo, debe usted reunirse con nuestro genealogista en Blois: él tiene la clave del misterio. Pero, si quiere conocer mi opinión, yo no creo que usted sea la Protegida de nuestro tiempo. Bajo mi punto de vista, su escepticismo la excluye absolutamente (109-110). -Los templarios de Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena y Protector del Santo Sepulcro –insistió Sandra-, no encontraron NADA de NADA bajo las ruinas del Templo de Salomón. Las legiones romanas de Tito Vespasiano, los seljúcidas, los hijos del Islam, o los mismos hebreos, ya habían saqueado el Templo de Jerusalén cuando Godofredo y sus caballeros llegaron a ese lugar mil años después de su destrucción. “Es sencillamente perfecta –se decía un MacLeland embobado-. Una mujer de ensueño, a pesar de la catilinaria que me está soltando”. -Como seguramente sabrá, señor MacLeland, el Santo Grial es un conjunto de leyendas surgidas en un tiempo en el que cálices de oro y piedras preciosas coexistían con fantasías sobre magos omnipotentes, dragones que exhalaban fuego, espadas mágicas, sortilegios y castillos de Camelot, materia de entretenimiento para príncipes y princesas aburridas. Pero lo de asociar el Santo Grial, o Sangreal, al vientre de María Magdalena a mí me parece un claro indicio de delirium tremens. “¡Lástima de esa inclinación irreprimible a querer sentar cátedra sobre cualquier cosa! Por lo demás, esta mujer es lo más parecido que he visto a una princesa de verdad”, seguía diciéndose el inglés a sí mismo mientras Sandra iba rebatiendo punto por punto la información que MacLeland le había transmitido. -En cuanto a los templarios, señor MacLeland, permítame que le recuerde a usted algunas cosas. “¡Vaya, por Dios! Nos llegó el turno”, pensó un oyente ahora menos distraído que se mordía el labio inferior con un cierto aire de resignación. -Seguramente sabrá que el rey Felipe IV de Francia y el Papa clemente V cargaron contra los templarios en 1307 simplemente para desposeerlos de sus grandes fortunas y de las inmensas propiedades mobiliarias e inmobiliarias que la Orden había ido acumulando por medios un tanto peculiares. “Juraría que la enciclopedia más sexy del mundo ha puesto la directa”. -De hecho, señor MacLeland, los caballeros del Temple se habían adelantado a su tiempo creando un complejo entramado financiero de grandes proporciones por toda Europa que les hacía totalmente autónomos en su funcionamiento, y esto levantaba ampollas en los círculos de poder secular y religioso. Debido a los votos de pobreza que habían jurado respetar, los templarios eran teóricamente pobres en lo personal, pero la Orden era inmensamente rica. Esta peligrosa acumulación de riquezas y de poder, sumada a la codicia de sus enemigos, fue lo que condujo a los templarios hacia el destierro o la hoguera, y no los secretos bíblicos supuestamente hallados bajo el Templo de Salomón. Ya sabrá usted, señor MacLeland, que la actuación de Felipe IV no fue secundada por el Papa inicialmente, pues los templarios se hallaban formalmente bajo la protección de Roma. Más tarde, sin embargo, el Papa Clemente V se sumaría a la persecución contra los Caballeros del Temple en todo el continente. Por cierto, en ese tiempo el Papa no residía en Roma, sino en la ciudad francesa de Avignon, ¿lo sabía? Era prácticamente un rehén del rey de Francia. MacLeland asentía con la cabeza mecánicamente mientras su pensamiento vagaba a su aire. “No sé yo en qué lugar de Europa debía de estar soltando excomuniones Clemente V en aquella época, pero yo sigo pensando que este par de piernas no las supera ni la Naomi Campbell de sus mejores tiempos”, seguía diciéndose el templario en silencio turbado por unas cualidades físicas que adornaban una personalidad arrolladora. -Y en otro orden de cosas, amigo MacLeland. No existe en el mundo nadie que pueda aportar una sola prueba de que Leonardo, Bernini o Newton perteneciesen a ningún Priorato de Sión, o que el mismísimo Priorato existiese antes del siglo XIX, aunque se cree que Isaac Newton fue tan masón como lo fueron seguramente Washington, Jefferson o Benjamin Franklin. En cuanto al misterio de Rennes-le-Château, permítame decirle que son la combinación esotérica del supuesto hallazgo de un tesoro oculto en una iglesia y de la lamentable historia de un cura ávido de dinero y poder. El resto pertenece al universo de la leyenda, de lo especulativo y de la imaginación, pero no es historia verificada. -¿Ah, no?-. El inglés no tenía la menor idea del sentido de su escueta pregunta. -Pues no, señor MacLeland. Y una última cosa. “Gracias a Dios”, se dijo el marino elevando discretamente su mirada al cielo. -Lo de la supuesta guerra entre usted y el vaticano, a mí personalmente me parece de pura paranoia; y en lo referente a la susodicha “Protegida”, la cosa alcanza niveles de enajenación mental colectiva. Lo siento mucho, señor MacLeland, pero no tengo la menor intención de secundar toda esa bufonada urdida por fanáticos seguidores de las doctrinas de la Nueva Era. -Sinceramente, señorita Rialc, yo ya me esperaba esa reacción suya después de conocer anoche sus opiniones acerca de Leonardo. MacLeland volvía a formar parte del debate. -De todas formas, le recomiendo que le haga usted una visita a Monsieur Ben Zahdon, el genealogista de la Orden. Es un hombre un tanto excéntrico, aunque muy cultivado, que parece disponer de información relevante acerca de su linaje. Pero le aconsejo que no se muestre con él tan suspicaz sobre nuestro legado como lo ha hecho usted conmigo esta mañana. La Orden no suele tratar demasiado bien a las Protegidas que traicionan nuestros principios o se muestran temerariamente escépticas. La lealtad a los estatutos de nuestra sociedad forma parte de nuestro modo de entender la vida, y también la muerte (111-113). -Por cierto, señor MacLeland –dijo Sandra-. ¿A cuál de las cuatrocientas cincuenta sociedades que se consideran herederas de la antigua Orden del Temple pertenece usted? -A la única verdadera, señorita Rialc. -Ya me lo suponía –repuso Sandra esbozando una sonrisa. -Pertenezco a la primigenia Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón y hace más de nueve siglos que existimos. No hay otra. -¿Y cómo demuestran ustedes eso? –Sandra necesitaba pruebas. -Pues porque somos la única sociedad templaria a la que el Gran Maestre Jacques de Molay legó su testamente político poco antes de morir en la hoguera. Unos documentos cuya autenticidad ha sido verificada por papas, reyes y expertos en la materia a lo largo de siglos. Todos los que reivindican una identidad templaria fuera de nuestra Orden son libres de hacerlo. Y hay algunos que lo hacen con la mejor intención del mundo, pero ninguno de ellos es un templario de verdad. -¿Y dónde guardan ustedes esa documentación tan acreditativa? -En uno de los lugares más secretos del mundo, por supuesto. -¿La Fosa de las Marianas... la gruta de Alí Babá... el calcetín de la abuela... Fort Knox, quizás? –Sandra preguntaba burlonamente. -No, señorita Rialc –respondió MacLeland sonriendo-. Una sección de ese testamento político se halla depositada en una caja fuerte de la cámara acorazada de las dependencias centrales de la Banque de Crédit Suisse, en Zurich. La ubicación del resto del documento solamente la conocen el Primer Maestre y su Primer Senescal (115). -Naturalmente, nadie lo confirmó jamás oficialmente –prosiguió Krilenko-, pero estoy en condiciones de asegurarle que ciertas personas que le precedieron en el cargo sufrieron lamentables «accidentes» al desviarse de la senda que la Orden les había marcado, y alguno de esos personajes era noble, rico y famoso, se lo puedo asegurar. De repente, Sandra se sintió presa de un potente subidón de adrenalina. A la joven le fueron viniendo a la cabeza los nombres de algunos miembros de la aristocracia continental que en los últimos años habían fallecido en accidentes rodeados de un cierto misterio, Gracia de Mónaco, Alfonso de Borbón, Diana de Gales... «¿Acaso alguno de estos personajes llegó a ser un “Protegido” o “Protegida” que posteriormente fue acusado de deslealtad hacia la Orden para ser finalmente asesinado?” (129). En un viaje imaginario hacia un pasado infinitamente más noble y glorioso, la primera autoridad de la Orden se situó mentalmente en el año 1188 cuando los cruzados occidentales se asentaron en Jerusalén con Hugo de Payns a la cabeza. El último Primer Maestre rememoraba aquellos días remotos en los que nueve hombres arrojados fundaron una nueva comunidad de caballería que más tarde sería conocida como Orden del Temple, la sociedad medieval encargada de proteger a los peregrinos cristianos que llegaban a Tierra Santa para orar en los Santos Lugares. El viejo nostálgico resucitaba en su mente el momento glorioso cuando la Orden del Temple se convirtió en orden militar de pleno derecho tras su definitiva aprobación pontificia en el Concilio de Troyes. Pero también recordaba cómo, tras muchos años de estrecha colaboración entre ellos y la Orden de Sión, ésta les apuñaló por la espalda después de la amarga derrota militar en a Batalla de Los Cuernos de Hattin, dejando a los templarios en una indefensión prácticamente absoluta. El Primer Maestre cerraba los ojos e imaginaba a los supervivientes de la catástrofe embarcando precipitadamente en el puerto de Haffa para recalar sucesivamente en varios puntos del Mediterráneo llevando consigo los secretos mejor guardados de toda la cristiandad. Y a pesar de los sufrimientos y humillaciones que aquella hermandad de monjes armados hubo de soportar en Palestina, el Primer Maestre llenaba su pecho de un orgullo legítimo al recordar cómo los Caballeros Templarios fueron extendiendo poco a poco una red de preceptorios, iglesias y monasterios por toda Europa hasta arrebatar a los judíos de su tiempo la actividad de banqueros, prestamistas y conservadores del capital que habían detentado en todo el continente desde los tiempos de la diáspora hebrea. Qué poderosos llegarían a ser los Pobres Caballeros de Cristo como para que reyes y papas recelaran de su pujanza y los defensores de la cruz fuesen injustamente injuriados, desposeídos de sus fortunas, de su honor y hasta de la propia vida. Sin embargo, la Orden sobreviviría a la crueldad de sus enemigos más encarnizados durante siglos oculta bajo muy distintas denominaciones: Caballeros Teutónicos en Alemania, Caballeros Pobres en Portugal, Orden de la Fraternidad en Inglaterra o prioratos clandestinos y sociedades masónicas con nombres muy diversos en Francia. En España, llegarían a sustituir sus hábitos templarios por los de otras comunidades religiosas, paradójicamente amparadas por el papado, donde algunos elementos alegóricos del Temple se impondrían al olvido y a la clandestinidad. ¿Acaso no eran templarios los tripulantes de la poderosa flota que un 13 de septiembre de 1307 partió del puerto atlántico de La Rochelle huyendo de la persecución papal para establecerse en la ciudad escocesa de Rosslyn y colocar allí los cimientos de la masonería especulativa del futuro? ¿No eran templarios los símbolos y las cruces que todavía pueden verse en ermitas románicas, iglesias orientales y catedrales góticas diseminadas por toda Europa? ¿Quizás no fueron hombres templarios quienes trajeron de Oriente los hermosos caballos pura sangre que todavía trotan por campos de Andalucía? ¿No eran templarios quienes plantaron la variedad arbequina de olivos de Cataluña con semillas directamente traídas de Palestina? ¿Y acaso no fueron hombres del Temple quienes levantaron buena parte de las ermitas y preceptorios que todavía jalonan el Camino de Santiago? Y ahora los herederos del Temple volvían a ser fuertes, poderosos e inmensamente ricos. Contaban con una protegida que andando el tiempo gobernaría una Europa teocrática en su nombre. Y los culpables de tanta traición y felonía serían castigados en las carnes de sus sucesores. Muy pronto la Orden obtendría una gran victoria política en Francia y el mundo entero conocería la verdad del misterio mejor guardado de todos los tiempos. Y ya no habría más papas usurpadores ni gobiernos agnósticos ni falsos clérigos ni guerras entre los hombres. La luz de la verdad se abriría finalmente paso ahuyentando tinieblas de siglos de barbarie y superstición, y ya no existiría más engaño bajo las estrellas. Poseído por un brote utópico que había quedado fijado en los más profundo de su pensamiento a lo largo de una vida de dedicación a una causa, a la cual se había entregado con la fe inquebrantable de un iluminado, el Primer Maestre de la refundada Orden de los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y del Templo de Salomón fue entregando lentamente su voluntad a un sueño inducido por somníferos y ansiolíticos hasta quedarse profundamente dormido. Aquella sociedad secreta reunificada bajo las señas de un cristianismo anticatólico había estado planificando su estrategia de asalto al poder durante años con gran meticulosidad y mayor sigilo. Sus grandes líneas de actuación se basaban en un complejo entramado de conspiración político-religiosas urdidas clandestinamente en oscuros despachos, altas cancillerías, monasterios remotos y otros enigmáticos centros de reunión que contaban con colaboradores perfectamente instalados en las esferas más altas del poder en casi todos los países que integran la Unión Europea, los dos hemisferios americanos y la Commonwealth Británica. Aquella legión de conspiradores en la sombra eran fieles seguidores de una tradición secular que combinaba la ambición política y la aventura de alto riesgo. Las elecciones presidenciales francesas iban a tener lugar en un futuro cercano y todo el aparato de propaganda anti-republicana se hallaba perfectamente dispuesto para la batalla: una máquina electoral bien engrasada, una superestructura mediática compuesta por canales de radio, televisión, telefonía y prensa escrita, publicada en calles, cines, teatros, discotecas, transportes públicos, mailing, voluntades persuadidas y testimonios comprados. Todo estaba previsto para que el atractivo candidato del poderoso lobby controlado por los Pobres Caballeros y Damas de Cristo, que debía allanar políticamente el camino de la Protegida, pudiera ganar las elecciones presidenciales de Francia y empezase a poner fin a más de dos siglos de aquel ominoso régimen republicano. Luego, vendría el abordaje gradual al Parlamento Europeo con una candidata perfectamente preparada para ocupar el cargo de Emperatriz de una Europa unida. Una figura que aportaría a la nueva sociedad teocrática unas credenciales difícilmente superables por cualquier otro candidato: la portadora de la Sangre Real, la descendiente directa de Jesucristo y María Magdalena, la egregia Dama de la Verdad y la Luz. con el paso del tiempo, Europa, y posteriormente América, se irían convirtiendo en una sociedad nueva y predominantemente blanca que en pureza política y religiosa haría palidecer de envidia fundamentalista al Irán de Jomeini. Aquella era una apuesta de alto riesgo, pero una apuesta por la cual valía la pena luchar, sufrir y, si fuese preciso, también morir. Merced a dos milenios de persecución, oscurantismo y manipulación sostenida, la Iglesia católica seguía siendo la doctrina dominante en buena parte del continente europeo y americano. Pero la Orden presentaría pruebas incontestables de los escándalos, abusos y mentiras perpetrados por el Vaticano a lo largo de siglos de absolutismo dogmático con la finalidad de precipitar su desarme moral y religioso ante la opinión pública planetaria. La estrategia global de los predicadores de la Nueva Era tendría tres frentes de actuación: socio-cultural, político y religioso. Para ello, los futuros dueños de Europa contaban con grandes intelectuales, millones de seguidores distribuidos por todo el planeta, poderosos apoyos políticos a ambos lados del Atlántico y un formidable presupuesto económico con que poder financiar sus ambiciosos proyectos. Lamentablemente para ellos, sus enemigos seculares se hallaban perfectamente al corriente de tales intenciones y también parecían disponer de grandes recursos para poder presentar una dura batalla a los viejos adversarios anticlericales de siempre. Si Dios no ponía remedio a toda aquella locura a tiempo se avecinaba un conflicto de grandes proporciones entre facciones cristianas, antagónicas e irreconciliables. sin embargo, nada bajo las estrellas hacía sospechar que Dios estuviese particularmente interesado en tomar parte en una disputa en la cual todos los bandos enfrentados invocaban su nombre con el mismo fervor con que lo mancillaban (133-136). -¿Ha oído usted hablar de los templarios, Mademiselle? -¿Sabe usted de alguien que no haya oído hablar de ellos? –replicó Sandra de inmediato. “¡Templarios! Pues vaya sociedad secreta. Si hasta se anuncian en Internet!, se decía Sandra en silencio mordiéndose el labio inferior y sosteniendo la incisiva mirada del albino. -Muchos han oído hablar de ellos, Mademoiselle, pero muy pocos conocen toda la historia. Anda, Vassili, cuéntale a nuestra Protegida lo que siempre se ha dicho de nosotros. El ucraniano no se esperaba aquella invitación repentina. La propuesta de su jefe había sorprendido a Krilenco con la boca llena de tostada y mermelada de fresa y a punto estuvo de atragantarse al intentar tomar la palabra. -¡Ejem! ¡Ejem! Verá usted, señorita. En el año 1119 Hugo de Payns y otros caballeros franceses fundaron la Orden de los Templarios en Jerusalén bajo la demonización de Pobres Caballeros de Cristo. La misión principal de estos cruzados fue proteger con las armas a los peregrinos que llegaban a Palestina para rezar en los Santos Lugares. Más tarde Balduino II, rey de Jerusalén, cedió a los templarios un viejo palacio anexo al Templo de Salomón. Por su proximidad a ese Templo, los Pobres Caballeros de Cristo cambiaron su demonización por la de Caballeros del Temple. -Denominación, Vassili –corrigió Ben Zahdon dando un respingo. -¿Perdone, señor? –preguntó el agente desorientado. -Se dice denominación, Vassili, no demonización. No añada usted más «lisonjas» a las lista de nuestros enemigos, por favor. -Gr-Gracias por la puntualización, señor –repuso el ucraniano ligeramente turbado-. Pues bien, señorita Rialc. Bajo la influencia de San Bernardo de Clareval, la Orden... -Disculpe usted la interrupción –terció Sandra-, pero sucede que yo ya me he leído El Enigma sagrado, La Revelación de los Templarios, El Priorato de Sión, La Verdadera Historia del Temple y unos cuantos libros más que cuentan la historia de estos caballeros hasta la saciedad. ¿Podríamos adelantar materia, por favor? –Krilenko se había quedado con la boca abierta. -¡Mon Dieu! –exclamó Ben Zahdon -¡Pero qué tontos somos, Vassili! ¿Cómo se nos puede ocurrir dar lecciones de historia a toda una licenciada y doctora en la materia? Disculpe nuestra ingenuidad, Mademoiselle Rialc, al suponer que usted ignoraba minucias históricas, como la que asegura que nosotros somos guardianes de los restos humanos de Jesucristo y María Magdalena, el Arca de la Alianza, buena parte del tesoro cátaro y otras pequeñeces por el estilo. Ahora era Sandra quien se había quedado momentáneamente si habla mientras el judío converso seguía mirándola taimadamente de reojo y Krilenko volvía a concentrar su atención en el desayuno. -¿Los restos mortales de Cristo... y de María Magdalena? La apatía inicial de la joven había dado paso a una perplejidad evidente. -Pero, ¿de qué está usted hablando? –preguntó Sandra. Los ojos grises del judío asomaban por encima de la tacita de porcelana, fijos en la mujer de mirada avellanada. -¡Vaya! Yo pensaba que Mademoiselle Rialc lo sabía todo sobre nosotros, pero claro, sucede que hay cosas que no vienen en los libros –comentó Ben Zahdon un tanto maliciosamente-. Y supongo que también lo sabrá todo sobre el célebre Priorato de Sión, ¿no es así? En ese preciso instante Sandra empezó a sentirse un tanto asediada. De repente, acudieron a su memoria algunas palabras que MacLeland había pronunciado justo antes de morir: “Le aconsejo que no se muestre con Ben Zahdon tan suspicaz acerca de nuestro legado como lo ha sido conmigo esta mañana. La Orden no suele tratar demasiado bien a las Protegidas que traicionan nuestros principios o se muestran temerariamente escépticas”. La catalana pensó acertadamente que en esos momentos lo más prudente era seguir el consejo del inglés y hacerse un poquito la tonta. -Confieso que he leído algunas cosas acerca de esa orden secreta, señor Ben Zahdon, pero nunca entendí sus fines, ni antes ni ahora. Por lo tanto, le estaría sumamente agradecida si usted pudiese ponerme al corriente. -¡Naturellement, Mademoiselle! El rostro de Ben Zahdon había trocado su expresión inquisitorial por otra mucho más afable. -Verá usted, mucha gente cree hoy día que el Priorato de Sión surgió en Francia a finales del siglo XIX como una organización derechista y antisionista dedicada a luchar contra el gobierno establecido, mientras que otros suponen que esa sociedad tiene novecientos años de edad, pero todos se equivocan. El Priorato de Sión nació realmente en una pequeña población del sur de Francia a finales del siglo XVII, aunque los orígenes de esta organización hay que buscarlos mucho antes. -Y exactamente, ¿cuándo dice usted que empezó todo, señor Ben Zahdon? –Sandra preguntaba por disimular su apatía sobre aquel asunto más que por satisfacer una curiosidad que en esos momentos no se manifestaba en ningún rincón su mente (147-149). Tras unos segundos de silencio compartido el atento anfitrión contó a Sandra que el gobernante de Jerusalén, Godofredo de Bouillon, fundó una misteriosa sociedad, la Orden de Sión, sobre la abadía del Monte de Sión tras la toma de la Ciudad Santa en el año 1099. Con el tiempo esa misma orden impulsaría la creación de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, más conocidos como Templarios. Trabajando siempre juntos, los miembros de la Orden de Sión y los templarios fueron consolidando su poder civil y militar, haciéndose al mismo tiempo con importantes bienes materiales. Esta política de confraternización entre la Orden de Sión y su brazo armado, los hombres del Temple, se rompió en el año 1188 cuando Jerusalén cayó en manos musulmanas tras el desastre que supuso para las fuerzas cristianas su derrota ante el poderoso ejército de la media luna en la Batalla de los Cuernos de Hattin. El millonario judío siguió contándole a Sandra que la Orden de Sión consagró la mayor parte de sus esfuerzos a proteger unos documentos hallados bajo las ruinas del Templo de Jerusalén por los Caballeros Templarios y un gran secreto conocido como el Sangreal, es decir, la tradición que asegura que María Magdalena era esposa de Jesús y que portaba en su vientre la descendencia legítima de la casa de David cuando llegó a tierras de la Galia meridional en compañía de José de Arimatea. Después, el rico genealogista relató a Sandra cómo años más tarde esta descendencia divina llegó a entroncar con los reyes merovingios francos y cómo la descendencia de Cristo reinó en una parte de Europa durante dos siglos. También le explicó cómo los merovingios fueron arrojados del poder y posteriormente asesinados por sus propios servidores, aunque afortunadamente hubo alguno que escapó a la persecución de los usurpadores en el trono de Francia y sus grandes aliados, la Iglesia de Roma. Ben Zahdon también relató a Sandra que la estirpe de Cristo sobrevivió en algunos lugares de Europa a lo largo de más de trece siglos, siempre protegidos por miembros de las diferentes denominaciones masónicas que mantenían vivo el espíritu primigenio de la Orden de Sión y de la Orden del Temple. Así, el mítico Santo Grial sería el portador de la sangre de Cristo plasmada en su descendencia, es decir, materializada en los portadores de su sangre. Sin embargo, tampoco se descartaba la existencia física de un cuenco de madera de cedro con el cual Jesucristo celebró su primera misa durante la última cena y que permanecería oculto en algún lugar de Europa desde que los cátaros, custodios de ésta y de otras importantes reliquias, fueron cruelmente exterminados a mediados del siglo trece en tierras del Languedoc. El judío converso reveló a Sandra que unas actas encontradas en Barcelona, y debidamente verificadas por historiadores de la Orden, daban fe de la disolución oficial de l Orden de Sión en 1681 al tiempo que se creaba el Priorato de Sión en la pequeña población francesa de Rennes-Le-Château. Pero Ben Zahdon también aclararía que los estatutos del único Priorato de Sión reconocido oficialmente a día de hoy se presentaron ante las autoridades francesas el siete de mayo de 1956, fecha en la que también comenzó a editarse Vaincre, la revista oficial del Priorato. Anteriormente a ese día, la Orden de Sion/Priorato de Sión había estado presidida por varios Grandes Maestres, como Leonardo da Vinci, Isaac Nweton, Victor Hugo, Claude Debussy, Jean Cocteau o Pierre Plantard, este último supuesto descendiente merovingio que reclamaba para sí el trono de Francia. Ben Zahdon también contó a Sandra que, a finales de los sesenta, el Priorato de Sión había quedado socialmente tan al descubierto, y Pierre Plantard tan en entredicho, que la mayoría de sus miembros decidieron abandonar el Priorato para fusionarse con los herederos del Temple en una nueva sociedad secreta que recuperaría la primigenia denominación de Orden de los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y del Templo de Salomón, una sociedad templaria moderna y mucho más poderosa que cualquiera de las órdenes que le precedieron en el tiempo. Para Sandra, sin embargo, toda aquella reseña histórico-religiosa resultaba simplemente insoportable. Nada de lo que Ben Zahdon le había contado hasta ese momento aportaba alguna información que ella no hubiese investigado previamente durante su doctorado sobre sociedades supuestamente secretas de nuestro tiempo. Prácticamente todo lo que el judío converso le había relatado seguía pareciéndole a Sandra una empalagosa farsa esotérica, pero la mujer debía seguir mostrando su semblante aparentemente interesado para no herir la sensibilidad del poderoso conferenciante, pues cualquier manifestación contraria podría declararla en rebeldía antes de tiempo. Por eso mismo, también ella decidió untarse la mitad de un croissant con mantequilla a fin de mantener la boca ocupada y evitar que un bostezo inoportuno llegase a delatar su escaso interés por la soporífera conferencia que le estaban largando. -Ecoutez-moi, Mademoiselle –prosiguió Ben Zahdon-. El gran objetivo de las distintas sociedades herederas de las primitivas Orden de Sión y Orden del Temple a lo largo de los siglos fue siempre político-religioso. Cada una a su manera, ambas sociedades secretas lucharon en la sombra por la abolición total de los conflictos armados y de las desigualdades sociales, tratando de erradicar el rencor predicado por las religiones monoteístas. Su mayor ideal consistía en instaurar la sinarquía, el reino de la razón en la Tierra; en construir un gran espacio social donde la caridad y el amor fraterno se convirtiesen en una nueva manera de entender la vida. En definitiva, hacer realidad aquel Reino de Dios profetizado en algunos pasajes del Antiguo Testamento. Por ello debemos proteger el linaje de Cristo y María de la Magdalena y restaurar en la monarquía de Francia, y posteriormente en el trono de una Europa unida, a uno de sus descendientes. Pero también debo informarle –concluyó el albino- de que somos guardianes de documentos antiguos depositados en lugares secretos por toda Europa que demuestran el gran engaño al que la Iglesia ha tenido sometidos a sus creyentes durante dos milenios. Recientemente, la renovada Orden de los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y del Templo de Salomón tomó la decisión mayoritaria de que una de las portadoras del Sangreal fuese elevada a la categoría de Protegida y que se la instruyese en la verdadera fe de Jesucristo y de María de la Magdalena. -Y según ustedes, resulta que esa Protegida soy yo, Sandra Rialc i Codony, ¿no es así? -Así es, Princesa –sentenció el albino sin apartar su mirada de Sandra. -Pues a mí me parece que todo esto no es más que una reedición del libro de moda, el famoso Código del señor Brown, pero sin culto a la Madre Tierra. Sandra se había propuesto ser muy prudente, pero la catalana no pudo evitar soltar aquello después de haber tenido que soportar por segunda vez en dos días leyendas que ella misma solía tratar con sus alumnos de segundo durante el tercer trimestre de casa curso académico. Sin embargo, al albino se le había cortado la respiración. Fue como si el hombre hubiese sido alcanzado por un rayo; como si alguien hubiese pronunciado un sacrilegio en el templo o manifestado públicamente alguna abominación imperdonable. La segunda autoridad de la Orden respiró profundamente tratando de contener su irritación. Hacía mucho tiempo que al todopoderoso Monsieur Ben Zahdin no se le subía nadie a las barbas de una manera tan flagrante. El hombre echó un trago de Guiness y se limpió los labios con una nívea servilleta de algodón. Luego, el pygmalion frustrado trató de sobreponerse a la inesperada respuesta de Sandra. -Mademoiselle Rialc, ese libro sólo es una novela con una gran dosis de acción, crímenes, lances amorosos y una larga cadena de tediosos enigmas encriptados, pero, si alguien la presenta como la Biblia de nuestro tiempo yo mismo pondré en duda su salud mental públicamente. La manipulación fraudulenta de misterios anteriormente publicados, la exposición de ciertas fantasías delirantes y los muchos errores históricos y religiosos que se pasean alegremente por las páginas de ese relato son sencillamente inaceptables. -Bueno, al menos en eso sí estamos de acuerdo –repuso Sandra sonriendo. -Oui, Mademoiselle –declaró Ben Zahdon arrugando el ceño-, pero también debo confesarle que ese escritor y nosotros coincidimos en lo esencial. A la Protegida se le borró la sonrisa de la cara antes de reaccionar con otra pregunta. -¿Y qué puede usted contarme de esas misteriosa tumbas de Jesucristo y María Magdalena a las que se ha referido anteriormente? Ben Zahdon y Krilenko se miraron de reojo sibilinamente durante unos instantes. Inmediatamente, el hombre de los tirantes trató de explicar a Sandra por qué no podía responder a su pregunta. Lo lamento mucho, señorita Rialc, pero hasta que usted no haya sido aceptada oficialmente como la Protegida de nuestra Orden ningún miembro de nuestra sociedad está autorizado a revelarle los detalles de ese gran secreto. Pero no se sienta usted ofendida por ello, Mademoisell, lo sabrá todo a su debido tiempo. -Sea como sea, sigo sin comprender qué demonios pinto yo en todo este asunto –replicó Sandra-. Según tengo entendido, los únicos supervivientes del Sangreal corresponden a los apellidos franceses Plantard y Saint Clair y a la dinastía real escocesa de los Stuart, y yo no me llamo ninguna de esas tres cosas. -No olvide usted un cuarto apellido –terció Vassili Krilenko-. Me refiero al linaje auténtico de los Blanchefort. -Lamentablemente, camarada Vassili –sentenció el anfitrión-, la última Blanchefort descendiente del merovingio Segisberto IV murió hace ya algunos años, por lo tanto ese linaje ya no cuenta para la sucesión. Por otro lado, los actuales Plantard están bastante desacreditados socialmente en Francia desde que hace algún tiempo Pierre Plantard puso en peligro la existencia de todo nuestro legado con sus inoportunas demandas legitimistas ante los tribunales franceses, por lo que decidimos buscar a la protegida en el seno de la familia Saint Clair exclusivamente. -Yo no sé de qué familia me habla, señor Ben Zahdon –protestó Sandra-, pero sí puedo asegurarle que los linajes catalanes de los Rialc i los Codony se pierden en la noche de los tiempos. -Y yo le aseguro que esa noche de los tiempos a la cual se está refiriendo no está tan remotamente alejada de usted como imagina –Isaac Ben Zahdon decía todo esto mientras seguía clavando sus ojos grises en los iris avellanados de Sandra-. Y si ustedes dos son tan amables de acompañarme hasta la biblioteca de la casa tendré mucho gusto en mostrarles el verdadero origen de Mademoiselle Rialc sin ningún lugar a dudas. Definitivamente, a Sandra se le había despertado el gusanillo de la curiosidad y ahora se sentía algo menos segura de sí misma que unos instantes atrás. «¿Qué demonios puede esconder Ben Zahdon en su biblioteca que tenga que ver conmigo o con mi familia?», se decía Sandra en silencio. La respuesta a aquella pregunta enigmática iba a dejar a Sandra sin habla (150-154). -Miren ustedes –explicó Ben Zahdon-. Hace ya más de dos siglos, un colega mío dejó en este libro constancia escrita del último estudio genealógico de una rama concreta de la dinastía Saint Clair, desde el origen del apellido hasta el estallido de la Revolución Francesa. Según podéis ver en el primer árbol, el apellido Clair aparece por primera vez en Nantes en el año 275 d.C. y pertenece a una familia bretona de cierto abolengo que, por razones desconocidas, tuvo que establecerse en la ciudad natal de Julio Verne. La etimología latina clarus=clair sugiere clarividencia, ilustración, brillantez y gloria. Puesto que Sanctus Clarus es el origen latino de los términos franceses Saint Clair, este apellido significa exactamente Claridad o Luz Santa. -¡Qué interesante! –exclamó Krilenko. “Qué elementel”, pensó Sandra. -En el siglo IX –prosiguió Ben Zahdon –un miembro femenino de la familia Clair fue apresado y martirizado por mantener su fidelidad a la Iglesia de Roma frente a los arrianos. Más tarde la Iglesia le elevó a los altares y hoy día la festividad de Sainte Claire se celebra el 4 de noviembre de cada año. Ya en el siglo XI, algunos Saint Clair emigraron a Inglaterra para combatir al lado de los Plantagenet en la batalla de Hastings, librada en el año 1066. Otros miembros de la familia se unieron más tarde a príncipes y princesas escocesas, y un tal Henri de Saint Clair luchó junto a Godofredo de Bouillon por el dominio de las calles de Jerusalén, allá por el año 1099. Incluso hay algunos historiadores que sugieren la posibilidad de que otros Saint Clair pudieran haber llegado a América unos cuantos años antes que Cristóbal Colón con la intencón de fundar una nueva Jerusalén al otro lado del océano, aunque esto último nunca ha podido ser verificado históricamente. “Menos mal –farfulló Sandra-. Aunque, a este paso, hasta el hombre de Neardental le arrebatará a Colón la gloria del descubrimiento”. -Bajo la advocación de San Francisco de Asís –siguió traduciendo Monsieur Ben Zahdon-, otra célebre Saint Clair fundaría en el siglo XII la Orden de las Clarisas. La Iglesia celebra la festividad de esta virgen y abadesa cada 11 de agosto. También a mediados del siglo XII un caballero franco descendiente directo del cruzado templario Henri de Saint Clair se casó con una condesa occitana de confesión cátara descendiente directa de Segisberto IV, el único merovingio que pudo escapar a la persecución de Pipino de Heristal y de la Iglesia de Roma. Cuando nació el primer hijo de ambos, la sangre de Jesús y María de la Magdalena empezó a correr por las venas de un Saint Clair por primera vez en la historia de esta familia. Y este linaje llegaría intacto a lo largo de cinco siglos hasta el estallido de la Revolución Francesa. Es justo en ese momento de la convulsa historia de Francia cuando la desgracia se cierne sobre esta rama concreta de tan singular familia, pues su condición de aristócratas, cristianos irreductibles y su decidida defensa de l´Ancien Régime acabaría conduciendo a muchos Saint Clair directamente hasta la guillotina. Sandra albergaba alguna esperanza de que la pesada monserga que le estaban endilgando pudiese finalizar en algún momento de aquella soleada mañana de verano, pero la muchacha no estaba demasiado segura de que tal cosa llegase a suceder. -En septiembre de 1793 –concluyó finalmente el judío converso-, una pequeña familia descendiente directa de los primigenios Saint Clair, compuesta por una viuda y sus dos hijos de uno y dos años de edad, logró evadir la guillotina y cruzar los Pirineos para solicitar asilo en España. Y es precisamente aquí donde mi viejo colega genealogista pierde el rastro de la rama Saint Clair superviviente emparejada con los merovingios francos, o lo que es lo mismo, la descendencia viva de la sangre real de Jesucristo y María Magdalena, el Sangreal, es decir, el Santo Grial (157-158). -C´est bien évident, mademoiselle! –exclamó Ben Zahdon victorioso-. Simplemente invirtieron el orden de las letras del apellido original de los C-L-A-I-R y lo convirtieron en R-I-A-L-C. “Verse sin verse”. Aquella mujer y sus hijos acababan de inaugurar un linaje catalán que nunca había existido anteriormente en aquella tierras ni en ninguna otra. Y sin embargo, la nueva disposición de las letras seguía mostrando el apellido que santos, reyes y templarios habían llevado con honor durante quince siglos por toda Europa, sólo que el apelativo debía leerse al revés: su auténtico apellido, Princesse CLAIR, noble descendiente del linaje de Cristo y María Magdalena, de reyes merovingios, de santos venerados, de héroes templarios, testimonio vivo del Santo Grial (172). Con la palma de su mano derecha todavía reposando sobre la cubierta del anuario, Sandra se sentía presa de un estado de confusión mental en el cual no podía saber con seguridad si se sentía feliz, desgraciada o ambas cosas a la vez. Haber podido desentrañar el misterio de su auténtico linaje le producía una sensación excitante. Pero, por otro lado, también sentía que el peso de su apellido le convertía en una especie de princesa de cuento medieval cautiva en un palacio de marfil (177). -¿Puedo preguntar qué contenía la enigmática caja, Monsieur?- Ben Zahdon desvió su mirada hacia Krilenko pidiéndole con gesto fatigado que fuese él mismo quien concluyese la historia. -La caja contenía un legado milenario, princesa, la Documentación Sagrada –respondió el ucraniano sin más. -¿Documentación sagrada? ¿Qué Documentación Sagrada? Krilenko miró al judío de reojo. Ben Zahdon le hizo nuevamente un gesto con la mano indicándole que él mismo podía poner punto y final a todo aquel relato compartido mientras su feje dejaba el botellín de Guiness más seco que un corcho. Al fin y al cabo, aquella mujer era la Protegida y Vassili Krilenko el supuesto especialista en cultura cristiana de la Orden. Todo quedaba en casa. -Pues el Nuevo Testamento al completo, Princesa. Los Evangelios sinópticos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, las Cartas de Pablo y los ochenta y dos Evangelios gnósticos que se salvaron de la destrucción ordenada por el emperador Constantino en el concilio de Nicea del año 325, entre otras cosas. -P- P- Pero, ¿de qué está usted hablando? –Sandra estaba desorientada. Jamás había oído hablar de aquello, ni en Montserrat ni en ninguna otra parte del mundo. -Mire usted, princesa –Krilenko miraba a su jefe de reojo de vez en cuando mientras hablaba-. Inmediatamente después de cruzar la frontera española, unos templarios franceses entregaron a Madame de Saint Clair la antigua caja de roble que contenía los Textos Sagrados para que fuese depositada en un lugar seguro fuera de la Francia republicana. Y ese lugar seguro no era otro que el monasterio de Montserrat. -¿Textos Sagrados? –preguntó Sandra absolutamente perpleja-. Oiga, ¿no se estará usted refiriendo a los documentos de Nag Hammadi descubiertos en Egipto en 1947? -Los documentos de Nag Hammadi están incompletos, Princesa –aclaró Ben Zahdon de inmediato-. El señor Krilenko se refería a TODOS los Evangelios completos escritos entre los siglos I y IV de nuestra era que relatan la auténtica vida, pasión y muerte de Cristo Nuestro Señor, documentos sagrados que siempre estuvieron en nuestro poder desde el siglo XII, afortunadamente (186-187). Sandra no añadiría nada más a su lacónica respuesta, pero ahora tenía la certeza absoluta de que se había convertido en una especie de princesa medieval secuestrada por unos idólatras de textos supuestamente sagrados y retenida en un castillo prácticamente inexpugnable. Y además, el jefe de aquella sociedad de excéntricos adinerados ya se había puesto en camino para ratificar o rechazar personalmente a la joven profesora de historia como la Protegida de una orden clandestina, la futura reina de Francia, la emperatriz de una Europa unida, y otras grandezas por el estilo (188-189). El Primer Maestre mostraba un estilo insuperable en el ejercicio de la cortesía y el protocolo, pero toda aquella parafernalia de bienvenida, más propia de una película antigua, tenía a Sandra tan desconcertada que hubo un momento en el que la joven llegó a especular seriamente con la posibilidad de haber sido arrojada repentinamente al abismo del tiempo por algún hechicero guasón y malintencionado. De tal manera, fantasía y realidad se habían fusionado aquella noche de verano n el contexto social e inconcebible del preceptorio templario de un judío converso (205). -Pues no, señor Krilenko –aclaró Sandra-. La gran discusión de Nicea se centró en combatir el cisma arriano que aseguraba que sólo el Padre es Dios. Según aseguraban los seguidores de Arrio, patriarca de Alejandría, Cristo y el Espíritu Santo no podían ser Dios, con lo cual se negaba de facto la existencia de la Santísima Trinidad. Sin embargo, la divinidad de Cristo se confirmó en el mismo concilio de Nicea por más de trescientos votos contra dos. “Una notación muy ajustada”, según nos cuenta el señor Brown por boca del millonario Teabing en su famoso “Código”. Y en otro orden de cosas, señor O´Donell, permítame usted recordarle que los Evangelios sinópticos de Lucas, Mateo, Marcos y Juan, y las Cartas de Pablo, no quedaron definitivamente fijados por la Iglesia como el cano oficial hasta el año 363 en el concilio de Laodicea. Pero el Apocalipsis de San Juan no sería admitido hasta la celebración del concilio de Hipona algunos años más tarde. Ya ve usted, señor O´Donell, en Nicea se debatieron básicamente otras cosas (214-215). “¡Vaya mierda de templarios” En los albores del siglo XXI, Al Qaeda y su legión de fanáticos seguidores van sembrado el mundo civilizado de cadáveres inocentes en nombre del Islam a golpe de coches bomba y suicidad enajenados, y a estos mamarrachos no se les ocurre nada mejor que enfrentarse al Vaticano. ¿Pero en qué momento de la historia se les paró el reloj a tanto fantasma suelto? ¿Qué coño tiene que ver esta gente con los verdaderos cruzados medievales que se hicieron con Tierra Santa a golpe de espada y coraje? ¿Adónde fue a parar el espíritu de aquellos luchadores esforzados que tomaron las calles de Jerusalén haciendo valer el temple de sus armas mientras mostraban a sus enemigos la cruz de Cristo en sus vestimentas? ¿Y quiénes son en realidad estos perturbados que se hacen llamar Caballeros Templarios con la mayor naturalidad del mundo? ¡Por Dios Bendito! He de escapar de este sanatorio mental como sea” (219). -Elementary, dear Sandra, pero déjame continuar o perderé el hilo de la narración, verás –suplicó Ález-. Cuando el anterior Papa comenzó a dar claras muestras de que su vida se iba apagando, y el Pontífice actual se perfilaba como un claro sucesor a la silla de Pedro, algunos en el Vaticano intuyeron que la masonería anticatólica se pondría rápidamente en funcionamiento para crear la mayor confusión posible en el seno de nuestra comunidad de creyentes e intentaría dar un golpe de mano a la Santa Sede y a toda la Iglesia católica en general con la publicación de supuestas revelaciones histórico-religiosas totalmente encaminadas a destruir la verdad oficial. No hará falta que te cuente que una de las sociedades secretas más poderosas del planeta empezó a buscar urgentemente a una “elegida” entre los linajes supuestamente sagrados que ellos manejan con la intención de desatar una conspiración por el poder político en Europa al mismo tiempo que ultimaban las grandes líneas de actuación de su particular campaña anti-vaticana. -Mira, Álex. A pesar de todo lo vivido y sufrido en mis propias carnes, a mí todo esto me sigue pareciendo un solemne disparate, ¿sabes? -¡Y lo es, cariño! Pero la amenaza contra la Iglesia de Roma era real. La cuestión es que, en esos momentos, los enemigos de Roma no tenían ninguna persona designada para llevar a cabo esa función representativa, pues a la última Protegida la “apartaron” de manera un tanto espectacular hace ya algunos años cuando ésta traicionó los principios de la orden. Además, instruir a un nuevo Protegido en el cometido de sus funciones nobiliarias podía llevarles algún tiempo, por lo que había que darse bastante prisa. Cuando sus contactos en la CIA comunicaron a Maldini que la llamada Orden de los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y del Templo de Salomón parecía haberte elegido para esa delicada misión, el comandante me propuso viajar a Barcelona para poder seguirte de cerca, intentar contactar contigo y tratar de convencerte para que te prestases a colaborar con nosotros en un momento dado. Una vez instalada formalmente en el seno de esa vieja sociedad actualizada, tú misma podrías proporcionarnos información sobre sus actividades, sus planes contra nosotros y las identidades de los cincuenta y cinco miembros de su jerarquía principal almacenadas en el inaccesible archivo Miranda: el Primer Maestre, sus cuatro senescales y los cincuenta maestres de componen el Primer Nivel. Tú misma debías convertirte en el elemento esencial de toda nuestra estrategia. Eras la pieza clave de todo el rompecabezas, nuestra gran esperanza. -¿Y cuándo te diste cuenta de que había empezado la “movida”? –preguntó Sandra intrigada. -Cuando desembarcamos en el apartamento de Coma-ruga, que teóricamente te había tocado en un sorteo, y MacLeland apareció en escena supuse que había llegado el momento de empezar a tomar posiciones. Luego, la misma CIA informaría al comandante de que alguien en el Vaticano había contratado los servicios de unos mercenarios para acabar con el buque insignia de la organización, es decir, con la Protegida de la Orden, o sea, contigo. Jamás entendí por qué alguien en la Santa Sede había decidido suprimir físicamente a un ser humano, aunque ahora creo tener una sospecha bastante fundada al respecto (242-243). A juzgar por los hechos sucedidos, el judío converso tenía toda la razón del mundo al elevar una queja silenciosa al Altísimo. Los sucesores de las órdenes del Temple y de Sión se había esforzado más que nunca en llevar a cabo una labor progresiva de dinamitado de la Iglesia de Roma. Sus intelectuales vendían más libros que nunca por todo el mundo, los componentes de los cuatro niveles de la Orden se hallaban perfectamente listos para llevar a cabo sus respectivos cometidos y únicamente aguardaban la señal de ataque, la campaña de acusaciones de delitos de pederastia cometidos por numerosos sacerdotes había surtido el efecto mediático deseado, la asistencia de fieles a las iglesias católicas de Occidente era más baja que nunca, el desarme moral de mil millones de católicos parecía inminente. Y sin embargo, los nuevos templarios habían intentado ir por lana y una vez más habían tenido que regresar al punto de partida severamente trasquilados (254-255). Pero había una pieza valiosa de todo el patrimonio mesiánico que los modernos templarios jamás habían podido tener en sus manos. En sus novecientos años de historia, la Orden del Temple nunca llegó a custodiar nada que pudiera ser certificado por sus expertos como el Cáliz de la Última Cena, el Santo Grial. Y sin embargo, los pocos cátaros que sobrevivieron a la masacre final de 1244 siempre aseguraron a los templarios de su tiempo que habían mantenido la sagrada reliquia bajo su protección en el castillo occitano de Montsegur hasta que la plaza cayó en manos de las fuerzas del ejército del norte mandadas por Hugh D´Arcis y los inquisidores del Papa Inocencio IV. Luego, el Santo Grial y algunas otras reliquias desaparecieron misteriosamente. Los llamados “Hombres Buenos”, contra quienes el Papa Inocencio III había promulgado aquella sangrienta cruzada treinta años antes de la toma de Montsegur, solían predicar a sus fieles que el Santo Grial era en realidad el vientre de María Magdalena personificado en la figura de sus descendientes, pero también aseguraban tener en su poder un sencillo cuenco de cedro pulido, un utensilio simple y casi insignificante a primera vista, con el que Jesucristo celebró la primera misa cristiana la noche anterior a su muerte y con el cual se recogió la sangre que manaba de su costado tras haber sido herido por la lanza de Longinos. Y ahora, Isaac Ben Zahdon Ben Ami, Primer Maestre de una orden mesiánica moderna, tenía la convicción absoluta de que los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y del Templo de Salomón no tardarían demasiado en hacerse con el objeto más deseado de todos los tiempos (258-259). En la computadora del birreactor que les había traído hasta Roma, Álex ya había podido comprobar que el Primer nivel de la Orden derrotada lo integraban personalidades muy relevantes del mundo de la nobleza europea, políticos en activo, directores de cine, escritores, pintores, algún renombrado modisto italiano y hasta caras muy populares del mundo del cine y de la televisión, pero el agente vaticano optó muy sabiamente por guardarse el secreto (270). -¿Aliados más poderosos? ¿Qué aliados son esos? Aparte de Dios, claro. Sandra quería saberlo todo. -Pues la CIA norteamericana, el Mossad israelí, los servicios de inteligencia europeos y rusos y otras fuentes de información que a menudo nos prestan una colaboración más o menos interesada. Esos son los poderosos aliados. -La CIA? ¿Por qué la CIA? Álex ya no podría resumir aquello en pocas palabras. -Verás, Sandra. Tras la caída del enemigo soviético, el gobierno norteamericano decidió que algunas secciones de espionaje de la Agencia habían perdido su razón de ser y debían ser suprimidas; “razones presupuestarias y optimización de medios” fueron los motivos argumentados por la Casa Blanca y el Congreso en todo momento. sin embargo, tras la Guerra del Golfo, el Vaticano llegó a un acuerdo secreto con el presidente George Bush padre y “alquiló” secciones enteras de espionaje de la CIA para que continuasen en servicio activo, pero trabajando para la Iglesia exclusivamente. Su red de agentes diseminados por toda Europa y los satélites espías, por ejemplo, resultan de una gran utilidad para el Vaticano en operaciones de seguimiento y escucha de sus enemigos más recalcitrantes. -Como los Pobres Caballeros y Damas de Cristo y etcétera, ¿no? –inquirió Sandra- -Sí, y también algunas otras sociedades de menor calibre, cariño. Aunque últimamente nos ha surgido un problema de saturación informativa (296). -Verás, existe una leyenda cátara que asegura que en marzo de 1244, poco antes de que la fortaleza de Montsegur cayese en manos de los cruzados franceses del norte comandados por Hugh D´arcis y los inquisidores del Papa Inocencio IV, algunos objetos sagrados fueron sacados secretamente del castillo asediado para ser depositados en las entrañas de una denominada “montaña mágica”. Siempre se creyó que esa montaña no podía ser otra que el monte sobre el cual se asientas las ruinas del castillo de Montsegur, en la región francesa de Occitania. En tiempos recientes se ha intentado encontrar las cuevas donde se suponía que se hallaban ocultos esos objetos sagrados, bajo las mismas ruinas del castillo. Pero, a pesar de haberse utilizado explosivos de precisión en la búsqueda, los investigadores de nuestro tiempo no han podido encontrar nada de nada, pues el bloque de piedra sobre el que Montsegur está asentado es demasiado compacto y apenas tiene fisuras. -Sin embargo –intervino Álex-, el Pirineo francés está plagado de lugares que albergan grutas intrincadas y cuevas casi inaccesibles donde algunas leyendas aseguran que los cátaros podrían haber ocultado fácilmente sus tesoros. Las famosas cavernas de Ornolac o Sabarthez, por ejemplo (303). -Desde luego que los había –replicó Sandra- Pero con veinte mil soldados franceses rastreando la región ningún centro de culto, cueva o pasadizo secreto debió de parecer lo suficientemente seguro a los Perfecti como para esconder allí sus tesoros. Pero al otro lado de los Pirineos –prosiguió Sandra- había un monasterio benedictino construido sobre un macizo que geológicamente era muy diferente de Montsegur; un lugar de culto que había expresado al Papa Inocencio III y a sus sucesores alguna comprensión acerca de la religiosidad y el modo de vida pacífico de la comunidad cátara. A diferencia de Montsegur, la montaña de Montserrat cuenta con numerosas cuevas y grietas naturales y, además, buena parte del macizo parece estar asentado sobre un lago subterráneo. el subsuelo de Montserrat y el del municipio adyacente de Collbató poseen una gran cantidad de pasadizos, túneles, simas, lagunas interiores, estalactitas y estalagmitas que convierten a esa curiosa formación geológica en una montaña auténticamente “mágica”. Yo misma recorría algunos de esos prodigios naturales con mis hermanos cuando éramos adolescentes, pues mis padres siempre nos llevaban a oír misa en Montserrat el primer domingo de cada mes. Tras la comida del mediodía, y mientras mi familia y sus amigos pasaban la tarde charlando, jugando a cartas o al dominó en uno de os restaurantes del monasterio, mis hermanas y yo cogíamos nuestras pequeñas mochilas y linternas y marchábamos hacia las cuevas y túneles que hay bajo la montaña para jugar a los exploradores. Con el tiempo nos convertimos en verdaderas expertas en deambular por recovecos oscuros y grutas angostas, y había ocasiones en las que incluso llegábamos a imaginar que nos topábamos con restos arqueológicos mientras jugábamos inocentemente a encontrar tesoros (305). -Como tú bien has dicho, este gran estudioso de la cultura cátara ingresó en las filas de las SS en febrero de 1936, siendo asignado inmediatamente al Estado Mayor de Himmler, donde hizo una fulgurante carrera como experto en esoterismo. En esas dependencias existía un departamento al frente del cual se encontraba Karl Maria Willigut, más conocido como “Weisthor”, un vidente a quien muchos se referían como “El Rasputín de Hitler” por ser un auténtico experto en ocultismo y filosofía aria. Siguiendo órdenes directas de Himmler, “Weisthor” formó un pequeño grupo de especialistas en ocultismo, y Otto Rahn fue uno de los elegidos por tratarse de un gran experto en cultura medieval y en catarismo en particular. Pero Rahn nunca mostró públicamente un gran entusiasmo por la causa nazi, y sus actuaciones en el ámbito de las SS siempre fueron de naturaleza cultural. -Ese Rahn... ¿no fue el autor de un libro que se llamaba... La Cruzada del Grial o algo parecido?-. Álex ya había empezado a atar caos por su cuenta. -Casi das en la diana, muchacho. Efectivamente, en 1931 Otto Rahn estuvo realizando estudios sobre la cultura cátara en Occitania y dos años después publicó su libro Cruzada contra el Grial. En 1937 también publicaría La Corte de Lucifer. El primer libro es una crónica sobre el movimiento cátaro, donde el autor sostiene que el Parsifal de Wolfram von Eschembach, uno de los libros fundadores del ciclo de Grial escrito en el siglo XII, es una especie de “guía” del catarismo y afirma que la leyenda narra hechos que realmente sucedieron durante la terrible cruzada llevad a cabo contra la herejía cátara por el rey de Francia y el Papa de Roma. Por cierto, Ricardo Wagner también se inspiró en la obra de Von Eschenbach para componer su ópera Parsifal (306-307). -Himmler quería conocer el mundo interior de Montserrat y desvelar alguno de sus secretos, pero no se salió con la suya porque aquella misma noche el Raichführer y su séquito se alojaron en el Hotel Ritz de Barcelona, y el enigmático maletín negro simplemente desapareció. Durante un tiempo corrieron todo tipo de rumores acerca del contenido de la pequeña valija, aunque los estudiosos del tema creen que el maletín sustraído debía contener los planeos de los conductos subterráneos de la montaña de Montserrat y de las cuevas del Collbató investigados años atrás por Otto Rahn y su equipo y confirmados posteriormente por el benedictino de Ripoll. Los documentos mostrarían la posible ubicación de algunas piezas valiosas del tesoro cátaro que han permanecido ocultas en Montserrat desde el año 1244, tras la capitulación de la fortaleza occitana de Montsegur (315). -El maletín se quedó en Barcelona porque el espía catalán que los británicos habían contratado para hacerse con la valija aborrecía a los nazis y sentía fuertes simpatías por la causa aliada. Pero, por encima de todo, aquel hombre amaba a su país, y no lo pareció decente que unos extranjeros en liza se hiciesen con secretos que habían sido custodiados durante siglos en la tierra que le vio nacer. Por eso, el espía optó por quedarse con el maletín y no contar nada a nadie de lo sucedido. -¿Y cómo puedes estar tú en poder de una información que nadie conoce? Aquella era otra pregunta aguda. -Pues... porque el contacto catalán que los ingleses tenían en la Ciudad Condal se llamaba Juan Manuel Rialc i Pol (316). -Pues bien, mi fiel compañero –concluyó Sandra-. Disimulada en la parte más elevada de esa cámara abovedada encontraremos un tosco sarcófago de piedra que contiene algunos objetos seguramente pertenecientes al legado cátaro: elementos de culto, códices envueltos en telas nobles cuidadosamente depositados en cajas de nogal y también varios tubos de cristal sellados que guardan antiguos pergaminos. Entre candelabros, tubos de cristal y cajas prácticamente herméticas hay un sencillo cuenco de cedro pulido envuelto amorosamente en varios paños de lino. Se trata del Cáliz Sagrado con que Jesucristo celebró la primera misa cristiana durante la Última Cena con sus apóstoles, el Santo Grial. Tú solamente tendrás que seguirme con una linterna en la mano. Sé exactamente cómo llegar hasta él (319). Epílogo (justificación, intención, etc): El enigma de Montserrat es un relato que coquetea con los convencionalismos literarios de la novela histórica, pero es esencialmente un trabajo de ficción cuya intencionalidad principal es entretener al lector con las aventuras y desventuras de unas criaturas generalmente extraídas del universo de la imaginación y proponer al mismo tiempo alguna explicación plausible a ciertos misterios todavía no desvelados. Aún cuando a lo largo de esta novela aparecen ocasionalmente lugares, instituciones y algún que otro personaje célebre de la historia pasada y presente, declaro abiertamente que en ningún momento ha sido mi intención establecer una relación directa entre el contenido de mi relato y personas del mundo real ni realizar el menos juicio de intenciones sobre los últimos más allá del ámbito de la ficción literaria. Por consiguiente, NADIE debería sentirse aludido, para bien o para mal, por ninguna de mis criaturas, sus manifestaciones o la referencia a lugares por los que deambulan, pues solamente fueron concebidos como meros actuantes en el reparto de un relato de aventuras, y no pretenden representar a entidades reales o personas físicas de nuestro tiempo. También deseo expresar públicamente un respeto sincero al Vaticano y a la manera de concebir el cristianismo que la Santa Sede representa a día de hoy, pues graves errores cometidos por miembros de la Iglesia en tiempos pasados (que sólo deberían estar sujetos al juicio de Dios, de la Historia o de la interpretación legítima del lector) no pueden desacreditar una trayectoria presente que se sitúa por méritos propios más cerca del elogio que de la censura. Igualmente, deseo hacer llegar mis respetos a todas las sociedades templarias legalmente establecidas por todo el mundo que se manifiestan públicamente herederas de esta orden medieval y que, en su quehacer diario, continúan dedicadas a perpetuar la memoria histórica del Temple, sin que esta devoción legítima por un pasado apasionante les impida llevar a cabo en la actualidad una gran variedad de actividades sociales y humanitarias a lo largo y ancho del planeta (321).

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
Proyecto Parnaseo (1996-2018)
FFI2014–51781-P