Moreno Rodríguez, Francisco

El caballero Minaya

Zaragoza, Maghenta, 2007

Francisco Moreno nació en Ferrol en el año 1944. Es marino, ingeniero de sistemas y profesor de Simulación y Teoría del Juego en la Universidad Complutense de Madrid. Su trayectoria como diplomático le ha llevado a residir en Washington y París, aunque actualmente reside en Valencia.

La guerra de Andrés (2007) El caballero Minaya (2007)

El 17 de septiembre de 1111, Alfonso VII va a ser proclamado rey en Santiago, y mientras esperan su llegada, cinco personajes desvelan a sus interlocutores los entresijos que han hecho posible el evento. Conocedores de la impotencia de Raimundo de Borgoña, Diego Gelmírez y Pedro Froilaz, creyendo obedecer los mandatos divinos, el uno, y buscando la gloria de Galicia, el otro, se entrevistarán con doña Urraca para exponerle la necesidad de que quede encinta para darle un soberano al reino, ofreciéndose incluso para engendrarlo. Urraca los rechazará, al ver en la proposición la oportunidad de retomar sus relaciones con su antiguo amante Minaya, que será llamado a Compostela. Sin embargo, el caballero será engañado, y el hijo que Urraca cree suyo puede tener como padre al obispo Gelmírez, a Pedro Froilaz o a Menendo Galíndez, los tres hombres que, por voluntad o por embriaguez, la gozaron la misma noche.

Pseudodiálogo (estilo picaresca, con interlocutor desconocido)-Perspectivismo de cinco voces narrativas en primera persona Galicia a principios del siglo XII-Nacionalismo (sátira?) Camino de Santiago El Cid Parodia

Menendo Galíndez

Siervo del obispo Gelmírez. Hijo de un silvicultor ajusticiado por el conde de Traba, fue educado como oblato en el monasterio de Sobrado, pero su escasa pericia con el latín lo encaminó al oficio de lego vinatero. Pecador confeso por su desmedida afición al vino, fue destinado por el obispo al servicio personal de Minaya durante su estancia en Santiago, y acabó gozando de doña Urraca sin saberlo.

Urraca Alfónsez

La que es para muchos la mujer más bella de España acudirá avalará la coronación de su hijo más como madre que como reina, pues se sabe consciente de estar capacitada para regir Galicia. A pesar de haber estimado a Raimundo de Borgoña, se enamoró de Minaya durante la embajada en la que el caballero llevó a Alfonso VI presentes para el Cid, y querrá, sin éxito, que él sea el padre del futuro rey de Galicia.

Minaya

El sobrino del Cid fue el único hombre que llegó al corazón de la reina Urraca, a la que conoció tras la toma de Valencia. La reina falseará su origen para que Gelmírez y el conde de Traba lo consideren válido para preñarla, pero será utilizado y su encuentro nunca se producirá. Habiendo desertado del servicio del conde de Cabra para retomar sus relaciones con Urraca, tendrá que ganarse el pan como charlatán cantando romances.

Diego Gelmírez

Tras haberse encontrado con el Altísimo en sueños, el obispo de Compostela cree que por designio divino Compostela está llamada a ser el centro del mundo y la cristiandad, y por ello se empeña en acabar con la existencia pecaminosa de conventos dúplices en Galicia y en coronar a un rey gallego. Destinado por esa voz divina a ser papa y padre de papas, sentirá que debe engendrar un hijo con Urraca.

Pedro Froilaz

El conde de Traba y ayo de Alfonso VII hizo de la causa gallega su causa, y pretende devolverle al reino su esplendor pasado y convertirlo en un territorio fuerte que haga frente a la hegemonía de Castilla y León. Orgulloso de su linaje, que considera vinculado a los reyes godos, se considera el más apto para ser el padre del nuevo rey de Galicia, a pesar de los quebraderos de cabeza que le dan los celos de su mujer.

Y el más contento, el propio obispo. No es para menos. Hoy va a consagrar a Don Alfonso Raimúndez como rey de Galicia, según las disposiciones que había hecho en vida su abuelo el rey Alfonso VI. Se ve que Gelmírez está orgulloso; no me extraña. El nuevo rey es un niño; nació en el año de Nuestro Señor de 1105 ó 1106, no sé exactamente en cuál de ellos, pero sí que ahora tiene solamente cinco años de edad. Yo sería incapaz de decir si es nuevo reyo rey a secas, porque ya el año pasado lo declaró rey de Galicia el conde de Traba, en cuanto supo que don Alfonso VI se había ido, como tú y como yo, a rendir en las manos del Padre su último viaje. ¿Y qué me dices del ajetreo que hay por aquí? Compostela es una gran ciudad, creo que es la más importante del mundo, no sé si tú estarás de acuerdo en eso, pero yo lo digo porque se lo oí decir a Gelmírez. Como es tan grande, aquí no resultan raros los acontecimientos importantes. Pero el de hoy es más que importante. Han venido todos los condes de Galicia, muchos de León y alguno de Castilla. También está la reina doña Urraca, la hija del fallecido don Alfonso VI, que gloria haya, y que por sus buenas obras la merecerá sin la menor duda. Doña Urraca ha venido, casi más por madre que por princesa, a ver cómo el obispo Gelmírez consagra a su hijo en el trono de Galicia. Dicen que doña Urraca es la mujer más bella de España, incluidas las moras; Dios me perdone, pero lo dicen. Yo no lo digo, ¿eh?, que yo no entiendo de bellezas de mujeres; sólo digo que lo he oído referir. También comentan que se tomó más de un año para dar su sí a la coronación; se ve que no tenía mucha prisa, pero eso a mí me parece natural. Las cosas de los reyes son demasiado importantes y no se deben hacer de forma precipitada. El obispo se pasó todo el año algo molesto, porque él pensaba que la reina tendría que ser más rápida en dar su consentimiento, pero yo no sé quién estaría más atinado; si el obispo que quería rapidez, o si la reina que buscaba prudencia y reflexión (17-18). Hoy es un día de gran contento para toda la cristiandad, pero sobre todo para los gallegos. Gracias a la perfecta ejecución de los planes divinos, de los que yo no soy más que un instrumento humilde, Galicia vuelve a tener su propio rey y reemprende aquella andadura por los caminos de la Historia que le dio antaño tanta gloria y tanta felicidad. Y si todo corazón gallego tiene tantos y tan colmados motivos para estar alegre, ¿qué no se podrá decir del mío propio, de mi pequeño pero animoso corazón de obispo y de hombre? Hoy voy a tener la satisfacción de consagrar ante nuestro patrono Santiago al nuevo rey de Galicia, y serán mis propias manos las que, conducidas por la del Señor que todo lo regula y dispone, pondrán sobre su cabeza infantil la corona de mi patria (27). ¡Ah!, ¿no lo sabías? Sí, amigo mío, sí; a ti te lo puedo decir con toda libertad: don Raimundo de Borgoña, el caballero más respetado y querido de la corte, era impotente. ¡Qué ironías! Él, conde y gobernador de Galicia, esposado con la más hermosa de las mujeres, era impotente; y yo, en cambio, obispo y dedicado al puro culto de Dios, era un hombre entero, dotado por la Divina Providencia para ser marido, si mi condición no me hubiera puesto por encima de ciertos placeres, de la joven y bella Urraca, o de cualquier otra joven y bella señora. A veces uno tiene que pensar que los planes de Dios superan en dificultad a la mente, que por otra parte habría que suponer preclara, de un obispo (30). ¿Tú por qué crees que el discípulo preferido de Cristo, su propio hermano, eligió Galicia como morada final para sus huesos? ¿Por un capricho, tal vez, de hombre senil? No creo que pienses que Santiago el Mayor llegara nunca a ser un viejo sujeto a ese tipo de limitaciones. No, ni sus siete discípulos emprenderían un largo y peligroso viaje desde Jerusalén hasta Iria Flavia con el cadáver de su maestro, si no supieran que la mano de Dios habría de llevar la barca a buen puerto. Ni el propio Señor tomaría, como es sabido que tomó, el cuerpo de nuestro Santo por los aires, hasta soterrarlo en el lugar de los Arcos Marmóreos, que entonces era sólo campiña agreste y solitaria, y hoy es la ciudad de Compostela. Pero no se limita a eso mi convencimiento. La propia Cosmología nos da razones adicionales. Todos sabemos, tú como yo como todos los demás, que Galicia es el fin del mundo, y que no lejos de aquí está el finis terrae de las tierras cristianas. ¿Por qué tendría que venirse el Santo a este extremo de la cristiandad? ¿Por qué no optó por buscar el sitio céntrico, es decir, Roma, para bendecirlo con su sepultura? ¿Por qué piensas que prefirió este rincón remoto, este fin de la tierra a donde no hay que venir para ir a sitio alguno? La respuesta es muy sencilla: Roma es hoy el centro del mundo, pero algún día lo será Compostela. Yo no sé decirte el tiempo que puede tardar en ocurrir, tal vez otros mil años de cristianismo, pero ocurrirá. ¿No crees en mis palabras? Fíjate en la gran multitud de las rías gallegas, todas ellas con sus ríos que le aportan abundancia de arenas y piedras de las altas montañas. Observa también que toda esa masa se va añadiendo instante tras instante, año tras año, a los fondos de las rías de esta Galicia nuestro, ampliando sus orillas lentamente, en una labor que cada día puede no notarse, pero que va dando sus frutos con el paso de los siglos. Sí, hermano mío, las tierra de la cristiandad crecen por Galicia, y el mundo se acrecienta y se agiganta precisamente por este lado. Lo que hoy vemos extremo y fin e la tierra, será algún día su centro. Ese día Compostela será la capital del mundo, su obispo será el papa, y los planes divinos de se habrán realizado cumplidamente. Si te hablo de los planes divinos con tanta seguridad y conocimiento, no es porque los suponga ni porque los haya deducido por razones sutiles. No. Hablo de ellos como hablo porque me han sido informados directamente por Aquel que los ideó. Un día, siendo yo ya obispo de Compostela..., sé que serás discreto, porque la gente suele exagerar después estas cosas, y acaban haciendo un santo de quien tal vez no sea más que un pobre pecador... Pues bien, un día, es decir, una noche, el Señor se me presentó en sueños. No puedo definir sus formas o colores, porque sólo se me ha permitido recordar las palabras divinas. -Diego Gelmírez, obispo de Compostela –me dijo. Yo reconocí de inmediato la autoridad de aquella llamada. Me postré ante mi Dios, dominado por una emoción que no sabría describirte; tal vez tuviera un algo de miedo, otro algo de asombro... También una pizca de orgullo ¡quién sabe! El señor me dio consejos diversos, que ahora no viene al caso recordar, pero finalmente me habló de sus planes, y me informó de que había un par de cuestiones que le estaban entorpeciendo su recta ejecución. -Señor –me atreví a responder en algún momento-; si yo soy alguna de esas cosas que dificultan tus planes, aplástame como a una hormiga; haz como el hombre piadoso, que anda por los caminos sembrando tu palabra entre las muchedumbres, y que pisa inocentemente, sin percibirlo, los pequeños insectos que quedan debajo de sus sandalias. -No, Diego –me respondió Dios-. En verdad te digo que tú eres parte central de mi plan, porque serás papa y padre de papas. -Pero, Señor –respondí-; si no soy más que un humilde clérigo sirviéndote en Compostela, ¿cómo podré ser parte central de tus planes? -Aquel que rige la sede de los Arcos Marmóreos regirá el mundo. Porque los arcos de la tumba de mi hijo Santiago señalan el centro de las tierras cristianas. -Dime qué debo hacer, Señor, porque mi corazón no es más un corazón de hombre, y no se le abren con facilidad las puertas de los arcanos celestiales. -Pues oye bien la orden que te doy –me dijo el Señor con una voz casi más clara y más fuerte que la que había estado usando-. Tendrás que solucionar los dos problemas que entorpecen la recta ejecución de mis planes: el primero de ellos es la existencia pecaminosa de conventos dúplices en Galicia; el segundo, la falta de un rey gallego. Y en el preciso instante en que el Señor acabó de pronunciar estas claras palabras, desperté (34-36). Hablemos del presente, si te parece, y no del ayer. Tal vez tú no conozcas el estado vergonzoso en que llegó a caer la nación gallega. Ahora parece que de nuevo van a quedar las cosas claras, pero hasta hoy no lo estuvieron tanto. Esta mañana, apenas dentro de unos breves instantes, vamos a consagrar como rey de Galicia a mi pupilo Alfonso, nieto del difunto rey de España Alfonso VI. El niño rey, como supongo que sabrás, es hijo de doña Urraca, que ahora resulta ser al mismo tiempo reina de León y Castilla, y esposa del rey de Aragón. Esposa ilícita, primero; esposa separada, después; esposa enemiga, finalmente. Un caso de mujer. Los gallegos hemos tenido que sufrir durante muchos años el dominio de esos bárbaros leoneses. Y lo peor es que nosotros mismos fuimos los causantes de nuestro propio desdoro. Recuerda la Historia; cuando los sarracenos ocuparon nuestras tierras, los gallegos fuimos los primeros en enseñarles los dientes. Pelayo les hizo la guerra; tomó Luego y dominó poco a poco extensiones cada vez más amplias; tras establecer su corte en Mondoñedo, expulsó al infiel de Orense y de Tuy, de donde él mismo procedía. Así cristianizó, ya para siempre, todas las tierras al norte del Miño. Aquí ya no volvió a haber necesidad de guerrear; los problemas se fueron hacia León, hacia la lejana Castilla, al rico Portugal. Aquí quedó la paz y la oración; allí la guerra (56). Mi causa, amigo mío, era y es la causa de Galicia. Galicia, una tierra sin rey, como un barco si capitán, no podía navegar por los mares de la Historia, en los que mareas, vientos y tempestades hacen naufragar incluso a las embarcaciones más sólidas y mejor tripuladas. ¿Por qué entonces Galicia habría de carecer de aquello de los que los demás gozaban? Porque tú..., ¿tú eres gallego? Bueno, ¡qué más dará! Todo el mundo tiene una patria. A ti no te gustaría que la tuya anduviera huérfana de su más importante rector. A mí tampoco me gustaba que Galicia no tuviera un rey. Y esa fue mi causa. Cuando los reyes visigodos regían en paz gloriosa y cristiana estas tierras, antes de que el sucio sarraceno nos invadiese, ya los Traba eran reyes. El rey Witiza fue un Traba. Sisebuto fue otro Traba, también. Y don Oppas, el Metropolitano. Y no pienses que yo he trabajado la causa del rey gallego para coronarme rey a mí mismo. La prueba es que hoy vamos a consagrar aquí con esa dignidad a Alfonso Raimúndez, hijo de Urraca y de... Bueno, la verdad, a ti puedo decírtelo, por nunca se lo había dicho a nadie; tengo motivos muy fundados para afirmar que el nuevo rey es también un Traba, como Witiza, como... Sí, hombre, no me mires con esa cara de asombro, como si creyeras que desvarío. Déjame que te acabe de contar todo lo que tuvimos que hacer algunos gallegos para que hoy podamos coronar con orgullo a un rey propio. Gelmírez fue uno de esos gallegos y jugó un papel de la máxima importancia en la estrategia que nos ha permitido refundar la dinastía gallega. Quizá su papel no fue tan directo como el mío desde el punto de vista de la sangre, pero sí desde el de la acción política. La visita que me hizo en Iria no fue más que un primer paso, apenas un balbuceo, de aquella estrategia. Todo acto humano es semilla de futuro; todo lo que pensamos, decimos o hacemos tiene sus consecuencias. Aquella curiosa conversación, también; fue semilla que no cayó en tierra estéril (64). Ya sé lo que te estarás preguntando: si soy consciente de estos peligros, ¿por qué he autorizado la coronación y por qué la refrendo con mi presencia personal? Pues por una sencilla y única razón: porque no tuve otro remedio que acabar cediendo a las pretensiones de estos dos personajillos. Verás; cuando se murió don Raimundo, mi anterior marido, el de Traba proclamó a mi hijo Alfonso (el pobre querubín tenía cuatro años, no podía saber ni entender lo que estaban haciendo con él) rey de Galicia; lo proclamaron por su cuenta, sin consultar conmigo y sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo. Yo me opuse a aquella proclamación, como sabes, porque para reinar en Galicia me bastaba y me sobraba yo misma. Tanto me opuse que mi ejército, con el apoyo del de Aragón, llegó a tomar Lugo. Pero ellos (el conde y el obispo) son mucho ellos; tenían poder y fuerza contra mí, sobre todo porque conocían algunas cosas que no convenía difundir. Me mandaron embajadas, me insistieron de forma terca y, finalmente, me amenazaron con hacer pública la paternidad del niño Alfonso... ¡Ay, no me pongas esa cara...! ¿Es que te crees que Alfonso podía ser hijo de un hombre impotente? Claro que no. Pues, entonces, alguien más tendría que haber sido su padre, ¿no? sí, es así como te lo estos diciendo: impotente... Pero bueno, vayamos poco a poco; ya te contaré, ya te contaré; hay cosas que no sabes, y a ti no me importa decírtelas. Total que, en resumidas cuentas, al final accedí a esta coronación. Firmé capitulaciones, retiré ejércitos, devolví fortalezas y ciudades, acepté y nombré embajadores... ¡Hay que ver las cosas que llega a hacer una madre para poder besar a su hijo! Por eso estos aquí ahora, con voluntad sincera y abierta de reina, pero también con la emoción de madre temblándome en las junturas de los labios (70-71). Desde que la corte castellana vio aquellos presentes, ya nunca el nombre de Rodrigo Díaz de vivar, El Cid, volvió a sonar de la misma forma. El Cid..., El Cid...; parecía como si, por el encantamiento de un mago genial, aquellas dos palabras hubieran cambiado repentinamente su significado. Tal era la magnificencia de la embajada que recibió el rey en Carrión. Allí había telas de brillantes reflejos y tacto sutil, de esas que dicen que sólo se pueden hacer en los climas desconocidos que hay más allá de Jerusalén; allí abundaban los aderezos de oro y piedras, al estilo de los reinos del África, como los que al parecer adornaban el cuello y los tobillos de la afamada Cleopatra; allí relucían artísticos alfanjes y cimitarras, con hojas de plata y mangos de marfil, armas preciosas con las que los generales moros se atavían para sus torneos y sus galas cortesanas; allí piafaban cien caballos, de ellos treinta de los pertenecientes a los capitanes moros, enjaezados para lidiar en justas; allí se concentraba, en fin, toda cuanta riqueza pueda imaginar el capricho humano (74). -Mira, conde; no puedo ser tan claro como me gustaría. Pero estoy en condiciones de afirmar, en mi calidad de obispo y bajo la mayor de las reservas, que es deseo expreso del Señor que Galicia tenga un rey propio. -¿Deseo expreso? –preguntó el conde-. Caramba, qué bien, ¿no? Pero, no sé, a veces eres tan claro... y otras, en cambio, dices unas cosas tan misteriosas... -Los planes divinos, conde, son los planes divinos. Créeme; te lo pido por la sangre de tus mayores. No me hagas preguntas que no estoy autorizado a responder. Pero métete una cosa en la cabeza: esa idea que has tenido de preñar a doña Urraca coincide plenamente con unas órdenes... no sé cómo decirte... que vienen de muy alto (101-102). La discusión con el conde también me sirvió par abrirme más y mejor los ojos sobre mi colaboración personal en el plan. Yo tenía que ser el padre de aquel futuro rey, porque Dios me había dicho Serás papa y padre de papas, y sin duda con ello había significado que mi descendencia, asentada en un Santiago de Compostela que actuaría como centro de la cristiandad, llegaría a contar entre sus miembros con varios papas, no uno, ¿comprender?; no uno, sino varios papas, quizá uno de ellos el propio rey, mi hijo. ¿No estaría el señor pensando en que el rey de Galicia y el papa fueran la misma persona? ¿No consistiría el plan divino en que el rey de Galicia llegara a ser el emperador del mundo cristiano, un emperador tan poderoso que lograse la conversión de los sarracenos y de otros pueblos salvajes que aún no han recibido la luz de Cristo? ¿Por qué no? De ser así, el hijo que tuviéramos Urraca y yo, con su mezcla de sangres papales y soberanas, estaría llamado a ser el primer papa emperador, después lo serían sus hijos, continuando aquella doble y perfecta dinastía. Y así toda la máquina de la Historia se pondría en marcha conforme al plan perfecto del arquitecto divino; el trono universal de los Arcos Marmóreos sería perpetuo (103-104). -Sí –dijo Gelmírez-, sí lo recuerdo. Don Raimundo me habló de él y de un pleito ante el rey don Alfonso. -Claro –expliqué-; Raimundo y Rodrigo Díaz se conocieron en Toledo; el burgalés le había puesto pleito a los condes de Carrión porque, según él, le habían ofendido (129-130). ERROR Verás; tras la muerte del Cid, que ocurrió en el año 1102, los que quedamos no fuimos capaces, faltos de aquel capitán invencible, de conservar Valencia ante el ataque continuo de la nación mora. Tuvimos que dejar la ciudad en sus manos y, llevándonos el oro que pudimos, que alguno fue aunque poco, reemprendimos el regreso a Castilla. Yo entré al servicio del rey Alfonso, en parte porque esperaba que mis servicios del pasado me permitirían recibir de él un condado o alguna otra dignidad o riqueza, y en parte también porque suponía que, estando cerca del padre, no habría de faltar aluna ocasión de encontrarme con la hija (140). Ante situación tan difícil, hice lo que haría todo obispo que estuviera en mi lugar; lo que hago siempre cuando mi cargo me pone ante un dilema que se resiste a la solución: dirigí mis plegarias a Dios y le pedí que me iluminara con la luz de su Verbo. Y el Señor se dignó ayudarme, haciendo que resonaran una vez más en mi memoria aquellas palabras que ya Él me había dirigido en sueños: Serás papa y padre de papas. Era el propio dios el que me decía que yo sería padre. ¿A qué seguir dando vueltas y más vueltas a unas evidencias que se habían manifestado con toda claridad desde los primeros momentos? Quedaban pocos cabos sueltos en las órdenes divinas; el padre del rey de Galicia tenía que ser... yo. Y lo fui (155). Me encontraba justamente a la entrada de la tienda cuando brotó en mi corazón, con toda espontaneidad, la gran pregunta: ¿Estaría todavía mi sangre, gallega y noble, a tiempo de hacer su natural efecto, adelantándose a aquella otra de desconocida procedencia? Tremendo dilema. Es evidente, me dije, que si la sangre del caballero Minaya es de la misma fuerza y calidad que la mía, no tenemos nada que hacer, habida cuenta del gran adelanto que lleva; claro que, en tal caso, no tiene mucha importancia desde el punto de vista del linaje del futuro rey. Sin embargo, si es una sangre plebeya y débil (como sería, por ejemplo, la de un vulgar ladrón de caballos catalán), inferior a la de mi estirpe, la mía sobrepasará sin duda, por más que comience la carrera con algún retraso. Por lo tanto, ¿qué tenemos que perder? (174-175). Y entonces..., no sé cómo decírtelo..., su estómago no pudo ya soportar la carga de tanto vino y... vomitó. ¡Qué asco! Me vomitó por encima de la cara y del pecho, primero un poco, luego mucho más, hasta que me dejó cubierta por toda la pestilencia que sus entrañas pudieron desalojar. Todavía hoy se me revuelve el cuerpo entero cada vez que pienso en aquel instante asqueroso, forma indigna de rematar una noche que, por lo demás, había sido maravillosa. Perdona que te cuente estos detalles tan... sucios y burdos. No lo hago sino para decirte a continuación que le sigo queriendo y que mi corazón no se ha enfriado ni un ápice; tal es la fuerza de mi amor, que soporta esos sacrificios y esas afrentas, aparentemente insufribles. Y aún te añado, y perdóname si te escandalizo, que daría mi reino por volver a tener a Minaya sobre mí, aunque me hiciera otra vez objeto de semejante vejación. Que la suciedad que resbala por la piel se lava con aguas y jabones, y la pestilencia se ahuyenta con esencias, con flores y con perfumes. Pero nada limpia la herrumbre que deposita en el corazón un amor ausente (189). Conservo esa pobre casulla como uno de mis objetos personales más queridos. El transcurrir del tiempo no le ha hecho perder su fragancia de vino, tanto se llegó a impregnar el ánima misma de sus fibras. Lo que más me sorprende es que las largas mandas descoloridas conservan ese aroma con más firmeza que el resto del hábito. ¿Tú por qué crees que podrá ser? Yo no me he atrevido nunca a preguntárselo a nadie, ni tampoco he sido capaz de dar respuesta por mí misma a esta cuestión. Aunque, por otra parte, ¿qué importancia tiene eso? Lo importante es que allí está conservado, como en custodia de altar, el olor de Mianya y el aroma de aquella nuestra noche de Compostela. Eso es lo importante para mí. Cuando me siento triste tomo la casulla en mis manos, la miro, la acaricio, la huelo... y es como si estuviera con Minaya (190). ¿Te acuerdas que te dije que había hecho un mal negocio? Pues así fue: hice un negocio ruinoso. No sólo no pude ver a la hermosa Urraca, sino que perdí mi oficio. Aún no he sido capaz de encontrar otro rey que quiera hacerme conde. Claro que a lo mejor me ofrezco al de Aragón; no me gusta mucho la idea, porque ahora es el enemigo de Urraca, pero algún norte le tendré que dar a mi vida. ¡Mi pobre vida! Por el momento me la gano yendo por los pueblos y las ferias, y contando el poema del Mío Cid, ¿te acuerdas?, el que relata la historia de mi tío, el guerrero que nos mandaba cuando tomamos Valencia. Me gusta muchoese cantar, porque cita mi nombre de vez en cuando, y yo mismo lo he cambiado algo para que lo cite todavía más. Me emociono mucho cuando lo canto. Nadie puede decir con el mismo sentimiento que yo aquello de A Minaya Alvar Fáñez le mataron el caballo; bien le ayudan las mesnadas de cristianos. Rota su lanza, a la espada metió mano,. y aunque va a pie, buenos golpes va dando. Lo vio Mío Cid, Ruy Díaz el Castellano, se acercó a un capitán que tenía buen caballo, le dio con la espada con su diestro brazo, lo cortó por la cintura y lo tiró por el campo. A Minaya Alvar Fáñez le fue a dar el caballo: «¡Cabalga, Minaya, que eres mi diestra mano!» Créeme; algunas veces, cuando digo estos versos, me corren las lágrimas por la mejilla. Las gentes se dan cuenta y, tomándome por un juglar de grandes cualidades escénicas, me dan más monedas que de costumbre (205-206). Pero... ¡escucha un momento! ¿No son tambores los que se oyen, tambores y olifantes de caza? Sí, lo son; eso significa que ya está viniendo hacia aquí el nuevo rey, el niño, el más insigne de los niños gallegos. De este sí que no podrá decir el abad de Sobrado lo que dijo de mí, aquello de que yo era hijo del pecado, ¿no crees? ¡Mira, mira! Ya entra en la plaza. ¡Viva! ¡Viva! ¡La coronación va a empezar! ¡Viva el rey de Galicia! (219).

Antonio Huertas Morales
Marta Haro Cortés
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