ITZIAR PASCUAL
El título que antecede a estas pequeñas reflexiones no es mío. Pertenece a una creadora contemporánea, la coreógrafa Àngels Margarit, cuyo próximo espectáculo, previsto esta temporada en el Teatre Nacional de Catalunya, se llamará El temps de la paciéncia. En una entrevista concedida a Ester Vendrell en la revista Escena, Margarit explicaba con estas palabras el origen de su trabajo, una propuesta acariciada durante mucho tiempo:"El término paciencia es un concepto que siempre se nos ha repetido para actuar en esta vida, hay que tener paciencia. Pienso que sólo entiendes el concepto de paciencia cuando ya no te sirve de nada. Por otro lado, en La edad de la paciencia tiene mucha importancia la presencia de las mujeres. Es un homenaje a la mujer. Hace mucho tiempo que las mujeres están en la edad de la paciencia, como metáfora de su situación en nuestra sociedad y de sus cambios físicos, de los largos procesos que se pasan. Y por supuesto me gusta hablar de la mujer porque no sé qué siente el cuerpo de un hombre desde dentro. Me gusta hablar de lo que conozco, siempre de un modo reflexivo " (2).Entiendo muy bien a Ángels Margarit. Y creo que todas ustedes también. Toda mujer sabe lo que es la paciencia; ese estado transitorio, emocional y físico, hacia otro lugar, hacia tina realidad que se dibuja en la línea de] horizonte. Allí. Tal vez demasiado lejos. Una voz interior, inquieta, se pregunta, cuestiona. Es ahí donde actúa la paciencia. O donde se agota. Es ahí donde se rebelan todas las interrogantes a las que aún no damos respuesta. ¿Para cuándo una mirada de iguales, entre hombres y mujeres, sin pedestales ni cavernas? ¿Para cuándo mujeres ciudadanas, frente a víctimas o heroínas inmoladas? ¿Para cuándo a igual formación igual remuneración y para cuándo a igual nivel profesional igual número de horas trabajadas? ¿Para cuándo igualdad en los derechos y deberes, incluido el respeto a la diferencia? Los "para cuándos" se están multiplicando dentro de mí y se extienden sobre mi trabajo, sobre mi casa, sobre mi vida, sobre el ordenador en el que escribo. Supongo que cada mujer teje con los años una larga madeja de "para cuándos" que la acompañan hasta el final de sus días. Algunos encuentran fecha. Otros, no.
Cuando pierdo las palabras o cuando éstas se hacen escurridizas acudo a María Moliner y su Diccionario del uso de1 español. (3)Y María me recuerda que la raíz de paciencia, latina, es la misma que la del verbo padecer. Asocia el término a otros como "aguante", "calma", "espera", "tranquilidad"; a verbos como "aguantar","conformarse" y, en último extremo, a conceptos como "flema", "perseverancia" y "serenidad". Recuerda que son frecuentes los enlaces "santa paciencia" y "paciencia inagotable"; las expresiones "armarse de paciencia" y un proverbio de claro significado: "Con paciencia se gana el cielo".
He cumplido treinta y un años y ya sé que mi tiempo es finito, concreto, extremadamente limitado en relación con mi lista de "para cuándos". Y estas tres décadas me han enseñado a vivir el teatro como lugar para compartir esas preguntas, esas dudas. A proponer, desde el camino del texto editado o desde el del texto representado, imágenes que me acompañan. Claro que a veces este proceso es esencialmente e inocional. Emerge un dolor, un deseo, una imagen. Y sólo cuando reviso ese texto, cuando buceo en las sendas analíticas de la corrección o cuando lo exige el trabajo de mesa ante un equipo, me sonrío al reencontrarme con aquellos "para cuándos", que estaban ahí. Por debajo.
Uno de los procesos de creación que más me ha hecho indagar en el ánibito de los "para cuandos" y que, además, está definitivamente viriculado al concepto de paciencia, es el de Las voces de Penélope. La escritura de este texto nació de una necesidad, de un impulso. Necesitaba hablar de lo que significaba esperar. Por aquel entonces concluía mis estudios de Dramaturgia en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid y debía realizar un trabajo de final de carrera, como el resto de mis compañeros. Un trabajo "ejemplificador", que englobara lo que había aprendido, lo que sabía, lo que podía hacer. Lo que se esperaba de mí. Un trabajo final, en definitiva.
El problema era que yo no podía hacer nada ejemplificador, ni global. Y mucho menos final. Lo más importante que había aprendido en aquellos cuatro años era que quería entregar una parte de mi vida futura a encontrarme con las palabras y a batirme con ellas en un escenario. Que había más por hacer y por leer y por vivir que lo hecho, leído y vivido. Sentía que se me pedía un "ya", un "ahora". Mi respuesta artística fue Espera.
Esa circunstancia, unida a otras más personales, me llevó a la orilla de un mar -el Mediterráneo- y al encuentro con una mujer: Penélope. Una mujer a la que sigo admirando y respetando. A la que he aprendido a escuchar. A la que he redescubierto. Y al acercarme a ella, a muchas de las Penélopes que la literatura dramática ha dibujado en siglos sucesivos, sentí que habían sido más antagonistas que protagonistas de su propio destino; que el punto de vista procedía de Ulises, de su padre Homero, o de sus herederos literarios. Que el tiempo de ausencia no había sido tiempo de silencio, ni de aguante, sino de perseverancia. Que habían ocurrido muchas cosas dentro y fuera del ser de Penélope, antes de que regresara el señor de Itaca. Que las noches de telar habían sido suficientes como para ver crecer sola a su hijo Telémaco, para ver transitar los mejores años de vida por un tálamo de madera de olivo, mientras quedaba sola al mando del palacio. Que había conocido la tristeza, el dolor, la inseguridad, el miedo, la rabia, los celos, la desesperación, la tibiedad, la serenidad, la calma. Que había viajado sin moverse, transitando a través del tiempo y de la herida para encontrarse ante el espejo. Para esperarse a sí misma. Y que en ese tiempo, también, había aprendido a discernir entre una historia oficial, tallada por los vencedores y en su caso escrita por su marido, y su verdadera historia.
Por eso Penélope me ha enseñado que la paciencia es un arma. Gracias, María Moliner, por armarnos y revestimos con la armadura de la paciencia a todas las mujeres que no aspiramos a ser ni santas ni inagotables. A todas las que aspiramos a ganamos la tierra antes que ganarnos el cielo. A todas las que creemos que la paciencia es un tiempo de crecimiento interior, de trabajo pacífico, de responsabilidad política. A todas las que sabemos que Zamora no se tomó en una hora y que en este debate de los "para cuándos" hace falta mucha fuerza, mucha tenacidad, mucha resistencia, pero que Zamora caerá, más pronto que tarde.
La única paciencia posible es la que está llena de vida, de preguntas, de disidencia ante lo que tenemos. No confundamos la paciencia con ser pacientes, con ser objetos pasivos ante sujetos activos, o seres enfermos -curiosos recovecos del lenguaje--- No confundamos la paciencia con el nihilismo, con esa insensatez de la prudencia de la que nos hablaba Cavafis, que siempre nos susurra: "Mañana. Tienes tiempo". No confundamos la paciencia con la aceptación del "es lo que hay", como si no fueran posibles otros mundos, otros espacios más libres, más hermosos, más justos. O, mejor, que no nos confundan con el lenguaje del cañonazo, con la imposición de lo hecho; con la perversa aplicación de la ley del más fuerte, de la autoridad entendida como grito.
La única paciencia que nos es posible en estos tiempos es la del disidente. La paciencia del que camina seguro hacia su meta, hacia ese lugar en el que los "para cuándos" sean un poco menos numerosos, un poco menos pesados. Creo haber entendido el concepto de paciencia y espero que me siga sirviendo para escribir más textos, para proponer más "para cuándos" en cada uno de ellos, para no rendirme ni acomodarme. Y si la pierdo en algún momento, que sea por rebeldía, no porque se me ha agotado la ilusión y las ganas de hacer las cosas a la manera de Penélope, que son más lentas y se ven a largo plazo. Pero creo que ya hay suficientes Ulises como para subirme a ese barco.